31/12/2012

Edgar Allan Poe - Silencio

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Fábula

Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
(Las crestas montañosas duermen; los valles,
los riscos y las grutas están en silencio).
(Alcmán [60(10),646])


Escúchame —dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza—. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían: DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.


En Cuentos completos
Traducción: Julio Cortázar
Imagen: @Berg Collection portrait file. / Edgar Allan Poe.


30/12/2012

Mark Twain - Diario de Sem

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Mark Twain © CORBIS


Un domingo de 920 A. C.

Como siempre, nadie respeta las fiestas de guardar. Es decir, nadie salvo nuestra familia. Por todas partes hay multitudes de malas personas en plena jarana. Bebiendo, discutiendo, bailando, apostando, riendo, gritando, cantando... Hombres, mujeres, niños, jóvenes... todos hacen lo mismo. Y también se dedican a practicar otras infamias... Infamias de esas que no deben ponerse por escrito. ¡Menudo ruido! Trompetean con sus cornetas, aporrean cazos y sartenes, martillean instrumentos bárbaros y tañen tambores... más que de sobra para reventarle a uno los tímpanos. Y todo esto un domingo... ¡Imagínense! Mi padre dice que en los viejos tiempos no pasaban estas cosas. Cuando él era pequeño el domingo se respetaba y no había maldades, ni jolgorios, ni ruido. Sólo paz, silencio y tranquilidad. Y misa varias veces al día y al atardecer. Eso era hace casi seiscientos años. ¡Comparad aquellos tiempos con éstos! Cuesta creer que haya cambiado todo tan deprisa que de lo anterior se acuerdan hasta los que aún no son viejos.

Hoy estas criaturas siniestras se agolpan en multitudes aún mayores que de costumbre para ver el Arca, merodear a su alrededor y burlarse de ella. Hacen preguntas y cuando se les dice que es un barco, se ríen y preguntan que dónde está el agua, aquí en mitad del llano. Al decirles que el Señor va a mandarnos desde el cielo agua suficiente para inundar el mundo entero, se burlan una vez más y dicen: «Eso cuéntaselo a los marineros».

Matusalén ha vuelto a venir hoy. No siendo la persona más vieja del mundo, sí es el anciano más ilustre que existe y se hace respetar por esa particular supremacía. Al verle aparecer cesan los gritos, se hace el silencio, los hombres se quitan el sombrero y todos le saludan con reverencia servil, susurrándose unos a otros: «Mírale... Ahí va... Tiene casi mil años... Conoció a Adán, según dicen». Es evidente que al viejo vanidoso todo esto le resulta de lo más agradable, pero avanza dando pasos cortos y con la nariz levantada, adoptando el aire distraído de quien medita sobre un asunto importante, como dando a entender que no se entera de cuanto ocurre a su alrededor.

Pero yo sé, por ciertos detalles, que Matusalén tiene arrebatos no sólo de celos sino también de envidia. Quizá no debiera mencionarlo, pues somos parientes políticos por ser mi mujer su tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tataranieta, o algo así, y aunque no lo diría en público, me parece inofensivo contarlo en la intimidad de mi diario, que es casi igual que decírmelo a mí mismo. Matusalén está celoso por lo del Arca, sin duda alguna. Le da rabia que no se lo hayan encomendado a él, en vez de a mi padre. El Arca ha causado tal impresión en todos los países del mundo que mi padre ha pasado de la oscuridad a la fama mundial, cosa que a Matusalén le da celos. Al principio las gentes decían: «Noé, pero ¿quién es Noé?». Sin embargo, ahora recorren muchos kilómetros para pedir su autógrafo. Esto fatiga a Matusalén.

Claro que él no tiene que pasarse noches enteras firmando autógrafos, como nos pasa a nosotros. Y me refiero a los ocho hermanos, porque Padre no puede hacerlos todos, ni siquiera una décima parte, con una mano tan vieja y agarrotada. Matusalén tiene un carácter de lo más desagradable. A mí me parece que sólo está contento cuando logra molestar a los demás. Siempre nos llama a todos nosotros —a mis hermanos, a mí y a nuestras esposas— «los niños». Lo hace porque sabe que nos ofende. Un día Jafet se atrevió a recordarle tímidamente que éramos todos hombres y mujeres. ¡Sus carcajadas se oían desde un kilómetro a la redonda! Cerrando los ojos en una especie de éxtasis burlón, frunció esos labios resecos mostrando los cuatro colmillos amarillentos de sus encías desdentadas, soltó una siniestra carcajada y dijo entre toses asmáticas:

—Hombres y mujeres, ¡vosotros! Decidme, ¿qué edad tenéis, reliquias venerables?

—Nuestras mujeres tienen casi ochenta años. Y de nosotros el mayor soy yo, que cumplí cien en primavera.

—¡Ochenta, válgame el cielo! ¡Cien, válgame Dios! ¡Y ya casados! ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Unos niños de cuna! ¡Unos muñecos de trapo! ¡Y todos casados! En mis días de juventud nadie hubiera permitido casarse a unos niños. ¡Qué atrocidad!

Pese a que Jafet le quiso recordar que más de un patriarca se había casado en su primera juventud, ¡no quiso escucharle! Siempre hace lo mismo. Si se le da un argumento que no logra rebatir, alza la voz y se defiende a gritos. De modo que lo único que puede hacer uno es cerrar la boca y olvidar el asunto. No se puede discutir con él, porque se consideraría un escándalo y una irreverencia. De nada serviría que nosotros, los hermanos, intentáramos contradecirle. Ni nosotros, ni nadie. Excepto el médico. El médico no le tiene ni miedo ni demasiado respeto. Dice que un hombre no es más que un hombre y que tener mil años no le hace estar por encima de los demás.


En Los escritos irreverentes
Traducción: Traducción: Gabriela Bustelo
Imagen: © CORBIS

29/12/2012

Wells Tower - Leopardo

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Wells Tower @John Minihan


Buenos días.

No has dormido bien. No abras los ojos. Saca la lengua. Busca la pequeña calentura que tienes en el labio superior. Reza para que se haya curado durante la noche.

No ha habido suerte. Ahí sigue, la notas áspera cuando la rozas con la lengua, aunque es muy pequeña: el diámetro es menor al de la goma de un lápiz, pero parece mucho mayor. Tu madre dice que es un hongo, y siente menos pena por ti de la que debería.

Su sabor es mejor que su aspecto. Ese hongo recuerda a una hamburguesa minúscula, llena de grietas, marrón, justo en el centro de la pequeña zona aflautada entre el tabique nasal y el labio superior. Ayer, en el comedor, Josh Mohorn señaló aquel parecido en una mesa llena de amigos tuyos. Algo doloroso, teniendo en cuenta lo mucho que te gustaría ser Josh Mohorn.

Él se volvió hacia ti y te dijo:

—Eh, Yancy, ¿me harías un favor?

—Dime —respondiste, emocionado por el infrecuente placer de que Josh te hiciera caso.

—¿Te podrías sentar ahí? —te pidió, señalando el otro extremo de la mesa—. No puedo comer viéndote esa puta hamburguesa en la cara. —Hasta tú tuviste que admirar la sucinta poesía de esa frase, que enseguida propició que todo el mundo se burlara de ti y te llamara «Burger King» o «Hamburguesa» o «Vacuno», unos nombres que perduraron el resto del día y con los que seguramente te darán la bienvenida hoy al llegar al colegio. Tienes once años, la edad en que nuestras esencias empiezan a revelarse, irremediablemente, a uno mismo y al mundo. Del mismo modo que Mohorn es irremediablemente un as del fútbol y un as de la moda de cabello esponjoso y mocasines blancos de ante, tú eres un chico irremediablemente aquejado de hongos.

Hoy no vayas al colegio. Di que estás enfermo.

Tu madre entra para despertarte. Cuando está en casa siempre lleva unos vaqueros manchados de pintura y camisetas viejas a través de cuyas mangas deformadas le sueles ver el vello de las axilas. Pero esta mañana se ha vestido para ir al trabajo: lleva una blusa de satén azul y unos pantalones blancos y ajustados, prendas que apuntan a una vida secreta.

—No me encuentro bien —le dices.

—¿Te duele algo? ¿La tripa?

—Sí —respondes.

—Vaya por Dios —comenta ella—. Espero que no hayas pillado el virus ese que tiene todo el mundo.

—No sé lo que es —continúas, respirando de manera superficial—. Pero me duele.

Ella te coloca la mano en la frente y la deja ahí. Tiene el dorso frío y seco. Siempre le has admirado esas manos: dedos largos y finos, uñas limpias y curvadas que no necesitan esmalte. En el nudillo del dedo índice de la derecha se le ve un punto rojo y perfecto, como un sello de calidad del fabricante. Te mete los dedos para tocarte el pecho. Tienes la piel resbaladiza por el sudor. Has dormido, como siempre, con la ropa con la que vas al colegio, vaqueros y una cazadora, entre el caos crujiente de los libros y revistas que forman montones en tu cama. El año que viene cumplirás doce años, pero sigues disfrutando del sueño profundo e imperturbable de un niño pequeño. Podrías descansar plácidamente durante ocho horas en una caja.

