31/10/2012

Ricardo Piglia en torno a James Joyce (Respiración artificial)

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Después Renzi me dijo otra vez que le parecía increíble que yo lo hubiera conocido a Joyce. Bueno conocer, lo que se dice conocer, le digo. Lo vi un par de veces, en Zurich. Hablaba poco, casi nada; venía a un bar donde se jugaba al ajedrez y se ponía a leer un diario irlandés que los tipos recibían, se sentaba en un rincón y empezaban a leerlo con una lupa, el papel casi pegado a la cara, recorriendo las páginas con un solo ojo, el ojo izquierdo. Se estaba horas ahí, tomando cerveza y leyendo el diario de punta a punta, incluso los avisos, las necrológicas, todo; cada tanto se reía solo, con una risita de lo más curiosa, una especie de susurro más que una risa. Una vez me preguntó cómo se decía “mariposa” en polaco, creo que fue la única vez que me habló directamente. Otra vez lo escuché tener un cambio de palabras con un tipo, con un francés que le dijo que el Ulises le parecía un libro trivial. Sí, dijo Joyce. Es un poco trivial y también un poco cuatrivial. ¿En serio? dice Renzi. Genial. El que lo visitó fue un amigo, Arno Schmidt, un crítico notablemente sagaz que después murió en la guerra. Una tarde se animó a preguntarle si lo podía visitar. ¿Y para qué? le preguntó Joyce. Bueno, dijo Arno, admiro muchísimo sus libros, Mr. Joyce, me gustaría, en fin, me gustaría hablar con usted. Venga mañana a las cinco, a mi casa, le dijo Joyce. Arno se pasó la noche preparando una especie de cuestionario, anotando preguntas, estaba nerviosísimo, como si tuviera que ir a dar un examen. Mejor crucemos, le digo a Renzi. Joyce mismo le abrió la puerta, la casa estaba como desmantelada, casi no tenía muebles, en la cocina estaba Nora friendo un riñon a la sartén y Lucía se miraba los dientes en un espejo; cruzaron un corredor larguísimo y después Joyce se tiró en una silla. Fue un infierno. Arno le empezó a repetir que admiraba muchísimo su obra, que el procedimiento de las epifanías era el primer paso adelante en la técnica del cuento desde Chejov, ese tipo de cosas, y en un momento dado le dijo que Stephen Dedalus le parecía un personaje de la estatura de Hamlet. ¿De la estatura de quién? lo cortó Joyce. ¿Qué quiere decir con eso? Probablemente Hamlet era petiso y gordo, le dice, como eran gordos y petisos todos los ingleses en el siglo XVI. Stephen en cambio mide un metro setenta y ocho, le dijo Joyce. No, dijo Arno, quiero decir un personaje del nivel de Hamlet, él mismo una especie de Hamlet. Cierto, dice Renzi. Es una especie de Hamlet jesuítico. Y es cierto también, me dice Renzi, que hay como una continuidad: el joven esteta ¿no? que no hace más que vivir en medio de sus sueños y que en lugar de escribir se la pasa exponiendo sus teorías, dice Renzi. Yo veo como una línea, dice, digamos Hamlet, Stephen Dedalus, Quentin Compson. Quentin Compson, explicó Renzi, el personaje de Faulkner. Bueno, le digo, Arno le decía eso y supongo que también algunas otras cosas y Joyce no decía nada. Lo miraba y de vez en cuando se pasaba una mano blanda por la cara, así. Este es el Bulevar, le digo, pasamos la Plaza y estamos en el Hotel. ¿Y entonces? dice Renzi. Entonces Arno le empieza a hacer preguntas más directas, quiero decir preguntas que había que contestar. Por ejemplo: Le gusta Swift, qué opina de Sterne, ha leído a Freud, ese tipo de cosas y Joyce le contestaba sí o no y se quedaba callado. Me acuerdo un diálogo, creo que es uno de los pocos diálogos que tuvieron durante toda la conversación. Arno lo contaba con mucha gracia. ¿Qué opina usted de Gertrude Stein, Mr. Joyce? le dice Arno. ¿De quién? dice Joyce. De Gertrude Stein, la escritora norteamericana, ¿conoce su obra? le dice Arno, y Joyce se estuvo inmóvil durante un momento interminable hasta que al final le dice: ¿A quién se le puede ocurrir llamarse Gertrude? le dijo. En Irlanda ese nombre se lo ponemos a la vacas, le dice Joyce y después se quedó mudo durante los siguientes quince minutos, con lo que se terminó la entrevista. Le importaba un carajo el mundo, dice Renzi. A Joyce. Le importaba un carajo del mundo y de sus alrededores. Y en el fondo tenía razón. ¿A usted le gusta su obra? le digo. ¿La obra de Joyce? No creo que se pueda nombrar a ningún otro escritor en este siglo, me dice. Bueno, le digo, no le parece que era un poco ¿cómo le diré? ¿no le parece que era un poco exageradamente realista? ¿Realista? dice Renzi. ¿Realista? Sin duda. Pero ¿qué es el realismo? dijo. Una representación interpretada de la realidad, eso es el realismo, dijo Renzi. En el fondo, dijo después, Joyce se planteó un solo problema: ¿Cómo narrar los hechos reales? ¿Los hechos qué? le digo. Los hechos reales, me dice Renzi. Ah, le digo, había entendido los hechos morales. Bueno, le digo, ahí enfrente está el Hotel. ¿Y cómo se dice “mariposa” en polaco? me pregunta Renzi; pero antes que me olvide, dice, ¿dónde puedo comprar cigarrillos? Acá, le digo, en este Bar. Si quiere yo tengo, le digo. No, mejor compro, dice él.



En Respiración artificial
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1988
Foto: © Carlos Hernandez/dpa/Corbis


30/10/2012

Julio Cortázar: La noche de Mantequilla

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Eran esas ideas que se le ocurrían a Peralta, él no daba mayores explicaciones a nadie pero esa vez se abrió un poco más y dijo que era como el cuento de la carta robada, Estévez no entendió al principio y se quedó mirándolo a la espera de más; Peralta se encogió de hombros como quien renuncia a algo y le alcanzó la entrada para la pelea, Estévez vio bien grande un número 3 en rojo sobre fondo amarillo, y abajo 235; pero ya antes, cómo no verlo con esas letras que saltaban a los ojos, Monzón Vs. Nápoles. La otra entrada se la harán llegar a Walter, dijo Peralta. Vos estarás ahí antes de que empiecen las peleas (nunca repetía instrucciones, y Estévez escuchó reteniendo cada frase) y Walter llegará en la mitad de la primera preliminar, tiene el asiento a tu derecha. Cuidado con los que se avivan a último momento y buscan mejor sitio, decile algo en español para estar seguro. El vendrá con una de esas carteras que usan los hippies, la pondrá entre los dos si es un tablón o en el suelo si son sillas. No le hables más que de las peleas y fíjate bien alrededor, seguro habrá mexicanos o argentinos, tenelos bien marcados para el momento en que pongas el paquete en la cartera. ¿Walter sabe que la cartera tiene que estar abierta?, preguntó Estévez. Sí, dijo Peralta como sacándose una mosca de la solapa, solamente espera hasta el final cuando ya nadie se distrae. Con Monzón es difícil distraerse, dijo Estévez. Con Mantequilla tampoco, dijo Peralta. Nada de charla, acordate. Walter se irá primero, vos dejá que la gente vaya saliendo y ándate por otra puerta.

Volvió a pensar en todo eso como un repaso final mientras el metro lo llevaba a la Défense entre pasajeros que por la pinta iban también a ver la pelea, hombres de a tres o cuatro, franceses marcados por la doble paliza de Monzón a Bouttier, buscando una revancha vicaria o acaso ya conquistados secretamente. Qué idea genial la de Peralta, darle esa misión que por venir de él tenía que ser crítica, y a la vez dejarlo ver de arriba una pelea que parecía para millonarios. Ya había comprendido la alusión a la carta robada, a quién se le iba a ocurrir que Walter y él podrían encontrarse en el box, en realidad no era una cuestión de encuentro porque eso podía haber ocurrido en mil rincones de París, sino de responsabilidad de Peralta que medía despacio cada cosa. Para los que pudieran seguir a Walter o seguirlo a él, un cine o un café o una casa eran posibles lugares de encuentro, pero esa pelea valía como una obligación para cualquiera que tuviese la plata suficiente, y si por ahí los seguían se iban a dar un chasco del carajo delante de la carpa de circo montada por Alain Delon; allí no entraría nadie sin el papelito amarillo, y las entradas estaban agotadas desde una semana antes, lo decían todos los diarios. Más todavía a favor de Peralta, si por ahí lo venían siguiendo o lo seguían a Walter, imposible verlos juntos ni a la entrada ni a la salida, dos aficionados entre miles y miles que asomaban como bocanadas de humo del metro y de los ómnibus, apretándose a medida que el camino se hacía uno solo y la hora se acercaba.

Vivo, Alain Delon: una carpa de circo montada en un terreno baldío al que se llegaba después de cruzar una pasarela y seguir unos caminos improvisados con tablones. Había llovido la noche anterior y la gente no se apartaba de los tablones, ya desde la salida del metro orientándose por las enormes flechas que indicaban el buen rumbo y Monzón-Nápoles. a todo color. Vivo, Alain Delon, capaz de meter sus propias flechas en el territorio sagrado del metro aunque le costara plata. A Estévez no le gustaba el tipo, esa manera prepotente de organizar el campeonato mundial por su cuenta, armar una carpa y dale que va previo pago de qué sé yo cuánta guita, pero había que reconocer, algo daba en cambio, no hablemos de Monzón y Mantequilla pero también las flechas de colores en el metro, esa manera de recibir como un señor, indicándole el camino a la hinchada que se hubiera armado un lío en las salidas y los terrenos baldíos llenos de charcos.

Estévez llegó como debía, con la. carpa a medio llenar, y antes de mostrar la entrada se quedó mirando un momento los camiones de la policía y los enormes tráilers iluminados por fuera pero con cortinas oscuras en las ventanillas, que comunicaban con la carpa por galerías cubiertas como para llegar a un jet. Ahí están los boxeadores, pensó Estévez, el tráiler blanco y más nuevo seguro que es el de Carlitos, a ése no me lo mezclan con los otros. Napóles tendría su tráiler del otro lado de la carpa, la cosa era científica y de paso pura improvisación, mucha lona y tráilers encima de un terreno baldío. Así se hace la guita, pensó Estévez, hay que tener la idea y los huevos, che.

