28 de feb. de 2012

Epicuro de Samos: Fragmentos de dos cartas

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Carta a Meneceo (Fragmento)

Parte de nuestros deseos son naturales, y otra parte son vanos deseos; entre los naturales, unos son necesarios y otros no; y entre los necesarios, unos lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Conociendo bien estas clases de deseos es posible referir toda elección a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque en ello consiste la vida feliz. Pues actuamos siempre para no sufrir dolor ni pesar, y una vez que lo hemos conseguido ya na necesitamos de nada más.
Por eso decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos reconocido como bien primero y connatural, y a partir de él hacemos cualquier elección o rechazo, y en él concluimos cuando juzgamos acerca del bien, teniendo la sensación como norma o criterio. Y puesto que el placer es el bien primero y connatural, no elegimos cualquier placer, sino que a veces evitamos muchos placeres cuando de ellos se sigue una molestia mayor. Consideramos que muchos dolores son preferibles a los placeres, si, a la larga, se siguen de ellos mayores placeres. Todo placer es por naturaleza un bien, pero no todo placer ha de ser aceptado. Y todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser evitado siempre. Hay que obrar con buen cálculo en estas cuestiones, atendiendo a las consecuencias de la acción, ya que a veces podemos servirnos de algo bueno como de un mal, o de algo malo como de un bien.
La autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos sirvamos de poco, sino para que cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo difícil de obtener. Los alimentos sencillos procuran igual placer que una comida costosa y refinada, una vez que se elimina el dolor de la necesidad.
Por ello, cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos -como creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina-, sino al no sufrir dolores en el cuerpo ni estar perturbado en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede la gran perturbación que se apodera del alma.
El más grande bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen las demás virtudes, ya que enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer. Las virtudes están unidas naturalmente al vivir placentero, y la vida placentera es inseparable de ellas.



Exhortaciones

"La necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad".
"Nadie, al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien respecto a un mal peor".
"Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco".
"Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita".
"Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer".
"Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día".
"El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él".
"También en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno".





Carta a Herodoto (Fragmento)

Para aquéllos, oh Herodoto, que no pueden tener un conocimiento perfectamente exacto de cada uno de mis escritos sobre la Naturaleza, y estudiar a fondo los principales libros, más largos, que he escrito, he hecho un resumen de toda mi obra que permite retener más fácilmente las principales teorías. Podrán, así, evitarse el tener que hacerlo ellos mismos con mis ideas principales en la medida en que se interesen por la naturaleza.

Por otra parte, quienes conocen ya a fondo mis obras completas, necesitan tener presentes en la memoria las líneas generales de mi doctrina, pues a menudo tenemos más necesidad de un resumen que del conocimiento particular de los detalles. Hay que avanzar paso a paso reteniendo constantemente el conjunto de la doctrina para comprender bien sus detalles. Este doble efecto será posible si se comprenden bien y se retienen en su verdadera formulación las ideas esenciales, y si se las aplica seguidamente a los elementos, a las ideas particulares y a las palabras. Conoce a fondo la doctrina quien puede sacar partido rápidamente de las ideas generales. Pues es imposible poseer en su completo desarrollo la totalidad de mi obra si se es incapaz de resumir para uno mismo y en pocas palabras el conjunto de aquello en lo que se quiere profundizar particularmente, detalle a detalle.
Ya que este método resulta útil para todos los que estudian seriamente la física, aconsejo a todos los hombres decididos que se entregan asiduamente a tal estudio, y que buscan en ella el medio de obtener tranquilidad de vida, que hagan un resumen similar del conjunto de mis teorías.

Hay que empezar, Herodoto, por conocer lo que se oculta en las palabras esenciales, a fin de poder, relacionándolas con los cosas mismas, formular juicios sobre nuestras opiniones, nuestras ideas y nuestras dudas. De este modo no corremos el riesgo de discutir hasta el infinito sin resultados y de pronunciar palabras vacías. En efecto, es necesario estudiar primeramente el sentido de cada palabra, para no tener necesidad de un exceso de demostraciones, cuando discutamos nuestras preguntas, nuestras ideas y nuestras dudas. Después hay que observar todas las cosas confrontándolas con las sensaciones y, de modo general, con las intuiciones del espíritu o cualquier otro criterio. Igualmente por lo que respecta a nuestras afecciones presentes, para poder juzgar según los signos los objetos de nuestra atención y los objetos ocultos.

Cuando se haya visto todo eso se está preparado para estudiar las cosas invisibles y, en primer lugar, podemos decirnos que nada nace de nada, ya que si las cosas no tuvieran necesidad de semilla todo podría nacer de todo. Por otra parte, si lo que desaparece volviera a la nada, todas las cosas perecerían, ya que no podrían convertirse más que en nada. De lo que resulta que el universo ha sido siempre y será siempre lo que es actualmente, ya que no hay ninguna otra cosa en lo que se pueda convertir, y tampoco hay, fuera del universo, nada que pueda actuar sobre él para provocar un cambio.

El universo está formado por cuerpos. Su existencia queda más que suficientemente probada por la sensación, pues es ella, lo repito, la que sirve de base al razonamiento sobre las cosas invisibles. Si lo que llamamos el vacío, la extensión, la esencia intangible, no existiera, no habría lugar en el que los cuerpos pudiera moverse, como de hecho vemos que se mueven.

Al margen de estas dos cosas no se puede comprender nada, - ni por intuición, ni por analogía con los datos de la intuición-, de lo que existe en tanto que naturaleza completa, ya que no estoy hablando de acontecimientos fortuitos o de accidentes.

Entre los cuerpos, unos son compuestos, y otros son los elementos que sirven para hacer los compuestos. Estos últimos son los átomos indivisibles e inmutables, ya que nada puede convertirse en nada, y es necesario que subsistan realidades cuando los compuestos se desagregan. Estos cuerpos están llenos por naturaleza y no tienen en ellos lugar ni medio por el que pudieran destruirse. De lo que resulta que tales elementos deben ser, necesariamente, las partes indivisibles de los cuerpos. Por lo demás, el universo es infinito. En efecto, lo que es finito tiene un extremo, y el extremo se descubre por comparación respecto a otro. Así que, careciendo de extremo, no tiene, en absoluto, fin; y, no teniendo fin, es necesariamente infinito y no finito.

El universo es infinito desde dos puntos de vista: por el número de cuerpos que contiene y por la inmensidad del vacío que encierra. Si el vacío fuera infinito y el número de cuerpos limitado, éstos se dispersarían en desorden por el vacío infinito, ya que no habría nada para sostenerlos y nada para unirlos a las cosas. Y si el vacío fuera limitado y el número de cuerpos infinitos no habría lugar donde se pudieran instalar.

Por otra parte, los cuerpos llenos e indivisibles, de los que están formados y en los que se resuelven los compuestos, presentan formas tan diversas que no podemos conocer su número, ya que no es posible que tantas formas diferentes provengan de un número limitado y comprensible de figuras semejantes. Además, cada figura presenta un número infinito de ejemplares, pero, por lo que respecta a su diferencia, tales figuras no alcanzan un número absolutamente ilimitado. Su número es, simplemente, incalculable.
Además, los átomos están animados de movimiento perpetuo. Unos están separados por grandes intervalos; otros, por el contrario, conservan su impulso todas las veces que son desviados, uniéndose a otros y convirtiéndose en las partes de un compuesto. Es la consecuencia de la naturaleza del vacío, incapaz por sí mismo de inmovilizarlos. Por otra parte, su inherente solidez les hace rebotar, luego de cada choque, al menos en la medida en que su integración en un compuesto les permita rebotar luego de un choque.

El movimiento de los átomos no ha tenido comienzo, ya que los átomos son tan eternos como el vacío.

Por otra parte, hay una infinidad de mundos, sean parecidos al nuestro, sean diferentes. En efecto, siendo los átomos infinitos, como se acaba de demostrar, son llevados por su movimiento hasta los lugares más alejados. Y tales átomos, que por su naturaleza sirven, ya por sí mismos, ya por su acción, para crear un mundo, no pueden ser utilizados todos para formar un único mundo, o un número limitado de mundos, ni para los semejantes a éste, ni para los diferentes, de modo que nada impide que haya una infinidad de mundos.





Epicuro de Samos
(341-271 a. C.) 


Imagen: Museo de Pergamo


27 de feb. de 2012

Federico García Lorca, inédito: "Buddha" (manuscrito y transcripción)

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Poema inédito de Federico García Lorca escrito a sus veinte años. El manuscrito pertenece a la colección de la Casa-Museo de Fuentevaqueros (casa natal del poeta). De las cuatro cuartillas que compondrían el poema falta la segunda.




 [Falta una cuartilla]






El palacio en sombra
Enseña brumoso sus oros bruñidos
La cálida noche derrite sus tules
Entre las estrellas rojizas y azules.
Lloran los chacales en junglas perdidos.

En el estanque lotos sangrientos
Lirios de agua, palmas, umbrías
En los jardines altas palmeras
Se inclinan lánguidas y severas
Acompasando sus melodías

Dulces magnolias majestuosas
Dan su fragancia sobre las cosas.
Noche de luna. Raro consuelo.
Arturo llora su luz de cielo
Flores, divinas... Piedras, preciosas.

[Falta cuartilla]

Abriole la puerta de calma infinita
después esfumose. Siddhartha medita.
Una voz celeste suave musita
"Tú eres Tathagatha, puro, sin igual".

En fondos dorados entre rosas blancas
Lució sus encantos la diosa Verdad
El iluminado quedose hierático
Aspirando triste un perfume enigmático
Que manaba lento de la eternidad.

El cuerpo sin alma subió al aposento
Yashodara y el niño dormían
Siddhartha sintió un agobio violento
Corazones en sombras yacían...
Grave palpitaba el firmamento.

Se arrancó la flecha que le lanzó Mara
Traspasando salió de la estancia
Dulce el corazón se durmió en la fragancia
Que la luz del cielo le dejara.

Y marchó con la Bienaventuranza

Siddhartha solloza. El palacio lejano
Enseña entre ramas sus oros bruñidos
La cálida noche derrite sus tules
Entre las estrellas rojizas y azules.
Lloran los chacales en junglas perdidos.



Vía y vía

26 de feb. de 2012

John Cheever - Una mujer sin país

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La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra -el que lleva bigote-, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.

Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de bacon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza -cualidades que nunca perdió-, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, los Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio.

Marchand tenía una reunión en Nueva York y debía tomar el tren a primera hora de la mañana. Pensaba desayunar en la ciudad. Eran alrededor de las siete cuando se despidió de su mujer. Anne no se había vestido, y estaba echada en la cama cuando lo oyó pelearse con el motor del coche que solía usar para ir a la estación. Después oyó cómo se abría la puerta principal y la voz de su marido que la llamaba mientras subía la escalera. El coche no se ponía en marcha, ¿le importaría llevarlo a la estación en el Buick? No le daba tiempo a vestirse, de manera que Anne se echó una chaqueta por encima de los hombros y lo llevó a la estación. De medio cuerpo para arriba estaba correctamente vestida, pero de la chaqueta para abajo el camisón seguía siendo transparente. Marchand le dio un beso de despedida y le recomendó que se vistiera en seguida; Anne abandonó la estación, pero en el cruce de Alewives Lane y Hill Street se quedó sin gasolina.