Los dedos de tu madre te rozan el esternón, cosa que te incomoda. Hace poco te han aparecido en esa zona unos granos enormes y dolorosos. Notas cómo palpitan, humillados y avergonzados, cuando tu madre los toca. Esa parte de tu cuerpo constituye una fuente de preocupación, en parte porque, hace unos años, una niñera te dijo que durante la pubertad a todos los chicos les nace un punto débil en el pecho, como la fontanela de los bebés, y que se puede matar a alguien dándole un puñetazo en ese sitio. Esa niñera era muy mentirosa, ahora te das cuenta, incluso más que tú. Te contó que en Florida había una raza de payasos asesinos que llevaban cuchillos de cocina y que te perseguían si cometías algún pecado. También afirmaba que los médicos practicaban abortos haciendo que el niño naciera y después metiéndolo en un cubo y dejando que llorara hasta la muerte. Pero no estás del todo seguro de que mintiera en eso del punto débil. Esa idea te fascina. Te revuelves para apartarte de la mano de tu madre.

—¿Qué, quieres quedarte en casa?

Traga saliva otra vez. Cierra los ojos.

—No sé. Igual sí.

—Bueno.

Te da un beso y se pone de pie, agachando la cabeza para no chocarse con la litera superior, en la que guarda mantas y cajas con cosas suyas. Hace bien en tener cuidado. Hace poco te diste un golpe tan fuerte contra esa litera que la vista se te nubló y viste una luz blanca e intensa. Llevado por la rabia, atacaste a la cama con tu navaja y le infligiste heridas menores e insatisfactorias. Las pequeñas mellas y agujeritos del bastidor constituyen un deprimente recordatorio de un ataque absurdo.

En la estantería de detrás de tu cabeza está el radiocasete que te regaló tu padre por tu décimo cumpleaños. Tienes montones de cintas con tus canciones favoritas grabadas de la radio, por lo que todas ellas empiezan unos segundos tarde, pero no te importa. Te gustaría escucharlas, pero oyes a tu padrastro deambular por la cocina. Está montando un estrépito con los cacharros y dando patadas a las cosas, con tanta fuerza que supones que lo hace a propósito. No tocas el radiocasete porque no quieres que sepa que estás despierto.

Tu madre y él viven en medio de ocho hectáreas de un bosque tupido. Tu padrastro se cree una especie de pionero socialista y no tiene un trabajo normal. Está demasiado ocupado cuidando de los tres huertos enormes del terreno y partiendo troncos para el horno de leña de cuya compra convenció a tu madre. Lo que más valora es el esfuerzo: y en cuanto te descuidas aparece y te endilga una escoba o te da un cubo de ropa mojada para que la tiendas, o te manda a buscar leña o a limpiar un lavabo o a cavar una zanja. Su frase más característica es «Tengo un tarea para ti», y a veces la imitas para que tu madre se ría.

Pasas el dedo pulgar por la carne blanca y blanda del antebrazo, que aún tienes decolorada por una tarea que te viste obligado a hacer el verano pasado. Tu padrastro te obligó a desbrozar casi media hectárea llena de madreselva, maleza y enredaderas, en la que quería erigir un cobertizo. Cuando ibas por la mitad y él y tu madre habían salido, rociaste aquellos matojos con decapante y les prendiste fuego. Te cercioraste de tener cerca la manguera, pero las llamas no se descontrolaron. En una hora de incendio terminaste con el trabajo de tres días. Pero te quedaste impregnado de humo, y dos días después te salió una urticaria monstruosa. Te aparecieron ampollas en la manos, el cuello y los párpados. Luego se abrieron y se endurecieron configurando una multitud de joyitas marrones. El médico dijo que podías haber muerto si hubieras tragado el humo. Al enterarte lamentaste no haber inspirado un par de bocanadas: no tantas como para diñarla. Pero te gustaba la idea de tener que pasar una temporada en una cámara de oxígeno por culpa de una tarea que tu padrastro te había encomendado.

Si le respondes que no cuando te ordena que lo dejes todo para hacer un recado, eso se llama «insolencia». «Estoy harto de tu insolencia», declara; también dice: «Estoy hasta los huevos de tu insolencia.» Es un hombre delgado y frágil con gafas de montura metálica, pero ni su escasa corpulencia ni su forma de hablar, como si fuera un matón de película de tres al cuarto, disminuyen el miedo que te inspira. Te ha abofeteado unas cuantas veces. Hace poco, tu padre vino a recogerte y tu padrastro se peleó con él. Lo tiró al suelo, cogió una piedra del tamaño de un balón de fútbol e hizo el ademán de tirársela a la cabeza. Pero la soltó y se rió. A partir de entonces, durante muchos años, cuando pienses en tu padre, esa imagen de él, agazapado en el jardín, tapándose el cráneo con las manos para protegerse a la desesperada del impacto de la piedra, aparecerá de forma invariable. Cuentas los días que te faltan para cumplir dieciséis años, edad en la que has decidido arbitrariamente que podrás enfrentarte a tu padrastro en una pelea.

A las doce y media oyes el chirrido de la puerta principal y un portazo, y después el zumbido como de avispón que emite su triturador de hojas al ponerse en marcha. Se ha puesto otra vez a fabricar mantillo, una sustancia que parece apreciar más que la comida o el dinero. Ya puedes salir de la cama sin peligro. Vas a la cocina y te sirves un enorme cuenco de cereales. Te diriges con él al dormitorio de tu madre y de tu padrastro, donde se encuentra el único televisor de la casa. Te alegras un montón al encontrarte con la serie Mi bella genio en uno de los canales infantiles. Jeannie se ha rebotado porque, como regalo por la pedida de mano, los amigos del capitán Nelson han llenado la casa con obras de arte creadas por un genio pésimo, unas esculturas que emiten un ruido como de tripas. El vientre de Barbara Edén te excita muchísimo. Te sobas en la entrepierna. Casi al instante oyes que el triturador de hojas deja de funcionar. Apagas el televisor, corres a la cocina y te colocas delante de la mesa. Aparece tu padrastro, imbuido de un intenso olor a plantas. En el pecho y en los brazos brillantes se le han pegado hojas y fragmentos de tronco.

—¿Te encuentras mejor? —pregunta.

—No mucho.

Te pone una mano áspera en la frente. Esa mano desprende un delicioso aroma a gasolina.

—Pues no me parece que tengas fiebre.

—Lo que me duele es la tripa.

—¿Has vomitado?

—No —reconoces.

—Pues debes de sentirte mejor, de lo contrario no te habrías tomado esa leche. Si ya puedes tomar leche es que estás mejorando.

Tú no entiendes qué tiene que ver la leche con todo aquello, pero no quieres discutir con él.

—Es que me duele la cabeza —aduces—. He pensado que me vendría bien comer algo.

Él esboza una sonrisa suspicaz y resopla. Como eres un mentiroso joven normalmente no te cortas, pues piensas que los adultos tienen cosas más importantes que hacer que andar rebatiendo todas las mentirijillas que cuenta un niño. Pero da la impresión de que tu padrastro dispone de muchísimo tiempo para estudiar y poner en duda todo lo que sale de tu boca. Se pasa días enteros buscando pruebas que demuestren que las marcas de dientes de un lápiz son tuyas, aunque hayas negado haberlo mordido. El odio que sientes por él es absoluto e incesante, aunque eso sólo se debe a que tu mundo aún es pequeño, y él desempeña un papel demasiado grande en la historia de tu vida. El hecho de que él parezca detestarte con una energía y una dedicación semejantes a las tuyas constituye una prueba de que tu madre se ha casado con un niño malvado y peligroso.

—Deberías salir a que te dé el aire —afirma—. ¿Por qué no vas a buscar el correo?

Eso no es justo. El camino de acceso a la casa tiene casi un kilómetro de gravilla llena de surcos y se tarda quince minutos en recorrerlo y, que tu padrastro sepa, tú estás malo.

—¿Por qué? Ya lo cogerá mamá cuando venga a comer.

—Ve a buscarlo —insiste—. Te vendrá bien que te dé el aire.

—Es que estoy un poco mareado.

—Me apuesto un helado de chocolate con nata a que sobrevives.

Emprendes el camino con los pies descalzos y empiezas a cruzar el jardín. La tierra que pisas está repleta de túneles de topos. Es un caluroso día de otoño. La claridad del cielo confiere a los árboles el aspecto de un decorado de televisión con un fondo azul colocado detrás de ellos. Ya se te han quitado los callos del verano y la gravilla del camino pincha, lo que te obliga a caminar a saltitos y levantando mucho los hombros, como un pájaro que intenta volar. Le echas la culpa a tu padrastro de lo molesta que resulta la gravilla, y cada pocos pasos coges un puñado y lo lanzas al bosque, esperando que reponer esos puñados cueste mucho dinero.

Pasas al lado de la leña apilada y del corral. Pasas al lado de la franja del bosque en la que en cierta ocasión construiste una preciosa caseta que rodeaba la parte inferior de un roble. Estaba bastante bien hecha: la habías fabricado con ramas arrancadas por el viento talladas con una navaja, y para el tejado habías empleado agujas de pino. Un día, un chico de la nueva urbanización del otro extremo del bosque apareció y reñísteis. Al día siguiente encontraste la estructura de la caseta esparcida por el claro y tu alijo de chucherías poco apetecibles —anacardos crudos, chips de plátano— desparramado en el suelo. Le comentaste ese acto vandálico a tu padrastro, una mañana de domingo, cuando el chico y su familia habían salido a la iglesia, y los dos atravesasteis el bosque y os cargasteis la casa del árbol, muy cara, que había en la finca de los padres de ese chaval. Tu padrastro arrancó el tejado de zinc y destrozó la escalera con una palanca. Tú rompiste las ventanas de cristal tirando piedras, y el poder que sentiste te llegó a doler: los dos unidos en una misma tribu salvaje y justiciera.

