Bertolt Brecht - El ciego

30 de enero de 2013 ·



Bertolt Brecht © David Seymour-Magnum Photos


Un hombre sencillo vivió treinta años bien y sin excesos, y luego se quedó ciego. No podía ponerse debidamente la ropa sin ayuda de otros y hasta lavarse le resultaba difícil. Su situación era tal que la muerte hubiera sido una liberación no sólo para él.

Sin embargo, sobrellevó los primeros tiempos con cierta entereza. Aquello duró más o menos mientras aún pudo ver cosas en sueños, por la noche. Luego, su situación empeoró.

Tenía dos hermanos que se lo habían llevado a vivir con ellos y cuidaban de él. Durante el día trabajaban, y el ciego se quedaba solo en casa. Eran ocho horas diarias, o más. Y aquel hombre, que por espacio de treinta años había visto, se pasaba ocho horas a oscuras, sin saberlo, recostado en su cama o dando vueltas por la habitación. Al principio lo visitaban unos individuos con los que antes solía jugar a las cartas, apostando poco. Hablaban de política, de mujeres, del futuro. El hombre que tenían delante era totalmente ajeno a esas tres cosas, ni siquiera tenía trabajo. Los tipos le contaban lo que sabían y no volvían nunca más. Hay personas que mueren antes que otras.

Cuando tenía suerte, el ciego se paseaba por su habitación como mínimo ocho horas al día. Al cabo de tres días ya no tropezaba con nada. Sólo por entretenerse pensaba en todo lo que había vivido. Recordaba con placer hasta las zurras que sus padres solían propinarle de niño para hacer de él una buena persona. Todo esto duró cierto tiempo. Pero luego las ocho horas se le hicieron demasiado largas. Aquel hombre contaba treinta años y varios meses. Con suerte, una persona puede llegar a los setenta. Eso le daba esperanzas de vivir cuarenta años más. Sus hermanos le dijeron que estaba engordando a ojos vistas. Debido a su vida regalona. De seguir así, con el tiempo podría engordar tanto que no pasaría por ninguna de las puertas. Y entonces tendrían que despedazar su cadáver si, llegado el momento, no querían dañar la puerta. Con pensamientos similares se entretenía largo tiempo. Por la noche contaba a sus hermanos que había estado en un variété. Y ellos se reían.

Eran muy bondadosos y lo querían con un cariño varonil, porque él era una buena persona. No les resultaba fácil mantenerlo, pero jamás se cuestionaban el asunto. Al principio lo llevaban de vez en cuanto al teatro, cosa que a él le hacía gracia. Pero luego empezó a entristecerse cuando descubrió la fragilidad de las palabras. Dios quiso que de música no entendiera nada.

Al cabo de un tiempo, sus hermanos recordaron que llevaba ya muchas semanas sin salir al aire libre. Un día lo sacaron con ellos, y él se mareó. Otro día lo sacó un niño, que lo dejó solo por irse a jugar, y él fue presa de un miedo atroz y no lo trajeron de vuelta a su casa hasta muy entrada la noche. Sus hermanos, que estaban muy preocupados, se rieron al verlo y le dijeron: «Seguro que has estado con una fulana», y «Ya lo ves, no podemos dejarte solo». Y lo decían en broma, contentos de tenerlo otra vez entre ellos.

Pensando en aquel día tardó mucho en dormirse por la noche. En su cerebro —que se había vuelto tan inhabitable para pensamientos luminosos como una casa sin ventanas para inquilinos alegres— instaláronse aquellas dos frases a sus anchas. No había visto las caras, y las palabras habían sido crueles. Tras meditar largamente sobre ellas sin llegar a ninguna conclusión, desechó esos pensamientos como hollejos de uva mascada que se escupen sobre un suelo pringoso y allí quedan para que los pies se resbalen fácilmente.

Una vez, mientras comían, le dijo uno de sus hermanos: «No deberías empujar la comida con la mano. ¡Mejor coge dos cucharas!» Y él, angustiadísimo, puso a un lado el tenedor y vio niños comiendo en el aire. En seguida lo calmaron, pero al cabo de un tiempo, el que le hiciera la observación empezó a quedarse a comer en la fábrica. Lo hacía por ahorrarse el largo trayecto. El ciego, que se paseaba solo al menos ocho horas diarias, aún no había acabado de pensar en el asunto, cuando el otro hermano le preguntó en una ocasión si le costaba mucho lavarse. Desde ese día, el ciego empezó a rehuir el agua como un perro rabioso. Pues pensó que su paciencia había durado bastante tiempo y que sus hermanos no tenían por qué vivir alegremente mientras él se consumía de tristeza y soledad.

