7 dic. 2012

Lafcadio Hearn - En el mercado de los muertos



Lafcadio Hearn © Bettmann/CORBIS


I

Son un poco más de las cinco de la tarde. A través de la puerta abierta de mi pequeño estudio la brisa creciente del atardecer comienza a agitar los papeles de mi escritorio, y el fuego blanco del sol japonés está adquiriendo ese tono ámbar pálido que indica que el calor del día ha terminado. No hay en el cielo una sola nube, ni siquiera una de esas bellas formaciones blancas y fibrosas, como fantasmas de pelusa de seda, que normalmente nadan en este cielo, el más etéreo de los cielos terrenales, incluso en el tiempo más seco.

Una sombra repentina aparece en mi puerta. Akira, el joven estudiante budista, está en el umbral liberando sus pies blancos de las correas de sus sandalias, como preparación para su entrada, y sonriendo como el dios Jizô.

- ¡Ah!, komban, Akira.

- Esta noche - dice Akira mientras se sienta en el suelo en la postura de Buda sobre el loto - , tendrá lugar el Bon-ichi. ¿Te gustaría verlo?

- Oh, Akira, me gustaría ver todas las cosas de este país. Pero dime, te lo ruego, ¿a qué se parece el Bon-ichi?

- El Bon-ichi - responde Akira - es un mercado en el que se vende todo lo necesario para la Fiesta de los Muertos; y la Fiesta de los Muertos comenzará mañana: se embellecerán todos los altares de los templos y todas las aras domésticas de los buenos budistas.

- Entonces quiero ver el Bon-ichi, Akira, y también me gustaría ver un altar budista, un altar doméstico.

- Sí, ¿vendrás a mi habitación? - pregunta Akira - . No está lejos, en la calle de los Ancianos, más allá de la calle del Río Pedregoso, y cerca de la calle Eterna. Hay allí un butsuma, un altar doméstico, y por el camino te hablaré del Bonku.

Así que, por primera vez, oigo hablar de estas cosas, sobre las que ahora me dispongo a escribir.

II

Del 13 al 15 de julio se celebra la Fiesta de los Muertos, el Bommatsuri o Bonku, llamado por algunos europeos Fiesta de los Faroles. Sin embargo, en muchos lugares se celebran anualmente dos fiestas de este tipo; pues quienes todavía siguen el antiguo cómputo lunar del tiempo sostienen que el Bommatsuri debería caer en los días 13, 14 y 15 del séptimo mes del calendario antiguo, que corresponde a un periodo posterior del año.

A primeras horas de la mañana del día 13, se extienden sobre todos los altares budistas esteras nuevas de la más pura paja de arroz tejidas especialmente para la festividad, y también sobre todos los butsuma o butsudan, el pequeño altar ante el cual se ofrecen las oraciones matinales y vespertinas en todos los hogares creyentes. Los altares de templos y casas también se decoran con hermosos adornos de papel de colores, y con flores y brotes de ciertas plantas ahuecadas, siempre con verdaderas flores de loto, cuando es posible obtenerlas, si no con lotos de papel y ramas recién cortadas de shikimi (anís) y misohagi (lespedeza). Entonces se coloca sobre al altar una mesita lacada - llamada zen - como las que se utilizan habitualmente en Japón para servir la comida, y sobre ella se ponen las ofrendas. Sin embargo, en los altares más pequeños de las casas japonesas lo más frecuente es que las ofrendas se coloquen sencillamente sobre la estera de arroz, envueltas en hojas frescas de loto.

Estas ofrendas consisten en los alimentos llamados somen, parecidos a nuestros fideos; gozen, que es arroz hervido, dango, una especie de pequeña albóndiga; berenjenas, y frutos del tiempo, a menudo uri y saikwa, rodajas de melón y sandía, y ciruelas y melocotones. A menudo se añaden pasteles y otras exquisiteces. En ocasiones la ofrenda consiste sólo en o-sho-jin-gu (honorable comida cruda); más a menudo es o-rio-gu (honorable comida hervida); aunque, naturalmente, jamás incluye pescado, carnes o vino. Al espectral huésped se le da agua clara, con la que, mediante una rama de misohagi, se rocía ocasionalmente el altar del templo, o el interior del altar doméstico; cada hora se sirve té a los invisibles visitantes, y todo se presenta primorosamente en pequeños platos, vasos y cuencos, como si se tratara de huéspedes vivos, con hashi (palillos) puestos junto a la ofrenda. De este modo, durante tres días, se agasaja a los muertos.

