31/1/2012

José Saramago - Las tierras

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Como un ser vivo, las ciudades crecen a costa de lo que las rodea.

El gran alimento de las ciudades es la tierra, que, tomada en su inmediato sentido de superficie limitada, adquiere el nombre de terreno, en el que, realizada esta operación lingüística, ya es posible construir. Y cuando nosotros vamos allí a comprar el periódico, el terreno desaparece, surgiendo en su lugar, el inmueble.

Hubo un tiempo en el que las ciudades crecían lentamente. Cualquier casa de la periferia tenía tiempo para perder la flor de la novedad antes de que otra viniera a hacerle compañía. Las calles daban directamente al campo abierto, al baldío, a los huertos abandonados, donde pastaban auténticos rebaños de ovejas guardados por auténticos pastores. Ese país diferente, salpicado de olivos enanos, de higueras agachadas, de toscos muros en ruina y, de vez en cuando, con portalones solitarios abiertos al vacío, eran las tierras.

Las tierras no se cultivaban.

Hacían, inertes, sus despedidas de la fertilidad, soportaban aquella pausa intermedia entre la muerte y la inhumación. Su gran vegetación, su gran triunfo floral, era el cardo. Si le daban tiempo, el cardo cubría el paisaje de un verde ceniciento. Desde los pisos más altos de las casas, la vista era melancólica, uniforme, como si en todo aquello hubiera una gran injusticia y un remordimiento vago.

Pero las tierras eran también el paraíso de los niños suburbanos, el lugar de la acción por excelencia. Allí se hacían descubrimientos e invenciones y se trazaban planes, allí la humanidad de calzón corto se dividía ya imitando a los adultos. Había chiquillos imaginativos que daban nombres a los accidentes topográficos y otros, más sentimentales, se quedaban tristes cuando, un día, hombres callados, toscos, empezaban a abrir zanjas en el lugar donde había ardido la hoguera ritual del grupo, hoguera a cuyo alrededor se disponían, en grave deliberación, rostros atentos y rodillas desolladas.

Los grupos tenían jefes autoritarios, algunos pequeños tiranos que, un día, inexplicablemente, eran destituidos, marginados, e iban a probar suerte a otros grupos donde nunca echaban raíces. Pero la gran desgracia se daba cuando un chiquillo cambiaba de barrio. El grupo se cicatrizaba deprisa; así, el muchacho, con el alma pesada, andaba kilómetros para volver a ver a sus amigos, para volver a los lugares felices, pero cada vez era más difícil reconstituir la antigua comunión, hasta que venían la indiferencia y la hostilidad y el chiquillo desaparecía definitivamente, tal vez ayudado por otras amistades y nuevas tierras.

Hoy, la ciudad crece tan rápidamente que deja atrás, sin remedio, las infancias. Cuando el niño se prepara para descubrir las tierras del arrabal, éstas se encuentran ya lejos y es una ciudad entera la que se interpone, áspera y amenazadora. Los paraísos se van alejando cada vez más. Adiós, fraternidad. Cada uno para sí.

Pero es destino de los hombres, por lo visto, contrariar las fuerzas dispersivas que ellos mismos ponen en movimiento o dentro de ellos se insurgen. Entonces se descubre que esas tierras están en el interior de la ciudad, que todos los descubrimientos e invenciones son otra vez posibles, que la fraternidad renace y que los hombres, hijos de los niños que han sido, reinician el aprendizaje de los nombres de las personas y de los lugares y otra vez se sientan alrededor de la hoguera, hablando del futuro y de lo que a todos nos importa, para que ninguno de ellos muera en vano.


En Las maletas del viajero
Traducción: Basilio Losada
© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


30/1/2012

Alejandra Pizarnik: La mesa verde*

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El sol como un gran animal demasiado amarillo. Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.

*

Me rememoro al sol de la infancia, infusa de muerte, de vida hermosa.

*

Pero a mi noche no la mata ningún sol.

*

La errancia, la canción de nosotros dos, tiemblo como en una metáfora el alma comparada con una candela.

*

Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde.

*

He aquí que se estremece el espacio como un gran loco.

*

Alguien demora en el jardín el paso del tiempo.

*

Me alimento de música y de agua negra. Soy tu niña calcinada por un sueño implacable.

*

Máscaras de la noche en qué lugar perdido que nadie más que yo conoce.


*

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?


*

Invitada a ir nada más que hasta el fondo.

*

Me pruebo en el lenguaje que compruebo el peso de mis muertos.

*

El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.

*

Para mejor ser el que fue, ha querellado con su nueva sombra, ha luchado contra lo opaco.








* Copia corregida y mecanografiada por AP, 17-IX-72


En Poesía Completa (1955-1972)
Edición a cargo de Ana Becciu
Barcelona, Lumen, 2001
Foto: Autor desconocido | Archivo Centro de Arte Moderno  Vía



29/1/2012

Martin Amis - La muerte de Denton

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De pronto Denton supo que los hombres serían tres, que vendrían después del anochecer, que el jefe tendría su propia llave, y que actuarían en forma tranquila y deliberada, con la certeza de que tendrían tiempo suficiente para hacer lo que tenían que hacer. Sabía que serían corteses, considerados, urbanos, cualquiera fuese el estado en que él se encontrara cuando llegaran, y que le permitirían ponerse cómodo, incluso fumar un último cigarrillo. Nunca tuvo dudas de que le caerían muy bien y que los admiraría a los tres, y que desearía haber sido amigo de ellos. Sabía que usaban una máquina. Como si se lo revelara una percepción especial, Denton pensaba con frecuencia e insistentemente en el momento en que el jefe consentiría en tomarle la mano cuando la máquina empezara a funcionar. Sabía que ya estaban allí, viendo gente, haciendo llamadas telefónicas; y sabía que debían ser muy costosos.

Al principio se interesaba mucho en adivinar quién habría contratado a los tres hombres y su máquina, y eso lo hacía sentirse importante. ¿Quién se habría tomado el trabajo de hacer esto por él? Tal vez su hermano, ese hombre grandote y exhausto que Denton nunca había querido ni odiado, a quien nunca había sentido cerca ni en modo alguno amenazante. Últimamente se habían peleado por la repartija de los bienes que dejara su madre, y en realidad Denton se las había arreglado para asegurarse algunos extras sin valor a expensas de él, pero ésa era una razón de más por la que su hermano no podría afrontar el gasto. En la oficina había un hombre a quien Denton probablemente le había arruinado la vida: primero lo forzó a colaborar con él en un robo de rutina allí mismo, luego lo delató ante sus superiores, diciendo que había recurrido a la duplicidad sólo para ponerlo a prueba (la empresa no solamente despidió al hombre, sino que, con cierta alarma de Denton, le hizo juicio por estafa y lo ganó); pero alguien a quien se le podía arruinar la vida tan fácilmente no iba a hacer esto por uno. Y había varias mujeres que todavía estaban en los confines de su vida, mujeres a quienes había maltratado lo más que pudo, y que gozaban con las frustraciones de Denton, se alegraban de sus pesares, se reían de sus pérdidas. Se enteró de que una de ellas iba a casarse con un hombre muy rico, o al menos lo bastante rico como para contratar a los tres hombres; pero Denton nunca le había importado tanto como para hacer esto por él.

De todas maneras en unos días se le fue la preocupación por saber quién había contratado a los hombres. Denton se movía lentamente en los dos cuartos de su departamentito a medio decorar, calmado, distraído, con la mente tan vacía como los vidrios polvorientos de las ventanas y las paredes vacías, pintadas de colores chillones. Ahora ya nada lo aburría. Andaba todo el día en silencio por el departamento, no pagaba el alquiler (nadie parecía esperar seriamente que lo pagara), no iba a la oficina más que una o dos veces por semana y después ninguna (y a nadie parecía importarle; se comportaban con el tacto y la distancia de los parientes comprensivos), y no preguntaban quién había contratado a los tres hombres y su máquina. Denton tenía algún dinero, suficiente para comprar leche y algunos alimentos indispensables. En su juventud había sido anoréxico porque odiaba la idea de envejecer y engordar.

Ahora su estómago había vuelto a descubrir esa tensión madura y sentimental, y solía vomitar de inmediato después de ingerir sólidos.

Pasaba el día sentado en el living vacío, pensando en su infancia. Sentía que toda la vida había estado alejándose de la felicidad de su juventud, alejándose para llegar a la inseguridad y la desilusión de la mediana edad, cuando gradualmente, como por un consenso, él dejó de gustarle a la gente y la gente dejó de gustarle a él. ¿Qué me pasó?, se preguntaba Denton. A veces tenía la repetida imagen de él mismo a los seis o siete años, corriendo a tomar el ómnibus escolar, con la mochila apretada bajo un brazo, el rostro fresco y tranquilo… y de pronto se inclinaba hacia adelante y sollozaba roncamente tapándose la cara con las manos, para después levantarse e ir quizás a preparar té, y a contemplar los complicados movimientos en la calle, sintiéndose borracho y sabio. Denton agradecía a cualquiera que hubiera contratado a los tres hombres para hacerle esto; jamás se había sentido tan lleno de vida.

Más tarde, su mente se concentraba únicamente en la llegada de los tres hombres con su máquina, y su infancia se desvanecía junto con otros pedazos de su vida. Sin hacerse ver, Denton "racionalizaba" sus provisiones de alimentos, importando una variedad de leches en polvo y comida para bebés de amplio espectro, de manera que, si fuera necesario, pudiera no salir nunca más del departamento. Con la agria obcecación de un adolescente decidió dejar de lavar su ropa y de bañarse. Cada mañana los vidrios de las ventanas estaban más empañados, dejaba encendidas noche y día las estufas que secaban el ambiente. Sus dos habitaciones se recalentaron y se volvieron inhóspitas, como invernaderos abandonados bajo las tormentas de verano. Una vez siguió el impulso de abrir con un golpe la ventana atrancada del living. Las puertas de entrada resonaron de una manera odiosa, como si estuvieran llenas de acero.

Cerró la ventana y volvió a su sillón junto a la estufa, donde permaneció con la cara inexpresiva hasta que llegó la hora de acostarse.

Durante la noche lo atormentaban y lo deleitaban los sueños. Lloraba en playas rojas, las olas se alzaban ante él hasta ocultar el Sol. Veía ciudades que se desmoronaban, montañas que se alejaban, continentes que se partían en pedazos. Conducía un mundo agonizante hacia el calor amigo del espacio.

