28 dic. 2012

Thomas Mann: El duelo de Jacob





¿Es menos brutal una seña que una palabra? La cosa es harto discutible. Judá adoptaba el punto de vista del portador de espanto, cuyas preferencias van al signo que hace superflua la palabra. Pero ¿y el que recibe la noticia? Con toda la fuerza de su ignorancia, puede rechazar la palabra, pisotearla, tachándola de mentira, de afrentosa invención, y arrojarla al infierno de los absurdos inconcebibles, único lugar que le cuadra - por lo menos así le hace ver su radiosa y potente convicción -, hasta que el desdichado se da cuenta exacta de que la palabra tiene derecho a vivir en la luz del día. No entra en sí mismo, sino lentamente. Al principio le parece incomprensible. ¿Cómo atrapar el sentido, conferirle una realidad? Esta sacudida, que va a trastornar vuestro cerebro y vuestro corazón, queda un momento a merced de uno, para ser devuelta al mensajero, para prolongar la ignorancia y la vida y figurarse que el interlocutor es un loco. "¿Qué has dicho? - podéis preguntarle -. ¿Estás en tus cabales? Ven, voy a cuidarte, a hacerte tomar algo que te tonifique; después continuarás hablando y tratarás de hacerte entender." Estas palabras serían capaces de ofenderle, pero, siendo él dueño de la situación, se siente lleno de indulgencia, y, poco a poco, su mirada razonable y compadecida os hace titubear. No soportáis esta mirada, comprendéis que la inversión de papeles que queríais establecer, por instinto de conservación, es inadmisible, y que mejor seria que lo que ofrecíais al otro, para tonificarle, lo tomarais vosotros mismos...

Así la palabra permite la lucha para retrasar la verdad en marcha. Nada de esto es posible cuando la señal entra en juego; su condensada crueldad no admite ficción ni demora. Excluye todo equívoco y no hay necesidad de que se conceda una realidad, siendo la realidad misma. La señal es tangible, no condesciende a darse una apariencia incomprensible y no deja escapatoria. Os fuerza a imaginar en vosotros mismos lo que echaríais como una locura al oírlo expresado en palabras, y os obliga o a creeros insensatos, o a comprender la verdad. En la palabra, como en la señal, lo directo y lo indirecto se entrecruzan y no se sabría decir cuál de las dos cosas es más brutal. La señal es muda, por la única razón de que, siendo la cosa significada, no tiene necesidad de expresarse para ser comprendida. En silencio, os hace caer.

Que Jacob, al ver la vestidura, cayó de espaldas, conforme se preveía, es un hecho incontestable. La escena, sin embargo, no tuvo testigos. Los hombres de Dotaín, dos pordioseros de obtusa inteligencia, que a cambio de cierta cantidad de lana y de leche agriada habían aceptado el encargo, se alejaron a toda prisa del lugar, tan pronto como lanzaron su embuste, sin cuidarse del resultado.

Habían dejado a Jacob, el hombre de Dios, de pie y con los resecos guiñapos en las manos, en el lugar donde le habían encontrado, delante de su tienda de pelo de animal, y se habían ido, primero a grandes zancadas lentas, luego a todo correr. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció Jacob allí, contemplando lo poco que le quedaba - hubo de convencerse despacio - de José en este mundo, Y después cayó para atrás, y en esta posición le hallaron las mujeres que pasaban, las esposas de sus hijos, la siquemita Buna, mujer de Simeón, y la de Leví, a la que decían nieta de Heber. Espantadas, lo alzaron y llevaron a su tienda. Los jirones que tenía entre sus manos las convencieron pronto de la causa de su caída.

No era un síncope ordinario, sino una especie de rigidez que invadía cada músculo, cada fibra; tanto, que no se podía doblar una articulación sin quebrarla, y todo el cuerpo parecía petrificado. Este fenómeno, bastante raro, es a veces la reacción de la naturaleza contra los golpes extraordinarios del destino, una especie de sobresalto de defensa, una barrera desesperada, tenaz, que se opone a lo inaceptable, pero que, pasadas unas horas, tendrá que ceder necesariamente a la presión de la implacable realidad, capitular y dejar libre paso a la aflicción.

Las gentes del dominio, hombres y mujeres llamados de todas partes y reunidos en torno a Jacob, observaban con temor la progresiva debilidad de aquella estatua de sal, que poco a poco retornaba a ser un hombre dolorido y azotado por el sufrimiento. Aún no salía de su garganta la voz, cuando ya respondía a los emisarios partidos hacía largo tiempo: "Sí, ésta es la vestidura de mi hijo". Y luego, con una voz terrible que el horror hacia estridente, gritó: "Un animal feroz lo ha devorado, una bestia furiosa ha despedazado a José". Y como si esta palabra: despedazado, le sugiriera lo que debía hacer, comenzó a hacer pedazos sus vestiduras.