Al ocaso, se encienden antorchas de pino, clavadas en el suelo delante de cada casa, para guiar a los espíritus visitantes. En ocasiones, también, durante la primera noche del Bommatsuri, se prenden hogueras de bienvenida (mukaebi) a lo largo de la orilla del mar, lago o río junto al que se encuentra la aldea o ciudad, ni más ni menos que ciento ocho hogueras, número éste que tiene algún tipo de significado místico en la filosofía del budismo. Cada noche, en las entradas de las casas se cuelgan unos adorables faroles, los faroles de la Fiesta de los Muertos, faroles de formas y colores especiales, bellamente pintados con evocaciones de paisajes y formas de flores, y siempre decorados con un peculiar fleco de serpentinas de papel.

Igualmente, esa misma noche, quienes tienen amigos muertos acuden a los cementerios y hacen allí ofrendas, y rezan, queman incienso y vierten agua para las ánimas. Se ponen flores en los jarrones de bambú colocados junto a cada haka, y se encienden y cuelgan faroles delante de las tumbas, aunque estos faroles no llevan dibujos.

A la puesta del sol del día 15, en los templos sólo se hacen las ofrendas llamadas segaki. Entonces se alimenta a las ánimas del Círculo de Penitencia, llamado Gakidô, el lugar de los espíritus hambrientos; entonces, los sacerdotes alimentan también a aquellas ánimas que no tienen entre los vivos otros amigos que velen por ellos. Estas ofrendas son muy, muy pequeñas, como las que se hacen a los dioses.

III

Pues bien, me dice Akira, el origen de las ofrendas segaki, tal como se cuenta en el libro sagrado Busetsuuran-bongyo es el siguiente:

Dai-Mokenren, el gran discípulo de Buda, obtuvo el mérito de los Seis Poderes Sobrenaturales. Y en virtud de ellos le fue dado ver el alma de su madre en el Gakidô, el mundo de los espíritus condenados a sufrir hambre como expiación por faltas cometidas en una vida anterior. Mokenren vio que su madre sufría mucho; su dolor la hacía lamentarse terriblemente, y Mokenren llenó un cuenco con la comida más selecta y se lo mandó. El vio cómo ella intentaba comer; pero cada vez que trataba de llevarse la comida a los labios, ésta se convertía en fuego y brasas ardientes, de modo que no podía comer. Entonces Mokenren preguntó al Maestro qué podía hacer para aliviar el dolor de su madre. Y el Maestro respondió:

- Durante el decimoquinto día del séptimo mes, alimenta a las ánimas de los grandes sacerdotes de todos los países.

Y Mokenren, una vez lo hubo hecho, vio que su madre se había visto liberada del estado de gaki y bailaba de contento. Éste es también el origen de las danzas llamadas bon-odori, que se bailan en todo el Japón durante la Fiesta de los Muertos.

En la tercera y última noche tiene lugar una ceremonia de misteriosa belleza, más conmovedora que las ofrendas segaki, más extraña que el bon-odori: la ceremonia de la despedida. Todo cuanto pueden hacer los vivos para complacer a los muertos se ha hecho; el tiempo asignado por los poderes de los mundos invisibles a los espectrales visitantes casi ha terminado, y sus amigos deben hacerlos regresar.

Todo está listo para ellos. En cada hogar pequeñas barcas hechas de paja de cebada prietamente tejida han sido abastecidas de comida selecta, de pequeños faroles y de mensajes escritos de fe y amor. Rara vez tienen estas barcas más de dos pies de longitud; los muertos, sin embargo, necesitan poco espacio. Y las frágiles embarcaciones se botan en el canal, el lago, el mar o el río, cada cual con su farol en miniatura brillando en la proa e incienso humeando en la popa. Y si la noche es buena, su travesía es larga. Por arroyos, ríos y canales, las flotas espectrales avanzan con su pálida luz hacia el mar; y hasta el horizonte, el mar todo centellea con las luces de los muertos, y el viento marino trae la fragancia de su incienso.