Abres el buzón. Está hasta los topes de revistas, facturas, catálogos y folletos de supermercado en los que aparecen hileras de carne de ternera: al ver aquello te palpita la calentura del labio. Debe de haber cinco kilos de correo, una carga resbaladiza que un enfermo no debería acarrear. En la parte superior de la pila hay algo que te llama la atención. Es una octavilla hecha a mano con una imagen fotocopiada de algo que parece ser un leopardo. «Mascota perdida», se lee en ese papel, en cuya parte inferior hay un número de teléfono. Una brisa te roza el cuello. Te das la vuelta y escudriñas el bosque, aunque no ves nada. Las hojas todavía no se han caído y es imposible distinguir algo más allá de cinco metros. Vuelves a fijarte en la octavilla. El leopardo parece escuálido y poco amenazante, pero el corazón se te acelera un poco al saber que puede andar por ahí, caminando entre los aburridos montones de serrín de pino que hay cerca de tu casa, pisando con las patas moteadas, sin hacer ruido, las raíces de los árboles, las agujas de los pinos, los tesoros ocultos cubiertos de hojas y compuestos por latas de cerveza viejas y botes de medicamentos, allí arrojados por descuidadas personas de otros tiempos. Si hay un leopardo en las inmediaciones, el bosque ahora es un lugar famoso.

Desde el otro extremo del camino vuelves a oír el gemido que produce el triturador de hojas al arrancar, un ruido de una crudeza y de una estupidez sobrecogedoras, un insulto a los estremecimientos y los movimientos sutiles del bosque vivo que te rodea. Si ese leopardo anda por la zona, seguro que la profanación de ese silencio perpetrada por tu padrastro le resulta ofensiva. A un leopardo no le costaría nada atacarlo por detrás y llevárselo sin dejar rastro.

Es casi la una, la hora a la que tu madre llega a comer. No quieres quedarte solo en casa con él. Todavía te da rabia que te haya obligado a recorrer todo el camino el día en que estás enfermo, en tu día especial de descanso. Avanzas unos cuantos pasos y el plan se forma solo. Con mucho cuidado diseminas el correo en la gravilla, formando un abanico, para que parezca que lo han tirado de golpe. Te tumbas en el surco de un neumático y extiendes los brazos y las piernas para imitar la postura de una persona que se ha desmayado súbitamente. Cuando el coche de tu madre tuerza y acceda al camino, ella te encontrará ahí. Es posible que tenga que pisar el freno para no atropellarte, pero estás lo bastante alejado de la entrada y no crees que te arrolle sin darse cuenta. Bajará llorando y angustiada. Dejarás que te obligue a contárselo, lo que te ha pasado con tu padrastro, que te ha mandado a buscar el correo.

No te muevas. No te fijes en que la grava se te clava en la mejilla. No estropees la escena. Cabe la posibilidad de que ella no se lo trague. Ya se cree a medias lo que tu padrastro le dice de ti: que eres un pequeño embaucador incapaz de abrir la boca sin contar una mentira.

Un insecto, seguramente una inofensiva hormiga negra, te sube por la parte posterior de la pierna. Pasan muchísimos minutos. A medida que transcurre el tiempo, el subidón de euforia que al principio has sentido por la brillantez de tu estratagema empieza a perder fuelle y a convertirse en vergüenza. Decides esperar a que pasen diez coches por la carretera de asfalto, y si entonces tu madre no ha llegado, te levantarás y volverás a casa.

Se abre una puerta y la sensación de alarma te deja la lengua pastosa y caliente. Cierras fuertemente los ojos. Unos zapatos de suelas duras crujen en la gravilla mientras se acercan a ti. Alguien se agacha por encima de ti.

—¡Eh, chaval! ¡Oye! —Es la voz de un hombre, aguda e intranquila. Una mano te zarandea el hombro—. Chico, despierta.

El hombre respira entrecortadamente. Te sobresaltas cuando unos dedos calientes te tocan el cuello para buscarte el pulso. Deja que se te abran los ojos, no olvides parpadear con rapidez, como hacen los actores de cine cuando se recuperan de un desmayo. Lo primero que ves es un zapato de brillante piel negra, seguramente de plástico, que después da paso a la pernera gris de un pantalón de tela sintética, tan limpio y tan bien planchado que parece que lo han fabricado con un molde. Echas un vistazo al cinturón, en cuya funda hay una gran pistola negra; miras más arriba y distingues una placa de cromo en la limpia camisa gris. Es un hombre joven, con ojos saltones y un rostro grande y pálido enmarcado por unas patillas rubias bastante ralas.

—Tranquilo —te dice—, tranquilo.

Si hay alguien que tiene que tranquilizarse es el agente de policía, no tú. El hombre mueve esa cabeza enorme de un lado a otro para evaluar el estado de tu cuerpo, como el escrutinio histérico de un gallo que busca un escarabajo.

—¿Estás bien? —vuelve a preguntar—. ¿Te duele algo?

—No… creo que no.

—¿Vives aquí?

—Sí; estoy bien —afirmas. Te incorporas. El agente te pone una mano en el hombro.

—Tranquilo. —Se frota un ojo—. Dios mío. Me has dado un susto de muerte, chaval. Primero te he visto a ti y luego todo el correo desparramado. He pensado: «¡Santo Dios!» Me ha parecido que te podían haber disparado desde un coche, o que al menos te habían atropellado y se habían dado a la fuga. Mira esto —añade mientras te enseña que ha abierto la tapa de la funda de la pistola. Parece demasiado joven y demasiado nervioso para llevar un arma.

Te pregunta cómo te encuentras, si ya te has desmayado antes.

—No, estoy bien —le aseguras, poniéndote de pie—. Bueno, gracias. —Empiezas a recoger el correo. 

Con un poco de suerte volverá al coche patrulla, que tiene el motor al ralentí, y se marchará. Tu madre está a punto de volver de un momento a otro. No te queda mucho tiempo para esconderte detrás de la curva del camino, donde no se te ve desde la carretera, y volver a montar todo el espectáculo.

El agente te pone otra vez su voluminosa mano en el hombro.

—Ven. Sube al coche a refrescarte un poco.

Con su ayuda, recoges los sobres y los catálogos. Te hace pasar al asiento de copiloto del coche patrulla e inclina las dos salidas de aire del salpicadero para que te den directamente. Acelera el motor. La brisa que sale del salpicadero está deliciosamente fría e impregnada de un leve matiz medicinal, como la sala de espera de la consulta de un dentista. Tu madre no tiene nada que huela de una forma tan intensa y tan limpia.

En ese salpicadero sobresale el perfil de una escopeta con una abrazadera de metal. En el asiento corrido hay tirados otros artículos policiales: una gran linterna negra, un cuaderno en una funda de piel levemente marcial. Por algún motivo, esos objetos resultan más genuinos y más amenazadores que el rifle, cuya apariencia idéntica a lo que has visto en las películas le confiere un carácter irreal.

—¿Te encuentras bien? —insiste—. ¿No estás mareado ni nada?

—No —aseguras—. Ya estoy bien. Del todo.

—¿Y eso de ahí qué es? —pregunta mientras se señala el labio, donde tú tienes la hamburguesa.

—Ya me ha salido otra veces. Es un hongo.

El agente te contempla durante un instante. Los orificios nasales se le agrandan de asco. Coge el aparato de radio:

—Dos, cero, cinco; dos, cero, cinco —dice—. No hace falta que venga nadie a Rogers Road. Sólo es un chaval que se ha mareado un poco y que se ha desmayado. Todo va sobre ruedas —declara mientras te guiña un ojo, aunque no sabes muy bien por qué. Te das cuenta de que lo desprecias un poco por lo fácilmente que lo has engañado.

El agente sigue hablando:

—Te digo una cosa: esta tarde no me va a hacer falta el café. Después de verte ahí tirado voy a estar acelerado durante el resto del día. Joder, pensaba que nos habían asesinado a otro niño.

Aguzas los oídos al escuchar la palabra «otro». La primavera pasada encontraron a Samantha Mealey, una chica de nueve años de tu colegio de primaria, desnuda, en un arce del campo público de golf: una cuerda de tender la ropa le rodeaba el cuello. Tú te habías topado con ella en la parada de autobús unas semanas antes de su muerte. Era una niña bajita, descarada y lanzada, con una risa ronca y atractiva. Esa tarde, para gran disgusto de su hermano mayor, había estado intentando bajarles los pantalones a varios chicos y soltando palabrotas como si tal cosa. Era una chica excitante.

No has dado aún el primer beso, pero el sexo ya te preocupa. Los chicos que están dos cursos por encima del tuyo ya lo están haciendo. Cuando te enteraste de que el hombre que asesinó a Samantha Mealey la había violado antes de estrangularla, lo que pensaste fue lo siguiente: «Al menos no murió virgen», una idea que ni siquiera puedes contarles a tus amigos más gamberros.

Sientes un impulso incontrolable de empezar a hablar, de procurar no quedarte solo con los pensamientos relativos al asesinato de Samantha Mealey. Le enseñas la octavilla del leopardo al agente.

—¿Sabe usted esto? —le preguntas—. Un leopardo anda suelto.

Él coge la hoja y la estudia.

—Alguien lo tenía de mascota —añades.

—La verdad es que no sé qué tipo de persona tendría esto en su casa, pero estoy convencido de que no será gente muy recomendable.

—Narcotraficantes —propones.

—Es posible. O moteros —sugiere el agente—. Hay que ver lo que está cambiando esta zona. No hay quien la reconozca. Antes era un pueblecito tranquilo… Ahora se está convirtiendo en uno de esos sitios en los que puede pasar de todo.

Te devuelve la octavilla. Tú apoyas la mano en la puerta.

—Bueno, gracias —le dices—. Creo que me tengo que ir. Mi padre estará preguntándose dónde estoy. —Tiras de la manecilla. No se abre.

