31 mar. 2012

Walter Benjamin - Censor jurado de libros



Dirección única


Así como la época actual es, por antonomasia, la antítesis del Renacimiento, también se contrapone, en particular, al momento histórico en que se inventó el arte de la imprenta. Se trate o no de un azar, su aparición en Alemania coincide con una época en que el libro, en el sentido más noble del término, el Libro de los libros, se convirtió, gracias a la traducción de la Biblia por Lutero, en patrimonio colectivo. Ahora, todo parece indicar que el libro, en esta forma heredada de la tradición, se encamina hacia su fin. Mallarmé, que desde la cristalina concepción de su obra, sin duda tradicionalista, vio la verdadera imagen de lo que se avecinaba, utilizó por vez primera en el Coup de dés las tensiones gráficas de la publicidad, aplicándolas a la disposición tipográfica. Los experimentos que los dadaístas intentaron luego con la escritura no provenían ciertamente de un afán de construcción, sino de las puntuales reacciones nerviosas propias de los literatos, y fueron por ello mucho menos consistentes que el intento de Mallarmé, surgido de la esencia misma de su estilo. Pero esto permite justamente reconocer la actualidad de aquello que, cual mónada, Mallarmé, en su aposento más hermético descubrió en armonía preestablecida con todos los acontecimientos decisivos de esta época en los ámbitos de la economía, la técnica y la vida pública. La escritura, que había encontrado en el libro impreso un asilo donde llevaba su existencia autónoma, fue arrastrada inexorablemente a la calle por los carteles publicitarios y sometida a las brutales heteronomías del caos económico. Tal fue el severo aprendizaje de su nueva forma. Si hace siglos empezó a reclinarse gradualmente, pasando de la inscripción vertical al manuscrito que reposaba inclinado en los atriles para terminar recostándose en la letra impresa, ahora comienza, con idéntica lentitud, a levantarse otra vez del suelo. Ya el periódico es leído más vertical que horizontalmente, el cine y la publicidad someten por completo la escritura a una verticalidad dictatorial. Y antes de que el hombre contemporáneo consiga abrir un libro, sobre sus ojos se abate un torbellino tan denso de letras volubles, coloreadas, rencillosas, que sus posibilidades de penetrar en la arcaica quietud del libro se ven reducidas. Las nubes de langostas de la escritura, que al habitante de la gran ciudad le eclipsan ya hoy el sol del pretendido espíritu, se irán espesando más y más cada año. Otras exigencias del mundo de los negocios llevan más lejos. Con el archivo se conquista la escritura tridimensional, es decir, un sorprendente contrapunto a la tridimensionalidad de la escritura en su origen, cuando era runa o quipo. (Y ya hoy es el libro, como enseña el modo actual de producción científica, una mediación anticuada entre dos sistemas diferentes de ficheros. Pues todo lo esencial se encuentra en el fichero del investigador que lo escribió, y el erudito, que estudia en él, lo asimila a su propio fichero.) Pero no cabe la menor duda de que la evolución de la escritura no quedará eternamente ligada a las pretensiones de dominio de una actividad caótica en la ciencia y en la economía, y de que más bien vendrá el momento en que la cantidad se transforme en calidad, y la escritura, que se adentra cada vez más en el ámbito gráfico de su nueva y excéntrica plasticidad, se apoderará de golpe de sus contenidos objetivos adecuados (Sachgehalte). En esta escritura pictográfica, los poetas, que como en los tiempos más remotos serán en primer término, y sobre todo, expertos en escritura, sólo podrán colaborar si hacen suyos los ámbitos en los que (sin darse demasiada importancia) se lleva a cabo la construcción de esa escritura: los del diagrama estadístico y técnico. Con la instauración de una escritura internacional variable, ellos renovarán su autoridad en la vida de los pueblos y descubrirán un papel frente al cual todas las aspiraciones tendentes a renovar la retórica resultarán triviales ensoñaciones.


En Dirección única
Traducción: Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar


29 mar. 2012

Juan José Arreola - El converso



Juan José Arreola


Entre Dios y yo todo ha quedado resuelto desde el momento en que he aceptado sus condiciones. Renuncio a mis propósitos y doy por terminadas mis labores apostólicas. El infierno no podrá ser suprimido; toda obstinación de mi parte será inútil y contraproducente. Dios se ha mostrado en esto claro y definitivo, y ni siquiera me permitió llegar a las últimas proposiciones.

Entre otros deberes, he contraído el de hacer volver atrás a mis discípulos. A los de la tierra, se entiende. Los del infierno seguirán esperando inexorablemente mi regreso. En lugar de la redención prometida, no habré hecho más que añadir un nuevo suplicio: el de la esperanza. Dios lo ha querido así.

Yo debo volver al punto de partida. Dios se niega a iluminarme y debo colocar mi espíritu en el plano en que se hallaba antes de seguir el camino equivocado, esto es, en vísperas de recibir las órdenes menores.

Nuestro coloquio se ha desarrollado en el sitio que ocupo desde que fui arrebatado del infierno. Es algo así como una celda abierta en lo infinito y ocupada totalmente por mi cuerpo.

Dios no acudió inmediatamente. Por el contrario, me pareció una eternidad la espera, y un sentimiento de postergación indecible me hacía sufrir más que todos los suplicios anteriores. El dolor pasado era un recuerdo grato en cierta manera, ya que me daba ocasión de comprobar mi existencia y de percibir los contornos de mi cuerpo. Allí, en cambio, me podía comparar a una nube, a un islote sensible, de márgenes constituidas por estados cada vez más inconscientes, de manera que no lograba saber hasta dónde existía ni en qué punto me comunicaba con la nada.

Mi sola capacidad era el pensamiento, siempre más desbordado y potente. En la soledad tuve tiempo de andar y desandar numerosos caminos; reconstruí pieza por pieza edificios imaginarios; me extravié en mi propio laberinto, y sólo hallé la salida cuando la voz de Dios vino a buscarme. Millones de ideas se pusieron en fuga, y sentí que mi cabeza era la cuenca de un océano que de pronto se vaciaba.

Está por demás aclarar que fue Dios quien puso todas las condiciones del pacto, y que a mí sólo me reservó el privilegio de aceptarlas. No fortaleció mi juicio en modo alguno; el arbitrio fue tan completo, que su imparcialidad me parece falta de misericordia. Se limitó a indicarme los dos caminos: recomenzar mi vida, o ir de nuevo al infierno.

Todos dirán que el asunto no era para pensarse y que debí decidirme inmediatamente. Pero tuve que dudar mucho. Volver atrás no es cosa sencilla; se trata nada menos que de inaugurar una vida deshaciendo los errores y salvando los obstáculos de otra; y esto, para un hombre que no ha dado muestras de gran discernimiento, exige una serenidad y una resignación que Dios mismo echa de menos en mi persona. No sería difícil errar otra vez y que el camino de salvación se desviara nuevamente hacia el abismo.

Además, en mi conducta futura está incluida toda una serie de actos insoportables, de humillaciones sin cuento: debo someterme y aclarar públicamente mi nueva situación. Han de saberlo todos, discípulos y enemigos. Los superiores cuya autoridad desprecié recibirán las cumplidas muestras de mi obediencia. Juro que si entre tales personas no se hallara fray Lorenzo, la cosa no sería tan grave. Pero es él precisamente quien debe enterarse primero y aparecer como agente de mi salvación. Tendrá a su cargo la vigilancia estrecha de mi vida, y cada una de mis acciones deberá desnudarse ante sus ojos.

Volver al infierno es también una idea desalentadora; porque no se trata únicamente de condenación, sino de algo más fundamental: del fracaso de toda mi labor. Mi presencia en el infierno carece ya de sentido, no tiene importancia, desde el momento en que volvería incapacitado para convencer a nadie, para alentar la menor esperanza, ya que Dios ha puesto punto final a mis ensueños. Esto, descontando la naturalísima circunstancia de que en el infierno todos habrían de sentirse defraudados. Llamándome farsante y traidor, darían a mi mudanza interpretaciones malignas y torcidas; se dedicarían, sin duda alguna, a martirizarme in aeternum por su cuenta…

Y aquí estoy, al borde del tiempo, asistido de mis más precarias cualidades, hablando de miedos mezquinos, haciendo gala de amor propio. Porque no puedo olvidar el éxito que obtuve en el infierno. Un triunfo, me atrevo a asegurarlo, que no han visto los apóstoles de la tierra. Era un espectáculo grandioso, y en medio estaba mi fe, inquebrantable, multiplicada, como una espada resplandeciente en las manos de todos.

Fui a dar de bruces en el infierno, pero no dudé un solo instante. Rodeado de diablos tenebrosos, la idea de perdición no pudo abrirse paso en mi cabeza. Legiones de hombres sufrían tormento en máquinas horribles; sin embargo, a cada hecho desolador, mi fe respondía: Dios quiere probarme.

Las dolencias que en la tierra me causaron mis verdugos no parecían interrumpirse, sino que hallaban una exacta continuación. Dios mismo ha examinado todas mis heridas y no ha podido discernir cuáles me fueron causadas en el mundo y cuáles provenían de manos diabólicas.

No sé cuánto estuve en el infierno, pero recuerdo con claridad la rapidez y la grandeza del apostolado. Me di incansablemente a la tarea de trasmitir a los demás las convicciones propias: no estábamos definitivamente condenados; el castigo subsistía gracias a la actitud rebelde y desesperada. En vez de blasfemar, había que dar muestras de sacrificio, de humildad. El dolor sería el mismo y nada iba a perderse con hacer una prueba. Pronto volvería Dios su vista hacia nosotros, para darse cuenta de que habíamos comprendido sus secretos fines. Las llamas cumplirían su obra de purificación y las puertas del cielo iban a abrirse ya a los primeros perdonados.

