10 dic. 2012

Ludwig Wittgenstein - Presuposición implícita



Ludwig Wittgenstein


Imagínate que observamos el movimiento de un punto (de un punto luminoso sobre una pantalla, por ejemplo). Del comportamiento de este punto se podrían sacar importantes conclusiones de la más diversa naturaleza. ¡Pero cuántas cosas diversas pueden observarse en él!  —  La trayectoria del punto y algunas de sus medidas (por ejemplo, la amplitud y la longitud de onda), o bien la velocidad y la ley según la cual ésta varía, o el número, o la posición, de los lugares en los que varía repentinamente, o la curvatura de la trayectoria en esos lugares, y muchas más cosas.  —  Y cada una de estas características del comportamiento del punto podría ser la única que nos interesara. Por ejemplo, todo en ese movimiento nos podría ser indiferente, excepto el número de círculos trazados en un tiempo determinado.  —  Y si no sólo nos interesara una de estas características, sino varias de ellas, cada una de ellas podría proporcionarnos un dato particular, distinto por su naturaleza de todos los demás. Y así es con la conducta del hombre, con las diversas características que observamos de esta conducta.

Así pues, ¿la psicología trata de la conducta, no de la mente?

¿Sobre qué informa el psicólogo?  —  ¿Qué observa? ¿No es la conducta de los seres humanos, en particular sus manifestaciones? Pero éstas no tratan de la conducta.

«Noté que estaba de mal humor.» ¿Es esto un informe sobre la conducta o bien sobre el estado anímico? («El cielo tiene un aspecto amenazador»: ¿trata esto del presente o del futuro?) De ambas cosas; pero no yuxtapuestas; sino de la una a través de la otra.

El médico pregunta: «¿Cómo se siente él?» La enfermera dice: «Se queja». Un informe sobre la conducta. ¿Pero tiene que existir para ambos la pregunta de si esa queja es realmente genuina, si es realmente la expresión de algo? ¿No podrían, por ejemplo, sacar la conclusión «Si se queja, tendremos que darle otra píldora calmante» —  sin callarse un término intermedio? ¿Lo importante no es al servicio de qué ponen la descripción de la conducta?

«Pero entonces ellos parten justamente de una presuposición implícita.» Entonces, el proceso de nuestro juego de lenguaje se basa siempre en una presuposición implícita.

Describo un experimento psicológico: el aparato, las preguntas del experimentador, las acciones y respuestas del sujeto —  y ahora digo que esto es una escena de una obra de teatro.  —  Entonces cambia todo. Así se dirá: Si en un libro sobre psicología se hubiera descrito ese experimento del mismo modo, la descripción del comportamiento se interpretaría justamente como una expresión de algo mental, porque presuponemos que el sujeto no nos está tomando el pelo, no se ha aprendido las respuestas de memoria, y cosas parecidas.  —  ¿Así pues, hacemos una presuposición?

¿Nos expresaríamos realmente así: «Naturalmente, parto de la presuposición de que...»?  —  ¿O, si no lo hacemos, es sólo porque el otro ya sabe esto?

¿No existe una presuposición donde existe una duda? Y la duda puede faltar por completo. La duda tiene un final.

Aquí es como con la relación: objeto físico e impresiones sensoriales. Tenemos aquí dos juegos de lenguaje y sus relaciones mutuas son de naturaleza complicada.  —  Si queremos llevar estas relaciones a una relación simple, nos equivocaremos.

***

Imagínate que alguien dijera: cada una de las palabras que nos son familiares, que aparecen en un libro, por ejemplo, provoca ya en sí misma en nuestro espíritu una neblina, un 'aura' de empleos débilmente insinuados.  —  Como si en un cuadro cada una de las imágenes también estuviera rodeada de escenas delicadas, pintadas nebulosamente, como si fuera en otra dimensión, y nosotros viéramos las imágenes aquí en otras conexiones.  —  ¡Tomemos en serio este supuesto!  —  Entonces se ve que no puede explicar la intención.

En efecto, si fuera así: que tuviéramos presentes a medias las posibilidades de empleo de una palabra al hablar o al escuchar —  si fuera así, esto valdría solamente para nosotros.

Pero nos entendemos con los demás, sin saber si ellos también tienen estas experiencias.

¿Qué le replicaríamos a alguien que nos comunica que en él la comprensión es un proceso interno?  —  ¿Qué le replicaríamos si dijera que en él el saber jugar al ajedrez es un proceso interno?  —  Que a nosotros no nos interesa nada de lo que ocurre dentro de él cuando queremos saber si sabe jugar al ajedrez.  —  Y si él respondiera a esto que justamente sí nos interesa: —  a saber, que él sepa o no jugar al ajedrez  — ,tendríamos que hacerle notar los criterios que nos demostrarían su capacidad, y por otro lado los criterios para los 'estados internos'.

