14 ene. 2013

John Maxwell Coetzee: Esperando a los bárbaros (V)





Los bárbaros salen de noche. Antes de que oscurezca hay que recoger la última cabra, atrancar las puertas y apostar un centinela en cada atalaya para dar las horas. Dicen que los bárbaros merodean por los alrededores durante toda la noche resueltos a asesinar y saquear. Los niños ven en sueños cómo se abren las contraventanas y cómo los rostros feroces de los bárbaros les dirigen miradas aviesas. «¡Han llegado los bárbaros!», gritan los niños y no hay quien los tranquilice. Desaparece ropa tendida y comida de las despensas, por muy herméticamente cerradas que estén. Dicen que los bárbaros han excavado un túnel bajo las murallas; que entran y salen a placer y cogen lo que quieren; que nadie está seguro ya. Los campesinos todavía labran los campos, pero salen en grupo, nunca solos. Trabajan sin ilusión: dicen que los bárbaros aguardan tan sólo a que hayan sembrado para volver a anegar los campos.

¿Por qué el ejército no acaba con los bárbaros? se lamentan todos. La vida en la frontera se ha vuelto demasiado dura. Hablan de regresar a su tierra, pero entonces recuerdan que ahora los caminos son peligrosos a causa de los bárbaros. Ya no se puede comprar té ni azúcar porque los tenderos acumulan sus existencias. Aquellos que comen bien lo hacen a escondidas, temerosos de despertar la envidia del vecino.

Hace tres semanas violaron a una niña. Sus amigos, que jugaban en las acequias, no la echaron en falta hasta que volvió sangrando y sin habla. Durante días permaneció postrada en casa de sus padres con la mirada fija en el techo. Nada la persuadió de contar lo ocurrido. En cuanto apagaban la luz empezaba a lloriquear. Sus amigos afirman que lo hizo un bárbaro. Lo vieron huir hacia los cañaverales. Lo reconocieron por su fealdad. Ahora han prohibido a los niños jugar fuera de las puertas, y los campesinos llevan garrotes y lanzas cuando salen a los campos.

Cuanto más crece el resentimiento contra los bárbaros, más me acurruco en mi rincón, con la esperanza de que no se acuerden de mí.

Hace mucho tiempo que el segundo cuerpo expedicionario partió muy airoso con sus banderas y sus trompetas y sus armaduras relucientes y sus espléndidos corceles para limpiar el valle de bárbaros y enseñarles una lección que ni ellos ni sus nietos ni sus bisnietos olvidarían jamás. Desde entonces no ha habido ningún despacho, ningún comunicado. La alegría de los días en que solía haber revista diaria en la plaza, exhibiciones de equitación, demostraciones de tiro, se ha disipado hace mucho. En su lugar el aire está lleno de rumores angustiosos. Algunos dicen que el conflicto ha estallado a lo largo de los mil seiscientos kilómetros de frontera, que los bárbaros del norte se han unido a los del oeste, que el ejército del Imperio apenas se ha desplegado, que uno de estos días se verá obligado a abandonar la defensa de puestos fronterizos como éste para concentrar sus recursos en la protección del interior del país. Otros dicen que no recibimos noticias de la guerra únicamente porque nuestros soldados se han adentrado en pleno territorio enemigo y están demasiado ocupados eliminando bárbaros para enviar despachos. Dicen que pronto, cuando menos lo esperemos, regresarán fatigados pero victoriosos, y llegarán tiempos de paz.

Entre la escasa guarnición que han dejado atrás hay más borracheras que nunca y más arrogancia para con los ciudadanos. Ha habido incidentes con soldados que han entrado en tiendas, han cogido lo que querían, y se han ido sin pagar. ¿De qué le sirve al tendero dar la voz de alarma cuando los malhechores y la guardia nacional son los mismos? Los tenderos se quejan a Mandel, que está al mando bajo el estado de emergencia mientras Joll se encuentra ausente con el ejército. Mandel hace promesas pero no actúa. ¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que le importa es seguir siendo querido entre sus hombres. A pesar de las patrullas de vigilancia en las murallas y de las batidas semanales por la orilla del lago (a la caza de bárbaros, aunque nunca han capturado a ninguno), la disciplina se ha relajado.

Entretanto yo, el viejo payaso que perdió el último vestigio de autoridad el día que estuvo colgado de un árbol con ropa interior de mujer pidiendo ayuda a gritos, la inmunda criatura que durante una semana lamió la comida de las baldosas como un perro porque no podía usar las manos, ya no estoy encerrado. Duermo en un rincón del patio del cuartel; deambulo por él con mi camisón mugriento; cuando un puño me amenaza me encojo de miedo. Vivo como un animal hambriento en la puerta trasera, mantenido vivo acaso sólo como un testimonio del animal que todo amigo de los bárbaros lleva escondido dentro. Sé que corro peligro. Algunas veces puedo sentir el peso de una mirada resentida que se detiene en mí; no alzo la vista; sé que para algunos debe de ser fuerte la tentación de despejar el patio atravesándome el cráneo con una bala desde una de las ventanas superiores.

Ha llegado una ola de refugiados al pueblo, pescadores procedentes de los diminutos asentamientos desperdigados por el río y la orilla norte del lago, que hablan una lengua que nadie entiende y llevan la casa a cuestas seguidos a duras penas por sus perros hambrientos y sus hijos raquíticos. La gente se congregó en torno suyo cuando aparecieron.

—¿Fueron los bárbaros los que os echaron? —les preguntaban, al tiempo que ponían expresiones y tensaban arcos imaginarios. Nadie les preguntó sobre los soldados imperiales o el fuego que prendieron a la maleza.

Al principio todos se compadecieron de estos salvajes y les proporcionaron alimentos y ropa vieja, hasta que empezaron a montar sus chozas de paja en la parte de la muralla próxima a los nogales, y sus hijos se envalentonaron tanto como para colarse a robar en las cocinas y una noche sus perros penetraron en el redil y degollaron a una docena de ovejas. Las opiniones se volvieron en su contra. Los soldados tomaron medidas, eliminaron a tiros a sus perros inmediatamente y, una mañana cuando los hombres se encontraban todavía en el lago, derribaron la hilera completa de chozas. Durante días permanecieron escondidos en los cañaverales. Luego, una por una, empezaron a reaparecer sus pequeñas chozas de paja, esta vez fuera del pueblo junto a la muralla norte. Les permitieron que sus chozas siguieran en pie, pero se ordenó a los centinelas que les prohibieran la entrada. Ahora esa norma se ha relajado, y se les puede ver por la mañana vendiendo pescado de puerta en puerta. No tienen ninguna experiencia con el dinero, los engañan miserablemente, se desprenderían de cualquier cosa a cambio de un dedal de ron.