—No, chaval, a pie no vas a ir a ningún lado —te dice con un adusto cariño que te incomoda—. Te llevo. Si te vuelves a desplomar y te das un golpe en la cabeza, me metería en un buen lío.

Arranca el coche, que empieza a avanzar. Los arbustos sin podar y las ramas de los árboles lo rozan produciendo unos chirridos intermitentes que te avergüenzan.

—Gracias —le dices cuando aparece la casa—. Por traerme en coche y por todo lo demás.

Él se vuelve hacia el triturador de hojas, donde está tu padrastro, de espaldas a vosotros.

—¿Ése es tu padre? Creo que debería hablar con él —declara. No quieres que lo haga, pero tampoco puedes impedírselo.

Uno al lado del otro, el agente y tú atravesáis el jardín y os acercáis a tu padrastro. El suelo está cubierto por una hierba especial que emite una explosión de semillas cuando la pisas. Unas nubecillas estallan en torno a los zapatos brillantes del agente y le manchan el dobladillo del pantalón. Tu padrastro sigue metiendo hojas en el triturador hasta que tu acompañante está a menos de un metro de él. Entonces se da la vuelta. Escudriña al agente con los ojos entornados y después a ti. Chorrea sudor, lo que le riza el vello del torso desnudo y le forma docenas de remolinos oscuros. Apaga el triturador con un gesto hostil y abatido.

—¿Quién es usted? —inquiere.

—El agente Behrends, señor. Pasaba por aquí y he visto a su hijo tirado en el camino. Me he llevado un buen susto.

—Ya. —Tu padrastro se vuelve hacia ti. Los músculos que le rodean los ojos se le han tensado—. ¿Qué hacías tirado en el camino?

—No sé —respondes—. Me he mareado y después me he despertado. Supongo que me he desmayado.

—El correo estaba todo desperdigado; él estaba de bruces —añade el agente—. No sabía qué le podía haber pasado. Menudo susto. Pensé que a lo mejor le habían pegado un tiro.

—A lo mejor te has sentado y te has quedado dormido —propone tu padrastro al cabo de un instante—. Eso es lo que ha pasado, seguramente.

—No me he sentado —replicas. Es típico de él poner en duda tu historia, aunque tengas al lado a un representante de la ley que la corrobora—. Me he caído.

Él te agarra el mentón con los dedos índice y pulgar y te mueve la cabeza a derecha e izquierda, como si fuera un artículo cuya compra estuviera considerando.

—Pues qué caída tan suave —observa—. Cuando uno se desmaya se suele desplomar. No tienes heridas.

—No sé cómo me he caído —respondes—. No me estaba mirando.

—Muy bien. Entra en casa.

Pero no te mueves. No quieres entrar. El sol se esconde detrás de una nube. Algo —no sabes qué— está a punto de pasar. Lo presientes y te quedas ahí, sosteniendo el correo, rascándote con el borde afilado de una revista la barbilla, en la que hace poco un único pelo rizado ha osado salir.

—Ha sido una suerte increíble que lo haya visto en ese momento —interviene el agente. Da la impresión de que está intentando que tu padrastro le estreche la mano o le dedique unas palabras de agradecimiento, y eso te da pena—. Quién sabe… Alguien podría haber pasado a toda velocidad y haberlo atropellado. Hemos tenido suerte.

—Sí, mucha —responde tu padrastro. Te mira—. Entra en casa. Espera a tu madre.

Pero tú no te mueves. Entonces, en las ramas de detrás de la cuerda de tender la ropa, oyes que un palito se rompe, y el ruido de algo grande que alborota la sombra de los árboles. La respiración se te acelera y se te entrecorta. Cierras los ojos. Lo imaginas, al leopardo, los hombros que le suben y le bajan al atravesar corriendo el jardín.

—Eh —te dice tu padrastro, dándote una leve bofetada en la mejilla—. ¿Qué pasa? ¿Te has vuelto a desmayar?

No respondas. Escucha. Quédate quieto.


En Todo arrasado, todo quemado
Traducción: Ismael Attrache
Imagen: John Minihan

28/12/2012

Thomas Mann: El duelo de Jacob

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¿Es menos brutal una seña que una palabra? La cosa es harto discutible. Judá adoptaba el punto de vista del portador de espanto, cuyas preferencias van al signo que hace superflua la palabra. Pero ¿y el que recibe la noticia? Con toda la fuerza de su ignorancia, puede rechazar la palabra, pisotearla, tachándola de mentira, de afrentosa invención, y arrojarla al infierno de los absurdos inconcebibles, único lugar que le cuadra - por lo menos así le hace ver su radiosa y potente convicción -, hasta que el desdichado se da cuenta exacta de que la palabra tiene derecho a vivir en la luz del día. No entra en sí mismo, sino lentamente. Al principio le parece incomprensible. ¿Cómo atrapar el sentido, conferirle una realidad? Esta sacudida, que va a trastornar vuestro cerebro y vuestro corazón, queda un momento a merced de uno, para ser devuelta al mensajero, para prolongar la ignorancia y la vida y figurarse que el interlocutor es un loco. "¿Qué has dicho? - podéis preguntarle -. ¿Estás en tus cabales? Ven, voy a cuidarte, a hacerte tomar algo que te tonifique; después continuarás hablando y tratarás de hacerte entender." Estas palabras serían capaces de ofenderle, pero, siendo él dueño de la situación, se siente lleno de indulgencia, y, poco a poco, su mirada razonable y compadecida os hace titubear. No soportáis esta mirada, comprendéis que la inversión de papeles que queríais establecer, por instinto de conservación, es inadmisible, y que mejor seria que lo que ofrecíais al otro, para tonificarle, lo tomarais vosotros mismos...

Así la palabra permite la lucha para retrasar la verdad en marcha. Nada de esto es posible cuando la señal entra en juego; su condensada crueldad no admite ficción ni demora. Excluye todo equívoco y no hay necesidad de que se conceda una realidad, siendo la realidad misma. La señal es tangible, no condesciende a darse una apariencia incomprensible y no deja escapatoria. Os fuerza a imaginar en vosotros mismos lo que echaríais como una locura al oírlo expresado en palabras, y os obliga o a creeros insensatos, o a comprender la verdad. En la palabra, como en la señal, lo directo y lo indirecto se entrecruzan y no se sabría decir cuál de las dos cosas es más brutal. La señal es muda, por la única razón de que, siendo la cosa significada, no tiene necesidad de expresarse para ser comprendida. En silencio, os hace caer.

Que Jacob, al ver la vestidura, cayó de espaldas, conforme se preveía, es un hecho incontestable. La escena, sin embargo, no tuvo testigos. Los hombres de Dotaín, dos pordioseros de obtusa inteligencia, que a cambio de cierta cantidad de lana y de leche agriada habían aceptado el encargo, se alejaron a toda prisa del lugar, tan pronto como lanzaron su embuste, sin cuidarse del resultado.

Habían dejado a Jacob, el hombre de Dios, de pie y con los resecos guiñapos en las manos, en el lugar donde le habían encontrado, delante de su tienda de pelo de animal, y se habían ido, primero a grandes zancadas lentas, luego a todo correr. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció Jacob allí, contemplando lo poco que le quedaba - hubo de convencerse despacio - de José en este mundo, Y después cayó para atrás, y en esta posición le hallaron las mujeres que pasaban, las esposas de sus hijos, la siquemita Buna, mujer de Simeón, y la de Leví, a la que decían nieta de Heber. Espantadas, lo alzaron y llevaron a su tienda. Los jirones que tenía entre sus manos las convencieron pronto de la causa de su caída.

No era un síncope ordinario, sino una especie de rigidez que invadía cada músculo, cada fibra; tanto, que no se podía doblar una articulación sin quebrarla, y todo el cuerpo parecía petrificado. Este fenómeno, bastante raro, es a veces la reacción de la naturaleza contra los golpes extraordinarios del destino, una especie de sobresalto de defensa, una barrera desesperada, tenaz, que se opone a lo inaceptable, pero que, pasadas unas horas, tendrá que ceder necesariamente a la presión de la implacable realidad, capitular y dejar libre paso a la aflicción.

Las gentes del dominio, hombres y mujeres llamados de todas partes y reunidos en torno a Jacob, observaban con temor la progresiva debilidad de aquella estatua de sal, que poco a poco retornaba a ser un hombre dolorido y azotado por el sufrimiento. Aún no salía de su garganta la voz, cuando ya respondía a los emisarios partidos hacía largo tiempo: "Sí, ésta es la vestidura de mi hijo". Y luego, con una voz terrible que el horror hacia estridente, gritó: "Un animal feroz lo ha devorado, una bestia furiosa ha despedazado a José". Y como si esta palabra: despedazado, le sugiriera lo que debía hacer, comenzó a hacer pedazos sus vestiduras.

Como estaban en lo más caluroso del estío, las vestiduras de Jacob no resistieron demasiado a los desgarrones. Pero, aunque lo hacía con toda la fuerza de su miseria, la desgarradura duró bastante tiempo, por la manera inquietante y silenciosamente metódica como la llevaba a cabo. Aterrados, tratando en vano de evitar aquello, los circunstantes le vieron no sólo despojarse de su túnica, sino - obedeciendo claramente a un insensato deseo - lacerar todo lo que sobre él llevaba, echar los andrajos a sus pies y quedar completamente desnudo. Para los que le rodeaban, habituados a respetar la repulsión que inspiraba a aquel hombre pudibundo todo lo que fuera ver desnudeces, pareció aquel gesto hasta tal punto extraordinario y degradante, que no pudieron soportar el espectáculo y se volvieron de espaldas entre quejumbrosas protestas, y salieron de la tienda tapándose las caras con las manos.