Como se hallaba delante de la casa de los Bearden, pensó que podrían proporcionarle un poco de gasolina, o, al menos, prestarle un abrigo. Tocó el claxon una y otra vez hasta darse cuenta de que los Bearden estaban de vacaciones en Nassau. Todo lo que podía hacer era esperar en el coche, prácticamente desnuda, a que alguna compasiva ama de casa pasara por allí y se ofreciera a ayudarla. Mary Pym fue la primera, y aunque Anne la saludó con la mano, pareció no darse cuenta. Después pasó Julia Weed, que llevaba a Francis al tren a toda velocidad, pero que iba demasiado de prisa para fijarse en nada. A continuación cruzó por allí Jack Burden, el libertino del pueblo, y sin que nadie lo llamara, pareció sentirse magnéticamente atraído hacia el automóvil. Se detuvo y preguntó si podía ayudar en algo. Anne se trasladó a su coche -¿qué otra cosa podría haber hecho?-, pensaba en lady Godiva y en santa Águeda. Lo peor de todo fue que no acababa de despertarse: de cruzar la distancia entre las sombras del sueño y la luz del día. Y era un día sin luz, sombrío y opresivo, como el ambiente de una pesadilla. El sendero hasta su casa quedaba oculto desde la carretera gracias a unos cuantos arbustos, y cuando Anne se apeó del coche y le dio las gracias a Jack Burden, él la siguió escalones arriba y se aprovechó de ella en el vestíbulo, donde fueron descubiertos por Marchand cuando volvió en busca de su cartera.

Marchand abandonó la casa en aquel mismo momento, y Anne nunca volvió a verlo. Murió de un ataque cardíaco diez días después en un hotel de Nueva York. Sus suegros fueron a los tribunales para solicitar la custodia del niño, y durante el juicio, Anne -en su inocencia- cometió la equivocación de echarle la culpa de su extravío a la humedad. Las revistas sensacionalistas lo sacaron a relucir -no fui yo; fue la humedad-, y aquello se extendió por todo el país. Inventaron una canción que se hizo muy popular, y, dondequiera que iba, parecía que Anne estaba condenada a escucharla:

La pobrecita Isabel
nunca besaba a un doncel
si faltaba la humedad,
pero si estaba nublado,
no se podía contener,
convertida en un tornado…

A mitad de juicio, Anne retiró sus demandas, se puso unas gafas de sol y se embarcó de incógnito para Génova, catalogada como persona indeseable por una sociedad que sólo parecía capaz de suavizar su puritanismo con un procaz sentido del humor.

No le faltaba dinero, claro está -sus sufrimientos eran sólo espirituales-, pero la habían herido, y sus recuerdos eran amargos. Por lo que sabía de la vida, Anne tenía derecho al perdón, pero no se lo habían concedido, y su propio país, al recordarlo desde el otro lado del Atlántico, parecía haber dictado contra ella una sentencia salvaje y poco realista. Se la había utilizado como cabeza de turco; se la había puesto en ridículo, y precisamente porque su pureza de corazón era auténtica, estaba profundamente ofendida. Basaba su expatriación en razones morales más que culturales. Al interpretar el papel de europea, quería expresar su desaprobación por lo que había pasado en su país. Vagabundeó por toda Europa, pero finalmente compró una villa en Tavola-Calda y pasaba allí por lo menos la mitad del año. Aprendió italiano, así como todos los sonidos guturales y gestos de manos que acompañan al idioma. En el sillón del dentista decía ¡ay!, en lugar de ¡au!, y podía espantar a un abejorro de su vaso de vino con gran elegancia. Se sentía muy dueña de su expatriación -su territorio personal, conseguido con grandes sufrimientos-, y la irritaba oír a otros extranjeros hablando italiano. Su villa era encantadora; los ruiseñores cantaban en los robles, las fuentes susurraban en el jardín, y ella, desde la terraza más alta, con el cabello teñido del peculiar tono bronceado que estaba de moda en Roma aquel año, saludaba a sus huéspedes: «Bentornati. Quanto piacere!», pero la escena no era nunca del todo perfecta.

Parecía una reproducción, con las leves imperfecciones que se encuentran en las ampliaciones: una disminución de calidad. El resultado no era tanto que estuviera de verdad en Italia como que se había marchado completamente de Estados Unidos.

Anne pasaba gran parte del tiempo con gente que, como ella, aseguraban ser víctimas de una atmósfera moral represiva y raquítica. Sus corazones estaban en los muelles de los puertos, siempre escapándose de casa. Anne había pagado su continua movilidad con cierta dosis de soledad. El grupo de amigos que esperaba encontrar en Wiesbaden desapareció sin dejar ninguna dirección. Los buscó en Heidelberg y en Munich, pero no consiguió encontrarlos. Las invitaciones de boda y los partes meteorológicos («La nieve cubre el nordeste de Estados Unidos») le producían una terrible nostalgia. Siguió perfeccionando su interpretación del papel de europea, y, aunque sus logros eran admirables, no dejaba de tener una especie de alergia a las críticas, y detestaba que la confundiesen con una turista. Un día, al final de la temporada en Venecia, tomó el tren en dirección al sur, y llegó a Roma en una calurosa tarde de setiembre. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad Eterna estaban durmiendo, y el único signo de vida eran los autobuses de los turistas rechinando cansadamente por las calles, como si fueran una pieza básica en el funcionamiento de la ciudad, igual que el alcantarillado o la conducción de la luz. Le dio el talón del equipaje a un mozo y le describió sus maletas en un excelente italiano, pero él no se dejó engañar y murmuró algo acerca de los norteamericanos. ¡Eran tantos! Esto irritó a Anne, que replicó con aspereza:

- Yo no soy norteamericana.

- Disculpe, signora -dijo el otro-. ¿De qué país es usted, entonces?

- Soy griega -respondió.

La enormidad, la tragedia de su mentira fue un terrible golpe para ella. «¿Qué he hecho?», se preguntó a sí misma con incredulidad. Su pasaporte era tan verde como la hierba, y viajaba bajo la protección del Gran Sello de Estados Unidos. ¿Qué la había impulsado a mentir sobre una faceta tan importante de su identidad?

Tomó un taxi par a ir a un hotel de Via Veneto, mandó subir las maletas a la habitación, y se dirigió al bar para beber algo. No había más que un norteamericano: un hombre de cabellos blancos con un audífono. Estaba solo y parecía sentirse solo; finalmente se volvió hacia la mesa donde se encontraba Anne y le preguntó muy cortésmente si era estadounidense.

- Sí.

- ¿Cómo es que habla italiano?

- Vivo aquí.

- Me llamo Stebbins -dijo él-. Charlie Stebbins, de Filadelfia.

- Encantada -dijo ella-. ¿De qué parte de Filadelfia?

- Bueno; nací en Filadelfia -dijo él-, pero no he vuelto allí desde hace cuarenta años. Mi verdadero hogar es Shoshone, en California. Lo llaman la puerta del valle de la Muerte. Mi mujer era de Londres. Londres en el estado de Arkansas, ja, ja. Mi hija se educó en seis estados de la Unión: California, Washington, Nevada, Dakota del Sur y del Norte y Louisiana. Mi mujer murió el año pasado, y decidí que tenía que ver un poco de mundo.

Las barras y las estrellas parecían materializarse en el aire por encima de la cabeza del señor Stebbins, y Anne se dio cuenta de que en Norteamérica las hojas estaban cambiando de color.

- ¿Qué ciudades ha visitado? -le preguntó.

- ¿Sabe? Es un poco cómico, pero no lo sé demasiado bien. Una agencia de California planeó el viaje y me dijeron que iba a hacerlo con un grupo de norteamericanos, pero tan pronto como llegué a alta mar descubrí que viajaba solo. No volveré a hacerlo nunca. En ocasiones me paso días enteros sin oír hablar a nadie en un inglés de Estados Unidos decente. Fíjese que algunas veces me siento en la habitación y hablo conmigo mismo por el placer de escuchar norteamericano. No sé si me creerá, pero tomé un autobús de Frankfurt a Munich, y no había nadie allí que supiera una palabra de inglés. Después tomé otro autobús de Munich a Innsbruck, y tampoco había nadie que hablara inglés. Luego otro de Innsbruck a Venecia y tres cuartos de lo mismo, hasta que se subieron unos norteamericanos en Cortina. Pero de los hoteles no tengo ninguna queja. Normalmente hablan inglés en los hoteles, y he estado en algunos francamente buenos.

A Anne le pareció que aquel desconocido, sentado en un taburete de un sótano romano, había conseguido redimir a su país. Un halo de timidez y de hombría de bien parecía rodearlo. En la radio, la emisora de las fuerzas armadas de Verona lanzaba a las ondas los compases de Stardust.

- Eso es Stardust -señaló el norteamericano-. Aunque supongo que ya habrá reconocido la canción. La escribió un amigo mío, Hoagy Carmichael. Sólo con esa pieza gana todos los años seis o siete mil dólares de derechos de autor. Es un buen amigo mío. No lo he visto nunca, pero nos escribimos. Quizá le parezca extraño tener un amigo al que no se ha visto nunca, pero Hoagy es realmente amigo mío.

A Anne le pareció que sus palabras eran mucho más melodiosas y expresivas que la música. El orden de las frases, su aparente falta de sentido, el ritmo con que habían sido pronunciadas le parecieron como la música de su propio país y se vio andando, todavía muchacha, junto a los montones de serrín de la fábrica de cucharas, camino de la casa de su mejor amiga. A veces, por las tardes, tenía que esperar en el paso a nivel, porque iba a cruzar por allí un tren de mercancías. Primero se oía un sonido a lo lejos, como de un huracán, y después un trueno metálico, el ruido de las ruedas. El tren de mercancías cruzaba a toda velocidad, como un rayo. Pero leer los carteles de los vagones solía emocionarla; no es que le hicieran imaginarse maravillosas posibilidades al final del trayecto: tan sólo la grandeza de su propio país, como si los estados de la Unión -estados trigueros, estados petrolíferos, estados ricos en carbón, estados marítimos- se deslizaran por la vía muy cerca de donde ella se había parado, y desde donde leía Southern Pacific, Baltimore amp; Ohio, Nickel Plate, New York Central, Great Western, Rock Island, Santa Fe, Lackawanna, Pennsylvania, para ir después perdiéndose paulatinamente a lo lejos.

- No llore, mujer-dijo el señor Stebbins-. No llore.

Había llegado el momento de volver a casa, y Anne cogió un avión para París aquella misma noche; al día siguiente tomó otro con destino a Idlewild. Temblaba de nerviosismo mucho antes de que vieran tierra. Volvía a casa, volvía a casa. El corazón se le subió a la garganta. ¡Qué oscura y qué reconfortante parecía el agua del Atlántico después de aquellos años en el extranjero! A la luz del amanecer, desfilaron bajo el ala derecha del avión las islas con nombres indios, e incluso llegaron a entusiasmarla las casas de Long Island, colocadas como los hierros de una parrilla. Dieron una vuelta sobre el aeropuerto y aterrizaron. Anne tenía pensado buscar una cafetería allí mismo, y pedir un sándwich de bacon, lechuga y tomate. Agarró con fuerza su paraguas (parisino), y su bolso (sienés), y esperó su turno para abandonar el avión, pero cuando estaba bajando la escalerilla, antes incluso de tocar con los zapatos (romanos) su tierra nativa, oyó cantar a un mecánico que trabajaba en un DC-7 muy cerca de allí:

La pobrecita Isabel
nunca besaba a un doncel…

No llegó a salir del aeropuerto. Tomó el siguiente avión para Orly y se reunió con los cientos, con los miles de norteamericanos que circulaban por Europa, alegres o tristes, como si realmente fueran gentes sin un país. Se los ve doblar una esquina en Innsbruck, en grupos de treinta, y esfumarse. Llenan un puente de Venecia, e inmediatamente ya se han ido. Se los oye pidiendo ketchup en un refugio del macizo Central por encima de las nubes, y se los ve curioseando entre las cuevas submarinas, con sus gafas y sus aparatos para respirar, en las aguas transparentes de Porto San Stefano. Anne pasó el otoño en París. También estuvo en Kitzbühel. Se trasladó a Roma para los concursos de equitación, y fue a Siena para ver el Palio. Seguía viajando sin descanso, soñando siempre con sándwiches de bacon, lechuga y tomate.