Sostenía planetas con las manos. Caminaba, tambaleante, bajo arcadas interminables, observado desde las oscuras puertas por figuras conocidas, encapuchadas. Unas niñitas voladoras con agudos dientes de depredadores se acercaban a él por el aire en veloces curvas ondulantes, imposibles. Se encontraba con alguien que era él mismo, más joven, y le llevaba comida, pero un águila se la arrebataba. A menudo se despertaba acostado en diagonal en la cama, con las mejillas húmedas de las lágrimas que había derramado. ¿Cuándo vendrían? ¿Cómo sería la máquina? Denton pensó en la llegada de los tres hombres como si se sintiera abandonado por una amante que lo hubiese dejado mucho tiempo antes; el golpe en la puerta, las sonrisas tranquilas que inspiraban confianza, el lecho, el cigarrillo que se pide, la mano del jefe que se ofrece, la máquina. Denton imaginaba el momento como un simple cambio de humor, un simple pasaje de un estado a otro, como despertarse o dormirse o darse cuenta repentinamente de algo. Sobre todo se deleitaba con la idea de ese apretón de manos tranquilizante cuando la máquina empezara a funcionar, un peldaño de una escalera, el contacto con la mano del otro mientras se iba la vida y comenzaba la muerte. ¿Cómo sería su muerte? La mente de Denton veía catálogos de emblemas, bestiarios. La nada, y un zumbido rojo. Un engaño. Un patio de juegos desierto.

Sueños dolorosos. El fracaso. La sensación de que los otros quieren librarse de uno. El proceso de morir repetido eternamente, ¿cómo será mi muerte?, pensó, y de pronto supo, con abrupta certeza, que su muerte sería como su vida: diferente en la forma, tal vez, pero nada nuevo, el mismo equilibrio entre lo tolerable y lo intolerable. Lo mismo.

Más tarde, esa misma noche, Denton abrió los ojos y estaban allí. Dos de ellos en el vano iluminado de la puerta de su dormitorio, en posturas que revelaban el peso de la tarea que tendrían que cumplir. Detrás de ellos, en la otra habitación, oía al tercer hombre que preparaba la máquina. El cielo raso amarillo estaba lleno de sombras. Denton se incorporó de inmediato, hizo un vago intento de alisar su ropa y sus cabellos. -¿Son ustedes? -preguntó Denton.

- Sí-respondió el jefe-, aquí estamos otra vez. -Miró a su alrededor. -Qué chico desaseado eres, ¿eh?

- Ay, no me digan eso -contestó Denton-. No me lo digan ahora.

Sintió una oleada de vergüenza y lástima de sí mismo, se vio a sí mismo como lo veían los otros, un viejo vagabundo en una habitación sucia, con miedo de morir. Cuando avanzaron hacia él estalló en lágrimas, le pareció la única forma de expresar su desvalimiento.

- Ya casi estamos -dijo uno de los hombres con voz melosa. Y un segundo después los tres se inclinaron sobre él. Lo alzaron de la cama y lo llevaron al living. Comenzaron a atarlo con correas de cuero a una silla recta, manipulándolo como médicos del ejército a un paciente difícil. Todo fue muy rápido.

- Un cigarrillo, por favor -dijo Denton.

- No nos sobra el tiempo, ¿sabe? -murmuró el jefe-. Claro que lo sabe.

La máquina estaba lista. Era una caja negra con una luz roja y dos llaves cromadas; hacía un ruido sordo. De la parte más próxima salía un tubo brillante de color carne, que terminaba en algo parecido a una pequeña máscara de gas rosada o al protector bucal de un boxeador.

- Abra grande -dijo el jefe.

Denton se resistía débilmente. Le apretaron la nariz.

- Mañana todo será cosa del pasado -continuó el jefe-. Terminaremos… en… dos minutos. Separó con sus dedos los labios apretados de Denton. El aparato bucal se ubicó sobre los dientes de adelante. Parecía un ser vivo que buscaba su inserción con sus superficies carnosas que sabían dónde colocarse.

Denton comenzó a sentir una succión profunda, de adentro hacia afuera en el pecho, que le daba náuseas, como si cada corpúsculo se preparara para un movimiento abrupto y concertado. ¡La mano! Denton se puso rígido. Con inútil enojo luchó por atraer la atención del jefe, desorbitado y dejando escapar débiles sonidos finales desde lo más profundo de la garganta. Cuando la presión se instaló poderosamente en su pecho, se inclinó y flexionó las muñecas, luchando encarnizadamente contra las correas de cuero. Algo le cosquilleaba el corazón con dedos gruesos y fuertes. Flotaba a tientas en aguas oscuras. Se estaba muriendo solo.

- Bien -dijo uno de los hombres cuando se aflojó su cuerpo-, está listo.

Denton abrió los ojos por última vez. El jefe lo miraba fijamente. Denton no tenía fuerzas, fruncía el entrecejo tristemente. El jefe comprendió casi de inmediato, sonriendo como un padre a su chico que se ha puesto nervioso.

- Ah, sí -dijo-, éste es el momento en que Denton siempre quiere que le den la mano.

Denton oyó el clic de la segunda llave y sintió que tiraban de una larga cuerda que iba saliendo de su boca.

El jefe le estrechaba firmemente la mano mientras se iba la vida y comenzaba la muerte de Denton.

De pronto Denton supo que los hombres serían tres, que llegarían después del anochecer, que el jefe tendría su propia llave, y que actuarían en forma tranquila y deliberada, sabiendo que tenían todo el tiempo necesario para hacer lo que debían hacer. Al principio se interesaba mucho en adivinar quién habría contratado a los hombres y a su máquina. Pocos días después esta cuestión dejó de interesarle. Pasaba el día sentado en el living vacío, pensando en su infancia.

Y después su mente se concentró totalmente en la llegada de los hombres y su máquina, y su infancia se desvaneció junto con todos los otros fragmentos de su vida. Por la noche lo lastimaban y lo deleitaban los sueños. ¿Cuándo llegarían los hombres? ¿Cómo sería su muerte? Esa misma noche Denton abrió los ojos y estaban allí.

- Sí -dijo el jefe-, aquí estamos otra vez.

- Ay, no me digan eso -dijo Denton-. No ahora.

La máquina estaba lista. El jefe le apretaba la mano mientras se iba la vida, y comenzaba la muerte de Denton.


En Agua pesada
Traducción: Alicia Steimberg
Imagen: © Barry Lewis/In Pictures/Corbis


28/1/2012

Cesare Pavese - La gitana

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Como todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de lavarme el cristal me lo había ensuciado. Atendí a las cosas sin atreverme a salir. A eso de las once, empujado por el hambre, miré al cielo y bajé aquellos tres peldaños. Persistía en el viento la humedad de la lluvia.

El mundo era un pantano agitado por el viento. A la puerta de las casas hombres con mantas esperaban el infalible sol. Una mujer descalza que atravesaba la plazuela me infundió valor para llegar a la fonda. En el umbral me volví no para mirar al mar —sabía ya que también era un pantano—, sino como hacía siempre por si acaso alguien cruzaba la plaza detrás de mí. Al otro lado del cristal vi sentado a Carletto —los otros ya se habían marchado— que esperaba mirando a la puerta. Se mantenía aferrado, con los puños cerrados, a los bordes del velador, con el gesto de quien va a decidirse a levantarse haciendo un esfuerzo y los ojos clavados en la puerta. Me miró también sin moverse.

No hablamos hasta que llegaron nuestros platos. Disponíamos de todo el día para hablar y no era cosa de desperdiciar los temas. Nosotros dos habíamos hablado tanto ya que teníamos que pensárnoslo dos veces antes de iniciar una conversación. De repente dije que la parra del ayuntamiento estaba más roja que nunca. Todo se pudría y decoloraba en aquel pueblo, menos la parra del ayuntamiento. Carletto hizo un ademán y volvió a inclinarse sobre el plato. Yo había advertido ya que pensaba en su casa: estaba en la consabida situación en la que uno mira a su alrededor sin dar crédito a sus ojos y los bocados se mastican a medias y se olvidan. Si comenzaba con aquel tema, sería el cuento de nunca acabar.

—¿Quién te dice que no estoy también lejos de alguien? —le había respondido una de las primeras veces que me había liado.

Él me dirigió un vistazo sorprendido, sorprendido y feliz, como quien encuentra un amigo inesperado. Y me contó todos los detalles de su soledad, sin vergüenza, sin reserva, como si yo pudiera darle la clave de lo que no ocurría, lo que no se podía hacer que ocurriera, por tratarse de una voluntad que no era la nuestra.

Pero esta vez no habló de su mujer ausente. Esta vez me anunció que habían aparecido unos gitanos por el pueblo, con ollas y carretas, que habían visto a alguno de madrugada, y que las mujeres, según el barbero, visitaban las casas en busca de trabajo.

—Parece imposible —dijo con repentino ardor—, hoy aquí, mañana en la montaña, pasado mañana vete a saber dónde. Nadie manda en ellos, nadie los retiene. Son lo contrario de nosotros.

—Están en su casa en todas partes —contesté.

Carletto había aferrado de nuevo con los puños los bordes de la mesa y parecía esforzarse por estarse quieto.

—Come —le dije.

Pero lo inquietaba especialmente la noticia de que los gitanos anduvieran por el mundo acompañados por sus mujeres. Decía que eran gente de sangre caliente, que no podían prescindir de las mujeres, y por eso las llevaban consigo.

—Deben de tener una vida infernal —repetía.

—¿No querrás escapar?

Me respondió con una mueca. Sobre el cristal se había encendido un poco de sol amarillo, y mientras esperaba a que Carletto acabase de comer, fantaseé también yo, atisbando la luz pálida, sobre los gitanos y su vagabundeo. Salimos juntos a la plazuela, en el viento que contendía con aquel sol apocalíptico, y no encontramos a los muchachos de costumbre armando follón. Una mujer nos dijo que habían ido a ver a los gitanos y nos indicó cierta dirección. Entonces poquito a poco, sin decírnoslo, echamos a andar a lo largo de la playa disfrutando del poco sol que resistía y echando vistazos a la espuma terrosa del mar. Carletto no hablaba. Llevaba las manos a la espalda y pisoteaba meditabundo la arena húmeda.

Yo miraba la colina yerma.

—Yo que ellos ya me habría ido —dije de pronto, incontenible.

Carletto no me respondió.

Caminamos, caminamos hasta el consabido grupo de árboles secos y deshojados. Allí la playa estaba cerrada por peñas y había que subir a la carretera. Trepamos, miramos a lo lejos y no vimos señales de vida. En el aire vibrante no se oía sino el aullido del viento y el retumbo del mar.