Mas, ¡ay!, actualmente en los grandes puertos de mar está prohibido botar los shôryôbune, las barcas de las ánimas bienaventuradas.

IV

Tan angosta es la calle de los Ancianos, que si extiendes los brazos puedes tocar a un mismo tiempo los letreros de tela estampada de las tiendecitas de ambos lados. Y estas casitas en forma de arca parecen de verdad casas de muñecas; aquella en la que vive Akira es incluso más pequeña que el resto, pues no tiene ni tienda ni segundo piso en miniatura. Está cerrada a cal y canto. Akira descorre el amado de madera que constituye la puerta, y después los paneles con láminas de papel que hay detrás; y así abierta, la diminuta estructura, con su trabajo de carpintería sin pintar y sus separaciones de papel pintadas, se parece un poco a una gran pajarera. Sin embargo, el esterado de juncos del suelo elevado es reciente, despide un olor dulce y está inmaculado; y mientras nos descalzamos para subirnos encima, veo que todo lo que hay allí dentro es pulcro, curioso y bonito.

- La mujer ha salido - dice Akira, al tiempo que coloca el brasero (hibachi) en medio del suelo, y extiende a su lado una esterilla para que me acuclille en ella.

- Pero ¿qué es esto, Akira? - pregunto señalando una delgada tabla que, atada a una cinta, cuelga de la pared; una tabla cortada del centro de una rama de tal modo que se ha dejado la corteza de los bordes. Sobre ella, exquisitamente pintadas, hay dos columnas de signos misteriosos.

- Oh, eso es un calendario - responde Akira - . En el lado de la derecha están los nombres de los meses que tienen treinta y un días; a la izquierda, los nombres de los que tienen menos. Bueno, pues aquí tienes un altar doméstico.

En la hornacina que es parte indispensable de la estructura de los cuartos de huéspedes japoneses, hay un armarito de factura local pintado con figuras de aves en vuelo; y sobre este armarito está el butsuma. Es un altar pequeño, lacado y dorado, con puertecitas que imitan las de la entrada al recinto de un templo; se trata de un altar muy pintoresco, muy destartalado (una de las puertas ha perdido sus goznes), pero que no deja de ser un objeto exquisito a pesar de la laca agrietada y el dorado desvaído. Akira lo abre con una especie de sonrisa compasiva; y yo miro el interior en busca de la imagen. No la hay; sólo una tablilla de madera que lleva adherida una tira de papel blanco, con caracteres japoneses - el nombre de una niña muy pequeña, muerta -, un jarrón con flores marchitas, un diminuto grabado de Kannon, la diosa de la compasión, y un pebetero lleno de cenizas de incienso.

- Mañana - dice Akira -, la mujer decorará esto, y hará las ofrendas de comida para la pequeña.

Colgada del techo, en el otro extremo de la habitación y delante del altar, hay una maravillosa y simpática máscara, graciosa y de tez sonrosada; es el rostro de una muchacha regordeta y risueña, con dos misteriosos lunares en la frente, el rostro de Otafaku. Da vueltas y más vueltas movida por la suave corriente de aire que entra por el shôji abierto; y cada vez que esos divertidos ojos negros, entrecerrados por la risa, me miran, no puedo evitar sonreír. Y colgados más alto todavía, veo pequeños emblemas sintoístas de papel (gohei), un sombrero en miniatura en forma de mitra que imita los que se llevan en las danzas sagradas, un emblema en cartón de la gema mágica (Niô-i hôjiu) que los dioses llevan en las manos, una muñequita japonesa, un pequeño molinillo que se pone a dar vueltas con el más mínimo soplo de aire, y otros juguetes indescriptibles, en su mayoría simbólicos, como los que se venden los días festivos en los patios de los templos: los juguetes de la niña muerta.

- ¡Komban! - exclama a nuestras espaldas una voz dulcísima.