Son unos seres huesudos y estrechos de pecho. Las mujeres parecen estar siempre embarazadas; sus hijos están escuálidos; algunas muchachas jóvenes presentan indicios de una belleza frágil y de mirada ingenua; por lo demás sólo veo ignorancia, astucia, descuido. ¿Pero qué ven ellos en mí, si es que me ven alguna vez? Un animal que mira con fijeza entre los barrotes de la verja: el lado repugnante de este hermoso oasis donde han encontrado una seguridad precaria.

Un día una sombra se cierne sobre mí mientras dormito en el patio, un pie me empuja, y levanto la vista hacia los ojos azules de Mandel.

—¿Le damos bien de comer? —me dice—. ¿Está volviendo a engordar?

Asiento con la cabeza, sentado a sus pies.

—Porque no vamos a poder darle de comer siempre.

Guardamos un largo silencio mientras nos examinamos mutuamente.

—¿Cuándo va a empezar a ganarse el sustento?

—Soy un prisionero en espera de juicio. A los prisioneros en espera de juicio no se les exige ganarse el sustento. Es la ley. El tesoro público les mantiene.

—Pero usted no está preso. Es libre de ir adonde le plazca —espera a que muerda este anzuelo que me ofrece sin rodeos. No digo nada. Prosigue—: ¿Cómo puede estar preso si no aparece en nuestros archivos? ¿Cree que no tenemos archivos? No figura en nuestros archivos. Así que debe de ser usted un hombre libre.

Me levanto y le sigo a través del patio hasta la salida. El centinela le entrega la llave y él abre la verja.

—¿Ve? La puerta está abierta.

Dudo antes de salir. Hay algo que quisiera saber. Contemplo el rostro de Mandel, los ojos claros, espejos de su alma, la boca por la cual se expresa su espíritu.

—¿Dispone de un minuto?—digo. Permanecemos junto a la verja, con el centinela al fondo aparentando no oír. Le digo—: Ya no soy un hombre joven y todo mi futuro aquí está arruinado —con un ademán abarco la plaza y el polvo arrastrado por el viento cálido de las postrimerías del verano, portador de royas y plagas—. También he muerto ya una muerte, en aquel árbol, sólo que usted decidió salvarme. Así que hay algo que quisiera saber antes de irme. Si es que con los bárbaros a las puertas del pueblo ya no es demasiado tarde —siento que una levísima sonrisa de burla me roza los labios, no puedo evitarlo. Echo un vistazo al cielo vacío—. Perdóneme si la pregunta parece insolente, pero quisiera hacérsela: ¿cómo le resulta posible comer después, después de que ha estado... trabajando con seres humanos? Es algo que siempre me he preguntado acerca de los verdugos y otros hombres semejantes. ¡Espere! Escúcheme un momento más, soy sincero, me ha costado mucho soltar esto, porque me tiene usted aterrorizado, pero no necesito decírselo, estoy seguro de que lo sabe. ¿Le resulta fácil ingerir alimentos después? He imaginado que uno desearía lavarse las manos. Pero no bastaría un lavado corriente, sería precisa la intervención sacerdotal, una ceremonia de purificación, ¿no cree? Algún tipo de expiación del alma, así es cómo me lo imagino. ¿Si no cómo sería posible volver a la vida cotidiana, sentarse a la mesa, por ejemplo, y compartir el pan con la propia familia o con los compañeros?

Se da la vuelta para marcharse, pero aunque muevo la mano con lentitud consigo agarrarle el brazo.

—¡No, escuche! —le digo—. No me interprete mal, no le culpo ni le acuso, hace mucho que he dejado de hacer eso. Recuerde, yo también he dedicado una vida a la ley, conozco sus procedimientos, me consta que los manejos de la justicia son a menudo oscuros. Sólo trato de entender. Trato de entender el mundo en que vive. Trato de imaginar cómo respira y come y vive todos los días. ¡Pero no puedo! ¡Eso es lo que me perturba! Si yo fuera él, me digo a mí mismo, mis manos estarían tan sucias que sentiría náuseas.

Se suelta de un tirón y me da un golpe tan fuerte en el pecho que jadeante retrocedo dando un traspié.

—¡Hijo de perra! —grita—. ¡Maldito viejo loco! ¡Fuera! ¡Lárguese y reviente de una vez!

—¿Cuándo me van a juzgar? —le grito a su espalda mientras se aleja. No me hace caso.


No tengo dónde esconderme. ¿Y además por qué iba a hacerlo? Todos me pueden ver desde el alba al atardecer en la plaza, merodeando por los puestos del mercado o sentado a la sombra de los árboles. Y paulatinamente, conforme se corre la voz de que el viejo magistrado ha sobrevivido a su castigo, todos dejan de guardar silencio y de volverme la espalda cuando me acerco. Descubro que no carezco de amigos, especialmente entre las mujeres, que apenas pueden disimular su impaciencia por oír mi versión de los hechos. Deambulando por las calles me encuentro a la rolliza mujer del oficial de intendencia que tiende la colada. Nos saludamos.

—¿Cómo está usted, señor? —me dice—. Oímos que lo había pasado muy mal —los ojos le brillan, ávidos aunque precavidos—. ¿Por qué no entra y toma una taza de té? —así que nos sentamos a la mesa de la cocina, y ella manda a los niños a jugar fuera, y mientras bebo té y como sin parar de un plato con sus deliciosas galletas de avena, ella da los primeros pasos de este juego indirecto de preguntas y respuestas—: Estuvo fuera mucho tiempo, dudábamos de que regresara alguna vez... ¡Y luego todos los problemas que tuvo! ¡Cómo han cambiado las cosas! No había este desorden cuando usted estaba al mando. ¡Estos forasteros de la capital lo ponen todo patas arriba! —ahora me toca a mí, suspiro:

—Sí, ellos no entienden cómo resolvemos nuestros asuntos en las provincias, ¿verdad? Tantos problemas por una muchacha... —engullo otra galleta. Un tonto enamorado es motivo de risa pero siempre acaban perdonándolo—. Para mí sólo era una cuestión de sentido común devolverla con los suyos, ¿pero cómo hacérselo comprender? —continúo divagando; ella escucha estas verdades a medias, al tiempo que asiente con la cabeza y me observa como un buitre; aparentamos que la voz que ella oye no es la voz del hombre que colgado del árbol pedía clemencia a gritos tan fuertes como para resucitar a los muertos— ...De cualquier modo, confiemos en que todo haya terminado. Todavía me duele —me toco el hombro— el cuerpo sana tan despacio a medida que uno se hace viejo...

Así que como gracias a mi historia. Y cuando todavía tengo hambre por la noche, si espero a la entrada del cuartel al silbido que llama a los perros y me cuelo sin hacer mucho ruido, habitualmente puedo sacarle a las criadas las sobras de la cena de los soldados, un cuenco de judías frías, los abundantes restos del puchero de la sopa o media hogaza de pan.