En Relatos
Traducción: José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
Imagen: Bernard Gotfryd/Getty Images





25 de feb. de 2012

Elías Canetti - Pánico

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Como se ha señalado con frecuencia, el pánico en un teatro es una desintegración de la masa. Cuanto más unidos hayan estado los espectadores por la representación, cuanto más cerrada sea la forma del teatro, que los mantiene exteriormente unidos, tanto más violenta será la desintegración.

Pero quizá pueda suceder que, por la sola representación, no haya existido de ningún modo una masa auténtica. A menudo el público no se siente cautivado, y permanece junto sólo porque ya esta allí. Lo que la obra no logró, lo produce instantáneamente un incendio. No es menos peligroso al hombre que a los animales y constituye el más intenso y antiguo símbolo de masa. La percepción del fuego lleva hasta límites insospechados cualquier sentimiento de masa que haya existido entre los espectadores. Ante el inequívoco peligro común aparece un miedo común a todos. Así, durante un corto espacio de tiempo, existe en el público una masa de verdad. Si no se estuviese en un teatro se podría huir en conjunto, como una manada de animales en peligro, y mediante movimientos sincronizados aumentar la energía de la fuga. Un terror-masivo activo de esta índole es la gran vivencia colectiva de todos los animales que viven en manadas y que, como buenos corredores, se salvan juntos.

En el teatro, la masa en cambio debe desintegrarse de la manera más violenta. Las puertas sólo dejan pasar a uno o a pocos hombres a la vez. La energía de la fuga se convierte por sí misma en una energía del rechazo. Entre las filas de asientos sólo puede pasar un hombre, y cada uno está meticulosamente separado del vecino de butaca; cada uno está sentado para sí, cada uno tiene su puesto. La distancia a la puerta más próxima es distinta para cada uno. El teatro normal busca asentar a los hombres y dejarles sólo la libertad de sus manos y voces. El movimiento de las piernas está limitado lo más posible.

La repentina orden de huida que el fuego dicta a los hombres se ve confrontada de inmediato con la imposibilidad de un movimiento común. La puerta por la que cada uno debe pasar, la que ve, en la que se ve nítidamente recortado de todos los demás, es el marco de una imagen que muy pronto lo domina. Así la masa, apenas en su apogeo, debe desintegrarse a la fuerza. Este proceso aparece en las más violentas tendencias individuales: se empuja, se golpea y pisotea alrededor de uno con frenesí.

Cuanto más se lucha «por la propia vida», tanto más evidente aparece la lucha contra los otros que lo obstaculizan a uno por todos lados. Allí están de pie como sillas, como balaustradas, como puertas cerradas, pero con la diferencia de que se abalanzan sobre uno. Empujan a uno para allá y para acá, a donde les plazca, o, mejor, hacia donde ellos mismos se ven empujados. No se perdona a las mujeres, los niños y la gente anciana, no se los distingue de los adultos. Todo esto pertenece a la constitución de la masa, en la que todos son iguales; y cuando uno mismo ya no se siente masa, aún está enteramente rodeado de ella. El pánico es una desintegración de la masa en la masa. El individuo quiere salir de su interior y escapar de una masa que está amenazada en cuanto todo. Pero como aún está inmerso físicamente en ella, debe arremeter contra ella, pues entregarse ahora sería su perdición, ya que la misma masa está amenazada. En un momento así no puede acentuar suficientemente su individualidad. Golpes y empellones tienen su réplica en otros golpes y empellones. Cuanto más da, cuanto más recibe, tanto más claramente se percibe a sí mismo, tanto más nítidamente se le hacen visibles los límites de su propia persona.

Es curioso observar hasta qué punto la masa asume para el que lucha en ella el carácter del fuego. Tal masa nace por la súbita visión de una llama o al grito de « ¡fuego!»; juega con el individuo que intenta escapar como si estuviese formada por llamas. Los hombres que hace a un lado se le antojan objetos ardientes, su contacto es hostil y cada parte de su cuerpo le asusta. Cualquiera que se interponga en el camino está contagiado de esta intención hostil general del fuego; la manera en que se propaga, en que avanza poco a poco alrededor de uno y cómo finalmente le rodea a uno enteramente se asemeja mucho al comportamiento de la masa, que lo amenaza a uno por todas partes. Sus movimientos imprevisibles, el dispararse de un brazo, de un puño o de una pierna son como las llamas del fuego, que pueden lengüetear de repente y por todas partes. El fuego como incendio de un bosque o de una estepa es una masa hostil, pudiendo llegar a despertar en cualquier hombre tal sentimiento. El fuego como símbolo de masa ha entrado en su economía psíquica y conlleva una parte inalterable de ella. Aquel enfático pisotear sobre seres humanos, que se observa tan a menudo durante pánicos y que parece tan absurdo, no es en absoluto diferente del pisotear para apagar el fuego.

El pánico como desintegración sólo puede desviarse prolongando así el estado original de miedo masivo unitario. En una iglesia que está amenazada, puede incluso provocarse: en medio de un miedo común se le reza a un dios común, en cuya mano descansa el poder de extinguir el fuego con un milagro.


En Masa y poder
Traducción: Horst Vogel


24 de feb. de 2012

Martin Amis: La enfermedad del tiempo

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Visión veinte por veinte, y la enfermedad del tiempo es epidémica. En mi grupo de crédito, al menos. Y en el tuyo también, amigo, si no me equivoco. Ya nadie piensa en otra cosa. Oh, sí, salvo en el cielo, claro. El pobre cielo… Hay que ver. Vaya situación. Todos pensamos en el tiempo, apresar el tiempo, enfermarse de tiempo. Yo, de momento, todavía estoy bien, creo.

Saqué mi espejo de mano. Ahora todo el mundo lleva uno cuando menos. En los trenes ves carradas de personas erguidas como navajas estudiándose tensamente los cabellos y las órbitas de los ojos. La ansiedad es tan eléctrica como el cable que vibra por encima de nuestras cabezas. Dicen que hay más gente abatida por la ansiedad del tiempo que por el tiempo mismo. Pero solamente el tiempo es fatal.

De acuerdo, es un problema, un definitivo embrollo. ¿Cómo se hace para cambiar de tema cuando hay un solo tema? La gente no quiere hablar del cielo. No quieren hablar del cielo, y no los culpo.

Saqué mi espejo de mano y me dediqué una inspección de unos diez segundos: encía inferior, párpado izquierdo. Tan reanimado me sentí que con mucho cuidado fui hasta la cocina y abrí una cerveza. Me comí un emparedado y una ensalada de jamón. Encendí otro cigarrillo. Puse la tele y me instalé en el Canal Terapéutico. Miré un documental de hace setenta años sobre un proyecto de ampliación de carreteras en un lugar llamado Orpington, allá en Inglaterra… El aburrimiento cumple una función altamente profiláctica cuando se trata del tiempo. A todos se nos aconseja experimentar todo el aburrimiento posible. Se dice que aburrir a otro es aun más curativo que dejar que a uno mismo lo aburran. Por eso nos lo pasamos alzando la voz en compañía, dale que te pego con cualquier cosa que se nos meta en la cabeza. Yo, por mi parte, me paso todo el tiempo hablando del tiempo: una costumbre imprudente. Y escúchame. Ya empiezo de nuevo.

Sonó el intercomunicador. Cambié el Terapéutico a Recepción. Ninguna imagen. «¿Quién es?», le pregunté a la tele. La tele me lo dijo. Suspiré, y puse la llamada en un período de medio minuto. Música relajante. Música aburrida… De acuerdo, ¿quieres oír mi teoría? Bien, algunos dicen que las causas del tiempo son la congestión, la pestilencia del aire, la vida urbana (y en esta época no hay otra vida que la urbana). Otros dicen que el tiempo fue el resultado de los primeros conflictos nucleares (de teatro limitado, Persia vs. Paquistán, Zaire vs. Nigeria y otros, nada importante; a ellos les tocaron el calor y la luz y a nosotros el frío y la oscuridad; ese factor contribuyó a que se jodiera el cielo), y en particular, de la saturación de cobertura televisiva que siguió: el día entero la pantalla se contraía con carne, carne moribunda, o viva pero en un extraño estado de edad. Otros dicen que el tiempo fue una consecuencia de las empresas de la humanidad en el espacio (no debieron haber ido allí, siendo las cosas en casa tan inestables). La comida, la pornografía, la cura contra el cáncer… Yo pienso que fue cosa del siglo veinte. El siglo veinte tiene toda la culpa.

- Hola, Happy -dije-. ¿Qué hay de nuevo?

- ¿Lou…? -dijo la voz de ella con cautela-. Lou, no me siento del todo bien.

- Eso no tiene nada de nuevo. Es viejo.

- No me siento bien. Creo que esta vez va en serio.

- Oh, claro.

Bien, era Happy Farraday. Correcto: la estrella de la tele. La feliz Happy Farraday. Oh, tiene mucha historia lo de Happy y yo.

- Veamos un poco qué aspecto tienes -dije-. Anda, Happy, déjame verte.

La pantalla permaneció en blanco, las células muertas en una especie de retorcimiento o revoloteo. En un arranque cambié de Recepción a Diadrama. Allí estaba Happy, todo el rostro vuelto hacia la cámara, haciendo vívidamente lo suyo. Volví a cambiar. Seguía sin haber imagen.

- Acabo de controlarte en el otro canal -dije-. Estás soberbia. ¿Qué te ha picado?

- Esto -dijo su voz-. El tiempo.

Las estrellas de cine son especialmente propensas a la ansiedad del tiempo y hay que decir que al tiempo también. ¿Por qué? Bueno, yo creo que nos encontramos ante un riesgo ocupacional. Es notable. De veras, difícilmente el trabajo podría ser más aburrido. Mucha gente no lo sabe, pero en la actualidad todos los personajes en los canales Sofá, Diadrama y Proscenio escriben sus propios parlamentos. Es un nuevo truco, ideado para promover la falta de forma, para combatir la secuencialidad, y así sucesivamente. Los gurúes de la investigación de objetivos han establecido que esto se concilia mucho mejor con el confinamiento en el hogar. Además, todo el talento literario se ha volcado a la invención de juegos o a la terapia masiva, y produce material sedante para los desocupados y otras secciones del populacho que se apartan de la existencia funcional. Se pueden hacer fortunas en las industrias del tiempo libre y el aplacamiento. Los escritores más notables se parecen a los billonarios adolescentes de los primeros tiempos de la revolución del chip. Por otro lado hacer dinero -como leer y escribir, si vamos a eso- incrementa peligrosamente los niveles de ansiedad del tiempo. Es obvio. Cuanto más dinero tienes, más tiempo te queda para preocuparte por el tiempo. Es notable. Happy Farraday tiene el máximo crédito, y también soporta el peso de la fama televisiva (en la cual hay millones que te conocen o creen conocerte); esa empatía colectiva, esa identificación, esa implicancia que, sospecho, agota seriamente la resistencia contra el tiempo. Yo he abierto una especie de archivo sobre la cuestión. Empiezo a pensar que es como un síndrome de reciprocidad, uno de los nuevos…

¿Por dónde iba? Ah, sí. Por el diálogo con Happy. Mi mente tiene cierta tendencia a vagar. Compréndeme. Ayuda, en lo concerniente al tiempo.

- De acuerdo. ¿Quieres decirme cuáles son los síntomas? -Me los dijo.- Llama a un médico -bromeé-. Oye, dame un respiro. Ya van… ¿cuántas? ¿Dos veces este año? ¿Tres?

- Ahora es distinto.