Como estaban en lo más caluroso del estío, las vestiduras de Jacob no resistieron demasiado a los desgarrones. Pero, aunque lo hacía con toda la fuerza de su miseria, la desgarradura duró bastante tiempo, por la manera inquietante y silenciosamente metódica como la llevaba a cabo. Aterrados, tratando en vano de evitar aquello, los circunstantes le vieron no sólo despojarse de su túnica, sino - obedeciendo claramente a un insensato deseo - lacerar todo lo que sobre él llevaba, echar los andrajos a sus pies y quedar completamente desnudo. Para los que le rodeaban, habituados a respetar la repulsión que inspiraba a aquel hombre pudibundo todo lo que fuera ver desnudeces, pareció aquel gesto hasta tal punto extraordinario y degradante, que no pudieron soportar el espectáculo y se volvieron de espaldas entre quejumbrosas protestas, y salieron de la tienda tapándose las caras con las manos.

Para explicar su fuga, la palabra "pudor" no sería propia y justa sino tomada en su acepción intrínseca, universalmente olvidada: esto es, como representativa del horror que suscita la naturaleza primitiva cuando se manifiesta a través de las capas de civilización que la recubren, cuando por regla general no aparece en la superficie sino en forma alusiva y bajo la apariencia debilitada de los símbolos. Para expresar una alusión de este género, formulada según las exigencias de la civilidad, se desgarraban las vestiduras con motivo de un gran duelo. Hay que ver aquí la atenuante burguesa del uso primitivo, o, mejor dicho, de lo que era anterior a todos los usos, y que consistía en despojarse de los vestidos para indicar que el indumento, señal distintiva de la dignidad humana en este punto destruida, es desdeñado por el exceso de dolor que reduce al individuo al estado de criatura desnuda. Así lo hizo Jacob. En la agonía de su sufrimiento, volvió al punto de partida de la costumbre, pasando del símbolo a la cosa simbolizada, a la espantosa acción original. Hizo "lo que no se debe hacer" y aquí es donde hay que buscar el origen de aquel horror que inspiró. Los estratos más bajos ascienden. Y si para expresar la hondura de su miseria le hubiera venido a las mientes balar como un carnero, la gente que le rodeaba no se hubiera sentido más impresionada por esto.

Púdicamente, emprendieron la fuga. Le abandonaron. Es dudoso que el deplorable anciano se sintiera complacido con la partida. ¿Tal vez era su más secreto anhelo suscitar horror, y no encontró bien que le dejaran solo, dedicado a sus transportes? Por lo demás, no estaba solo y sus transportes no requerían testigos humanos para conservar su carácter y su voluntad de producir horror. En cuanto a saber hacia quién - o mejor, contra quién - subía su queja desgarradora, a quién se proponía aterrorizar demostrándole, por medio de un expresivo retorno a la primitiva naturaleza, cuan salvajemente se había conducido, al modo de los habitantes del desierto, el desesperado padre lo sabía muy bien y los suyos acabaron por comprenderlo a su vez; particularmente Eliécer, "el más antiguo servidor de Abraham", que le asistió; Eliécer, aquel anciano que era una institución y que decía "yo" de tan singular manera, aquel en busca del cual había ido la tierra.

La terrible noticia, confirmada por la prueba irrefutable, de que el hijo de la Derecha, su hermoso y hábil alumno, había sido víctima de un animal feroz cuando iba de camino, le había herido en el corazón; pero su naturaleza de rara impersonalidad, el sentimiento singularmente extenso que de sí mismo tenía, le permitieron recibir el golpe con cierta flema. Por añadidura, el cuidado que le inspiraba Jacob, el lloroso, le hizo descuidar su propia pena. Eliécer fue quien sustentó a su dueño, aunque Jacob rehusó alimentarse durante varios días; él fue quien le decidió a pasar por lo menos la noche bajo la tienda, tendido en el lecho, mientras que él velaba a la cabecera. Durante el día, Jacob se colocaba sobre un montón de tizones y cenizas, en un rincón sin sombra, apartado de la gente. Desnudo, apretando en sus manos los restos del velo, con los cabellos, las barbas y los hombros cubiertos de ceniza, se rascaba el cuerpo de vez en cuando con un tizón expresamente escogido, como si estuviera cubierto de llagas y de úlceras. Gesto puramente simbólico, porque no tenía úlceras ni mucho menos, pero la rascadura también formaba parte de los signos dirigidos a quien fuera.

