31 de jul. de 2012

Pascal Quignard - Luis XI y los músicos porcinos

No hay comentarios. :


Pascal Quignard © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


El abate de Baigné era músico. El rey Luis XI apreciaba sus cantatas y lo invitaba con frecuencia a su castillo de Plessis. Esto sucedía en tiempos del ministerio de Gaguin. El rey alzaba su copa. Pedía a Robert Gaguin que mezclara en su vino un poco de sangre, extraída de sus súbditos más jóvenes. Un día, en presencia de Gaguin, mientras el abate de Baigné instruía al rey acerca de la dulzura que le parecía propia de la música, el soberano le preguntó si era capaz de producir una armonía con cerdos.

El abate de Baigné reflexionó. Luego dijo:

-Señor, creo que estoy en condiciones de realizar lo que solicitáis. Sin embargo, tres condiciones deberían ser cumplidas.

El rey inquirió con altanería cuáles podían ser las tres condiciones que planteaba.

-La primera -replicó el abate- es que Su Alteza me entregue todo el dinero necesario. Para cumplir la segunda debe otorgarme por lo menos un mes. En fin, en el día señalado me debe permitir que dirija el canto.

El rey palmoteó al abate en la mano y afirmó que si eso era todo apostaría cualquier suma para producir esa armonía porcina.

El abate de Baigné dio a su vez una palmada en la mano abierta que el rey le presentaba.

Enseguida el rey de Francia -para no dejar al abate tiempo de desdecirse- hizo una seña a su tesorero, para que le entregara sin pérdida de tiempo las piezas de oro que quisiera.

Toda la corte exultaba y reía.

Al día siguiente, la corte, habiendo modificado su juicio, cuchicheaba que el abate de Baigné estaba loco por haber aceptado un desafío tan riesgoso, capaz de arruinar su casa y cubrirlo de ridículo.

Cuando le informaron acerca de los comentarios de los cortesanos, el abate de Baigné se encogió de hombros, diciendo que carecían de imaginación, estimando que cometían un error al sacar conclusiones sin considerar todas las cosas que no sabían hacer y que juzgaban imposibles por no saber hacerlas.

El abate de Baigné compró treinta y dos cerdos y los engordó.

Separó ocho marranas para la voz de tenor y ocho jabalíes para las voces bajas (a los que encerró de inmediato con las primeras, a fin de que las cubrieran día y noche); ocho cerdos para el contralto; para la voz de soprano seleccionó ocho cerdos jabatos a los que personalmente cercenó encima de una bacinilla -con un cuchillo de piedra- la base del sexo.

Después el abate de Baigné construyó un instrumento semejante a un órgano, con tres teclados. En la punta de largos alambres de cobre, el abate de Baigné ató aguzadísimas puntas de hierro que, según las teclas presionadas, pinchaban a los cerdos elegidos creando así una auténtica polifonía. Ordenó atar a los gorrinos , las marranas y los jabatos castrados en una jaula construida con gruesos juncos, para que no pudiesen moverse, y de manera que fuera imposible no pincharlos más o menos profundamente al presionar las teclas.

Ensayó cinco o seis veces y, cuando juzgó perfecta la armonía, escribió al rey invitándolo a escuchar un concierto de música porcina en Marmoutier.

La obra sería interpretada al aire libre, en el patio de la abadía fundada por San Martín.

Faltaban cuatro días para que se cumpliera el plazo fijado por el rey.

*

En aquel instante, el rey Luis XI se encontraba en Plessis-lésTours con sus ministros y su corte. Ansiosos por oír el coro compuesto por cerdos, el monarca y los cortesanos fueron a la abadía de Marmoutier, donde el abate de Baigné había preparado su instrumento.

Al ver la gran tienda de campaña con los colores del rey erigida en medio del patio y examinar aquella especie de órgano con pedales y doble teclado encima, todos se asombraban, por no poder percibir cómo había sido concebido el instrumento, cuál podía ser su función, y dónde estaban los cerdos.

La corte se detuvo a algunos metros de distancia, donde el abate de Baigné había dispuesto gradas y, enfrente, un trono dorado para el rey.

Súbitamente, el soberano dio la orden de empezar. Entonces el abate se instaló de pie ante el teclado y empezó a presionar las teclas con los pies y las manos, como cuando se toca el órgano de agua. Los cerdos comenzaron a hozar por turno cada vez que eran pinchados, y todos juntos apenas el abate presionaba las teclas simultáneamente. Resultó una música incógnita, armoniosa de verdad, es decir polifónica, de escucha agradable y variada, pues el abate de Baigné, que era un excelente músico, después de empezar con un canon, prosiguió con dos bellísimos ricercares y concluyó con tres motetes magistralmente compuestos, que complacieron a Su Majestad.

No contento con oír aquella música una vez, el rey Luis XI pidió al abate de Baigné que la ejecutara una segunda vez.

Después de esta repetición, cuya armonía fue del todo idéntica a la primera, los señores y las demás personas de la corte se volvieron hacia el rey juzgando que el abate de Baigné había cumplido su promesa, y empezaron a elogiar al abate. Un noble escocés que se hospedaba en la corte del rey de Francia murmuró "Cauld Airn!" mientras apretaba la empuñadura de su espada.

Antes de decidirse, el rey Luis XI, de naturaleza recelosa, quiso verificar si no había engaño y si verdaderamente había cerdos. Ordenó levantar un lado del toldo para ver. Cuando vio de qué manera estaban atados los cerdos grises y los jabalíes, cómo los alambres de cobre estaban dispuestos, con sus puntas de hierro aguzadas igual que agujas de zapatería, declaró que el abate de Baigné era un hombre notable y muy ingenioso, superior a cualquier temible campeón cuyos desafíos aceptara.

El rey dijo que le legaba, tal como lo había jurado, la suma desembolsada por el tesoro real para comprar los cerdos y edificar la tienda de campaña, el órgano y las graderías. El abate de Baigné empezó por arrodillarse y dar las gracias y, levantando la cabeza, murmuró:

"Alteza, he enseñado a cerdos a decir A.B. en veinticuatro días. En treinta y cuatro años no he podido enseñado a reyes".

El rey Luis XI, entendiendo que no sólo quería ser abate por el nombre, sino por el goce efectivo de una abadía, le regaló una casa religiosa vacía en aquel momento, con todas sus prebendas. La respuesta gustó tanto al soberano que le sucedía citarla a menudo, no por su audacia, pues esta última se apoyaba en la invención de un órgano para cerdos, sino por su pertinencia.

*

El rey Luis XI, antes de abandonar la abadía de Marmoutier, recibió a la Ciudad. El rey, sentado en el sillón cubierto de láminas de oro preparado por el abate de Baigné, declaró ante toda la nobleza y el pueblo:

"Antaño, la reina Pasifae pidió al ingeniero Dédalo una vaca de madera grande y hueca, recubierta de cueros. Desnuda ingresó en la vaca de madera para atraer al toro y recibir en ella su semilla. Los troyanos también tuvieron un gran caballo de madera. Los judíos poseían a la vez un chivo emisario para las arenas del desierto y terneros de hierro para las tiendas de campaña. A la vera del mar, en la ciudad de Cartago, las manos de bronce del dios Baal, vueltas hacia el horno crematorio, introducían hasta doscientos niños. En cuanto al Rey Phalaris, había ordenado construir un toro de bronce exornado de trompetas muy ingeniosas: cuando asaba a los jóvenes en el vientre de metal, los gritos de dolor se trocaban en melodías gracias a las trompetas de bronce. El toro dejaba poco a poco de mugir a medida que los adolescentes asados por el tirano se convertían en cenizas. Cuando el toro callaba, habían pasado al estado de recuerdos. Tuve mi órgano, en el que jabalíes entonaban memorias infantiles. El señor abate de Baigné es para mí lo que fue Dédalo para Minos. En el país de los Gadarenos, Nuestro Señor Jesucristo introdujo el nombre impuro de los demonios en los cerdos. Yo he extraído su música".


En El odio a la música, diez pequeños tratados
Traducción:  Pierre Jacomet
Imagen; © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

30 de jul. de 2012

Brassaï, Conversaciones con Picasso (Henri Michaux, 11/12.XI.1943)

No hay comentarios. :





Jueves 11 de noviembre de 1943

Ayer encontré a Henri Michaux en Montparnasse. Aunque tenía prisa, me acompañó parte del camino y juntos bajamos al bulevar Raspail.

HENRI MICHAUX.—Comprendo que a Picasso le haya impresionado su fotografía de la Cabeza de muerto. Da una nueva dimensión a su escultura. Su visión ha repercutido sobre el mismo objeto... Ya no lo podemos mirar de la misma manera que antes.

Nos separamos delante del Balzac de Rodin, quedando citados para hoy a las diez en el Café Danton.

Michaux está dentro, esperándome. Bebemos un infecto “café”, jugo de cebada con sacarina. La última vez no pudo ver las esculturas de Picasso. Pero esta mañana no me encuentro en forma. No tengo ganas de ir a casa de Picasso. ¿Cómo se lo diría? Quedaría decepcionado... Pero me dice que durmió mal anoche, que a él tampoco le apetece esta visita. “¿Y si lo dejamos para mañana?” Precisamente me lo quería proponer él. No se atrevía... Respiramos aliviados. De todas maneras no hubiéramos podido ver esta mañana a Picasso. Había olvidado que es jueves, y que los jueves Picasso nunca está en casa. Michaux, intrigado, me pregunta por qué.

YO.—El jueves es un día sagrado para él. Ni citas, ni visitas, ni amigos. Si, por casualidad, se le propone ese día, contesta: “Imposible, es jueves...” Debe de ser algo relacionado con un niño. Los jueves no hay colegio. Con Marie-Thérèse Walter, Picasso tuvo una niña, María o Maya. Debe de tener ahora diez o doce años. Supongo que pasa los jueves con su hija y Marie-Thérèse.

Bebemos un segundo jugo de cebada con sacarina. Michaux está sombrío. Tiene un aspecto abatido. Para animarlo, le cuento cosas... Son las once.

HENRI MICHAUX.—Desde hace unos días estoy de capa caída. Además, pierdo todo... Primero, la agenda de las direcciones. Después, el salvoconducto. Es la desbandada. He perdido también la estilográfica y ayer la cartilla de racionamiento. Cuando empiezo a perder algo, tengo miedo... Siempre es el principio de una serie fatídica.

YO.—Está usted demasiado ido, ausente...