Pronto empezó a tomar vuelo mi canto de esperanza. El venero de la fe comenzó a refrescar los corazones endurecidos, con su dulce acento olvidado. Debo confesar ciertamente que para muchos aquello significaba sólo una especie de novedad a lo largo de la cruel monotonía. Pero al clamor se unieron hasta los más empedernidos, y hubo demonios que olvidaron su condición y se sumaban resueltamente a nuestras filas. Se vieron entonces cosas sorprendentes: condenados que iban ellos mismos a los hornos y se aplicaban contra el pecho brasas y cauterios, que saltaban a las calderas hirvientes y bebían con deleite largos vasos de plomo fundido. Demonios temblorosos de compasión iban a ellos y los obligaban a tomar reposo, a hacer una tregua en su actitud conmovedora. De lugar abyecto y abisal, el infierno se había transformado en santo refugio de espera y penitencia.

¿Qué harán ellos ahora? ¿Habrán vuelto a su rebeldía, a su desesperación, o estarán aguardando con angustia mi regreso a un infierno que ya no podré mirar con ojos de iluminado?

Yo, que rechacé todos los argumentos humanos, que vi sonreír el rostro de Dios detrás de todos los tormentos, debo confesar ahora mi fracaso. Me cabe el alivio de que fue Dios mismo quien me desengañó, y no fray Lorenzo. Me ha sido impuesto el sacrificio de reconocerlo como salvador para castigar suficientemente mi vanidad; y el orgullo que no se rompió en los potros, irá a doblarse ante sus ojos crueles.

Y todo gracias a que yo quise vivir a la buena de Dios. Cosa sorprendente, vivir a la buena de Dios trae los peores resultados. A Dios ofende una fe ciega; pide una fe vigilante, sobrecogida. Yo aniquilé totalmente la voluntad, y por mi espíritu y por mi cuerpo transitaron libremente los instintos y las virtudes. En vez de dedicarme a clasificar, puse todas las fuerzas en la fe, para hacer de mi quietismo una llama recóndita y potente; y las acciones, las dejé al capricho de esa fuerza oscura y universal que mueve cuanto existe sobre la tierra.

Todo esto se vino abajo de golpe, cuando me di cuenta de que los actos, buenos y malos, que yo había remitido al depósito de la conciencia general —vana creación de nuestra mente de herejes—, se hallaban estrictamente anotados en mi cuenta personal. Dios me hizo comprobar la existencia de balanzas y registros; señaló uno por uno mis errores y me puso ante los ojos la afrenta de un saldo negativo. Yo no tuve a mi favor sino la fe, una fe totalmente errada, pero cuya solvencia Dios quiso reconocer.

Me doy cuenta de que en mi caso se comprueba la predestinación, pero ignoro si estaré a salvo durante la nueva tentativa. Dios ha fortalecido reiteradamente mi incertidumbre y me ha soltado de sus manos sin una sola prueba palpable, con igual turbación ante los diferentes caminos que se abren a mis ojos inexpertos. La humana incapacidad ha sido cuidadosamente restaurada; lo veo todo como un sueño y no traigo ni una sola verdad como equipaje.

Poco a poco las fronteras de mi cuerpo se reducen. El vago continente va incorporándose a la masa de mi persona. Siento que la piel envuelve y limita la sustancia que se había derramado en un orbe de inconsciencia. Renacen lentamente los sentidos y me comunican con el mundo y sus objetos.

Estoy en mi celda, sobre el suelo. Veo el crucifijo de la pared. Muevo una pierna, palpo mi frente. Mis labios se remueven; percibo ya el soplo de la vida y trato de articular, de ensayar las palabras terribles: "Yo, Alonso de Cedillo, me retracto y abjuro…"

Luego, frente a la reja, con su linterna en la mano, observándome, distingo a fray Lorenzo.