La vista del pobre cuerpo macerada, era bastante miserable y digna de compasión, aun sin las dolorosas huellas que le infligía para ilustrar su dolor, y todos, exceptuando al mayordomo, se apartaron con temor y respeto de aquel espectáculo de abandono. El cuerpo de Jacob no era ya el del mozo alerto, delicado, que había luchado en Jabbok contra el extranjero de ojos bovinos, sin sucumbir, y pasado la noche tempestuosa con la que no era la Derecha; ni el cuerpo de aquel que más tarde había procreado a José, en el seno de la Derecha. Unos setenta años habían pasado por él, aunque no se había llevado la cuenta exacta; dichos años no habían dejado de obrar ni de producirle las deformaciones conmovedoras o repugnantes de la edad, que hacían penosa la visión de su desnudez. La juventud se muestra muy de grado y generosamente sin velos, consciente de su belleza, que le sirve de excusa. La edad sabe por qué se envuelve en pudor juntamente con su dignidad. Aquel pecho enrojecido por el calor, cubierto de vellos blancos, cuyas formas se feminizaban, tal como sucede con el pasar de los años, aquellos brazos debilitados, aquellos muslos, los pliegues del vientre fláccido, nadie tenía que verlos, salvo Eliécer, que tomaba con calma el espectáculo y no ponía objeción alguna que turbara las demostraciones de su señor.

Y no era tampoco hombre que impidiera a Jacob tomar las otras medidas que no sobrepasaran las de un duelo severo: en particular, sentarse sobre un montón de inmundicias y ensuciarse constantemente con cenizas que se mezclaban con su sudor y lágrimas. Estas prácticas eran loables y Eliécer se limitó a construir un improvisado cobertizo en el lugar en que Jacob hacía penitencia, para evitar que, en las horas cálidas, el sol de Tammuz le hiriera demasiado cruelmente. A pesar de esta precaución, el rostro lamentable de Jacob, con su boca abierta, el maxilar inferior que pendía entre las barbas, sus ojos que se movían constantemente hacia el cielo, en una mirada venida desde insospechables abismos de aflicción, aquel rostro estaba lastimado por el calor y la prueba. El mismo se complacía en comprobarlo, como hacen los seres conscientemente sensibles que tienen la preocupación de sus diversos estados y que creerían hacerles daño si no los expresaran con palabras.

- Mi rostro - dijo con voz temblorosa - está rojo e hinchado a fuerza de llorar. Doblado por la aflicción, me siento para llorar y las lágrimas chorrean por mi cara.

No era ésta su manera de hablar habitual. Podía notarse inmediatamente. Según ciertos cantos antiguos, Noé había usado ya, a propósito del Diluvio, un lenguaje semejante o aproximado, y Jacob se lo apropiaba. Es bueno, consolador y cómodo para una humanidad presa del sufrimiento tener a su disposición fórmulas lamentosas que daten de las edades primitivas, hechas ya, y capaces de ser adaptadas a la actualidad posterior, como si hubieran sido creadas para ella, fórmulas que consuelan tanto como las palabras pueden consolar en el dolor. De este modo, cualquiera puede servirse de tales lenitivos y confundir su propio sufrimiento con el sufrimiento pasado, aún presente. Jacob no podía tributar mayor homenaje a su aflicción que comparándola con el diluvio universal y usando las palabras que se aplicaron a dicho cataclismo.

Su desesperación se expresaba por medio de fórmulas más o menos consagradas; especialmente, su grito de sufrimiento: "Un animal feroz ha devorado a José... ¡José ha sido desgarrado!", llevaba hasta cierto punto la huella de una herida de otrora, aunque no haya por esto que poner en duda su espontaneidad. ¡No le faltaba espontaneidad a Jacob, a pesar del uso de frases tradicionales!

- El cordero y la oveja han sido degollados - salmodiaba como una letanía, balanceándose y vertiendo amargas lágrimas -. ¡Primero la madre, y ahora el cordero! ¡La oveja ha dejado al corderino a una escasa distancia del albergue; y he aquí que también el corderillo se ha extraviado, se ha perdido! ¡No, no, no! ¡Es demasiado, es demasiado! ¡Ay de mí, ay de mí! Mi lamentación se alza sobre el hijo querido, sobre el arbusto arrancado de raíz, mi esperanza, arrancado como un joven retoño, mi lamentación de duelo. ¡Oh mi Damu, hijo mío! ¡Ya el mundo inferior es tu morada! ¡No comeré más pan, ni beberé más agua, puesto que ha sido desgarrado, José ha sido desgarrado!

De rato en rato, Eliécer le limpiaba el rostro con un paño húmedo, se asociaba a sus quejas cuando éstas se ajustaban a las fórmulas establecidas, o por lo menos le acompañaba, con un murmullo, en el estribillo perpetuo, o en el grito "¡Desdicha!", o cuando decía "¡Desgarrado, desgarrado!" Todo el dominio se lamentaba con Jacob. La gente tenía que haberlo hecho así, aunque la tristeza que le causara la desaparición del amable niño de la casa hubiese sido menos sincera: "¡Hoi achí, hoi adón! ¡Lloremos a nuestro hermano! ¡Llorémosle en el Señor!", cantaban a coro. El son de sus palabras llegaba hasta Jacob y Eliécer; oían, aunque no estuviera expresada en los términos propios, la decisión de no tomar alimento alguno, ni bebida, porque el retoño había sido arrancado y la hierba secada por el viento del desierto.