HENRI MICHAUX.—¡Desde luego! Y las cosas se aprovechan. Sólo tienen una idea: ahuecar el ala lo antes posible.

Quedamos citados para mañana, en el mismo sitio y a la misma hora. Michaux se va. Veo, a través del cristal, alejarse su alta silueta y desaparecer por Saint-Germain. Nada más irse, descubro a mi lado un pañuelo de cuello, azul pálido. No cabe duda de que es el suyo. Acurrucado socarronamente en la banqueta, estaba a punto de abandonarlo para siempre.


Viernes 12 de noviembre de 1943

Henri Michaux me espera en el café con Marie-Louise, su mujer. Yendo por la calle de los Grands-Augustins, pasamos ante el Catalán, restaurante titular de Picasso. Está cerrado. El otro día hubo redada de los inspectores de abastecimientos. Sorprendieron a Picasso y a otros habituales en flagrante delito: comían chateaubriands a la parrilla en uno de los tres días sin carne de la semana. Han cerrado un mes el restaurante y el mismo Picasso ha tenido que pagar una multa.

HENRI MICHAUX.—Morirá de hambre, no cabe duda. ¿Fue aquí, no es así, donde Léon-Paul Fargue tuvo el ataque?

YO.—Sí. Creo que fue en el mes de abril. Estaba comiendo con Picasso. Se le cayó algo, se inclinó para recogerlo, pero el brazo no lo obedeció. Se quedó aterrado.

HENRI MICHAUX.—A cualquiera en su lugar le hubiera pasado lo mismo.

YO.—Como tardaba mucho en incorporarse, Picasso, inquieto, le preguntó: “Pero ¿qué te pasa?” Entonces se dio cuenta de que había cambiado la expresión de su cara. “¿Qué te pasa? ¡Estás fuera de registro!”, exclamó con su humor que nunca lo abandona. Llamaron a una ambulancia. Picasso avisó a Chériane, la mujer del poeta. Tuvo que coger el metro y se dijo: “Si veo a Picasso delante del Catalán, es que Fargue ha muerto”. Picasso la esperaba en la puerta del restaurante. Pero Fargue no había muerto. Yacía casi sin conocimiento, fulminado por un ataque de hemiplejía. Se lo llevó la ambulancia. Estuvo durante dos días entre la vida y la muerte. Después empezó a recuperarse. Me han dicho que está mejor.*

HENRI MICHAUX.—¿Mejor? Será por decir algo. Está paralítico de medio cuerpo, no puede mover un brazo ni abrir un ojo. Tiene la moral por los suelos... Está asustado... Vive con la aprensión de otro ataque. Y como yo siempre tengo miedo y temo por lo que me podría pasar, me quedé aterrado al verlo en ese estado. No sabía qué decirle... Y fue él quien trató de tranquilizarme. Fue muy penoso.

Picasso ha salido. Pero enseño el estudio a mis amigos. Michaux queda prendado sobre todo de una estatuilla: un campesino segando, con un gran sombrero de paja a la cabeza, redondo y luminoso como el sol del Midi. Aunque el sombrero sólo es un molde pequeño de pastel de carne, abollado, retorcido, evoca a Van Gogh, la Provenza, el cielo del Midi.

HENRI MICHAUX.—Ver una cosa tan bella como esta lo deja a uno contento para todo el día.

Cuando se marchan los Michaux, fotografío algunas esculturas. Hacia las once llega un joven con un cuadro bajo el brazo. Desembala un paisaje de la Provenza, en el que aparecen una tapia, una muela de molino y algunos árboles al fondo. “Vengo de Aix-en-Provence —dice—. Quisiera enseñar este lienzo al señor Picasso. Es un Cézanne. Creo que le interesará. No quiero venderlo, solamente saber su opinión.”

Examinamos el lienzo junto con Sabartés y Zervos, que acaba de llegar. ¿Un Cézanne? ¡Hum!... Somos escépticos. Aparece Picasso. La noticia de un Cézanne desconocido lo ha sacado de su escondrijo. No estaba fuera, como había dicho. Analiza atentamente el lienzo. “Es una pintura que tiene diversas cualidades, pero no es un Cézanne.” El joven insiste: “Se encontró en su estudio. Mi familia lo ha considerado siempre auténtico. Está fechado en la época de los Jugadores de cartas”.

PICASSO [enfadándose].—Puede usted tener mil razones y citarme mil pruebas. ¡Cézanne nunca pintó ese cuadro! Me consta. La firma es falsa, no cabe duda. Eso no quiere decir nada. Yo mismo he visto mis propios cuadros con la firma falsificada. ¡Una firma falsa no me impediría reconocer un auténtico Cézanne! Aquí no ocurre eso... Cézanne no tenía ningún don, ninguna habilidad para hacer pastiches. Cada vez que intentaba copiar a otros pintores, no hacía más que Cézannes. Puede usted volver a embalar su “Cézanne de familia”.

El joven se marcha, Picasso sigue refunfuñando: “¡Si conoceré yo a Cézanne! ¡Ha sido mi solo y único maestro! Aciertan ustedes si piensan que he analizado a fondo sus lienzos... He pasado años estudiándolos. ¡Cézanne! Era como el padre de todos nosotros. Él era quien nos protegía”.


Nota

* Léon-Paul Fargue describe así su ataque en el Catalán: “...Nadie miraba más allá del grupito donde nos encontrábamos. Picasso ofrecía a intervalos una paradoja como se saca de una pitillera un cigarrillo brasileño. Me saludó un médico. Vi pasar una ración de cordero. Y de pronto... Había sonado esa hora que cae de golpe con toda su tormenta elaborada minuto a minuto...” (En rampant au chevet de ma vie, 1946).


En Brassaï, Conversaciones con Picasso (1964)
Traducción de Tirso Echendía. Prólogo de Rafael Algullol
Madrid, Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002
Foto: Brässai (Loengard’s Ode to the Age of Silver)

29 de jul. de 2012

Herta Müller - Cuadernos rayados

No hay comentarios. :

Herta Müller © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

Al día siguiente era domingo. Estrené el cuaderno rayado. El primer capítulo se titulaba: Prólogo. Empezaba con la frase: Me entenderás, signo de interrogación.

El tuteo iba dirigido al cuaderno. Y en siete páginas trataba de un hombre llamado T. P. Y de otro con el nombre A. G. Y de un K. H. y un O. E. De una mujer con el nombre B. Z. A Trudi Pelikan le di el nombre supuesto de Cisne. Escribí el nombre de la planta, Koksokhim Zavod, y de la estación del ferrocarril minero, Jasinovataia. También los nombres Kobelian e Imaginaria-Kati. Mencioné asimismo a su hermano pequeño Piold y su momento de lucidez. El capítulo terminaba con una larga frase:

Al amanecer, después de lavarme, se desprendió de mis cabellos una gota que resbaló por la nariz hasta la boca como una gota de tiempo, lo mejor será que me deje crecer una barba trapezoidal, para que nadie más en la ciudad me reconozca.

En las semanas siguientes amplié el prólogo con tres cuadernos más.

Omití que, en el viaje de regreso, Trudi Pelikan y yo subimos sin previo acuerdo a diferentes vagones de ganado. Silencié mi vieja maleta de gramófono. Describí con exactitud mi nueva maleta de madera, mis nuevas ropas: las balétki, la gorra de visera, la corbata y el traje. Oculté mi llanto convulsivo durante el regreso, al llegar al campo de acogida de Sighetul Marmatiei, la primera estación de ferrocarril rumana. También la cuarentena de una semana en un almacén de mercancías al final de la vía de la estación. Yo me derrumbé por dentro por miedo a mi deportación, a la libertad y a su precipicio más cercano, que cada vez acortaba más el camino a casa. Con mi nueva carne, mis nuevas ropas y las manos levemente hinchadas, permanecía entre la maleta del gramófono y la maleta de madera nueva como si estuviese en un nido. El vagón de ganado no estaba precintado. La puerta se abrió de par en par, el tren entró rodando en la estación de Sighetul Marmatiei. Una nieve fina cubría el andén, caminé sobre azúcar y sal. Los charcos grises estaban helados, el hielo arañado como el rostro de mi hermano cosido.

Cuando el policía rumano nos tendió los salvoconductos para el viaje de regreso, recogí la despedida del campo y sollocé. Hasta casa, con dos transbordos en Baia Mare y Klausenburg, mediaban a lo sumo diez horas. Nuestra cantante Loni Mich se arrimó al abogado Paul Gast, dirigió sus ojos hacia mí y creyó susurrar. Pero yo entendí todas y cada una de sus palabras: Mira cómo llora ése, algo lo supera, dijo.

He reflexionado con frecuencia sobre esta frase. Después la escribí en una página en blanco. Al día siguiente la taché. Al otro volví a escribirla debajo. Volví a tacharla, volví a escribirla. Cuando la hoja estuvo llena, la arranqué. Eso es el recuerdo.

En lugar de mencionar la frase de la abuela, sé que volverás, el pañuelo blanco de batista y la leche saludable, describí durante páginas, con estilo triunfal, el pan propio y el pan de mejilla. A continuación, mi tesón en el intercambio de salvación con la línea del horizonte y las carreteras polvorientas. Con el ángel del hambre me entusiasmé, como si en lugar de torturarme me hubiera salvado. Por eso taché Prólogo y escribí encima Epílogo. Era el gran fiasco interior de estar ahora en libertad irremisiblemente solo y ser un testigo falso para mí mismo.

Escondí mis tres cuadernos rayados en mi nueva maleta de madera, que yacía bajo mi cama y era mi armario ropero desde mi regreso al hogar.


En Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Imagen: © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

28 de jul. de 2012

Agota Kristof: Tres textos de "El gran cuaderno" (1986)

No hay comentarios. :





El rebaño humano

Hemos ido a buscar nuestra ropa limpia a la rectoría. Comemos pan con mantequilla con la sirvienta en la cocina. Oímos gritos que proceden de la calle. Dejamos las rebanadas de pan y salimos. La gente está delante de sus puertas y mira en dirección a la estación. Unos niños emocionados corren y gritan:
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
En la esquina de la calle aparece un jeep militar con unos oficiales extranjeros. El jeep rueda lentamente, seguido por unos militares que llevan los fusiles en bandolera. Detrás, una especie de rebaño humano. Niños como nosotros. Mujeres como nuestra madre. Viejos como el zapatero.
Son doscientos o trescientos que van avanzando, rodeados por los soldados. Algunas mujeres llevan a sus niños pequeños a la espalda, encima de los hombros o apretados contra su pecho. Una de ellas cae; unas manos cogen al niño y a la madre y les ayudan, ya que un soldado les ha apuntado ya con su fusil.
Nadie habla, nadie llora: los ojos están fijos en el suelo. Solamente se oye el ruido de los zapatos claveteados de los soldados.
Justo delante de nosotros un brazo delgado sale de la multitud, se tiende una mano sucia, una voz pide:
—Pan.
La sirvienta, sonriente, hace el ademán de ofrecer el resto de su rebanada, la acerca a la mano tendida y después, con una risotada, se lleva el trozo de pan a la boca, lo muerde y dice:
—¡Yo también tengo hambre!
Un soldado que lo ha visto todo le da una palmada en las nalgas a la sirvienta, le pellizca la mejilla y ella le hace señas con el pañuelo hasta que no vemos más que una nube de polvo en el sol poniente.
Volvemos a la casa. Desde la cocina vemos al señor cura arrodillado delante del gran crucifijo de su habitación.
La sirvienta dice:
—Acabaos el pan.
Le decimos:
—Ya no tenemos hambre.
Nos vamos a la habitación. El cura se vuelve:
—¿Queréis rezar conmigo, hijos?
—No rezamos nunca, ya lo sabe. Queremos comprender.
—No podéis comprenderlo. Sois demasiado jóvenes.
—Pero usted no es demasiado joven. Por eso le preguntamos: ¿quién es toda esa gente? ¿Adónde se los llevan? ¿Por qué?
El cura se levanta, viene hacia nosotros. Dice, cerrando los ojos:
—Los caminos del Señor son inescrutables.
Abre los ojos, nos pone las manos en las cabezas:
—Es muy lamentable que os hayáis visto obligados a asistir a semejante espectáculo. Os tiembla todo el cuerpo.
—A usted también, señor cura.
—Sí, soy viejo, tiemblo.
—Y nosotros tenemos frío. Hemos venido con el torso desnudo. Vamos a ponernos una de las camisas que ha lavado su sirvienta.
Vamos a la cocina. La sirvienta nos tiende el paquete con nuestra ropa limpia. Cogemos una camisa cada uno. La sirvienta dice:
—Sois demasiado sensibles. Lo mejor que podríais hacer es olvidar lo que habéis visto.
—Nosotros no olvidamos nada, nunca.
Ella nos empuja hacia la salida.
—¡Venga, tranquilizaos! Todo esto no tiene nada que ver con vosotros. A vosotros nunca os pasará eso. Esa gente de ahí son como animales.


Nuestro primer espectáculo

La sirvienta canta a menudo. Canciones populares antiguas y canciones nuevas de moda que hablan de la guerra. Escuchamos las canciones, las repetimos con nuestra armónica. Pedimos también al ordenanza que nos enseñe canciones de su país.
Una noche, tarde, cuando la abuela ya se ha acostado, nos vamos al pueblo. Junto al castillo, en una calle vieja, llegamos a una casa baja. Ruido, voces y humo proceden de la puerta que se abre a una escalera. Bajamos los escalones de piedra y desembocamos en una bodega dispuesta como bar. Unos hombres, de pie o sentados en bancos de madera y toneles, beben vino. La mayor parte son viejos, pero también hay algunos jóvenes, así como tres mujeres. Nadie nos hace el menor caso.
Uno empieza a tocar la armónica y el otro a cantar una canción conocida, donde se habla de una mujer que espera a su marido que se fue a la guerra y que volverá pronto, victorioso.
La gente, poco a poco, se vuelve hacia nosotros: las voces se callan. Nosotros cantamos, tocamos cada vez más fuerte, oímos resonar nuestra melodía, hacer eco en la bóveda de la bodega, como si fuese otro el que tocase y cantase.
Una vez terminada nuestra canción, levantamos los ojos hacia los rostros cansados y vacíos. Una mujer ríe y aplaude. Un hombre joven a quien le falta un brazo dice con voz ronca:
—Seguid. ¡Tocad otra cosa!
Intercambiamos los papeles. El que antes tocaba la armónica se la pasa al otro, y empezamos otra canción.
Un hombre muy delgado se acerca a nosotros tambaleándose y nos grita a la cara:
—¡Silencio, perros!
Nos empuja brutalmente uno a la derecha y el otro a la izquierda; perdemos el equilibrio, se nos cae la armónica. El hombre sube por la escalera apoyándose en la pared. Le oímos gritar todavía desde la calle:
—¡Que se calle todo el mundo!
Recogemos la armónica, la limpiamos. Alguien dice:
—Está sordo.
Otro dice:
—No sólo está sordo. También está completamente loco.
Un viejo nos acaricia el pelo. Unas lágrimas salen de sus ojos hundidos, bordeados de negro.
—¡Qué desgracia! ¡Qué mundo de desgracias! ¡Pobres niños! ¡Pobre mundo!
Una mujer dice:
—Sordo o loco, el caso es que ha vuelto. Y tú también has vuelto.
Se sienta encima de las rodillas del hombre a quien le falta un brazo. El hombre dice:
—Tienes razón, guapa, he vuelto. Pero, ¿cómo voy a trabajar? ¿Con qué voy a sujetar las tablas para serrarlas? ¿Con la manga vacía de mi chaqueta?
Otro joven, sentado en un banco, dice, riendo:
—Yo también he vuelto. Sólo que estoy paralizado por abajo. Las piernas y todo lo demás. Ya no me empalmaré nunca más. Habría preferido morirme de golpe, mira, quedarme allí, de una vez.
Otra mujer dice:
—No estáis contentos nunca. Los que veo morir en el hospital dicen: «fuese cual fuese mi estado, me gustaría sobrevivir, volver a mi casa, ver a mi mujer, a mi madre, no importa cómo, vivir un poco más aún».
Un hombre dice:
—Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra.
La mujer dice:
—¿Que no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos... Vosotros, una vez acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido; ¡hacedla pues, héroes de mierda!
Todos se pusieron a hablar y a gritar. El viejo, cerca de nosotros, dijo:
—Nadie ha querido esta guerra. Nadie, nadie.
Nosotros salimos de la bodega; decidimos volver a casa.
La luna ilumina las calles y la carretera polvorienta que lleva a casa de la abuela.


El final de la guerra

Durante unas semanas vemos desfilar ante la casa de la abuela al ejército victorioso de los nuevos extranjeros, a los que ahora se llama el ejército liberador.
Tanques, cañones, carros, camiones atraviesan la frontera noche y día. El frente se aleja cada vez más y más al interior del país vecino.
En sentido inverso, llega otro desfile: los prisioneros de guerra, los vencidos. Entre ellos muchos hombres de nuestro país. Llevan todavía uniforme, pero no tienen armas ya, ni galones. Van a pie, con la cabeza baja, hasta la estación donde les embarcan en vagones. Hacia dónde y por cuánto tiempo, eso nadie lo sabe.
La abuela dice que se los llevan muy lejos, a un país frío y deshabitado donde les obligarán a trabajar tan duro que no volverá ninguno de ellos. Morirán todos de frío, de cansancio, de hambre y de todo tipo de enfermedades.
Un mes después de que nuestro país haya sido liberado, la guerra ha acabado en todas partes y los liberadores se instalan en nuestro país para siempre, según dicen. Entonces le pedimos a la abuela que nos enseñe su idioma. Ella dice:
—¿Cómo queréis que os lo enseñe? No soy profesora.
Nosotros le decimos:
—Es muy sencillo, abuela. Sólo tienes que hablarnos en ese idioma todo el día y acabaremos por entenderte.
Pronto sabemos lo suficiente para servir de intérpretes entre los habitantes y los liberadores. Aprovechamos para comerciar con los productos que el ejército posee en abundancia: cigarrillos, tabaco, chocolate. Los cambiamos por lo que poseen los civiles: vino, aguardiente, fruta.
El dinero ya no tiene valor, todo el mundo hace trueque.
Las chicas se acuestan con los soldados a cambio de medias de seda, joyas, perfumes, relojes y otros objetos que los militares han cogido en las ciudades que han atravesado.
La abuela no va ya al mercado con su carretilla. Son las damas bien vestidas las que vienen a casa de la abuela a suplicarle que les cambie una sortija o unos pendientes por un pollo o un salchichón.
Se distribuyen cartillas de racionamiento. La gente hace cola delante de la carnicería y la panadería desde las cuatro de la mañana. Las demás tiendas permanecen cerradas, a falta de mercancías.
A todo el mundo le falta de todo.
A la abuela y a nosotros no nos falta de nada.
Más tarde, tenemos de nuevo un ejército y un gobierno propio, pero son los liberadores quienes dirigen nuestro ejército y nuestro gobierno. Su bandera ondea en todos los edificios públicos. La foto de su líder aparece por todas partes. Nos enseñan sus canciones, sus bailes, proyectan sus películas en nuestros cines. En los colegios el idioma de los liberadores es obligatorio, mientras que las demás lenguas extranjeras están prohibidas.
Contra nuestros liberadores o contra nuestro gobierno no está permitida ninguna crítica ni broma. Con una simple denuncia se lleva a la cárcel a cualquiera, sin procesos y sin juicios. Hombres y mujeres desaparecen sin que se sepa por qué, y su familia no vuelve a tener nunca noticias suyas.
Reconstruyen la frontera. Ahora es infranqueable.
Nuestro país está bordeado de alambre de espinos; estamos totalmente separados del resto del mundo.


En Claus y Lucas (trilogía)
Traductor: Ana Herrera Ferrer
©1988, Agota Kristof
©2007, El Aleph Editores, S.A
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis

27 de jul. de 2012

Hernán Cortés: Cartas de la conquista de Mexico (fragmentos)

No hay comentarios. :
Las Cartas de la conquista de Mexico conforman una relación de la conquista de México, realizada por Hernán Cortés y sus hombres. Tomadas de un códice de la Biblioteca Imperial de Viena, son cinco larguísimas cartas enviadas por el autor a sus reyes. Aquí, fragmentos de la tercera.


