20 ene. 2013

Alan Sokal & Jean Bricmont: Jean Baudrillard






Jean Baudrillard realiza un trabajo sociológico que desafía y provoca a todas las teorías actuales. A fuerza de irrisión, pero también de extrema precisión, desmonta con tranquila seguridad y gran sentido del humor las descripciones sociales establecidas.
Le Monde (1984b, pág. 95; cursivas nuestras)


Jean Baudrillard, sociólogo y filósofo, es bien conocido por sus reflexiones sobre los problemas de la realidad, la apariencia y la ilusión. En este capítulo centraremos la atención en un aspecto poco destacado de su obra: el uso frecuente de terminología científica y pseudocientífica.

En algunos casos, se trata claramente de metáforas. Veamos un ejemplo. A propósito de la guerra del Golfo, Baudrillard escribió lo siguiente:

Lo más extraordinario es que las dos hipótesis, la apocalipsis del tiempo real y de la guerra pura y el triunfo de lo virtual sobre lo real, se producen al mismo tiempo, en un mismo espacio-tiempo, persiguiéndose la una a la otra de modo implacable. Es la señal de que el espacio del acontecimiento se ha convertido en hiperespacio de refracción múltiple, que el espacio de la guerra ya es definitivamente no euclidiano (Baudrillard, 1991, pág. 49; cursivas del original).

Parece existir una tradición que consiste en utilizar nociones matemáticas fuera de su contexto. Para Lacan, son los toros y los números imaginarios, para Kristeva, los conjuntos infinitos, y aquí los espacios no euclidianos.[1] Pero, ¿qué significado podría tener esta metáfora? Por otro lado, ¿cómo sería un espacio euclidiano de la guerra? Notemos de pasada que el concepto de «hiperespacio de refracción múltiple» no existe ni en matemáticas ni en física: es una invención baudrillardiana.

Los escritos de este autor están atestados de metáforas semejantes tomadas de las matemáticas y la física. Por ejemplo:

En el espacio euclidiano de la historia, el camino más recto entre dos puntos es la línea recta, la del Progreso y la Democracia. Pero eso sólo es válido para el espacio lineal de la Ilustración.[2] En nuestro espacio no euclidiano de finales de siglo, una curvatura maléfica desvía invenciblemente todas las trayectorias. Ligada, sin duda alguna, a la esfericidad del tiempo (visible en el horizonte de finales de siglo como la de la tierra en el horizonte al caer el día) o a la sutil distorsión del campo gravitacional. (...)
Debido a esta retroversión de la historia hacia el infinito, a esta curvatura hiperbólica, el mismo siglo escapa a su propio fin (Baudrillard, 1992, págs. 23-24).A esto, sin duda, le debemos ese efecto de «física recreativa»: la impresión de que los acontecimientos colectivos o individuales se precipitan por un orificio de la memoria. Este desvanecimiento está causado, sin lugar a dudas, por ese movimiento de reversión, por esa curvatura parabólica del espacio histórico (Baudrillard, 1992, pág. 36).

Sin embargo, no toda la física de Baudrillard es metafórica. En sus escritos más filosóficos parece tomar la física —o por lo menos su versión de la misma— al pie de la letra, como en su ensayo Le fatal, ou l'imminence réversible, dedicado al tema del azar:

Esta reversibilidad del orden causal, esta reversibilidad del efecto sobre la causa, esta precesión y este triunfo del efecto sobre la causa son fundamentales. (...) Esto es lo que entrevé la ciencia cuando, no satisfecha con cuestionar el principio determinista de causalidad (eso es una primera revolución), presiente, más allá del principio de indeterminación, que todavía desempeña una función como hiperracionalidad —el azar es una flotación de las leyes, lo que ya es, de por sí, extraordinario—, pero eso que, en lo sucesivo, presiente la ciencia en los confines físicos y biológicos de su ejercicio, consiste, en realidad, en que no sólo existe una flotación, una incertidumbre, sino una reversibilidad posible de las leyes físicas. Ése sería el enigma absoluto: no una ultrafórmula o metaecuación del universo (lo que todavía era la teoría de la relatividad), sino la idea de que toda ley puede reversibilizarse (no sólo la partícula en la antipartícula, la materia en la antimateria, sino las leyes en sí mismas). Dicha reversibilidad —las grandes metafísicas siempre han desarrollado esta hipótesis— es la regla fundamental del juego de las apariencias, de la metamorfosis de las apariencias, contra el orden irreversible del tiempo, de la ley y del sentido. Pero resulta fascinante observar cómo la ciencia llega a las mismas hipótesis, contrarias como son a su propia lógica y a su propio funcionamiento (Baudrillard, 1983, págs. 232-234; cursivas del original).

Es difícil saber qué entiende Baudrillard por «reversibilizar» una ley de la física. Es cierto que en física se habla de la reversibilidad de las leyes, una fórmula condensada que se usa para designar su «invariancia respecto a la inversión del tiempo».[3] Pero esta propiedad era ya bien conocida en la mecánica newtoniana, teoría determinista y causal por excelencia, y no tiene nada que ver con la incertidumbre ni se sitúa, en absoluto, en los «confines físicos y biológicos» de la ciencia. (Por el contrario, precisamente la no reversibilidad de las leyes de las «interacciones débiles», descubierta en 1964, constituye una novedad aún no bien comprendida.) En todo caso, la reversibilidad de las leyes no guarda relación alguna con una supuesta «reversibilidad del orden causal». Finalmente, las confusiones —o fantasías— científicas de Baudrillard le conducen a hacer aserciones filosóficas injustificadas: no aporta ningún argumento para apoyar su idea de que la ciencia llega a hipótesis «contrarias (...) a su propia lógica».

Esta pauta de pensamiento la retoma una vez más en el ensayo titulado Instabilité et stabilité exponentielles:

Todo el problema del discurso sobre el final (el final de la historia, en particular) consiste en tener que hablar, a la vez, del más allá del término y de la imposibilidad de terminar. Esta paradoja deriva del hecho de que en un espacio no lineal, en un espacio no euclidiano de la historia, el final es inidentificable. Efectivamente, el final sólo se concibe en un orden lógico de la causalidad y la continuidad. Ahora bien, los acontecimientos mismos, por su producción artificial, por su vencimiento programado o la anticipación de sus efectos, sin contar su transfiguración mediática, anulan la relación de causa a efecto y, por ende, toda continuidad histórica.
Esta distorsión de los efectos y las causas, esta misteriosa autonomía de los efectos, esta reversibilidad del efecto sobre la causa, que engendra un desorden o un orden caótico (es exactamente nuestra situación actual: la de una reversibilidad de la información sobre lo real, que engendra un desorden de los acontecimientos y una extravagancia de los efectos mediáticos) no deja de evocar la teoría del caos y la desproporción entre el batir de alas de la mariposa y el huracán que desencadena en las antípodas del planeta. No deja de evocar tampoco la paradójica hipótesis de Jacques Benveniste sobre la memoria del agua. (...)
Quizá haya que considerar la historia misma como una formación caótica en la que la aceleración pone fin a la linealidad, y donde las turbulencias generadas por la aceleración alejan definitivamente la historia de su final, al igual que alejan los efectos de sus causas (Baudrillard, 1992, págs. 155-156).

En primer lugar, la teoría del caos no invierte de ningún modo la relación entre el efecto y la causa. Incluso en los asuntos humanos, ¡mucho dudamos de que una acción del presente pueda afectar a un acontecimiento del pasado! En segundo lugar, la teoría del caos no tiene nada que ver con la hipótesis de Benveniste sobre la memoria del agua.[4] Y, finalmente, la última frase, aunque construida a base de terminología científica, carece de sentido desde el punto de vista científico.