La costumbre es buena y el hábito benéfico cuando, por medio de prescripciones, canalizan el dolor y la alegría para que no degeneren, errando a la aventura, y para que les sea preparado un lecho quieto donde puedan ser vertidos. Como cualquier otro, Jacob comprendió el beneficio y utilidad de las tradiciones que le ligaban con el pasado. Empero, el nieto de Abraham era un carácter demasiado original, y los sentimientos de orden general se juntaban en él, de manera demasiado vivaz, con las ideas personales, para que este conformismo pudiera satisfacerle. También se lamentaba libremente, forjando él mismo nuevas fórmulas, mientras que Eliécer seguía enjugándole el rostro, echando aquí o allá una palabra de aquiescencia para tranquilizarle, o bien una contradicción destinada a llamarle al orden.

- Lo que yo había temido - articulaba Jacob con su voz disminuida, medio ahogada, en la que ponía el sufrimiento notas agudas -, lo que yo me temí ha caído sobre mí. ¿Te das cuenta de esto, Eliécer, puedes comprenderlo? No, no, no, no; no se puede comprender que lo que se ha temido suceda. Si yo no hubiera temido, y la calamidad me hubiese azotado sin sospecharla, creería en ello y diría a mi corazón: Has pecado por imprevisión, no has prevenido el mal, no lo has tenido en cuenta a tiempo para mantenerle a distancia. La sorpresa es plausible. Pero que se produzca la calamidad que se ha temido de antemano, que ose presentarse a pesar de mis presentimientos, es una abominación a mis ojos, y contraria a lo que fue estipulado.

- Nada ha sido estipulado en materia de pruebas - respondía Eliécer.

- Según el derecho, no. Pero según la sensibilidad humana, si. ¡Y esta sensibilidad tiene también sus razones y sus rebeldías! ¿Para qué habrá recibido el hombre el sentimiento del temor y de la previsión, sino para conjurar el mal y apartar al destino de sus ideas maliciosas, y pensarlas él mismo? El destino se irrita con esto, ciertamente, pero se siente avergonzado y se dice: "¿Son éstas aún mis ideas? Si son las del hombre, no quiero tener más que ver con ellas". ¿Y qué sucedería con el hombre si la previsión y el presentimiento no le sirvieran de nada y si sus temores son vanos, o mejor dicho, fundados? ¿Cómo podrá vivir el hombre si no puede tener la certeza de que las cosas sucederán de otro modo distinto a como él se figura?

- Dios es libre - dijo Eliécer.

Jacob apretó sus labios. Cogió el tizón que había, dejado caer, y se rascó de nuevo sus úlceras simbólicas. Hacía esto cada vez que se pronunciaba el nombre de Dios. Continuó diciendo:

- ¡Cuánto he temido y temblado ante el pensamiento de que una bestia feroz de las marañas asaltara un día a mi niño y le hiciera mal! He soportado que mi angustia fuera objeto de burla para las gentes, que llegaban a decir de mí: "¡Vaya, vaya con la vieja nodriza!" Me he cubierto de ridículo como un hombre que va repitiendo: "¡Estoy enfermo, estoy muriéndome!", pero que tiene siempre buena cara y no se muere; al fin, nadie lo toma en serio, ni siquiera él mismo; un día se lo encuentran muerto, y todos lamentan sus burlas y dicen: "¡Ven, no estaba tan loco!" ¿Podrá gozar el hombre de su confusión? No, porque estará muerto. Y hubiera preferido pasar por loco a sus ojos, a los ojos de aquellos que se burlaban, que ser disculpado de esta manera, de la que no puede satisfacerse. Y yo estoy sentado en un montón de inmundicias, con el rostro hinchado y surcado por el llanto, que chorrea por mis mejillas mezclado con cenizas. ¿Puedo alegrarme porque el mal previsto ha sucedido? No, puesto que ha sucedido; estoy muerto porque José ha muerto, desgarrado, desgarrado...

"Mira, Eliécer; toma y ve: los restos del velo bordado de imágenes. Fue el que quité a la Derecha y la Mejor Amada, en la cámara nupcial, ofreciéndole la flor de mi alma. Y sucedió que era la No-Derecha, por una trampa que me hizo Labán; y mi alma quedó sucia e indeciblemente desgarrada por largo tiempo, hasta el día que, entre crueles sufrimientos, la Derecha me dio al niño Dumuzi; mi todo. Ahora, él también está despedazado y las delicias de mis ojos ya no existen. ¿Se puede creer tal cosa? ¿Es aceptable esta prueba? No, no, no, no; quiero dejar de vivir. ¡Deseo que mi alma vaya al espacio y mi cuerpo a la muerte!

- ¡No peques, Israel!