Su fila, la quinta a partir de la zona del ringside, era un tablón con los números marcados en grande, ahí parecía haberse acabado la cortesía de Alain Delon porque fuera de las sillas del ringside el resto era de circo y de circo malo, puros tablones aunque eso sí unas acomodadoras con minifaldas que te apagaban de entrada toda protesta. Estévez verificó por su cuenta el 235, aunque la chica le sonreía mostrándole el número como si él no supiera leer, y se sentó a hojear el diario que después le serviría de almohadilla. Walter iba a estar a su derecha, y por eso Estévez tenía el paquete con la plata y los papeles en el bolsillo izquierdo del saco; cuando fuera el momento podría sacarlo con la mano derecha, llevándolo inmediatamente hacia las rodillas lo deslizaría en la cartera abierta a su lado. La espera se le hacía larga, había tiempo para pensar en Marisa y en el pibe que estarían acabando de cenar, el pibe ya medio dormido y Marisa mirando la televisión. A lo mejor pasaban la pelea y ella la veía, pero él no iba a decirle que había estado, por lo menos ahora no se podía, a lo mejor alguna vez cuando las cosas estuvieran más tranquilas. Abrió el diario sin ganas (Marisa mirando la pelea, era cómico pensar que no le podría decir nada con las ganas que tendría de contarle, sobre todo si ella le comentaba de Monzón y de Napóles), entre las noticias del Vietnam y las noticias de policía la carpa se iba llenando, detrás de él un grupo de franceses discutía las chances de Napóles, a su izquierda acababa de instalarse un tipo cajetilla que primero observó largamente y con una especie de horror el tablón donde iban a envilecerse sus perfectos pantalones azules. Más abajo había parejas y grupos de amigos, y entre ellos tres que hablaban con un acento que podía ser mexicano; aunque Estévez no era muy ducho en acentos, los hinchas de Mantequilla debían abundar esa noche en que el retador aspiraba nada menos que a la corona de Monzón. Aparte del asiento de Walter quedaban todavía algunos claros, pero la gente se agolpaba en las entradas de la carpa y las chicas tenían que emplearse a fondo para instalar a todo el mundo. Estévez encontraba que la iluminación del ring era demasiado fuerte y la música demasiado pop, pero ahora que empezaba la primera preliminar el público no perdía tiempo en críticas y seguía con ganas una mala pelea a puro zapallazo y clinches; en el momento en que Walter se sentó a su lado Estévez llegaba a la conclusión de que ése no era un auténtico público de box, por lo menos alrededor de él; se tragaban cualquier cosa por esnobismo, por puro ver a Monzón o a Napóles.

—Disculpe —dijo Walter acomodándose entre Estévez y una gorda que seguía la pelea semiabrazada a su marido también gordo y con aire de entendido.

—Póngase cómodo —dijo Estévez—. No es fácil, estos franceses calculan siempre para flacos.

Walter se rió mientras Estévez empujaba suave hacia la izquierda para no ofender al de los pantalones azules; al final quedó espacio para que Walter pasara la cartera de tela azul desde las rodillas al tablón. Ya estaban en la segunda preliminar que también era mala, la gente se divertía sobre todo con lo que pasaba fuera del ring, la llegada de un espeso grupo de mexicanos con sombreros de charro pero vestidos como lo que debían ser, bacanes capaces de fletar un avión para venirse a hinchar por Mantequilla desde México, tipos petisos y anchos, de culos salientes y caras a lo Pancho Villa, casi demasiado típicos mientras tiraban los sombreros al aire como si Napóles ya estuviera en el ring, gritando y discutiendo antes de incrustarse en los asientos del ringside. Alain Delon debía tenerlo todo previsto porque los altoparlantes escupieron ahí nomás una especie de corrido que los mexicanos no dieron la impresión de reconocer demasiado. Estévez y Walter se miraron irónicos, y en ese mismo momento por la entrada más distante desembocó un montón de gente encabezado por cinco o seis mujeres más anchas que altas, con pull-overs blancos y gritos de «¡Argentina, Argentina!», mientras los de atrás enarbolaban una enorme bandera patria y el grupo se abría paso contra acomodadoras y butacas, decidido a progresar hasta el borde del ring donde seguramente no estaban sus entradas. Entre gritos delirantes terminaron por armar una fila que las acomodadoras llevaron con ayuda de algunos gorilas sonrientes y muchas explicaciones hacia dos tablones semivacíos, y Estévez vio que las mujeres lucían un Monzón negro en la espalda del pull-over. Todo eso regocijaba considerablemente a un público a quien poco le daba la nacionalidad de los púgiles puesto que no eran franceses, y ya la tercera pelea iba duro y parejo aunque Alain Delon no parecía haber gastado mucha plata en mojarritas cuando los dos tiburones estarían ya listos en sus tráilers y eran lo único que le importaba a la gente.

Hubo como un cambio instantáneo en el aire, algo se trepó a la garganta de Estévez; de los altoparlantes venía un tango tocado por una orquesta que bien podía ser la de Pugliese. Sólo entonces Walter lo miró de lleno y con simpatía, y Estévez se preguntó si seria un compatriota. Casi no habían cambiado palabra aparte de algún comentario pegado a una acción en el ring, a lo mejor uruguayo o chileno pero nada de preguntas, Peralta había sido bien claro, gente que se encuentra en el box y da la casualidad que los dos hablan español, pare de contar.

—Bueno, ahora sí— dijo Estévez. Todo el mundo se levantaba a pesar de las protestas y los silbidos, por la izquierda un revuelo clamoroso y los sombreros de charro volando entre ovaciones, Mantequilla trepaba al ring que de golpe parecía iluminarse todavía más, la gente miraba ahora hacia la derecha donde no pasaba nada, los aplausos cedían a un murmullo de expectativa y desde sus asientos Walter y Estévez no podían ver el acceso al otro lado del ring, el casi silencio y de pronto el clamor como única señal, bruscamente la bata blanca recortándose contra las cuerdas, Monzón de espaldas hablando con los suyos, Napóles yendo hacia él, un apenas saludo entre flashes y el arbitro esperando que bajaran el micrófono, la gente que volvía a sentarse poco a poco, un último sombrero de charro yendo a parar muy lejos, devuelto en otra dirección por pura joda, bumerang tardío en la indiferencia porque ahora las presentaciones y los saludos, Georges Carpentier, Nino Benvenuti, un campeón francés, Jean-Claude Bouttier, fotos y aplausos y el ring vaciándose de a poco, el himno mexicano con más sombreros y al final la bandera argentina desplegándose para esperar el himno, Estévez y Walter sin pararse aunque a Estévez le dolía pero no era cosa de chambonear a esa altura, en todo caso le servía para saber que no tenía compatriotas demasiado cerca, el grupo de la bandera cantaba al final del himno y el trapo azul y blanco se sacudía de una manera que obligó a los gorilas a correr para ese lado por las dudas, la voz anunciando los nombres y los pesos, segundos fuera.

—¿Qué palpito tenes? —preguntó Estévez. Estaba nervioso, infantilmente emocionado ahora que los guantes se rozaban en el saludo inicial y Monzón, de frente, armaba esa guardia que no parecía una defensa, los brazos largos y delgados, la silueta casi frágil frente a Mantequilla más bajo y morrudo, soltando ya dos golpes de anuncio.

—Siempre me gustaron los desafiantes —dijo Walter, y atrás un francés explicando que a Monzón lo iba a ayudar la diferencia de estatura, golpes de estudio, Monzón entrando y saliendo sin esfuerzo, round casi obligadamente parejo. Así que le gustaban los desafiantes, desde luego no era argentino porque entonces; pero el acento, clavado un uruguayo, le preguntaría a Peralta que seguro no le contestaría. En todo caso no debía llevar mucho tiempo en Francia porque el gordo abrazado a su mujer le había hecho algún comentario y Walter contestaba en forma tan incomprensible que el gordo hacía un gesto desalentado y se ponía a hablar con uno de más abajo. Napóles pega duro, pensó Estévez inquieto, dos veces había visto a Monzón tirarse atrás y la réplica llegaba un poco tarde, a lo mejor había sentido los golpes. Era como si Mantequilla comprendiera que su única chance estaba en la pegada, boxearlo a Monzón no le serviría como siempre le había servido, su maravillosa velocidad encontraba como un hueco, un torso que viraba y se le iba mientras el campeón llegaba una, dos veces a la cara y el francés de atrás repetía ansioso ya ve, ya ve cómo lo ayudan los brazos, quizá la segunda vuelta había sido de Napóles, la gente estaba callada, cada grito nacía aislado y era como mal recibido, en la tercera vuelta Mantequilla salió con todo y entonces lo esperable, pensó Estévez, ahora van a ver la que se viene, Monzón contra las cuerdas, un sauce cimbreando, un uno-dos de látigo, el clinch fulminante para salir de las cuerdas, una agarrada mano a mano hasta el final del round, los mexicanos subidos en los asientos y los de atrás vociferando protestas o parándose a su vez para ver.

—Linda pelea, che —dijo Estévez—, así vale la pena.

—Ajá.

Sacaron cigarrillos al mismo tiempo, los intercambiaron sonriendo, el encendedor de Walter llegó antes, Estévez miró un instante su perfil, después lo vio de frente, no era cosa de mirarse mucho, Walter tenía el pelo canoso pero se lo veía muy joven, con los blue-jeans y el polo marrón. ¿Estudiante, ingeniero? Rajando de allá como tantos, entrando en la lucha, con amigos muertos en Montevideo o Buenos Aires, quién te dice en Santiago, tendría que preguntarle a Peralta aunque después de todo seguro que no volvería a verlo a Walter, cada uno por su lado se acordaría alguna vez que se habían encontrado la noche de Mantequilla que se estaba jugando a fondo en la quinta vuelta, ahora con un público de pie y delirante, los argentinos y los mexicanos barridos por una enorme ola francesa que veía la lucha más que los luchadores, que atisbaba las reacciones, el juego de piernas, al final Estévez se daba cuenta de que casi todos entendían la cosa a fondo, apenas uno que otro festejando idiotamente un golpe aparatoso y sin efectos mientras se perdía lo que de verás estaba sucediendo en ese ring donde Monzón entraba y salía aprovechando una velocidad que a partir de ese momento distanciaba más y más la de Mantequilla cansado, tocado, batiéndose con todo frente al sauce de largos brazos que otra vez se hamacaba en las sogas para volver a entrar arriba y abajo, seco y preciso. Cuando sonó el gong, Estévez miró a Walter que sacaba otra vez los cigarrillos.

—Y bueno, es así —dijo Walter tendiéndole el paquete—. Si no se puede no se puede. 

Era difícil hablarse en el griterío, el público sabía que el round siguiente podía ser el decisivo, los hinchas de Napóles lo alentaban casi como despidiéndolo, pensó Estévez con una simpatía que ya no iba en contra de su deseo ahora que Monzón buscaba la pelea y la encontraba y a lo largo de veinte interminables segundos entrando en la cara y el cuerpo mientras Mantequilla apuraba el clinch como quien se tira al agua, cerrando los ojos. No va a aguantar más, pensó Estévez, y con esfuerzo sacó la vista del ring para mirar la cartera de tela en el tablón, habría que hacerlo justo en el descanso cuando todos se sentaran, exactamente en ese momento porque después volverían a pararse y otra vez la cartera sola en el tablón, dos izquierdas seguidas en la cara de Napóles que volvía a buscar el clinch, Monzón fuera de distancia, esperando apenas para volver con un gancho exactísimo en plena cara, ahora las piernas, había que mirar sobre todo las piernas, Estévez ducho en eso veía a Mantequilla pesado, tirándose adelante sin ese ajuste tan suyo mientras los pies de Monzón resbalaban de lado o hacia atrás, la cadencia perfecta para que esa última derecha calzara con todo en pleno estómago, muchos no oyeron el gong en el clamoreo histérico pero Walter y Estévez sí, Walter se sentó primero enderezando la cartera sin mirarla y Estévez, siguiéndolo más despacio, hizo resbalar el paquete en una fracción de segundo y volvió a levantar la mano vacía para gesticular su entusiasmo en las narices del tipo de pantalón azul que no parecía muy al tanto de lo que estaba sucediendo.