En aquellas peñas solíamos fumar, fumar contemplando el horizonte y escrutando el rostro insólito de las peñas o las colinas que había detrás de nosotros. Pero aquel día no había nadie, y pronto acabamos de fumar. Carletto dijo algo sobre los muchos inviernos que debían pasar aún para nosotros en aquella costa. Esta vez fui yo quien no respondió.

Regresamos al pueblo y le dije que viniera a calentarse a mi casa. El sol se había ido, pero la oscuridad estaba aún lejos. La fonda estaba vacía.

—Aquí se han muerto todos —dije—. Me voy a casa.

Carletto no me soltaba. Esa tarde se había vuelto más pegajoso que las hojas podridas. No hablaba, no daba señales de vida, no levantaba la cabeza. Pensaba en su mujer. Pero también yo estaba tan harto y solo que experimentaba cierto alivio al sentirlo a mi lado. Siempre podía ocurrir que dijese algo.

Entramos en la habitación y puse inmediatamente el café sobre el hornillo. Él se sentó como solía, en la caja del carbón, y encendió el cigarrillo con una torpeza que cada vez me daba pena: las gruesas manos parecían tener miedo de tocar el cigarrillo. Había aprendido a fumar conmigo.

Sobre la mesa había libros, y Carletto también esta vez posó en ellos los ojos con nueva sorpresa. Aunque tiempo atrás había sido tipógrafo, tantos libros lo cohibían y no entendía para qué servían. Ahora paseaba la vista por el cuarto.

—Dicen que los gitanos lo saben todo —farfulló—. Lo saben todo, andan por el mundo, saben más que nosotros.

—Es gente sin normas. Viven a su modo.

Después, mientras le daba el café le hice hablar de su mujer. Le pedí noticias, bajé la voz y sentí en sus quejas el habitual balbuceo de emoción. Había encarrilado yo la conversación sobre lo que hacía en los buenos tiempos al volver a casa del trabajo, y sobre las esperanzas que su mujer tenía de colocarse y reunirse con él, cuando la puerta de cristales entornada a nuestras espaldas tembló, se abrió y una voz enérgica nos hizo volvernos. Al umbral había subido una mujer, una mujer morena de sayas revoloteantes, que en la luz gris de aquel maldito día nos miraba hablando sin parar, y mientras tanto vigilaba alguna otra cosa en el pequeño patio, quizá la puerta contigua a la nuestra. Con una mano nos tendía una paleta y nos decía guturalmente que se la compráramos, pero ya estaba a punto de irse, como si la hubieran llamado.

—La gitana —me sopló Carletto por la espalda.

Cohibido de momento, miré a la mujer, especialmente la pañoleta roja que llevaba anudada a la barbilla, y creí que se iba. Continuó durante unos segundos la queja de su voz, y la paleta de hierro subía y bajaba, rítmicamente, mientras la mujer medio dentro y medio fuera nos miraba con más fijeza poco a poco, hasta tal punto que entró en el cuarto sin que me diera cuenta.

—Compradme una paleta, compradme una paleta —decía observando a su alrededor y avanzando, con pinta de saber que de momento nos quedaríamos pasmados y no le contestaríamos; y vio los libros, vio el vaso medio lleno de café, vio las pieles de naranja amontonadas sobre una silla, vio la cama deshecha y abierta.

No era un rostro joven, tenía la cabeza descubierta y el cabello empapado de gotitas brillantes. Fuera lloviznaba. La mujer era flaca y de piel oscura, una campesina de gestos rápidos y voz insólita. Bajo la falda calzaba un par de botas, y eran lo único por lo que no parecía una campesina.

Ella miraba el hornillo encendido y dejó caer la paleta. Carletto se había levantado, a mis espaldas, y yo dije algo. La gitana había cambiado ya de conversación. Con la misma cadencia, pero con un calor más vivo, nos miró a ambos a los ojos y dijo bruscamente que muchas malas mujeres habrían querido encontrarse con nosotros a lo mejor enseguida, pero que nosotros sabíamos gobernarnos y las malas mujeres no podían jactarse de nada, aunque nosotros sí podíamos jactarnos de ser esperados e invocados por una mujer prisionera detrás de puertas de terciopelo. Al decir esto, una sonrisa le marcó las comisuras de la boca. No era una mofa que tuviese relación con las palabras; había hablado sin detenerse y, aunque animadamente, con la cantilena maquinal de quien repite un discurso. Aquella sonrisa era más bien la señal de que nos había entendido.

La gitana dejó la paleta contra la pared inclinándose sin perdernos de vista y se sacó, no sé cómo, un mazo de naipes de un bolsillo y empezó a hacerlos restallar entre las manos. Dijo a Carletto, que la miraba incrédulo con la boca abierta, que aquella era la buenaventura y que si tenía ganas de oírsela decir. Carletto, inesperadamente, avanzó un paso y se animó y pasó la mano sobre la mesa como para despejarla para que la gitana pudiera hacernos su juego. Pero la gitana pidió «una señal».

Puse sobre la mesa una moneda —la primera que me vino a los dedos—, y ella empezó a mirarme fijamente deslizando las cartas bajo el pulgar. Entonces le dije que la suerte no la esperaba yo, sino el otro, y reí como había sonreído ella antes y fui al hornillo, lo aticé y me volví para decir que conocía mi suerte durante al menos tres años. Ella, sin insistir, cogió la mano de Carletto y le dio la vuelta con la palma hacia arriba.

La mano gruesa y pesada de Carletto, abandonada en las manos de la mujer y escrutada de aquel modo, resultaba extraña. Pero la gitana la dejó caer de inmediato y dijo que manos como aquella no hablaban. Puso el mazo de naipes sobre la mesa y los extendió. Yo ahora la veía inclinada, casi de espalda, oía sus murmullos y sus alientos, los grititos de sorpresa —las palabras que se le dicen a un bebé o a un gatito al mimarlos—. Aquellas botas y el pañuelo rojo, y los ojos vivos y escurridizos que adivinaba atentos al juego, casi me hicieron olvidar que ya no era joven. No me habría asombrado si, volviéndose, me hubiera aparecido hermosa y fiera, risueña, como la novia de un bandido.

Quien la escuchaba con el corazón en un puño era Carletto. Dubitativo y atento, con el entrecejo fruncido, seguía los gestos de las manos sobre las cartas, recibía la revelación y saludaba las figuras con el aire de quien las viese entonces por primera vez. Aventuró incluso alguna pregunta.

La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos.

—¿Quiere café? —le pregunté a la gitana cuando se volvió.

Había olvidado los pliegues oscuros que le tallaban la boca y me sorprendieron cuando los vi de nuevo. Lástima aquella sequedad y aquella tensión de los rasgos. Tenía los ojos y los movimientos de una mujer que había sido guapa.

Ella sonrió, con aquel involuntario rostro de mofa que constituía su cordialidad. Se acomodó la falda, se pasó un dedo entre la garganta y el pañuelo y recorrió la habitación con mirada voluble, cogiendo la taza.

Se sentó, contestó a Carletto, que quería saber algo más, pero volviéndose hacia mí, y dijo que todos los hombres tienen un destino y una mujer que piensa en ellos.

Carletto le preguntó cuál era el destino de las mujeres. Se me escapó una sonrisa. Había hablado de pie, con una voz entre torpe y tentadora, como de quien quiere bromear, con un rostro aún serio y ceñudo.

—El hombre —dijo la gitana, acercando la boca a la taza.

Y nos escrutó mientras bebía. Le miré las botas otra vez.

—Lleva botas de hombre —dije—. ¿Las usa siempre?

—Hago mucho camino.

—¿No van en carro?

—El carro hay que empujarlo, cuando las carreteras están rotas.

—¿No se paran en los pueblos?

Carletto nos miraba hablar, vacilante, al lado de mi silla. Dijo alzando la cabeza:

—No está nada bien una mujer con ese calzado. ¿Las lleva siempre en los pies?

La gitana rió, un poco ronca.

—Me las quito para dormir en la cama.

Y miró, con aquellos ojos, a nuestras espaldas.

—¿Tienen cama en el carro? —dije.

Me escudriñó, impávida.

—No, pero a veces encuentro alguna que me gusta.

Entonces me volví hacia Carletto, como para invitarlo a decir la suya. Carletto, con las manos en los bolsillos, examinaba de abajo arriba a la gitana, entre dispuesto y enfadado. «Ahora le cuenta de su mujer», pensaba. Pero Carletto se adelantó un paso, con la cabeza gacha como un toro, y con voz insegura, casi rabiosa, balbució:

—Si se quita las botas, aquí también podría dormir.

La mujer me miró a mí, a él, miró al medio, nos miró a ambos y tenía de nuevo en la boca aquel pliegue maquinal. Pero esta vez reía.

Callamos un momento y me levanté. Fuera la niebla había adquirido un tono azul, casi caliginoso.

—Ya no llueve —dije mirando al cristal—. Voy a ver si en la fonda hay alguien. Ven tú luego a cenar.

Y sin hacer caso de Carletto, lancé una sonrisa y un ademán de saludo a la gitana, me abroché el impermeable y salí.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez


27/1/2012

Augusto Monterroso: La mano de Onetti

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Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.

Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con esos debe trabajarse. Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota, y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.

La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

Como Juan Carlos Onetti es sabio, sabe que no sabe y por eso sus cuentos son insondables y como seres vivos que hay que volver a ver una y otra vez, de principio a fin, y por en medio, y por las esquinas de las páginas y de los párrafos; y empezar de nuevo porque la vida y los cuentos son complicados, y un tiempo más tarde, seis años o una semana, el cuento ya es otro, y uno ya es otro, y entonces hay que recomenzar y darle vueltas, agitarlo antes de usarlo y dejar que las palabras vuelvan a asentarse para permitirles una vez más revelar su misterio, a medida que pasan al ojo, a lo que llamamos cerebro (palabra horrible) o, mejor, a lo que antes se decía sin ninguna vergüenza el corazón o el alma, a donde los cuentos de Onetti van indefectiblemente a dar, porque ése es su blanco secreto, y uno se va dando cuenta de eso y encuentra, con un gusto más bien melancólico, que eso es un cuento, y que por lo mismo los cuentos no pueden ser muchos porque el corazón no los resistiría, y si son de Onetti, menos. Y esto sí lo sabe Onetti y por eso no ha escrito tantos para dejarnos pasar a sus novelas, en las cuales siempre es más fácil, por una razón o por otra, acostumbrarse con tiempo a las cosas, y sobrevivir.