- Es el nuevo papel, Happy. Nada más. -En su nueva serie del Diadrama, Happy representa el papel proverbial de una fascinante mujer de cuarenta años seriamente enferma de ansiedad del tiempo. Y se le estaba contagiando; vaya si no.- ¿Sabes a qué le echo yo la culpa? ¡A tu talento! Como actriz eres condenadamente buena, demasiado. Con Greg Buzhardt estábamos…

- Ahórratelo, Lou -dijo ella-. No me aburras. Es de verdad. Tengo el tiempo.

- Sé lo que vas a hacer. Sé lo que vas a hacer. Vas a pedirme que tome el coche y vaya.

- Te pagaré.

- No es el dinero, Happy, es el tiempo.

- Toma el carril de 2 dólares.

- Caray -dije yo-. Esta vez va… debe de ir en serio.

De modo que enderecé los hombros, mientras esperaba que Roy me trajera el «Horsefly» del cobertizo. Bueno, Happy es una vieja amiga y una de mis mejores clientes, también una de mis ex mujeres, y yo tenía que hacer lo que se supone debía hacerse. Afuera, por un momento, no supe qué hora se pensaba que era ni si el rollo que me traía entre manos era diurno o nocturno; pero entonces vi, al este, los débiles temblores y latidos del sol. La densa luz verde se colaba por entre la tropósfera raída y deshilachada, como por un trozo de seda o una panty llena de carreras, con una cualidad liquida, agitada, cambiante. Luz verde: adelante… La otra semana yo mismo me llevé un buen susto, un susto terrible. Estaba en la cama con Danuta y nos la íbamos a jugar a hacer el amor. De acuerdo, una decisión torpe; pero era el cumpleaños de ella, y esa noche habíamos tomado cantidad de tranquilizantes. Fíjate que yo no creo que hacer el amor sea tan arriesgado como dice la gente. Si oyes lo que dicen algunos, resulta que el sexo es un pacto de suicidio. Tomarse de la mano es poner la vida en juego. «Mirad las cifras de casos fatales de tiempo entre las clases bajas», les digo yo. Joden como si mañana se acabara el mundo, ¿y enferman de tiempo? No, somos nosotros, los personajes de alto crédito, quienes corremos un peligro real. Como yo y Danuta. Como Happy. Como tú… Bien, el caso es que estábamos juntos en la cama, como digo, medio desnudos, y considerando la posibilidad de situarnos quizá en el marco anímico adecuado para empezar con cuidado el viejo juego amoroso, cuando de pronto siento que comienzo a emanar un brillo rosado. Era un calor interno, un calor fuerte, con algo de ilimitado, justo en el centro de mi ser. Bueno, me aterroricé. Uno siempre se dice que va a ser valiente, digno, estoico. Corrí al cuarto de baño aullando. Desplegué el espejo triple; la luz automática de inspección se encendió con un chasquido. Abrí los ojos y miré. Me quedé esperando. Sí, estaba limpio, estaba a salvo. Me derrumbé y lloré de alivio. Un rato después Danuta me ayudó a volver a la cama. No intentamos hacer el amor ni nada. No había manera. Me sentía demasiado condenadamente bien. Permanecí echado acariciándome los ojos, tan feliz, tan agradecido: nuevamente yo mismo.

- ¿Tú jodes mucho, Roy?

- ¿…Señor?

- ¿Tú jodes mucho, Roy?

- Algo. Supongo.

Roy era un grave joven asalariado de la variedad sumisa y abigotada. Parecía tener responsabilidades agobiantes; hasta usaba el cinturón de la cartuchera como una especie de faja para la hernia o soporte vertebral. Ése era el aspecto de la gente de crédito B, el aspecto de la clase paragolpes. Muy pronto, se proyecta, la sociedad quedará dividida en tres secciones iguales. La sección B se dedicará en su totalidad a proteger a la sección A de la sección C. Me alegro de tener de mi lado a Roy y sus muchachos.

- ¿Adónde irá hoy, señor? -me preguntó al entregarme mi tarjeta de conducción.

- Al otro lado de las colinas y muy lejos, Roy. Voy a ver a Happy Farraday. ¿Algún mensaje?

Roy parecía inquieto.

- Señor -dijo-. Tiene que contarle lo de Duncan. El muchacho nuevo del condo. Tiene un problema con el alcohol. Happy Farraday todavía no lo sabe. Debe avisarle. Duncan, con el problema que tiene, es un peligro de incendio.

- ¿El problema, Roy? Eso es grave, Roy.

- Bien, de acuerdo. Yo no quiero enjuiciar a nadie ni nada por el estilo. Puede que haya sido… que haya sido cuando era pequeño, o algo así. Pero la cosa es que Duncan se trae un rollo alcohólico. La verdad es ésa, señor Goldfader. Y Happy Farraday todavía no lo sabe. Tiene usted que avisarle. Tiene que avisarle, señor; ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde.

Eché una mirada al rostro agradable, implorante, profundamente estúpido de Roy. La mirada ardiente, las mejillas trémulas, el bigote. Santo Cristo, ¿qué creeran estos tipos que puede cambiar porque usen bigote? Por centésima vez le dije:


- Roy, es todo inventado. Es sólo la tele, Roy. Se lo escribe ella misma. No es real.

- Bueno, de eso yo no sé nada -dijo él, extendiendo la mano en silenciosa conciliación-. Pero me tranquilizaría el ánimo saber que usted la prevendrá del asunto de Duncan.

Roy hizo una pausa. Con cierta dificultad se inclinó para tocar una mancha de aceite que tenía en el pantalón azul superlavable. Se enderezó con un largo jadeo. En tanto joven, Roy era, desde luego, increíblemente gordo -por razones de tiempo-. Inmóviles, ambos contemplamos el cielo, los derrames, los colores chorreantes, las grandes traiciones químicas…

- Qué feo está -dijo Roy-. Señor… Señor Goldfader… ¿Es cierto lo que dicen, que Happy Farraday ha enfermado de tiempo?

El tráfico estaba ligero y llegué a casa de Happy antes de darme cuenta. El tráfico sí que es un problema, como no deja de repetir todo el mundo. La cosa funciona, sin embargo, si usas los carriles más caros. Aquí en nuestro país tenemos un sistema de cinco carriles: gratis, de cinco centavos, de diez, de un cuarto y de un dólar (cero, cinco, diez, veinticinco o cien dólares la milla); pero por supuesto que en este momento el carril gratuito no es operativo: una jaula, una caravana, una columna de desechos abollados y rotos, chatarra muerta que no avanza nunca. Muy pronto también se encontrarán con un problema en el carril de a cinco centavos. El rollo con esto de conducir, vayas donde vayas, es que es increíblemente aburrido. Y aquí tienes otra: desde que prohibieron los espejos retrovisores, no ha quedado mucho campo para la ansiedad del tiempo. Sí señor, tuvieron que suprimir los retrovisores. En eso yo les di mi apoyo. La pérdida de concentración era un trastorno real, ¿te das cuenta? ¿Cómo se podía conducir y controlarte las patas de gallo y el cuero cabelludo, todo al mismo tiempo? En la carretera, en los carriles más baratos, donde la movilidad es baja o mínima, solía haber una atmósfera de fiesta. La gente salía de los coches y se ponía a saltar por ahí. No tengo idea, pero puede que continúe de ese modo. Ahora, con la nueva Conducción de Aburrimiento, las barreras divisorias son más altas y no puedes decir qué pasa realmente. Sin embargo una vez sí que vi algo interesante. No pude evitarlo. Durante la larga espera en el cruce de seguridad, donde hasta el carril de a dólar se atasca con tanta ambulancia y camión con remolque -y con las grandes escuadras de motos y coches de la policía-, vi a tres corredores, tres punks del tiempo, galopando a ritmo sostenido por el carril de carga en desuso, a la altura del Viaducto Este. Allá iban, claros como el día: pantalones cortos, camiseta, zapatillas de correr. Todos los coches atascados hicieron sonar los cláxones, un sordo, furioso bramido de viejas bestias hacinadas. Unas docenas de policías con altavoces intentaron darles el alto; pero ellos contestaron con muecas, nada más, y siguieron corriendo, desafiantes. Esos punks están mal de la cabeza, aunque me imagino que alguna lógica habrá en el asunto. Toman vitaminas, sabes. Sí. Trabajan fuera y van por ahí jodiendo, tienen sus maratones nihilistas. La semana pasada vi una, cerca de los estudios. Un guardia de seguridad la encontró corriendo por el viejo camino exterior. Le hicieron unas preguntas y luego la soltaron. Tendría alrededor de treinta años, supongo. Parecía estar en una forma tremenda.

Y así que conduje sin incidentes. Pero incluso a través del cristal tratado del parabrisas podía ver y sentir los atroces desgarros y estampidos en el cielo estropeado. Es algo que te conmueve. Mira fijo, durante diez o quince minutos una bombilla encendida de muchos vatios; luego cierra los ojos, con fuerza y de golpe. Así es como se ve el cielo. Nos da pena, sabes, o al menos me da pena a mí. Miro el cielo y pienso… ay. Uy. Oh, el cielo, el pobre cielo.

Happy Farraday me había dejado un pase en la oficina central de Bienes Raíces, de modo que no tuve que esperar tanto. Para serte sincero, me escandalizó lo laxo y rutinario que se estaba volviendo la gente. Siempre es así después de unas semanas de tranquilidad. Luego se levanta otra tormenta de mierda desde la sección C, y otra vez empiezan a volar las órdenes. En el cubículo me vestí de nuevo y me sequé el pelo. Mientras aprobaban mi análisis de orina y las pruebas radiográficas miré la tele en la comisaría. Me senté con delicadeza y cautela (ya sabes lo que te pasa después de que te revisan desnudo) y saqué tres recortes de la billetera. Son para el archivo. ¿Qué te parecen?

ítem 1, de las páginas informativas de Pantalla Semanal:

En una serie de experiencias reiteradas en el Laboratorio Químico del Valle, el estudiante de ciencias Edwin Navasky ha «demostrado» que el agua caliente se congela más rápido que la fría. «Hicimos la prueba cuatro veces», dijo Edwin. «Es fantástico. Estamos realmente azorados», añadió el consejero estudiantil Joy Broadener.

ítem 2, de la sección de sucesos de la Guía del Sofá:

El lunes pasado la candidata Day McGwire contrató un espacio publicitario en el canal 29. Propósito: negar los rumores insistentes pero infundados de que sufría problemas cardíacos. Lamentablemente no le fue posible presentarse. El motivo: repentina hospitalización debido a un problema cardíaco.

ítem 3, de la columna de actualidad de Televisión:

El piloto meteorólogo Lars Christer informó acerca de una nueva manifestación de «La Cosa Que Hay Allá Arriba», divisada por él en el curso de un vuelo rutinario de bajo nivel. La localización: mil metros por encima del lago Baltimore. La descripción del piloto: «Era una especie de óvalo, con una especie de círculo negro en el centro». Se cree que el fenómeno es un cúmulo o formación espórica. La reacción de Christer: «No sé con qué comérmelo. Es un hueso».

- Goldfader -rugió el altavoz, desvaneciendo mis pensamientos. El carricoche esperaba en la puerta. Hacia el este los cielos nuclearizados parecían especialmente infernales y desquiciados, con un efecto de ojo desnudo palpitando en el horizonte: inyectado en sangre, conjuntivítico. Ojo rosa. Tal vez, sospecho a veces, La Cosa que Hay Allá Arriba se parezca a un ojo, manchado de lágrimas dolorosas, penetrante, envuelto en incienso… Valiéndome de mi bastón di con cuidado la vuelta por detrás del bungalow de Happy. Sunny, la hija veinteañera, estaba desnuda en una tumbona, absorbiendo la neblina. No hizo el menor gesto de cubrirse mientras yo, cojeando, bordeaba la piscina. La pequeña Sunny quiere que algún día sea su representante, y supongo que me estaba mostrando la mercancía. Bueno, es como dicen por ahí: si lo tienes, lúcelo.

