17 feb. 2013

Henri Michaux: La India Meridional





El hindú del sur, de raza drávidia, pequeño, vivaracho, colérico, no corresponde en lo más mínimo a la concepción que el europeo tiene del hindú.

Desde que se llega al Sur, la piel se oscurece, las gentes son casi negras —trajes en relación: desaparece el rosa para dejar lugar al rojo, al verde oscuro, al violeta.

La a, la o, la e abierta, de los idiomas del Norte, desaparecen, todo se empapa en consonantes en el malayalam, o se arquea en consonantes dobles en el tamil (el tamil, idioma más antiguo que el sánscrito, con el que nada tiene en común). Las personas dejan de ser «importantes». Miran con mirada sin intención. Ningún hipnotismo. Ya no son rumiantes. Si disponen de dos minutos, no se ponen en cuclillas. Algunos quedan de pie; otros hasta se echan a andar.

En los templos, los dioses están al frente, sus gopurams son bazares para los dioses, demonios y gigantes. Aquí todos los dioses son medio demonios. Ante ellos, las gentes se echan al suelo, rápidamente, sin gracia alguna. Delante de Ganeska, se dan dos golpes cerca de la oreja. Tienen preferencia Por los dioses de pequeña divinidad; por ejemplo, la diosa de la viruela boba. La religión pierde su belleza, su paz. Ya no tiene una hermosa voz. Son politeístas. A menudo, se convierten al culto católico. (Es la única parte de la India donde se hacen muchos cristianos.)

Gustaban entre otras cosas de la magia de las palabras.(1)

Sólo en una época (la de Sangham), se citan 192 poetas considerables, de los cuales 57 agricultores, 36 mujeres, 29 brahmanes, 17 montañeses, 13 guardabosques, 7 comerciantes, 13 reyes Pandyas, etcétera, un alfarero, un pescador.

* * *

Imposible volver de la India sin dejarse ganar por el comunismo. La cuestión social es tal vez de importancia relativa. Pero el envilecimiento, la falta de dignidad humana que resulta de una sociedad con dos pesas y dos medidas es tal que el hombre queda manchado en todo lo que es, dice y hace, y más que el envilecido, el honrado, los brahmanes y los rajas, y quizá todos nosotros.

* * *

No hay otro país donde, «para entrar en conversación», en un tren en cualquier parte, el nativo hable... de Jesucristo. De tal modo al hindú le es imposible concebir la indiferencia religiosa.

Los más aman sinceramente a Jesús, y lamentan que Él no se haya encarnado entre ellos. Lamentan que no se haya encarnado por segunda y tercera vez. Quisieran saber cómo se encuentra.

Y sin embargo, hasta un ateo europeo se siente herido por la familiaridad con que conversan de Jesucristo.

* * *

Mi compañero bengalí decía gentilmente de las mujeres del Sur: «Entre mil, ni una bonita». Debió decir: entre diez mil, ni una bonita (entre todas y por todo, he visto una).

En cuanto a los hombres, tienen caras obstinadas de herejes. Algunos perfiles y ojos de lagartijas (sobre todo los enfermos se parecen a las lagartijas). Nariz, ojos, boca amontonados, aplastados como por efecto de una maldición o de un cataclismo. Frentes bajas (una cinta frontal, debería decirse) y el cráneo de pelo tupido (afeitado hasta la mitad de la cabeza) contribuye a volverlos monos.

También muchas cabezas borbónicas, pero reducidas, afiebradas, que han perdido su fuerza, y con rodete.

Si uno de ellos pesca el menor dato sobre uno, que uno tiene treinta y dos años, por ejemplo, en seguida da la noticia a toda la vecindad, a todos los viajeros en la estación, a todos los que transitan por la ciudad. Lo interrogan de lejos. Y él responde triunfalmente: «Tiene 32 años. Viene a visitar la India». Y la asombrosa nueva corre como un reguero de pólvora.

Lo miran a uno como en el zoo se mira un recién llegado, un bisonte, un avestruz, una serpiente. La India es un jardín zoológico donde los nativos tienen ocasión de ver, de vez en cuando, ejemplares extranjeros.

Si un europeo es interrogado a su vuelta de la India, no titubea, contesta: «He visto Madrás, he visto esto, he visto aquello.» Pero no, ha sido visto, mucho más de lo que él ha visto.

* * *

Para hablar, el hindú se echa encima. Mezcla su aliento con el de uno. Nunca cree estar bastante cerca. Su gran cabeza de jupiterino y sus ojos desatinados llenan el horizonte.

Seguro así del auditorio, desenvuelve sus frases, declama. Todo eso para decir cosas perfectamente insignificantes. Pero una fuerza extraña lo empuja al discurso, al sermón y un simple dato tiene en seguida una importancia que el Universo debe conocer.

En las aldeas, los hindúes del Sur, si lo ven a uno quieto un momento, se agrupan alrededor, los ojos como ventosas, tan cerca que si uno tose alcanza a dos o tres.