Allí está la madre, sonriendo, como si estuviera encantada del interés del desconocido por su butsuma; es una mujer de mediana edad, de la más humilde condición, no muy atractiva, pero con una cara llena de bondad. Le devolvemos su saludo vespertino; y mientras yo me siento sobre la esterilla puesta ante el hibachi, Akira le susurra algo, e inmediatamente una pequeña tetera es puesta a hervir sobre un hornillo de carbón. Es probable que vayamos a tomar algo de té.

Mientras Akira se sienta frente a mí, al otro lado del hibachi, le pregunto:

- ¿Qué nombre es el que vi en la tablilla?

- El nombre que viste - responde - , no era el nombre verdadero. El nombre real está escrito en el otro lado. Después del fallecimiento, el sacerdote da otro nombre. Un muchacho muerto se llama Ryochi Dôji; una muchacha, Mioyo Dônyo.

Mientras hablamos, la mujer se acerca al pequeño altar, lo abre, reordena los objetos que hay dentro, enciende la diminuta lámpara, y con las manos juntas y la cabeza gacha comienza a orar. Parece no sentirse en absoluto violenta por nuestra presencia y nuestra charla, como quien está acostumbrado a hacer lo que es bello y correcto sin importarle lo que diga la gente; reza con esa franqueza valiente y sincera que es patrimonio exclusivo de los pobres de este mundo, esas almas sencillas que nunca tienen un secreto que ocultar, ni a los suyos ni al cielo, y sobre quienes Rushkin dijo noblemente: «Ellos son los más santos entre nosotros.» Ignoro qué palabras murmura su corazón: sólo oigo a veces ese quedo sonido sibilante, producido al aspirar con suavidad por entre los labios, que entre este tipo de personas índica el deseo más humilde de complacer.

Mientras observo este pequeño y tierno rito, tomo conciencia de algo que se agita oscuramente en el misterio de mi propia vida, que me resulta familiar de un modo vago e indefinible, como un recuerdo ancestral, como el renacer de una sensación olvidada hace dos mil años. Parece estar mezclado, de alguna extraña manera, con mi somero conocimiento de un mundo más antiguo, cuyos dioses domésticos eran también los muertos queridos; y hay en este lugar una misteriosa dulzura, como una presencia invisible de lares.

A continuación, terminada su breve plegaria, la mujer vuelve a su hornillo en miniatura. Habla y ríe con Akira; prepara el té, lo vierte en diminutas tazas y nos lo sirve, arrodillándose en esa actitud tan llena de gracia - pintoresca, tradicional - que durante seiscientos años ha sido la actitud de la mujer japonesa sirviendo té. En verdad, una parte considerable de la vida de la mujer japonesa transcurre de este modo, sirviendo tacitas de té. Incluso como fantasma, aparece en los grabados populares ofreciéndole a alguien tazas espectrales de té espectral. De todas las ilustraciones japonesas de fantasmas, no conozco ninguna más patética que aquella en la que el espectro de una mujer, humildemente arrodillada, ¡ofrece una tacita de té a su arrepentido asesino, al que está acosando!

- Vayamos ahora al Bon-ichi - dice Akira, levantándose - ; ella tendrá que ir pronto, y ya está oscureciendo. ¡Sayonara!

De hecho, cuando abandonamos la casita es casi de noche: las estrellas despuntan en la franja de cielo que asoma sobre la calle; sin embargo, hace una noche deliciosa para pasear, con una brisa tibia que sopla a intervalos y produce extensas sacudidas a lo largo de las millas de colgaduras que anuncian las tiendas. El mercado está en la callejuela situada en las lindes de la ciudad, justo al pie de la colina donde se levanta el gran templo budista de Zoto-Kuin, en el Motomachi, a sólo diez manzanas de distancia.

V

La curiosa callejuela es un largo resplandor de luces, luces de los faroles que alumbran letreros, luces de antorchas y lámparas que iluminan extrañas hileras de puestecitos y casetas situados en el espacio que queda frente a los escaparates de cada lado, formando dos líneas de fuegos multicolor que convergen en la lejanía. Entre estas líneas se desplaza un denso gentío que llena la noche con un chacoloteo de geta y que ahoga incluso la marea de voces murmurantes y las exclamaciones del comerciante.

Sin embargo, ¡qué movimiento tan suave!, no hay empujones, ni malos modos; todo el mundo, incluso los más débiles y pequeños, tiene oportunidad de verlo todo; y hay muchas cosas que ver.