Para explicar su fuga, la palabra "pudor" no sería propia y justa sino tomada en su acepción intrínseca, universalmente olvidada: esto es, como representativa del horror que suscita la naturaleza primitiva cuando se manifiesta a través de las capas de civilización que la recubren, cuando por regla general no aparece en la superficie sino en forma alusiva y bajo la apariencia debilitada de los símbolos. Para expresar una alusión de este género, formulada según las exigencias de la civilidad, se desgarraban las vestiduras con motivo de un gran duelo. Hay que ver aquí la atenuante burguesa del uso primitivo, o, mejor dicho, de lo que era anterior a todos los usos, y que consistía en despojarse de los vestidos para indicar que el indumento, señal distintiva de la dignidad humana en este punto destruida, es desdeñado por el exceso de dolor que reduce al individuo al estado de criatura desnuda. Así lo hizo Jacob. En la agonía de su sufrimiento, volvió al punto de partida de la costumbre, pasando del símbolo a la cosa simbolizada, a la espantosa acción original. Hizo "lo que no se debe hacer" y aquí es donde hay que buscar el origen de aquel horror que inspiró. Los estratos más bajos ascienden. Y si para expresar la hondura de su miseria le hubiera venido a las mientes balar como un carnero, la gente que le rodeaba no se hubiera sentido más impresionada por esto.

Púdicamente, emprendieron la fuga. Le abandonaron. Es dudoso que el deplorable anciano se sintiera complacido con la partida. ¿Tal vez era su más secreto anhelo suscitar horror, y no encontró bien que le dejaran solo, dedicado a sus transportes? Por lo demás, no estaba solo y sus transportes no requerían testigos humanos para conservar su carácter y su voluntad de producir horror. En cuanto a saber hacia quién - o mejor, contra quién - subía su queja desgarradora, a quién se proponía aterrorizar demostrándole, por medio de un expresivo retorno a la primitiva naturaleza, cuan salvajemente se había conducido, al modo de los habitantes del desierto, el desesperado padre lo sabía muy bien y los suyos acabaron por comprenderlo a su vez; particularmente Eliécer, "el más antiguo servidor de Abraham", que le asistió; Eliécer, aquel anciano que era una institución y que decía "yo" de tan singular manera, aquel en busca del cual había ido la tierra.

La terrible noticia, confirmada por la prueba irrefutable, de que el hijo de la Derecha, su hermoso y hábil alumno, había sido víctima de un animal feroz cuando iba de camino, le había herido en el corazón; pero su naturaleza de rara impersonalidad, el sentimiento singularmente extenso que de sí mismo tenía, le permitieron recibir el golpe con cierta flema. Por añadidura, el cuidado que le inspiraba Jacob, el lloroso, le hizo descuidar su propia pena. Eliécer fue quien sustentó a su dueño, aunque Jacob rehusó alimentarse durante varios días; él fue quien le decidió a pasar por lo menos la noche bajo la tienda, tendido en el lecho, mientras que él velaba a la cabecera. Durante el día, Jacob se colocaba sobre un montón de tizones y cenizas, en un rincón sin sombra, apartado de la gente. Desnudo, apretando en sus manos los restos del velo, con los cabellos, las barbas y los hombros cubiertos de ceniza, se rascaba el cuerpo de vez en cuando con un tizón expresamente escogido, como si estuviera cubierto de llagas y de úlceras. Gesto puramente simbólico, porque no tenía úlceras ni mucho menos, pero la rascadura también formaba parte de los signos dirigidos a quien fuera.

La vista del pobre cuerpo macerada, era bastante miserable y digna de compasión, aun sin las dolorosas huellas que le infligía para ilustrar su dolor, y todos, exceptuando al mayordomo, se apartaron con temor y respeto de aquel espectáculo de abandono. El cuerpo de Jacob no era ya el del mozo alerto, delicado, que había luchado en Jabbok contra el extranjero de ojos bovinos, sin sucumbir, y pasado la noche tempestuosa con la que no era la Derecha; ni el cuerpo de aquel que más tarde había procreado a José, en el seno de la Derecha. Unos setenta años habían pasado por él, aunque no se había llevado la cuenta exacta; dichos años no habían dejado de obrar ni de producirle las deformaciones conmovedoras o repugnantes de la edad, que hacían penosa la visión de su desnudez. La juventud se muestra muy de grado y generosamente sin velos, consciente de su belleza, que le sirve de excusa. La edad sabe por qué se envuelve en pudor juntamente con su dignidad. Aquel pecho enrojecido por el calor, cubierto de vellos blancos, cuyas formas se feminizaban, tal como sucede con el pasar de los años, aquellos brazos debilitados, aquellos muslos, los pliegues del vientre fláccido, nadie tenía que verlos, salvo Eliécer, que tomaba con calma el espectáculo y no ponía objeción alguna que turbara las demostraciones de su señor.

Y no era tampoco hombre que impidiera a Jacob tomar las otras medidas que no sobrepasaran las de un duelo severo: en particular, sentarse sobre un montón de inmundicias y ensuciarse constantemente con cenizas que se mezclaban con su sudor y lágrimas. Estas prácticas eran loables y Eliécer se limitó a construir un improvisado cobertizo en el lugar en que Jacob hacía penitencia, para evitar que, en las horas cálidas, el sol de Tammuz le hiriera demasiado cruelmente. A pesar de esta precaución, el rostro lamentable de Jacob, con su boca abierta, el maxilar inferior que pendía entre las barbas, sus ojos que se movían constantemente hacia el cielo, en una mirada venida desde insospechables abismos de aflicción, aquel rostro estaba lastimado por el calor y la prueba. El mismo se complacía en comprobarlo, como hacen los seres conscientemente sensibles que tienen la preocupación de sus diversos estados y que creerían hacerles daño si no los expresaran con palabras.

- Mi rostro - dijo con voz temblorosa - está rojo e hinchado a fuerza de llorar. Doblado por la aflicción, me siento para llorar y las lágrimas chorrean por mi cara.

No era ésta su manera de hablar habitual. Podía notarse inmediatamente. Según ciertos cantos antiguos, Noé había usado ya, a propósito del Diluvio, un lenguaje semejante o aproximado, y Jacob se lo apropiaba. Es bueno, consolador y cómodo para una humanidad presa del sufrimiento tener a su disposición fórmulas lamentosas que daten de las edades primitivas, hechas ya, y capaces de ser adaptadas a la actualidad posterior, como si hubieran sido creadas para ella, fórmulas que consuelan tanto como las palabras pueden consolar en el dolor. De este modo, cualquiera puede servirse de tales lenitivos y confundir su propio sufrimiento con el sufrimiento pasado, aún presente. Jacob no podía tributar mayor homenaje a su aflicción que comparándola con el diluvio universal y usando las palabras que se aplicaron a dicho cataclismo.

Su desesperación se expresaba por medio de fórmulas más o menos consagradas; especialmente, su grito de sufrimiento: "Un animal feroz ha devorado a José... ¡José ha sido desgarrado!", llevaba hasta cierto punto la huella de una herida de otrora, aunque no haya por esto que poner en duda su espontaneidad. ¡No le faltaba espontaneidad a Jacob, a pesar del uso de frases tradicionales!

- El cordero y la oveja han sido degollados - salmodiaba como una letanía, balanceándose y vertiendo amargas lágrimas -. ¡Primero la madre, y ahora el cordero! ¡La oveja ha dejado al corderino a una escasa distancia del albergue; y he aquí que también el corderillo se ha extraviado, se ha perdido! ¡No, no, no! ¡Es demasiado, es demasiado! ¡Ay de mí, ay de mí! Mi lamentación se alza sobre el hijo querido, sobre el arbusto arrancado de raíz, mi esperanza, arrancado como un joven retoño, mi lamentación de duelo. ¡Oh mi Damu, hijo mío! ¡Ya el mundo inferior es tu morada! ¡No comeré más pan, ni beberé más agua, puesto que ha sido desgarrado, José ha sido desgarrado!

De rato en rato, Eliécer le limpiaba el rostro con un paño húmedo, se asociaba a sus quejas cuando éstas se ajustaban a las fórmulas establecidas, o por lo menos le acompañaba, con un murmullo, en el estribillo perpetuo, o en el grito "¡Desdicha!", o cuando decía "¡Desgarrado, desgarrado!" Todo el dominio se lamentaba con Jacob. La gente tenía que haberlo hecho así, aunque la tristeza que le causara la desaparición del amable niño de la casa hubiese sido menos sincera: "¡Hoi achí, hoi adón! ¡Lloremos a nuestro hermano! ¡Llorémosle en el Señor!", cantaban a coro. El son de sus palabras llegaba hasta Jacob y Eliécer; oían, aunque no estuviera expresada en los términos propios, la decisión de no tomar alimento alguno, ni bebida, porque el retoño había sido arrancado y la hierba secada por el viento del desierto.

La costumbre es buena y el hábito benéfico cuando, por medio de prescripciones, canalizan el dolor y la alegría para que no degeneren, errando a la aventura, y para que les sea preparado un lecho quieto donde puedan ser vertidos. Como cualquier otro, Jacob comprendió el beneficio y utilidad de las tradiciones que le ligaban con el pasado. Empero, el nieto de Abraham era un carácter demasiado original, y los sentimientos de orden general se juntaban en él, de manera demasiado vivaz, con las ideas personales, para que este conformismo pudiera satisfacerle. También se lamentaba libremente, forjando él mismo nuevas fórmulas, mientras que Eliécer seguía enjugándole el rostro, echando aquí o allá una palabra de aquiescencia para tranquilizarle, o bien una contradicción destinada a llamarle al orden.