—Eso es un campeón —le dijo Estévez sin forzar la voz porque de todos modos el otro no lo escucharía en ese clamoreo—. Carlitos, carajo.

Miró a Walter que fumaba tranquilo, el hombre empezaba a resignarse, qué se le va a hacer, si no se puede no se puede. Todo el mundo parado a la espera de la campana del séptimo round, un brusco silencio incrédulo y después el alarido unánime al ver la toalla en la lona, Napóles siempre en su rincón y Monzón avanzando con los guantes en alto, más campeón que nunca, saludando antes de perderse en el torbellino de los abrazos y los flashes. Era un final sin belleza pero indiscutible, Mantequilla abandonaba para no ser el punching-ball de Monzón, toda esperanza perdida ahora que se levantaba para acercarse al vencedor y alzar los guantes hasta su cara, casi una caricia mientras Monzón le ponía los suyos en los hombros y otra vez se separaban, ahora sí para siempre, pensó Estévez, ahora para ya no encontrarse nunca más en un ring.

—Fue una linda pelea —le dijo a Walter que se colgaba la cartera del hombro y movía los pies como si se hubiera acalambrado.

—Podría haber durado más —dijo Walter—, seguro que los segundos de Napóles no lo dejaron salir.

—¿Para qué? Ya viste como estaba sentido, che, demasiado boxeador para no darse cuenta.

—Sí, pero cuando se es como él hay que jugarse entero, total nunca se sabe.

—Con Monzón sí —dijo Estévez, y se acordó de las órdenes de Peralta, tendió la mano cordialmente—. Bueno, fue un placer.

—Lo mismo digo. Hasta pronto.

—Chau.

Lo vio salir por su lado, siguiendo al gordo que discutía a gritos con su mujer, y se quedó detrás del tipo de los pantalones azules que no se apuraba; poco a poco fueron derivando hacia la izquierda para salir de entre los tablones. Los franceses de atrás discutían sobre técnicas, pero a Estévez lo divirtió ver que una de las mujeres abrazaba a su amigo o su marido, gritándole vaya a saber qué al oído lo abrazaba y lo besaba en la boca y en el cuello. Salvo que el tipo sea un idiota, pensó Estévez, tiene que darse cuenta de que ella lo está besando a Monzón. El paquete no pesaba ya en el bolsillo del saco, era como si se pudiera respirar mejor, interesarse por lo que pasaba, la muchacha apretada al tipo, los mexicanos saliendo con los sombreros que de golpe parecían más chicos, la bandera argentina arrollada a medias pero agitándose todavía, los dos italianos gordos mirándose con aire de entendidos, y uno de ellos diciendo casi solemnemente, gliel'a messo in culo, y el otro asintiendo a tan perfecta síntesis, las puertas atestadas, una lenta salida cansada y los senderos de tablas hasta la pasarela en la noche fría y lloviznando, al final la pasarela crujiendo bajo una carga crítica, Peralta y Chaves fumando apoyados en la baranda, sin hacer un gesto porque sabían que Estévez iba a verlos y que disimularía su sorpresa, se acercaría como se acercó, sacando a su vez un cigarrillo.

—Lo hizo moco —informó Estévez.

—Ya sé —dijo Peralta—, yo estaba allí.

Estévez lo miró sorprendido, pero ellos se dieron vuelta al mismo tiempo y bajaron la pasarela entre la gente que ya empezaba a ralear. Supo que tenía que seguirlos y los vio salir de la avenida que llevaba al metro y entrar por una calle más oscura, Chaves se dio vuelta una sola vez para asegurarse de que no los había perdido de vista, después fueron directamente al auto de Chaves y entraron sin apuro pero sin perder tiempo. Estévez se metió atrás con Peralta, el auto arrancó en dirección al sur.

—Así que estuviste —dijo Estévez—. No sabía que te gustaba el boxeo.

—Me importa un carajo —dijo Peralta—, aunque Monzón vale la plata que cuesta. Fui para mirarte de lejos por las dudas, no era cosa de que estuvieras solo si en una de ésas.

—Bueno, ya viste. Sabes, el pobre Walter hinchaba por Napóles.

—No era Walter —dijo Peralta.

El auto seguía hacia el sur, Estévez sintió confusamente que por esa ruta no llegarían a la zona de la Bastilla, lo sintió como muy atrás porque todo el resto era una explosión en plena cara, Monzón pegándole a él y no a Mantequilla. Ni siquiera pudo abrir la boca, se quedó mirando a Peralta y esperando.

—Era tarde para prevenirte —dijo Peralta—. Lástima que te fueras tan temprano de tu casa, cuando telefoneamos Marisa nos dijo que ya habías salido y que no ibas a volver.

—Tenía ganas de caminar un rato antes de tomar el metro —dijo Estévez—. Pero entonces, decime.

—Todo se fue al diablo —dijo Peralta—. Walter telefoneó al llegar a Orly esta mañana, le dijimos lo que tenía que hacer, nos confirmó que había recibido la entrada para la pelea, todo estaba al pelo. Quedamos en que él me llamaría desde el aguantadero de Lucho antes de salir, cosa de estar seguros. A las siete y media no había llamado, telefoneamos a Geneviéve y ella llamó de vuelta para avisar que Walter no había llegado a lo de Lucho.

—Lo estaban esperando a la salida de Orly —dijo la voz de Chaves.

—¿Pero entonces quién era el que...? —empezó Estévez, y dejó la frase colgada, de golpe comprendía y era sudor helado brotándole del cuello, resbalando por debajo de la camisa, la tuerca apretándole el estómago.

—Tuvieron siete horas para sacarle los datos —dijo Peralta—. La prueba, el tipo conocía cada detalle de lo que tenía que hacer con vos. Ya sabes cómo trabajan, ni Walter pudo aguantar.

—Mañana o pasado lo encontrarán en algún terreno baldío —dijo casi aburridamente la voz de Chaves.

—Qué te importa ahora —dijo Peralta—. Antes de venir a la pelea arreglé para que se las picaran de los aguantaderos. Sabes, todavía me quedaba alguna esperanza cuando entré en esa carpa de mierda, pero él ya había llegado y no había nada que hacer. —Pero entonces —dijo Estévez—, cuando se fue con la plata...

—Lo seguí, claro.

—Pero antes, si ya sabías...

—Nada que hacer —repitió Peralta—. Perdido por perdido el tipo hubiera hecho la pata ancha ahí mismo y nos hubieran encanado a todos, ya sabes que ellos están palanqueados.

—¿Y qué pasó?

—Afuera lo esperaban otros tres, uno tenía un pase o algo así y en menos que te cuento estaban en un auto del parking para la barra de Delon y la gente de guita, con canas por todos lados. Entonces volví a la pasarela donde Chaves nos esperaba, y ahí tenes. Anoté el número del auto, claro, pero no va a servir para un carajo. —Nos estamos saliendo de París —dijo Estévez.

—Sí, vamos a un sitio tranquilo. El problema ahora sos vos, te habrás dado cuenta.

—¿Por qué yo?

—Porque ahora el tipo te conoce y van a acabar por encontrarte. Ya no hay aguantaderos después de lo de Walter.

—Me tengo que ir, entonces —dijo Estévez. Pensó en Marisa y en el pibe, cómo llevárselos, cómo dejarlos solos, todo se le mezclaba con árboles de un comienzo de bosque, el zumbido en los oídos como si todavía la muchedumbre estuviera clamando el nombre de Monzón, ese instante en que había habido como una pausa de incredulidad y la toalla cayendo en medio del ring, la noche de Mantequilla, pobre viejo. Y el tipo había estado a favor de Mantequilla, ahora que lo pensaba era raro que hubiese estado del lado del perdedor, tendría que haber estado con Monzón, llevarse la plata como Monzón, como alguien que da la espalda y se va con todo, para peor burlándose del vencido, del pobre tipo con la cara rota o con la mano tendida diciéndole bueno, fue un placer. El auto frenaba entre los árboles y Chaves cortó el motor. En la oscuridad ardió el fósforo de otro cigarrillo, Peralta.

—Me tengo que ir, entonces —repitió Estévez—. A Bélgica, si te parece, allá está el que sabes.

—Estarías seguro si llegaras —dijo Peralta—, pero ya viste con Walter, tienen gente en todas partes y mucha manija.

—A mí no me agarrarán.

—Como Walter, quién iba a agarrarlo a Walter y hacerlo cantar. Vos sabes otras cosas que Walter, eso es lo malo.

—A mí no me agarran —repitió Estévez—. Mirá, solamente tengo que pensar en Marisa y el pibe, ahora que todo se fue a la mierda no los puedo dejar aquí, se van a vengar con ella. En un día arreglo todo y me los llevo a Bélgica, lo veo al que sabes y sigo solo a otro lado.

—Un día es demasiado tiempo —dijo Chaves volviéndose en el asiento. Los ojos se acostumbraban a la oscuridad, Estévez vio su silueta y la cara de Peralta cuando se llevaba el cigarrillo a la boca y pitaba.

—Está bien, me iré lo antes que pueda —dijo Estévez.

—Ahora mismo —dijo Peralta sacando la pistola.



En Alguien anda por ahí (1977)
Foto: Julio Cortazar en Chivilcoy - Archivo Aurora Bernárdez



28/10/2012

Guillaume Apollinaire - Tres historias sobre castigos divinos

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Retrato de Guillaume Apollinaire por Pablo Picasso


I. El joven vicioso

El tal Louis Gian, hijo de un pequeño vendedor de aceites de Niza, no demostró nunca la más mínima piedad, a la inversa de los otros niños que, al menos en la época de su primera comunión, dan pruebas de una devoción conmovedora.

El vicario cojo de San Reparaz le había dicho un día, durante el catecismo, mientras limpiaba sus anteojos con la sucia sotana:

—¡Ay de ti, Louis! Serás desdichado porque eres falso. Al verte, se te tomaría por un ángel. ¿La verdad? Eres tan nimio como una chinche de rodillas. Tú te burlas de mí. Lo sé, y puedes hacerlo. Pero no se bromea con Dios. Por otra parte, lo aprenderás muy pronto por tu cuenta.

Louis Gian había escuchado, de pie y con los ojos bajos, la amonestación del vicario. Pero una vez que éste volviera la espalda, el impío remedó su andar vacilante y canturreó:

—Cinco y tres son ocho. Cinco y tres son ocho.

El joven nizardo no se corrigió nunca. Hasta los catorce años frecuentó poco la escuela; en cambio, se entregaba a la sensualidad bajo los puentes del Paillon y en el Castillo, primero con muchachos de su edad y luego con niñas. A los catorce años fue colocado en casa de un camisero, abandonando la vieja Niza con sus perfumes de frutos y aromas mezclados a los olores de carne cruda, pasta agria, bacalao y letrinas, por una tienda en la ciudad nueva. Desde el primer momento fue vigilado por el patrón y la patrona, que no lo dejaron descansar ni de día ni de noche.

La patrona era roja como una toronja, y el patrón olía a pissala. Durante el carnaval, Louis Gian se dejó raptar por un ruso quincuagenario y minucioso, al que tenía que llamar "Mi general", y quien a su vez lo llamaba "¡Ganimedes!".