Llegada de Cortés a Veracruz por Diego Rivera (detalle) © Charles & Josette Lenars


Carta tercera 

Enviada por Fernando Cortes, Capitán y Justicia Mayor del Yucatán, llamado la Nueva España del Mar Océano, al muy Alto y Potentísimo César y Invictísimo Señor Don Carlos, Emperador Semper Augusto y Rey de España, Nuestro Señor


[...] Otro día por la mañana llegó al real el alguacil mayor con los quince de caballo, y yo tenía de los de Cuyoacán allí otros veinte y cinco, que eran cuarenta; y a diez dellos mandé que luego por la mañana saliesen con toda la otra gente, y que ellos y los bergantines fuesen por la orden pasada a combatir y a derrocar y ganar todo lo que pudiesen; porque yo, cuando fuese tiempo de retraerse, iría allá con los otros treinta de caballo, y que pues sabían que teníamos mucha parte de la ciudad allanada, que cuanto pudiesen siguiesen de tropel a los enemigos hasta los encerrar en sus fuerzas y calles de agua, y que allí se detuviesen con ellos hasta que fuese hora de retraer e yo y los otros treinta de caballo, sin ser vistos, pudiésemos meternos en la celada en unas casas grandes que estaban cerca de las otras grandes de la plaza; y los españoles lo hicieron como yo les avisé, y a la una hora después de mediodía tomé el camino para la ciudad con los treinta de caballo; y allegados, dejélos metidos en aquellas casas, y yo me fui y me subí en la torre alta, como solía; y estando allí, unos españoles abrieron una sepultura y hallaron en ella, en cosas de oro, más de mil y quinientos castellanos; y venida ya la hora de retraer, mandéles que con mucho concierto se comenzasen de retraer, y que los de caballo, desque estuviesen retraídos en la plaza, hiciesen que acometían y que no osaban llegar; y esto se hiciese cuando viesen mucha copia de gente alrededor de la plaza y en ella, y los de la celada estaban ya deseando que se llegase la hora porque tenían deseo de hacerlo bien y estaban ya cansados de esperar; y yo metíme con ellos, y ya se venían retrayendo por la plaza los españoles de pie y de caballo y los indios nuestros amigos, que habían entendido ya lo de la celada; y los enemigos venían con tantos alaridos, que parecía que conseguían toda la victoria del mundo, y los nueve de caballo hicieron que arremetían tras ellos por la plaza adelante, y retraíanse de golpe; y como hobieron hecho esto dos veces, los enemigos traían tanto furor, que a las ancas de los caballos les venían dando hasta los meter por la boca de la calle donde estábamos la celada. E como vimos a los españoles pasar adelante de nosotros y oímos soltar un tiro de escopeta, que teníamos por señal, conocimos que era tiempo de salir; y con el apellido de Señor Santiago damos de súpito sobre ellos, y vamos por la plaza adelante alanceando y derrocando y atajando muchos, que por nuestros amigos que nos seguían eran tomados; de manera que desta celada se mataron más de quinientos, todos los más principales y esforzados y valientes hombres; y aquella noche tuvieron bien que cenar nuestros amigos, porque todos los que se mataron tomaron y llevaron hechos piezas para comer. Fue tanto el espanto y admiración que tomaron en verse tan de súpito así desbaratados, que ni hablaron ni gritaron en toda esa tarde ni osaron asomar en calle ni en azotea donde no estuviesen muy a salvo y seguros. E ya que era casi de noche que nos retraíamos, parece que los de la ciudad, mandaron a ciertos esclavos suyos que mirasen si nos retraíamos o qué hacíamos. E como se asomaron por una calle, arremetieron diez o doce de caballo, y siguiéronlos de manera que ninguno se les escapó. Cobraron desta nuestra victoria los enemigos tanto temor, que nunca más en todo el tiempo de la guerra osaron entrar en la plaza ninguna vez que nos retraíamos, aunque sólo uno de caballo no más viniese, y nunca osaron salir a indio ni a peón de los nuestros, creyendo que de entre los pies se les había de levantar otra celada. Y esta deste día, y victoria que Dios Nuestro Señor nos dio, fue bien principal causa para que la ciudad más presto se ganase, porque los naturales della recibieron mucho desmayo y nuestros amigos doblado ánimo; y nos fuimos a nuestro real con intención de dar mucha priesa en hacer la guerra y no dejar de entrar ningún día hasta la acabar. E aquel día ningún peligro hubo en los de nuestro real, excepto que al tiempo que salimos de la celada se encontraron unos de caballo, y cayó uno de una yegua, y ella fuese derecha a los enemigos los cuales la flecharon, y bien herida, como vio la mala obra que recibía, se volvió hacia nosotros, y aquella noche se murió; y aunque nos pesó mucho, porque los caballos y yeguas nos daban la vida, no fue tanto el pesar como si muriera en poder de los enemigos, como pensamos que de hecho pasara, porque si así fuera ellos hubieron más placer que no pesar por los que les matábamos; los bergantines y las canoas de nuestros amigos hicieron grande estrago en la ciudad aquel día, sin recibir peligro alguno.

Como ya conocimos que los indios de la ciudad estaban muy amedrentados, supimos de unos dos dellos de poca manera, que de noche se habían salido de la ciudad y se habían venido a nuestro real, que se morían de hambre, que salían de noche a pescar por entre las casas de la ciudad y andaban por la parte que della les teníamos ganada buscando leña y hierbas y raíces que comer. E porque ya teníamos muchas calles de agua cegadas y aderezados muchos malos pasos, acordé de entrar al cuarto del alba y hacer todo el daño que pudiésemos. E los bergantines salieron antes del día, y yo con doce o quince de caballo y ciertos peones y amigos nuestros entramos de golpe, y primero pusimos ciertas espías; las cuales, siendo de día, estando nosotros en celada, nos ficieron señal que saliésemos, y dimos sobre infinita gente; pero como eran de aquellos más miserables y que salían a buscar de comer, los más venían desarmados, y eran mujeres y muchachos; e ficimos tanto daño en ellos por todo lo que se podían andar de la ciudad, que presos y muertos pasaron de más de ochocientas personas, e los bergantines tomaron también mucha gente y canoas que andaban pescando, y ficieron en ellas mucho estrago. E como los capitanes y principales de la ciudad nos vieron andar por ella a hora no acostumbrada, quedaron tan espantados como de la celada pasada y ninguno osó salir a pelear con nosotros; y así, nos volvimos a nuestro real con harta presa y manjar para nuestros amigos.

Otro día de mañana tornamos a entrar en la ciudad, y como ya nuestros amigos veían la buena orden que llevábamos para la destrucción della, era tanta la multitud que de cada día venían, que no tenían cuento. E aquel día acabamos de ganar toda la calle de Tacuba y de adobar los malos pasos della, en tal manera que los del real de Pedro de Albarado se podían comunicar con nosotros por la ciudad, e por la calle principal, que iba al mercado, se ganaron otras dos puentes y se cegó bien el agua, y quemamos las casas del señor de la ciudad, que era mancebo de edad de diez y ocho años, que se decía Guatimucín, que era el segundo señor después de la muerte de Muteczuma; y en estas casas tenían los indios mucha fortaleza, porque eran muy grandes y fuertes y cercadas de agua. También se ganaron otras dos puentes de otras calles que van cerca desta del mercado, y se cegaron muchos pasos; de manera que de cuatro partes de la ciudad las tres estaban ya por nosotros, y los indios no hacían sino retraerse hacia la más fuerte, que era a las casas que estaban más metidas en el agua.

Otro día siguiente, que fue día del apóstol Santiago, entramos en la ciudad por la orden que antes, y seguimos por la calle grande, que iba a dar al mercado, y ganámosles una calle muy ancha de agua, en que ellos pensaban que tenían mucha seguridad; y aunque se tardó gran rato, y fue peligrosa de ganar, y en todo este día no se pudo, como era muy ancha, de acabar de cegar, por manera que los de caballo pudiesen pasar de la otra parte. E como estábamos todos a pie y los indios veían que los de caballo no habían pasado, vinieron de refresco sobre nosotros muchos dellos muy lucidos; y como les ficimos rostro y teníamos muchos ballesteros, dieron la vuelta a sus albarradas y fuerzas que tenían, aunque fueron harto asaeteados. E demás desto todos los españoles de pie llevaban sus picas, las cuales yo había mandado facer después que me desbarataron, que fue cosa muy provechosa. Aquel día, por los lados de la una parte y de la otra de aquella calle principal no se entendió sino en quemar y allanar casas, que era lástima cierto de lo ver; pero como no nos convenía hacer otra cosa, éranos forzado seguir aquella orden. Los de la ciudad, como veían tanto estrago, por esforzarse decían a nuestros amigos que no ficiesen sino quemar y destruir, que ellos se las harían tornar a hacer de nuevo, porque si ellos eran vencedores, ya ellos sabían que había de ser así, y si no, que las habían de hacer para nosotros; y desto postrero plugo a Dios que salieron verdaderos, aunque ellos son los que las tornan a hacer. Otro día luego de mañana entramos en la ciudad por la orden acostumbrada, y llegados a la calle de agua que habíamos cegado el día antes fallámosla de la manera que la habíamos dejado; y pasamos adelante dos tiros de ballesta, y ganamos dos acequias grandes de agua que tenían rompidas en lo sano de la misma calle, y llegamos a una torre pequeña de sus ídolos, y en ella hallamos ciertas cabezas de los cristianos que nos habían muerto, que nos pusieron harta lástima. E dende aquella torre iba la calle derecha, que era la misma adonde estábamos, a dar a la calzada del real de Sandoval, e a la mano izquierda iba otra calle a dar al mercado, en la cual ya no había agua ninguna, excepto una que nos defendían, y aquel día no pasamos de allí, pero peleamos mucho con los indios. E como Dios Nuestro Señor cada día nos daba victoria, ellos siempre llevaban lo peor; y aquel día, ya que era tarde, nos volvimos al real.

Otro día siguiente, estando aderezando para volver a entrar en la ciudad, a las nueve horas del día vimos de nuestro real salir humo de dos torres muy altas que estaban en el Tatelulco o mercado de la ciudad, que no podíamos pensar qué fuese, y como parecía que era más que sahumerios que acostumbran los indios a hacer a sus ídolos, barruntamos que la gente de Pedro de Albarado había llegado allí, y aunque así era la verdad, no lo podíamos creer. E cierto aquel día Pedro de Albarado y su gente lo hicieron valientemente, porque teníamos muchos puentes y albarradas de ganar, y siempre acudían a las defender toda la más parte de la ciudad. Pero como él vio que por nuestra estancia íbamos estrechando a los enemigos, trabajó todo lo posible por entrarles al mercado, porque allí tenían toda su fuerza; pero no pudo más de llegar a vista dél y ganalles aquellas torres y otras muchas que están junto al mismo mercado, y es tanto casi como el circuito de las muchas torres de la ciudad; los de caballo se vieron en harto trabajo y les fue forzado retraerse, y al retraer les hirieron tres caballos; y así, se volvieron Pedro de Albarado y su gente a su real, y nosotros no quisimos ganar aquel día una puente y calle de agua que quedaba no más para llegar al mercado, salvo allanar y cegar todos los malos pasos; y al retraernos apretaron reciamente, aunque fue a su costa.