- ¡Hasu-no-hana!'... ¡Hasu-no-ha!

Aquí están los vendedores de flores de loto para las tumbas y los altares, de hojas de la misma planta con las que envolver la comida de las ánimas queridas. Las hojas, dobladas en fajos, se amontonan sobre mesas diminutas; las flores de loto, capullos y flores entremezclados, se ofrecen erguidas en ramos inmensos, sostenidos por armazones ligeros de bambú.

- ¡Ogara!... ¡Ogara-ya!

Haces de largas varillas descortezadas. Se trata de palitos de cáñamo. El extremo más delgado puede romperse para hacer hashi para las ánimas; el resto debe consumirse en las mukaebi. En rigor, todos estos palitos deberían hacerse de madera de pino; pero el pino es muy escaso y caro para la gente pobre de este distrito, de modo que en su lugar se utiliza ogara.

- ¡Kawarake!... ¡Kawarake-ya!

Los platos de las ánimas: pequeñas fuentes poco profundas, de barro rojo sin vidriar; alfarería primigenia torneada de un modo que ahora sólo existe para los muertos, alfarería cuyas formas siguen una tradición más antigua que la religión de Buda.

- ¿Ya-bondoro-wa-irimasenka?

Los faroles, los faroles bon, que iluminarán los pasos de las ánimas en el camino de regreso. Todos son bellos. Los hay hexagonales, como los faroles de los grandes santuarios; algunos tienen forma de estrella, y otros son como grandes huevos luminosos. Están decorados con exquisitas pinturas de flores de loto, y en los bordes llevan serpentinas de papel de bien escogidos colores, o quizás anchas cintas de papel en las que se han recortado bonitas evocaciones de capullos de loto. Y aquí hay faroles de un blanco inmaculado, redondos como lunas; son para los cementerios.

- ¡O-kazari! ¡O-kazari-ya!

Los vendedores de todos los artículos de decoración para la Fiesta de los Muertos.

- ¡Komo-demo!... ¡Nandemo!

Aquí tenemos esteras blancas, recién hechas, de paja de arroz para los butsumas y los altares; y aquí están los warauma, caballitos hechos con briznas de paja, para que los monten los muertos; y los waraushi, pequeños bueyes de paja que harán para ellos su espectral tarea. Todo honorablemente barato. ¡O-yasui! Aquí están también las ramas de shikimi para los altares, y ramilletes de misohagi con los cuales rociar de agua las ofrendas segaki.

- ¡O-kazari-mono-wa-irimasenka!

Exquisitas borlas hechas con ristras de granos de arroz, de color blanco y escarlata, como si de los más exquisitos abalorios se tratara; y maravillosos adornos de papel para el butsuma; y varillas de incienso (senko) de todas clases, desde las más corrientes, a un par de centavos el manojo, hasta las carísimas, a un yen, largas, ligeras, de color chocolate, frágiles bastoncillos, como el grafito de los lápices, cada manojo atado por fajas de papel dorado y de colores. Coges una, prendes un extremo y colocas el otro erguido sobre un recipiente que contiene cenizas blandas; seguirá humeando, llenando el aire de fragancia, hasta que se consuma del todo.

- ¡Hotaru-ni-kirigisu!... ¡O-kodomo-shu-no-onagusa-mi!... ¡Oyasuku-makemasu!

¡Eh! ¿Qué es todo esto? Una pequeña caseta, con la forma de la garita de un centinela, hecha toda ella de listones, cubierta de papel ajedrezado de color rojo y blanco; y de esta frágil estructura sale un chirrido agudo como el ruido del vapor al escaparse.

- Oh, eso no son más que insectos - dice Akira, riéndose -; no tiene nada que ver con el Bonku.

Insectos, ¡sí!, ¡en jaulas! El chirrido lo hacen decenas de grandes grillos verdes, cada uno de los cuales está recluido, en solitario, dentro de una pequeña jaula de bambú.

- Se los alimenta con berenjena y cáscara de melón - prosigue Akira -, y se los vende a los niños para que jueguen con ellos.