O por las mañanas puedo acercarme a la posada y asomarme por la puerta de la cocina para aspirar todos los aromas, de oréganos y levadura y cebolla recién picada y manteca de cordero humeante. Mai, la cocinera, engrasa los moldes del horno: veo cómo sus hábiles dedos se meten en el puchero de la manteca y untan el molde con tres rápidos círculos. Me acuerdo de sus pasteles, de su célebre empanada de jamón, espinacas y queso, y siento que se me hace la boca agua.

—Se han marchado tantos —me dice, mientras se vuelve hacia la gran bola de masa —no sé ni por dónde empezar. Muchos se fueron hace sólo unos días. Una de nuestras chicas (la pequeña del pelo largo y liso, puede que usted la recuerde) iba con ellos, se fue con su pareja —me lo comunica con un tono indiferente, y yo le agradezco su consideración—. Desde luego lo entiendo —prosigue— si uno se quiere ir debe irse ahora, es un largo camino, además peligroso, y las noches son cada vez más frías —habla del tiempo, del último verano y de los presagios del invierno que se acerca, como si en mi celda a menos de trescientos pasos de donde nos encontramos, hubiera estado aislado del calor y del frío, de la sequía y la lluvia. Para ella, por lo que veo, desaparecí, ahora he reaparecido, y entretanto no formé parte del mundo.

He estado escuchando y asintiendo con la cabeza y soñando mientras ella hablaba. Ahora hablo yo.

—Sabes —le digo— cuando estaba en prisión, en el cuartel, no en la prisión nueva sino en una habitación pequeña en la que me encerraron, tenía tanta hambre que no pensaba en mujeres, sólo en comida. Vivía para las horas de comida. Nunca tenía bastante. Engullía el rancho como un perro y aún quería más. También sufrí mucho en diferentes ocasiones: la mano, los brazos, y también esto —me toco la nariz abultada, la desagradable cicatriz bajo el ojo por la que, según estoy empezando a descubrir, todos se sienten secretamente fascinados—. Cuando soñaba con una mujer soñaba con alguien que vendría por la noche a librarme del dolor. El sueño de un niño. Lo que no sabía era cómo el deseo podía acumularse en los huesos para luego un día sin previo aviso emerger a raudales. Lo que dijiste hace un momento, por ejemplo, la chica que mencionaste, la apreciaba mucho, creo que lo sabes, aunque la delicadeza te impidió... Cuando dijiste que se había ido, lo confieso, fue como si algo me hubiera sacudido aquí, en el pecho. Un golpe.

Sus manos, con destreza, hacen círculos con el borde de un tazón en la lámina de masa, recogen los restos y los aplastan con el rodillo. Rehúye mi mirada.

—Anoche subí a su habitación, pero la puerta estaba cerrada. No le di importancia. Tiene muchos amigos, nunca creí que yo fuera el único... ¿Pero qué quería? Un sitio donde dormir, desde luego; pero también algo más. ¿Para qué fingir? Todos sabemos que los viejos buscan recuperar su juventud en los brazos de mujeres jóvenes —da golpes en la masa, la trabaja, la extiende con el rodillo: ella misma una mujer joven con sus propios hijos, que vive con una madre exigente: ¿qué es lo que le estoy pidiendo mientras sigo divagando acerca del dolor, de la soledad? Con perplejidad escucho las palabras que escapan de mi boca. «¡He de decirlo todo!», me dije a mí mismo cuando me encontré por primera vez frente a mis torturadores. «¿Por qué sellar tus labios como un estúpido? No ocultas nada. ¡Que sepan que tratan con un ser de carne y hueso! ¡Proclama tu terror, grita cuando el dolor llegue! El silencio tenaz supone un acicate para ellos: les confirma que cada alma es una cerradura que deben forzar con paciencia. ¡Revela tus sentimientos! ¡Abre tu corazón!», así que grité y chillé y dije todo lo que se me vino a la cabeza. ¡Lógica insidiosa! Ahora lo que oigo cuando me suelto la lengua y la dejo en libertad es el sutil lloriqueo de un mendigo—. ¿Sabes dónde dormí anoche? —me oigo decir a mí mismo—. ¿Conoces ese pequeño cobertizo en la parte trasera del granero?...

Pero lo que anhelo sobre todo es comida, y cada vez más conforme pasan las semanas. Quiero volver a estar gordo. Tengo hambre día y noche. Cuando me despierto, el estómago bosteza conmigo, no puedo esperar a hacer mi ronda, a merodear por la entrada del cuartel para olfatear el aroma suave y soso de la avena y esperar las sobras quemadas; ni a engatusar a los niños para que me arrojen moras desde los árboles; ni a estirarme sobre la cerca de un huerto para robar uno o dos melocotones; ni a ir de puerta en puerta, un hombre desafortunado, víctima de un enamoramiento, del que ya se ha curado, dispuesto a tomar con una sonrisa lo que le ofrecen, una rebanada de pan con mermelada, una taza de té, tal vez al mediodía un cuenco de estofado o un plato de judías con cebolla, y siempre fruta, albaricoques, melocotones, granadas, la riqueza de un verano generoso. Como come un mendigo, engullendo la comida con tal apetito, arrebañando el plato hasta dejarlo tan limpio que da gusto verlo. No es de extrañar que mis paisanos se reconcilien conmigo día a día.

¡Y cómo puedo adular, cómo puedo granjearme amistades! Más de una vez me han preparado un sabroso tentempié sólo para mí: una chuleta de cordero frita con pimientos y cebolletas, o una rebanada de pan con una loncha de jamón y tomate y una porción de queso de cabra. Si puedo acarrear agua o leña a cambio, lo hago de buena gana, como muestra de gratitud, aunque no estoy tan fuerte como antes. Y si por el momento he agotado mis recursos en el pueblo —pues debo tener cuidado de no convertirme en una carga para mis benefactores— siempre puedo darme una vuelta por el campamento de los pescadores y ayudarles a limpiar pescado. He aprendido unas cuantas palabras de su lengua, me reciben sin recelo, ellos entienden lo que es ser un mendigo y comparten su comida conmigo.

Quiero volver a estar gordo, más gordo que nunca. Quiero oír el gorgoteo satisfecho de mi panza cuando cruce las manos sobre ella, quiero sentir cómo se hunde la barbilla en la mullida papada y cómo se me bambolea el pecho al caminar. Quiero una vida de satisfacciones sencillas. No quiero (¡vana esperanza!) volver a pasar hambre.


