Giovanni Papini - El pacto con el Diablo

12 de febrero de 2013 ·



Giovanni Papini


No hay Demonología científica o histórica en que no se hable, con complacencia erudita y prolija, de los hombres, oscuros o famosos, que se han vendido al Diablo mediante un pacto formal. En todas las obras de teatro donde Satanás figura como uno de los protagonistas, desde El esclavo del Demonio (1612) de Mira de Amescua hasta el Fausto de Goethe, se asiste a la estipulación de ese contrato.

Christopher Marlowe figura entre quienes dan, en su Tragical History of Doctor Faustus, el texto del pacto:

“Con las siguientes condiciones: Primero: que Fausto podrá ser un espíritu, en forma y en sustancia.

’’Segundo: que Mefistófeles será su servidor y se pondrá a sus órdenes.

’’Tercero: que Mefistófeles hará todo por él y le procurará lo que necesite.

’’Cuarto: que será, en el cuarto o en la casa, invisible.

’’Último: que se le aparecerá a dicho John Faust, en cualquier momento, bajo las formas y con el aspecto que él quiera.

”Yo, John Faust, de Wittenberg, doctor, cedo por el presente acto, cuerpo y alma a Lucifer, príncipe de Oriente, y a su ministro Mefistófeles; y les concedo además plenos derechos, una vez transcurridos veinticuatro años y si no ha habido violación de los artículos arriba fijados, para que transporten al susodicho John Faust, en cuerpo y alma, en carne y sangre y con todos sus bienes, adonde quiera que tengan su morada. De mi puño y letra: John".

No he transcripto ese fantástico documento por simple lujo literario, sino para demostrar cuál es el grado de estupidez e inverosimilitud de los famosos pactos. A pesar de ser un poeta de recursos geniales, Marlowe no encuentra nada mejor que este ingenuo arreglo: un hombre tendrá durante veinticuatro años a su servicio un demonio, y al final lo recompensará con su propio encarcelamiento, atroz y eterno, en las llamas infernales. No obstante la sed de saber y de poder que atormentaba al doctor Fausto ¿no es éste, aun para la inteligencia más mediocre, un marché de dupes?

A pesar de los testimonios y de las leyendas yo tengo la seguridad de que jamás hubo pactos de ninguna clase entre los hombres y Satanás. Serían una prueba más de la locura del hombre y de la imbecilidad del Diablo. Si Mefistófeles no es un idiota y si el doctor Fausto no es un insensato, no se ve ni se entiende cómo aceptan tales convenios.

En primer lugar ¿cuál puede ser la ganancia del Diablo? Con las tentaciones más burdas, se apodera de innumerables almas; otras almas igualmente innumerables caen en sus manos sin que necesite hacer un solo ademán ni dar un solo paso, ¿por qué habría de hacer tal derroche de favores y de servicios para procurarse una que otra alma supernumeraria?

Se dirá que se trata de almas selectas y magníficas que excitan su especialísima gula. Pero también habrá que pensar que si tales almas están dispuestas a firmar el compromiso por el cual aceptan el infierno para toda la eternidad a cambio de algunos pases de prestidigitación y de algunas voluptuosidades de la carne o del espíritu, es evidente que en esas almas ya se da el germen y la concupiscencia del mal. No es necesario, pues, que el Diablo se convierta en esclavo de sus caprichos y en mediador de sus placeres: esos hombres, tan bien dispuestos a renunciar a Dios y a la salvación, caerán tarde o temprano por sí mismos en el pecado y en la perdición.

Bastará esperar o, a lo más, atizar esos perversos espíritus con algún toque de adecuada tentación. Concederles señorío sobre los espíritus del mal es un gasto superfluo e inútil. En caso de que tema un arrepentimiento in extremis del pecador, por el cual éste se le escape de las garras, el Diablo debe pensar que para la misericordia y omnipotencia de Dios no hay obstáculos y que de cualquier modo esa alma se salvará, aun cuando haya firmado cien pergaminos.

Por otra parte ¿dónde está la conveniencia de quien promete su alma al demonio? Si cree en Satanás y en el infierno, casi seguramente ha de creer, también, por necesidad lógica, en Dios y en su justicia. Ha de saber, por ello, al firmar el pacto, que existe una beatitud eterna y una eterna condenación. Pero ¿es concebible que un hombre no trastornado por la locura desee un pacto según el cual promete pagar con una tortura espantosa, física y espiritual, que no tendrá término, pocos años de satisfacciones terrestres? ¿Qué significan veinticuatro años —y aun cincuenta— de desahogo de las concupiscencias mentales y carnales, comparados con la eternidad? Unas cuantas curiosidades satisfechas, algunas jovencitas seducidas, uno que otro efímero prodigio, ¿pueden valer, aun a los ojos del más ávido de los intelectuales, la pérdida de una dicha inefable y perenne?

En la tierra hay hombres que por el deleite de una hora o de un día pierden la libertad para toda la vida; pero casi siempre se los considera víctimas de un furor invencible o de una naturaleza incurablemente perversa.

Pactos semejantes al del doctor Fausto presuponen, por ende, que el Diablo es estúpido y que el hombre es loco. Ni una ni otra cosa son absolutamente imposibles, como lo prueban la historia diabólica y la humana. Pero por otra parte el Demonio es famoso principalmente por su astucia. Y quienes le habrían vendido el alma son, por lo común, hombres de mucha ciencia e ingenio. El Diablo puede encarnarse en ellos y dominarlos, cuando así lo desee; pero me parece difícil que se avenga a ser su sirviente.


En El Diablo
Traductor: Vicente Fatone

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