- Lo que yo había temido - articulaba Jacob con su voz disminuida, medio ahogada, en la que ponía el sufrimiento notas agudas -, lo que yo me temí ha caído sobre mí. ¿Te das cuenta de esto, Eliécer, puedes comprenderlo? No, no, no, no; no se puede comprender que lo que se ha temido suceda. Si yo no hubiera temido, y la calamidad me hubiese azotado sin sospecharla, creería en ello y diría a mi corazón: Has pecado por imprevisión, no has prevenido el mal, no lo has tenido en cuenta a tiempo para mantenerle a distancia. La sorpresa es plausible. Pero que se produzca la calamidad que se ha temido de antemano, que ose presentarse a pesar de mis presentimientos, es una abominación a mis ojos, y contraria a lo que fue estipulado.

- Nada ha sido estipulado en materia de pruebas - respondía Eliécer.

- Según el derecho, no. Pero según la sensibilidad humana, si. ¡Y esta sensibilidad tiene también sus razones y sus rebeldías! ¿Para qué habrá recibido el hombre el sentimiento del temor y de la previsión, sino para conjurar el mal y apartar al destino de sus ideas maliciosas, y pensarlas él mismo? El destino se irrita con esto, ciertamente, pero se siente avergonzado y se dice: "¿Son éstas aún mis ideas? Si son las del hombre, no quiero tener más que ver con ellas". ¿Y qué sucedería con el hombre si la previsión y el presentimiento no le sirvieran de nada y si sus temores son vanos, o mejor dicho, fundados? ¿Cómo podrá vivir el hombre si no puede tener la certeza de que las cosas sucederán de otro modo distinto a como él se figura?

- Dios es libre - dijo Eliécer.

Jacob apretó sus labios. Cogió el tizón que había, dejado caer, y se rascó de nuevo sus úlceras simbólicas. Hacía esto cada vez que se pronunciaba el nombre de Dios. Continuó diciendo:

- ¡Cuánto he temido y temblado ante el pensamiento de que una bestia feroz de las marañas asaltara un día a mi niño y le hiciera mal! He soportado que mi angustia fuera objeto de burla para las gentes, que llegaban a decir de mí: "¡Vaya, vaya con la vieja nodriza!" Me he cubierto de ridículo como un hombre que va repitiendo: "¡Estoy enfermo, estoy muriéndome!", pero que tiene siempre buena cara y no se muere; al fin, nadie lo toma en serio, ni siquiera él mismo; un día se lo encuentran muerto, y todos lamentan sus burlas y dicen: "¡Ven, no estaba tan loco!" ¿Podrá gozar el hombre de su confusión? No, porque estará muerto. Y hubiera preferido pasar por loco a sus ojos, a los ojos de aquellos que se burlaban, que ser disculpado de esta manera, de la que no puede satisfacerse. Y yo estoy sentado en un montón de inmundicias, con el rostro hinchado y surcado por el llanto, que chorrea por mis mejillas mezclado con cenizas. ¿Puedo alegrarme porque el mal previsto ha sucedido? No, puesto que ha sucedido; estoy muerto porque José ha muerto, desgarrado, desgarrado...

"Mira, Eliécer; toma y ve: los restos del velo bordado de imágenes. Fue el que quité a la Derecha y la Mejor Amada, en la cámara nupcial, ofreciéndole la flor de mi alma. Y sucedió que era la No-Derecha, por una trampa que me hizo Labán; y mi alma quedó sucia e indeciblemente desgarrada por largo tiempo, hasta el día que, entre crueles sufrimientos, la Derecha me dio al niño Dumuzi; mi todo. Ahora, él también está despedazado y las delicias de mis ojos ya no existen. ¿Se puede creer tal cosa? ¿Es aceptable esta prueba? No, no, no, no; quiero dejar de vivir. ¡Deseo que mi alma vaya al espacio y mi cuerpo a la muerte!

- ¡No peques, Israel!

- ¡Ah, Eliécer! ¡Enséñame a temer a Dios y adorar su infinito poder! El se ha hecho pagar regiamente por el nombre y la bendición, por las lágrimas amargas de Esaú. Fija el precio a su gusto y lo exige sin regateo. No regateó conmigo, ni me dejó en lo que estaba más allá de mis medios. Me tasa según su estimación y quiere conocer mejor que yo la capacidad de resistencia de mi alma. ¿Puedo discutir con él de igual a igual? Sentado en las cenizas, me raspo mis úlceras. ¿Qué más quiere? Mis labios dicen: "Lo que ha hecho el Señor, bien hecho está". ¡Que se ajuste a lo que dicen mis labios! Lo que yo pienso en mi corazón no le interesa a nadie sino a mí. - Pero él lee también en los corazones.

- ¡Y qué quieres que haga yo! El ha creado los corazones de manera que puede leer en ellos. Yo no. Hubiera hecho mejor en dejar al hombre un refugio ante su infinito poder, para que el hombre pudiera murmurar contra lo inaceptable y hacer sus reflexiones sobre la justicia. Mi corazón era su asilo y su tabernáculo predilecto. Cuando lo visitaba, lo hallaba barrido, con el lugar de honor preparado. Ahora este corazón no tiene más que cenizas mezcladas con lágrimas y es el albergue de la miseria. Que se aparte de mi corazón para evitar ensuciarse y se mantenga en mis labios.

- ¡Trata de no pecar, Jacob-ben-Yitzchak!

- No trilles las palabras en tu era, viejo servidor, porque no son sino pajas huecas. Interésate por mí y no por Dios, pues su grandeza infinita se ríe de tu solicitud, mientras que yo no soy más que un amasijo de miseria. No me hables desde afuera, háblame en el lenguaje del corazón, pues no puedo soportar otro. ¿Sabes tú y has comprendido que José ya no existe y que ya no volverá nunca, nunca? Pensando en esto podrás hablar el lenguaje de mi corazón y no aventar pajas vacías en la era; con mi propia boca, yo le ordené ese viaje, diciéndole: Parte para Shekem, prostérnate delante de tus hermanos para que regresen y para que Israel no sea como un tronco despojado de su ramaje. Yo se lo impuse, yo me lo exigí, yo nos traté duramente, insistiendo en que viajara solo, sin escolta; pues reconocía que su locura era la mía y no me disimulaba mis faltas, conocidas por Dios. Pero Dios me ha disimulado lo que sabía y sus crueles designios. Esta es la fidelidad del Dios poderoso y he aquí cómo devuelve sinceridad por sinceridad.

- ¡Conserva, al menos, tus labios puros, hijo de la legítima!

- Mis labios están hechos para que yo escupa lo que es imposible tragar. ¡Que tus palabras no vengan de afuera, Eliécer, sino de adentro! ¿En qué piensa Dios al imponerme un sacrificio que hace que mis ojos se revuelvan y que se extravíe mi espíritu, porque no es a mi medida? ¿Tengo yo la resistencia de las piedras y es mi carne de bronce? ¡Si, en su sabiduría, me hubiera hecho de bronce!... Pero tal como soy, el sacrificio es demasiado grande para mí. ¡Mi niño, mi Damu! ¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó! ¡Si no me lo hubiera dado! ¡O si no me hubiera sacado del seno maternal, ni a mí ni a nada! ¿Qué pensar, Eliécer, a dónde volverse, en esta miseria? Si yo no existiera, yo no sabría nada y no sucedería nada. Pero desde el momento que existo, de todas maneras es preferible que José haya muerto en vez de que no haya existido, pues así algo me queda: mi dolor. ¡Ah, Dios ha querido que no se le pueda llevar la contraria y que uno se vea obligado a decir sí, en el mismo instante en que está diciendo no! ¡Sí, se lo dio a mi vejez, glorificado sea su nombre! ¡Lo moldeó con sus manos y lo hizo encantador y amable! Como la leche lo hizo, formó su cuerpo bien construido, revistiendo sus miembros de carne y de piel, derramando sobre él sus gracias. Cuando el niño me cogió por las orejas, riendo, y me dijo: "¡Padrecito, dámela!", yo se la di, porque no soy de bronce ni de piedra. Y cuando lo llamé y le hice ver la obligación de que partiera para ese viaje, él exclamó: "¡Listo estoy!", y saltó sobre sus talones. ¡Cuando pienso en esto, mi queja brota de mi como el agua del manantial! Es como si, habiéndole cargado la leña del sacrificio, lo hubiera conducido de mi mano, llevando yo mismo el fuego y el cuchillo. Oh Eliécer: de esto habría yo sido incapaz, lo he reconocido delante de Dios y lo he confesado con contrición, lealmente. ¿Crees tú que ha agradecido mi humildad y aceptado compasivamente mi confesión? No; sopló fuego por sus narices y dijo: "Que se cumpla el sacrificio de que tú eres incapaz, y si a ti te falta valor para darme a tu hijo, yo lo tomaré". ¡He aquí a Dios! Mira la vestidura y los restos de la vestidura llenos de sangre. Esta es la sangre de sus venas que el animal feroz ha desgarrado junto con su carne. ¡Horror, horror! ¡Oh pecado de Dios, oh ciega e irrazonable felonía! ¡Yo he exigido demasiado de él, Eliécer, he exigido demasiado del niño! Se habrá extraviado de camino, perdido en el desierto, y el monstruo ha caído sobre él para devorarle, sin que le detuviera su terror. ¿Quizás gritó el niño, llamándome, quizás llamó a su madre, que murió cuando él era pequeño? Nadie le ha oído, Dios veló por esto. ¿Crees tú que ha sido un león el que le ha devorado? ¿O un cerdo salvaje, con los pelos erizados, que lo habrá destrozado con sus colmillos?