- Hola, Lou -dijo, somnolienta-. Bébete una copa. Anda. Son las cinco.

Le eché a Sunny una mirada crítica mientras pasaba a su lado en dirección al bar. La chica era una verdadera página central, de eso no había duda. Pero, bueno, no me malinterpretes. Dije página central, y está claro que la pornografía no ha avanzado al mismo paso que el tiempo. Al principio intentaron llenar las revistas y los canales para adultos con mujeres de nuevo tipo cómo Sunny, pero no resultó.

El tiempo, en efecto, ha liquidado la pornografia excepto como deporte de sangre clandestino, o como rollo punk. El tiempo ha matado muchas más cosas. He aquí un interesante lugar común. Ahora que la masturbación es la única práctica sexual que no sufre una advertencia sanitaria del gobierno, ¿en qué pensamos cuando lo estamos haciendo, en qué nos queda pensar? No lo digo por mí. Cristo, ¿tú si? ¿Qué imágenes se deslizan, qué espectros aletean… qué pasa con esos pensamientos a medida que flotan y se aglomeran allá en lo alto en lo detonado, en lo completo, allá en el jodido cielo?

- Vamos, Sunny. ¿Dónde tienes la bata?

Mientras me preparaba un combinado con vodka y chupaba con precaución un pretzel, me fijé en el parche de la calva de Sunny, que brillaba suavemente en la niebla. Suspiré.

- ¿Te gusta mi cabeza? -me preguntó sin volverse- Tranquilo, es artificial. -Entonces se sentó y me lanzó una mirada esquiva. Sonrió. Sí, también le habían arreglado los dientes, sin duda algún vaquero del Valle metido a artista de la odontología. Volví a situarme al borde de la piscina y le eché una lenta mirada escrutadora. El pellejo y la palidez estaban bien, pero las marcas del estiramiento eran demasiado cosméticas, demasiado simétricas, demasiado pronunciadas.

- Bien, muchacha, ahora escúchame -comencé-. Las realidades son éstas. Está bien que una chica se dé baños de niebla, mariposee todo el día junto a la piscina con una o dos botellas, se quite un poco de peso de allí en medio. Quiero decir que tienes que mantenerte en forma. Pero este numerito estúpido, Sunny, es cosa de punks. En mis libros nunca ha entrado un embaucador, y nunca entrará ninguno. Por las siguientes razones…

Y le di a la joven Sunny una larga monserga, se las canté claras de verdad. La tenía arrinconada en el aburrimiento y no iba a dejar que se escapase. Seguí y seguí hablando con saña, dale y dale que te pego. En cuanto a mí, casi tuve que refrenarme cuando el aburrimiento, como suele hacerlo, viró hacia la desesperación, mirando el vacío de la piscina, el cielo reflejado y la estática activa, el sedimento de la lluvia negra.

- Bien, bien -dije, reanimándome-. De todos modos, ¿cuál es el problema? Tienes un aspecto magnífico.

Ella se rió, tosió y escupió.

- No me hagas caso, Lou -dijo con voz ronca-. Sólo lo hago para divertirme.

- Me alegra oírlo, Sunny. ¿Y dónde está tu madre?

- Hace dos días.

- ¿Cómo?

- En su habitación. Hace dos días que está en su habitación. Esta vez va en serio.

- Sí, claro.

Volví a llenarme la copa y entré. La única luz del vestíbulo provenía de la insomne lámpara del espejo. Mientras pasaba cojeando me miré. El pesado aburrimiento y el ligero estrés del viaje de siete horas me habían hecho bien. Me veía estupendo, estupendo.

- ¿Happy? -dije, y golpeé.

- ¿Eres tú, Lou? -la voz era fuerte y clara, y también rápida. Directa, alerta-. Voy a abrir la puerta, pero no entres en seguida.

- Claro -dije. Sorbí un trago de bebida y busqué una silla alrededor. Pero entonces se oyeron el chasquido y la enérgica voz de Happy-. Adelante. Bien, tengo que decirte que, llegado ese punto, hubo dos cosas que me desconcertaron. Primero, la voz; segundo, la rapidez. Por lo general, a esa mujer casi no puedes oírla cuando está en ese estado, y llegar hasta la puerta y volver a la cama le lleva una hora o más. Sí, pensé, ha de haber estado esperando con los dedos en el picaporte. A Happy no le pasa nada malo. La dama está estupenda, estupenda.

Así que entré. Tenía las largas redes negras tendidas sobre la cama: odulantes, destellando, un lecho para la progenie del diablo. Avancé entre las sombras hasta la silla que había junto a la cama y me senté con un gruñido. Una silla familiar. Una vigilia familiar.

- ¿Te molesta si no fumo? -le dije-. No es por los pulmones. Es sólo que me fastidia andar encendiendo todo el tiempo esos chismes. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Sin respuesta.

- ¿Cómo te sientes, Happy?

Sin respuesta.

- Vale, muchacha, escúchame. Tienes que dejarte de tonterías. Sé que es difícil con el nuevo papel y todo eso, pero ¿hace falta que vuelva a decirte lo que le ocurrió a Day Montague? ¿Hace falta, Happy? ¿Hace falta? Tienes cuarenta años. Estás fantástica. Permite que te cuente lo que Greg Buzhardt dijo la semana pasada cuando vio las tomas. Dijo: «Estilo. Clase. Presencia. Sinceridad. Fíjate en los ratings. Fíjate en los perfiles. Happy Farraday es la mujer con quien sueñan los hombres». Eso dijo. «Happy Farraday es…»

- Lou.

La voz había sonado a mis espaldas. Me giré, y sentí la punzada en los tendones del cuello. Happy estaba de pie en el baño bajo un chorro de luz, y también bajo el chorro más suave de su bata de seda. Estaba allí, vívida como la salud misma, gráfica como la juventud, con sus propias fuentes luminosas, los ojos, la boca, el cabello, las curvas y hondonadas de la garganta fulgurante. La seda cayó a sus pies, y a mí se me cayó la copa de las manos, y algo más cayó o se hundió dentro de mi pecho.

- Oh, Cristo -dije-. Happy, lo siento.

Recuerdo cómo era el cielo, cuando el cielo era joven -sus chales y vellones, sus osos y ballenas, sus cúspides y grietas-. Un cielo de gris, un cielo de azul, un cielo de especies. Pero ahora el cielo se ha ido, y nos enfrentamos a cielos diferentes. Cierta envoltura vital ha desaparecido de nuestras vidas. Allá arriba, me parece, algo se está reordenando. Allá arriba se acumula el miedo al tiempo, y nos llega de vuelta en forma de tiempo. Es el cielo, el cielo, el jodido cielo. Si la suficiente cantidad de gente cree que algo es real o está pasando, al fin parece que debe pasar, que debe hacerse realidad. Contra todo lo profetizado y esperado, estamos viviendo tiempos mágicos: magia proletaria. ¡Magia gris!

Ahora que ha terminado todo, ahora que estoy en casa y mejorando, con Danuta de regreso para siempre y Happy para siempre ausente, creo que puedo conversar y contar la verdadera historia. Estoy sentado en el angosto balcón con una manta sobre las piernas. Ante mí, por entre los barrotes de contención, el ocaso se extiende en su contaminada pompa, lleno de genios, fantasmas encapotados, demonios escarlatas del cielo medio. Luz roja: paremos, terminemos. La Cosa Que Hay Allá Arriba puede no cabello, las curvas y hondonadas de la garganta fulgurante. La seda cayó a sus pies, y a mí se me cayó la copa de las manos, y algo más cayó o se hundió dentro de mi pecho.

- Oh, Cristo -dije-. Happy, lo siento.

Recuerdo cómo era el cielo, cuando el cielo era joven -sus chales y vellones, sus osos y ballenas, sus cúspides y grietas-. Un cielo de gris, un cielo de azul, un cielo de especies. Pero ahora el cielo se ha ido, y nos enfrentamos a cielos diferentes. Cierta envoltura vital ha desaparecido de nuestras vidas. Allá arriba, me parece, algo se está reordenando. Allá arriba se acumula el miedo al tiempo, y nos llega de vuelta en forma de tiempo. Es el cielo, el cielo, el jodido cielo. Si la suficiente cantidad de gente cree que algo es real o está pasando, al fin parece que debe pasar, que debe hacerse realidad. Contra todo lo profetizado y esperado, estamos viviendo tiempos mágicos: magia proletaria. ¡Magia gris!

Ahora que ha terminado todo, ahora que estoy en casa y mejorando, con Danuta de regreso para siempre y Happy para siempre ausente, creo que puedo conversar y contar la verdadera historia. Estoy sentado en el angosto balcón con una manta sobre las piernas. Ante mí, por entre los barrotes de contención, el ocaso se extiende en su contaminada pompa, lleno de genios, fantasmas encapotados, demonios escarlatas del cielo medio. Luz roja: paremos, terminemos. La Cosa Que Hay Allá Arriba puede nocabello, las curvas y hondonadas de la garganta fulgurante. La seda cayó a sus pies, y a mí se me cayó la copa de las manos, y algo más cayó o se hundió dentro de mi pecho.

- Oh, Cristo -dije-. Happy, lo siento.

Recuerdo cómo era el cielo, cuando el cielo era joven -sus chales y vellones, sus osos y ballenas, sus cúspides y grietas-. Un cielo de gris, un cielo de azul, un cielo de especies. Pero ahora el cielo se ha ido, y nos enfrentamos a cielos diferentes. Cierta envoltura vital ha desaparecido de nuestras vidas. Allá arriba, me parece, algo se está reordenando. Allá arriba se acumula el miedo al tiempo, y nos llega de vuelta en forma de tiempo. Es el cielo, el cielo, el jodido cielo. Si la suficiente cantidad de gente cree que algo es real o está pasando, al fin parece que debe pasar, que debe hacerse realidad. Contra todo lo profetizado y esperado, estamos viviendo tiempos mágicos: magia proletaria. ¡Magia gris!

Ahora que ha terminado todo, ahora que estoy en casa y mejorando, con Danuta de regreso para siempre y Happy para siempre ausente, creo que puedo conversar y contar la verdadera historia. Estoy sentado en el angosto balcón con una manta sobre las piernas. Ante mí, por entre los barrotes de contención, el ocaso se extiende en su contaminada pompa, lleno de genios, fantasmas encapotados, demonios escarlatas del cielo medio. Luz roja: paremos, terminemos. La Cosa Que Hay Allá Arriba puede no ser Dios, por supuesto: puede ser el diablo. Muy pronto Danuta me llamará para que entre por mi caldo. Luego una siesta, y quizá una hora de televisión. El Canal Terapéutico. Me acuesto realmente temprano… Esta tarde fui a caminar por el borde de la carretera. No sé por qué. No creo que vaya a hacerlo de nuevo. A la vuelta apareció Roy y me ayudó a subir al ascensor. Luego, con timidez, me preguntó:

- ¿Happy Farraday se encuentra bien, señor?

- ¿Bien? -dije yo-. ¿Bien? ¿Qué quieres decir con bien? ¿Tú nunca lees las noticias, Roy?

- Tuvo que irse a Australia. Yo me preguntaba si se encontraría bien. Me imagino que para ella será mejor. Estaba metida en un problema, con Duncan. Era un rollo.

- Por el amor de Dios, eso es tele. Se lo escribieron -dije, y sentí una calma abrupta, plúmbea-. No está en Australia, Roy. Está en el cielo.

- ¿Cómo, señor?

- Está muerta, maldita sea.

- Bueno, yo de eso no sé nada -dijo él, alzando una palma regordeta-. Sólo espero que se encuentre bien, allí en Australia.

Happy está en el cielo, o espero que lo esté. Ojalá que no esté en el infierno. El infierno es el cielo del atardecer, y espero que no esté allí. Ah, ¿cómo soportarlo? Qué rollo. No, de veras.