Pero cuando comprobó que el ruso era exigente y avaro, lo abandonó luego de robarle. A continuación se prodigó a un turco brutal y glotón. Cuando el turco se arruinó en Montecarlo, lo reemplazó por un americano. Louis Gian comprendió que su naturaleza generosa lo adaptaba, como un mapamundi, a todas las nacionalidades.

Sin embargo, no supo mantener, en su momento afortunado, esa serenidad que es privilegio de los virtuosos. Despreció a sus compañeros de antaño y si pasaba cerca de ellos fingía no verlos. Estos le devolvieron al principio desprecio por desprecio., Cuando se topaban con él no dejaban de hacerle el gesto que consiste en aplicar el antebrazo izquierdo en el pliegue del derecho mientras se agita el puño de la mano derecha. O mejor aún, remedaban a su paso la obscena letra Z de un alfabeto mudo, que empleaban generosamente los nizardos, monegascos, turbiascos y mentoneses.

Finalmente, la inconducta de Louis Gian fue espanto del cielo como antes lo fue de sus antiguos camaradas. El que mea contra el viento se moja la camisa; plugo a Dios castigar con la pena del talión los pecados del vicioso.

Louis Gian insultó a uno de esos amigos de antaño que lo había apostrofado. Hubo allí querella, pelea y promesas de venganza.

Cuatro jóvenes que, en suma, no valían mucho más que Louis Gian, lo esperaron una noche que había ido solo al teatro. Se atestaron de ese vino de Córcega cuya reputación del siglo XVI se había venido abajo, y luego se emboscaron frente a la villa donde el vicioso vivía con un mórbido austríaco.

Cuando Louis Gian llegó, pasada la medianoche, se precipitaron sobre él, lo amordazaron y, luego de izarlo en la reja de la casa, lo empalaron, escapando del lugar a todo lo que daban.

El empalado murió, quizá voluptuosamente. Estaba bello como Atis. Las luciérnagas brillaban alrededor de él...


II. La danzarina

Hace un tiempo leí en un viejo autor este relato, auténtico o legendario, de la muerte de Salomé. No he adornado el cuento con palabras hebreas ni descripciones exactas de las vestimentas ni del palacio, sofisticaciones éstas que hubiesen dado al relato ese color local tan apreciado actualmente. A decir verdad, mi ignorancia me hubiese impedido hacerlo, y he conservado inclusive los nombres que mis personajes llevan en nuestros evangelios.

Los que hicieron morir a San Juan Bautista fueron castigados. Herodías había quedado" prendada de la incitante delgadez del penitente que invitaba a los hombres a tomar baños. A pesar de haber actuado como José en casa de Putifar, el comedor de langostas había experimentado sin duda deseos carnales, pronto reprimidos, hacia aquélla que lo quería. Cuando Herodías, incestuosamente según la ley de los judíos, hubo desposado a su cuñado Herodes Antipas, los reproches hechos por el Bautista estaban algo cargados de celos. Salomé, adornada, emperifollada, coloreada y maquillada, bailó frente al rey y, excitando un deseo doblemente incestuoso, obtuvo la cabeza del santo, negada a su madre.

Herodías recibió la cabeza cabelluda, de rostro barbudo, en una bandeja de oro. Su pasión se despertó de pronto y besó ardientemente los labios violáceos del Bautista decapitado. Pero su resentimiento fue más fuerte. Lo satisfizo perforando con un alfiler la lengua, los ojos y todas las partes de la testa sangrante. El sacrilegio terminó con la muerte de Herodías, que jugando todavía con la preciosa cabeza, sucumbió al parecer por la ruptura de un aneurisma.

Esta orgullosa mujer no permaneció mucho tiempo en el infierno. Formó parte de esas hordas de espíritus que pueblan los aires y que, cuando son buenos, me place llamarlos dioses. Entiéndase bien que llamo dios a todo aquello sobre lo que el hombre no tiene poder y no esa alma del mundo que Speusippe de Atenas fue el primero en suponer que gobernaba sin entendimiento el mundo. En las noches de tempestad, Herodías, anunciada por el ulular de los búhos y el espanto de los animales, conduce una cacería fantástica que pasa por encima de nuestros bosques.

Herodes Antipas, rey de Judea, cuyo poder equivalía al de un bey tunecino de nuestros días, fue desterrado por Tiberio y murió desventurado en Lyon.

Salomé, cuya hermosa danza había enceguecido al rey, murió bailando; extraña muerte que envidiarían todas las bailarinas.

Una vez, esta dama bailó durante una fiesta en la terraza de mármol incrustada de serpentina de un procónsul, quien la llevó consigo cuando abandonó Judea para ir a una provincia bárbara a orillas del Danubio.

Un día de invierno ocurrió que, habiéndose extraviado al borde del río helado, Salomé se sintió seducida por el hielo azulino y se lanzó sobre él, bailando. Estaba, como siempre, ricamente ataviada, dorada por sus cadenas de mallas minúsculas, semejante a las que después hicieron esos joyeros venecianos que quedaban ciegos hacia los treinta años de edad. Salomé bailó largo rato, mimando al amor, a la muerte y a la locura. Y, en verdad, parecía que hubiera algo de locura en su gracia y su liviandad. Según las actitudes que su cuerpo asumía, sus manos se expresaban en quironomía. Nostálgicamente imitó también los lentos movimientos de las cosechadoras de Judea, enguantadas y en cuclillas, cuando recogen las olivas maduras.

Después, con los ojos entrecerrados, ensayó los pasos de una danza casi olvidada, esa danza condenable que le había valido la cabeza del Bautista. De pronto el hielo se rompió bajo sus pies y ella se hundió en el Danubio, pero de tal manera que, hallándose el cuerpo sumergido, la cabeza quedó afuera y el hielo volvió a cerrarse alrededor de su cuello. Sus terribles gritos espantaron a los grandes pájaros de vuelo pesado, y cuando la desgraciada calló su cabeza parecía tronchada y puesta sobre una bandeja de plata.

Llegó la noche, clara y fría. Las constelaciones brillaban. Las bestias salvajes se acercaban a husmear a la agonizante, que las miraba aún aterrorizada. Finalmente, en un último esfuerzo, apartó su mirada de las cosas de la tierra para fijarla en las cosas del cielo y expiró.

Como una tierna gema, la cabeza permaneció largo tiempo sobre los pulidos hielos que la rodeaban. Las aves de presa y las bestias feroces la respetaron.

Y el invierno pasó. Después, bajo el sol de Pascua, se produjo el deshielo, y el cuerpo engalanado, incrustado de joyas, fue arrojado a la orilla para su fatal descomposición.

Algunos rabinos sostienen que el alma de Adán animó también a Moisés y a David. Yo no estoy lejos de creer que la de Salomón se encarnó en la hija de Jefté, y que, no habiendo hallado reposo desde entonces, sobrevive en España, en Turquía o quizás en las provincias danubianas, en el cuerpo de alguna bailarina de kolo, esa ronda obscena que podría llamarse la danza de la grupa.


III. De un monstruo lionés o el antojo

Había una vez en Lyon un fabricante de telas apellidado Goréne, al que sus padres, muy piadosos, le habían puesto el nombre de Gaétan por haber nacido el mismo día de la fuga del Papa a Gaeta.

Gaétan Goréne había llegado a ser un buen católico. Heredó la enorme fortuna paterna, quedó al frente de los negocios y tomó por mujer a una joven de su condición.

Sus bienes aumentaron. Aunque el suyo era un matrimonio feliz, no gozaba de una felicidad completa, pues transcurridos ya tres años no tenía hijos.

En la esperanza de ser padre hizo observar a su mujer las prescripciones de los más grandes médicos. En vano la llevó a las fuentes reputadas como maravillosas contra la esterilidad.

Por fin, convencido de que los recursos humanos eran impotentes, de común acuerdo con su mujer recurrió a la religión. Escuchó los consejos del confesor de su esposa. Pero las virtudes de las peregrinaciones más famosas no se manifestaron y las más fervientes plegarias fueron rezadas inútilmente.

El fabricante lionés ganó un incalculable número de días de indulgencia, pero su mujer permaneció tan estéril como antes. Blasfemó contra el cielo, puso en duda las verdades de la religión y, finalmente, perdió la fe en sus antepasados. Este hombre presuntuoso no podía soportar que la Divinidad no obrara un milagro en su favor. No se confesó más, no comulgó más, dejó de ir a los oficios religiosos e interrumpió sus donaciones a las obras piadosas que hasta entonces habían contado con su ayuda.

Releyó la historia de Napoleón y llegó a pensar en repudiar a su mujer estéril, que se mantenía piadosa a pesar de su marido. Por ese entonces encontró un médico sin renombre pero de alto nivel científico, quien, informado del infortunio del rico industrial, emprendió el tratamiento y, de una manera u otra, tornó propicia para la siembra la tierra infecunda.

Gaétan Goréne creyó morir de alegría cuando su mujer le anunció un día que ante diversos e inequívocos síntomas debía reconocer que se hallaba encinta, y que si ese embarazo tenía venturoso fin esperaba no permanecer primípara. El fabricante reafirmó con esto su impiedad y trató de apartar a su esposa de las prácticas devotas.

La dama, como buena cristiana, no dejó de contar todos estos hechos a su confesor. Este era un robusto sacerdote en la flor de la edad, empecinado en la fe, y pensaba que todo está permitido si se trata de que el reino de Dios llegue. Se había enterado con dolor del escándalo causado por la irreligiosidad del fabricante, pero, ante el resultado obtenido con sus sinceros consejos no pudo dejar de sentirse despechado. Comprendiendo que a causa del embarazo de la dama Satanás había sido el más fuerte, el sacerdote trató de volver al redil a la oveja extraviada.

Y, ciertamente, el cielo hizo caer una resplandeciente venganza sobre la impiedad de Gaétan Goréne. Una noche de plegarias inspiró al sacerdote un artificio que tuvo el más completo éxito.

Un día de verano, sabiendo que el marido estaba en Lyon por asuntos de negocios mientras la mujer quedaba en el campo, el sacerdote se cambió la sotana por las peores ropas que pudo hallar, simulando ser un vagabundo, buhonero, buscón, mendigo, pícaro, holgazán o desocupado como esos que se ven en todos los caminos.            

Así ataviado se encaminó a la villa donde la dama encinta se aburría en soledad, mirando por la ventana. Era un violento día estival, cerca del mediodía, hora en que Pan, oculto en los sembrados, simboliza el celo estremecedor. El falso vagabundo se acerca hasta el muro, debajo de la ventana de la dama que se aburría. Cumplió allí una función natural que no es necesario describir, exhibiendo un pisón de mortero, un báculo pastoral, una flauta de Robín y, mejor aún, un ruiseñor a quien muchas damas hubieran querido oír cantar el Kyrie eleison. Nuestra dama, a pesar de su devoción, no permaneció indiferente y tuvo el antojo de ser el mortero del pisón, la jaula del ruiseñor. Pero, como era honesta, no podía satisfacer su deseo. Sin embargo, es natural que al sentir la comezón, se rascara.

Aunque los fenómenos relacionados con los antojos de las mujeres embarazadas sean menospreciados por muchos hombres de ciencia, creo que la dama estaba, por ese entonces, encinta de una niña, pues algunos meses después dio a luz y cuando el marido, anhelante de emoción, quiso saber si su hijo era varón o mujer, la comadrona levantó los brazos al cielo diciendo: "¡Es un monstruo!" Y el médico que la atendía dijo: "¡Es un hermafrodita!"