Jacob tembló, callóse y se sumió en la meditación. Inevitablemente, por una asociación de ideas, la palabra "cerdo" trasladaba la tragedia espantosa, única, que había desgarrado su corazón, al plano superior, antiguo y trazado de antemano, al plano del eterno presente sometido al movimiento giratorio; le señalaba, de cierto modo, su lugar entre las estrellas; el verraco, el jabalí irritado, era el fratricida Set, el asesino del dios, era el Rojo, era Esaú, al que por excepción él, Jacob, había sabido enternecer, llorando a los pies de Elifas, pero que, según el prototipo, despedazaba a su hermano. ¿Quién sabe si ese cerdo no podría manifestarse en el plano terrestre bajo una forma fragmentaria, repartida en diez entidades diversas? En este momento, una especie de sospecha, sugerida por la tradición, estuvo a punto de ascender desde las profundidades de su ser, donde, desde que Jacob recibió los sangrientos jirones, se había movido y trataba de alzarse hasta la conciencia del padre: obscuramente, Jacob presintió cuál era el jabalí maldito que había desgarrado a José. Pero, aun antes de que este pensamiento saliera a superficie, lo dejó caer en las tinieblas y se dedicó cuanto pudo a hundirlo y dominarlo. Por un fenómeno singular, lo apartaba, se defendía contra una hipótesis que, no obstante, le hubiera permitido identificar en el plano inferior el acto antaño llevado a cabo en el plano superior; si una sospecha se hubiera instalado en él, hubiérase revuelto contra él mismo. Su valor y su amor a la verdad eran lo bastante grandes para que, habiéndose reconocido solidario con las faltas de José, se impusiera apartarla de sí. Empero, por una excusable debilidad, este valor y este amor a la verdad no llegaban hasta hacerle asumir la responsabilidad que fatalmente habría dejado aparecer una sospecha que tuviera que ver con el hermano o, mejor dicho, con los hermanos. ¿Cómo? ¿Convenir que él era el jabalí, y que, gracias a su loco cariño borracho de sí mismo, había hecho caer a José? Era pedirle demasiado: y, en su amargo dolor, arrojaba fuera de sí esta idea. Esta sospecha inconfesada, desterrada en las tinieblas, era lo que daba a su sufrimiento un gusto de hiel y le incitaba a mostrar su aflicción ante Dios.

La idea de Dios obsesionaba a Jacob. Estaba detrás de todo y allí se fijaban sus ojos meditativos, ahogados en lágrimas, desesperados. León o jabalí, Dios había querido, permitido, llevado a cabo, en resumen, aquel horror, y Jacob sentía cierta satisfacción, corriente en el hombre, de que su desesperación le diera licencia para entrar a discutir con Dios. Estado elevado, en suma, que contrastaba singularmente con aquellas muestras de humildad, la desnudez y las cenizas. Cierto es que para entrar en discusión con Dios era indispensable la humillación. Jacob, flagelando su aflicción, se autorizaba para hablar sin rodeos y no tener cuenta con sus labios.

- ¡Eso es Dios! - se repetía con un temblor acentuado -. ¡El Señor no me ha interrogado, Eliécer! No me ha dicho: "¡Ofréceme a tu amado hijo!" ¿Quién sabe si mi valor no hubiera sido mayor de lo que esperaba mi humildad? Quizás yo habría conducido al niño a Moría, a pesar de sus preguntas sobre el cordero del sacrificio, quizás hubiera podido oírle sin desfallecer, y osado alzar el cuchillo sobre Isaac, confiando en el carnero; ¡el Señor me hubiera puesto a prueba! Pero no lo ha hecho así, Eliécer, no lo ha hecho así. No me ha juzgado digno de la prueba. Cuando reconozco que no soy completamente ajeno a las disensiones entre los hermanos, se sirve de esto para atraer al hijo de mi corazón y hacerle errar a la ventura, de modo que un león se eche sobre él o que un puerco salvaje hunda sus colmillos en su carne y hoce en sus entrañas. Ese animal lo devora todo, tú lo sabes, y lo ha devorado. Ese animal ha llevado a su guarida, a sus pequeños lechones salvajes, pedazos de José. ¿Se puede creer y admitir tal cosa? No, eso no se puede hacer. La escupo, como el pájaro escupe la broza. Mírala, ahí está por los suelos. Dios hará de ella lo que quiera, que yo, por mi parte, no la quiero conmigo.

- ¡Vuelve en ti, Israel!

- No, mayordomo, ¡no soy dueño de mí! Dios ha extraviado mis sentidos, y ahora ha de oír mis palabras. El es mi creador, ya lo sé. Me ha colado como leche y me ha elaborado como queso. Estoy conforme. Pero ¿qué sería El, y dónde estaría, si no fuera por mis padres y por mi? ¿Tan poca memoria tiene? ¿Ha olvidado el tormento y la pena que el hombre se ha tomado por El, y cómo Abraham lo ha descubierto y realizado por el pensamiento, tan bien, que tuvo ganas de besarse las puntas de los dedos juntos, exclamando: "En fin, ya voy a ser llamado Maestro y Todopoderoso"? Yo me pregunto: ¿ha olvidado el pacto, ya que se conduce como si yo fuera un enemigo? ¿En qué he desmerecido yo? Que me lo haga ver. ¿He quemado incienso a los baalim del país o enviado besos a los astros? Nada criminal había en mí, y mi oración era pura. ¿Por qué soy objeto de violencia, en lugar de hallar la equidad? Que me aniquile entonces, en seguida, y me precipite en la tumba a su gusto, que esto le costaría poco trabajo, aun sin motivo, porque no pido más que dejar de vivir, ya que la violencia es ley. ¿Es para burlarse del espíritu humano por lo que hunde a los buenos y a los malvados? ¿Pero dónde estaría El sin el espíritu humano? Eliécer, el pacto ha sido roto. No me preguntes por qué, pues sufriría yo al responderte. Dios no ha caminado al mismo paso que nosotros, ¿me comprendes bien? Dios y el hombre se habían escogido mutuamente y habían concluido una alianza, para que cada uno pudiera llevarse a cabo y santificarse en el otro. Pero el hombre ha adquirido delicadeza, se ha afinado en Dios, su alma se ha pulido, y he aquí que Dios le manda una prueba, una abominación del desierto que no sabría admitir y que escupiría forzosamente diciendo: "¡Esto no es para mí!" Entonces, Eliécer, es necesario deducir que Dios no ha ido al paso con nosotros en la vía de la santificación, que se ha quedado atrás, aun en el estado de demonio.

Tales frases causaban en Eliécer el espanto consiguiente. Imploraba al cielo para que fuera indulgente con su amo, que no era dueño de sí. Le regañaba:

- Usas un lenguaje impío que no se debe oír, y, contra todo bien, pisoteas un pedazo del manto del Señor. Yo soy quien te lo dice; yo, que, por la gracia de Dios, vencí con Abraham a los reyes de Oriente, y que vi a la tierra alzarse y venir a mi encuentro cuando fui en embajada matrimonial. Reprochas a Dios ser un demonio del desierto y te la das de delicado y refinado frente a El; pero es en tus palabras donde aúlla el desierto, y decepcionas y apartas la lástima que inspira tu gran dolor, dejando degenerar así tu aflicción, y tomándola como pretexto para permitirte una horrible libertad de expresión. ¿Quieres discutir sobre la justicia y la injusticia, y constituirte en juez por encima de Aquel que no solamente ha creado a Behemoth, cuya cola se erige como un cedro, y a Leviatán, con sus dientes rodeados de terror y sus escamas semejantes a escudos de bronce, sino también a Orión, las Pléyades y el alba matutina, y las serpientes y el Abubu del polvo? ¿No te ha dado, acaso, la bendición de Isaac, con preferencia a Esaú, algo mayor que tú, y confirmado magníficamente su promesa en Beth-el, por la visión de la escala? Bien te has acomodado colocándote, cuando no tienes nada que decir a esto, en el punto de vista del espíritu humano delicado y refinado, pues todo eso respondía a tus deseos. ¿No te enriqueció en casa de Labán, y no descorrió los cerrojos polvorientos para que pudieras huir con los tuyos? ¿No fue Labán ante ti como un cordero, en las montañas de Galaad? Y ahora que te sucede una desgracia, muy pesada de llevar, nadie lo duda, te encabritas, mi amo, te comportas como un asno testarudo, arrojas tus vestiduras como un libertino y dices que Dios se ha dejado sobrepasar por el hombre. ¿Estás tú libre, pues, de pecado, tú que estás hecho de carne; estás seguro de que toda tu vida has practicado la justicia? ¿Pretendes comprender lo que es demasiado elevado para ti, sondear las profundidades de la vida y sus misterios, para que alces tu voz humana diciendo: "Esto no es para mi y yo soy más santo que el Señor"? En verdad, yo no debía de haber escuchado esas palabras, ¡oh hijo de la legítima! 

 - Sí, tú, Eliécer - respondió Jacob dejándose llevar por la ironía -. ¡Tú estás en lo cierto y ahí puedes quedarte! Tú has ingurgitado la verdad a grandes cucharadas y la exudas por todos tus poros. Es verdaderamente edificante tu manera de echarme una reprimenda y de insinuar que tú has dispersado, en compañía de Abraham, a los reyes, lo cual es sencillamente imposible. Pues hay motivo para suponer, según toda apariencia de razón, que tú eres mi hermanastro, nacido de una sirvienta en Damasco, y tus ojos han visto tan poco a Abraham como los míos. ¡Mira, éste es el caso que yo hago de tus discursos edificantes, en mi miseria! Yo era puro, pero Dios me ha hundido hasta el cuello en el fango, y los hombres en mi situación se afianzan a su razón; no teniendo más que hacer de los piadosos ornamentos de la verdad, la dejan ir desnuda. Por lo demás, dudo, igualmente, de que la tierra fuera a tu encuentro. ¡Y hemos terminado!