Hace casi tres meses que partió, y todavía no hay noticias del cuerpo expedicionario. En cambio, terribles rumores corren por todas partes: que el cuerpo ha sido atraído hacia el desierto y aniquilado; que ha sido llamado a defender el interior sin que lo supiéramos, abandonando los pueblos fronterizos a merced de los bárbaros para que los asalten cuando les parezca. Todas las semanas hay un convoy de prudentes que deja el pueblo en dirección al este, diez o doce familias que viajan juntas «para visitar a sus familiares», como reza el eufemismo, «hasta que las cosas vuelvan a la normalidad». Conducen reata de animales de carga, empujan carretillas, transportan fardos a la espalda, llevan a sus propios hijos cargados como bestias. He visto incluso una carreta larga y baja de cuatro ruedas tirada por ovejas. Ya no se pueden comprar animales de carga. Los que se marchan son sensatos, las esposas y maridos que despiertos en la cama cuchichean, hacen planes, ven lo que pueden salvar. Dejan atrás sus confortables hogares, cerrándolos «hasta la vuelta», y llevándose las llaves de recuerdo. Al día siguiente bandas de soldados forzarán las puertas, saquearán las casas, destruirán los muebles, ensuciarán los suelos. Crece el resentimiento contra los que se preparan para irse. Les insultan en público, les atacan, les roban impunemente. Ahora hay familias que, tras sobornar a los centinelas para que les abran las puertas, desaparecen sin más en plena noche, toman el camino del este y esperan en el primer o segundo apeadero hasta que se reúne un grupo lo bastante numeroso como para viajar seguros.

Los soldados tiranizan a la población. Han celebrado un mitin en la plaza a la luz de las antorchas para denunciar a los «cobardes y traidores» y afirmar la lealtad colectiva al Imperio. El nosotros nos quedamos se ha convertido en el lema de los leales: estas palabras se ven pintarrajeadas en todas las paredes. Esa noche yo permanecí en la oscuridad al margen de la enorme multitud (nadie tuvo el valor necesario para quedarse en casa) escuchando estas palabras coreadas enfática y amenazadoramente por miles de gargantas. Un escalofrío me recorrió la espalda. Después del mitin los soldados encabezaron un desfile por las calles. Derribaron puertas a patadas, rompieron ventanas, prendieron fuego a una casa. Hasta muy avanzada la noche hubo borrachera y juerga en la plaza. Busqué a Mandel pero no le vi. Es posible que haya perdido el control de la guarnición, suponiendo que los soldados hubieran estado alguna vez dispuestos a recibir órdenes de un policía.

Cuando los acuartelaron por primera vez, el pueblo recibió con frialdad a estos soldados procedentes de todos los puntos del Imperio y desconocedores de nuestras costumbres.

—No los necesitamos aquí —decían— cuanto antes se larguen a combatir con los bárbaros mejor—. Les negaban el crédito en las tiendas, las madres recluían a sus hijas bajo llave para apartarlas de ellos. Pero después de que los bárbaros aparecieran ante nuestras puertas esa actitud cambió. Ahora que estos soldados forasteros parecen ser todo lo que se interpone entre nosotros y la destrucción, les agasajan con fervor. Un comité de ciudadanos recauda fondos semanalmente para celebrar un banquete en su honor, en el que se asan ovejas enteras en espetones y se hacen correr litros y más litros de ron. Las jóvenes del pueblo están a su disposición. Todos sus deseos serán bien acogidos mientras se queden y protejan nuestras vidas. Pero cuanto más les adulan, más aumenta su arrogancia. Sabemos que no podemos confiar en ellos. Con el granero casi vacío y el cuerpo expedicionario desvanecido como el humo, ¿qué los retendrá cuando los agasajos se acaben? Sólo nos cabe la esperanza de que los rigores del viaje en invierno les disuadan de abandonarnos.

Ya hay presagios del invierno por todas partes. A primeras horas de la mañana se levanta un viento frío del norte: las contraventanas crujen, los que duermen se acurrucan y se arriman más los unos a otros, los centinelas se ciñen la capa y se vuelven de espaldas. Algunas noches me despierto tiritando en mi lecho de sacos y no puedo volver a conciliar el sueño. El sol parece salir cada día más lejos; la tierra se enfría incluso antes del ocaso. Pienso en los pequeños convoyes desperdigados a lo largo de cientos de kilómetros de camino que se dirigen hacia una patria que la mayoría no ha visto nunca, empujan sus carretillas, fustigan a sus caballos, cargan con sus hijos, racionan sus provisiones y abandonan día a día al borde del camino herramientas, utensilios de cocina, retratos, relojes, juguetes, todo lo que creían poder salvar de sus propiedades antes de comprender que a lo sumo podrían escapar con vida. En una o dos semanas el tiempo será demasiado traicionero para que emprenda viaje cualquiera que no se encuentre entre los más audaces. Durante todo el día rugirá el viento norte, marchitará la vida en mismo tallo, arrastrará un mar de polvo a través de la extensa meseta, traerá consigo chaparrones imprevistos de granizo y nieve. No puedo imaginar que pudiera sobrevivir a esta larga marcha con mis harapos y mis sandalias rotas, con el bastón en la mano y el hatillo a la espalda. Me faltaría el coraje. ¿Qué vida puedo esperar lejos de este oasis? ¿La vida de un contable indigente de la capital, que regresa después del atardecer a una habitación alquilada en una callejuela, al que se le caen los dientes poco a poco, y tiene que aguantar a una patrona chismosa? Si me uniera al éxodo sería como uno de esos viejos discretos que un día se apartan de la caravana, se instalan al abrigo de una roca, y aguardan a que el gran frío final empiece a ascender por sus piernas.


Camino por el sendero ancho hacia la orilla del lago. El horizonte, que ya está gris, se funde con el agua gris del lago. A mi espalda se pone el sol entre rayos dorados y rojizos. Desde las acequias llega el primer canto del grillo. Es un mundo que conozco y quiero y no deseo dejar. Desde mi juventud he recorrido este sendero de noche sin sufrir daño alguno. ¿Cómo voy a creer que la noche esté llena de las huidizas sombras de los bárbaros? Si hubiera extraños aquí lo presentiría. Los bárbaros se han replegado con sus rebaños hacia los valles más profundos de las montañas, a esperar que los soldados se cansen y se vayan. Cuando eso ocurra los bárbaros volverán a salir. Apacentarán sus ovejas y nos dejarán tranquilos, nosotros sembraremos nuestros campos y los dejaremos tranquilos, y en pocos años la frontera recobrará la paz.

Atravieso los campos devastados, ya limpios y recién arados, cruzo las acequias y el dique. El terreno se ablanda bajo mis pies; pronto camino sobre la esponjosa hierba de la marisma, me abro paso entre los juncos dando grandes zancadas con el agua hasta los tobillos a la postrera luz violeta del atardecer. Las ranas se tiran al a mi paso; cerca oigo el leve murmullo de las plumas de un pájaro que se dispone emprender el vuelo.