- ¡Ah, Eliécer! ¡Enséñame a temer a Dios y adorar su infinito poder! El se ha hecho pagar regiamente por el nombre y la bendición, por las lágrimas amargas de Esaú. Fija el precio a su gusto y lo exige sin regateo. No regateó conmigo, ni me dejó en lo que estaba más allá de mis medios. Me tasa según su estimación y quiere conocer mejor que yo la capacidad de resistencia de mi alma. ¿Puedo discutir con él de igual a igual? Sentado en las cenizas, me raspo mis úlceras. ¿Qué más quiere? Mis labios dicen: "Lo que ha hecho el Señor, bien hecho está". ¡Que se ajuste a lo que dicen mis labios! Lo que yo pienso en mi corazón no le interesa a nadie sino a mí. - Pero él lee también en los corazones.

- ¡Y qué quieres que haga yo! El ha creado los corazones de manera que puede leer en ellos. Yo no. Hubiera hecho mejor en dejar al hombre un refugio ante su infinito poder, para que el hombre pudiera murmurar contra lo inaceptable y hacer sus reflexiones sobre la justicia. Mi corazón era su asilo y su tabernáculo predilecto. Cuando lo visitaba, lo hallaba barrido, con el lugar de honor preparado. Ahora este corazón no tiene más que cenizas mezcladas con lágrimas y es el albergue de la miseria. Que se aparte de mi corazón para evitar ensuciarse y se mantenga en mis labios.

- ¡Trata de no pecar, Jacob-ben-Yitzchak!

- No trilles las palabras en tu era, viejo servidor, porque no son sino pajas huecas. Interésate por mí y no por Dios, pues su grandeza infinita se ríe de tu solicitud, mientras que yo no soy más que un amasijo de miseria. No me hables desde afuera, háblame en el lenguaje del corazón, pues no puedo soportar otro. ¿Sabes tú y has comprendido que José ya no existe y que ya no volverá nunca, nunca? Pensando en esto podrás hablar el lenguaje de mi corazón y no aventar pajas vacías en la era; con mi propia boca, yo le ordené ese viaje, diciéndole: Parte para Shekem, prostérnate delante de tus hermanos para que regresen y para que Israel no sea como un tronco despojado de su ramaje. Yo se lo impuse, yo me lo exigí, yo nos traté duramente, insistiendo en que viajara solo, sin escolta; pues reconocía que su locura era la mía y no me disimulaba mis faltas, conocidas por Dios. Pero Dios me ha disimulado lo que sabía y sus crueles designios. Esta es la fidelidad del Dios poderoso y he aquí cómo devuelve sinceridad por sinceridad.

- ¡Conserva, al menos, tus labios puros, hijo de la legítima!

- Mis labios están hechos para que yo escupa lo que es imposible tragar. ¡Que tus palabras no vengan de afuera, Eliécer, sino de adentro! ¿En qué piensa Dios al imponerme un sacrificio que hace que mis ojos se revuelvan y que se extravíe mi espíritu, porque no es a mi medida? ¿Tengo yo la resistencia de las piedras y es mi carne de bronce? ¡Si, en su sabiduría, me hubiera hecho de bronce!... Pero tal como soy, el sacrificio es demasiado grande para mí. ¡Mi niño, mi Damu! ¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó! ¡Si no me lo hubiera dado! ¡O si no me hubiera sacado del seno maternal, ni a mí ni a nada! ¿Qué pensar, Eliécer, a dónde volverse, en esta miseria? Si yo no existiera, yo no sabría nada y no sucedería nada. Pero desde el momento que existo, de todas maneras es preferible que José haya muerto en vez de que no haya existido, pues así algo me queda: mi dolor. ¡Ah, Dios ha querido que no se le pueda llevar la contraria y que uno se vea obligado a decir sí, en el mismo instante en que está diciendo no! ¡Sí, se lo dio a mi vejez, glorificado sea su nombre! ¡Lo moldeó con sus manos y lo hizo encantador y amable! Como la leche lo hizo, formó su cuerpo bien construido, revistiendo sus miembros de carne y de piel, derramando sobre él sus gracias. Cuando el niño me cogió por las orejas, riendo, y me dijo: "¡Padrecito, dámela!", yo se la di, porque no soy de bronce ni de piedra. Y cuando lo llamé y le hice ver la obligación de que partiera para ese viaje, él exclamó: "¡Listo estoy!", y saltó sobre sus talones. ¡Cuando pienso en esto, mi queja brota de mi como el agua del manantial! Es como si, habiéndole cargado la leña del sacrificio, lo hubiera conducido de mi mano, llevando yo mismo el fuego y el cuchillo. Oh Eliécer: de esto habría yo sido incapaz, lo he reconocido delante de Dios y lo he confesado con contrición, lealmente. ¿Crees tú que ha agradecido mi humildad y aceptado compasivamente mi confesión? No; sopló fuego por sus narices y dijo: "Que se cumpla el sacrificio de que tú eres incapaz, y si a ti te falta valor para darme a tu hijo, yo lo tomaré". ¡He aquí a Dios! Mira la vestidura y los restos de la vestidura llenos de sangre. Esta es la sangre de sus venas que el animal feroz ha desgarrado junto con su carne. ¡Horror, horror! ¡Oh pecado de Dios, oh ciega e irrazonable felonía! ¡Yo he exigido demasiado de él, Eliécer, he exigido demasiado del niño! Se habrá extraviado de camino, perdido en el desierto, y el monstruo ha caído sobre él para devorarle, sin que le detuviera su terror. ¿Quizás gritó el niño, llamándome, quizás llamó a su madre, que murió cuando él era pequeño? Nadie le ha oído, Dios veló por esto. ¿Crees tú que ha sido un león el que le ha devorado? ¿O un cerdo salvaje, con los pelos erizados, que lo habrá destrozado con sus colmillos?