Si uno habla, se acercan más todavía. El hindú del Norte declama, el hindú del Sur chilla. No sólo su canto (el de las poblaciones dravidias del Sur) es exasperado, ni su idioma. Del francés, si lo hablan, se forman en general la siguiente idea: es un idioma de cabeza, que sólo gracias a un gran esfuerzo y en las ansias de la agonía es posible extraer de lo alto del cráneo. Uno quisiera decirles: «Calma, calma, paciencia, ya va a salir». Pero la rabia que los domina los conduce irresistiblemente.

* * *

La lengua tamil está compuesta de palabras con un promedio de seis sílabas. Muchas tienen catorce. Menos de cuatro sílabas, no es palabra, sino un residuo. La lengua inglesa les parece en ruinas. ¿Qué significan todas esas pequeñas burbujas sin objeto, llamadas preposición, artículo, etcétera...?

El tamil es una lengua aglutinante. Se suelda todo lo posible. De tres palabras, una sola.

Así (el proceso real, les prevengo, es un poco más complicado), llega a diez o a catorce sílabas.

Esas palabras se despachan a la carrera. Se toca la primera sílaba y se parte al galope. Una vez concluidas, se puede descansar. Por eso hay una porción de lenguas en la conversación. Pero hay atolondrados (la mayoría) que no se detienen. Se escucha entonces ese mecanismo maravilloso que, con un paso sobrehumano, realiza, sin vacilar, su proeza natural. 

Pronuncian las palabras como en un arrebato.

Una precipitación desgraciada, y de subalterno, que también se percibe en la expresión de sus ojos fijos, aunque afanosos, afanosos de ver, afanosos de ver ¿qué? y destinados visiblemente a un fracaso, aunque no se sepa a cuál.

Cuando cantan, es una estrangulación. No cantan más que para ahorcarse y desde lo alto. Van derecho a las notas más inaccesibles, sin trampolín, se prenden como desesperados, oscilando entre dos o tres más altas, y así se quedan a llorar, y sufrir y ser desgraciados, listos a dejarse cortar en pedazos; pero ¿por qué? De golpe, se paran en seco, detienen como en alto esa loca desesperación, hay dos minutos de silencio, vuelven a subir o mejor dicho se encuentran de golpe allá arriba, más infinitamente desgraciados que nunca. Esas torturas duran a veces más de una hora.

Adoran también una especie de oscilación entre las notas bajas o medias. En una cadencia ya bastante rápida, introducen una cantidad de palabras inverosímiles, que son como una declamación multiplicada por cuatro. Nada mejor se había logrado en materia de movimiento, antes de la locomotora. Y todo eso que no es nada desagradable, termina en un pequeño alarde bastante mediocre, agrio y sin vuelo, muy de opereta.

* * *

Nadie les enseñará rapidez. En el drama que posee una variedad desconocida en Europa, entra todo, los nueve ingredientes. La obra dramática se sucede sin interrupción, en siete horas, a través de doscientas cincuenta escenas, y no sé cuántos cambios de decoración. Todo con un ritmo y gestos apenas indicados y pronto olvidados. El conjunto es divertido y lleno de agilidad.

El cinematógrafo no les ha enseñado nada. Ya, desde antes, iban mucho más rápido. Las réplicas son seguidas, en la sala, con grandes carcajadas, pronto masticadas, tragadas, desaparecidas. Descargas.

Hay dentro una fuerza que fustiga y dice: «Vamos, no arrastre, no redondee.» Se canta, se repite la misma canción en otro tono. Luego la melodía se rompe de pronto, y luego se vuelve a cambiar de tono. Los actores salen sin dejar atmósfera tras ellos. Las escenas pasan rápidamente en el orden cronológico natural muy seguido, y hasta un asno comprendería. Como no hay atmósfera, las interrupciones no cuentan. En el proscenio, un hombre reducido a una extrema miseria, implora la caridad. Un bromista (todos tienen el sentido de lo cómico. Muchas escenas son extraordinariamente estrambóticas), un bromista de la platea le tira un anna (un centavo), en seguida toda la sala se divierte echándole centavos. Eso duró, estoy seguro, ocho o diez minutos; luego siguió la función.

Otra vez, asistía a la última representación de una compañía teatral. Se daba un drama de tendencia moralizadora, movido y de argumento desgarrador.

Bueno, en medio de las respuestas, los espectadores subían al escenario, niños en general, en montón, para ofrecerles collares de flores que el actor se ponía al cuello, en el acto, y naranjas que se metía en los bolsillos, o guardaba en las manos, como podía, y la representación continuaba.

Una costumbre muy incómoda para el europeo. Los papeles de mujeres los representan hombres vestidos de mujer —especies de engendros, a veces con una hermosa voz de falso contralto.

«Estos papeles, me explicaba un espectador, no podrían ser representados por mujeres. Son demasiados difíciles (!). Los jóvenes que usted verá se han ejercitado, desde niños, en feminizarse. Y un; hombre, que se ejercita, va mucho más lejos que una mujer.» 