Vadeo a mayor profundidad apartando los juncos con las manos, y siento el cieno entre los dedos de los pies; a cada paso, el agua, que conserva el calor del sol más tiempo que el aire, primero opone resistencia para después ceder. A primera hora de la mañana los pescadores empujan con pértigas sus barcas de fondo plano esta superficie en calma y echan sus redes. ¡Qué manera tan apacible de ganarse la vida! Tal vez debería dejar de mendigar, unirme a ellos en su campamento fuera de muralla, construirme una choza de barro y caña, casarme con una de sus hermosas hijas, darme un banquete cuando la pesca sea abundante y apretarme el cinturón cuando no lo sea.

Con el agua reconfortante hasta las pantorrillas me recreo en esta ilusión. No ignoro lo que significan tales ilusiones, son sueños de convertirme en un salvaje que vive por instinto, de tomar el frío camino de la capital, de dirigirme a tientas hasta las ruinas del desierto, de volver al confinamiento de mi celda, de ir en busca de los bárbaros y ofrecerme a ellos para que me utilicen como quieran. Todos sin excepción son sueños de un final: sueños no de cómo vivir sino de cómo morir. Y sé que cada uno de los habitantes de ese pueblo amurallado que ahora se sume en la oscuridad (oigo los dos lejanos toques de corneta que anuncian el cierre de las puertas) tiene la misma preocupación. ¡Todos salvo los niños! Los niños nunca dudan que los enormes y viejos árboles bajo cuyas sombras juegan permanecerán allí siempre, que un día ellos crecerán para ser fuertes como sus padres, fértiles como sus madres, que vivirán y prosperarán y criarán a sus propios hijos y envejecerán en el lugar donde nacieron. ¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los Imperios tienen la culpa! Los Imperios han creado el tiempo de la historia. Los Imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe. Los Imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los Imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación. Una visión demencial pero virulenta: yo, mientras camino por el lodo, no estoy menos contagiado por ella que el leal Coronel Joll cuando sigue la pista de los enemigos del Imperio a través del interminable desierto con la espada desenvainada para degollar a un bárbaro tras otro, hasta que por fin encuentre y mate a aquel cuyo destino debería ser (o si no el suyo, el de su hijo o el de su nieto no nacido) trepar por la puerta de bronce del Palacio de Verano y derribar la esfera coronada por el tigre rampante que simboliza la dominación eterna, mientras sus compañeros desde abajo le aclaman y disparan al aire sus mosquetes.

No hay luna. En la oscuridad vuelvo a tientas a tierra firme y sobre un lecho de hierba, arrebujado en mi capa, me quedo dormido. Me despierto de un frenesí de sueños confusos entumecido y aterido de frío. La estrella roja apenas se ha movido en el cielo.

Cuando paso por el camino que conduce al campamento de los pescadores un perro empieza a ladrar; enseguida se le une otro, y la noche prorrumpe en un escándalo de ladridos, gritos de alarma, chillidos. Consternado, grito con todas mis fuerzas:

— ¡No es nada! —pero no me oyen. Me quedo indefenso en medio del camino. Alguien pasa corriendo junto a mí en dirección al lago; luego otro cuerpo choca conmigo, una mujer, lo sé inmediatamente, que jadea aterrorizada en mis brazos antes de soltarse y desaparecer. También hay perros que gruñen a mi alrededor: me vuelvo con rapidez y pido auxilio cuando uno de los perros se tira a morderme en las piernas, me desgarra la piel, retrocede. Estoy completamente rodeado por los frenéticos ladridos. Los perros del pueblo replican tras las murallas con aullidos. Me agacho y me preparo con los músculos en tensión para el próximo ataque. El gemido estridente de las cornetas hiende el aire. Los perros ladran más fuerte que antes. Me encamino arrastrando los pies hacia el campamento, hasta que de súbito una de las chozas se recorta frente al cielo. Aparto la cortinilla que cuelga a la entrada y penetro en la calidez empapada de sudor donde hasta hace unos minutos dormía gente.

Cesa el escándalo de afuera, pero nadie vuelve. El aire está viciado, resulta soporífero. Me gustaría dormir, pero me perturba la resonancia del suave impacto en el camino. Como una magulladura, mi carne conserva la impresión del cuerpo que descansó en mí durante unos segundos. Tengo miedo de lo que soy capaz: de regresar mañana a la luz del día todavía afectado por el recuerdo y hacer preguntas hasta descubrir quién fue la que se topó conmigo en la oscuridad, para forjar en torno a ella, niña o mujer, una aventura erótica aún más ridícula. La insensatez de los hombres de mi edad no conoce límite. Nuestra única excusa es que no dejamos huella propia en las jóvenes que pasan por nuestras manos: ellas olvidan pronto nuestros deseos tortuosos, nuestra manera ceremoniosa de hacer el amor, nuestros éxtasis mastodónticos, y le quitan toda importancia a nuestro torpe juego cuando se arrojan derechas como flechas en los brazos de los hombres jóvenes, vigorosos y espontáneos cuyos hijos traerán al mundo. Nuestro amor no deja rastro. ¿De quién se acordará aquella otra muchacha del semblante ciego: de mí con mi batín de seda y mis penumbras y mis perfumes y aceites y mis desdichados placeres, o de aquel otro hombre frío de la máscara en los ojos que daba las órdenes y sopesaba el sonido de su íntimo sufrimiento? ¿Acaso no fue el rostro tras el hierro candente el último que vio con claridad en este mundo? Aunque me muera de vergüenza, incluso aquí y ahora, debo preguntarme si, cuando yacía junto a ella con la cabeza a sus pies, y acariciaba y besaba aquellos tobillos fracturados, no estaba lamentando en lo más recóndito de mi corazón la imposibilidad de grabarme tan profundamente en ella. Por muy condescendientes que los suyos sean con ella, nunca la cortejarán ni se casará según las costumbres: está marcada de por vida como propiedad de un extranjero, y nadie se acercará a ella excepto con esa compasión lúgubre y sensual que ella percibió y rechazó en mí. ¡Con razón se dormía tan a menudo, con razón era más feliz limpiando verduras que en mi cama! Desde el momento en que me detuve ante ella en la entrada del cuartel ha debido de sentir que la envolvía una nube de engaño: envidia, compasión, crueldad, todo disfrazado de deseo. ¡Y en mi trato sexual ha debido de ver no el impulso sino la penosa negación del impulso! Recuerdo su serena sonrisa. Desde el primer momento supo que era un falso seductor. Me escuchaba, luego escuchaba a su corazón, y como es debido seguía los dictados de su corazón. ¡Si tan sólo hubiera encontrado las palabras apropiadas! —No se hace así —me debería haber dicho, interrumpiéndome en el acto—. Si quiere aprender cómo hacerlo, pregúntele a su amigo de ojos negros —luego debería haber continuado para no dejarme sin esperanza—: pero si quiere amarme debe olvidarse de él y aprender su lección en otra parte—. Si me lo hubiera dicho entonces, si la hubiera entendido, si hubiera estado en condiciones de entenderla, si la hubiera creído, si hubiera estado en condiciones de creerla, podría haberme ahorrado un año de confusos e inútiles gestos de expiación.