En Confabulario
Imagen: Enrique Villaseñor



28 mar. 2012

Italo Calvino: La aventura de un poeta






Las orillas del islote eran altas, rocosas. Encima crecía la mancha baja y tupida de la vegetación que resiste la cercanía del mar. En el cielo volaban las gaviotas. Era una isla pequeña próxima a la costa, desierta, sin cultivar: en media hora se le podía dar la vuelta en barca y hasta en bote de goma, como el de los dos que se acercaban, el hombre que remaba tranquilo, la mujer acostada tomando el sol. Al aproximarse en hombre aguzó la oreja.
—¿Has oído algo? —preguntó ella.
—Silencio —dijo—. Las islas tienen un silencio que se oye.
En realidad todo silencio consiste en la red de menudos ruidos que lo envuelve: el silencio de la isla se diferenciaba del silencio del tranquilo mar circundante porque estaba recorrido por murmullos vegetales, cantos de pájaros o un brusco rumor de alas.
Abajo, al pie de las rocas, el agua, aquel día sin una ola, era de un azul intenso, límpido, atravesada hasta el fondo por los rayos del sol. En la escollera se abrían bocas de cavernas, y los dos del bote se acercaban perezosamente a explorarlas.
Era una costa del sur, poco afectada todavía por el turismo, y los dos bañistas venían de fuera. Él era un tal Usnelli, poeta bastante conocido; élla, Delia H., una mujer muy bella.
Delia era una admiradora del sur, apasionada, francamente fanática, y tendida en el bote hablaba con continuo transporte de todo lo que veía, y quizá también en cierto tono de polémica porque le parecía que Usnelli, recién llegado a aquellos lugares, participaba de su entusiasmo menos de lo debido.
—Espera —decía Usnelli—. Espera.
—¿Espera qué? ¿Quieres algo más hermoso que esto? —decía ella.
Él, desconfiado —por naturaleza y por educación literaria—de las emociones y las palabras que otros ya habían hecho suyas, habituado más a descubrir las bellezas escondidas y espúreas que las manifiestas e indiscutibles, estaba sin embargo con los nervios de punta. La felicidad era para Usnelli un estado de suspensión, de esos que se han de vivir conteniendo la respiración. Desde que se había enamorado de Delia veía en peligro su cautelosa, avara relación con el mundo, pero no quería renunciar a nada ni de sí mismo ni de la felicidad que se le ofrecía. Ahora estaba alerta, como si cada grado de perfección que la naturaleza circundante alcanzaba —un decantarse del azul del agua, una transformación del verde de la costa en ceniciento, la alerta de un pez que asomaba justo allí donde era más lisa la superficie del mar—, sólo sirviera para preceder otro grado más alto, y así sucesivamente, hasta el punto en que la línea invisible del horizonte se abriera como una ostra revelando de pronto un planeta distinto o una palabra nueva.
Entraron en una gruta. Al principio era espaciosa, casi un lago interior de un verde claro, bajo una alta bóveda rocosa. Más adelante se estrechaba en na oscura galería. Con el remo el hombre hacía girar el bote sobre sí mismo para gozar de los diversos efectos de la luz. La de afuera, que se metía pr la grieta irregular de la entrada, deslumbraba con sus colores avivados por el contraste. Allí el agua irradiaba, y las láminas de luz rebotaban hacia arriba, contrastando con las blandas sombras que se alargaban desde el fondo. Reflejos y manchas de luz comunicaban a la roca de las paredes y de la bóveda la inestabilidad del agua.
—Aquí comprendes a los dioses —dijo la mujer.
—Hum —dijo Usnelli. Estba nervioso. Su mente, habituada a traducir las sensaciones en palabras, ahora nada, no conseguía formular ni una sola.
Se internaron. El bote dejó atrás un bajío: el dorso de una roca al ras del agua; ahora flotaba entre los escasos fulgores que aparecían y desaparecían a cada golpe de remo: el resto era sombra espesa; las palas tocaban de vez en cuando una pared. Mirando hacia atrás Delia veía el ojo azul del cielo abierto cuyos contornos cambiaban continuamente.
—¡Un cangrejo! ¡Grande! ¡Allí! —gritó, levantándose.
—"¡...grejo! ¡...iii!" —retumbó el eco.
—¡El eco! —exclamó contenta, y se puso a gritar palabras en las tenebrosas bóvedas: invocaciones, versos—. ¡Tú también! ¡Grita tu nombre! ¡Pide un deseo! —le dijo a Usnelli.
—Ooo.. —hizo Usnelli—. Ehiii... Ecooo...
De vez en cuando la barca se arrastraba por el fondo. La oscuridad era más espesa.
—Tengo miedo. ¡Dios sabe cuántos bichos habrá!
—Todavía se puede pasar.
Usnelli se dio cuenta que avanzaba hacia la oscuridad como un pez de los abismos que huye de las aguas iluminadas.
—Tengo miedo, volvamos —insistió ella.
También a él, en el fondo, el gusto por lo horrible le era ajeno. Remó hacia atrás. Al volver al lugar donde la gruta se ensanchaba, el mar se volvió de cobalto.
—¿Habrá pulpos? —dijo Delia.
—Se verían. Está límpido.
—Entonces voy a nadar.
Se dejó caer desde el bote, se apartó, nadaba en el lago subterráneo, y su cuerpo parecía unas veces blanco (como si la luz lo despojara de todo color propio), otras del azul de aquella pantalla de agua.
Usnelli había dejado de remar: seguía conteniendo la respiración. Pare él, estar enamorado de Delia había sido siempre así, como en el espejo de esa gruta: haber entrado a un mundo más allá de la palabra. Por lo demás, en todos sus poemas, jamás había escrito un verso de amor; ni uno.
—Acércate —dijo Delia. Mientras nadaba se había quitado el trapito que le cubría el pecho; lo arrojó por encima de la borda del bote—. Un momento. —Se quitó también el otro pedazo de tela sujeto a las caderas y lo pasó a Usnelli.
Ahora estaba desnuda. La piel más blanca en el pecho y en las caderas casi no se distinguía, porque todo su cuerpo difundía una claridad azulada, de medusa. Nadaba de costado, con un movimiento indolente, la cabeza (una expresión fija y casi irónica de estatua) apenas al ras del agua, y a veces la curva de un hombro y la línea suave del brazo extendido. El otro brazo, con movimientos acariciadores, cubría y descubría los pechos altos, tendidos hacia el vértice. Las piernas apenas batían el agua, sosteniendo el vientre liso, marcado por el ombligo como una huella leve en la arena, y la estrella como de un fruto de mar. Los rayos del sol que reverberaban bajo el agua la rozaban, ya vistiéndola, ya desnudándola del todo.
De la natación pasó a un movimiento que parecía de danza; suspendida en el agua a media profundidad, sonriéndole, extendía los brazos en una blanda rotación de los hombros y las muñecas; o bien, con un empujón de la rodilla hacía asomarse un pie arqueado como un pequeño pez.
Usnelli, en el bote, era todo ojos. Comprendía que lo que ese momento le ofrecía la vida era algo que no a todos les es dado mirar con los ojos abiertos, como el corazón más deslumbrador del sol. Y en corazón de ese sol había silencio. Todo lo que allí había en ese momento no podía traducirse en ninguna otra cosa, quizá ni siquiera en un recuerdo.
Ahora Delia nadaba de espaldas, emergiendo hacia el sol, en la boca de la gruta. Avanzaba con un ligero movimiento de brazos hacia el mar abierto y debajo el agua iba cambiando gradualmente de azul, cada vez más clara y luminosa.
—¡Cuidado, cúbrete! ¡Se acercan unas barcas, allá fuera!
Delia ya estaba en los escollos, bajo el cielo. Se metió debajo del agua, extendió el brazo, Usnelli le tendió las exiguas prensas, ella se las sujetó nadando, volvió a subir al bote. Las barcas que llegaban eran de pescadores. Usnelli reconoció a algunos del grupo de gente pobre que pasaban la estación de la pesca en aquella playa, durmiendo al abrigo de unos escollos. Les salió al encuentro. El hombre que remaba era el joven, taciturno en su dolor de muelas, la gorra blanca de marinero encajada sobre los ojos estrechos, remando a tirones como si cada esfuerzo que hacía le sirviera para sentir menos el dolor; padre de cinco hijos; desesperado. El viejo iba en la popa; un sombrero mexicano de paja coronaba con una aureola toda deshilachada la figura flaca, los ojos redondos y muy abiertos, en otro tiempo quizá por soberbia fanfarrona, ahora por comedia de borrachín, la boca abierta bajo los bigotes caídos, todavía negros; limpiaba con cuchillo los mújoles que habían pescado. 
—¿Buena pesca? —gritó Delia.
—Lo poco que hay —contestaron—. Es el año.
A Delia le gustaba hablar con los lugareños. A Usnelli, no ("frente a ellos", decía, "no me siento con la consciencia tranquila", se encogía de hombros y todo terminaba ahí). Ahora el bote se acostaba a la barca, cuyo barniz descolorido y surcado de grietas se levantaba en pequeñas escamas, y el remo atado con una anilla de cáñamo al escalmo gemía cada vez que frotaba la madera astillada de la borda, y una pequeña y herrumbada ancla de cuatro puntas se había enganchado bajo la tabla estrecha del asiento en una de las nasas de mimbre erizadas de algas rojizas, secas quien sabe hacía cuanto tiempo, y sobre el montón de redes teñidas de tanino y bordeadas de redondas tajadas de corcho, centelleaban en sus filosas envolturas de escamas, ya de un gris mortecino, ya de un turquesa resplandeciente, los peces boqueantes; las branquias todavía palpitaban mostrando, debajo, un rojo triángulo de sangre.
Usnelli seguía callado, pero esta angustia del mundo humano era lo contrario de la que le comunicaba poco antes la belleza de la naturaleza: así como allá le faltaban las palabras, aquí una avalancha de palabras se precipitaba en su cabeza: palabras para describir cada verruga, cada pelo de la flaca cara mal afeitada del pescador viejo, cada plateada escama de mújol.
En la orilla había otra barca en seco, volcada, sostenida por caballetes, y de la sombra salían las plantas de los pies descalzos de unos hombres dormidos, los que habían estado pescando durante toda la noche; cerca, una mujer toda vestida de negro, sin cara, ponía una olla sobre un fuego de algas, del que subía una larga humareda. La orilla en aquella cala era de guijarros grises; las manchas de colores desteñidos eran los delantales de los niños que jugaban, los más pequeños vigilados por las hermanas mayorcitas y regañonas, y los mayores y más despabilados, con cortos calzones hechos de viejos pantalones de adulto, corrían arriba y abajo entre los escollos y el agua. Más lejos empezaba a extenderse una orilla de arena recta, blanca y desierta, que de un lado se perdía en un cañaveral ralo y en terrenos baldíos. Un joven vestido de fiesta, todo de negro, incluso el sombrero, con el bastón al hombro y un ato colgando, caminaba junto al mar a lo largo de la playa, marcando con los clavos de los zapatos la friable costa de arena: seguramente un campesino o un pastor de un pueblo del interior que había bajado a la costa para ir a algún mercado y que seguía el camino pegado al mar buscando el alivio de la brisa. El ferrocarril mostraba los hilos, el terraplén, los postes, la cerca, después desaparecía en un túnel y volvía a empezar más adelante, desaparecía, salís nuevamente, como las puntadas de una costura irregular. Por encima de los guardacantones blancos y negros de la carretera, asomaban unos olivos bajos; más arriba las colinas se cubrían de brezo, pastos y matorrales o solamente de piedras. Un pueblo encastrado en una grieta entre aquellas alturas se alargaba hacia arriba, las casas una sobre otra, separadas por calles en escalera, empedradas, hundidas en el medio para que corriera el arroyuelo de deyecciones de mulo, y en los umbrales de todas las casas había cantidad de mujeres, viejas o envejecidas, y en los pretiles, sentados en fila, cantidad de hombres, viejos y jóvenes, todos en camisa blanca, y en medio de las calles en escalera los niños jugando en el suelo y algún muchachito mayor tendido a través con la mejilla apoyada en un peldaño, durmiendo allí porque estaba un poco más fresco que dentro de la casa y olía menos, y posadas en todas partes y volando nubes de moscas, y en cada muro y en la orla de papel de periódico que cubría el manto de cada chimenea, el infinito punteado de excremento de mosca, y a Usnelli le venían a la mente palabras y más palabras, apretadas, entrelazadas las unas sobre las otras, sin espacio entre las líneas, hasta que poco a poco era imposible distinguirlas, eran una maraña de la que iban desapareciendo incluso los menudos ojales blancos y sólo quedaba el negro, el negro más total, impenetrable, desesperado como un grito.


En Los amores difíciles (Relatos reunidos por IC en 1970)
Trad. Aurora Bernárdez


27 mar. 2012

Juan Rulfo - Acuérdate





Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el «rezonga ángel maldito» cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y coros de monaguillos que cantaban «hosannas» y «glorias» y la canción esa de «ahí te mando, Señor, otro angelito». De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.

La debes haber conocido, pues era re alegadora y cada rato andaba en pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña «para que se les endulzara la boca a sus hijos». Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa: canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.

Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebemos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán caro.»

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.

Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde se estuvo tendido.

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.

Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.


En El llano en llamas
Foto: Juan Rulfo por Toni Kuhn, 1966



26 mar. 2012

Daniel Dennett - Teoría de los simbiontes



Daniel Dennett por Steve Pyke Londres 1992


Es posible que las religiones resulten ser una especie de simbiontes culturales que se las arreglan para prosperar saltando de anfitrión humano en anfitrión humano. Pueden ser mutualistas; es factible que mejoren el estado físico de los humanos y que incluso lleguen a hacer posible la vida humana, como lo hacen las bacterias en nuestros intestinos. O pueden ser comensales; es decir, ni buenas ni malas para nosotros, sino totalmente neutrales, que estén ahí simplemente por no perderse el paseo. O pueden ser parásitos: replicadores perjudiciales sin los cuales estaríamos mucho mejor -al menos en lo relativo a nuestros intereses genéticos-, pero que son muy difíciles de eliminar, ya que han evolucionado sumamente bien  para hacer frente a nuestras defensas y para aumentar su propia propagación. Podemos esperar que los parásitos culturales, al igual que los parásitos microbióticos, exploten cualquier sistema preexistente que les resulte útil. El reflejo de estornudar, por ejemplo, es en primer lugar una adaptación para sacar los elementos irritantes extraños de las cavidades nasales, pero cuando un germen provoca el estornudo, no es quien estornuda sino el germen mismo el que típicamente es el primer beneficiario, pues así obtiene un lanzamiento de altísima energía hacia un vecindario nuevo en el que otros anfitriones potenciales pueden acogerlo. Es posible que la propagación de gérmenes y la propagación de memes exploten mecanismos similares, tales como el impulso irresistible de impartir historias u otros elementos informativos a los demás, que además se ve fortalecido por tradiciones que elevan la longitud, la intensidad y la frecuencia de los encuentros con otros que, posiblemente, puedan ser anfitriones.