A consecuencia de ese «monstruoso suceso, el rico fabricante estuvo a punto de enloquecer de dolor. Pero reconociendo que todo ocurre por voluntad de Dios, se resignó, retornó a la devoción, donó grandes sumas de dinero para obras piadosas y sirvió de ejemplo a todo el mundo por su piedad.

El sacerdote, al enterarse de lo ocurrido, rió a carcajadas, enormemente divertido, saltó, tosió y finalmente fue a confesarse. Pero el confesor le negó la absolución y debió ir a implorarla al arzobispo.

El andrógino murió a poco de nacer. Gaétan, de nuevo piadoso, vivió feliz con su mujer y tuvieron muchos niños.


En El Heresiarca y Cía.
Traducción: Juan Esteban Fassio
Imagen: Retrato de Guillaume Apollinaire por Pablo Picasso

27/10/2012

Truman Capote - Un visón propio

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Truman Capote por Marion Ettlinger


Mrs. Munson terminó de retorcer una rosa de lino en su pelo de color caoba y retrocedió unos pasos desde el espejo para apreciar el efecto. Después se recorrió las caderas con las manos…, el único problema era que el vestido le quedaba un poco demasiado prieto. «Unos arreglos no volverán a salvarlo», pensó, furiosa. Tras una última mirada de desdén a su reflejo, se volvió y entró en el cuarto de estar.

Por las ventanas abiertas entraban gritos muy fuertes, sobrenaturales. Vivía en el tercer piso y al otro lado de la calle estaba el patio de recreo de una escuela. A última hora de la tarde el ruido era casi insoportable. ¡Dios, si lo hubiera sabido antes de firmar el contrato de alquiler! Cerró las dos ventanas con un pequeño gruñido y, si fuera por ella, podían quedarse cerradas durante los dos años siguientes.

Pero estaba tan emocionada que no podía disgustarse de verdad. Vini Rondo venía a verla, figúrate, Vini Rondo…, ¡y esa misma tarde! Al pensarlo sentía un aleteo en el estómago. Habían pasado casi cinco años y Vini había estado todo ese tiempo en Europa. Cada vez que Mrs. Munson se encontraba en un grupo que hablaba de la guerra, su anuncio era invariable: «Bueno, como saben, en este mismo minuto tengo en París a una amiga muy querida, Vini Rondo, ¡estaba allí mismo cuando entraron los alemanes! ¡Tengo auténticas pesadillas cuando pienso en lo que debe de estar pasando!» Lo decía como si fuera su propio destino el que se pesaba en la balanza.

Si había alguien en el grupo que no conociese la historia, se apresuraba a explicar lo referente a su amiga.

- Verá -empezaba-, Vini era la chica con más talento del mundo, interesada en el arte y todas esas cosas. Bueno, como tenía un montón de dinero se fue a Europa a pasar un año, como mínimo. Al final, cuando su padre murió hizo las maletas y se fue para siempre. Caray, tuvo una aventura y se casó con algún conde o barón o algún título. Quizás haya oído hablar de ella… Vini Rondo… Cholly Knickerbocker la mencionaba continuamente.

Y seguía perorando, como si fuera una lección de historia.

«Vini, de vuelta en América», pensó, con un regocijo incesante por la fantástica noticia. Amontonó sobre el sofá las almohadillas verdes y se sentó. Examinó la habitación con ojos penetrantes. Es curioso que no veamos realmente nuestro entorno hasta que esperamos una visita. Bueno, Mrs. Munson suspiró satisfecha, aquella chica nueva, cosa rara, había restituido pautas de antes de la guerra.

De pronto sonó el timbre. Sonó dos veces antes de que ella pudiera moverse, de tan emocionada que estaba. Por fin se serenó y fue a abrir.

Al principio no la reconoció. La mujer que tenía delante no llevaba aquel peinado tan chic, recogido en un moño…, por el contrario, lo llevaba más bien lacio y parecía desgreñado. ¿Y un vestido estampado en enero? Mrs. Munson procuró que su tono no delatase decepción cuando dijo:

- Vini, querida, te habría reconocido en cualquier parte.

La mujer seguía plantada en el umbral. Debajo del brazo llevaba una caja grande de color rosa y sus ojos grises miraban con curiosidad a Mrs. Munson.

- ¿Sí, Bertha? -Su voz era un extraño susurro-. Qué amable, muy amable. Yo también te habría reconocido, aunque has engordado bastante, ¿no?

Aceptó entonces la mano extendida de Mrs. Munson y entró. La anfitriona estaba azorada y no supo qué decir. Entraron del brazo en el cuarto de estar y se sentaron.

- ¿Te apetece un jerez?

Vini sacudió su cabecita morena.

- No, gracias.

- ¿Un scotch, quizás? -preguntó Mrs. Munson, desalentada. El reloj con forma de estatuilla encima de la falsa repisa de chimenea sonaba débilmente. Hasta entonces no había notado lo fuerte que podía sonar.

- No -dijo Vini, con firmeza-, nada, gracias.

Mrs. Munson, resignada, volvió a recostarse en el sofá.

- Ahora, querida, cuéntamelo todo. ¿Cuándo has vuelto a los Estados?

Le gustaba cómo sonaba aquello: «los Estados».

Vini colocó la caja grande y rosa entre sus piernas y enlazó las manos.

- Llevo aquí casi un año -hizo una pausa y luego se apresuró, al ver la expresión sobresaltada de su anfitriona-, pero no he estado en Nueva York. Desde luego, me habría puesto en contacto contigo antes, pero estaba en California.

- Oh, California, ¡me encanta California! -exclamó Mrs. Munson, aunque en realidad Chicago era lo más al este que había estado.

Vini sonrió y Mrs. Munson advirtió lo irregulares que tenía los dientes y decidió que no les vendría nada mal un buen cepillado.

- Así que cuando volví a Nueva York la semana pasada pensé en ti al instante. Me ha costado horrores encontrarte porque no me acordaba del nombre de tu marido…

- Albert -dijo, sin que hiciera falta, Mrs. Munson.

- … pero por fin me acordé y aquí estoy. Verás, Bertha, la verdad es que empecé a pensar en ti cuando decidí deshacerme de mi abrigo de visón.

Mrs. Munson vio un rubor súbito en la cara de Vini.

- ¿Tu abrigo de visón?

- Sí -dijo Vini, levantando la caja rosa-. Te acordarás de él. Siempre te gustó mucho. Siempre decías que era el abrigo más bonito que habías visto en tu vida.

Empezó a desatar la raída cinta de seda alrededor de la caja.

- Pues claro, sí, claro -dijo Mrs. Munson, dejando que el «claro» se fuera apagando poco a poco.

- Me dije: «Vini Rondo, ¿para qué demonios necesitas este abrigo? ¿Por qué no se lo queda Bertha?» Ya ves, Bertha, me compré en París un abrigo maravilloso de marta cibelina y comprenderás que no necesito para nada dos abrigos de piel. Además, tengo mi chaqueta de zorro plateado.

Mrs. Munson observó cómo Vini separaba el papel de seda dentro de la caja, vio el esmalte mellado de sus uñas, vio que no llevaba joyas en los dedos y comprendió de golpe muchas otras cosas.

- Así que pensé en ti y si no lo quieres tú lo guardaré sólo porque no soporto la idea de que lo tenga otra persona.

Giró en el aire el abrigo, a derecha e izquierda. Era precioso; la piel brillaba, suntuosa y muy tersa. Mrs. Munson extendió la mano y pasó los dedos por ella, erizando a contrapelo la pelusa diminuta. Dijo, sin pensar:

- ¿Cuánto?

Retiró la mano rápidamente, como si hubiera tocado una llama, y escuchó la voz de Vini, suave y fatigada:

- Me costó casi mil. ¿Mil es demasiado?

Mrs. Munson oía el griterío ensordecedor del patio de la escuela y por una vez lo agradeció. Le ofrecía algo distinto en lo que concentrarse, algo que aliviaba la intensidad de sus sentimientos.

- Me temo que es demasiado. No puedo permitírmelo -dijo, distraída, mirando aún el abrigo, con miedo a levantar los ojos y ver la cara de la otra mujer.

Vini arrojó el abrigo sobre el sofá.

- Bueno, quiero que te lo quedes. No es tanto por el dinero, pero creo que debería recuperar algo de mi inversión… ¿Cuánto podrías pagar?

Mrs. Munson cerró los ojos. ¡Oh, Dios, aquello era horrible! ¡Era un auténtico horror!

- Cuatrocientos, quizás -respondió con voz débil.

Vini volvió a levantar el abrigo y dijo, con un tono animado:

- A ver cómo te sienta.

Entraron en el dormitorio y Mrs. Munson se probó el abrigo delante del espejo de cuerpo entero del armario. Con unos pocos retoques y acortando las mangas, quizás recobrase su brillo original. Sí, la verdad es que no le sentaba mal.

- Oh, creo que es precioso, Vini. Has sido un encanto al pensar en mí.

Vini se apoyó en la pared y en su cara pálida había dureza a la intensa luz del sol de las ventanas del espacioso dormitorio.

- Puedes extender el cheque a mi nombre -dijo, con desinterés.

- Sí, por supuesto -dijo Mrs. Munson, volviendo a la tierra de repente. ¡Imagina a Bertha Munson con un visón propio!

Volvieron al cuarto de estar y rellenó el cheque para Vini. Ésta lo dobló con cuidado y lo depositó en su bolsito de cuentas.

Mrs. Munson se esforzó en darle conversación, pero cada nuevo intento se estrellaba contra una pared fría. 

Una de las veces dijo:

- ¿Dónde está tu marido, Vini? Tienes que traerle para que charle con Albert.

- ¡Ah, él! -había respondido Vini-. No le veo desde hace siglos. Que yo sepa, sigue en Lisboa.

Y ahí quedó todo.

Por fin, Vini se marchó, después de haber prometido que telefonearía al día siguiente. Cuando se hubo ido, Mrs. Munson pensó: «¡Vaya, pobre Vini, no es más que una refugiada!» Luego cogió su abrigo nuevo y entró en el dormitorio. No podía decirle a Albert cómo lo había conseguido; estaba descartado. ¡Puf, se pondría furioso al saber el precio! Decidió esconderlo en lo más recóndito de su ropero y un buen día lo sacaría y diría: «Albert, mira qué maravilla de visón me he comprado en una subasta. Por un precio irrisorio.»

Tanteando en la oscuridad del ropero, colgó el abrigo en una percha. Dio un pequeño tirón y escuchó horrorizada la rasgadura. A toda prisa encendió la luz y vio que la manga estaba desgarrada. Sujetó el roto y tiró con suavidad. Se desgarró un poco más y luego otro poco. Con una desolación rabiosa supo que el abrigo entero estaba podrido. «¡Oh, Dios mío!», dijo, agarrando la rosa de lino que llevaba en el pelo. «¡Oh, Dios mío, me han timado, timado como a una incauta y no puedo hacer absolutamente nada!» Porque de pronto Mrs. Munson comprendió que Vini no llamaría por teléfono al día siguiente ni nunca más.