Pues yo no era, como me gustaba creer, el indulgente amante del placer opuesto al frío y severo coronel. Yo era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos, él la verdad que un Imperio cuenta cuando corren malos vientos. Dos caras de la dominación imperial, ni más ni menos. Pero yo contemporizaba, me recreaba en esta apartada frontera, este pequeño remanso con sus polvorientos veranos y sus carretas de albaricoques y sus largas siestas y su indolente guarnición y las aves acuáticas que descienden hasta la superficie deslumbrante e inmóvil del lago para desde ella reemprender el vuelo año tras año, y me decía a mí mismo, «ten paciencia, uno de estos días se irá, uno de estos días volverá la tranquilidad: entonces nuestras siestas se prolongarán y nuestras espadas se oxidarán, el centinela bajará a hurtadillas de su atalaya para pasar la noche con su esposa, el mortero se desmoronará hasta que los lagartos aniden entre los ladrillos y las lechuzas vuelen del campanario, y la línea que delimita la frontera de un Imperio en los mapas se volverá borrosa e imprecisa hasta que felizmente se olviden de nosotros». Así me convencía a mí mismo, tomando una de las muchas desviaciones equivocadas que he seguido en un camino aparentemente acertado pero que me ha conducido al corazón de un laberinto.

En el sueño avanzo hacia ella por la plaza cubierta de nieve. Al principio camino. Luego conforme el viento sopla con más fuerza un remolino de nieve empieza a impulsarme hacia delante con los brazos extendidos a los lados y la capa hinchada como una vela por el viento. Gano velocidad y con los pies volando a ras del suelo, me precipito sobre la solitaria figura que se encuentra en medio de la plaza. ¡No se volverá a tiempo de verme!, pienso. Abro la boca para prevenirla con un grito. Un débil lamento me llega hasta los oídos, arrebatado por el viento, transportado hacia el cielo como un trozo de papel. Estoy casi sobre ella, preparándome para el choque, cuando se vuelve y me ve. Por un instante le veo la cara, la cara de una niña, resplandeciente, saludable, sonriéndome sin temor, antes de que choquemos. Me golpea con la cabeza en el vientre; después me alejo, arrastrado por el viento. El impacto es tan suave como la caricia de una mariposa. Me embarga una sensación de alivio. «¡No tenía que haberme preocupado después de todo!», pienso. Trato de mirar atrás, pero todo se ha desvanecido en la blancura de la nieve.

Tengo la boca cubierta de besos húmedos. Escupo, sacudo la cabeza, abro los ojos. El perro que ha estado lamiéndome la cara sale meneando el rabo. La luz se filtra a través de la entrada de la choza. Me deslizo a gatas hacia el amanecer. El cielo y el agua están teñidos del mismo color rosáceo. El lago, en donde me he acostumbrado a ver cada mañana las barcas de pesca con sus proas chatas, está vacío. El campamento en el que me encuentro está también vacío.

Me ciño la capa y tras pasar junto a la puerta principal, que todavía está cerrada, camino hasta la atalaya del noroeste donde parece no haber nadie; luego regreso al lago atajando por los campos y el dique.

Una liebre salta a mi paso y se aleja corriendo en zig-zag. Le sigo la pista hasta que se vuelve y desaparece tras el trigo crecido de los campos lejanos.

Un niño orina en medio del sendero a casi cincuenta metros de mí. Contempla la curva que describe su orina, al tiempo que me vigila con el rabillo del ojo y dobla la espalda para hacer que el último chorro llegue más lejos. Luego, con la estela dorada todavía suspendida en el aire, desaparece súbitamente, agarrado por un brazo moreno que surge de los cañaverales.

Me detengo en el sitio donde se encontraba el niño. No se ve nada excepto las crestas de los juncos que se mecen y entre las cuales parpadea la media esfera deslumbrante del sol.

—Puedes salir —digo, apenas levantando la voz—. No tienes nada que temer —reparo en que los pinzones evitan esta parte de los cañaverales. No me cabe duda de que me oyen treinta pares de oídos.

Regreso al pueblo.

Las puertas están abiertas. Soldados armados hasta los dientes registran las chozas de los pescadores. El perro que me despertó corretea con ellos de choza en choza, con el rabo levantado, la lengua fuera, las orejas alerta.

Uno de los soldados tira del tendedero donde ponen a secar el pescado limpio y en salazón. Se viene abajo entre crujidos.

—¡No hagas eso! —grito, apresurando el paso. Reconozco a algunos de estos hombres de los largos días de suplicio en el patio del cuartel—. ¡No lo hagas, no fue culpa de ellos!

Con deliberada indiferencia el mismo soldado se dirige ahora hacia la choza más grande, se abraza a dos de los puntales del techo de paja y trata de arrancarlo. Aunque hace un gran esfuerzo, no lo consigue. He visto cómo construyen estas chozas de apariencia frágil. Las preparan para resistir las acometidas de vientos con los que ni los pájaros pueden volar. Atan la armazón del techo a los postes con correas que pasan por muescas en forma de cuña. No se puede levantar sin cortar las correas. Trato de hacer entrar en razón al soldado.

—Déjame contarte lo que sucedió anoche. Pasaba a oscuras por delante del campamento cuando los perros empezaron a ladrar. Ellos se asustaron, perdieron la cabeza, ya sabes como son. Probablemente creyeron que habían llegado los bárbaros. Huyeron hacia el lago. Están escondidos en los cañaverales, los vi hace un rato. No iréis a castigarles por algo tan insignificante.

No me hace caso. Un compañero le ayuda a trepar al techo. Mientras mantiene el equilibrio sobre dos puntales, empieza a agujerear el techo con el tacón de la bota. Oigo el ruido sordo de la argamasa y de la hierba al caer dentro.

—¡Basta! —grito. Se me sube la sangre a la cabeza—. ¿Qué daño os han hecho? —intento cogerle el tobillo pero está demasiado lejos. Siento deseos de degollarle.

Alguien se interpone: es el compañero que le ayudó a subir.

—Váyase a la mierda —murmura—. Váyase de una vez a la mierda. Lárguese y reviente.

Oigo quebrarse el puntal del techo bajo la paja y la arcilla. El soldado del techo extiende los brazos y salta de un lado a otro. En este preciso momento está allí con los ojos desorbitados, y en un instante allí sólo queda una polvareda suspendida en el aire.

Aparta la cortinilla de la entrada y sale tambaleante agarrándose una mano, cubierto de pies a cabeza de un polvo ocre.