El texto continúa en un crescendo de sinsentido:

Nunca llegaremos al destino, aunque se trate del Juicio Final, ya que estamos separados de él para siempre por un hiperespacio de refracción variable. La retroversión de la historia se podría perfectamente interpretar como una turbulencia de esta clase, debida a la precipitación de los acontecimientos que invierte su propio curso y traga su propia trayectoria. Ésta es una de las versiones de la teoría del caos, la de la inestabilidad exponencial y de sus efectos incontrolables, que da perfecta cuenta del «final» de la historia, interrumpida en su movimiento lineal o dialéctico por esta singularidad catastrófica (...)
Pero la versión de la inestabilidad exponencial no es la única; la otra es la de la estabilidad exponencial, que define un estado en el que, cualquiera que sea el punto de partida, siempre se acaba llegando a ese mismo punto. Poco importan las condiciones iniciales o las singularidades originales, ya que todo tiende al punto Cero —un atractor extraño por sí mismo.[5] (...)
De hecho, las dos hipótesis —inestabilidad y estabilidad exponenciales—, aunque incompatibles, son simultáneamente válidas. Más aún, nuestro sistema, en su curso normal —normalmente catastrófico—, las conjuga a la perfección. En efecto, conjuga una inflación, una aceleración galopante, un vértigo de movilidad, una excentricidad de los efectos, un exceso de sentido y de información, con una tendencia exponencial hacia la entropía total. Así, pues, nuestros sistemas son doblemente caóticos, ya que funcionan en la inestabilidad y en la estabilidad exponenciales al mismo tiempo. De este modo, nunca existiría un final, porque nos hallamos en un exceso de final: transfinito —en una superación de las finalidades: transfinalidad. (...)
Nuestros sistemas complejos, metastáticos, virales, consagrados exclusivamente a la dimensión exponencial (tanto si se trata de la inestabilidad como de la estabilidad exponenciales), a la excentricidad y a la escisiparidad fractal indefinida, no pueden tener ya un final. Entregados a un intenso metabolismo, a una intensa metástasis interna, se agotan en sí mismos y dejan de tener destino, final, alteridad, fatalidad. Están condenados precisamente a la epidemia, a las excrecencias sin fin de lo fractal, y no a la reversibilidad y a la resolución perfecta de lo fatal. Sólo conocemos los signos de la catástrofe, no conocemos ya los signos del destino. (Por lo demás, la teoría del caos, ¿se ha ocupado del fenómeno inverso, asimismo extraordinario, de la hiposensibilidad a las condiciones iniciales, de la exponencialidad inversa de los efectos con relación a las causas, de los huracanes potenciales que acaban en un batir de alas de mariposa?) (Baudrillard, 1992, págs. 156-160; cursivas del original).

El último párrafo es baudrillardiano por excelencia. El lector no podrá dejar de advertir la alta densidad de términos científicos y pseudocientíficos[6] que saturan unas frases, por lo demás, vacías de significado.

No obstante, es justo decir que estos textos son atípicos en la obra de Baudrillard, pues aluden, aunque sea de modo confuso, a ideas científicas más o menos bien definidas. Lo habitual es toparse con frases como la siguiente:

No existe una topología más hermosa que la de Moebius para designar esa contigüidad de lo próximo y de lo lejano, de lo interior y de lo exterior, del objeto y del sujeto en la misma espiral, donde se entrelazan también la pantalla de nuestros ordenadores y la pantalla mental de nuestro propio cerebro. Según el mismo modelo, la información y la comunicación vuelven siempre sobre sí mismas en una circunvolución incestuosa, en una indistinción superficial del sujeto y del objeto, de lo interior y de lo exterior, de la pregunta y de la respuesta, del suceso y de la imagen, etc. —algo que sólo se puede resolver en un bucle, simulando la figura matemática del infinito (Baudrillard, 1990, págs. 62-63).