Una mañana de 1967 Onetti llegó a mi casa en la ciudad de México. Lo más probable es que él lo olvidara. Yo lo acompañaría a la Universidad de México, en donde grababa un disco para una colección llamada Voz Viva de América Latina. Llegó a mi casa un día, una mañana, en la ciudad de México.

En la pequeña sala, una hija mía de meses le llamó la atención. Onetti se acercó a ella. Inclinándose, extendió un brazo y le acarició con ternura la cabeza. En su cuento “Un sueño realizado” alguien acaricia también una cabeza en el final de la vida. De entonces para acá he estado cerca de Onetti, sin que él me viera, en varias ocasiones. El mejor recuerdo suyo que tengo es el de su mano en la cabeza de mi hija en el principio de la vida.


En Augusto Monterroso, Dosier
Ediciones del Sur (Córdoba, Argentina), 2003
http://www.edicionesdelsur.com
Fuente foto (s-d)


26/1/2012

Ernesto Schoo: Encuentro de Virginia Woolf y George Bernard Shaw

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Hace años que vengo leyendo los "Diarios" de Virginia Woolf. Me lleva tanto tiempo porque son cinco tupidos tomos, en la edición de bolsillo de Penguin, 1982-87, editados por su sobrino, Quentin, y la mujer de éste, Anne Olivier Bell. En el tercer volumen, que abarca de 1925 a 1930, Virginia se ve obligada por cortesía y contra su voluntad , a asistir a un garden-party ofrecido por el célebre economista John Maynard Keynes (1883-1946) y su mujer, que había pertenecido a los Ballets Rusos de Diaghileff, Lydia Lopokova, en su casa en Londres, 46 Gordon Square. La fecha es el 19 de diciembre de 1929.

Allí, Virginia se encuentra con George Bernard Shaw. Ella cumpliría, el 25 de enero de 1930, 48 años; él tiene en ese momento 63 años y es, sin duda, el más famoso de los dos, aunque Virginia ya ha publicado "Al faro", "La señora Dalloway", "Orlando", y su ensayo "Un cuarto propio". La anotación en el "Diario" comienza con esta frase de Shaw : "En toda mi vida no he escrito otra cosa que poesía". La Woolf no dice nada y él continúa (hablar de sí mismo le fascinaba, como a casi todo el mundo): "Alguien ha escrito un libro demostrando cómo, con la simple alteración de una palabra o dos, todo un acto de mi obra «El dilema del doctor» es rimado. En verdad, mi gusto por rimar es tan fuerte que el otro día, cuando tuve que copiar una página de Wells, en la mitad mi pluma se detuvo. Yo estaba deseando escribir con mi propio ritmo, pero hasta ese momento ignoraba cuán fuerte es esa tendencia en mí. La mejor de mis obras es «Heartbreak House». La escribí después de encontrarme con usted y su marido en casa de los Webb, en Sussex. Acaso usted la inspiró".

Virginia, que solía alarmar a sus amigos por su franqueza, le dice a su interlocutor: "Pero usted escribe en irlandés, señor Shaw" (GBS había nacido en Irlanda). "Sí - le contesta él, sin molestarse - y lo mismo pasaba con George Moore, de quien Emile Zola me dijo un día que era el mayor novelista inglés" (Moore, 1852-1933, es considerado un escritor menor, más conocido como personaje pintoresco de la bohemia de París, donde pasó casi toda su vida y alternó en los cafés con los impresionistas y con Oscar Wilde). Prosigue Shaw: "Estoy recopilando mis trabajos. Descubrí que he escrito millones de palabras sobre el teatro, como crítico. No sé qué hacer con todo eso. Mi mujer quiere que no lo incluya en las obras completas, pero a mí me parece que es una curiosa visión de aquellos tiempos. ¡Me avergüenza pensar que alguna vez pude escribir tan mal! La colección se limitará a veintiún tomos. Se van a vender en los Estados Unidos con diferentes encuadernaciones. Algunas en cuero, carísimas; otras, mucho más baratas. No soy modesto, pero yo mismo me sonrojé ante lo que tuve que escribir como publicidad, para mis editores. Cosas como «esencial para cada hogar» y otras por el estilo".


* * *


Según el diario de Virginia, a continuación GBS hace una declaración inesperada, aunque evidentemente dirigida a ella, conocida por su lucha a favor de la emancipación de la mujer ("Un cuarto propio"): "Yo pienso que, digamos, entre doce personas siempre habrá tres mujeres tan inteligentes como los hombres. Lo que siempre les he dicho a las mujeres es que se dirijan a las instituciones del gobierno. No insistan en el voto, busquen representantes. Las mujeres son mucho más entusiastas en el trabajo que los hombres. Hacen cosas. Los hombres se la pasan chismorreando en el club".

Virginia lo halaga: "Pero usted ha hecho más que nadie por nosotras. Gracias a usted, mi generación es diferente".

Virginia se suicidó el 28 de marzo de 1941, ahogándose en el río Ouse. GBS murió en su cama el 2 de noviembre de 1950.







En La Nación, 18 de marzo de 2006



24/1/2012

Javier Marías - Rainer María Rilke a la espera

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Cuando Rainer María Rilke era muy joven, fue a visitar al viejo Tolstoi en su finca de Yasnaya Polyana. Caminaban por el campo en compañía de la ubicua Lou Andreas-Salomé, y Tolstoi le preguntó a Rilke: «¿A qué se dedica usted ahora?», a lo que el poeta contestó natural y tímidamente: «A la lírica». Según parece, lo que recibió en respuesta fue no sólo una sarta de insultos, sino una diatriba en toda regla contra todo tipo de lírica, algo a lo que en modo alguno podía dedicarse nadie.

No cabe duda de que al joven Rilke las palabras del anciano maestro ruso tuvieron que entrarle por un oído y salirle por otro, ya que pocos poetas ha habido en la historia que más se hayan dedicado, precisamente dedicado, de manera obsesiva y excluyente, no sólo a la lírica sino exactamente a todo tipo de lírica. Rilke hacía lírica en sus poemas, pero también en sus prosas, en sus diarios, en sus cartas, en sus crónicas, en sus cuadernos de viaje, en su teatro. Cada vez que cogía la pluma, aunque sólo fuera para pedir un favor, hacía lírica, y no siempre de la más elevada. A decir verdad, y al menos en sus comienzos, era bastante dado al halago, y no se limitaba a mostrar un interés desmedido por la obra de otros o a alabarla, sino que como mínimo en dos ocasiones se ofreció a escribir sendos volúmenes sobre dichas alabadas obras: cumplió con el ofrecimiento en el caso del escultor Rodin, de quien además fue secretario una temporada, y —quizá para su fortuna— no llegó a cumplirlo con el pintor español Zuloaga, si bien tuvo claro durante algún tiempo en qué iba a consistir el proyecto: «Ese libro ardiente lleno de flores y danzas». Quién sabe si la vehemencia de Rilke no se diluyó en parte debido a una fiesta española a la que asistió en casa de Zuloaga en París, con motivo del bautizo del hijo de éste en 1906, y de la que el cronista de un periódico madrileño dejó constancia: «El guitarrista Llovet asombró con sus primores de ejecución, y el guitarrista Palmero acompañó flamencamente a la "bailaora" Carmela, dislocada y dislocadora en tangos como el del "morrongo" ante el buen abate Brebain, que contemplaba el baile estupefacto». No se sabe de la reacción de Rilke, pero por lo menos después de la fiesta hizo lírica, esto es, escribió un poema previsiblemente titulado «La bailarina española».

Como es bien conocido gracias a los trabajos del insigne experto Ferreiro Alemparte, la conexión española de Rilke fue larga y fecunda, coronada por su estancia de cuatro meses en Toledo y Ronda principalmente, con breves pasos por Córdoba, Sevilla y Madrid. Estas dos últimas ciudades le desagradaron sobremanera: de la capital andaluza, «aparte del sol no esperaba nada, y nada me dio, no tenemos nada que reprocharnos». Sin embargo le reprochó la catedral, «antipática, por no decir hostil», y dentro de ella «el detestable órgano, con un ruido empalagoso». Con la capital del reino fue aún más duro, le disgustó «casi tanto como Trieste» a la ida, y a la vuelta fue menos enigmático y aún más tajante: «... y esta triste tierra de Madrid, que es como si no tolerara ninguna ciudad, y como si tampoco hubiera querido ser nunca de corazón tierra labrada». Pasó sus horas en el Museo del Prado y salió corriendo, sin que le bastaran los Goya, los Velázquez y los Greco para reconciliarse.

Con El Greco anduvo tan obsesionado una temporada como lo estuvo otra con Zuloaga y con la lírica todas las de su vida entera, allí donde se encontrase. Lo cierto es que nunca estaba en el mismo sitio: se sabe que entre 1910 y agosto de 1914 pasó temporadas en una cincuentena de lugares diferentes, por lo que hay que suponer que su vida de esos años transcurrió, más que en ninguno de esos lugares, de viaje entre unos y otros. La errabundia había comenzado pronto tras su Praga natal, con Munich, Berlín y Venecia. Luego vino el primer viaje a Rusia, y al cabo de un año el segundo, ya mencionado. París, Venecia, Viareggio, París, Worpswede en Escandinavia, Alemania, París, Roma, el Norte de África, la esperada España, Duino sobre el Adriático, Munich, Viena, Zürich, Venecia, París, Ginebra, un verdadero caos. Resulta difícil comprender de dónde sacaba el dinero para tanto desplazamiento, y más aún para ayudar, aunque fuera a distancia y en grado mínimo, a la manutención de su hija Ruth, nacida de su matrimonio efímero con la escultora Clara Westhoff: se casaron en la primavera de 1901 y se separaron en mayo de 1902, quizá por eso en buenos términos. Aparte del vástago, algo más le debió a Clara el poeta: fue ella quien lo puso en contacto con Auguste Rodin, al que Rainer Maria debió a su vez uno de sus escasísimos empleos conocidos: hay constancia de que trabajaba para él «dos horas todas las mañanas». A tenor de sus cartas y diarios, Rilke se pasó la existencia «esperando» a la lírica y compartiendo esa espera, con diferentes mujeres, la mayoría, aristocráticas (al menos, de porte y nombre) y bien dispuestas a darle albergue en sus diversos castillos y propiedades para que esperara en ellos más cómodamente. Sintió pasiones amorosas o simplemente amistosas por la seductora Lou Andreas-Salomé, la desesperada Eleonora Duse, la Princesa Marie von Thum und Taxis, Baladine Klossowska, la Baronesa Sidonie Nádhemy de Borutin, Mathilde Vollmöller-Purrmann, la Contessina Pia Valmarana, la pianista Magda von Hattingberg, la escritora sueca Ellen Key, la Condesa Manon zu Solms-Laubach, Eva Cassirer-Solmitz, la Baronesa Alice Fähndrich von Nordeck zur Rabenau, Katharina von Düring Kippenberg, Elisabeth Gundolf-Salomon, Nanny Wunderly-Volkart, la Condesa Margot Sizzo-Noris Crouy, una tal Mimi de Venecia y por supuesto la Condesa y Poetisa de Noailles, hija del Príncipe Bassaraba de Brancovan, sin olvidar, faltaría más, a la Princesa de Cantacuzène. La verdad es que la lista parece y merece ser falsa, pero no lo era, y aún es más, al menos con un par de estas damas cosechó Rilke relativos fracasos: la Condesa de Noailles lo encontró feo, y además la primera frase que le dirigió, nada más ser presentados, fue muy grave: «Señor Rilke», le dijo, «¿qué piensa usted del amor... qué piensa usted de la muerte...?». En cuanto a la diva Duse, por la que Rilke sentía devoción pese a haberla conocido ya con mala salud, envejecida y desquiciada, vio fracasar su acercamiento por culpa de un pavo real que, en medio de un idílico picnic en una de las islas de Venecia, se aproximó astutamente hasta donde ellos estaban tomando el té y lanzó su espantoso chillido rauco al oído de la actriz, quien huyó despavorida no sólo del picnic sino de Venecia misma. Por alguna suerte de identificación caprichosa, Rilke se sintió solidario con el pavo, lo cual le acarreó extraños remordimientos y no pegar ojo durante toda la noche.