En Cuentos completos
Traducción: Jaime Zulaika
Imagen: Marion Ettlinger

26/10/2012

Jacques Monod: El reino y las tinieblas

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Cuando El azar y la necesidad se publicó en Francia, en 1970, hacía exactamente cinco años que su autor, Jacques Monod, había recibido el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Pero su éxito mundial se debió al escándalo que suscitó no sólo entre científicos, sino también entre filósofos, pensadores y -fenómeno aún más insospechado- políticos. Quizá la clave resida en las propias palabras de Monod: «Resulta hoy día imprudente, por parte de un hombre, el empleo de la palabra filosofía. (…) Tengo una sola excusa que considero, sin embargo, legítima: el deber que la actualidad impone a los hombres de ciencia de pensar su disciplina en el conjunto de la cultura moderna para enriquecerla así, no sólo con importantes conocimientos técnicos, sino también con ideas arraigadas en su ciencia particular que puedan considerarse humanamente significativas. La misma ingenuidad de una mirada virgen (y la de la ciencia lo es siempre) pueden alumbrar con una luz nueva viejos problemas…(…) Asumo por entero la plena responsabilidad de los desarrollos de orden ético, y hasta tal vez político, que no he querido evitar por peligrosos que fuesen, o ingenuos, o demasiado ambiciosos que pudiesen parecer: la modestia conviene al sabio, pero no a las ideas que lo habitan y que debe defender».

Este ensayo se elaboró a partir de una serie de conferencias pronunciadas por Monod, en febrero de 1969, en el Pomona College, California, y que fueron también motivo de un curso en el Collège de France entre 1969 y 1970. (Nota del Editor)


Presiones de selección en la evolución del hombre

  Como ya dijimos, el día en que el Australántropo, o alguno de sus congéneres, llegó a comunicar, no sólo una experiencia concreta y actual, sino el contenido de una experiencia subjetiva, de una «simulación» personal, nació un nuevo reino: el de las ideas. Una nueva evolución, la de la cultura, se hacía posible. La evolución física del Hombre debía proseguirse aún durante mucho tiempo, estrechamente asociada en adelante a la del lenguaje, sufriendo profundamente su influencia que transtornaba las condiciones de la selección.

El hombre moderno es el producto de esta simbiosis evolutiva. Él es incomprensible, indescifrable, en cualquier otra hipótesis. Todo ser vivo es también un fósil. Lleva en sí, y hasta en la estructura microscópica de sus proteínas, las huellas, si no los estigmas, de su ascendencia. Esto es más cierto en el Hombre que en cualquier otra especie animal, en razón de la dualidad, física e «ideal», de la evolución de la que él es el heredero.

Se puede pensar que, durante centenas de milenios, la evolución ideal ha precedido muy de cerca a la evolución física que la constreñía por el débil desarrollo de un córtex capaz solamente de anticipar acontecimientos directamente ligados a la inmediata supervivencia. De ahí, la intensa presión de selección que debía empujar al desarrollo del poder de simulación y del lenguaje que explicita las operaciones. Por ello también, la rapidez, sorprendente, de esta evolución que testimonian los cráneos fósiles.

Pero a medida que proseguía esta evolución conjunta, su componente ideal no podía más que independizarse respecto a los apremios que iniciaban poco a poco el desarrollo del sistema nervioso central. Debido a esta evolución, el Hombre extendía su dominio sobre el universo subhumano y sufría menos los peligros que le acechaban. La presión de selección que había guiado la primera fase de la evolución podía entonces aflojarse y, en todo caso, tomar otro carácter. Dominando en adelante sus cercanías, el Hombre no tenía ya frente a sí más adversario serio que él mismo. La lucha intraespecífica directa, la lucha a muerte, se convertía desde entonces en uno de los principales factores de selección en la especie humana. Fenómeno extremadamente raro en la evolución de los animales. En el presente, la guerra intraespecífica, entre razas o grupos distintos, es desconocida en las especies animales. En los grandes mamíferos, incluso en el combate singular, frecuente entre machos, es extremadamente rara la muerte del vencido. Todos los especialistas están de acuerdo en pensar que la lucha directa, la struggle for life de Spencer, no ha jugado más que un pequeño papel en la evolución de las especies. No sucede igual en el Hombre. A partir al menos de un cierto grado de desarrollo y de expansión de la especie, la guerra tribal o racial ha jugado evidentemente un papel importante como factor de evolución. Es muy posible que la brutal desaparición del hombre de Neanderthal fuera el resultado de un genocidio cometido por nuestro antepasado Homo sapiens. Este no debía ser el último: se conocen bastantes genocidios históricos.

¿En qué sentido esta presión de selección debía empujar la evolución humana? Desde luego pudo favorecer la expansión de las razas mejor dotadas de inteligencia, de imaginación, de voluntad, de ambición. Pero también debió favorecer la cohesión de la banda, la agresividad del grupo más aún que el valor solitario, y el respeto de las leyes de la tribu más que la iniciativa individual.

Acepto todas las críticas que se quieran hacer a este esquema simplista. No pretendo dividir la evolución humana en dos fases distintas. No he intentado más que enumerar las principales presiones de selección que, ciertamente, han jugado un papel muy importante en la evolución no sólo cultural, sino física del hombre. El punto importante es que, durante centenares de miles de años, la evolución cultural no podía dejar de influenciar la evolución física: en el hombre, más aún que en cualquier otro animal, e incluso en razón de su autonomía infinitamente superior, es el comportamiento el que orienta la presión de selección. Y a partir del momento en que el comportamiento cesa de ser principalmente automático para hacerse cultural, los mismos rasgos culturales ejercen su presión sobre la evolución del genoma.

Esto, sin embargo, hasta el momento en que la rapidez creciente de la evolución cultural hace que ésta se disocie completamente de la del genoma.


Peligros de degradación genética en las sociedades modernas

Es evidente que, en el seno de las sociedades modernas, la disociación es total. La selección ha sido suprimida. Al menos ya no tiene nada de «natural» en el sentido darwiniano del término. En nuestras sociedades, y en la medida en que rige todavía una selección, ella no favorece la «supervivencia del más apto», es decir, en términos más modernos, la supervivencia genética del «más apto», por una expansión más grande de su descendencia. La inteligencia, la ambición, el coraje, la imaginación, son siempre factores de éxito en las sociedades modernas. Pero de éxito personal, y no genético, que es el único que cuenta para la evolución. Como todos sabemos, las estadísticas revelan una correlación negativa entre el cociente de inteligencia (o el nivel de cultura) de los matrimonios y el número medio de hijos. Estas mismas estadísticas demuestran por el contrario que existe, para el cociente de inteligencia, una fuerte correlación positiva entre esposos. Situación peligrosa, que corre el riesgo de atraer poco a poco hacia una élite, que tendería en valor relativo a restringirse, el más elevado potencial genético.

Todavía hay más: en una época reciente, incluso en las sociedades relativamente «avanzadas», la eliminación de los menos aptos, física y también intelectualmente, era automática y cruel. La mayoría no alcanzaba la pubertad. Hoy, muchos de estos enfermizos genéticos sobreviven lo bastante como para reproducirse. Gracias a los progresos del conocimiento y de la ética social, el mecanismo que defendía a la especie contra la degradación, inevitable al abolirse la selección natural, ya no funciona más que para las tareas muy graves.

A estos peligros, a menudo señalados, se han opuesto a veces los remedios alcanzados por los recientes progresos de la genética molecular. Es preciso disipar esta ilusión, extendida por algunos pseudocientíficos. Sin duda se podrían paliar ciertas taras genéticas, pero solamente en el individuo que las padece, no en su descendencia. No sólo la genética molecular moderna no nos propone ningún medio de actuar en el patrimonio hereditario para enriquecerle con nuevos rasgos, para crear un «superhombre» genético, sino que revela la vanidad de una esperanza así: la escala microscópica del genoma prohíbe por el momento, y sin duda para siempre, tales manipulaciones. Aparte de las quimeras de ciencia ficción, el único medio de «mejorar» la especie humana sería operar una selección deliberada y severa. Pero, ¿quién querrá, quién osará emplearla?

El peligro, para la especie, de las condiciones de no selección, o de selección al revés, que reinan en las sociedades avanzadas, es cierto. No llegará sin embargo a ser realmente serio más que a largo plazo: digamos diez o quince generaciones, varios siglos. Pero, las sociedades modernas están expuestas por otro lado a amenazas más apremiantes y graves.

No me refiero aquí a la explosión demográfica, a la destrucción de la naturaleza, ni incluso a los megatones; sino a un mal mucho más profundo y grave, a un mal del alma. Este es el giro más grande de la evolución ideal que la ha creado y sin cesar la agrava. El prodigioso desarrollo del conocimiento desde hace tres siglos, constriñe hoy al hombre a una revisión desgarradora de la concepción, arraigada desde hace decenas de miles de años, que él tenía de sí mismo y de su relación con el universo. Todo esto sin embargo, el mal del alma y la potencia de los megatones, nos viene de una idea simple: la naturaleza es objetiva, la verdad del conocimiento no puede tener otra fuente que la confrontación sistemática de la lógica y de la experiencia. No se acaba de comprender cómo no ha podido, en el reino de las ideas, aquélla, tan simple y tan clara, aparecer con toda claridad más que cien mil años después de la emergencia del Homo sapiens; cómo las más elevadas civilizaciones, la china por ejemplo, la ignoran, para tomarla luego de Occidente; cómo, en el mismo Occidente, han sido precisos cerca de 2500 años, de Tales y Pitágoras a Galileo, Descartes, Bacon, para que, por fin, ella se desprenda de la ganga que la encerraba en la pura práctica de las artes mecánicas.


La selección de las ideas

Es tentador, para un biólogo, comparar la evolución de las ideas a la de la biósfera. Porque el Reino abstracto trasciende la biósfera más aún que ésta al universo no vivo, las ideas han conservado algunas de las propiedades de los organismos. Como éstos tienden a perpetuar su estructura y a multiplicarla, pueden fusionar, recombinar, segregar su contenido y, en fin, evolucionar, y, en esta evolución, la selección, sin ninguna duda, juega un gran papel. No me aventuraría a proponer una teoría de la selección de las ideas. Pero se puede al menos intentar definir algunos de los principales factores que desempeñan un papel. Esta selección debe necesariamente operar a dos niveles: el del espíritu y el de la performance.

El valor de performance de una idea, depende de la modificación de comportamiento que aporta al individuo o al grupo que la adopta. Aquélla que confiera al grupo humano que la hace suya, más cohesión, ambición, confianza en sí, le dará de hecho un aumento de poder de expansión que asegurará la promoción de la misma idea. Este valor de promoción no tiene necesariamente relación con la parte de verdad objetiva que la idea pueda comportar. La poderosa armadura que para una sociedad constituye una ideología religiosa no es debida a su estructura misma, sino al hecho de que esta estructura es aceptada, que se impone. Por ello resulta muy difícil separar el poder de invasión de una idea como ésta y su poder de performance.

El poder de invasión, en sí, es mucho más difícil de analizar. Digamos que depende de las estructuras preexistentes del espíritu, entre las que se hallan las ideas ya encaminadas por la cultura pero también, sin ninguna duda, ciertas estructuras innatas que nos son, por otra parte, muy difíciles de identificar. Pero se ve claramente que las ideas dotadas del más alto poder de invasión son las que explican el hombre asignándole su lugar en un destino inmanente, en cuyo seno se disuelve su angustia.