Otro día entramos luego por la mañana en la ciudad, y como no había por ganar fasta llegar al mercado sino una traviesa de agua con su albarrada, que estaba junto a la torrecilla que he dicho, comenzámosla a combatir, y un alférez y otros dos o tres españoles echáronse al agua, y los de la ciudad desampararon luego el paso, y comenzóse a cegar y a aderezar para que pudiésemos pasar con los caballos; y estándose aderezando, llegó Pedro de Albarado por la misma calle con cuatro de caballo, que fue sin comparación el placer que hobo la gente de su real y del nuestro, porque era camino para dar muy breve conclusión a la guerra. Y Pedro de Albarado dejaba recaudo de gente en las espaldas y lados, así para conservar lo ganado como para su defensa; y como luego se aderezó el paso, yo con algunos de caballo me fui a ver el mercado, y mandé a la gente de nuestro real que no pasasen adelante de aquel paso. E después que anduvimos un rato paseándonos por la plaza, mirando los portales della, los cuales por las azoteas estaban llenos de enemigos, e como la plaza era muy grande y veían por ella andar los de caballo, no osaban llegar; y yo subí en aquella torre grande que está junto al mercado y en ella también y en otras hallamos ofrecidas ante sus ídolos las cabezas de los cristianos que nos habían muerto, y de los indios de Tascaltecal, nuestros amigos, entre quien siempre ha habido muy antigua y cruel enemistad. E yo miré dende aquella torre lo que teníamos ganado de la ciudad, que sin duda de ocho partes teníamos ganado las siete; e viendo que tanto número de gente de los enemigos no era posible sufrirse en tanta angostura, mayormente que aquellas casas que les quedaban eran pequeñas y puesta cada una dellas sobre sí en el agua, y sobre todo la grandísima hambre que entre ellos había y que por las calles hallábamos roídas las raíces y cortezas de los árboles, acordé de los dejar de combatir por algún día y movelles algún partido por donde no pereciese tanta multitud de gente; que cierto me ponía en mucha lástima y dolor el daño que en ellos se hacía y continuamente les hacía acometer con la paz; y ellos decían que en ninguna manera se habían de dar, y que uno solo que quedase había de morir peleando, y que de todo lo que tenían no habíamos de haber ninguna cosa, y que lo habían de quemar y echar al agua, donde nunca pareciese; y yo, por no dar mal por mal, disimulaba en no los dar combate.

Como teníamos muy poca pólvora, habíamos puesto en plática, más había de quince días, de hacer un trabuco; y aunque no había maestros que supiesen hacerle, unos carpinteros se profirieron de hacer uno pequeño, y aunque yo tuve pensamiento que no habíamos de salir con esta obra, consentí que lo siguiesen; y en aquellos días que teníamos tan arrinconados los indios acabóse de hacer, y llevóse a la plaza del mercado para lo asentar en uno como teatro que está en medio della, fecho de cal y canto, cuadrado, de altura de dos estados y medio, y de esquina a esquina habrá treinta pasos; el cual tenían ellos para cuando hacían algunas fiestas y juegos, que los representadores dellos se ponían allí porque toda gente del mercado y los que estaban en bajo y encima de los portales pudiesen ver lo que se hacía; y traído allí, tardaron en lo asentar tres o cuatro días; y los indios nuestros amigos amenazaban con él a los de la ciudad, diciéndoles que con aquel ingenio los habíamos de matar a todos. Y aunque otro fruto no hiciera, como no hizo, sino el temor que con él se ponía, por el cual pensábamos que los enemigos se dieran, era harto; y lo uno y lo otro cesó, porque ni los carpinteros salieron con su intención, ni los de la ciudad, aunque tenían temor, movieron ningún partido para se dar, y la falta y defecto del trabuco disimulámosla con que movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar.

Otro día después de asentado el trabuco volvimos a la ciudad, y como ya había tres o cuatro días que no los combatíamos, hallamos las calles por donde íbamos llenas de mujeres y niños y otra gente miserable, que se morían de hambre, y salían traspasados y flacos, que era la mayor lástima del mundo de los ver; y yo mandé a nuestros amigos que no les ficiesen daño alguno; pero de la gente de guerra no salía ninguno a donde pudiese recibir daño, aunque los veíamos estar encima de sus azoteas cubiertos con sus mantas que usan, y sin armas; y fice este día que se les requiriese con la paz, y sus respuestas eran disimulaciones; y como lo más del día nos tenían en esto, enviéles a decir que los quería combatir, que ficiesen retraer toda su gente; si no, que daría licencia que nuestros amigos los matasen. Y ellos dijeron que querían paz; y yo les repliqué que yo no veía allí el señor con quien se había de tratar; que venido, para lo cual le daría todo el seguro que quisiese, que hablaríamos en la paz. E como vimos que era burla y que todos estaban apercibidos para pelear con nosotros, después de se la haber muchas veces amonestado, por más los estrechar y poner en más extrema necesidad, mandé a Pedro de Albarado que con toda su gente entrase por la parte de un gran barrio que los enemigos tenían, en que habría más de mil casas; y yo por la otra parte entré a pie con la gente de nuestro real, porque a caballo no nos podíamos por allí aprovechar. Y fue tan recio el combate nuestro y de nuestros amigos, que les ganamos todo aquel barrio; y fue tan grande la mortandad que se hizo en nuestros enemigos, que muertos y presos pasaron de doce mil ánimas, con los cuales usaban de tanta crueldad nuestros amigos que por ninguna vía a ninguno daban la vida, aunque más reprendidos y castigados de nosotros eran.

Otro día siguiente tornamos a la ciudad, y mandé que no peleasen ni ficiesen mal a los enemigos; y como ellos veían tanta multitud de gente sobre ellos y conocían que los venían a matar sus vasallos y los que ellos solían mandar, y veían su extrema necesidad, y como no tenían donde estar sino sobre los cuerpos muertos de los suyos, con deseo de verse fuera de tanta desventura decían que por qué no los acabábamos ya de matar, y a mucha priesa dijeron que me llamasen, que me querían hablar. E como todos los españoles deseaban que ya esta guerra se concluyese y habían lástima de tanto mal como se hacía holgaron mucho, pensando que los indios querían paz; y con mucho placer viniéronme a llamar y importunar que me llegase a una albarrada donde estaban ciertos principales, porque querían hablar conmigo. E aunque yo sabía que había de aprovechar poco mi ida, determiné de ir, como quiera que bien sabía que el no darse estaba solamente en el señor y otros tres o cuatro principales de la ciudad, porque la otra gente, muertos o vivos, deseaban ya verse fuera de allí. Y llegado al albarrada, dijéronme que pues ellos me tenían por hijo del Sol y el Sol en tanta brevedad como era en un día y una noche daba vuelta a todo el mundo, que por qué yo así brevemente no los acababa de matar y los quitaba de penar tanto, porque ya ellos tenían deseos de morir y irse al cielo para su Ochilobus, que los estaba esperando para descansar; y este ídolo es el que en más veneración ellos tienen. Yo les respondí muchas cosas para los atraer a que se diesen, y ninguna cosa aprovechaba aunque en nosotros veían más muestras y señales de paz que jamás a ningunos vencidos se mostraron, siendo nosotros, con el ayuda de Nuestro Señor, los vencedores.

Puestos los enemigos en el último extremo, como de lo dicho se puede colegir, para los quitar de su mal propósito, como era la determinación que tenían de morir, hablé con una persona bien principal entre ellos, que teníamos preso, al cual dos o tres días había prendido un tío de don Fernando, señor de Tesaico, peleando en la ciudad, y aunque estaba muy herido, le dije si quería volver a la ciudad, y él me respondió que sí; y como otro día entramos en ella, enviéle con ciertos españoles, los cuales lo entregaron a los de la ciudad.; y a este principal yo le había hablado largamente para que hablase con el señor y con otros principales sobre la paz; y él me prometió de hacer sobre ello todo lo que pudiese. Los de la ciudad lo recibieron con mucho acatamiento, como a persona principal; y como lo llevaron delante de Guatimucín, su señor, y él comenzó a hablar sobre la paz, diz que luego lo mandó matar y sacrificar; y la respuesta que estábamos esperando nos dieron con venir con grandísimos alaridos, diciendo que no querían sino morir, y comienzan a nos tirar varas, flechas y piedras y a pelear reciamente con nosotros; y tanto, que nos mataron un caballo con un dalle que uno traía hecho de una espada de las nuestras, y al fin les costó caro, porque murieron muchos dellos; y así, nos volvimos a nuestros reales aquel día.

Otro día tornamos a entrar en la ciudad, y ya estaban los enemigos tales, que de noche osaban quedar en ella de nuestros amigos infinitos dellos. Y llegados a vista de los enemigos, no quisimos pelear con ellos, sino andarnos paseando por su ciudad, porque teníamos pensamiento que cada hora y cada rato se había de salir a nosotros. E por los inclinar a ello, yo me llegué cabalgando cabe una albarrada suya que tenían, bien fuerte, y llamé a ciertos principales que estaban detrás, a los cuales yo conocía, y díjeles que pues se veían tan perdidos y conocían que si yo quisiese en una hora no quedaría ninguno dellos, que por qué no venía a me hablar Guatimucín, su señor, que yo le prometía de no hacerle ningún mal; y queriendo él y ellos venir de paz, que serían de mí muy bien recibidos y tratados. Y pasé con ellos otras razones, con que los provoqué a muchas lágrimas; y llorando me respondieron que bien conocían su yerro y perdición, y que ellos querían ir a hablar a su señor y me volverían presto con la respuesta, y que no me fuese de allí. E ellos se fueron, y volvieron dende a un rato, y dijéronme que porque ya era tarde su señor no había venido; pero que otro día a mediodía vendría en todo caso a me hablar, en la plaza del mercado; y así, nos fuimos a nuestro real. Y yo mandé para otro día que tuviesen aderezado allí en aquel cuadrado alto que está en medio de la plaza, para el señor y principales de la ciudad, un estrado como ellos lo acostumbraban, y que también les tuviesen aderezado de comer; y así se puso por obra.