Como señalan Gross y Levitt, «esto es tan pomposo como carente de sentido».[7] 

Resumiendo: en los trabajos de Baudrillard se encuentra una profusión de términos científicos empleados sin ningún miramiento por su significado y, sobre todo, situados en un contexto en el que son totalmente irrelevantes.[8] Tanto si se interpretan como metáforas como si no, resulta difícil ver qué función desempeñan, salvo la de dar una apariencia de profundidad a observaciones banales sobre sociología o historia. Más aún la terminología científica está mezclada con una terminología acientifica utilizada con la misma ligereza. Cabría preguntarse, a fin de cuentas, qué quedaría del pensamiento de Baudrillard si quitáramos todo el barniz verbal que lo recubre.[9]


Notas

1. ¿Qué es un espacio no euclidiano? En la geometría euclidiana del plano —la que se aprende en la escuela secundaria—, para toda recta R y todo punto p que no pertenezca a R, existe una única paralela a R (es decir, una recta que no corta a R) que pasa por p. Por el contrario, en las geometrías no euclidianas puede, según el caso, existir una infinidad de paralelas o ninguna. Estas geometrías se remontan a los trabajos de Bolyai, Lobachevskii y Riemann, en el siglo XIX, y en 1915 Einstein las aplicó a su teoría de la relatividad general. Para una buena introducción a las geometrías no euclidianas (sin sus aplicaciones militares), véanse Greenberg (1980) o Davis (1993).

2. Véase nuestra exposición (pág. 147 de este libro) sobre los empleos abusivos del término «lineal».

3. Para ilustrar este concepto, imaginemos un conjunto de bolas de billar sobre una mesa, evolucionando según las leyes de la mecánica newtoniana (sin fricción y con colisiones elásticas), y filmemos su movimiento. Al proyectar la película al revés, veremos que este movimiento invertido también se ajusta a las leyes de la mecánica newtoniana. Este hecho se enuncia diciendo que las leyes de la mecánica newtoniana son invariantes respecto a la inversión del tiempo. En realidad, todas las leyes físicas conocidas, excepto las relativas a las interacciones llamadas «débiles» entre partículas subatómicas, poseen esta propiedad de invariancia.

4. Los experimentos del grupo de Benveniste sobre los efectos biológicos de soluciones altamente diluidas, que parecían aportar una base científica a la homeopatía, se han visto pronto desacreditadas tras haber sido precipitadamente publicadas por la revista Nature (Davenas et al., 1988). Véase Maddox et al. (1988); y para una exposición más amplia, véase Broch (1992). Más recientemente, Baudrillard ha opinado que la memoria del agua es «el estadio último de la transfiguración del mundo en información pura» y que «esta virtualización de los efectos está plenamente en consonancia con la ciencia más reciente» (Baudrillard, 1995a, pág. 105).

5. ¡En absoluto! Cuando cero es un atractor, es lo que se llama un «punto fijo»; estos atractores, así como otros conocidos como ciclos-límites, se conocen desde el siglo XIX, mientras que el término «atractor extraño» se ha introducido precisamente para designar atractores de otra clase. Véase, por ejemplo, Ruelle (1991).

6. Son ejemplos de lo último: hiperespacio de refracción variable y escisiparidad fractal.

7. Gross y Levitt (1994, pág. 80).

8. Para otros ejemplos, véanse las referencias a la teoría del caos (Baudrillard, 1983, págs. 221-222), al Big Bang (Baudrillard, 1992, págs. 161-162) y a la mecánica cuántica (Baudrillard, 1995b, págs. 30-31 y 82-85). Este último libro contiene innumerables alusiones científicas y pseudocientíficas.

9. Para una crítica más detallada de las ideas de Baudrillard, véase Norris (1992).


En Imposturas intelectuales, Capítulo 7
Título original: Intellectual impostures
Publicado en inglés (1998) por Profile Books, Londres
Traducción de Joan Carles Guix Vilaplana
Barcelona-Buenos Aires, Paidós, 1999
Foto: Alan Sokal por Najlah Feanny-Hicks/Corbis