Ahora sí admito que me aterroricé en el dormitorio del bungalow, con el chorro de luz, la mujer alterada y mi propio ser tan abruptamente tenso por la fragilidad y el miedo. Grité muchísimo. ¡Acuéstate! ¡Llama a Trattman! ¡Ponte la bata! Esa clase de cosas. «Vamos, Lou, sé realista -dijo ella-. Mírame.» Y miré. Sí. La piel estaba toda cubierta de esa brillante suculencia delatora. El pelo -que hacía una semana, maldita sea, colgaba tan delgado e incoloro como el mío-, zumbaba de espesor y fulgor. Y la boca, Cristo… labios plenos y húmedos, y una lengua de animal, como un corazón, no con la boca de Happy, ni la de otra mujer, sino más grande, más ávida, más joven. Más joven. Tiempo clásico. Oh, clásico.

Hizo que me acercara y me tendiera con ella en la cama para darle consuelo, para darle cierta sensación de seguridad definitiva. Yo me hallaba en un crítico estado de nervios, como te imaginarás. El tiempo no es contagioso (al menos eso sabemos del tiempo), pero la enfermedad, en cualquiera de sus formas, no es muy atrayente y yo quería guardar toda la distancia posible. Manténte lejos, dice. Luego vi; vi sus pechos, altos pero pesados, las pequeñas puntas tiernas, inflamadas por el tiempo; y el olor, el olor de memoria profunda, fluyente, submarina… Yo sabía qué clase de consuelo necesitaba ella. Sí, a menudo el tiempo se manifestaba de este modo, pensé en mi terror lento y majestuoso. Has venido hasta aquí: ahora sigue, me dije. Acércate más, más. Hazlo por ella, por ella y por los viejos tiempos. Me volví, dispuesto a permitir que tomara todo lo que la cabeza y la mano pudieran dar, hasta que también yo sentí fiebre en las líneas de calor, la hinchazón y el olor de la juventud y la muerte. En cierto momento durante la madrugada, justo antes del amanecer, me levanté y arrastrándome hasta la ventana miré el cielo dolorido, lastimado; por un instante me sentí yo mismo gris y suavemente vibrante, como una percha que se ha dejado brillando en el travesaño, con Happy allí, detrás de mí, sola en la cama y en la tórrida muerte. «Cariño», dije en voz alta, y fui a reunirme con ella. Me gusta, pensé, y de pronto asentí. ¿Qué es lo que me gusta? Me gusta el amor. Me estoy suicidando y no me importa.

Durante los dos meses siguientes, te diré, estuve en una forma terrible, hecho una mierda, desquiciado, desquiciado del todo. Me daban ataques de energía. En vez de mi comida, me desesperaba por la carne gruesa y el vino espeso. No conseguía mirar nada terapéutico. Tras media hora escasa de una exhibición de carpintería o de un concurso de lanzamiento de dardos me encontraba paseándome por la sala con las uñas comidas y los dedos frenéticos. También, en varias ocasiones, puse en peligro a Danuta. Hasta hice un intento con la pequeña Sunny Farraday, que después de la cremación se mudó aquí por un tiempo. Danuta se divorció de mí. Incluso se fue de casa. Pero ahora ha vuelto. Danuta es una buena chica; me ayudó a salir. Ahora todo ha quedado atrás, y creo (toco madera) que ya vuelvo a ser más o menos yo mismo.

Dentro de muy poco daré unos golpecitos en la ventana con el bastón para que Danuta me traiga otra manta. Más tarde ella me ayudará a entrar para que tome el caldo. Luego una siesta, y tal vez una hora de televisión. El Canal Terapéutico. Por el momento soy feliz y afronto de buena gana el vívido tormento, el acné- hirviente del cielo agonizante. Cuando el cielo haya muerto, ¿nos darán uno nuevo? Hoy mi servicio de respuesta dejó un mensaje extraño: tengo que llamar a un número de Sidney, allá en Australia. Lo haré mañana. O pasado. Sí. Ahora no puedo hacer el esfuerzo. Alcanzar el bastón, levantarlo, golpear el cristal, decir Danuta: incluso esto requiere empinadas ascensiones de tiempo. Ahora todo sucede con tanta lentitud. Tengo un nuevo trastorno en la espalda. La semana pasada me rompí un diente con una tostada. Jesús, como detesto agacharme y las escaleras. Arriba cuelga el cielo en telarañas desgarradas, en sangrientos añicos. Es un gran alivio, y me siento agradecido. Estoy perfecto, estoy bien, bien. Sea como sea, por el momento no hay síntomas de que vaya a enfermar de tiempo.






En Los monstruos de Einstein (relatos) 
Trad.:   Marcelo Cohen
Ediciones Minotauro, 1990
Foto: Murdo Macleod

23 de feb. de 2012

Felisberto Hernández - Historia de un cigarrillo

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A Antonio Soto (Boy)


I

Una noche saqué una cajilla de cigarrillos del bolsillo. Todo esto lo hacía casi sin querer. No me daba mucha cuenta que los cigarrillos eran los cigarrillos y que iba a fumar.

Hacía mucho rato que pensaba en el espíritu en sí mismo; en el espíritu del hombre en relación a los demás hombres; en el espíritu del hombre en relación a las cosas, y no sabía si pensaría en el espíritu de las cosas en relación a los hombres. Pero sin querer estaba mirando fijo a una cosa: la cajilla de cigarrillos. Y ahora analizaba repasando mi memoria. Recordaba que primero había amenazado sacar uno pero apenas tocándolo con el dedo. Después fui a sacar otro y no saqué ese precisamente, saqué un tercero. Yo estaba distraído en el momento de sacarlos y no me había dado cuenta de mi imprecisión. Pero después pensaba que mientras yo estaba distraído, ellos podían haberme dominado un poquito, que de acuerdo con su poquita materia, tuvieran correlativamente un pequeño espíritu. Y eso espíritu de reserva, podía alcanzarles para escapar unos, y que yo tomara otros.


II

Otra noche estaba conversando con un amigo. Entonces me distraje y volví a sentir otra cosa de los cigarrillos. Cuando tenía ganas de fumar y tomaba uno de ellos, pensaban tomar uno de tantos. Sin querer evitaba tomar uno que estaba roto en la punta aunque eso no influiría para que no se pudiera fumar. Mi tendencia era a tomar uno normal. Al darme cuenta de esto, saqué el cigarrillo roto más afuera de la cajilla que los demás. Invité a mi compañero. Vi que a pesar de que ése fuera el más fácil de sacar, él tuvo el mismo sentimiento de unidad normal y prefirió sacar otro. Eso me preocupó, pero como seguimos conversando me olvidé. Al rato muy largo fui a fumar, y en el momento de sacar los cigarrillos me acordé. Con mucha sorpresa vi que el roto no estaba y pensé: "me lo habré fumado distraído" y me alivié de la obsesión.


III

Esa misma noche en otra de las veces que saqué la cajilla me encontré con lo siguiente: el cigarrillo roto no me lo había fumado, se había caído y había quedado horizontal en el fondo de la cajilla. Entonces al escapárseme tantas veces, me volvió la obsesión. Tuve una fuerte curiosidad por ver qué ocurría si se fumara. Salí al patio, saqué todos los que quedaban en la cajilla sin ser el roto; entré a la pieza y se lo ofrecí a mi compañero, era el único y tendría que fumar "ése". Él hizo mención de tomarlo y no lo tomó. Me miró con una sonrisa.

Yo le pregunté: "¿Usted se dio cuenta?". Él me respondió: "¿Pero cómo no me voy a dar cuenta". Yo me quedé frío, pero él enseguida agregó: "Le quedaba uno solo y me lo iba a fumar yo". Entonces sacó de los de él y fumamos los dos del mismo paquete.


IV

Al día siguiente de mañana recordé que la noche anterior había puesto el cigarrillo roto en la mesa de luz. La mesa de luz me pareció distinta: tenía una alianza y una asociación extraña con el cigarrillo. Pero yo quise reaccionar contra mí. Me decidí a abrir el cajón de la mesa de luz y fumarlo como uno de tantos. Lo abrí.

Quise sacar el cigarrillo con tanta naturalidad que se me cayó de las manos. Me volvió la obsesión. Volví a reaccionar. Pero al ir a tomarlo de nuevo me encontré con que había caído en una parte mojada del piso. Esta vez no pude detener mi obsesión; cada vez se hacía más intensa al observar una cosa activa que ahora ocurría en el piso: el cigarrillo se iba ensombreciendo a medida que el tabaco absorbía el agua.


En Narraciones incompletas


22 de feb. de 2012

Julio Ramón Ribeyro - Malas copias

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La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza! ¡Cuántos Joyces, Kafkas, Célines flous, velados o sobrexpuestos habrán existido! Unos murieron jóvenes, otros cambiaron de oficio, otros se dedicaron a la bebida, otros se volvieron locos, otros carecieron de uno o de dos de los requisitos que los grandes artistas reúnen para elevarse sobre el nivel de la subliteratura. Falta de formación, enfermedades, pereza, carencia de estímulos, impaciencia, angustias económicas, ausencia de ambición o de tenacidad o simplemente de suerte, son como el billete de lotería prometedor al cual solo le falta el número Terminal para obtener el premio en la rifa de la gloria. Y algunos han probablemente reunido todas esas cualidades, pero faltó la circunstancia azarosa, la aparentemente insignificante (la lectura de un libro, la relación con tal amigo) capaz de servir de reactivo al compuesto químicamente perfecto y darle su verdadera coloración. Así en el metro veo a veces a una mujer y me digo: "Podría ser Brigitte Bardot, pero lástima que le falten treinta centímetros de estatura" o "Esa rubia se parece a Marilyn Monroe, pero tiene las piernas corno dos estacas". Ellas son también las malas pruebas del modelo original, la mercadería con fallas que se vende al por mayor.