La compenetración de Rilke con los animales es bien conocida para cualquiera que haya leído la tan extraordinaria octava de sus Elegías de Duino. Probablemente en contacto con los perros dio el poeta lo mejor de sí mismo, siendo notable lo que vio en una perrita preñada y fea de Córdoba con la que compartió un azucarillo de su café y «celebramos en cierto modo la misa juntos». Ella le había solicitado una mirada, y, según Rilke, «en la suya se reflejaba toda esa verdad que trasciende más allá de lo individual, para dirigirse, yo no sé bien a dónde, hacia el porvenir, o hacia lo incomprensible». En cambio se sentía incómodo con los niños, aunque ellos lo adoraban. En cuanto a sus colegas escritores, es muy probable que su exagerado trato con las señoras no le dejara tiempo para alternar con ellos, aunque conoció levemente a algunos y, durante una estancia en Venecia, compartió con Gabriele d'Anunnzio, un valet oportunamente llamado Dante.

Al poeta de la voluptuosidad, sin embargo, no llegó a conocerlo personalmente. Rainer María Rilke, que antes se había llamado sólo Rene Rilke y a quien su amiga Taxis llamaría Doctor Seraphico, se pasó toda la vida aquejado de males tanto físicos como psíquicos mientras esperaba a la lírica. Sus allegadas no recuerdan haberlo visto casi nunca sin algún padecimiento o tormento, y él mismo no se recataba de mencionarlos en sus abundantes cartas y diarios: sus «desgracias constantes» le impedían «trabajar seriamente» allí donde se encontrara, y eso pese a estar siempre dispuesto a sacrificar la vida por el trabajo (el trabajo lírico, bien entendido). Valga un ejemplo: cuando se hallaba alojado en el fastuoso castillo de Berg am Irchel, en el cantón de Zürich, el ruido lejano de una serrería eléctrica al otro lado del parque le dificultaba la concentración y la concepción de sus versos. Según es sabido, la composición de las Elegías de Duino le llevó diez años, de los cuales la mayoría fueron sólo de espera. Cuando había suerte oía voces, como aquel día de enero en que, en medio del fragor de una tormenta, escuchó una que lo llamaba, una voz muy cercana que le decía al oído estas hoy famosas palabras: «¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes angélicos...?». Se quedó inmóvil, atendiendo a la voz del Dios. A continuación sacó su pequeño cuaderno lírico que llevaba siempre consigo, anotó estos versos y otros pocos que en seguida se formaron como involuntariamente. Luego, a la tarde, la primera elegía estaba acabada, pero al poco el Dios se calló, y durante diez años, con pequeños y provechosos intervalos parlanchines, sufrió cruelmente ese silencio, esperando. Habría que preguntarse, con todo, cuánto habría de verdad en esta legendaria espera del poeta Rilke que tan en vilo tenía a todas sus amigas aristocráticas, ya que André Gide, que lo trató poco pero en tiempos no muy feminizados, se acordaba de haberle oído contar que la mayoría de sus versos le salían de golpe y de corrido sin que después necesitaran apenas retoques. Le había mostrado el cuadernillo lírico, con bastantes poemas «improvisados en un banco del Jardín del Luxemburgo», sin una sola tachadura.

Como buen poeta, Rilke comulgaba mucho, no sólo con los animales sino con los astros, la tierra, los árboles, los dioses, los monumentos, los cuadros, los héroes, los minerales, los muertos (sobre todo con las muertas jóvenes y enamoradas), algo menos con sus vivos semejantes. El hecho de que un personaje tan sensible y comulgante resultara ser el más grande poeta del siglo (de eso hay escasa duda) ha traído consecuencias nefastas para la mayoría de los líricos que después de él han sido, quienes siguen comulgando indiscriminadamente con cuanto se les ofrece, con resultados, sin embargo, menos excepcionales y con grave menoscabo de sus personalidades. Dicho sea esto de paso.

Rilke era bajo y enclenque, feo al primer golpe de vista (luego menos), con una cabeza alargada y puntiaguda, gran nariz, labios muy sinuosos que acentuaban el mentón un poco fugitivo y su hoyuelo muy hondo, ojos hermosos y enormes, ojos de mujer con un brillo de infantil malicia, según la descripción de la Princesa Taxis. Es innegable que su compañía debía de resultar muy grata, al menos para esta clase de damas, que fueron quienes más se la beneficiaron. Pasó muchos apuros económicos, lo cual no le impidió ser crítico y selectivo hasta con la comida: seguía dietas vegetarianas y detestaba el pescado, que jamás probaba. No se sabe muy bien qué le gustaba, tanto en lo relativo a comidas como a otras cosas, a excepción de la letra j y, que escribía en cuanto podía, y amén, claro está, de los viajes y las mujeres. Confesaba que no podía hablar más que con ellas, que sólo a ellas comprendía y sólo con ellas estaba a gusto. Debía de ser, sin embargo, durante no mucho tiempo. «Qué quiere usted», dijo una vez su amigo Kassner para explicarle a la amiga Taxis una fuga de Rilke de la que se habían enterado; «todas esas mujeres acaban siempre por aburrirle...».

Rainer María Rilke murió de leucemia tras larga agonía en un hospital de Valmont, en Suiza, el 29 de diciembre de 1926, a la edad de cincuenta y un años. Cuatro días después fue enterrado en Raron, bajo el epitafio que con anterioridad había compuesto y elegido:

«Rosa, contradicción pura, placer / de no ser sueño de nadie entre tantos / párpados». 

También la lápida lírica, quizá eran sólo tres versos los que estuvo esperando tanto.


En Vidas escritas
Foto: efe


21/1/2012

Juan José Arreola - Apuntes de un rencoroso (1950)

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a Antonio Alatorre


Huyendo del espectáculo de su felicidad bochornosa, he caído de nuevo en la soledad. Acorralado entre cuatro paredes, lucho en vano contra la imagen repulsiva.

Apuesto contra su dicha y espío detalladamente su convivencia. Aquella noche salí disparado como tercero innecesario y estorboso. Ellos compusieron su pareja ante mis ojos. Se acoplaron en un gesto intenso y solapado. Lúbricos, en abrazo secreto y esponsal.

Cuando me despedí, les costaba trabajo disimular su prisa: temblaban en espera de la soledad henchida. Los dos me sacaron a empujones de su erróneo paraíso, como a un huésped incorrecto. Pero yo vuelvo siempre allí, arrastrándome. Y cuando adivine el primer gesto de hastío, el primer cansancio y la primera tristeza, me pondré en pie y echaré a reír. Sacudiré de mis hombros la carga insoportable de la felicidad ajena.

Llevo muchas noches esperando que esto se corrompa. La carne viva y fragante del amor se llena de gusanos sistemáticos. Pero todavía falta mucho para roer, para que ella se resuelva en polvo y un soplo cualquiera pueda aventarla de mi corazón.

Miré su espíritu en la resaca odiosa que mostró a la luz un fondo de detritus miserables. Y, sin embargo, todavía hoy puedo decirle: te conozco. Te conozco y te amo. Amo el fondo verdinoso de tu alma. En él sé hallar mil cosas pequeñas y turbias que de pronto resplandecen en mi espíritu.

Desde su falso lecho de Cleopatra implora y ordena. Una atmósfera espesa y tibia la rodea. Después de infinitas singladuras, la dormida encalla en la arena final del mediodía.

Deferente y sumiso, el esclavo fiel la desembarca de su purpúrea venera. La despega cuidadoso de su sueño de ostra. Acólito embriagado en ondas de tenue incienso respiratorio, el joven la asiste en los ritos monótonos de su pereza malsana. A veces, ella despierta en altamar y ve la silueta del joven en la playa, desdibujada por la sombra. Piensa que lo está soñando, y se sumerge otra vez en las sábanas. Él apenas respira, sentado al borde de la cama. Cuando la amada duerme profundamente, el fantasma puntual se levanta y desaparece de veras, marchito y melancólico, por las desiertas calles del amanecer. Pero dos o tres horas más tarde, nuevamente está en servicio.

El joven desaparece melancólico por las desiertas calles, pero yo estoy aquí, caído en el insomnio, como sapo en lo profundo de un pozo. Me golpeo la frente contra el muro de la soledad, y distingo a lo lejos la disforme pareja inoperante. Ella navega horizontal por un sueño pesado de narcóticos. Y él va remando a la orilla, desvelado, silencioso, con tierna cautela, como quien lleva un tesoro en una barca que hace agua.

Yo estoy aquí, caído en la noche, como un ancla entre las rocas marinas, sin nave ya que me sostenga. Y sobre mí acumula el mar amargo su limo corrosivo, sus esponjas de sal verde, sus duros ramos de vegetación rencorosa.

Morosos, los dos detienen y aplazan el previsto final. El demonio de la pasividad se ha apoderado de ellos, y yo naufrago en la angustia. Han pasado muchas noches y en la atmósfera del cuarto, cerrada, íntima y espesa, no se percibe el agudo olor de la lujuria. No hay más que la lenta emanación azucarada del anís, y un rancio aroma de aceitunas negras.