La exigencia de explicación

Durante centenares de miles de años el destino de un hombre se confundía con el de su grupo, de su tribu, fuera de la cual no podía sobrevivir. La tribu, en sí, no podía sobrevivir ni defenderse más que por su cohesión. De ahí, el extremo poder subjetivo de las leyes que organizaban y garantizaban esta cohesión. Algún hombre podía a veces infringirlas; ninguno sin duda habría soñado con negarlas. Viendo así la inmensa importancia selectiva que necesariamente asumieron tales estructuras sociales, y durante tan largo periodo de tiempo, es difícil no pensar que ellas debieron influenciar la evolución genética de las categorías innatas del cerebro humano. Esta evolución debía no sólo facilitar la aceptación de la ley tribal, sino crear la necesidad de la explicación mítica que la cimenta, confiriéndole la soberanía. Nosotros somos los descendientes de esos hombres. Es de ellos sin duda de quienes hemos heredado la exigencia de una explicación, la angustia que nos constriñe a buscar el sentido de la existencia. Angustia creadora de todos los mitos, de todas las religiones, de todas las filosofías y de la ciencia misma.

Que esta imperiosa necesidad sea innata, inscrita de algún modo en el lenguaje del código genético, que se desarrolle espontáneamente, no lo dudo por mi parte. Fuera de la especie humana, no se encuentran en el reino animal organizaciones sociales tan altamente diferenciadas, a no ser en algunos insectos: hormigas, termitas o abejas. En los insectos sociales la estabilidad de las instituciones no debe prácticamente nada a una herencia cultural, sino todo a la transmisión genética. El comportamiento social es enteramente innato, automático.

En el hombre, las instituciones sociales, puramente culturales, no podrán jamás alcanzar una estabilidad así; además ¿quién la desearía? La invención de los mitos y de las religiones, la construcción de vastos sistemas filosóficos, son el precio que el hombre debe pagar para sobrevivir como animal social sin caer en un puro automatismo. Pero la herencia puramente cultural no sería bastante segura, bastante poderosa por sí sola, para mantener las estructuras sociales. Faltaba a esta herencia un soporte genético que se convirtiera en el alimento exigido por el espíritu. Si ello no es así, ¿cómo explicar la universalidad, en nuestra especie, del fenómeno religioso en la base de la estructura social? ¿Cómo explicar además que en la inmensa diversidad de mitos, religiones o ideologías filosóficas, se encuentre la misma «forma» esencial?


Las ontogenias míticas y metafísicas

Es fácil ver que las «explicaciones», destinadas a fundar la ley aplacando la angustia, son en su totalidad «historias» o, más exactamente, ontogenias. Los mitos primitivos se refieren casi todos a héroes más o menos divinos cuya gesta explica los orígenes del grupo y funda su estructura social sobre tradiciones intocables: no se rehace la historia. Las grandes religiones tienen la misma configuración; basándose en la historia de la vida de un profeta inspirado que, si no es él mismo el fundador de todas las cosas, le representa, habla por él y cuenta la historia de los hombres así como su destino. De todas las grandes religiones, la judeocristiana es sin duda la más «primitiva» por su estructura historicista, directamente ligada a la gesta de una tribu beduina, antes de ser enriquecida por un profeta divino. El budismo, al contrario, más altamente diferenciado, está ligado únicamente, en su forma original, al karma, la ley transcendente que rige el destino individual. Es una historia de almas, más que de hombres.

De Platón a Hegel y Marx, los grandes sistemas filosóficos proponen en su totalidad ontogenias a la vez explicativas y normativas. En Platón, es cierto, la ontogenia está al revés. En la historia él no ve más que corrupción gradual de las formas ideales y, en la República, es una máquina del tiempo lo que él, en suma, quiere poner en marcha.

Para Marx, como para Hegel, la historia se desarrolla según un plan inmanente, necesario y favorable. El inmenso poder sobre los espíritus de la ideología marxista, no es debido solamente a su promesa de una liberación del hombre, sino también, y sin duda ante todo, a su estructura ontogénica, a la explicación que da, entera y detallada, de la historia pasada, presente y futura. Sin embargo, limitado a la historia humana e incluso adornado de las certidumbres de la «ciencia», el materialismo histórico quedaba incompleto. Era preciso añadirle el materialismo dialéctico, que aporta la interpretación total que exige el espíritu: la historia humana y la del cosmos están asociadas como obedeciendo a las mismas leyes eternas.


La ruptura de la «antigua alianza» animista y el mal del alma moderna

Si es cierto que la necesidad de una explicación entera es innata, que su ausencia es causa de profunda angustia; si la única forma de explicación, que sabe aplacar la angustia, es la de una historia total que revele la significación del Hombre asignándole en los planes de la naturaleza un lugar necesario; si para parecer verdadera, significante, apaciguante, la «explicación» debe fundarse en la larga tradición animista, se comprende entonces por qué han sido precisos tantos milenios para que aparezcan en el reino de las ideas las del conocimiento objetivo como única fuente de verdad auténtica.

Esta idea austera y fría, que no propone ninguna explicación, pero que impone un ascético renunciamiento a cualquier otro sustento espiritual, no podía calmar la angustia innata; al contrario, la exasperaba. Ella pretendía, de un trazo, borrar una tradición cien veces milenaria, asimilada a la misma naturaleza humana; denunciaba la antigua alianza animista del Hombre con la naturaleza, no dejando, en el lugar de este precioso nexo, más que una búsqueda ansiosa en un universo helado de soledad. ¿Cómo una idea así, que parecía estar revestida de una puritana arrogancia, podía ser aceptada? No lo ha sido; no lo es aún. Y si a pesar de todo se ha impuesto, es en razón, únicamente, de su prodigioso poder de performance.

En tres siglos, la ciencia, fundada por el postulado de objetividad, ha conquistado su lugar en la sociedad: en la práctica, mas no en las almas. Las sociedades modernas están construidas sobre la ciencia. Le deben su riqueza, su poderío y la certeza de que riquezas y poderes, aún mucho mayores, serán mañana, si él lo quiere, accesibles al Hombre. Pero también, igual que una «elección» inicial en la evolución biológica de una especie puede comprometer el porvenir de toda su descendencia, igual la elección, inconsciente en el origen, de una práctica científica ha lanzado la evolución de la cultura por un camino de sentido único; trayecto que el progresismo cientista del siglo XIX veía desembocar infaliblemente en una expansión prodigiosa de la humanidad, mientras que hoy vemos abrirse delante nuestro un abismo de tinieblas.

Las sociedades modernas han aceptado las riquezas y los poderes que la ciencia les descubría. Pero no han aceptado, apenas han entendido, el profundo mensaje de la ciencia: la definición de una nueva y única fuente de verdad, la exigencia de una revisión total de los fundamentos de la ética, de una radical ruptura con la tradición animista, el abandono definitivo de la «antigua alianza», la necesidad de forjar una nueva. Armadas de todos los poderes, disfrutando de todas las riquezas que deben a la Ciencia, nuestras sociedades intentan aún vivir y enseñar sistemas de valores ya arruinados, en su raíz, por esta misma ciencia.

Ninguna sociedad, antes de la nuestra, ha conocido semejante desgarramiento. En las culturas primitivas como en las clásicas, las fuentes del conocimiento y las de los valores eran confundidas por la tradición animista. Por primera vez en la historia, una civilización intenta edificarse permaneciendo desesperadamente ligada, para justificar sus valores, a la tradición animista, totalmente abandonada como fuente de conocimiento, de verdad. Las sociedades «liberales» de Occidente enseñan aún, con desdén, como base de su moral, una repugnante mezcla de religiosidad judeocristiana, de progresismo cientista, de creencia en .los derechos «naturales» del hombre y de pragmatismo utilitarista. Las sociedades marxistas profesaron siempre la religión materialista y dialéctica de la historia; cuadro moral más sólido en apariencia que el de las sociedades liberales, pero más vulnerable quizás en razón de la misma rigidez que hasta ahora constituía su fuerza. Sea el que sea, todos estos sistemas enraizados en el animismo están fuera del conocimiento objetivo, fuera de la verdad, extraños y en definitiva hostiles a la ciencia, que quieren utilizar, mas no respetar y servir. El divorcio es tan grande, la mentira tan flagrante, que asedia y desgarra la conciencia de todo hombre provisto de alguna cultura, dotado de alguna inteligencia y habitado por esta ansiedad moral que es la fuente de toda creación. Es decir de todos aquellos, entre los hombres, que llevan o llevarán las responsabilidades de la sociedad y de la cultura en su evolución.

El mal del alma moderna es esta mentira, en la raíz del ser moral y social. Es este mal, más o menos confusamente diagnosticado, que provoca el sentimiento de temor, si no de odio, en cualquier caso de alienación, que hoy experimentan tantos hombres respecto a la cultura científica. Lo más a menudo es hacia los subproductos tecnológicos de la ciencia a los que se expresa abiertamente la aversión: la bomba, la destrucción de la Naturaleza, la amenazadora demografía. Es fácil, desde luego, replicar que la tecnología no es la ciencia y que, además el empleo de la energía atómica será, pronto, indispensable para la sobrevivencia de la humanidad; que la destrucción de la naturaleza denuncia una tecnología insuficiente y no precisamente demasiada tecnología; que la explosión demográfica es debida a que millones de niños son salvados de la muerte cada año: ¿es preciso de nuevo dejarlos morir?

Discurso superficial, que confunde los signos con las causas profundas del mal. Es claramente al mensaje esencial de la ciencia al que se dirige la repulsa. El miedo está en el sacrilegio: en el atentado a los valores. Miedo enteramente justificado. Es muy cierto que la ciencia atenta contra los valores. No directamente, ya que no es juez y debe ignorarlos; pero ella arruina todas las ontongenias míticas o filosóficas sobre las que la tradición animista, de los aborígenes australianos a los dialécticos materialistas, hace reposar los valores, la moral, los deberes, los derechos, las prohibiciones.

Si acepta este mensaje en su entera significación, le es muy necesario al Hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un Zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes.

Pero entonces ¿quién define el crimen? ¿Quién el bien y el mal? Todos los sistemas tradicionales colocan la ética y los valores fuera del alcance del Hombre. Los valores no le pertenecen: ellos se imponen y es él quien les pertenece. El sabe ahora que ellos son sólo suyos y, al ser en fin el dueño, le parece que se disuelven en el vacío indiferente del universo. Es entonces cuando el hombre moderno se vuelve hacia, o mejor, contra la ciencia de la que calibra ahora el terrible poder de destrucción, no sólo de los cuerpos, sino de la misma alma.


Los valores y el conocimiento

¿Dónde está la solución? ¿Es preciso admitir definitivamente que la verdad objetiva y la teoría de los valores constituyen para siempre terrenos opuestos, impenetrables uno por el otro? Es la actitud que parecen tomar una gran parte de los pensadores modernos, sean escritores, filósofos, o incluso hombres de ciencia. Yo la creo no sólo inaceptable para la inmensa mayoría de los hombres, sino absolutamente errónea, y ello por dos razones esenciales:

—en primer lugar, desde luego, porque los valores y el conocimiento están siempre y necesariamente asociados tanto en la acción como en el discurso;

—a continuación y principalmente, porque la definición misma del conocimiento «verdadero» se basa, en último término, en un postulado de orden ético.