Jacob tembló, callóse y se sumió en la meditación. Inevitablemente, por una asociación de ideas, la palabra "cerdo" trasladaba la tragedia espantosa, única, que había desgarrado su corazón, al plano superior, antiguo y trazado de antemano, al plano del eterno presente sometido al movimiento giratorio; le señalaba, de cierto modo, su lugar entre las estrellas; el verraco, el jabalí irritado, era el fratricida Set, el asesino del dios, era el Rojo, era Esaú, al que por excepción él, Jacob, había sabido enternecer, llorando a los pies de Elifas, pero que, según el prototipo, despedazaba a su hermano. ¿Quién sabe si ese cerdo no podría manifestarse en el plano terrestre bajo una forma fragmentaria, repartida en diez entidades diversas? En este momento, una especie de sospecha, sugerida por la tradición, estuvo a punto de ascender desde las profundidades de su ser, donde, desde que Jacob recibió los sangrientos jirones, se había movido y trataba de alzarse hasta la conciencia del padre: obscuramente, Jacob presintió cuál era el jabalí maldito que había desgarrado a José. Pero, aun antes de que este pensamiento saliera a superficie, lo dejó caer en las tinieblas y se dedicó cuanto pudo a hundirlo y dominarlo. Por un fenómeno singular, lo apartaba, se defendía contra una hipótesis que, no obstante, le hubiera permitido identificar en el plano inferior el acto antaño llevado a cabo en el plano superior; si una sospecha se hubiera instalado en él, hubiérase revuelto contra él mismo. Su valor y su amor a la verdad eran lo bastante grandes para que, habiéndose reconocido solidario con las faltas de José, se impusiera apartarla de sí. Empero, por una excusable debilidad, este valor y este amor a la verdad no llegaban hasta hacerle asumir la responsabilidad que fatalmente habría dejado aparecer una sospecha que tuviera que ver con el hermano o, mejor dicho, con los hermanos. ¿Cómo? ¿Convenir que él era el jabalí, y que, gracias a su loco cariño borracho de sí mismo, había hecho caer a José? Era pedirle demasiado: y, en su amargo dolor, arrojaba fuera de sí esta idea. Esta sospecha inconfesada, desterrada en las tinieblas, era lo que daba a su sufrimiento un gusto de hiel y le incitaba a mostrar su aflicción ante Dios.

La idea de Dios obsesionaba a Jacob. Estaba detrás de todo y allí se fijaban sus ojos meditativos, ahogados en lágrimas, desesperados. León o jabalí, Dios había querido, permitido, llevado a cabo, en resumen, aquel horror, y Jacob sentía cierta satisfacción, corriente en el hombre, de que su desesperación le diera licencia para entrar a discutir con Dios. Estado elevado, en suma, que contrastaba singularmente con aquellas muestras de humildad, la desnudez y las cenizas. Cierto es que para entrar en discusión con Dios era indispensable la humillación. Jacob, flagelando su aflicción, se autorizaba para hablar sin rodeos y no tener cuenta con sus labios.

- ¡Eso es Dios! - se repetía con un temblor acentuado -. ¡El Señor no me ha interrogado, Eliécer! No me ha dicho: "¡Ofréceme a tu amado hijo!" ¿Quién sabe si mi valor no hubiera sido mayor de lo que esperaba mi humildad? Quizás yo habría conducido al niño a Moría, a pesar de sus preguntas sobre el cordero del sacrificio, quizás hubiera podido oírle sin desfallecer, y osado alzar el cuchillo sobre Isaac, confiando en el carnero; ¡el Señor me hubiera puesto a prueba! Pero no lo ha hecho así, Eliécer, no lo ha hecho así. No me ha juzgado digno de la prueba. Cuando reconozco que no soy completamente ajeno a las disensiones entre los hermanos, se sirve de esto para atraer al hijo de mi corazón y hacerle errar a la ventura, de modo que un león se eche sobre él o que un puerco salvaje hunda sus colmillos en su carne y hoce en sus entrañas. Ese animal lo devora todo, tú lo sabes, y lo ha devorado. Ese animal ha llevado a su guarida, a sus pequeños lechones salvajes, pedazos de José. ¿Se puede creer y admitir tal cosa? No, eso no se puede hacer. La escupo, como el pájaro escupe la broza. Mírala, ahí está por los suelos. Dios hará de ella lo que quiera, que yo, por mi parte, no la quiero conmigo.