Cuando consideramos la religión desde esta perspectiva, la pregunta por el ¿cui bono? cambia radicalmente. Ahora no es nuestra capacidad reproductiva (en tanto que miembros reproductores de la especie Homo sapiens) la que se presupone que es incrementada por la religión, sino más bien su propia capacidad reproductiva (en tanto que miembro reproductor -es decir, autorreplicador- del género simbionte Cultus religiosus). Es posible que se haya desarrollado como un mutualista debido a que beneficia a sus anfitriones de una manera bastante directa, o que se haya convertido en un parásito, aun cuando agobia a sus anfitriones con una aflicción virulenta que no sólo los deja mucho peor de lo que estaban, sino que además los debilita demasiado como para que puedan combatir su proliferación. Y el punto principal, que debe quedarnos claro desde el principio, es que no podemos decir cuál de estas posibilidades es más probable que sea cierta sin hacer antes una investigación objetiva y cuidadosa. Probablemente su religión le parezca a usted obviamente benigna, y es posible que le parezca que otras religiones son, de igual manera, obviamente tóxicas para los que están infectados con ellas; pero las apariencias pueden engañar. Quizá la religión de ellos les provea de beneficios que usted simplemente no entiende todavía, y quizá su propia religión lo esté envenenando de modos que jamás ha sospechado. Uno realmente no puede distinguir desde adentro. Así es como funcionan los parásitos: silenciosamente, sin incomodar ni molestar a sus anfitriones más de lo que es absolutamente necesario. Si (algunas) religiones son parásitos culturalmente evolucionados, podemos esperar que estén insidiosamente bien diseñadas para ocultar a sus anfitriones su verdadera naturaleza, ya que ésta es una adaptación que promovería su propia proliferación.


En Romper el hechizo
Traducción: Felipe De Brigard
Imagen: Steve Pyke




24 mar. 2012

Manuel Mujica Láinez: Zoológico






Las señoras más importantes y también pesadas del prado, componen la Comisión de Damas Benéficas del Museo. Por ende, no sorprenderá encontrar en el grupo a la Hija del Faraón de Tintoretto; a la Artemisa de Rembrandt; a la María de Médicis de Rubens; y a la María de Inglaterra, «María la Sangrienta», de Antonio Moro. Llevan a cabo una obra generosa y una fiscalización estricta; están al tanto de cuanto sucede, lo lamentan y desmenuzan; salen, de repente, formando un dramático cuarteto, extremadamente lujoso, y los pradenses reconocen sus bondades, pero prefieren no verlas. Infatigables, viven imaginando tómbolas, soñando colectas y planeando rifas. Esta vez se les ha ocurrido organizar, para diversión de los niños, un Jardín Zoológico. La idea ha sido bien acogida, y todos los que pueden han ofrecido contribuir, como cuando se hizo el Concurso de Elegancias.

Lo que más hay en el Prado, perteneciente al reino animal, son caballos y perros. Unos y Otros han sido facilitados por sus propietarios, en gran número. Así, en la exposición podrán admirarse los canes de distintas razas que provienen de pinturas de Fernando Gallego, Botticelli, Velázquez, Alonso Cano, Murillo, Tiziano, Tintoretto, Veronés, Goya, Snyders y Van Loo. Esta variada perrera, que incluye al dogo, al perdiguero, al faldero y al lebrel, ha sido distribuida coordinadamente en la galería principal del Museo. Entre los caballos, los hay magníficos, y además de algunos nombrados, presentan los suyos Carreño de Miranda, Rubens, Berruguete, Luca Giordano y Poussin. La búsqueda de otras especies fue más complicada, pero las señoras la desarrollaron con un empeño que hubiese merecido el aplauso mejor, si no la hubieran realizado ellas. Gracias a afanosas indagaciones, que contaron con la colaboración eficaz de Leandro da Ponte Bassano, autor del «Arca de Noé», ha sido posible presentar un conjunto suficientemente digno, al cual Velázquez envió un toro y un cuervo; asnos, Murillo, Goya, Memling, Patinir y Maino; tigres, Cornelis de Vos; un búho, Hans Baldung Grien; ciervos, el Viejo Cranach y Paul de Vos; el Bosco, una nutrida delegación de camellos, cerdos, jirafas y unicornios; corderos, Rubens, Claudio Coello, Murillo, Rafael, Rubens y Vouet; Patinir, un mono; Durero, una serpiente; Snyders, un jabalí; palomas, Anibal Carracci y Horacio Gentilleschi; otras aves, Breughel de Velours, el Bosco, Snyders y Jan Fyt; el propio Bassano, de su Arca, leones, conejos, pavos, gallinas y liebres; y Rubens, un dragón. Se vaciló en admitir al macho cabrío goyesco que, al fin de cuentas, es el Demonio, pero se lo terminó aceptando, siempre que se limitase a su condición caprina, y se lo ubicó junto al cabrito del Fauno romano.

Ese muestrario complejo se repartió más bien con intención estética que con rigor científico, en la galería. Abundaron, durante la noche inaugural, los visitantes, no sólo infantiles sino individuos mayores y provectos. El novelista anduvo por ahí. A dicha abundancia se sumó la de ladridos, relinchos, bramidos, balidos, rebuznos, gruñidos, cacareos y gorjeos, que pese a su emisión sotto voce, estremecieron la casa. Las señoras benéficas se hicieron presentes, sin ocultar su satisfacción, y María de Médicis, que es sumamente supersticiosa, le comunicó a quien quiso prestarle oídos, que el pavo real falta, no obstante que los hay soberbios en el Prado, porque trae mala suerte.

Puede el lector imaginar con facilidad el espectáculo: el incesante ir y venir de curiosos con atavíos de diversas épocas, por el centro de la galería de la segunda planta; el corretear y extasiarse juvenil, en particular de los pequeños de Bartolomé Esteban Murillo; y a ambos lados, contra los cuadros, sin necesidad de jaulas o vallas, el amistoso sucederse de los irracionales, quienes toleraban que los toqueteasen, acariciasen y aun, en el caso de los caballos, la jirafa, los unicornios y los camellos, que los montasen y condujesen a pasear, con tímidos niños afirmados en las grupas. El Zoológico era un éxito, y las damas más sensibles, la Sangrienta y la heredera de los banqueros Médicis, con mucho titilar de joyas y aletear de encajes, arrullando como palomas pero calculando como economistas, propusieron que la noche siguiente se cobrase la entrada.

Mucho faltaba todavía, sin embargo, para que la noche aquella concluyese, y si bien los pictóricos amos de los animales, en reiteradas ocasiones señalaron la conveniencia de que la fauna regresase a sus marcos con orden y tiempo, se fue postergando la exhibición, el manso cabalgar y el juguetear con conejos, liebres y corderos, para alegría de todos.

Observó el novelista que, avanzada ya la claridad diurna, el macho cabrío se metió en cabildeos con los leones, los tigres y el dragón, prevaleciéndose de que la atención de los concurrentes estuviera fija en los párvulos cabalgantes. Al principio, las fieras menearon las testas escépticamente, pero fue obvio que el cabrón acentuaba su prédica —asombra que los demás, en el contorno, no lo advirtiesen— y ganaba las voluntades de las bestias colmilludas. Volvióse el chivo al lugar asignado, junto al cabrito, y pronto se evidenciaron los frutos de la semilla demoníaca, ya que los animales feroces dieron muestras de inquietud, acentuando la potencia de los rugidos, enseñando los dientes y aprontando las garras. Instantes después, el dragón azotó el aire con sus alas membranosas, y los tigres y leones se alzaron en actitud rampante, como aparecen en el campo de los escudos. Tan peligroso proceder comunicó una desazón, en seguida transformada en pavor, al resto de los brutos más notorios. Espantáronse los caballos, cocearon y se encabritaron con metálico estrépito de los arreos, arrojando a los niños, que rompieron a llorar. Gritaron los parientes de las víctimas; se dispersaron en loca confusión los gallináceos, los ovinos, las piaras y las pajareras; y saltaron los grandes carniceros sobre los indefensos bichos. El macho cabrío huyó a la sala negra de Goya, distinguiéndose por terribles risotadas. Sacudió al palacio el atropellamiento; las voces se multiplicaron en ecos insólitos, y encima del clamoreo fugitivo, se oyó a los que reclamaban la vuelta a la cordura y a los respectivos cuadros, pues era hora de recobrar la serenidad y de aguardar estáticamente al público. Apenas alcanzaron los últimos segundos de plazo, para que cada uno, debatiéndose la lengua afuera o erizado el plumaje, recuperase su sitio. Abriéronse por fin las puertas, y el Museo quedó como tembloroso, después de la demente aventura.