Otro día de mañana fuimos a la ciudad, y yo avisé a la gente que estuviese apercibida, porque si los de la ciudad acometiesen alguna traición no nos tomasen descuidados. E a Pedro de Albarado, que estaba allí, le avisé de lo mismo; y como llegamos al mercado, yo envié a decir y hacer saber a Guatimucín cómo le estaba esperando; el cual, según pareció, acordó de no venir, y envióme cinco de aquellos señores principales de la ciudad, cuyos nombres, porque no hacen mucho al caso, no digo aquí. Los cuales llegados, dijeron que su señor me enviaba a rogar con ellos que le perdonase, porque no venía, que tenía mucho miedo de parecer ante mí, y también estaba malo, y que ellos estaban allí; que viese lo que mandaba que ellos lo harían; y aunque el señor no vino, holgamos mucho que aquellos principales viniesen, porque parecía que era camino de dar presto conclusión a todo el negocio. Yo los recibí con semblante alegre y mandéles dar luego de comer y beber, en lo cual mostraron bien el deseo y necesidad que dello tenían. E después de haber comido, díjeles que hablasen a su señor y que no tuviesen temor ninguno, y que le prometía que aunque ante mí viniese, que no le sería hecho enojo alguno ni sería detenido, porque sin su presencia en ninguna cosa se podía dar buen asiento ni concierto; y mandéles dar algunas cosas de refresco que le llevasen para comer, y prometiéronme de hacer en el caso todo lo que pudiesen; y así, se fueron. E dende a dos horas volvieron, y trajéronme unas mantas de algodón buenas, de las que ellos usan, y dijéronme que en ninguna manera Guatimucín, su señor, vendría ni quería venir, y que era excusado hablar en ello. Y yo les torné a repetir que no sabía la causa por que él se recelaba venir ante mí, pues veía que a ellos, que yo sabía que habían sido los causadores principales de la guerra y que la habían sustentado, les hacía buen tratamiento, que los dejaba ir y venir seguramente sin recibir enojo alguno; que les rogaba que le tornasen a hablar, y mirasen mucho en esto de su venida, pues a él le convenía y yo lo hacía por su provecho; y ellos respondieron que así lo harían y que otro día me volverían con la respuesta; y así, se fueron ellos y también nosotros a nuestros reales.

Otro día bien de mañana aquellos principales vinieron a nuestro real, y dijéronme que me fuese a la plaza del mercado de la ciudad, porque su señor me quería ir a hablar allí; y yo creyendo que fuera así, cabalgué y tomamos nuestro camino, y estúvele esperando donde quedaba concertado más de tres o cuatro horas, y nunca quiso venir ni parecer ante mí. E como yo vi la burla, y que era ya tarde, y que ni los otros mensajeros ni el señor venían, envié a llamar a los indios nuestros amigos, que habían quedado a la entrada de la ciudad, casi una legua de donde estábamos, a los cuales yo había mandado que no pasasen de allí porque los de la ciudad me habían pedido que para hablar en las paces no estuviese ninguno dellos dentro; y ellos no se tardaron, ni tampoco los del real de Pedro de Albarado. E como llegaron, comenzamos a combatir unas albarradas y calles de agua que tenían, que ya no les quedaba otra mayor fuerza; y entrámosles, así nosotros como nuestros amigos, todo lo que quisimos. E al tiempo que yo salí del real había proveído que Gonzalo de Sandoval entrase con los bergantines por la otra parte de las casas en que los indios estaban fuertes, por manera que los tuviésemos cercados, y que no los combatiese hasta que viese que nosotros combatíamos; por manera que por estar así cercados y apretados, no tenían paso por donde andar sino por encima de los muertos y por las azoteas que les quedaban; y a esta causa ni tenían ni hallaban flechas ni varas ni piedras con que nos ofender; y andaban con nosotros nuestros amigos a espada y rodela, y era tanta la mortandad que en ellos se hizo por la mar y por la tierra, que aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas; y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón, e ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios; la cual crueldad nunca en generación tan recia se vio ni tan fuera de toda orden de naturaleza como en los naturales destas partes. Nuestros amigos hubieron este día muy gran despojo, el cual en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de nuevecientos españoles y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres, y ningún recaudo ni diligencia bastaba para los estorbar que no robasen, aunque de nuestra parte se hacía todo lo posible. Y una de las cosas por que los días antes yo rehusaba de no venir en tanta rotura con los de la ciudad era porque tomándolos por fuerza habían de echar lo que tuviesen en el agua, y ya que no lo hiciesen, nuestros amigos habrían de robar todo lo más que hallasen, y a esta causa temía que se habría para vuestra majestad poca parte de la mucha riqueza que en esta ciudad había y según la que yo antes para vuestra alteza tenía; y porque ya era tarde y no podíamos sufrir el mal olor de los muertos que había de muchos días por aquellas calles, que era la cosa del mundo más pestilencial, nos fuimos a nuestros reales. Y aquella tarde dejé concertado que para otro día siguiente, que habíamos de volver a entrar, se aparejasen tres tiros gruesos que teníamos, para llevarlos a la ciudad, porque yo temía que como estaban los enemigos tan juntos y que no tenían por dónde se rodear, queriéndolos entrar por fuerza, sin pelear podrían entre sí ahogar los españoles, y quería dende acá hacerles con los tiros algún daño, porque saliesen de allí para nosotros. E al alguacil mayor mandé que asimismo para otro día que estuviese apercibido para entrar con los bergantines por un lago de agua grande que se hacía entre unas casas donde estaban todas las canoas de la ciudad recogidas y ya tenían tan pocas casas donde poder estar, que el señor de la ciudad andaba metido en una canoa con ciertos principales, que no sabían qué hacer de sí; y desta manera quedó concertado que habíamos de entrar otro día por la mañana.

Siendo ya de día hice apercibir toda la gente y llevar los tiros gruesos, y el día antes había mandado a Pedro de Albarado que me esperase en la plaza del mercado y no diese combate fasta que yo llegase; y estando ya todos juntos y los bergantines apercibidos todos por detrás de las casas del agua, donde estaban los enemigos, mandé que en oyendo soltar una escopeta que entrasen por una poca parte que estaba por ganar y echasen a los enemigos al agua hacia donde los bergantines habían de estar: a punto; y aviséles mucho que mirasen por Guatimucín y trabajasen de lo tomar a vida, porque en aquel punto cesaría la guerra. E yo me subí encima de una azotea, y antes del combate hablé con algunos de aquellos principales de la ciudad, que conocía, y les dije qué era la causa por que su señor no quería venir; que pues se veían en tanto extremo, que no diesen causa a que todos pereciesen, y que lo llamasen y no hobiesen ningún temor; y dos de aquellos principales pareció que lo iban a llamar. E dende a poco volvió con ellos uno de los más principales de todos aquellos, que se llamaba Ciguacoacín y era el capitán y gobernador de todos ellos e por su consejo se seguían todas las cosas de la guerra; y yo le mostré buena voluntad porque se asegurase y no tuviese temor; y al fin me dijo que en ninguna manera el señor vernía ante mí, y antes quería por allá morir, y que a él pesaba mucho desto; que hiciese yo lo que quisiese; y como vi en esto su determinación, yo le dije que se volviese a los suyos y que él y ellos se aparejasen, porque los quería combatir y acabar de matar; y así, se fue. Y como en estos conciertos se pasaron más de cinco horas y los de la ciudad estaban todos encima de los muertos, y otros en el agua, y otros andaban nadando, y otros ahogándose en aquel lago donde las canoas, que era grande, era tanta la pena que tenían, que no bastaba juicio a pensar cómo lo podían sufrir; y no hacían sino salirse infinito número de hombres y mujeres y niños hacia nosotros. Y por darse priesa al salir, unos a otros se echaban al agua, y se ahogaban entre aquella multitud de muertos; que según pareció, del agua salada que bebían, y de la hambre y mal olor, había dado tanta mortandad en ellos, que murieron más de cincuenta mil ánimas. Los cuerpos de las cuales, porque nosotros no alcanzásemos su necesidad, ni los echaban al agua, porque los bergantines no topasen con ellos, ni los echasen fuera de su conversación, porque nosotros por la ciudad no lo viésemos; y salí por aquellas calles en que estaban: hallábamos los montones de los muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies; y como la gente de la ciudad se salía a nosotros, yo había proveído que por todas las calles estuviesen españoles para estorbar que nuestros amigos no matasen a aquellos tristes que salían, que eran sin cuento. Y también dije a todos los capitanes de nuestros amigos que en ninguna manera consintiesen matar a los que salían; y no se pudo tanto estorbar, y como eran tantos, que aquel día no mataron y sacrificaron más de quince mil ánimas; y en esto todavía los principales y gente de guerra de la ciudad se estaban arrinconados y en algunas azoteas y casas y en el agua, donde ni les aprovechaba disimulación ni otra cosa porque no viésemos su perdición y su flaqueza muy a la clara. Viendo que se venía la tarde y que no se querían dar, fice asentar los dos tiros gruesos hacia ellos, para ver si se darían, porque más daño recibieran en dar licencia a nuestros amigos que les entraran que no de los tiros, los cuales ficieron algún daño. E como tampoco esto aprovechaba mandé soltar la escopeta, y en soltándola, luego fue tomado aquel rincón que tenían y echados al agua los que en él estaban; otros que quedaban sin pelear se rindieron; e los bergantines entraron de golpe por aquel lago y rompieron por medio de la flota de canoas, y la gente de guerra que en ellas estaba ya no osaban pelear; y plugo a Dios que un capitán de un bergantín, que se dice Garci Holguín, llegó en pos de una canoa en la cual le pareció que iba gente de manera; y como llevaba dos o tres ballesteros en la proa del bergantín y iban encarando en los de la canoa, ficiéronle señal que estaba allí el señor, que no tirasen, y saltaron de presto, y prendiéronle a él y a aquel Guautimucín, y a aquel señor de Tacuba, y a otros principales que con él estaban; y luego el dicho capitán Garci Holguín me trujo allí a la azotea donde estaba que era junto al lago, al señor de la ciudad y a los otros principales presos; el cual, como le fice sentar, no mostrándole riguridad ninguna, llegóse a mí y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir en aquel estado, que ahora ficiese dél lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía diciéndome que le diese de puñaladas y le matase. E yo le animé y le dije que no tuviese temor ninguno; y así, preso este señor, luego en ese punto cesó la guerra, a la cual plugo a Dios Nuestro Señor dar conclusión martes, día de San Hipólito, que fueron 13 de agosto de 1521 años. De manera que desde el día que se puso cerco a la ciudad, que fue a 30 de mayo del dicho año, hasta que se ganó, pasaron setenta y cinco días, en los cuales vuestra majestad verá los trabajos, peligros y desventuras que estos sus vasallos padecieron, en los cuales mostraron tanto sus personas, que las obras dan buen testimonio dello.