Se dejó crecer la barba y no se reconoció. Sus hermanos le lavaban los trajes, pero las manchas de comida en sus camisas eran cada vez más frecuentes. Por aquel tiempo adoptó también la inexplicable costumbre de tumbarse en el suelo como un animal.

Se ensuciaba tanto que sus hermanos ya no podían llevarlo a ningún sitio. Y tuvo que pasar también los domingos solo y salir a pasear sin compañía. Esos domingos le ocurrían toda suerte de infortunios. Una vez se cayó con la palangana de agua y la derramó sobre la cama de uno de sus hermanos, que tardó mucho tiempo en secar. Otra vez se puso los pantalones del hermano y los ensució. Cuando los hermanos se dieron cuenta de que el tipo se esmeraba haciendo esas cosas, al principio lo compadecieron muchísimo y luego le rogaron que no volviera a hacerlas más, que harto grande era ya su desgracia. Él los escuchó en silencio, con la cabeza gacha, y se guardó la frase en su corazón.

También intentaron hacer que trabajara. Mas no tuvieron ningún éxito. Actuó con tan poca destreza que echó a perder el material. Veían cada vez más claro que la malignidad de su hermano aumentaba día a día, pero nada podían hacer por evitarlo.

Y el ciego siguió deambulando en las tinieblas y pensando cómo podría aumentar sus padecimientos, a fin de soportarlos mejor. Pues le parecía que un gran suplicio es más fácil de sobrellevar que uno pequeño.

Él, que siempre había sido muy pulcro —a tal punto que su madre, cuando aún vivía, lo ponía como ejemplo a sus hermanos—, empezó a ensuciarse, haciendo sus aguas menores en la ropa.

De ese modo indujo a sus hermanos a discutir sobre la posibilidad de internarlo en un asilo. Esta discusión la escuchó él desde la habitación contigua. Y cuando pensó en el asilo, todos sus sufrimientos pasados le parecieron bellos y luminosos: ¡a tal punto odiaba esa perspectiva! «Allí habrá más gente como yo», pensó, «gente que se ha resignado a su desgracia, que la sobrelleva mejor; allí nos viene la tentación de perdonar a Dios. No iré a ese lugar».

Cuando sus hermanos se marcharon, él siguió aún largo rato sumido en profundas meditaciones, y cinco minutos antes de la hora en que solían regresar, abrió la llave del gas. Viendo que se retrasaban, volvió a cerrarla. Pero cuando los oyó subir las escaleras, la abrió una vez más y se tumbó en su cama. Así lo encontraron ellos y se llevaron un gran susto. Dedicaron toda la noche a atenderlo e intentar recuperarlo para la vida, cosa a la que él oponía una tenaz resistencia. Aquel fue uno de los días más hermosos de su vida.

Pero el incidente aceleró los trámites de su internamiento en el asilo de ciegos.

La víspera del día fijado, el ciego se quedó solo en la casa e intentó incendiarla, pero los hermanos volvieron inesperadamente pronto y apagaron el fuego en la habitación. Uno de ellos montó entonces en cólera e increpó acremente al ciego. Le enumeró todos los malos tragos que tenían que aguantar por él, sin olvidar una sola ignominia ni dejarse ninguna preocupación en el tintero; es más, en su exposición llegó incluso a agrandarlo todo. El ciego lo escuchó pacientemente, con cara compungida. Entonces su otro hermano, que aún le tenía compasión, trató de consolarlo como pudo. Se pasó la mitad de la noche a su lado, abrazado a él. Pero el hermano ciego no dijo una palabra.

Al día siguiente los hermanos tenían que ir a trabajar, y se fueron preocupados. Por la noche, cuando volvieron para llevarlo al asilo, el ciego había desaparecido.

Al atardecer, cuando oyó los relojes del campanario dar la hora, éste bajó las escaleras. ¿Adónde se dirigía? A la muerte. Avanzó penosamente por las calles, siempre a tientas, se cayó, fue objeto de burlas, empujones e interrogatorios. Por último salió de la ciudad.

Era un gélido día invernal. El ciego aún pudo alegrarse de pasar frío. Lo habían echado de su casa. Todos se habían confabulado contra él. Le daba igual. Utilizaría ese cielo frío para sucumbir.

Dios no sería perdonado.

No se resignaría. Había sido víctima de una injusticia. Se había quedado ciego sin tener la menor culpa, y encima lo echaban de su casa al hielo y al viento cargado de nieve. Y quienes lo hacían eran sus propios hermanos, que podían ver perfectamente.

El ciego atravesó una pradera y llegó a un arroyo en el que sumergió un pie. Pensó: «Ahora moriré. Ahora seré arrastrado por el río. Job no era ciego. Nadie ha soportado nunca carga tan pesada».

Y echó a nadar aguas abajo.


En Narrativa completa
Traducción: Juan José del Solar
Imagen: © David Seymour-Magnum Photos

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