- ¡Vuelve en ti, Israel!

- No, mayordomo, ¡no soy dueño de mí! Dios ha extraviado mis sentidos, y ahora ha de oír mis palabras. El es mi creador, ya lo sé. Me ha colado como leche y me ha elaborado como queso. Estoy conforme. Pero ¿qué sería El, y dónde estaría, si no fuera por mis padres y por mi? ¿Tan poca memoria tiene? ¿Ha olvidado el tormento y la pena que el hombre se ha tomado por El, y cómo Abraham lo ha descubierto y realizado por el pensamiento, tan bien, que tuvo ganas de besarse las puntas de los dedos juntos, exclamando: "En fin, ya voy a ser llamado Maestro y Todopoderoso"? Yo me pregunto: ¿ha olvidado el pacto, ya que se conduce como si yo fuera un enemigo? ¿En qué he desmerecido yo? Que me lo haga ver. ¿He quemado incienso a los baalim del país o enviado besos a los astros? Nada criminal había en mí, y mi oración era pura. ¿Por qué soy objeto de violencia, en lugar de hallar la equidad? Que me aniquile entonces, en seguida, y me precipite en la tumba a su gusto, que esto le costaría poco trabajo, aun sin motivo, porque no pido más que dejar de vivir, ya que la violencia es ley. ¿Es para burlarse del espíritu humano por lo que hunde a los buenos y a los malvados? ¿Pero dónde estaría El sin el espíritu humano? Eliécer, el pacto ha sido roto. No me preguntes por qué, pues sufriría yo al responderte. Dios no ha caminado al mismo paso que nosotros, ¿me comprendes bien? Dios y el hombre se habían escogido mutuamente y habían concluido una alianza, para que cada uno pudiera llevarse a cabo y santificarse en el otro. Pero el hombre ha adquirido delicadeza, se ha afinado en Dios, su alma se ha pulido, y he aquí que Dios le manda una prueba, una abominación del desierto que no sabría admitir y que escupiría forzosamente diciendo: "¡Esto no es para mí!" Entonces, Eliécer, es necesario deducir que Dios no ha ido al paso con nosotros en la vía de la santificación, que se ha quedado atrás, aun en el estado de demonio.

Tales frases causaban en Eliécer el espanto consiguiente. Imploraba al cielo para que fuera indulgente con su amo, que no era dueño de sí. Le regañaba:

- Usas un lenguaje impío que no se debe oír, y, contra todo bien, pisoteas un pedazo del manto del Señor. Yo soy quien te lo dice; yo, que, por la gracia de Dios, vencí con Abraham a los reyes de Oriente, y que vi a la tierra alzarse y venir a mi encuentro cuando fui en embajada matrimonial. Reprochas a Dios ser un demonio del desierto y te la das de delicado y refinado frente a El; pero es en tus palabras donde aúlla el desierto, y decepcionas y apartas la lástima que inspira tu gran dolor, dejando degenerar así tu aflicción, y tomándola como pretexto para permitirte una horrible libertad de expresión. ¿Quieres discutir sobre la justicia y la injusticia, y constituirte en juez por encima de Aquel que no solamente ha creado a Behemoth, cuya cola se erige como un cedro, y a Leviatán, con sus dientes rodeados de terror y sus escamas semejantes a escudos de bronce, sino también a Orión, las Pléyades y el alba matutina, y las serpientes y el Abubu del polvo? ¿No te ha dado, acaso, la bendición de Isaac, con preferencia a Esaú, algo mayor que tú, y confirmado magníficamente su promesa en Beth-el, por la visión de la escala? Bien te has acomodado colocándote, cuando no tienes nada que decir a esto, en el punto de vista del espíritu humano delicado y refinado, pues todo eso respondía a tus deseos. ¿No te enriqueció en casa de Labán, y no descorrió los cerrojos polvorientos para que pudieras huir con los tuyos? ¿No fue Labán ante ti como un cordero, en las montañas de Galaad? Y ahora que te sucede una desgracia, muy pesada de llevar, nadie lo duda, te encabritas, mi amo, te comportas como un asno testarudo, arrojas tus vestiduras como un libertino y dices que Dios se ha dejado sobrepasar por el hombre. ¿Estás tú libre, pues, de pecado, tú que estás hecho de carne; estás seguro de que toda tu vida has practicado la justicia? ¿Pretendes comprender lo que es demasiado elevado para ti, sondear las profundidades de la vida y sus misterios, para que alces tu voz humana diciendo: "Esto no es para mi y yo soy más santo que el Señor"? En verdad, yo no debía de haber escuchado esas palabras, ¡oh hijo de la legítima! 