Los turistas suelen estar distraídos; el tremendo cansancio los vence, y apenas escuchan el ronroneo en inglés, francés, japonés, italiano o alemán (a ratos en español), que los apresura de sala en sala. ¡Han visto tanto y les falta tanto por ver, ese mismo día y los siguientes; ¡les duelen tantísimo los pies y las piernas! Dóciles, mudos, fotografiantes, dejan vagar en torno los ojos fatigados. Saben que no bien dejen atrás al Museo recorrido velozmente (un museo más) y que hayan comprado media docena de tarjetas postales, treparán en los ómnibus inexorables, y rodarán a Segovia, a Toledo y a Ávila. Miran, miran, pero en la mayoría de las etapas, casi no ven. Por eso, esta vez han pasado por las salas con respetuosa indiferencia, incapaces de atestiguar el desbarajuste que en ellas se ha producido. Es cierto que en cada cuadro y en cada estatua, para el desatento, aparentemente no se introdujo nada que modifique su inicial y normal composición. Pero si las fuerzas le diesen para aguzar el interés y los ojos, tendría que percatarse el turista de que, sobre determinadas obras, se ha superpuesto una sutil, imprecisable veladura, que perturba vagamente las imágenes. Ello se debe (¿cómo se lo figuraría el viajero?) al hecho de que, en el apuro y los tropezones del pánico, muchos animales equivocaron su emplazamiento. Así, por ejemplo, aunque en la tela de Albrecht Dürer la serpiente, fiel al texto bíblico, persiste seduciendo a la primera mujer con la manzana, es posible discernir la silueta de un mono (el mono de Patinir), el cual, según se coloque quien examina el cuadro, resultará el verdadero tentador. En cuanto a la serpiente, se insinúa, enroscada entre los trofeos, al pie del retrato ecuestre de Carlos II, por Luca Giordano. Además de su caballo negro de Mühlberg, Carlos V espoleó un translúcido unicornio; y además del caballo blanco de largas crines, la Reina Isabel, esposa de Felipe IV, monta un vaporoso y extraviado jabalí. El marmóreo cabrito del Fauno brincó a los hombros de la escultura de Diadumeno, y ahí se lo adivina, como una ilusión. La sombra de la jirafa del Bosco se anexiona al ciervo de Snyders; el perrazo de las Meninas cohabita con el faldero de la familia de Felipe V; el dragón de Rubens se suma al cortejo del Arca de Noé; y así sucesivamente... ¡Qué desconcierto! Y ¡qué miedo de que los descubran, de que se quejen a los calmos guardianes, y de que se desate en el Museo del Prado un inexplicable barullo! Felizmente, nadie cayó en la cuenta de esas mudanzas.

Los guías avanzan de un cuadro al otro, azuzando a los remolones; repiten las anécdotas, las bromas, con un tono hastiado que pretende ser entusiasta; y ninguno repara en irregularidades.

A la una de la tarde, disminuye significativamente la afluencia de público, en el Museo. Es hora de almorzar; de proceder a la revisación de las postales y los folletos acumulados durante la mañana; de lanzar un hondo suspiro de alivio, al sentarse; de encarar el menú políglota y concluir pidiendo una comida ignota; de proyectar la tarde y vislumbrar el ajetreo de nuevas traslaciones. El novelista se retrasó, porque esperaba detenerse frente a los Velázquez, en un ámbito semivacío; y, en efecto, se desvanecieron los caminadores y se acallaron los murmullos.

Entonces quien esto escribe, avezado por su privilegiada y mágica situación, capta algo como un palpitar que conmueve la serenidad majestuosa de las obras de arte. Y comprueba que de algunas de ellas se desprende una levísima tela de araña, que al flotar en el aire asume la forma ingrávida y diáfana de un corcel, de unas liebres, de un perro, de un ondulante dragón. Todo ese inmaterial entrelazarse de diseños, gira, vacila y termina por posarse donde exactamente le corresponde. Ya puede, sin riesgos, tornar a colmarse de huéspedes el Museo del Prado. La curiosidad hace que, de salida, el novelista se asome a la sala de las pinturas negras de la Quinta del Sordo. Nota allí que las brujas que rodean al diabólico macho cabrío parecen haber intensificado su fervor; que se dijera que lo están aplaudiendo, sin moverse; y que el Diablo levanta la cabezota cornuda y probablemente, en la oscuridad, tuerce el hocico en un arduo intento de sonrisa.


Un novelista en el Museo del Prado
Primera edición en Biblioteca de Bolsillo: noviembre 1997
Editorial Seix Barral
Fotografía (1970's) reproducida en Cruz (1996: 17)



23 mar. 2012

Alberto Laiseca - La serpiente Kundalini





Monitor, en su infinita sabiduría, tomó una decisión con respecto a un hombre. Dio la orden de torturarlo con el procedimiento más costoso que haya existido.

Para construir la máquina de suplicios debieron extraerse nada menos que cincuenta mil millones de metros cúbicos de tierra, arena y rocas; a sea: un poco más de cincuenta kilómetros cúbicos. Vigas de acero, planchas capaces de resistir altas presiones, cables, cemento, etc., integraban el cuerpo del cavernoso engendro.

Sólo el poderío tecnócrata podía lograrlo; sobre toda teniendo en cuenta el tiempo demorado en los trabajos de construcción, que no alcanzó a dos años.

El aparato consistía, entre otras cosas, en un pozo de dos mil metros de profundidad; en su fonda se abría un largo túnel de cinco mil kilómetros de largo, cuya característica radicaba en irse curvando imperceptiblemente hacia la izquierda. Así, al cabo de su recorrido, llegaba al principia trazando una circunferencia perfecta. Era como una serpiente mordiendo su cola.

Las paredes, tanto del pozo como del túnel, fueron al comienzo mucho más grandes, ya que resultó necesario reservar espacio para poner el cemento armado, las vigas y las planchas, encargadas de soportar las inmensas presiones.

Para comprender la dimensión gigantesca de la galería, no hay mejor cosa que pensar en lo amortiguado de su curvatura.

Se descendía por el largo pozo al túnel, con un ascensor provisto de baterías solares. Cualquiera que marchase por el largo pasillo de cinco mil kilómetros, haría que unas luces se fuesen encendiendo delante suyo y apagando por detrás. Así, el que caminaba, se movía constantemente en el centro de un volumen luminoso de cien metros de largo, y en continuo desplazamiento. La construcción de las luminarias había sido planeada en esta forma, para que el supliciado no pudiera darse cuenta de la curvatura del túnel; esto habría sucedido, no obstante lo leve de la deformación, si hubiese estado alumbrado en todo su extenso desarrollo.

Cada tantos metros había alimentos y recipientes con agua. Cuando el caminante estaba cansado y con sueño, simplemente podía echarse a dormir en el pasillo de tormentos.

El condenado, solo por completo, sentía sin embargo la presencia del Monitor. Como lo conocía bastante, tuvo razones para sospechar que, en cierto desconocido punto de la prolongada oquedad, lo estaría esperando alguna trampa: un callejón sin salida destructor de toda esperanza, o una cámara de tormentos donde aguardarían varios verdugos, o cualquier otra cosa. Todo ello podía esperarse de la mentalidad del Monitor, pero no creía que fuese exactamente así en este caso. "Con seguridad me hará caminar años, para que en un momento dado termine por descubrir que estoy otra vez en el principio y me vuelva loco". Se le había ocurrido por primera vez que podía estar marchando sobre el perímetro de una circunferencia. Un punto moviéndose sobre una sucesión elemental e inflexible de puntos. Según toda evidencia, para el Monitor él debía ser menos que una abstracción en ese momento. Esto sí coincidía con su idea del pensamiento total del Jefe de Estado cuando le daba por ser sutil.


"Todos los tramos de esta especie de mina de carbón son iguales; no obstante, al comer y beber iré dejando marcas", arguyó. Se imaginaba a sí mismo mucho después, pensando al ver restos en el suelo: "Parece que otro ha andado por aquí algunos meses atrás", equivocándose acerca de la verdadera manera de ser de la construcción; para, con el tiempo, llegar a descubrir algo que sólo él podía haber dejado y comprender con horror la naturaleza exacta de la pena. Todo esto lo supuso en una convulsión, ya sin caminar, inmóvil por el miedo ático que cubre con membranas.

Pretendió atarse los cordones de los zapatos, para dejar con disimulo su reloj en el piso. Si alguna vez retornaba como temía, lo habría de encontrar. Trató de llamar la atención sobre sí para apartarla del reloj, por si alguien lo estuviera vigilando.

Caminaba diez kilómetros por día. A veces enloquecía y marchaba a paso de ganso en un ataque de furia, hasta quedar exhausto. Otras, echaba a correr como si lo quisieran hervir vivo: lastimándose contra las paredes como el sobrino del profesor Otto Lidenbrock en el Viaje al centro de la Tierra de Verne. Tan posesionado estaba por el recuerdo de este libro que, mientras se llenaba de chichones la cabeza, gritaba lanzando espuma por la boca "¡Saknussemm! ¡Saknussemm!..."; cayendo por fin rendido. "Yo te adoro Graüben, ¿por que huyes?"

A veces negábase terminantemente a continuar. Sentado en el suelo, pletórico de electricidades mentales y haciendo masa, se proponía volver al punto de partida luego de un descanso, o bien permanecer allí per sécula. En estas ocasiones, a poco sentía dentro suyo la advertencia de que su única posibilidad de salvación era seguir; si se dejaba dominar por el nihilismo estaba perdido. Fue disciplinándose poco a poco, cosa que no había hecho durante su vida más que en forma ocasional. Además ¿para qué retroceder si ya se había comido y bebido todo el contenido de los recipientes? Quizá se los volviesen a llenar en caso de que diera toda la vuelta, pero no si ahora retrocedía. Por algo, el agua y la comida de los envases que agrupaba cada depósito era exactamente la que necesitaba para quedar satisfecho; pero no más.

Siguió caminando. Una idea lo sostenía ahora: encontrar su reloj para así probar que el pasillo se mordía la cola. O sea: logró dar vuelta la tortura; lo que estaba destinado a supliciarlo se transformó por obra de su voluntad, en su principal apoyo.

A los quinientos días de haber empezado a caminar, encontró su reloj. No pensó: "¿Y ahora que? "; no meditó en el largo túnel, con planchas de acero como las escamas de una serpiente que se muerde la cola. Descubrió, eso sí, que estaba en la casa de un Dios. Se sentó en el suelo e hizo la flor de loto frente a su joya. Alhajado platino midió el tiempo; la última fracción del definitivo segundo era una espiral de colores sobre discontinuos rieles blancos.

Alcanzó el estado de Samadi, o iluminación.

El Monitor, al verlo así, lo hizo sacar y le dio un alto cargo. Hasta el fin de la guerra,fue su Ministro de Propaganda.