Y en todos aquellos setenta y cinco días del cerco ninguno se pasó que no se tuviese combate con los de la ciudad, poco o mucho. Aquel día de la prisión de Guatimucín y toma de la ciudad, después de haber recogido el despojo que se pudo haber, nos fuimos al real, dando gracias a Nuestro Señor por tan señalada merced y tan deseada victoria. Allí en el real estuve tres o cuatro días, dando orden en muchas cosas que convenían, y después nos venimos a la ciudad de Cuyoacán, donde hasta ahora he estado entendiendo en la buena orden, gobernación y pacificación destas partes.

Recogido el oro y otras cosas, con parecer de los oficiales de vuestra majestad se hizo fundición dello, y montó lo que se fundió más de ciento y treinta mil castellanos, de que se dio el quinto al tesorero de vuestra majestad, sin el quinto de otros derechos que a vuestra majestad pertenecieron de esclavos y otras cosas, según más largo se verá por la relación de todo lo que a vuestra majestad perteneció, que irá firmado de nuestros nombres. Y el oro que restó se repartió en mí y en los españoles, según la manera y servicio y calidad de cada uno; demás del dicho oro se hubieron ciertas piezas y joyas de oro, y de las mejores dellas se dio el quinto al dicho tesorero de vuestra majestad.

Entre el despojo que se hubo en la dicha ciudad hubimos muchas rodelas de oro y penachos y plumajes, y cosas tan maravillosas que por escrito no se pueden significar ni se pueden comprehender si no son vistas; y por ser tales, parecióme que no se debían quintar ni dividir, sino que de todas ellas se hiciese servicio a vuestra majestad; para lo cual yo hice juntar todos los españoles y les rogué que tuviesen por bien que aquellas cosas se enviasen a vuestra majestad, y que de la parte que a ellos venía y a mí sirviésemos a vuestra majestad; y ellos holgaron de lo hacer de muy buena voluntad, y con tal ellos y yo enviamos al dicho servicio a vuestra majestad con los procuradores que los Consejos desta Nueva España envían.

Como la ciudad de Temixtitán era tan principal y nombrada por todas estas partes, parece que vino a noticia de un señor de una muy gran provincia que está setenta leguas de Temixtitán, que se dice Mechuacán, cómo la habíamos destruido y asolado, y considerando la grandeza y fortaleza de la dicha ciudad, al señor de aquella provincia le pareció que pues que aquella no se nos había defendido, que no habría cosa que se nos amparase; y por temor o por lo que a él le plugo, envióme ciertos mensajeros, y de su parte me dijeron por los intérpretes de su lengua que su señor había sabido que nosotros éramos vasallos de un gran señor, y que si yo tuviese por bien, él y los suyos lo querían también ser y tener mucha amistad con nosotros. Y yo le respondí que era verdad que todos éramos vasallos de aquel gran señor, que era vuestra majestad, y que a todos los que no lo quisiesen ser les habíamos de hacer guerra, y que su señor y ellos lo habían hecho muy bien. Y como yo de poco acá tenía alguna noticia de la mar del Sur, informéme también dellos si por su tierra podían ir allá; y ellos me respondieron que sí; y roguéles que porque pudiese informar a vuestra majestad de la dicha mar y de su provincia, llevasen consigo dos españoles que les daría, y ellos dijeron que les placía de muy buena voluntad; pero que para pasar al mar había de ser por tierra de un gran señor con quien ellos tenían guerra, y que a esta causa no podían por ahora llegar a la mar. Estos mensajeros de Mechuacán estuvieron aquí conmigo tres o cuatro días, y delante dellos hice escaramuzar los de caballo, para que allá lo contasen; y habiéndoles dado ciertas joyas, a ellos y a los dos españoles despaché para la dicha provincia de Mechuacán.

[...]

En un capítulo antes déste he fecho saber a vuestra majestad cómo el capitán que había enviado a conquistar la provincia de Guaxaca la tenía pacífica y estaba esperando allí para ver lo que le mandaba; y porque de su persona había necesidad y era alcalde y teniente en la villa de Segura de la Frontera, le escribí que los ochenta hombres y diez de caballo que tenía los diese a Pedro de Albarado, al cual enviaba a conquistar la provincia de Tatutepeque, que es cuarenta leguas adelante de la de Guaxaca, junto a la mar del Sur, y hacían mucho daño y guerra a los que se habían dado por vasallos de vuestra majestad y a los de la provincia de Tecoatepeque, porque nos habían dejado por su tierra entrar a descubrir la mar del Sur, y el dicho Pedro de Albarado se partió desta ciudad al último de enero deste presente año, y con la gente que de aquí llevó y con la que recibió en la provincia de Guaxaca juntó cuarenta de caballo y docientos peones, en que había cuarenta ballesteros y escopeteros, y dos tiros pequeños de campo; y dende a veinte días recibí cartas del dicho Pedro de Albarado cómo estaba de camino para la dicha provincia de Tatutepeque y que me hacía saber que había tomado ciertas espías naturales della; y habiéndose informado dellas, le habían dicho que el señor de Tatutepeque con su gente le estaba esperando en el campo, y que él iba con propósito de hacer en aquel camino toda su posibilidad por pacificar aquella provincia, y porque para ello, demás de los españoles, llevaba mucha y buena gente de guerra. Y estando con mucho deseo esperando la sucesión de este negocio, a 4 de marzo deste mismo año recibí cartas del dicho Pedro de Albarado, en que me fizo saber cómo él había entrado en la provincia y que tres o cuatro poblaciones della se habían puesto en resistirle, pero que no habían perseverado en ello; y que habían entrado en la población y ciudad de Tatutepeque y habían sido bien recibidos, a lo que habían mostrado; y que el señor, que le había dicho que se aposentase allí en unas casas grandes suyas que tenían la cobertura de paja, y que porque eran en lugar algo no provechoso para los de caballo no habían querido sino abajarse a otra parte de la ciudad que era más llano; y que también lo había fecho porque luego entonces había sabido que le ordenaban de matar a él y a todos desta manera: que como todos los españoles estuviesen aposentados en las casas, que eran muy grandes, a media noche les pusiesen fuego y los quemasen a todos. Y como Dios le había descubierto este negocio, había disimulado y llevado consigo a lo bajo al señor de la provincia y un hijo suyo, y que los había detenido y tenía en su poder como presos, y le habían dado veinte y cinco mil castellanos, y que creía que según los vasallos de aquel señor le decían, que tenía mucho tesoro, y que toda la provincia estaba tan pacífica que no podía ser más, y que tenían sus mercados y contratación como antes. Y que la tierra era muy rica de oro de minas, y que en su presencia le habían sacado una muestra de perlas, que también me envió; las cuales, con la muestra del oro de minas, envío a vuestra majestad.

[...]

En la otra relación hice saber a vuestra majestad cómo cerca de las provincias de Tascaltecal y Guajocingo había una sierra redonda y muy alta, de la cual salía casi a la continua mucho humo, que iba como una saeta derecho hacia arriba. E porque los indios nos daban a entender que era cosa muy mala y que morían los que allí sobían, yo hice a ciertos españoles que subiesen y viesen de la manera que la sierra estaba arriba. E a la sazón que subieron salió aquel humo con tanto ruido, que ni pudieron ni osaron llegar a la boca; y después acá yo hice ir allá a otros españoles, y subieron dos veces hasta llegar a la boca de la sierra do sale aquel humo, y había de la una parte de la boca a la otra dos tiros de ballesta, porque hay en torno cuasi tres cuartos de legua; y tiene tan gran hondura, que no pudieron ver el cabo; y allí alrededor hallaron algún azufre de lo que el humo expele. Y estando una vez allá oyeron el ruido que traía el humo, y ellos diéronse priesa a bajar; pero antes que llegasen al medio de la sierra ya venían rodando infinitas piedras, de que se vieron en harto peligro; y los indios nos tuvieron a muy gran cosa osar ir adonde los españoles. Por una carta mía hice saber a vuestra majestad cómo los naturales destas partes eran de mucha más capacidad que no los de las otras islas, que nos parecían de tanto entendimiento y razón cuanto a uno medianamente basta para ser capaz, y que a esta causa me parecía cosa grave por entonces compelerlos a que sirviesen a los españoles de la manera que los de las otras islas; y que también, cesando aquesto, los conquistadores y pobladores destas partes no se podían sustentar. E que para no constreñir por entonces a los indios, que los españoles se remediasen, me parecía que vuestra majestad debía mandar que de las rentas que acá pertenecen a vuestra majestad fuesen socorridos para su gasto y sustentación, y que sobre ello vuestra majestad mandase proveer lo que fuese más servido, según que de todo más largamente hice a vuestra majestad relación. E después acá, vistos los muchos y continuos gastos de vuestra majestad y que antes debíamos por todas vías acrecentar sus rentas que dar causa a las gastar, y visto también el mucho tiempo que habemos andado en las guerras, y las necesidades y deudas en que a causa dellas todos estábamos puestos, y la dilación que había en lo que en aqueste caso vuestra majestad podía mandar, y sobre todo la mucha importunación de los oficiales de vuestra majestad y de todos los españoles y que ninguna manera me podía excusar, fueme casi forzado depositar los señores y naturales destas partes a los españoles, considerando en ello las personas y los servicios que en estas partes a vuestra majestad han hecho, para que en tanto que otra cosa mande proveer, o confirmar esto, los dichos señores y naturales sirvan y den a cada español a quien estuvieren depositados lo que hubieren menester para su sustentación. Y esta forma fue con parecer de personas que tenían y tienen mucha inteligencia y experiencia de la tierra; y no se pudo ni puede tener otra cosa que sea mejor, que convenga más, así para la sustentación de los españoles como para conservación y buen tratamiento de los indios, según que de todo harán más larga relación a vuestra majestad los procuradores que van desta Nueva España; para las haciendas y granjerías de vuestra majestad se señalaron provincias y ciudades mejores y más convenientes. Suplico a vuestra majestad lo mande proveer y responder lo que más fuere servido.