 - Sí, tú, Eliécer - respondió Jacob dejándose llevar por la ironía -. ¡Tú estás en lo cierto y ahí puedes quedarte! Tú has ingurgitado la verdad a grandes cucharadas y la exudas por todos tus poros. Es verdaderamente edificante tu manera de echarme una reprimenda y de insinuar que tú has dispersado, en compañía de Abraham, a los reyes, lo cual es sencillamente imposible. Pues hay motivo para suponer, según toda apariencia de razón, que tú eres mi hermanastro, nacido de una sirvienta en Damasco, y tus ojos han visto tan poco a Abraham como los míos. ¡Mira, éste es el caso que yo hago de tus discursos edificantes, en mi miseria! Yo era puro, pero Dios me ha hundido hasta el cuello en el fango, y los hombres en mi situación se afianzan a su razón; no teniendo más que hacer de los piadosos ornamentos de la verdad, la dejan ir desnuda. Por lo demás, dudo, igualmente, de que la tierra fuera a tu encuentro. ¡Y hemos terminado!

- Jacob, Jacob, ¿qué haces? Destruyes el universo en el exceso de tu aflicción; lo rompes en pedazos y lo arrojas a la cabeza de quien te exhorta (que prefiero no decir a qué cabeza lo lanzas, hablando propiamente). ¿Eres el primero a quien ha llegado el sufrimiento, y no tiene derecho el dolor a golpearte sin que tu vientre se hinche de blasfemias, sin que te rebeles y embistas, cabeza baja, contra Dios? ¿Piensas que las montañas cambiarán de lugar por tu causa y que las aguas cambiarán la dirección de sus corrientes? ¿Estás dispuesto a reventar de rabia ahora mismo, llamando impío al Señor y tratando de inicuo al Sublime?

- Cállate, Eliécer. ¡Te lo ruego; no hables de mí así, a troche y moche, que el dolor pone mi sensibilidad a lo vivo y no lo soportaría más! ¿Ha sido Dios el que se ha visto obligado a echar a su hijo único como pasto de los jabalíes y los jabatos en su manida, o he sido yo? ¿Por qué ha de ser El a quien reconfortes y por qué has de tomar su partido? Tú no comprendes ni gota y quieres hablar en nombre de Dios. ¡Ah, defensor de Dios, él te lo agradecerá y te recompensará por haberle protegido, magnificando astutamente sus actos, porque es Dios! Pero lo que yo quiero decir es esto: te romperá los dientes. Porque tú lo defiendes en falso, tratas de engañarle como se engaña a un hombre tratando de agradarle secretamente. Eres un hipócrita; El no te querrá por haberte puesto así de su parte y defender servilmente su causa cuando me ha hecho esto que clama al cielo, echando a José como aumento a los jabatos. Yo podría usar también tu lenguaje, pues tengo tanto sentido común como tú. Pero yo, que me expreso de manera tan diferente, estoy más cerca de él que tú. Pues uno se encuentra obligado a defender a Dios contra sus defensores y a protegerlo contra los que le buscan excusas. ¿Si pensaras que es un hombre, aunque dotado de un poder infinito, te pondrías de parte de El, contra mí que soy un gusano? Al decir que El es eternamente grande, malgastas tus palabras, si no sabes que Dios está por encima de Dios, que se sobrepasa eternamente y que te castigará desde las alturas, donde El es mi refugio y mi salud, y donde tú no estarás si te pones entre El y yo.

- Nosotros somos todos carne corrompida y estamos desnudos ante el pecado - respondió dulcemente Eliécer -. Cada uno debe abundar en el sentido de Dios, en la medida que lo comprende y hasta donde sus facultades se lo permiten, pues nadie puede alcanzar su altura. Admitamos que hemos usado un lenguaje inconveniente. Ahora, ven, querido señor, vuelve a entrar en tu morada, que ya te has dedicado por bastante tiempo a las prácticas que comporta el duelo, llevándolas al paroxismo. Tu rostro está hinchado por el calor que hace sobre este montón de tizones, y eres demasiado frágil, demasiado delicado, para soportar tales manifestaciones de dolor.

- ¡Por las lágrimas, por las lágrimas tengo el rostro inflamado e hinchado, de tanto llorar al amado!

Jacob, después de decir esto, siguió a Eliécer y se dejó conducir a su tienda. El también había terminado de interesarse por las basuras, por la desnudez y por el rascar sus llagas simbólicas, pues todo esto no había tenido más objeto que permitirle discutir abundantemente con Dios.


En José y sus hermanos (Cap. VII "El descuartizado")
Traducción de José María Souviron
Ediciones Guadarrama, Barcelona, España, 1977
Foto: Thomas Mann Holding Small Figurine ca. 1930s © Corbis