Cada uno de estos dos puntos necesita un pequeño desarrollo. La ética y el conocimiento están inevitablemente ligados en la acción y por ella. La acción pone en juego, o en cuestión, a la vez el conocimiento y los valores. Toda acción significa una ética, escoge o rechaza ciertos valores; constituye unos valores escogidos, o lo pretende. Pero, por otra parte, un conocimiento es necesariamente supuesto en toda acción, mientras que, en compensación, la acción es una de las dos fuentes necesarias del conocimiento.

En un sistema animista, la interpretación de la ética y del conocimiento no plantea ningún conflicto, ya que el animismo evita toda distinción radical entre estas dos categorías: las considera como dos aspectos de una misma realidad. La idea de una ética social fundada sobre los «derechos» supuestos «naturales» del hombre expresa una actitud tal que se revela también, pero de modo mucho más sistemático y afirmado, en las tentativas de explicitación de la moral implícita del marxismo.

Desde el momento en que se propone el postulado de objetividad, como condición necesaria de toda verdad en el conocimiento, una distinción radical, indispensable en la búsqueda de la verdad, es establecida entre el dominio de la ética y el del conocimiento. El conocimiento en sí mismo es exclusivo de todo juicio de valor (en tanto que «de valor epistemológico») mientras que la ética, por esencia no objetiva, está por siempre excluida del campo de conocimiento.

En definitiva es esta distinción radical, propuesta como un axioma, la que ha creado a la ciencia. Estoy tentado aquí de hacer notar que, si este acontecimiento único en la historia de la cultura se produjo en el Occidente cristiano antes que en el seno de otra civilización, es quizá, por una parte, gracias al hecho de que la Iglesia reconocía una distinción fundamental entre el dominio de lo sagrado y el de lo profano. Esta distinción no permitió a la ciencia solamente buscar sus vías (a condición de no usurpar el dominio de lo sagrado), sino que preparó al espíritu para la distinción mucho más radical que proponía el principio de objetividad. Los occidentales pueden sentir cierta pena al ver que para algunas religiones no existe, no puede existir, ninguna distinción entre lo sagrado y lo profano. Para el hinduismo todo pertenece al dominio sagrado; la misma noción de «profano» es incomprensible.

Esto no era más que un paréntesis. Volvamos al asunto. El postulado de objetividad, al denunciar la «antigua alianza», impide al mismo tiempo toda confusión entre juicios de conocimiento y juicios de valor. Pero sucede que estas dos categorías están inevitablemente asociadas en la acción, comprendido el discurso. Para permanecer fieles al principio, juzgaremos pues que todo discurso (o acción) no debe ser considerado como significante, como auténtico, más que si (o en la medida en que) explicita y conserva la distinción de las dos categorías que él asocia. La noción de autenticidad deviene, así definida, el dominio común donde se reúnen la ética y el conocimiento; donde los valores y la verdad, asociados pero no confundidos, revelan su entera significación al hombre atento que experimenta la resonancia. Por el contrario, el discurso inauténtico, en el que las dos categorías se amalgaman y confunden, no puede conducir más que a los contrasentidos más perniciosos, a las mentiras más criminales, aunque sean inconscientes.

Se ve perfectamente que es en el discurso «político» (siempre interpreto «discurso» en el sentido cartesiano) donde esta peligrosa amalgama se practica de forma más constante y sistemática. Y ello no sólo por los políticos de vocación. Los mismos hombres de ciencia, fuera de su dominio, se revelan a menudo peligrosamente incapaces de distinguir la categoría de valores de la del conocimiento.

Pero esto era otro paréntesis. Volvamos a las fuentes del conocimiento. El animismo, hemos dicho, no quiere ni puede, por otra parte, establecer una discriminación absoluta entre proposiciones de conocimiento y juicios de valor; ya que, si una intención, por cuidadosamente disfrazada que esté, se supone presente en el Universo, ¿qué sentido tendría una distinción así? En un sistema objetivo, al contrario, toda confusión entre conocimiento y valores está prohibida. Mas (y éste es el punto esencial, la articulación lógica que asocia, en la raíz, conocimiento y valores) esta prohibición, este «primer mandamiento» que funda el conocimiento objetivo, no es en sí mismo y no sabría ser objetivo: es una regla moral, una disciplina. El conocimiento verdadero ignora los valores, pero hace falta para fundamentarlo un juicio, o más bien un axioma de valor. Es evidente que el plantear el postulado de objetividad como condición del conocimiento verdadero constituye una elección ética y no un juicio de conocimiento, ya que, según el mismo postulado, no podía haber conocimiento «verdadero» con anterioridad a esta elección arbitraria. El postulado de objetividad, para establecer la norma del conocimiento, define un valor que es el mismo conocimiento objetivo. Aceptar el postulado de objetividad, es pues enunciar la proposición de base de una ética: la ética del conocimiento.


La ética del conocimiento

En la ética del conocimiento, es la elección ética de un valor primitivo la que funda el conocimiento. Por ello difiere radicalmente de las éticas animistas que en su totalidad se consideran fundadas sobre el «conocimiento» de leyes inmanentes, religiosas o «naturales», que se impondrían al hombre. La ética del conocimiento no se impone al hombre; es él al contrario quien se la impone haciendo de ella axiomáticamente la condición de autenticidad de todo discurso o de toda acción. El Discurso del Método propone una epistemología normativa, pero es preciso leerlo también y, ante todo, como meditación moral, como ascesis del espíritu.

El discurso auténtico funda a su vez la ciencia y entrega a las manos de los hombres los inmensos poderes que, hoy, le enriquecen y le amenazan, le liberan, pero podrían también esclavizarle. Las sociedades modernas, tejidas por la ciencia, viven de sus productos, han devenido dependientes como un toxicómano de su droga. Ellas deben su poderío material a esta ética fundadora del conocimiento, y su debilidad moral a los sistemas de valores, arruinados por el mismo conocimiento, a los que intentan aún atenerse. Esta contradicción es mortal. Es ella la que excava el abismo que vemos abrirse a nuestro paso. La ética del conocimiento, creadora del mundo moderno, es la única compatible con él, la única capaz, una vez comprendida y aceptada, de guiar su evolución.

Comprendida y aceptada, ¿podrá serlo? Si es cierto, como creo, que la angustia de la sociedad y la exigencia de una explicación total, apremiante, son innatas; que esta herencia venida del fondo de las edades no es solamente cultural, sino sin duda genética, ¿podemos pensar que esta ética austera, abstracta, orgullosa, pueda calmar la angustia, saciar la exigencia? No lo sé. Mas quizá después de todo no es totalmente imposible. ¿Puede ser que, más que una «explicación» que la ética del conocimiento no sabría dar, el hombre necesite superación y transcendencia? El poderío del gran sueño socialista, siempre vivo en las almas, parece testimoniarlo a la perfección. Ningún sistema de valores puede pretender constituir una verdadera ética, a menos de proponer un ideal que transcienda el individuo al punto de justificar la necesidad por la que él se sacrifica.

Por la misma enjundia de su ambición, la ética del conocimiento podría quizá satisfacer esta exigencia de superación. Ella define un valor transcendente, el verdadero conocimiento, y propone al hombre no sólo servirse de él, sino en adelante servirlo por una elección deliberada y consciente. Sin embargo, ella es también un humanismo, ya que respeta en el hombre al creador y depositario de esta transcendencia.

La ética del conocimiento es, igualmente, en un sentido, «conocimiento de la ética», de los impulsos, de las pasiones, de las exigencias y de los límites del ser biológico. En el hombre, ella sabe ver el animal, no sólo absurdo sino extraño, precioso por su extrañeza misma, el ser que, perteneciendo simultáneamente a dos reinos, la biósfera y el reino de las ideas, está a la vez torturado y enriquecido por este dualismo desgarrador que se expresa tanto en el arte y la poesía como en el amor humano.

La mayoría de los sistemas animistas, por el contrario, han querido ignorar, envilecer o constreñir al hombre biológico, horrorizarle o aterrorizarle con ciertos rasgos inherentes a su condición animal. La ética del conocimiento, por el contrario, estimula al hombre a respetar y a asumir esta herencia, sabiendo, cuando es necesario, dominarla. En cuanto a las más altas cualidades humanas, el ánimo, el altruismo, la generosidad, la ambición creadora, la ética del conocimiento, aun y reconociendo su origen sociobiológico, afirma también su valor transcendente al servicio del ideal que ella define.


La ética del conocimiento y el ideal socialista

La ética del conocimiento, en fin, es, en mi opinión, la única actitud a la vez racional y deliberadamente idealista sobre la que podría ser edificado un verdadero socialismo. Este gran sueño del siglo XIX vive perennemente, en las almas jóvenes, con una dolorosa intensidad. Dolorosa a causa de las traiciones que este ideal ha sufrido y de los crímenes cometidos en su nombre. Es trágico, pero quizás inevitable, que esta profunda aspiración no haya encontrado su doctrina filosófica más que bajo la forma de una ideología animista. Es fácil ver que el profetismo historicista fundamentado sobre el materialismo dialéctico estaba, desde su nacimiento, cargado de todas las amenazas que han sido, en efecto, realizadas. Más aún, quizá, que los demás animismos, el materialismo histórico reposa sobre una confusión total de las categorías de valor y de conocimiento. Es esta confusión la que le permite, con un discurso profundamente inauténtico, proclamar que ha establecido «científicamente» las leyes de la historia a las que el hombre no tiene otro recurso ni otro deber que obedecer, si no quiere caer en la nada.

Una vez por todas, es preciso renunciar a esta ilusión que no es más que pueril cuando no es mortal. ¿Cómo un socialismo auténtico podría construirse jamás sobre una ideología inauténtica por esencia, burla de la ciencia sobre la que pretende sinceramente, en el espíritu de sus adeptos, apoyarse? La sola esperanza en el socialismo no está en una «revisión» de la ideología que lo domina desde hace más de un siglo, sino en el abandono total de ella.

¿Dónde entonces encontrar la fuente de verdad y la inspiración moral de un humanismo socialista realmente científico sino en las fuentes de la misma ciencia, en la ética que funda el conocimiento, haciendo de él, por libre elección, el valor supremo, medida y garantía de todos los demás valores? Ética que funda la responsabilidad moral sobre la libertad de esta elección axiomática. Aceptada como base de las instituciones sociales y políticas, como medida de su autenticidad, de su valor, únicamente la ética del conocimiento podría conducir al socialismo. Ella impone instituciones consagradas a la defensa, a la extensión, al enriquecimiento del Reino transcendente de conocimiento, de la creación. Reino que habita el hombre y en donde, cada vez más liberado de los apremios materiales y de las servidumbres mentirosas del animismo, podría al fin vivir auténticamente, protegido por instituciones que, viendo en él a la vez al sujeto y al creador del Reino, deberían servirle en su esencia más única y más preciosa.

Esto es quizás una utopía. Pero no es un sueño incoherente. Es una idea que se impone por la sola fuerza de su coherencia lógica. Es la conclusión a la que lleva necesariamente la búsqueda de la autenticidad. La antigua alianza ya está rota: el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en ninguna parte. Puede escoger entre el Reino y las tinieblas.



El azar y la necesidad (1970), Cap.9
Trad.: Francisco Ferrer Lerín
Cuadernos ínfimos. Metatemas n° 6
Barcelona, Tusquets, 1981
Foto © Henri Bureau/Apis/Sygma/Corbis (París 1965)