—¡Joder! —dice—. ¡Joder, joder, joder, joder, joder! —sus amigos se ríen a carcajadas—. ¡No tiene gracia! —grita—. ¡Me he jodido el dedo gordo! —se aprieta la mano entre las rodillas—. ¡Joder cómo me duele! —da una patada a la pared de la choza y vuelvo a oír argamasa caer en el interior—. ¡Jodidos salvajes! —dice—. ¡Deberíamos haberlos puesto contra un muro y haberlos fusilado hace mucho tiempo, con sus amigos!

Cuando se marcha con paso jactancioso, me mira por encima, como si no estuviera allí. Al pasar junto a la última choza tira de la cortinilla de la entrada. Las sartas de cuentas que la adornan, con sus bayas negras y rojas, sus semillas secas de melón, se rompen y esparcen por todas partes. Me quedo en el camino esperando a que se me calme el arrebato de furia. Recuerdo a un joven campesino que trajeron una vez ante mí cuando la guarnición estaba bajo mi mando. El magistrado de un pueblo perdido le había condenado a tres años en el ejército por robar gallinas. Después de un mes aquí intentó desertar. Lo capturaron y lo trajeron a mi presencia. Me dijo que quería volver a ver a su madre y a sus hermanas.

—No podemos hacer lo que deseamos sin más —le sermoneé—. Todos estamos sujetos a la ley, que está por encima de cualquiera de nosotros. El magistrado que te envío aquí, yo mismo, tú, todos estamos sujetos a la ley —me miró con ojos indiferentes, mientras esperaba oír la sentencia con las manos engrilladas a la espalda y sus dos imperturbables guardianes detrás de él—. Te parece injusto, lo sé, que debamos castigarte por tener los sentimientos de un buen hijo. Crees que sabes lo que es justo y lo que no lo es. Lo comprendo. Todos nosotros creemos saberlo —entonces no dudaba que en cada momento cada uno de nosotros, hombre, mujer, niño, tal vez incluso el viejo jamelgo que hace girar la rueda del molino, sabía lo que era justo: todas las criaturas vienen al mundo trayendo consigo la idea de justicia—. Pero vivimos en un mundo de leyes —le dije a mi pobre prisionero —un mundo que no es el mejor. No podemos hacer nada al respecto. Somos criaturas imperfectas. Todo lo que podemos hacer es apoyar las leyes, todos nosotros, sin permitir que decaiga la idea de justicia —después de sermonearle le sentencié. Acató la sentencia sin rechistar y los soldados se lo llevaron. Recuerdo la incómoda vergüenza que sentía en días como aquél. Abandonaba la sala de audiencia y volvía a mis habitaciones y me pasaba toda la tarde sentado a oscuras en la mecedora, sin apetito, hasta que llegaba la hora de acostarme—. Cuando los hombres sufren injustamente —me decía a mí mismo— es el sino de aquellos que son testigos de su sufrimiento avergonzarse de ello —pero el aparente consuelo de este pensamiento no podía reconfortarme. Más de una vez acaricié la idea de renunciar a mi puesto, retirarme de la vida pública y comprarme un huerto para ganarme el sustento. Pero entonces, pensaba, nombrarán a otro para sobrellevar la vergüenza del cargo, y nada habrá cambiado. Así que continué con mis funciones hasta que un día los acontecimientos me cogieron por sorpresa.


Cuando los divisan, los dos jinetes se encuentran a menos de dos kilómetros y ya están avanzando por los campos sin sembrar. Soy uno más entre la multitud que, al oír gritos en las murallas, sale en tropel a darles la bienvenida; pues todos reconocemos el estandarte verde y oro del batallón. Atravieso con paso decidido la tierra recién removida entre niños que corretean excitados.

El jinete de la izquierda, que ha estado cabalgando junto a su compañero, se desvía y se aleja al trote hacia el sendero del lago.

El otro sigue acercándose a nosotros lentamente, muy erguido en su silla, con los brazos extendidos a los lados como si pretendiera abrazarnos o echar a volar hacia el cielo.

Empiezo a correr tan rápido como puedo arrastrando las sandalias; y el corazón me late con fuerza.

A nuestra espalda se produce un ruido sordo de cascos y tres soldados con armaduras galopan hacia los cañaverales en donde el otro jinete ha desaparecido.

Me uno al círculo que rodea al hombre que, con la bandera ondeando airosamente sobre la cabeza, mira al pueblo con ojos inexpresivos, y al que reconozco a pesar de su aspecto. Está amarrado a una sólida estructura de madera que lo sostiene en posición vertical en la silla. Un trozo de madera le mantiene recta la columna, y otro le sujeta los brazos en cruz. Las moscas zumban alrededor de la cara. Tiene la mandíbula atada, la carne tumefacta, despide un olor nauseabundo, lleva varios días muerto.

Un niño me tira de la mano.

—¿Es un bárbaro, abuelo? —me susurra.

—No —le respondo en otro susurro. Se vuelve hacia el muchacho que tiene a su lado.

—Ves, te lo dije —le susurra.

Ya que nadie parece dispuesto a hacerlo, me toca en suerte coger las riendas sueltas y, tras cruzar la puerta grande, conducir estas noticias de los bárbaros entre los silenciosos espectadores hasta el patio del cuartel, para allí desatar a su portador y prepararlo para el entierro.

Los soldados que salieron tras su único acompañante regresan pronto. Atraviesan la plaza a medio galope hacia el Juzgado desde el que Mandel dirige sus dominios, y desaparecen en el interior. Cuando reaparezca no hablarán con nadie.

Se confirman todos los presentimientos de desastre, y por primera vez un verdadero pánico se apodera del pueblo. Clientes que pujan unos contra otros por provisiones de alimentos invaden las tiendas. Algunas familias se parapetan en sus casas junto con sus gallinas e incluso sus cerdos. Han cerrado la escuela. El rumor de que una horda de bárbaros ha acampado a pocos kilómetros en las carbonizadas orillas del río, de que el asalto del pueblo es inminente, corre de boca en boca. Ha ocurrido lo inconcebible: el ejército que partió con tanto júbilo hace tres meses no volverá jamás.

Han cerrado y atrancado la puerta grande. Le pido al sargento de guardia que deje entrar a los pescadores.

—Temen por sus vidas —le digo. Me da la espalda sin contestar. Por encima de nuestra cabeza, en las murallas, los soldados, los cuarenta hombres que se interponen entre nosotros y la aniquilación, recorren con la mirada el lago y el desierto.

Al anochecer, de camino hacia el cobertizo del granero en el que todavía duermo, me encuentro el paso cortado. Una hilera de carros de dos ruedas de la intendencia tirados por caballos recorre el callejón, el primero cargado con lo que reconozco como sacos de semillas del granero, los otros vacíos. Les sigue una fila de caballos de los establos de la guarnición ensillados y cubiertos con mantas: todos los caballos, supongo, que han robado o requisado en las últimas semanas. La gente, alertada por el ruido, sale de sus casas y contempla en silencio esta retirada prevista evidentemente hace mucho tiempo.