He aquí, me decía yo, las razones. Pero cuando vi los actores, no me desencantaron demasiado. Tenían realmente una porción de inflexiones femeninas, a cada momento, hasta en los apartes... de aquéllos que las mujeres descuidan, si se puede decir. Pero lo ficticio no vale lo genuino.

Después vi, en Madrás, a Sundarambd, la gran actriz tamil, maravillosa cantante, la única dravidia hermosísima que he visto, y de un gran talento. Parecía tener en el cuerpo, simultáneamente, sangre, aceite y petróleo. Cuando apareció, aplastó a las otras mujeres (que eran hombres). Antes de hacer un gesto (hacía muy pocos), antes de cantar. Tenía la salud femenina, la mujer hecha por las glándulas y por el alma. Las otras eran coquetas, pues el hombre no puede ser una mujer natural. Trataban de ser mujeres. Ella trataba de ser un ser humano. Lo conseguía, sin duda. Pero en ella subsistía ese algo esencialmente peculiar, más turbador, porque no le daba importancia, la feminidad.

* * *

Sería muy extraño que la raza hindú, exenta de dones psíquicos, se hubiera ocupado tanto del ocultismo.

Aunque muchos hindúes, que tienen una cultura europea, hayan perdido sus dones metapsíquicos, un buen número, sobre todo entre los subalternos, no habiendo estudiado nada, han sufrido en menor grado la deformación mental y los han conservado.

Había un empleado de South Indian Railway que curaba las picaduras de serpiente. Cuando alguien había sido picado, un pariente corría a la estación: «¿Dónde está el empleado tal?»

—¡Ah! está en el tren de la línea de...

Se le telegrafía: «Fulano, picado, serpiente». El telegrama corría de estación en estación al encuentro del tren y del hombre.

Se esperaba ansiosamente una respuesta. Al fin llegaba: «He will be all right». Y todos se regocijaban. Y el veneno ya no tenía efecto.

¿Qué hacía el empleado? Y bien, se recogía un instante en un compartimento. «En el nombre de... (un santo cualquiera) que el veneno no suba.» Luego volvía a perforar pasajes de tren.

Cientos de telegramas cambiados, y cientos de venenos hechos agua.

Dones psíquicos análogos se encuentran en todas las castas, en las más nobles y en las más despreciadas, hasta en los barberos y aun en los zapateros.

Se comprende que en un país semejante, las distinciones entre los imbéciles y los no-imbéciles sean poco satisfactorias.

El empleado en cuestión era tal vez un «imbécil» mental, o un amoral, como sucede con frecuencia. Pero, no obstante, utilizaba más completamente los recursos del ser total que sus jefes.

En la India, el espíritu crítico no es lo que cuenta.

¿Pero es lo principal ser un espíritu crítico?(2)

* * *

Cuanto más vida interior se tiene, tanto menos abordable se es.

Así el inglés, así el bengalí.

Cada vez que leo un escrito, a las diez líneas ya estoy interesado. Tiene el bengalí algo de verdadero, de genuinamente verdadero, y que no es ni la santidad, ni la verdad, sino la vida interior.

Cuando se lee un bengalí, no se puede menos que quererlo. Emociona, además es importante. Uno no tiene que rebajarse.


Notas


1. Magia en el sentido primero de la palabra; la lectura del Ramayana de Tulsi Das absuelve de todo pecado.
Ese Tulsi Das, que había escrito el Ramayana y las aventuras de Hanuman y del ejército de los monos, poeta como era, fue encarcelado por un rey.
Meditó en la prisión; de su meditación surgió Hanuman y un ejército de monos que saquearon el palacio y la ciudad, y lo liberaron. Bien, abramos un concurso: ¿Qué poeta europeo podría hacer lo mismo? ¿Quién sería capaz de hacer nacer un ratón para defenderlo? 

2. n. n. Ejemplo poco convincente, que debió impresionarme por lo raro, los hindúes parecen menos inclinados a las curaciones metanaturales que sus semejantes europeos.
En el país que más gusta de lo oculto y de lo maravilloso, donde decenas de operaciones parapsíquicas singulares han sido en todos los tiempos estudiadas y practicadas, ciertos conocimientos, faltos tal vez de discípulos, desaparecen. No hay nada permanente. 
Lo que las multitudes asombradas vieron todavía en el siglo XIX, las proezas de los faquires, no se encuentran ya.
¿Habría en ello progreso, búsqueda de un arado superior?
Lo que pasa a ser lo más célebre, lo más destacable, lo más buscado, es la presencia de ciertos hindúes que, con sólo verlos o acercarse a ellos, dan una especie de sosiego, o más bien de bonanza interior, que no deja que cuidados y preocupaciones se nos aparezcan.
Y algunos Maestros procuran el estado de Samadhi
Múltiples ejercicios de Hathayoga han encontrado también en este siglo disciplinado una nueva y casi universal extensión).




En Un bárbaro en Asia (1930/31)
Traducción Jorge Luis Borges
Barcelona, Tusquets Editores, 2001
Foto: HM en Buenos Aires ca 1936/38 por Gisèle Freund