- Jacob, Jacob, ¿qué haces? Destruyes el universo en el exceso de tu aflicción; lo rompes en pedazos y lo arrojas a la cabeza de quien te exhorta (que prefiero no decir a qué cabeza lo lanzas, hablando propiamente). ¿Eres el primero a quien ha llegado el sufrimiento, y no tiene derecho el dolor a golpearte sin que tu vientre se hinche de blasfemias, sin que te rebeles y embistas, cabeza baja, contra Dios? ¿Piensas que las montañas cambiarán de lugar por tu causa y que las aguas cambiarán la dirección de sus corrientes? ¿Estás dispuesto a reventar de rabia ahora mismo, llamando impío al Señor y tratando de inicuo al Sublime?

- Cállate, Eliécer. ¡Te lo ruego; no hables de mí así, a troche y moche, que el dolor pone mi sensibilidad a lo vivo y no lo soportaría más! ¿Ha sido Dios el que se ha visto obligado a echar a su hijo único como pasto de los jabalíes y los jabatos en su manida, o he sido yo? ¿Por qué ha de ser El a quien reconfortes y por qué has de tomar su partido? Tú no comprendes ni gota y quieres hablar en nombre de Dios. ¡Ah, defensor de Dios, él te lo agradecerá y te recompensará por haberle protegido, magnificando astutamente sus actos, porque es Dios! Pero lo que yo quiero decir es esto: te romperá los dientes. Porque tú lo defiendes en falso, tratas de engañarle como se engaña a un hombre tratando de agradarle secretamente. Eres un hipócrita; El no te querrá por haberte puesto así de su parte y defender servilmente su causa cuando me ha hecho esto que clama al cielo, echando a José como aumento a los jabatos. Yo podría usar también tu lenguaje, pues tengo tanto sentido común como tú. Pero yo, que me expreso de manera tan diferente, estoy más cerca de él que tú. Pues uno se encuentra obligado a defender a Dios contra sus defensores y a protegerlo contra los que le buscan excusas. ¿Si pensaras que es un hombre, aunque dotado de un poder infinito, te pondrías de parte de El, contra mí que soy un gusano? Al decir que El es eternamente grande, malgastas tus palabras, si no sabes que Dios está por encima de Dios, que se sobrepasa eternamente y que te castigará desde las alturas, donde El es mi refugio y mi salud, y donde tú no estarás si te pones entre El y yo.

- Nosotros somos todos carne corrompida y estamos desnudos ante el pecado - respondió dulcemente Eliécer -. Cada uno debe abundar en el sentido de Dios, en la medida que lo comprende y hasta donde sus facultades se lo permiten, pues nadie puede alcanzar su altura. Admitamos que hemos usado un lenguaje inconveniente. Ahora, ven, querido señor, vuelve a entrar en tu morada, que ya te has dedicado por bastante tiempo a las prácticas que comporta el duelo, llevándolas al paroxismo. Tu rostro está hinchado por el calor que hace sobre este montón de tizones, y eres demasiado frágil, demasiado delicado, para soportar tales manifestaciones de dolor.

- ¡Por las lágrimas, por las lágrimas tengo el rostro inflamado e hinchado, de tanto llorar al amado!

Jacob, después de decir esto, siguió a Eliécer y se dejó conducir a su tienda. El también había terminado de interesarse por las basuras, por la desnudez y por el rascar sus llagas simbólicas, pues todo esto no había tenido más objeto que permitirle discutir abundantemente con Dios.


En José y sus hermanos (Cap. VII "El descuartizado")
Traducción de José María Souviron
Ediciones Guadarrama, Barcelona, España, 1977
Foto: Thomas Mann Holding Small Figurine ca. 1930s © Corbis

27/12/2012

Augusto Monterroso - Cortázar

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Augusto Monterroso @Domenec Umbert


Recibo un recordatorio de la Editorial Nueva Nicaragua acerca del libro-homenaje que prepara con el título de Queremos tanto a Julio, dedicado a JuIio Cortázar y con testimonios de muchos escritores amigos a quienes se les ha pedido lo mismo. He enviado sólo media cuartilla, aduciendo que el afecto no es cosa de muchas explicaciones. Otra cosa sería —señalo en ella— si el libro llevara por título Admiramos tanto a Julio o algo así, caso en el cual el número de páginas de mi contribución sería muy alto. 

Ya para mí ahora, recuerdo el alboroto que en los años sesenta armó su novela Rayuela, cuando las jóvenes inquietas de ese tiempo se identificaron con el principal personaje femenino, la desconcertante Maga, y comenzaron a imitarla y a bañarse lo menos posible y a no doblar por la parte de abajo los tubos de dentífrico, como símbolo de rebeldía y liberación; y luego los cuentos de Julio, que eran espléndidos y existían desde antes pero que gracias a Rayuela alcanzaron un público mucho mayor; y más tarde sus vueltas al día en ochenta mundos y, como si esto fuera poco, sus cronopios y sus famas; y uno observaba cómo, fascinados por las cosas que veían en estos seres de una nueva mitología que suponían al alcance de sus mentes, los políticos y hasta los economistas querían parecer cronopios y no solemnes, y lo único que lograban era parecer ridículos. De todo esto, de sus hallazgos de estilo y del entusiasmo que despertó entre los escritores jóvenes, quienes a su vez se fueron con la finta y empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y fiestas con mariguana y a creer que todo consistía en soltar las comas por aquí y por allá, sin advertir que detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas que provisionalmente llamaré contemporáneas mejor que modernas; y sus encuentros de algo con que creó un modo y —hélas— una moda Cortázar, con su inevitable cauda de imitadores. Los años han pasado y bastante de la moda también, pero lo real cortazariano permanece como una de las grandes contribuciones a la modernidad, ahora sí, la modernidad, de nuestra literatura. La modernidad, ese espejismo de dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo permanece.


ADN literario: la critica genética

Leo el Cuaderno de bitácora de «Rayuela» de Ana María Barrenechea, en el que se reproduce el manuscrito del plan original de Rayuela que Julio Cortázar obsequió a Anita, investigadora y crítica argentina, y una de las primeras que se ocuparon (junto con Emma Susana Esperatti) de la literatura fantástica en Hispanoamérica. Pero el libro no es sólo eso. Trae además un extenso estudio de crítica genética que me siento incapaz de resumir sin enredarme, por lo que prefiero copiar el primer párrafo de la introducción: Los pre-textos de Rayuela: «Se ha dado la circunstancia de que Julio Cortázar me regaló el Cuaderno de bitácora de «Rayuela» (log-book como él mismo lo llamó en una ocasión). No es en realidad un verdadero borrador o sea una primera redacción de la historia novelesca. Es un conjunto heterogéneo de bosquejos de varias escenas, de dibujos, de planes de ordenación de los capítulos (como índices), de listas de personajes, algunos con acotaciones (predicados), que los definen, de propuestas de juegos con el lenguaje, de citas de otros autores (en parte para los capítulos prescindibles); rasgos positivos y negativos de los argentinos, meditaciones sobre el destino del hombre, la relación literatura-vida, lenguaje-experiencia, y aun fragmentos no muy extensos que parecen escritos 'de un tirón' y que luego pasarán a la novela ampliados o con escasas modificaciones. En resumen un diario que registra el proceso de construcción de Rayuela con ciertas lagunas».

Es consolador y estimulante ver en la parte facsimilar del manuscrito los avances y retrocesos, las vacilaciones ante los temas, la caracterización de las personas, los adjetivos corregidos o suprimidos, los diagramas, las «rayuelas» con sus números y los supuestos pies de un jugador imaginario dibujados por el autor, los planos de edificios que después serán descritos, todo ese proceso que hace sufrir (según vayan las cosas) o gozar (según vayan las cosas) a los cuentistas, los novelistas o los poetas. Recuerdo ahora la edición facsimilar, y he ido por ella, de The Waste Land (Harcourt Brace Jovanovich, N. York, 1971) con las correcciones y cambios sugeridos por Pound, y el breve prefacio de éste que traduzco porque viene al caso. «Entre más cosas conozcamos de Eliot, mejor. Agradezco que las cuartillas perdidas hayan sido desenterradas. El ocultamiento del manuscrito de The Waste Land (años de tiempo perdido, exasperantes para el autor) es puro Henry James. «El misterio del manuscrito desaparecido» está resuelto. Valerie Eliot ha hecho un trabajo erudito que le hubiera encantado a su esposo. Por esto y por su paciencia con mis intentos de elucidar mis propias notas al margen, y por la amabilidad que la distingue, le doy las gracias. Ezra Pound».

T. S. Eliot. Julio Cortázar. Dos autores auténticamente modernos, en estas dos publicaciones de sus manuscritos que se llevan apenas algo más de una década y en las que se puede ver algo (nunca puede verse todo) de su forma de encarar eso que algunos llaman creación y que tal vez no sea sino un simple ordenamiento; su respeto, o su irrespeto, qué diablos, por la palabra escrita; o su humildad, finalmente; ante la inmensidad de un sí o de un no que a nadie le importa pera que al artista le importa; de un párrafo que se conserva o que se suprime, las enormes minucias que diría Chesterton y que el lector, ese último beneficiario o perdedor invisible, apenas sospecha.



En La letra E
Imagen: Domenec Umbert