Pido entrevistarme con Mandel, pero el centinela del Juzgado se muestra tan impasible como todos sus compañeros.

En realidad Mandel no está en el Juzgado. Vuelvo a la plaza a tiempo de oír las últimas palabras de un comunicado que lee al público «en nombre del Mando Imperial». La retirada, dice, es una «medida transitoria». Dejarán aquí una «guarnición provisional». Se espera que se produzca «un cese general de las operaciones en el frente durante el invierno». Él mismo confía en regresar para la primavera, que es cuando el ejército «iniciará una nueva ofensiva». Desea agradecer a todo el mundo la «inolvidable hospitalidad» que le han dispensado.

Mientras habla, de pie en uno de los carros vacíos flanqueado por soldados con antorchas, sus hombres vuelven con el fruto de su rapiña. Dos se esfuerzan por cargar un gran fogón de hierro fundido robado de una casa deshabitada. Otro vuelve sonriendo triunfalmente con un gallo, una magnífica criatura negra y oro, y una gallina. Los lleva cogidos por las alas y con las patas atadas; sus ojos resplandecen de furia. Mientras alguien sostiene la puerta abierta los mete en el horno. El carro está cargado hasta arriba con sacos y barriles de una tienda saqueada, e incluso con una mesa pequeña y dos sillas. Desenrollan una gruesa alfombra roja, la extienden sobre el cargamento y la atan al carro. Los que asisten a este metódico acto de traición no protestan, pero siento oleadas de ira impotente a mi alrededor.

Cargan el último carro. Desatrancan la puerta, los soldados montan. Oigo a alguien discutir con Mandel al frente de la columna.

—Más o menos una hora—dice—: pueden estar preparados en una hora.

—Ni hablar de eso —contesta Mandel, y el viento se lleva el resto de sus palabras. Un soldado me aparta a empujones de su camino y acompaña a tres mujeres cargadas con muchos bultos hasta el último carro. Suben y se sientan, al tiempo que se tapan el rostro con el velo. Una de ellas lleva en brazos una niña a la que aúpa encima del cargamento. Los látigos restallan, la columna se pone en marcha, los caballos tiran, las ruedas de los carros crujen. Al final de la columna vienen dos hombres con varas conduciendo un rebaño de una docena de ovejas. A medida que pasan las ovejas crece el murmullo de la multitud. Un joven sale precipitadamente agitando los brazos y gritando: las ovejas desaparecen en la oscuridad, y la multitud se agolpa con un gran clamor. Casi inmediatamente suenan los primeros disparos. Mientras corro tan rápido como puedo entre otros muchos que corren y gritan, retengo sólo una imagen de este ataque inútil: un hombre que forcejea con una de las mujeres del último carro, que le desgarra el vestido, la niña que lo presencia con ojos desorbitados y el pulgar en la boca. Luego la plaza vuelve a quedarse desierta y en sombras, el último carro cruza la puerta, la guarnición se ha marchado.

La puerta permanece abierta toda la noche y pequeños grupos familiares, la mayoría a pie y abrumados por pesados fardos, se apresuran a seguir a los soldados. Y antes del amanecer los pescadores regresan furtivamente, sin encontrar resistencia, trayendo consigo a sus escuálidos hijos y sus miserables posesiones y sus haces de palos y cañas con los que empezar desde el principio la tarea de construir un hogar.


Mi antigua vivienda está abierta. Dentro el aire está viciado. No han limpiado el polvo en mucho tiempo. Las urnas —con las piedras y los huevos y los artefactos de las ruinas del desierto —han desaparecido. Han desplazado los muebles del salón hacia las paredes y han quitado la alfombra. No parecen haber tocado la salita, pero todas las cortinas despiden un olor ocre y cargado.

En el dormitorio han apartado la ropa de la cama del mismo modo en que yo suelo hacerlo, como si yo mismo hubiera seguido durmiendo aquí. El olor de las sábanas sucias es ajeno.

El orinal está medio lleno debajo de la cama. En el armario hay una camisa arrugada con un cerco marrón en el cuello y manchas amarillas bajo las axilas. Toda mi ropa ha desparecido.

Deshago la cama y me tiendo sobre el colchón, esperando que me invada cierto desasosiego, tal vez el espíritu de otro hombre todavía entretenido entre sus olores y desórdenes. Pero no siento nada; la habitación me parece tan familiar como siempre. Con el brazo sobre la cara me sorprendo dejándome vencer por el sueño. Puede que el mundo tal y como es no sea una ilusión, la pesadilla de una noche. Puede que nos despertemos a él ineludiblemente, que no podamos olvidarlo ni prescindir de él. Pero me resulta tan difícil como siempre creer que el final está cerca. Si los bárbaros irrumpieran ahora en esta habitación, sé que moriría tan simple e ignorante como un niño de pecho. Y sería aún más apropiado si me sorprendieran en la despensa con un cuchara en la mano y la boca llena de mermelada de higo escamoteada del último tarro del anaquel: entonces podrían rebanarme la cabeza y arrojarla al montón de cabezas de la plaza luciendo todavía una expresión de sorpresa dolida y culpable por esta irrupción de la historia en el tiempo estático del oasis. Cada cual tendrá el final que se merece. A algunos los cogerán en refugios bajo sus sótanos con los ojos apretados y aferrados a sus objetos de valor. Otros morirán en los caminos sorprendidos por las primeras nieves del invierno. Puede que unos cuantos mueran incluso luchando horca en mano. Después de lo cual los bárbaros se limpiarán el trasero con los archivos del pueblo. Sucumbiremos sin haber aprendido nada. En todos nosotros, en lo más recóndito, parece haber algo granítico e incorregible. Nadie cree realmente, pese a la histeria en las calles, que estén a punto de destruir el mundo de tranquilas certezas en que hemos nacido. Nadie puede aceptar que hombres con arcos y flechas y viejos mosquetes oxidados que viven en tiendas y nunca se lavan y no saben leer ni escribir hayan aniquilado a un ejército imperial. ¿Pero quién soy yo para burlarme de las ilusiones que nos ayudan a vivir? ¿Hay algún modo mejor de pasar estos últimos días que soñando con un salvador que espada en mano disperse a las huestes enemigas y nos perdone los errores que otros han cometido en nuestro nombre y nos conceda una segunda oportunidad de construir nuestro paraíso terrenal? Estoy acostado en el colchón y me concentro en dar vida a mi propia imagen como un nadador que avanza con brazadas uniformes e incansables a través del tiempo, un medio más inerte que el agua, sin olas, ubicuo, incoloro, inodoro, seco como el papel.


© John Maxwell Coetzee, 1980
Titulo original: Waiting for the Barbarians
© Traducción: Concha Manella y Luis Martínez
© Editorial: Debolsillo, 2003
Foto © Micheline Pelletier/Corbis