Muy católico señor: Dios Nuestro Señor la vida y muy real persona y muy poderoso estado de vuestra cesárea majestad conserve y aumente con acrecentamiento de muy mayores reinos y señoríos, como su real corazón desea. —De la ciudad de Cuyoacán, desta Nueva España del mar Océano, a 15 días de mayo de 1522 años. —Potentísimo señor. —De vuestra cesárea majestad muy humilde siervo y vasallo, que los muy reales pies y manos de vuestra majestad besa. —Hernando Cortes.

Potentísimo señor: A vuestra cesárea majestad hace relación Fernando Cortés, su capitán y justicia mayor en esta Nueva España del mar Océano, según aquí vuestra majestad podrá mandar ver, y porque los oficiales de vuestra católica majestad somos obligados a le dar cuenta del suceso y estado de las cosas destas partes, y en esta escritura va muy particularmente declarado, y aquello es la verdad y lo que nosotros podríamos escribir, no hay necesidad de más nos alargar, sino remitirnos a la relación del dicho capitán.

Invictísimo y muy católico señor: Dios Nuestro Señor la vida y muy real persona y potentísimo estado de vuestra majestad conserve y aumente, con acrecentamiento de muchos más reinos y señoríos, como su real corazón desea. —De la ciudad de Cuyoacán, a 15 de mayo de 1522 años. —Potentísimo señor. —De vuestra cesárea majestad muy humildes siervos y vasallos, que los muy reales pies y manos de vuestra majestad besan. —Julián Alderete. —Alonso de Grado. —Bernardino Vázquez de Tapia.



Piedra conmemorativa del nacimiento de Cortés en Medellín (Badajoz)




En Cartas de la conquista de México
Madrid, Editorial Sarpe, 1985
Imágenes: Bettman/Corbis

26 de jul. de 2012

Samuel Beckett entrevistado por Israel Shenker

No hay comentarios. :


Samuel Beckett por Paul Joyce


Samuel Beckett (1906-1989), novelista y dramaturgo francés, nació y se educó en Irlanda. Escribió sus dos primeras novelas y parte de su obra poética en inglés, pero en 1932 tomó la decisión de instalarse en Francia. A partir de ese momento escribiría en francés su trilogía Molloy (Molloy, 1951), Malone muere (Malone meurt, 1951) y El innombrable (Innominable, 1953), así como las sombrías y a la vez cómicas obras de teatro por las que es más conocido, Esperando a Godot (1956) y El juego final (1957). Estas piezas teatrales fueron encuadradas dentro del teatro del absurdo. Fue galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1969.

Israel Shenker (n. 1925) fue corresponsal en Europa de Time Magazine desde 1949 hasta 1968. A continuación se incorporó como reportero a The New York Times.

Samuel Beckett es una presencia enjuta e impresionante, con la furibunda mirada de un ápostol cuya misión fuera convertirse en el flagelo de los pecadores del mundo.

Vive en París, en el octavo piso de un bloque de apartamentos de clase media, no más ruinoso que el promedio parisino.

Habla con concisión, como sus personajes, con dolorosa indecisión, temeroso de expresarse con palabras, consciente de que hablar no es más que otro modo de levantar polvo.

—La primera vez que vine a París, en 1927, lo hice como estudiante del Trinity College, tras graduarme en francés e italiano. En 1928 regresé a la Ecole Nórmale Supérieure como profesor invitado dentro de un programa de intercambio...

"Abandoné el centro en 1930. Había sido nombrado ayudante de la cátedra de Francés en Dublín por un periodo de tres años... Renuncié cuatro trimestres más tarde... No me gustaba la enseñanza. No conseguía centrarme en el trabajo... Entonces abandoné Irlanda.

"Estuve en Alemania, en Londres, volví a Dublín. Andaba muy perdido. Guardo una imagen muy confusa de aquella época. Escribí More Pricks than Kicks y Echo's Bones. Y también mi primera novela, Murphy. Eso fue en Londres. Los poemas surgieron aquí y allá, por todas partes.

"Tenía un hermano mayor que yo. Se dedicaba al cálculo de materiales en las construcciones, como mi padre. Es un puesto intermedio entre el arquitecto y el constructor. Mi hermano se hizo cargo del negocio de mi padre cuando éste murió.

"No me gustaba vivir en Irlanda. Ya sabe a lo que me refiero... toda esa teocracia, la censura de libros, ese tipo de cosas. Preferí vivir en el extranjero. Regresé a París y estuve alojado en un hotel durante algún tiempo. Más tarde decidí establecerme y construir aquí mi vida. Eso fue en 1933.

"Mientras vivió mi madre, iba a visitarla una vez al año y pasaba con ella un mes durante el verano. Mi madre murió en 1950.

"Hacía muchas traducciones, daba clases (de inglés), y realizaba algunos trabajos para la UNESCO. Pero me adelanto a los acontecimientos.

"Estaba en la Ecole Nórmale, en 1928 o 1929, cuando probé a traducir al francés con un amigo el pasaje de Anna Livia de Finnegans Wake. Ésa fue la primera traducción. Apareció más tarde, revisada por otros, incluido Joyce. El boceto original lo hicimos entre Alfred Peron y yo. Él también está muerto; le mataron los alemanes.

"No fui nunca secretario de Joyce, pero como todos sus amigos, le ayudaba. Tenía graves problemas con la vista. Hacía trabajos sueltos para él, como marcarle pasajes o leerle, pero nunca escribí ninguna de sus cartas.

"Cuando se desató la guerra en 1939 me encontraba en Irlanda. Regresé a Francia de inmediato. Prefería Francia en guerra a Irlanda en paz. Me marché justo a tiempo. Estuve aquí hasta 1942 y después tuve que marcharme, así que me fui a Vaucluse. Fue por culpa de los alemanes. Porque yo no sabía quedarme callado. Me metí en... ¿Cómo explicarlo? No me gusta hablar de la Resistencia..., se trataba de un grupo francés en el que estaba mi amigo Perón. Nuestra misión era recabar información de todo tipo y enviarla a Londres. Desempeñé toda clase de trabajos... Recibía los fragmentos de información según llegaban, los clasificaba y los pasaba a máquina.

"Escribí mi último libro en inglés durante la guerra: Watt. Después de la guerra, en 1945, volví a Irlanda y luego regresé a Francia con la Cruz Roja irlandesa como intérprete y almacenero. La Cruz Roja irlandesa había ofrecido a Saint Lo un hospital enteramente equipado con alimentos y material médico. Fui con ellos a Saint Lo, pero no permanecí mucho tiempo en la Cruz Roja irlandesa.

"A pesar de haber tenido que salir huyendo en 1942, logré conservar mi apartamento. Volví a él y empecé a escribir de nuevo, esta vez en francés. Simplemente, me apetecía hacerlo. Fue una experiencia distinta a escribir en inglés. Para mí, escribir en francés resultaba... más excitante.

"Escribí todas mis obras muy deprisa, entre 1946 y 1950. Mi trabajo en francés me llevó a un punto en el que me abrumaba la impresión de que estaba diciendo lo mismo una y otra vez. A algunos autores les va resultando más fácil escribir cuanto más escriben. En mi caso se fue haciendo más y más difícil. Para mí las posibilidades eran cada vez más reducidas.

Se ha comparado a Beckett con Kafka, pero él ve más diferencias que similitudes entre ellos.

—Me parece que... Sólo he leído a Kafka en alemán. Me refiero a leerle en serio. Excepto por algunas cosas en francés e inglés. Leí El castillo en alemán. Debo reconocer que me resultó difícil llegar al final. El héroe kafkiano es coherente en sus propósitos. Se siente perdido, pero no es espiritualmente inestable, no se viene abajo hecho pedazos. Mi gente parece desmoronarse. Y hay otra diferencia. Dése cuenta de que, en Kafka, la forma es clásica, avanza como una apisonadora..., es casi serena. Parece amenazada ininterrumpidamente, pero la turbación está en la forma. En mí hay turbación detrás de la forma, no en ella.

"Al final de mi obra no hay más que polvo..., lo innombrable. En El innombrable se produce una desintegración total. No hay 'yo', ni 'tengo', ni 'existencia'. No existe el nominativo, ni el acusativo, ni el verbo. No hay modo de seguir adelante... Textos para nada fue un intento de superar la actitud desintegradora, pero fracasó.

"En el caso de Joyce la diferencia es que él era un soberbio manipulador del material con el que trabajaba, tal vez el más grande. Hacía que las palabras trabajaran al máximo. En su obra no hay ni una sílaba superflua. Por mi parte, yo no soy dueño del material con el que trabajo.

"Cuanto más sabía Joyce más podía hacer. Como artista, tiende hacia la omnisciencia y la omnipotencia. Yo trabajo con la impotencia, con la ignorancia. No creo que la impotencia haya sido explotada en el pasado. Parece existir una especie de axioma estético según el cual la expresión es un logro, debe ser un logro. Mi pequeña exploración se circunscribe a esa parte del ser que siempre ha sido descartada por los artistas como algo inutilizable, como algo, por definición, incompatible con el arte.

"Pienso que, en nuestros días, cualquiera que preste la más mínima atención a su propia experiencia reconoce en ella la experiencia de un no-conocedor, un impotente. El otro tipo de artista, el armonioso y equilibrado, me resulta absolutamente ajeno.

"La expresión abstracta, serena, de Valéry, me parece completamente espúrea... a menos que exista gente cuya experiencia interior sea ésa. Para mí resulta algo inconcebible.

"No me interesa ningún sistema. No soy capaz de percibir el menor rastro de sistema alguno en ninguna parte.

—¿Por qué decidió escribir una obra de teatro después de escribir novelas?

—Yo no decidí hacer una pieza teatral. Simplemente me salió así.

—Los críticos han dicho que la estructura y el mensaje de Esperando a Godot permitía al autor prescindir de la pluma en cualquier momento.

Beckett disentía.

—Una obra en un acto habría sido demasiado poco, y tres actos habrían sido demasiado.

—¿Qué hacer, pues, cuando no queda nada por decir? ¿Limitarse a hacer lo que hacen los demás, seguir intentándolo?

Beckett replicó:

—También hay otros, como Nicolás de Staél, que se tiran por la ventana después de años de lucha.


(The New York Times, 6 de mayo de 1956)


En Las grandes entrevistas de la historia 1859-1992
Edición e introducción de Christopher Silvester
Traducción: Herminia Bevia y Antonio Resines
Imagen: Paul Joyce