El joven languidece en su rincón, hasta nueva orden. Ella navega en su góndola, con un halo de anestesia. Se queja, interminablemente se queja. El joven médico de cabecera se inclina solícito y espía su corazón. Ella sonríe dulcísima, como una heroína en el tercer acto, agonizante. Su mano cae desmayada entre las manos del erótico galeno. Luego se recobra, enciende el braserillo de las fumigaciones aromáticas; manda a abrir el guardarropa atestado de trajes y zapatos, y va eligiendo una por una, cavilosa, las prendas diurnas.

Yo, entretanto hago señales desesperadas desde mi roca de náufrago. Giro en la espiral del insomnio. Clamo a la oscuridad. Lento como un buzo, recorro la noche interminable. Y ellos aplazan el acto decisivo, el previsto final.

Desde lejos, mi voz los acompaña. Repitiendo las letanías del amor inútil, el lívido amanecer me encuentra siempre exhausto y apagado, con la boca llena de palabras ciegas y rencorosas.


Confabulario
México, Fondo de Cultura Económica, 2° edición, 1961


20/1/2012

Konstantinos Kavafis - Poemas canónicos (1895-1915)

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La ciudad

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.


Terminado

En medio del temor y las sospechas,
con espíritu agitado y ojos de pavor,
nos consumimos y planeamos cómo hacer
para evitar el seguro
peligro que así terriblemente nos amenaza.
Y sin embargo estamos equivocados, ése no está en nuestro camino:
falsos eran los mensajes (o no los escuchamos, o no los entendimos
bien). Otra catástrofe, que no la imaginábamos,
repentina, violenta cae sobre nosotros
y no preparados -de dónde tiempo ya- nos arrebata.


Idus de marzo

Las grandezas teme, oh alma.
Y si vencer tus ambiciones
no puedes, con cautela y reservas
síguelas. Y cuanto más adelante vayas,
sé más observador, más cuidadoso.
Y cuando a tu apogeo llegues, César ya;
cuando tomes figura de hombre famoso,
entonces cuida especialmente al salir a la calle,
dominador insigne de séquito acompañado,
si acierta a acercarse, desde la multitud
algún Artemidoro, que lleva una carta,
y dice apresurado "Lee esto inmediatamente,
son cosas importantes que te interesan",
no dejes de detenerte; no dejes de postergar
cualquier conversación o tarea; no dejes de apartar
a las variadas personas que te saludan y se prosternan ante ti
(las puedes ver más tarde); que espere incluso
el Senado mismo, y conoce al instante
los graves escritos de Artemidoro.


Que el dios abandonaba a Antonio

Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, mas no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes.





Versión Miguel Castillo Didier
Fuente foto


19/1/2012

Saki - La loba

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Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han conseguido que este mundo les resulte atractivo o interesante, por lo que han buscado la compensación en un «mundo oculto» sacado de su experiencia o imaginación… o de su invención. Los niños hacen muy bien esas cosas, pero se contentan con convencerse a sí mismos y no vulgarizan sus creencias intentando convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilsiter eran para "los elegidos»"; es decir, para cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle.

Su afición por lo oculto no le habría llevado más allá de los lugares comunes del visionarismo de salón de no ser por un accidente que aumentó su repertorio de saberes místicos. Acompañado de un amigo que tenía intereses mineros en los Urales, había hecho un viaje por Europa oriental en el momento en que la gran huelga de los ferrocarriles rusos pasaba de la amenaza a la realidad. Su estallido le dejó atrapado, durante el viaje de regreso, en alguna zona del otro lado del Perm, y mientras aguardaba un par de días en un apeadero, en un estado de locomoción suspendida, trabó conocimiento con un comerciante en guarniciones y arreos metálicos que entretuvo provechosamente el tedio de la larga detención iniciando a su compañero de viaje inglés en un fragmentario sistema de conocimientos y tradiciones populares que él mismo había recogido de los comerciantes y nativos del Transbaikal. Leonard regresó a su círculo doméstico hablando sin parar sobre su experiencia de la huelga rusa, aunque se mostró muy reticente con respecto a determinados misterios oscuros, a los que aludía con el título sonoro de magia siberiana. La reticencia cedió en una o dos semanas, ante la influencia de la falta total de curiosidad general, por lo que Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas sobre los enormes poderes que esa nueva fuerza esotérica, por utilizar el término con que la describía, confería a los escasos iniciados que sabían cómo manejarla. Cecilia Hoops, su tía, que quizás era bastante más amante del sensacionalismo que de la verdad, le hizo una publicidad más clamorosa de la que cualquiera podía esperar al ir repitiendo por ahí la historia de cómo había transformado Leonard, delante de los ojos de ella, un calabacín en una paloma torcaz. La historia, en cuanto que manifestación de la posesión de poderes sobrenaturales, fue rechazada en algunos círculos debido a la idea que tenían acerca de la capacidad imaginativa de la señorita Hoops.

Pero por muy dividida que pudiera estar la opinión acerca de la cuestión de si Leonard era un hacedor de maravillas o un charlatán, lo cierto es que llegó a una fiesta en casa de Mary Hampton con fama de preeminencia en una u otra de esas profesiones; y no estaba dispuesto a volverle la espalda a la publicidad que pudiera corresponderle. Las fuerzas esotéricas y los poderes inusuales formaban el grueso de cualquier conversación en la que participaran su tía o él, y las cosas que él había hecho, tanto las pasadas como las potenciales, constituían el tema de misteriosas sugerencias y oscuras afirmaciones.

—Me gustaría que pudiera convertirme en un lobo, señor Bilsiter —dijo su anfitriona en el almuerzo, al día siguiente de su llegada.

—Mi querida Mary —intervino el coronel Hampton—, no te conocía deseos de ese tipo.

—Evidentemente me refería a una loba —siguió diciendo la señora Hampton—. Resultaría demasiado confuso cambiar de sexo al mismo tiempo que de especie.

—No creo que deba bromearse con estos temas —contestó Leonard.

—Si no estoy bromeando, le aseguro que hablo totalmente en serio. Pero no lo haga hoy mismo; sólo disponemos de ocho jugadores de bridge y se desharía una de nuestras mesas. Pero la fiesta de mañana será más grande. Mañana por la noche, después de la cena…

—Dada nuestra actual comprensión imperfecta de estas fuerzas ocultas, creo que habría que abordarlas con humildad y no con burla —comentó Leonard con tal severidad que se abandonó inmediatamente el tema.

Durante la discusión acerca de las posibilidades de la magia siberiana, Clovis Sangrail había permanecido sentado e inusualmente silencioso; tras el almuerzo, acompañó a Lord Pabham a la sala de billar, donde se dedicó a investigar un asunto.

—¿Tiene una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba de temperamento moderadamente bueno?

—Está Louisa —contestó Lord Pabham después de pensarlo—. Un ejemplar bastante hermoso de loba gris. La conseguí hace dos años a cambio de algunos zorros árticos. Consigo que casi todos mis animales estén bastante domesticados antes de que lleven conmigo demasiado tiempo; creo que puedo decir que Louisa tiene un temperamento angélico, para ser una loba. ¿Por qué quiere saberlo?

—Me estaba preguntando si me la prestaría mañana por la noche —respondió Clovis con esa solicitud descuidada del que pide prestado un botón para la camisa o una raqueta de tenis.

—¿Mañana por la noche?

—Así es, los lobos son animales nocturnos, por lo que la noche no le sentará mal —respondió Clovis con la actitud de aquel que lo tiene todo bien pensado—. Uno de sus hombres podría traerla desde el parque Pabham después de anochecer, y con un poco de ayuda podría conseguir introducirla en el invernadero, sin que la vean, en el mismo momento en que Mary Hampton salga a escondidas de él.

Lord Pabham se quedó mirando fijamente un momento a Clovis con un asombro comprensible; después su rostro se cubrió de arrugas mientras lanzaba una carcajada.

—Ah, ¿de modo que ése es su juego? Va a realizar un pequeño acto de magia siberiana por su cuenta. ¿Y estará de acuerdo la señora Hampton en ser su compañera de conspiración?

—Mary me ha prometido hacerlo si usted garantiza el temperamento de Louisa.

—Respondo del animal —contestó Lord Pabham.

Al día siguiente el grupo de invitados había alcanzado proporciones mayores y el instinto publicitario de Bilsiter se había expandido debidamente, ante el estímulo del aumento del público. Durante la cena de aquella noche se explayó sobre el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no comprobados y mantuvo su impresionante elocuencia mientras servían el café en la sala de estar, antes de que se produjera una migración general hacia la sala de juegos. Su tía era la garantía de que escucharan respetuosamente sus palabras, pero el alma de aquélla, amante del sensacionalismo, suspiraba por algo más espectacular que la simple exhibición verbal.

—¿Por qué no haces algo para convencerles de tus poderes, Leonard? —suplicó ella—. Cambiar algo de forma. Puede hacerlo, ¿saben? Sólo necesita quererlo —informó al grupo.

—Oh, hágalo —exclamó sinceramente Mavis Pellington, petición que fue repetida por casi todos los presentes. Incluso los que no creían en ello en absoluto deseaban entretenerse con una exhibición de conjuros ejecutada por un aficionado.

Leonard comprendió que esperaban de él algo tangible.

—¿Alguno de los presentes tiene una moneda de tres peniques o un objeto pequeño sin ningún valor…?

—¿No pensará hacer desaparecer monedas ni realizar algo tan primitivo? —preguntó Clovis despreciativamente.

—Me parecería muy poco amable por su parte no llevar a cabo mi sugerencia de convertirme en loba —añadió Mary Hampton mientras cruzaba el invernadero para darles a los guacamayos el tributo habitual sacado de los platos de postre.

—Siempre le he advertido contra el peligro de considerar estos poderes con actitud de burla —respondió Leonard con solemnidad.

—No creo que pueda hacerlo —contestó Mary riendo provocativamente desde el invernadero—. Le desafío a que lo haga si puede. Le desafío a convertirme en una loba.

Tras decir esto se ocultó de la vista tras un macizo de azaleas.

—Señora Hampton… —empezó a decir Leonard con una solemnidad cada vez mayor, pero se detuvo. Una corriente de aire helado recorrió la sala al mismo tiempo que los guacamayos empezaban a lanzar gritos ensordecedores.