En Prosas apátridas aumentadas


21 de feb. de 2012

Gabriel García Márquez: Diecisiete ingleses envenenados

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Lo primero que notó la señora Prudencia Linero cuando llegó al puerto de Nápoles, fue que tenía el mismo olor del puerto de Riohacha. No se lo contó a nadie, por supuesto, pues nadie lo hubiera entendido en aquel trasatlántico senil atiborrado de italianos de Buenos Aires que volvían a la patria por primera vez después de la guerra, pero de todos modos se sintió menos sola, menos asustada y distante, a los setenta y dos años de su edad y a dieciocho días de mala mar de su gente y de su casa.
Desde el amanecer se habían visto las luces de tierra. Los pasajeros se levantaron más temprano que siempre, vestidos con ropas nuevas y con el corazón oprimido por la incertidumbre del desembarco, de modo que aquél último domingo de a bordo pareció ser el único de verdad en todo el viaje. La señora Prudencia Linero fue una de las muy pocas que asistieron a la misa. A diferencia de los días anteriores en que andaba por el barco vestida de medio luto, se había puesto para desembarcar una túnica parda de lienzo basto con el cordón de San Francisco en la cintura, y unas sandalias de cuero crudo que sol por ser demasiado nuevas no parecían de peregrino Era un pago adelantado: había prometido a Dios llevar ese hábito talar hasta la muerte si le concedía la gracia de viajar a Roma para ver al Sumo Pontífice, y ya daba la gracia por concedida. Al final de la misa encendió una vela al Espíritu Santo por el valor que le infundió para soportar los temporales del Caribe, y rezó una oración por cada uno de los nueve hijos y los catorce nietos que en aquel momento soñaban con ella en la noche de vientos de Riohacha.
Cuando subió a cubierta después del desayuno, la vida del barco había cambiado. Los equipajes estaban amontonados en la sala de baile, entre toda clase de objetos para turistas comprados por los italianos en los mercados de magia de las Antillas, y en el mostrador de la cantina había un macaco de Pernambuco dentro de una jaula de encajes de hierro. Era una mañana radiante de principios de agosto. Un domingo ejemplar de aquellos veranos de después de la guerra en que la luz se comportaba como una revelación de cada día, y el barco enorme se movía muy despacio, con resuellos de enfermo, por un estanque diáfano. La fortaleza tenebrosa de los duques de Anjou apenas si empezaba a vislumbrarse en el horizonte, pero los pasajeros asomados a la borda creían reconocer los sitios familiares, y los señalaban sin verlos a ciencia cierta, gritando de júbilo en dialectos meridionales. La señora Prudencia Linero, que había hecho tantos amigos viejos a bordo, que había cuidado niños mientras sus padres bailaban y hasta le había cosido un botón de la guerrera al primer oficial, los encontró de pronto ajenos distintos. El espíritu social y el calor humano que le permitieron sobrevivir a las primeras nostalgias en el sopor del trópico, habían desaparecido. Los amores eternos de altamar terminaban a la vista del puerto. La señora Prudencia Linero, que no conocía la naturaleza voluble de los italianos, pensó que el mal no estaba en el corazón de los otros sino en el suyo, por ser ella la única que iba entre la muchedumbre que regresaba. Así deben ser todos los viajes, pensó, padeciendo por primera vez en su vida la punzada de ser forastera, mientras contemplaba desde la borda los vestigios de tantos mundos extinguidos en el fondo del agua. De pronto, una muchacha muy bella que estaba a su lado la asustó con un grito de horror.
—Mamma mía —dijo, señalando el fondo—. Miren ahí.
Era un ahogado. La señora Prudencia Linero lo vio flotando bocarriba entre dos aguas, y era un hombre maduro y calvo con una rara prestancia natural, y sus ojos abiertos y alegres tenían el mismo color del cielo al amanecer. Llevaba un traje de etiqueta con chaleco de brocado, botines de charol y una gardenia viva en la solapa. En la mano derecha tenía un paquetito cúbico envuelto en papel de regalo, y los dedos de hierro lívido estaban agarrotados en la cinta del lazo, que era lo único que encontró para agarrarse en el instante de morir.
—Debió caerse de una boda —dijo un oficial del barco—. Sucede mucho en verano por estas aguas.
Fue una visión instantánea, porque entonces estaban entrando en la bahía y otros motivos menos lúgubres distrajeron la atención de los pasajeros.
Pero la señora Prudencia Linero siguió pensando en el ahogado, el pobrecito ahogado, cuya levita de faldones ondulaba en la estela del barco.
Tan pronto como entró en la bahía, un remolcador decrépito salió al encuentro del barco y se lo llevó de cabestro por entre los escombros de numerosas naves militares destruidas durante la guerra. El agua se iba convirtiendo en aceite a medida que el barco se abría paso entre los escombros oxidados, y el calor se hizo aun más bravo que el de Riohacha a las dos de la tarde. Al otro lado del desfiladero, radiante en el sol de las once, apareció de pronto la ciudad completa de palacios quiméricos y viejas barracas de colores apelotonados en las colinas. Del fondo removido se levantó entonces una tufarada insoportable que la señora Prudencia Linares reconoció como el aliento de cangrejos podridos del patio de su casa.
Mientras duró la maniobra los pasajeros reconocían a sus parientes con aspavientos de gozo en el tumulto del mueble. La mayoría eran patronas otoñales de pechugas flamantes, sofocadas dentro de los trajes de luto, con los niños más bellos y numerosos de la tierra, maridos pequeños y diligentes, del género inmortal de los que leen el periódico después que sus esposas y se visten de escribanos estrictos a pesar del calor.
En medio de aquella algarabía de feria, un hombre muy viejo de aspecto inconsolable, sobretodo de mendigo, se sacaba a dos manos de los bolsillos puñados y puñados de pollitos tiernos. En un instante llenaron el muelle, piando enloquecidos por todas las partes, y solo por ser animales de magia había muchos que seguían corriendo vivos después de ser pisoteados por la muchedumbre ajena al prodigio. El mago había puesto su sombrero bocarriba en el piso, pero nadie le tiró desde la borda ni una moneda de calidad.
Fascinada por el espectáculo de maravilla que parecía ejecutado en su honor, pues sólo ella lo agradecía, la señora Prudencia Lineros no se dio cuenta de en qué momento tendieron la pasarela, y una avalancha humana invadió el barco con los aullidos y el ímpetu de un abordaje de bucaneros. Aturdida por el júbilo del tufo de cebollas rancias de tantas familias en verano, vapuleada por las cuadrillas de cargadores que se disputaban a golpes los equipajes, se sintió amenazada por la misma muerte sin gloria de los políticos en el muelle. Entonces se sentó sobre su baúl de madera con esquinas de latón pintado, y permaneció impávida rezando en un círculo vicioso de oraciones contra las tentaciones y peligros en tierras de infieles. Allí la encontró el primer oficial cuando paso el cataclismo y no quedo nadie más que ella en el salón desmantelado.
—Nadie debe estar aquí a esta hora —le dijo el oficial con cierta amabilidad—. ¿Puedo ayudarla en algo?
—Tengo que esperar al cónsul —dijo ella.
Así era. Dos días antes de zarpar, su hijo mayor le había mandado un telegrama al cónsul en Nápoles, que era amigo suyo, para rogarle que la esperara en el puerto y la ayudara en los trámites para seguir a Roma. Le había mandado el nombre del barco y la hora de llegada, y le indicó además que podía reconocerla por el hábito de San Francisco que se pondría para desembarcar. Ella se mostró tan estricta en sus leyes, que el primer oficial le permitió esperar un rato más, a pesar de que iba a ser la hora en que almorzaba la tripulación y habían subido las sillas sobre las mesas y estaban lavando las cubiertas a baldazos. Varias veces tuvieron que mover el baúl para no mojarlo, pero ella cambiaba de lugar sin inmutarse, sin interrumpir las oraciones, hasta que la sacaron de las salas de recreo y terminó sentada a pleno sol entre los botes de salvamento. Allí volvió a encontrarla el primer oficial un poco antes de las dos de la tarde, ahogándose en sudor dentro de la escafandra de penitente, y rezando un rosario sin esperanzas, porque estaba aterrorizada y triste y soportaba a duras penas las ganas de llorar.
—Es inútil que siga rezando —dijo el oficial, sin la amabilidad de la primera vez—. Hasta Dios se va de vacaciones en agosto.
Le explicó que media Italia estaba en la playa por esa época, sobre todo los domingos. Era probable que el cónsul no estuviera de vacaciones, por la índole de su cargo, pero con seguridad no abriría la oficina hasta el lunes. Lo único razonable era ir a un hotel, descansar tranquila esa noche, y al día siguiente llamar por teléfono al consulado, cuyo número estaba sin duda en el directorio. De modo que la señora Prudencia Linero tuvo que conformarse con ese criterio, y el oficial la ayudó en los trámites de inmigración y aduana y del cambio de dinero, y la puso dentro de un taxi con la indicación azarosa de que la llevaran a un hotel decente.
El taxi decrépito con rezagos de carroza fúnebre avanzaba dando tumbos por las calles desiertas. La señora Prudencia Linero pensó por un instante que el conductor y ella eran los únicos seres vivos en una ciudad de fantasmas colgados en alambres en medio de la calle, pero también pensó que un hombre que hablaba tanto, y con tanta pasión, no podía tener tiempo para hacerle daño a una pobre mujer sola que había desafiado los riesgos del océano para ver al Papa.
Al final del laberinto de calles volvía a verse el mar. El taxi siguió dando tumbos a lo largo de una playa ardiente y solitaria donde había numerosos hoteles pequeños de colores intensos. Pero no se detuvo en ninguno de ellos sino que fue directo al menos vistoso, situado en un jardín público con grandes palmeras y bancos verdes. El chofer puso el baúl en la acera sombreada y, ante la incertidumbre de la señora Prudencia Linero, le aseguró que aquel era el hotel más decente de Nápoles.
Un maletero hermoso y amable se echó el baúl al hombro y se hizo cargo de ella. La condujo hasta el ascensor de redes metálicas improvisado en el hueco de la escalera, y empezó a cantar un aria de Puccini a plena voz y con una determinación alarmante. Era un vetusto edificio de nueve pisos restaurados, en cada uno de los cuales había un hotel diferente. La señora Prudencia Linero se sintió de pronto en un instante alucinado, metida en una jaula de gallinas que subía muy despacio por el centro de una escalera de mármoles estentóreos, y sorprendía a la gente dentro de las casas con sus dudas más íntimas, con sus calzoncillos rotos y sus eructos ácidos. En el tercer piso el ascensor se detuvo con un sobresalto, y entonces el maletero dejó de cantar abrió la puerta de rombos plegadizos y le indicó a la señora Prudencia Linero, con una reverencia galante, que estaba en su casa.
Ella vio un adolescente lánguido detrás de un mostrador de madera con incrustaciones de vidrios de colores en el vestíbulo y plantas de sombra en macetas de cobre. Le gustó de inmediato, porque tenía los mismos bucles de serafín de su nieto menor. Le gustó el nombre del hotel con las letras grabadas en una placa de bronce, le gustó el olor de ácido fénico, le gustaron los helechos colgados, el silencio, las lises de oro del papel de las paredes. Después dio un paso fuera del ascensor, y el corazón se le encogió. Un grupo de turistas ingleses de pantalones cortos y sandalias de playa dormitaban en una larga fila de poltronas de espera. Eran diecisiete, y estaban sentados en un orden simétrico, como si fueran uno solo muchas veces repetido en una galería de espejos. La señora Prudencia Linero los vio sin distinguirlos, con un solo golpe de vista, y lo único que le impresionó fue la larga hilera de rodillas rosadas, que parecían presas de cerdo colgadas en los ganchos de una carnicería. No dio un paso más hacia el mostrador, sino que retrocedió sobrecogida y entró de nuevo en el ascensor.
—Vamos a otro piso —dijo.
—Este es el único que tiene comedor, signora —dijo el cargador.
—No importa —dijo ella.
El cargador hizo un gesto de conformidad, cerró el ascensor, y cantó el pedazo que le faltaba de la canción hasta el hotel del quinto piso. Allí todo parecía menos estricto, y la dueña era una matrona primaveral que hablaba un castellano fácil, y nadie hacía la siesta en las poltronas del vestíbulo. No había comedor, en efecto, pero el hotel tenía un acuerdo con una fonda cercana para que sirviera a los clientes por un precio especial. De modo que la señora Prudencia Linero decidió que sí, que se quedaba por una noche, tan convencida por la elocuencia y la simpatía de la dueña como por el alivio de que no hubiera ningún inglés de rodillas rosadas durmiendo en el vestíbulo.