Incluso si alguien tuviera una determinada capacidad sólo cuando sintiera algo determinado y en la medida en que lo sintiera, este sentimiento no sería la capacidad.

El significado no es la vivencia que se tiene al oír o pronunciar la palabra, y el sentido de la oración no es el complejo de estas vivencias.  —  (¿Cómo se compone el sentido de la oración «Todavía no lo he visto» de los significados de las palabras que contiene?) La oración se compone de esas palabras, y esto es suficiente.

Cada palabra —  quisiéramos decir  —   puede ciertamente tener un carácter distinto en distintos contextos, pero siempre tiene un único carácter —  un único rostro. Éste nos mira.  —  Pero también un rostro pintado nos mira.

¿Estás seguro de que hay un único sentimiento del «si»; y no quizás varios? ¿Has intentado proferir la palabra en contextos muy diversos? Por ejemplo, cuando en ella está el acento principal de la oración, y cuando está en la palabra siguiente.

Imagínate que encontrásemos un hombre que acerca de los sentimientos que contienen sus palabras nos dijera: que para él «si» y «pero» tienen el mismo sentimiento.  —  ¿No deberíamos creerlo? Quizás nos extrañaría. «No juega nuestro juego en absoluto», quisiéramos decir. O también: «Éste es un tipo diferente.»
¿No creeríamos que él entiende las palabras «si» y «pero» igual que nosotros cuando las emplea como nosotros?

Se aprecia mal el interés psicológico del sentimiento del «si» cuando uno lo considera como correlato obvio de un significado; más bien hay que verlo en otro contexto, en el de las circunstancias particulares en las que se presenta.

¿No tiene uno nunca el sentimiento del «si», cuando no profiere la palabra «si»? En todo caso sería curioso que sólo esta causa produjera dicho sentimiento. Y esto vale en general para la 'atmósfera' de una palabra: —  ¿por qué se considera tan obvio que sólo esta palabra tenga esta atmósfera?

El sentimiento del «si» no es un sentimiento que acompañe a la palabra «si».

El sentimiento del «si» debería ser comparable al 'sentimiento' particular que nos provoca una frase musical. (Un sentimiento de esta clase se describe a veces diciendo «Aquí es como si se sacara una conclusión», o bien, «Quisiera decir 'por lo tanto...'», o «en este caso siempre quisiera hacer un gesto  —  » y entonces uno lo hace.)

¿Pero puede separarse este sentimiento de la frase? Y, sin embargo, no es la frase misma; pues alguien la puede oír sin ese sentimiento.

¿Es en esto parecido a la 'expresión' con la que se toca la frase musical?

Decimos que este pasaje nos provoca un sentimiento muy especial. Lo cantamos para nosotros mismos, y al hacerlo lo acompañamos de un determinado movimiento, quizá también tenemos alguna sensación particular. Pero estos acompañamientos —  el movimiento, la sensación  —   no los reconoceríamos en absoluto en otro contexto. Son completamente vacíos, excepto justamente cuando cantamos ese pasaje.

«Lo canto con una expresión muy determinada.» Esta expresión no es algo que se pueda separar del pasaje. Es otro concepto. (Otro juego.)

La vivencia es este pasaje, tocado así (así como lo hago ahora; una descripción sólo la podría insinuar).

La atmósfera inseparable de la cosa —  por tanto no es ninguna atmósfera.

Lo que está íntimamente asociado, lo que fue íntimamente asociado, eso parece concordar. ¿Pero cómo lo parece?, ¿Cómo se manifiesta el hecho de que parezca concordar? Más o menos así: no podemos imaginarnos que el hombre que tenía este nombre, este rostro, esta caligrafía, no produjera estas obras, sino otras muy distintas (las de otro gran hombre). ¿No nos lo podemos imaginar? ¿Acaso lo intentamos?  —  Podría ser así: Oigo decir que alguien pinta un cuadro «Beethoven escribiendo la Novena Sinfonía». Me puedo imaginar fácilmente lo que se podría ver en un cuadro así. ¿Pero qué tal si alguien quisiera representar el aspecto que habría tenido Goethe al escribir la Novena Sinfonía? No podría imaginarme nada que no fuera penoso y ridículo.


En Investigaciones filosóficas
Traducción: Alfonso García Suárez y Ulises Moulines