—¿Qué diablos les pasa a estos pobres pájaros, Mary? —exclamó el coronel Hampton en el mismo momento en que un grito de Mavis Pellington, todavía más estremecedor, hizo a todo el grupo levantarse de sus asientos. En diversas actitudes, que iban desde el horror de la indefensión a la defensa instintiva, se encontraron frente a un animal gris y de aspecto malvado que les miraba desde un punto situado entre los helechos y las azaleas.

La señora Hoops fue la primera en recuperarse del caos general producido por el espanto y el asombro.

—¡Leonard! —gritó con voz aguda a su sobrino—. ¡Vuélvela a convertir en la señora Hampton enseguida! Podría lanzarse sobre nosotros en cualquier momento. ¡Hazlo!

—No… no sé cómo… —contestó titubeando Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que nadie.

—¡Cómo! —gritó el coronel Hampton—. ¡Se ha tomado la abominable libertad de convertir a mi esposa en una loba y ahora se queda aquí tranquilamente diciendo que no puede volver a convertirla en persona!

Para hacer estrictamente justicia a Leonard, hay que decir que la tranquilidad no fue un rasgo distinguido de su actitud en ese momento.

—Le aseguro que no convertí a la señora Hampton en un lobo; nada estaba más lejos de mis intenciones —protestó.

—¿Entonces, dónde está ella, y cómo entró ese animal en el invernadero? —preguntó el coronel.

—Desde luego tenemos que aceptar su seguridad de que no convirtió en lobo a la señora Hampton —intervino Clovis cortésmente—. Pero estará de acuerdo en que las apariencias están en su contra.


—¿Es que vamos a dedicarnos a recriminarnos mientras ese animal está ahí, dispuesto a despedazarnos? —se quejó Mavis con indignación.

—Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes… —sugirió el coronel Hampton.

—Los animales salvajes a los que estoy acostumbrado me han llegado, con sus credenciales apropiadas, de comerciantes bien conocidos, o han sido criados en mi propia casa de fieras —contestó Lord Pabham—. Nunca me he visto frente a un animal que sale despreocupadamente de detrás de un macizo de azaleas al tiempo que desaparece una encantadora y conocida anfitriona. Por lo que cabe juzgar de las características exteriores, tiene la apariencia de ser una hembra adulta de lobo gris norteamericano, una variedad de la especie común canis lupus.

—Vaya, no importa cuál sea su nombre latino —gritó Mavis cuando el animal se adentró uno o dos pasos en la sala—. ¿No puede intentar sacarlo con comida y encerrarlo donde no pueda hacer ningún daño?

—Si es realmente la señora Hampton, que acaba de tomar una cena muy buena, no creo que la comida le atraiga mucho —dijo Clovis.

—Leonard —suplicó llorosa la señora Hoops—, aunque no hayas tenido nada que ver con esto, ¿es que no puedes utilizar tus grandes poderes para convertir a este animal terrible en algo inofensivo antes de que nos muerda a todos?… ¿En un conejo o algo parecido?

—No creo que al coronel Hampton le parezca bien que su esposa se convierta en una sucesión de animales caprichosos, como si estuviéramos jugando con ella —intervino Clovis.

—Lo prohíbo absolutamente —atronó el coronel.

—La mayoría de los lobos con los que he tenido algún trato sentían un desordenado amor por el azúcar —dijo Lord Pabham—. Si quieren, probaré con éste.

Cogió un terrón de azúcar del platillo de su café y se lo lanzó a la expectante Louisa, que lo cogió en el aire. Un suspiro de alivio brotó del grupo; un lobo que come azúcar cuando por lo menos se podía haber dedicado a despedazar a los guacamayos, había perdido ya parte de su terror. El suspiro se convirtió en un jadeo de agradecimiento cuando Lord Pabham sacó al animal de la sala con el señuelo de nuevas dádivas de azúcar. Al instante se precipitaron todos hacia el invernadero vacío. No había rastro de la señora Hampton, salvo el plato que contenía la cena de los guacamayos.

—¡La puerta está cerrada por dentro! —exclamó Clovis, quien diestramente había dado la vuelta a la llave mientras simulaba comprobarla. Todo el mundo se volvió hacia Bilsiter.

—Si no ha convertido a mi esposa en un lobo —dijo el coronel Hampton—, ¿tendrá la amabilidad de explicar adónde la ha enviado, puesto que evidentemente no pudo pasar por una puerta cerrada? No le presionaré para que me explique cómo un lobo gris norteamericano ha aparecido de pronto en el invernadero, pero creo tener algún derecho a preguntar lo que ha sido de la señora Hampton.

La reiterada negativa de Bilsiter fue recibida con un murmullo general de incredulidad impaciente.

—Me niego a permanecer bajo este techo —afirmó Mavis Pellington.

—Si nuestra anfitriona ha desaparecido realmente en forma humana —dijo la señora Hoops—, ninguna de las damas del grupo puede quedarse. ¡Me niego absolutamente a ser la invitada de un lobo!

—Es una loba —intervino Clovis tranquilizadoramente.

La etiqueta correcta que debía observarse bajo las inusuales circunstancias no necesitó ser elucidada. La entrada repentina de Mary Hampton privó de su interés inmediato a la discusión.

—Alguien me ha hipnotizado —exclamó malhumoradamente—. Me encontré en la despensa de la casa recibiendo azúcar de Lord Pabham. Odio que me hipnoticen, y el médico me había prohibido tomar azúcar.

Se le explicó la situación en la medida en que ésta permitía algo que pudiera considerarse como tal.

—¿Entonces me convirtió realmente en un lobo, señor Bilsiter? —exclamó con excitación.

Pero Leonard había quemado la barca en la que ahora podría haber navegado sobre un mar de gloria. Sólo fue capaz de sacudir débilmente la cabeza.

—Fui yo el que me tomé esa libertad —dijo Clovis—. Resulta que he vivido un par de años en el nordeste de Rusia y tengo un conocimiento superior al de un turista acerca de las artes mágicas de esa región. No me interesa hablar de esos poderes extraños, pero en ciertas ocasiones, cuando oigo que se dicen muchas tonterías sobre ellos, me veo tentado a mostrar lo que puede hacer la magia siberiana en las manos de alguien que la entienda realmente. Cedí a esa tentación. ¿Puedo tomar una copa de brandy? El esfuerzo me ha dejado bastante debilitado.

Si Leonard Bilsiter hubiera sido capaz de transformar a Clovis en ese momento en una cucaracha, para después pisotearla, de buen grado habría realizado ambas operaciones.


En Animales y más que animales
Traducción: Rafael Lassaletta
Imagen: E.O. Hoppé


18/1/2012

René Char, entretien con Pierre Berger

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Pierre Berger.- Antes de pedirle que participe en una conversación en la que la que la honestidad intelectual sea una de las bases, me he detenido a releer el breve prólogo que escribió usted en marzo de 1948 para la traducción de “Heráclito de Efeso”, de Iván Battistini. Una frase, entre otras, me ha demostrado hasta qué punto está usted comprometido en el camino de la esperanza: “El devenir progresa conjuntamente en el interior y alrededor de nosotros. No está subordinado a las pruebas de la naturaleza, se agrega a ellas y actúa sobre ellas”. En el instante en que una especie de sueño letárgico pesa sobre nuestro mundo, una afirmación semejante es, sin duda, una ventana abierta. De todas maneras, hay mucho que hacer aún para que esta ventana no se vuelva a cerrar. Sabe usted cuán peligrosa es una toma de conciencia, para no decir una toma de posición. Asistimos a conflictos sorprendentes, y aun escandalosos, cuya resultante fatal es la duda. Su prólogo al Heráclito es una auténtica toma de conciencia. Escrito en 1948, ¿qué ve usted que pueda corregirse hoy?

René Char.- ¿Se preocupa usted acerca de la honestidad intelectual? Discúlpeme, querido amigo, pero hay una cosa que mis orejas no pueden oír sin embarazo: es precisamente la palabra “dignidad”, que se me hace el honor de aplicarme demasiado a menudo... Protesto: soy un hombre como todos, a veces tan parcial y utopista como los demás, se lo aseguro, de ninguna manera mejor... ¡Ah, no!

P.B.- Pero, su actitud...

R.C.- No hablemos de actitud. Yo me esfuerzo, me descascaro. ¡Eso es todo! En cuanto al prefacio del Heráclito... Me ha ocurrido hacer escritos de circunstancia, aunque raramente; de todas maneras, este prefacio podría estar bien escrito incluso hoy. No tengo nada que suprimirle, nada que agregarle. En el momento en que vivimos –y pienso sobre todo en aquellos que viven en esta hipnosis tan particular que difunde el clima de nuestra época- la Esperanza es verdaderamente el único lenguaje activo y la única ilusión susceptible de ser transformada en buen movimiento. Nosotros, hombres, poetas, tenemos que contentarnos con asegurar que esta esperanza no es candor. No podría haber poesía o vida sin esperanza -poesía: esperanza extrema; existencia: esperanza relativa-. La poesía es la soledad noble por excelencia, una soledad, en fin, que tiene derecho a confiarse. Hegel dice que, desde el punto de vista del sentido común, la filosofía es el mundo al revés. Parafraseándolo, se podría decir que, desde el punto de vista de la equidad, la poesía es el mundo en su mejor lugar. Aun si se halla enfrentado a una naturaleza pesimista, aquel que acepte las perspectivas del Devenir debe darse perfecta cuenta de que, en este caso, el móvil de ese pesimismo es ambiguamente la esperanza; esperanza de que algo inesperado surgirá, de que la opresión será derribada. Parece que la poesía, por los caminos que ella ha seguido, por las pruebas que ha resistido para merecer su nombre de poesía, constituye la posta que permite al ser exhausto y desmoralizado volver a encontrar fuerzas nuevas y razones frescas para perseguir la presa o la sombra una vez más.

P.B.- Cada día comprobamos cómo es de grande la confusión intelectual. Los valores más opuestos se unen de manera inesperada, lo más a menudo por medio de intérpretes impuros y deshumanizados, lo que se podría llamar alianzas peligrosas. Los mismos maestros del pensamiento son reivindicados por los hombres más diversos. Así se verifica una vez más uno de los problemas sobre los cuales usted se ha detenido recientemente: el de las incompatibilidades.