Tecnocracia. Monitor. Triunfo.


En Matando enanos a garrotazos





22 mar. 2012

Ezra Pound - La mujer del mercader del río: una carta





Cuando yo todavía llevaba el pelo cortado sobre la frente
jugaba en el portal delantero, recogiendo flores.
Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,
caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules
y seguimos viviendo en el pueblo de Chokan:
dos niños, sin aversión ni sospecha.

Con catorce años me casé con vos, mi señor.
Nunca me reía porque era tímida.
Bajaba la cabeza y miraba a la pared.
Aunque me llamaran mil veces, nunca volvía la cabeza.

Con quince años dejé de fruncir el ceño,
deseaba que mi polvo se mezclara con el tuyo
para siempre y para siempre y para siempre.
¿Para qué seguir vigilando?

Te fuiste cuando yo tenía dieciseis años,
te fuiste a la lejana Ku-to-yen, junto al río de los remolinos,
y has estado fuera cinco meses.
Los monos hacen un ruido muy triste por ahí arriba.
Cuando te fuiste arrastrabas los pies.
En el portal ahora ha crecido el musgo, musgos
distintos,
¡demasiado profundos para limpiarlos!
Los hojas caen pronto este otoño, por culpa del viento.
Las mariposas emparejadas ya amarillean en el agosto
sobre la hierba del jardín del oeste;
me duelen. Me hago vieja.
Si has de venir por los vados del río Kiang,
por favor, házmelo saber de antemano
y yo saldré a recibirte,
iré hasta Cho-fu-sa.

Versión de Javier Calvo


The River-Merchant's Wife: A Letter


While my hair was still cut straight across my forehead
I played about the front gate, pulling flowers.
You came by on bamboo stilts, playing horse,
You walked about my seat, playing with blue plums.
And we went on living in the village of Chokan:
Two small people, without dislike or suspicion.


At fourteen I married My Lord you.
I never laughed, being bashful.
Lowering my head, I looked at the wall.
Called to, a thousand times, I never looked back.


At fifteen I stopped scowling,
I desired my dust to be mingled with yours
Forever and forever and forever.
Why should I climb the look out?


At sixteen you departed,
You went into far Ku-to-yen, by the river of swirling eddies,
And you have been gone five months.
The monkeys make sorrowful noise overhead.


You dragged your feet when you went out.
By the gate now, the moss is grown, the different mosses,
Too deep to clear them away!
The leaves fall early this autumn, in wind.
The paired butterflies are already yellow with August
Over the grass in the West garden;
They hurt me.  I grow older.
If you are coming down through the narrows of the river Kiang,
Please let me know beforehand,
And I will come out to meet you
   As far as Cho-fu-Sa.




21 mar. 2012

Georges Perec: En la escalera, 3 (La vida instrucciones de uso, XXVIII)





Fue aquí, en la escalera, haría ya tres años, donde lo había encontrado por última vez; en la escalera, en el rellano del quinto, frente a la puerta del piso en que había vivido aquel infortunado Hérbert. Una vez más estaba averiado el ascensor y Valène, que subía fatigosamente a su casa, se había cruzado con Bartlebooth, que tal vez había ido a ver a Winckler. Llevaba su acostumbrado pantalón de franela gris, una americana a cuadros y una de aquellas camisas de hilo de Escocia a las que era tan aficionado. Lo había saludado, al pasar, con una brevísima inclinación de cabeza. No había cambiado mucho; andaba encorvado, pero sin bastón; tenía la cara ligeramente demacrada y los ojos se le habían vuelto casi blancos; eso era lo que más había impresionado a Valène: aquella mirada que no había conseguido encontrarse con la suya, como si Bartlebooth hubiera querido mirar detrás de su cabeza, como si hubiera querido atravesar su cabeza, para alcanzar, más allá, el refugio neutral de la caja de la escalera con sus pinturas en trompe-l’oeil, que imitaban viejos jaspeados, y sus zócalos de estuco con efectos de madera. Había en aquella mirada que lo evitaba algo mucho más violento que el vacío, algo que no era sólo orgullo u odio, sino casi pánico, algo así como una esperanza insensata, una llamada de socorro, una señal de naufragio.

Hacía diecisiete años que Bartlebooth había regresado, diecisiete que se había encadenado a su mesa de despacho, diecisiete años que se obstinaba en recomponer, una tras otra, las quinientas marinas que Gaspard Winckler había recortado en setecientos cincuenta pedazos cada una. ¡Había reconstruido ya más de cuatrocientas! Al principio iba rápido, resucitaba con una especie de fervor los paisajes que había pintado veinte años atrás, viendo con júbilo de niño la finura con que Morellet rellenaba los menores intersticios de los puzzles concluidos. Luego, a medida que pasaban los años, era como si los puzzles se complicaran cada vez más, como si se hicieran cada vez más difíciles de resolver. Y eso que se habían afinado extraordinariamente su técnica, su práctica, su inspiración y sus métodos; pero, si bien la mayoría de la veces adivinaba de antemano las trampas que Winckler le había preparado, no siempre era ya capaz de descubrir la respuesta adecuada; por más que pasaba horas con cada puzzle, por más que permanecía días enteros sentado en aquel sillón giratorio y basculante que había pertenecido a su tío abuelo de Boston, cada vez le costaba más acabar los puzzles en los plazos que él mismo se había dado.

A Smautf, que los veía en la gran mesa cuadrada cubierta con tapete negro, cuando llevaba a su señor el té, que casi siempre se olvidaba de beber, una manzana, de la que se comía un bocado antes de dejarla ennegrecer en el frutero, o el correo, que sólo excepcionalmente abría ya, los puzzles le traían vaharadas de recuerdos, olores a varec, ruidos de olas rompiéndose a lo largo de los elevados malecones, nombres lejanos: Majunga, Diego Suárez, las Comores, las Seychelles, Socotra, Moka, Hodeida… Para Bartlebooth ya no eran más que los peones estrambóticos de un juego sin fin, cuyas reglas había acabado por olvidar, no sabiendo ya siquiera contra quién jugaba, cuál era la apuesta ni qué estaba en juego, trocitos de madera cuyo recortado caprichoso se convertía en objeto de pesadillas, tema único de un machacar solitario y cascarrabias, componentes inertes, ineptos e implacables de una búsqueda sin objeto. Majunga no era ni una ciudad, ni un puerto, no era un cielo pesado, una franja de laguna, un horizonte erizado de cobertizos y fábricas de cemento, era únicamente setecientas cincuenta imperceptibles variaciones sobre el gris, retazos incomprensibles de un enigma sin fondo, únicas imágenes de un vacío que ninguna memoria, ninguna espera colmaría jamás, únicos soportes de sus ilusiones repletas de trampas.

Gaspard Winckler había muerto pocas semanas después de aquel encuentro y Bartlebooth había dejado prácticamente de salir de su piso. Smautf, de vez en cuando, le daba a Valène noticias de aquel viaje absurdo que, a veinte años de distancia, proseguía el inglés en el silencio de su despacho acolchado: «hemos dejado Creta» —Smautf se identificaba muy a menudo con Bartlebooth y hablaba de él en primera persona del plural, aunque era cierto que habían realizado todos aquellos viajes juntos— «estamos llegando a las Cícladas: Zaforas, Anafi, Milo, Paros, Naxos. ¡No será cosa fácil!».

Valène tenía a veces la impresión de que se había detenido el tiempo, de que estaba como suspendido, como paralizado en torno de no sabía qué espera. La idea misma de aquel cuadro que proyectaba pintar y cuyas imágenes expuestas, disgregadas, habían empezado a dominar cada uno de sus instantes, amueblando sus sueños, forzando sus recuerdos, la idea misma de aquella casa despanzurrada mostrando al desnudo las fisuras de su pasado, el hundimiento de su presente, aquel amontonamiento inconexo de historias grandiosas o irrisorias, frívolas o lamentables, le daba la sensación de un mausoleo grotesco erigido a la memoria de unos comparsas petrificados en posturas últimas, tan insignificantes en su solemnidad como en su trivialidad, como si, al mismo tiempo, hubiera querido prevenir y retrasar aquellas muertes lentas o vivas que, planta por planta, parecían querer invadir la casa entera: el señor Marcia, la señora Moreau, la señora de Beaumont, Bartlebooth, Rorschash, la señorita Crespi, la señora Albin, Smautf. Y él, por descontado, él, Valène, el inquilino más antiguo de la casa.

Entonces lo embargaba a veces un sentimiento de tristeza insoportable; pensaba en los demás, en todos aquellos que ya no estaban allí, en todos aquellos a los que ya se habían tragado la vida o la muerte: la señora Hourcade, en su casita cerca de Montargis, Morellet, en Verrières-le-Buisson, la señora Fresnel con su hijo en Nueva Caledonia y Winckler y Marguerite y los Danglars y los Claveau y Hélène Brodin con su sonrisita amedrentada y el señor Jérôme y la señora vieja del perrito, cuyo nombre ya no recordaba, el de la señora vieja, porque el perrito, que por cierto era una perrita, se acordaba muy bien de que se llamaba Dodéca, y, como a menudo hacía sus necesidades en el rellano, la portera —la señora Claveau— lo llamaba siempre Dodécaca. La señora vieja vivía en el cuarto izquierda, al lado los Grifalconi, y muchas veces se la veía pasear por la escalera vestida únicamente con un viso. Su hijo quería hacerse cura. Años más tarde, después de la guerra, Valène se lo había encontrado en la calle de Les Pyramides tratando de vender novelas pornográficas a unos turistas que se disponían a visitar París en autocar y le había contado una historia interminable de tráfico de oro con la URSS.