El dormitorio tenía las persianas cerradas a las dos de la tarde, y la penumbra conservaba la frescura y el silencio de una floresta recóndita, y era bueno para llorar. No bien se quedó sola, la señora Prudencia Linero pasó los dos cerrojos, y orinó por primera vez desde la mañana con un desagüe tenue y difícil que le permitió recobrar su identidad perdida durante el viaje. Después se quitó las sandalias y el cordón del hábito y se tendió del lado del corazón sobre la cama matrimonial demasiado ancha y demasiado sola para ella sola, y soltó el otro manantial de sus lágrimas atrasadas.
No sólo era la primera vez que salía de Riohacha, sino una de las pocas en que salió de su casa después de que sus hijos se casaron y se fueron, y ella se quedó sola con dos indias descalzas cuidando del cuerpo sin alma de su esposo. Se le acabó la mitad de la vida en el dormitorio frente a los escombros del único hombre que había amado, y que permaneció en el letargo durante casi treinta años, tendido en la cama de sus amores juveniles sobre un colchón de cueros de chivo.
En el octubre pasado, el enfermo abrió los ojos en una ráfaga súbita de lucidez, reconoció a su gente y pidió que llamaran un fotógrafo. Llevaron al viejo del parque con el enorme aparato de fuelle y manga negra, y el platón de magnesio para las fotos domésticas. El mismo enfermo dirigió las fotos. «Una para Prudencia, por el amor y la felicidad que me dio en la vida», dijo. La tomaron con el primer fogonazo de magnesio. «Ahora otras dos para mis hijas adoradas, Prudencita y Natalia», dijo. Las tomaron. «Otras dos para mis hijos varones, ejemplos de la familia por su cariño y su buen juicio», dijo. Y así hasta que se acabó el papel y el fotógrafo tuvo que ir a su casa a reabastecerse. A las cuatro de la tarde, cuando ya no se podía respirar en el dormitorio por la humareda de magnesio y el tumulto de parientes, amigos y conocidos que acudieron a recibir sus copias del retrato, el inválido empezó a desvanecerse en la cama, y se fue despidiendo de todos con adioses de la mano, como borrándose del mundo en la baranda de un barco.
Su muerte no fue para la viuda el alivio que todos esperaban. Al contrario, quedó tan afligida, que sus hijos se reunieron para preguntarle cómo podrían consolarla, y ella les contestó que no quería nada más que ir a Roma a conocer al Papa.
—Me voy sola y con el hábito de San Francisco —les advirtió—. Es una manda.
Lo único grato que le quedó de aquellos años de vigilia fue el placer de llorar. En el barco, mientras tuvo que compartir el camarote con dos hermanas clarisas que se quedaron en Marsella, se demoraba en el baño para llorar sin ser vista. De modo cuarto del hotel de Nápoles fue el único lugar propicio que había encontrado para llorar a gusto desde que salió de Riohacha. Y habría llorado hasta el día siguiente cuando saliera el tren de Roma, de no haber sido porque la dueña le tocó la puerta a las siete para avisarle que si no llegaba a tiempo a la fonda se quedaría sin comer.
El empleado del hotel la acompañó. Una brisa fresca había empezado a soplar desde el mar, y todavía quedaban algunos bañistas en la playa bajo el sol pálido de las siete. La señora Prudencia Linero siguió al empleado por el vericueto de calles empinadas y estrechas que apenas empezaban a despertar de la siesta del domingo, y se encontró de pronto bajo una pérgola umbría, donde había mesas para comer con manteles de cuadritos rojos y frascos de encurtidos improvisados como floreros con flores de papel. Los únicos comensales a esa hora temprana eran los propios sirvientes, y un cura muy pobre que comía cebollas con pan en un rincón apartado. Al entrar, ella sintió la mirada de todos por el hábito Pardo, pero no se alteró, pues era consciente de que el ridículo formaba parte de la penitencia. La mesera, en cambio, le suscitó un ápice de piedad, porque era rubia y bella y hablaba como si cantara, y ella pensó que debían estar muy mal en Italia después de la guerra si una muchacha como esa tenía que servir en una fonda. Pero se sintió bien en el ámbito floral del emparrado, y el aroma de guiso de laurel de la cocina le despertó el hambre aplazada por la zozobra del día. Por primera vez en mucho tiempo no tenía deseos de llorar.
Sin embargo, no pudo comer a gusto. En parte porque le costó trabajo entenderse con la mesera rubia, a pesar de que era simpática y paciente, y en parte porque la única carne que había para comer eran unos pajaritos cantores de los que criaban en jaulas en las casas de Riohacha. El cura, que comía en el rincón, y que terminó por servirles de intérprete, trató de hacerle entender que las emergencias de la guerra no habían terminado en Europa, y que debía apreciarse como un milagro que hubiera al menos pajaritos de monte para comer. Pero ella los rechazó.
—Para mí —dijo— sería como comerme un hijo.
Así que debió conformarse con una sopa de fideos, un plato de calabacines hervidos con unas tiras de tocino rancio, y un pedazo de pan que parecía de mármol. Mientras comía, el cura se acercó para suplicarle por caridad que lo invitara a tomarse una taza de café, y se sentó con ella. Era yugoslavo, pero había sido misionero en Bolivia, y hablaba un castellano difícil y expresivo. A la señora Prudencia Linero le pareció un hombre ordinario y sin el menor vestigio de indulgencia, y observó que tenía unas manos indignas con las uñas astilladas y sucias, y un aliento de cebollas tan persistente que más bien parecía un atributo del carácter. Pero después de todo estaba al servicio de Dios, y era un placer nuevo encontrar a alguien con quien entenderse estando tan lejos de casa.
Conversaron despacio, ajenos al denso rumor de establo que los iba cercando a medida que los comensales ocupaban las otras mesas. La señora Prudencia Linero tenía ya un juicio terminante sobre Italia: no le gustaba. Y no porque los hombres fueran un poco abusivos, que ya era mucho, ni porque se comieran a los pájaros, que ya era demasiado, sino por la mala índole de dejar a los ahogados a la deriva.
El cura, que además del café se había hecho llevar por cuenta de ella una copa de grappa, trató de hacerle ver su ligereza de juicio. Pues durante la guerra se había establecido un servicio muy eficaz para rescatar, identificar y sepultar en tierra sagrada a los numerosos ahogados que amanecían flotando en la bahía de Nápoles.
—Desde hace siglos —concluyó el cura— los italianos tomaron conciencia de que no hay más que una vida, y tratan de vivirla lo mejor que pueden. Eso los ha hecho calculadores y volubles, pero también los ha curado de la crueldad.
—Ni siquiera pararon el barco —dijo ella.
—Lo que hacen es avisar por radio a las autoridades del puerto —dijo el cura—. Ya a esta hora deben haberlo recogido y enterrado en el nombre de Dios.
La discusión cambió el humor de ambos. La señora Prudencia Linero había acabado de comer, y sólo entonces cayó en la cuenta de que todas las mesas estaban ocupadas. En las más próximas, comiendo en silencio, había turistas casi desnudos, y entre ellos algunas parejas de enamorados que se besaban en vez de comer. En las mesas del fondo, cerca del mostrador, estaba la gente del barrio jugando a los dados y bebiendo un vino sin color. La señora Prudencia Linero comprendió que sólo tenía una razón para estar en aquel país indeseable.
—¿Usted cree que sea muy difícil ver al Papa? —preguntó.
El cura le contestó que nada era más fácil en verano. El Papa estaba de vacaciones en Castelgandolfo, y los miércoles en la tarde recibía en audiencia pública a peregrinos del mundo entero. La entrada era muy barata: veinte liras.
—¿Y cuánto cobra por confesarlo a uno? —preguntó ella.
—El Santo Padre no confiesa a nadie —dijo el cura, un poco escandalizado—, salvo a los reyes, por supuesto.
—No veo por qué va a negarle ese favor a una pobre mujer que viene de tan lejos —dijo ella.
—Hasta algunos reyes, con ser reyes, se han muerto esperando —dijo el cura—. Pero dígame: debe ser un pecado tremendo para que usted haya hecho sola semejante viaje sólo por confesárselo al Santo Padre.
La señora Prudencia Linero lo pensó un instante, y el cura la vio sonreír por primera vez.
—¡Ave María Purísima! —dijo—. Me bastaría con verlo. —Y agregó con un suspiro que pareció salirle del alma—: ¡Ha sido el sueño de mi vida!
En realidad, seguía asustada y triste, y lo único que quería era irse de inmediato, no sólo de ese lugar sino de Italia. El cura debió pensar que aquella alucinada ya no daba para más, así que le deseó buena suerte y se fue a otra mesa a pedir por caridad que le pagaran un café.
Cuando salió de la fonda, la señora Prudencia Linero se encontró con la ciudad cambiada. La sorprendió la luz del sol a las nueve de la noche, y la asustó la muchedumbre estridente que había invadido las calles por el alivio de la brisa nueva. No se podía vivir con los petardos de tantas vespas enloquecidas. Las conducían hombres sin camisas que llevaban en ancas a sus bellas mujeres abrazadas a la cintura, y se abrían paso a saltos culebreando por entre los cerdos colgados y las mesas de sandías.
El ambiente era de fiesta, pero a la señora Prudencia Linero le pareció de catástrofe. Perdió el rumbo. Se encontró de pronto en una calle intempestiva con mujeres taciturnas sentadas a la puerta de sus casas iguales, y cuyas luces rojas e intermitentes le causaron un estremecimiento de pavor. Un hombre bien vestido, con un anillo de oro macizo y un diamante en la corbata la persiguió varias cuadras diciéndole algo en italiano, y luego en inglés y francés. Como no obtuvo respuesta, le mostró una tarjeta Postal de un paquete que sacó del bolsillo, y ella sólo necesitó un golpe de vista para sentir que estaba atravesando el infierno.
Huyó despavorida, y al final de la calle volvió a encontrar el mar crepuscular con el mismo tufo de mariscos podridos del puerto de Riohacha, y el corazón le volvió a quedar en su puesto. Reconoció los hoteles de colores frente a la playa desierta, los taxis funerarios, el diamante de la primera estrella en el cielo inmenso. Al fondo de la bahía, solitario en el muelle, reconoció el barco en que había llegado, enorme y con las cubiertas iluminadas, y se dio cuenta de que ya no tenía nada que ver con su vida. Allí dobló a la izquierda, pero no pudo seguir, porque había una muchedumbre de curiosos mantenidos a raya por una patrulla de carabineros. Una fila de ambulancias esperaba con las puertas abiertas frente al edificio de su hotel.
Empinada por encima del hombro de los curiosos, la señora Prudencia Linero volvió a ver entonces a los turistas ingleses. Los estaban sacando en camillas, uno por uno, y todos estaban inmóviles y dignos, y seguían pareciendo uno solo varias veces repetido con el traje formal que se habían puesto para la cena: pantalón de franela, corbata de rayas diagonales, y la chaqueta oscura con el escudo del Trinity College bordado en el bolsillo del pecho. Los vecinos asomados a los balcones, y los curiosos bloqueados en la calle, los iban contando a coro, como en un estadio, a medida que los sacaban. Eran diecisiete. Los metieron en las ambulancias de dos en dos, y se los llevaron con un estruendo de sirenas de guerra.
Aturdida por tantos estupores, la señora Prudencia Linero subió en el ascensor abarrotado por los clientes de los otros hoteles que hablaban en idiomas herméticos. Se fueron quedando en todos los pisos, salvo en el tercero, que estaba abierto e iluminado, pero nadie estaba en el mostrador ni en las poltronas del vestíbulo, donde había visto las rodillas rosadas de los diecisiete ingleses dormidos. La dueña del quinto piso comentaba el desastre en una excitación sin control.
—Todos están muertos —le dijo a la señora Prudencia Linero en castellano—. Se envenenaron con la sopa de ostras de la cena. ¡Ostras en agosto, imagínese!
Le entregó la llave del cuarto, sin prestarle más atención, mientras decía a los otros clientes en su dialecto: «¡Como aquí no hay comedor, todo el que se acuesta a dormir amanece vivo!» Otra vez con el nudo de lágrimas en la garganta, la señora Prudencia Linero pasó los cerrojos de la habitación. Luego rodó contra la puerta la mesita de escribir y la poltrona, y puso por último el baúl como una barricada infranqueable contra el horror de aquel país donde ocurrían tantas cosas al mismo tiempo. Después se puso el camisón de viuda, se tendió bocarriba en la cama, y rezó diecisiete rosarios por el eterno descanso de las almas de los diecisiete ingleses envenenados.

Abril 1980



En Doce cuentos peregrinos (1992)
Foto: GGM con la medalla del Premio Nobel luego de la ceremonia de entrega en Estocolmo 
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