R.C.- Estamos rodeados, en los hombres más comunes, por jueces con fauces de verdugos, ¡por perros de policía! Pero ¿cómo es eso? Uno no tiene jamás por qué examinar ni condenar a alguien que se contenta con sufrir la realidad cotidiana con todas sus imperfecciones y todas sus debilidades y que no erige su propia vulnerabilidad en tablado, desde donde denunciar al prójimo a la vindicta pública... Sin embargo, eso no es ya tan cierto, tanto va el mal de prisa... Pienso, a este respecto, muy especialmente en Villon, quien es, sin duda, el más grande poeta francés. Pero justamente cuando ciertos escritores, que no son –lo ignoren o no- sino actores de la literatura (olímpicos o frenéticos), entienden intervenir y regentear, entonces creo que hay una impostura manifiesta que es preciso reducir. Vea usted, Berger, todo hombre es, por lo general, distinto de lo que cree ser en el bien como en el mal, en el error como en la verdad. Ninguno de nosotros escapa a esta fatalidad. Las estratagemas no arreglan nada.

P.B.- La imperfecta conciencia de los escritores y artistas forma parte también –Camus lo afirmaba en un discurso pronunciado en Pleyel en 1948- de nuestra constante angustia. Parece cada día más necesario que un poeta defina a su vez este mal.

R.C.- Yo no quisiera pronunciar la palabra maldición... Es una palabra demasiado cómoda y que autoriza todas las dimisiones. Creo que hay, de todas maneras, una parte de responsabilidad individual (y, por extensión, colectiva) en lo que ocurre en este momento. Hemos creído, en 1945, salir del espíritu totalitario... Acordémonos de que ese cáncer, bajo el nombre de fascismo, ha comenzado por devorar una nación, luego otra. En la actualidad está agazapado en el incosciente de los hombres, en particular, de aquellos que se delcaran sus peores enemigos... Ese mal, en el cual nos hemos detenido a pensar, es el desprecio del prójimo: una especie de indiferencia colosal con respecto a la inteligencia de los demás y de su alma viviente. ¡Una intolerancia de dementes! ¡Su caballo de Troya es la palabra felicidad! Y yo creo que eso es mortal. No se trata de un peligro relativo sino absoluto.

P.B.- Que no justifica ningún espejismo de la Tierra Prometida.

R.C.- Yo le hablo en tanto ser que vive sobre una tierra presente, inmediata, y no en tanto ser que tiene mil años de camino delante suyo. Hablo para los hombres de mi tiempo, que han hecho morir como nunca, y no hipotéticamente para los hombres de la distancia. Se acostumbra, para tentarnos, a desplegar ante nosotros la sombra clara de un gran ideal. Sin embargo, la edad de oro prometida no podría serlo sino en el presente. ¡La perspectiva de un paraíso ha inflado al hombre!

P.B.- Entre tantos otros, la poesía es un acto de rebelión. ¿Cómo librar a la poesía de sus opresores?

R.C.- La verdadera poesía se las arregla bien por sí sola: existid sin temor. Lo importante es perseverar, no declararse vencido sobre el terreno de la condición humana y de la libertad. Es preciso volver sin cesar, convencer, decidir la evidencia de ganar la partida, elevar el buen sentido al primer rango...

P.B.- Todo lo que yo experimento en cuanto a la condición del poeta se encuentra felizmente aclarado por ese comportamiento contradictorio que se ejerce en pro o en contra de mí. Ello me encanta, sirve para propagar una manera de energía, de calor humano. Pro y contra son indispensables.
En un reciente estudio, Maurice Blanchot escribe: “La obra es el alba que precederá al día. Ella inicia, entroniza. Misterio que entroniza, dice Char, pero ella misma permanece en el misterio, excluida de la iniciación y exiliada de la clara verdad: suerte de Mesías que será redentor a condición de ser siempre el que vendrá y de ninguna manera el que ha venido”. Me parece que Blanchot nos ofrece una clave y que eso deben ser las “oportunidades patéticas” de las que nos habla en Hojas de Hipnos. ¿Está usted de acuerdo?

R.C.- Completamente. Blanchot es el compañero espiritual soñado... No lo conozco.

P.B.- Los combates en los que usted ha participado y aquellos en los cuales participa aún se asemejan misteriosamente. Siempre es el mismo enemigo, el mismo ángel malo el que usted y sus amigos vuelven a encontrar. Y, de hecho, si la esperanza está de vuestro lado, hay también otra esperanza –maléfica- enfrente. ¿No piensa usted que es el tiempo de darnos nuevas Hojas de Hipnos?

R.C.- El contenido de los libros varía según las épocas. Hoy no es un combate el que sostenemos: es mucho más: una especie de paciencia armada nos introduce en ese estado de rechazo increíble. Pero, permanecer abiertos, permanecer presentes, retener el escalofrío, limitar al malvado... De 1941 a 1944 he escrito Hojas de Hipnos como un ama de casa consigna sus cuentas en una libreta. De 1948 a 1952 he producido A una serenidad crispada. Se exige de muchos poetas, al pedirles que comenten su poesía, la exhibición de sus sentimientos íntimos, la confesión de sus “ideas”, si fuera realmente cierto que ellos tienen “ideas”. Hojas de Hipnos correspondía a su tiempo; A una serenidad crispada corresponde al nuestro.

P.B.- Esa forma aforística...

R.C.- Ya sé, ya sé... Y bien, si me reprocha mi forma breve, a eso respondo con dos aforismos de Hojas...: “Mantén frente a los otros lo que te has prometido solamente a ti. Ahí está tu contrato.” “He aquí la época en que el poeta siente erguirse en él esta meridiana fuerza de ascensión”. Es preciso concentrar, decir con rapidez, iluminar con exactitud... ¡Tanto peor para la retórica!

P.B.- Es verdad que se exige demasiado de los poetas.

R.C.- Si existe una poesía, si ella es un polo de atracción, si es alimenticia, ¿qué necesidad hay de hablar de ella?

P.B.- Inquietos por lo que esencialmente ellos no han creado, los hombres tienen necesidad de definición, una necesidad nostálgica, como si pensaran que las mejores definiciones son el propio origen.

R.C.- Pero no! Veamos... Hacemos salir de nuestro laconismo, de nuestro cuarto de trabajo, de las circunstancias comunes a todos los hombres, significa desearnos “cargados de misión”.

P.B.- Pero es evidente que vosotros tenéis una misión...

R.C.- No. Tenemos una tarea, eso sí... Bien sé que los poetas tienen a menudo curiosas pretensiones. Sin cesar, ellos se creen obligados a tocar el clarín, de donde su rápida pérdida de influencia...

P.R.- De todas maneras, ellos no pueden permanecer enclaustrados...

R.C.- No, por supuesto. Además, yo no abogo por la torre de marfil... sino por el conocimiento exacto de los motivos. No se desconfía lo suficiente de la impropiedad, no sólo de los términos, sino de la farsa de los acontecimientos...

P.B.- En ellos estamos.

R.C.- Una de las curiosidades de la época es lo universal. En cuanto cualquier individuo es consultado, responde sin vacilación –lo cual implica que él es la ciencia infusa- aun si es ignorante del asunto o de la cosa humana de que se trata. El intelectual sueña a la vez “ser” y “no poder ser”. Y lo que no puede ser, su orgullo lo proyecta en los otros, aquellos para los cuales escribe. Lo que no debería dispensarlo, en cuanto a sí mismo, de la prueba patética.

P.B.- Yo le he dicho “misión”, usted me ha respondido “tarea”. Conforme. Además, pienso que las dos nociones no son incompatibles. Y es por eso que puedo preguntarle qué espera usted de la juventud. Mi pregunta no es tan simple. Después de la aparición de sus últimos libros, después de la antología a la que precedió mi ensayo en la colección Poètes d’anjourd’hui, muchos espíritus jóvenes tomaron en cuenta el ¿Ha leído usted a Char? de Mounin. Se le comenta en los medios más diversos y yo sé, por mi parte, de jóvenes desesperaciones que se borraron después de la publicación de El sol de las aguas. Creo que eso es muy significativo y es por ello que le aseguro que mi pregunta no es tan simple.

R.C.- No es simple, en efecto. De esas adhesiones yo no puedo únicamente estar conmovido: ellas aumentan aun mis escrúpulos. No exageremos. Creo que con un poco de obstinación y la ayuda de sus hermanos mayores, la juventud superará el desorden. Creo que mis poemas corresponden a alguna cosa cuyo equivalente serían deberes felices después de dificultades sin número. Nunca he propuesto nada que, una vez pasada la euforia, corriera el riesgo de caer de lo alto. No soy de aquellos que toman el mar “como si tal cosa”. Naturalmente me parece que los jóvenes van hacia aquellos que los escuchan con seriedad, con afecto, y no los desengañan.

P.B.- No hay sólo el problema de las incompatibilidades; está también el de los equívocos. Bien se ve que la honestidad intelectual pierde cada día más su sentido. Usted se complace en repetir a menudo que “todo sigue siendo todavía posible”. ¿Podría incluso repetirlo aquí?

R.C.- Sí, ciertamente.

P.B.- Vivimos cada vez más el tiempo de la elección. ¿Qué puede la poesía en el dilema que nos concierne? En medio de los hombres ¿qué pueden los poetas?

R.C.- El poeta está originariamente comprometido, pero “comprometido” es una palabra que no tiene sentido aquí, que es impropia. Digamos que el poeta es combinable.

P.B.- Sea. Pero el compromiso, antes de ser una moda, tenía un sentido noble.

R.C.- Sólo he visto hasta ahora seres para quienes la palabra compromiso era muy imprecisa. La expresión que les convenía mejor era solidaridad, odio común, amor compartido o deseo de cambio. He asistido en 1940 a la agonía de tres hombres, los tres diferentes durante su validez. Cada uno de ellos tenía un fragmento del mismo obús en el vientre y agonizaban juntos bajo nuestros ojos. Le aseguro que sus quejas eran las mismas...

P.B. El sentido de ese mensaje se refuerza muy particularmente en un texto suyo que yo sé sin terminar pero del que conocemos de todas maneras algunos fragmentos. Hablo de La búsqueda de la base y de la cumbre.

R.C.- Ese texto está, en efecto, sin terminar, y en él trabajo. No entreveo la fecha de su publicación, no porque este texto tenga una importancia tal que deba ser embellecido y modificado sin cesar, sino porque es como los altos y los bajos de mi vida misma. Un día me ha sido dado escribir: “El conocimiento nutre y la experiencia marchita”. Es preciso desconfiar de la importancia de la experiencia porque ella vuelve a los seres y a las cosas sin juventud, imperfectibles. Usted me ha preguntado hace un momento si yo creía en la juventud. Creo tanto en ella, que muy a menudo me desmiento.



Extraído de El movimiento “Poesía Buenos Aires” 1950/1960, número XI/XII, dedicado íntegramente a René Char (versión de Raúl Gustavo Aguirre), Bs. As., 1979