Entonces volvía a pasar revista una vez más a la triste ronda de las mudanzas y las pompas fúnebres, las agencias y sus clientes, los fontaneros, los electricistas, los pintores, los empapeladores, los embaldosadores, los instaladores de moquetas: pensaba en la vida sosegada de las cosas, en las cajas de vajilla llenas de virutas, en las cajas de libros, en la cruda luz de las bombillas bailando en la extremidad de su hilo, en la lenta colocación de los muebles y los objetos, en el lento acostumbrarse del cuerpo al espacio, en toda aquella infinidad de acontecimientos minúsculos, inexistentes, irrelatables —elegir un pie de lámpara, una reproducción, un bibelot, colocar entre dos puertas un alto espejo rectangular, disponer delante de una ventana un jardín japonés, tapizar con un tejido floreado los estantes de un armario—, en todos aquellos gestos ínfimos en los que se resumirá siempre del modo más fiel la vida de un piso y que vendrán a trastornar de vez en cuando, imprevisibles e ineluctables, trágicas o benignas, efímeras o definitivas, las bruscas rupturas de una cotidianidad sin historia: un día huirá la pequeña Marquiseaux con el joven Réol, un día decidirá marcharse la señora Orlowska sin motivos aparentes, sin verdaderos motivos; un día la señora Altamont disparará un tiro al señor Altamont y empezará a chorrear la sangre sobre los baldosines barnizados del comedor; un día vendrá la policía a detener a Joseph Nieto y encontrará en su habitación, disimulado en una de las bolas de cobre de la gran cama Imperio, el célebre diamante que le robaron en otros tiempos al príncipe Luigi Voudzoï. Un día, sobre todo, desaparecerá toda la casa, morirán la calle y el barrio. Hará falta tiempo. Al principio tendrá un aire como de leyenda, como de rumor casi inadmisible: se habrá oído hablar de una ampliación posible del parque Monceau o de un proyecto de gran hotel o de un enlace directo entre el Elíseo y Roissy siguiendo, para empalmar con el periférico, el trazado de la avenida de Courcelles. Luego se irán precisando los rumores; se sabrá el nombre de los promotores y la naturaleza exacta de sus ambiciones ilustradas por unos lujosos prospectos en cuatricromía:

«… Dentro del marco, previsto por el séptimo plan, de ampliación y modernización del edificio de la Central de Correos del distrito XVII, en la calle de Prony, que ha hecho necesarias el considerable incremento de dicho servicio público a lo largo de los dos últimos decenios, se ha hecho patente la posibilidad y la conveniencia de una total reestructuración de la periferia…» y después:

«… Fruto del esfuerzo conjunto de los poderes públicos y la iniciativa privada, este vasto complejo con vocación múltiple, respetando el equilibrio ecológico del entorno, pero sin rechazar la aportación de los equipos socioculturales imprescindibles para una deseable humanización de la vida contemporánea, vendrá asía relevar eficazmente, en su debido tiempo, un tejido urbano que ha alcanzado desde hace varios años su punto de saturación…»

y por último:

«… A pocos minutos de L’Etoile-Charles-de-Gaulle (RER)20 y de la estación de Saint-Lazare, a escasos metros de las frondosidades del parque Monceau, HORIZON 84 le ofrece, en una superficie construida de tres millones de metros cuadrados, las TRES MIL QUINIENTAS mejores oficinas de todo París: moqueta triple, aislamiento termofónico mediante paneles irradiantes, antiskating, tabiques autoportantes, télex, circuito cerrado de televisión, terminales de ordenadores, salas de conferencia con traducción simultánea, restaurantes de empresa, snacks, piscina, club-house… HORIZON 84 son además SETECIENTAS VIVIENDAS que van del simple apartamento al piso de cinco habitaciones, enteramente equipadas —desde el portero electrónico hasta la cocina preprogramable—, son también VEINTIDÓS APARTAMENTOS para recepciones, trescientos metros cuadrados de salones y terrazas, es también un centro comercial que agrupa CUARENTA Y SIETE comercios y servicios, son por último DOCE MIL plazas de aparcamiento subterráneo, MIL CIENTO SETENTA Y CINCO metros cuadrados de espacios verdes ajardinados, DOS MIL QUINIENTAS líneas telefónicas preinstaladas, un repetidor de radio AM-FM, DOCE pistas de tenis, SIETE cines y el complejo hotelero más moderno de Europa. ¡HORIZON 84, 84 AÑOS DE EXPERIENCIA AL SERVICIO DE LA EDIFICACIÓN DEL MAÑANA!».

Pero antes de que surjan del suelo aquellos bloques de vidrio, acero y hormigón, habrá el largo palabreo de las ventas y los traspasos, las indemnizaciones, las permutas, los realojamientos, las expulsiones. Uno tras otro se cerrarán los comercios, sin tener sucesores, una tras otra se tapiarán las ventanas de los pisos desocupados y se hundirá su suelo para desanimar a squatters y vagabundos. La calle, no será más que una sucesión de fachadas ciegas —ventanas semejantes a ojos sin pensamiento—, que alternarán con vallas manchadas de carteles desgarrados y graffiti nostálgicos.

¿Quién, ante a una casa de pisos parisién, no ha pensado nunca que era indestructible? Puede hundirla una bomba, un incendio, un terremoto, pero ¿si no? Una ciudad, una calle o una casa comparadas con un individuo, una familia o hasta una dinastía, parecen inalterables, inasequibles para el tiempo o los accidentes de la vida humana, hasta tal punto que creemos poder confrontar y oponer la fragilidad de nuestra condición a la invulnerabilidad de la piedra. Pero la misma fiebre que hizo surgir del suelo estos edificios, en Les Batignolles como el Clichy, en Ménilmontant como en La Butte-aux-Cailles, en Balard como en Le Pré-Saint-Gervais, no parará ahora hasta destruirlos.

Vendrán las empresas de derribos y sus brigadas romperán los enlucidos y los alicatados, hundirán los tabiques, doblarán los herrajes, dislocarán las vigas y los cabios, arrancarán los morrillos y los sillares: imágenes grotescas de una casa derruida, reducida a sus materias primas, cuyos montones vendrán a disputarse unos chatarreros de guantes gruesos: el plomo de las cañerías, el mármol de las chimeneas, la madera de las armazones y los entarimados, de las puertas y los zócalos, el cobre y el latón de los picadores y los grifos, los grandes espejos y el oro de sus marcos, el mármol de los fregaderos, las bañeras, el hierro forjado de la barandilla de las escaleras…

Las incansables excavadoras de los niveladores vendrán a cargar el resto: toneladas y más toneladas de cascotes y polvo.



Título de la edición original: La Vie Mode d’Emploi
© Hachette, París 1978
Traductor: Josep Escuer
Barcelona, Anagrama, 1988
Foto: Georges Perec por por Christine Lipinska

20 mar. 2012

Javier Marías - Arthur Rimbaud contra el arte





Apenas si se conservan retratos, y los que hay son fantasmales, de Rimbaud adulto, del hombre que no tenía nada que ver con la literatura y vivía en las costas de Somalia ejerciendo los más variados y poco remunerados oficios. Quizá esa es la segunda razón de que se siga pensando en él casi exclusivamente como en el adolescente terrible y rebelde de sus breves años de París y sus meses de Londres. Su abandono de la poesía a una edad incierta (digamos hacia los veinte años) ha hecho correr la imaginación huraña de todo escritor precoz posterior a él, tentándolo a hacer lo propio en algún momento, normalmente, helas, a edades más avanzadas: después de él, todo escritor precoz, en realidad, ha sido tardío.

La razón principal de que Arthur Rimbaud haya pasado a la memoria de la literatura como niño atroz y prodigio es justamente ese abandono y lo misterioso de sus causas. No era, sin embargo, el primer cambio radical de su vida. Parece como si Rimbaud se hubiera cansado cada pocos años de ser el que era, lo cual vendría poéticamente apoyado por su celebrado «Je est un autre», que tanta fortuna ha hecho en la carrera de las citas. Pasó de ser niño estudioso y alumno sobresaliente a convertirse en un gamberro iconoclasta, sin duda imposible al trato. Sus hagiógrafos se lamentan con frecuencia de la incomprensión que recibió por parte del mundo literario (bohemio o no) parisiense, pero a decir verdad resulta fácil de entender que quienes podían haber sido colegas o compañeros suyos lo rehuyeran en persona como a la peste y en cambio leyeran cómodamente sus poemas unos años más tarde de conocerlo, como de hecho hace la posteridad (la posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de las obras de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos). Según las descripciones de la época, Rimbaud no se cambiaba nunca de ropa y por lo tanto olía fatal, dejaba llenas de piojos las camas por las que pasaba, bebía sin cesar (preferiblemente ajenjo) y no brindaba a sus conocidos otro trato que la impertinencia y la afrenta. A un tal Lepelletier lo ofendió gravemente al llamarlo «saludador de muertos» cuando se descubrió al paso de un cortejo fúnebre. La cosa en sí no habría sido tan hiriente de no ser porque Lepelletier acababa de perder a su madre. A otro individuo llamado Attal, que se le acercó y le dio a leer unos versos para entablar amistad, le correspondió, tras una breve ojeada, con un escupitajo sobre sus poemas pulcramente medidos, rimados y caligrafiados. A otro poeta llamado Mérat, al que había admirado desde la distancia de su aldea natal, Charleville, y que acababa de publicar unos cuantos sonetos cantando el bello cuerpo de la mujer, Rimbaud y Paul Verlaine le respondieron con otro soneto obsceno titulado expresivamente «El soneto del agujero del culo». En una velada literaria, honrada por los escritores más considerados del momento, Rimbaud se dedicó a gritar la palabra Merde! al final de cada verso leído por los próceres en voz alta. Un fotógrafo llamado Carjat perdió la paciencia, lo zarandeó y amenazó con abofetearlo, pero el niño prodigio, pese a su constitución más bien frágil, no se arredraba: desenvainó el bastón-espada de su amigo Verlaine y a punto estuvo de ensartar a aquel adelantado del todavía dudoso arte.

No fue esa, desde luego, la única ocasión en que Rimbaud se vio envuelto en la violencia, aunque en la mayoría de las demás estuvo también Verlaine de por medio, lo cual podría inducir a pensar que era este poeta amigo o amante, diez años mayor que él, quien la llevaba en la sangre. Las respectivas madres de ambos autores solían echar la culpa al «otro» de la vida irregular o de crápula a que los dos se entregaban, pero en el caso de Verlaine el rencor adquiría tintes más graves por parte de sus allegados, ya que él, además de madre, tenía mujer, hijo y suegros. Había mantenido correspondencia con Rimbaud y lo había invitado a París, a su propia casa de recién casado, o mejor dicho, a la de sus suegros. El título de genio provincial que ya le otorgaba Verlaine no hacía esperar a un Brummell, pero tampoco obligadamente a quien encontraron: un patán con el rostro curtido por el sol y el viento, en plena e ingrata edad del crecimiento, con unas ropas que ya le quedaban pequeñas, el pelo hirsuto como si nunca hubiera conocido peine y, a modo de corbata, una especie de cuerda gastada ciñéndole el cuello de la camisa. Se presentó sin ningún equipaje: ni cepillo de dientes ni una sola muda para alternar con la que era de suponer que llevaría puesta. La irrupción de semejante elemento en el ambiente fastidioso y cursi de los Mauté de Fleurville fue vista como un mal presagio, que, dicho sea en seguida, se cumplió con creces.

No es que Verlaine hubiera llevado con anterioridad y posterioridad a su amañado matrimonio una vida responsable y reposada: se había dado con incontinencia a un par de vicios no muy bien vistos por las familias, la embriaguez y la sodomía. Pero en aquellos momentos, con la anunciada llegada del hijo y una esposa asimismo adolescente (Mathilde tenía por entonces diecisiete años), estaba intentando ponerse firme. Nada más inadecuado para su intento que la aparición de aquel niño salvaje que además traía como propósito practicar el también citado sin cuento «déréglement de tous les sens». Al nacer el hijo, Verlaine pasó los tres días siguientes observando una conducta que él juzgaba modelo, consistente en volver a cenar a casa y pasar la velada con su mujer. Pero ya al cuarto día regresó a las dos, borracho y amenazante: durmió tirado sobre la cama de la nueva madre, con los pies sobre la almohada, lo cual significa —habida cuenta de que no se quitó las botas— que Mathilde tuvo durante horas, barro junto a su cara.

La relación de Rimbaud con Verlaine fue una sucesión de incidentes, con Mathilde en medio o al lado demasiadas veces. Verlaine necesitaba a ambos y a ninguno de ellos le era posible prescindir de él completamente, pese a su brutalidad (con ella) y sensiblería (con él), una mezcla insoportable. A título de ejemplo de lo primero, cabe mencionar que cuando Verlaine llegaba ebrio tenía la obsesión de prender fuego al armario en que su suegro guardaba la munición para la caza y que estaba contiguo a la alcoba de Mathilde. En una ocasión la amenaza del fuego sobre su cabeza fue más directa: «¡Te voy a quemar el pelo!», le dijo con una cerilla encendida en la mano. Al parecer el fósforo se apagó antes de que pudieran arder más que unos mechones. También le puso un cuchillo en la garganta, otro día le llegó a hacer cortes en las manos y en las muñecas. Rimbaud compartía con él la afición a las incisiones, sólo que le hacía su víctima: una noche le dijo en el Café du Rat Mort: «Extiende las manos sobre la mesa; quiero hacer un experimento». Verlaine se las ofreció confiado. Rimbaud sacó una navaja y se las rajó varias veces. Verlaine abandonó el café indignado, pero Rimbaud lo persiguió y volvió a pincharle. Del mismo modo que Verlaine hería e insultaba a Mathilde, Rimbaud insultaba y hería a Verlaine, pero nadie se iba del todo. La violencia se vio coronada por los famosos tres disparos del revólver de Verlaine en Bruselas. Falló dos, el tercero alcanzó a Rimbaud en la muñeca. La cosa no habría tenido trascendencia de no ser porque tan sólo unas horas más tarde, camino de la estación desde la que Rimbaud pensaba regresar solo a París, Verlaine, en presencia de su propia madre, que los acompañaba insensatamente, de nuevo perdió los estribos y esgrimió el arma que incomprensiblemente nadie le había confiscado. Ante el temor de que esta vez no fallara, Rimbaud pidió auxilio a un policía, y de ese gesto natural de cobardía resultó la condena del yerno de los Mauté de Fleurville a dos años de trabajos forzados, pese a que Rimbaud, demasiado tarde, quiso retirar la denuncia. Al menos lograron que la acusación pasara de «intento de asesinato» a meras «lesiones». Con todo, parece una ironía que en una carta de Rimbaud a Verlaine poco antes de este episodio, aquél le dijera a éste: «Sólo conmigo puedes ser libre».

Rimbaud era un superdotado que jamás sacó provecho de sus superdotes, si bien le sirvieron para aprender rápidamente cosas no muy útiles, entre ellas numerosas lenguas como el alemán, el árabe, el indostaní y el ruso, o ya luego las más útiles de los indígenas que rodearon su vida adulta o de exilio. También aprendió en poco tiempo a tocar el piano, que primero practicó durante meses imaginariamente. Esto es: como su madre se negaba a alquilar el instrumento, Rimbaud dibujó a cuchillo un teclado sobre la mesa del comedor, y en él se ejercitaba durante horas en completo silencio. La anécdota al parecer es cierta, o al menos más que alguna otra incorporada a su leyenda: se cuenta (pero se sospecha que él era la fuente) que nada más nacer la enfermera lo depositó en un cojín un momento mientras salía a buscar unos pañales. Al regresar se encontró con que la criatura no estaba en su sitio, sino que se dirigía ya a gatas hacia la puerta en busca de aventuras y vagabundeos.

Desde que apareció la excelente biografía de Enid Starkie se sabe bastante de su vida post-literaria y casi nómada: del exportador de café, del capataz, del colono, del explorador, del expedicionario, del traficante de armas y seguramente de esclavos. Se conservan numerosas cartas de sus años abisinios, y en ellas da la impresión de que Rimbaud, por segunda o tercera vez, se había cansado de ser quien era. Su aspecto cambió, se hizo robusto, lució bigote y barba y sólo se mantuvieron inalterados sus llamativos ojos azules, que incluso en sus días de mayor tosquedad y dejadez le conferían la facción poética que todo versificador juvenil ha necesitado siempre. Quiso hacerse rico rápidamente, luego limitó sus aspiraciones y simplemente deseó hacer algún dinero que le permitiera pararse, es decir, establecerse en Abisinia sin grandes apuros. Deseó casarse y tener descendencia, pero nunca contó con una candidata firme. En una carta a su madre le preguntaba: «¿Sería posible casarme en tu casa la primavera próxima?». Era un deseo fuerte pero inconcreto, ya que añadía: «¿Crees que encontraría una mujer dispuesta a regresar aquí conmigo?». Algo antes, a los treinta y tres años, había escrito a su familia: «Tengo el cabello completamente gris y la sensación de que mi vida camina hacia su fin... Estoy terriblemente cansado. No tengo trabajo y me aterra perder lo poco que me queda». Llevaba una existencia frugal, austera, y en todos sus proyectos lo acompañó el fracaso. Ahorraba como un campesino a base de renuncias, luego invertía en una empresa arriesgada y que requería enorme esfuerzo, era engañado en las transacciones o se apiadaba de quienes iban a hacerlo, lo perdía todo, volvían a empezar el ahorro y los lentos proyectos. Nada le salió bien.

Mientras tanto, su prestigio y su fama crecían en París, donde se convertía en una leyenda viva que todo el mundo creía muerta. Un día se le inflamó una rodilla, y ese fue el comienzo de la enfermedad que lo llevó a la tumba, un carcinoma que le hizo peregrinar, con terribles sufrimientos, desde el desierto hasta un hospital de Marsella. Se le amputó la pierna, caminó con muletas, ansiaba una pierna ortopédica. Pero la enfermedad avanzó inmovilizándole todos los miembros, «como ramas secas de un árbol que todavía no ha muerto por completo», según el limpio símil de su biógrafa Starkie. Tomaba té de adormideras y contaba historias lejanas a los vecinos. Un día antes de su muerte dictó, semiinconsciente, una carta a su hermana Isabelle, dirigida a una compañía naviera: «Me hallo enteramente paralizado y desearía por ello subir pronto a bordo. Tengan a bien comunicarme a qué hora se me podrá embarcar». El 10 de noviembre de 1891, murió sin haber cumplido los treinta y siete. Lo enterraron en su detestada aldea natal, Charleville, sin ningún discurso. Cuando, ya muy enfermo, un conocido le habló de su poesía y de literatura, Rimbaud contestó con un gesto de desagrado: «Qué más da todo eso. Mierda para la poesía». La idea no era nueva en él, ni producto de la agonía. Muchos años antes, en el borrador de Una temporada en el infierno, había anotado: «Ahora puedo decir que el arte es una tontería».

Quizá dejó de escribir tan sólo por eso.


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