Y hay también bellas jaulitas repletas de luciérnagas, jaulas cubiertas con mosquitera marrón, sobre cada una de las cuales un pincel japonés ha realizado, con colores brillantes, un dibujo sencillo pero muy bonito. Un grillo, con su jaula, dos centavos. Quince luciérnagas, con su jaula, cinco centavos.

Aquí, en una esquina de la calle, tras una mesa baja de madera, se acuclilla un muchacho ataviado con una túnica azul que vende cajas de madera aproximadamente del tamaño de las cajas de cerillas, con bisagras de papel rojo. Sobre la mesa, junto a las pilas de estas cajitas, hay unos platos llanos repletos de agua clara, en los que flotan extraordinarias formas delgadas y planas, formas de flores, árboles, pájaros, animales, hombres y mujeres. Abre una caja; sólo cuesta dos centavos. Dentro, envueltos en papel de seda, hay manojos de bastoncillos pálidos, como cerillas redondas, con el extremo rosado. Echa uno dentro del agua y, al instante, se desenrolla y expande hasta adoptar la forma de una flor de loto. Otro se transforma en pez. Un tercero se convierte en barca. Un cuarto adopta la forma de un búho. Un quinto deviene una planta de té, cubierta de hojas y flores... Tan delicadas son estas cosas que, una vez sumergidas, no es posible manipularlas sin romperlas. Están hechas de algas marinas.

- ¡Tsukuri hana!... ¿Tsukuri-hana-wa-irimasenka?

Son los vendedores de flores artificiales, maravillosos crisantemos y plantas de loto de papel, imitaciones de capullos, hojas y flores, trabajadas de un modo tan ingenioso que no es posible a simple vista detectar el bello engaño. Nada más justo que el que estas flores cuesten mucho más que sus modelos vivos.

VI

Al otro extremo de la radiante calle, muy por encima de la aglomeración, del clamor y de las mil hogueras de los comerciantes, el gran templo Shingon descuella sobre su colina, destacándose contra la noche estrellada de un modo misterioso, como un sueño, extrañamente iluminado por hileras de faroles de papel que cuelgan de todos sus curvos aleros; y el flujo del gentío me lleva hasta allí. De su amplia entrada, sobre una masa oscura y en movimiento que sé son las cabezas de la muchedumbre de fieles, surge una ancha franja de luz amarilla; y antes de llegar a los escalones custodiados por leones, oigo el repicar continuo del gong del templo, cada uno de cuyos golpes señala una ofrenda y una oración. Sin duda, una cascada de dinero está cayendo en la gran arca de las limosnas; pues esta noche es la Fiesta de Yakushi-Nyorai, el Médico de Almas. Llevado por fin hasta los peldaños, puedo detenerme un instante, a pesar de la presión de la muchedumbre, ante el puesto de un vendedor de faroles que vende los faroles más perfectos que haya visto nunca. Cada uno es un gigantesco loto de papel, confeccionado con tanta perfección en todos sus detalles que parece una flor viviente, recién cortada; los pétalos son en la base de un color carmesí que en las puntas palidece hasta la blancura; el cáliz es una imitación impecable de la naturaleza, y bajo él pende un bello fleco de recortes de papel, coloreados con los tonos de la flor, verde bajo el cáliz, blanco en el centro, carmesí en los extremos. En el corazón de la flor hay una microscópica lámpara de aceite de barro cocido; cuando se enciende, toda la flor deviene luminosa, diáfana, un loto de fuego blanco y carmesí. Hay un delgado y dorado aro de madera por el que colgarla, y el precio es de ¡cuatro centavos! ¿Cómo puede alguien permitirse hacer cosas así por cuatro centavos, incluso en este país donde todo es asombrosamente barato?

Akira está intentando decirme algo sobre el hyaku-hachi-no-mukaebi, las Ciento Ocho Hogueras, que se prenderán mañana por la noche, y que guardan cierta relación figurada con los Ciento Ocho Deseos Estúpidos; sin embargo, no puedo oírlo a causa del chacoloteo de los geta y los komageta, los zuecos y las sandalias de madera de los fieles que ascienden hasta el santuario de Yakushi-Nyorai. Las sandalias ligeras de paja de los hombres más pobres, las zôri y las waraji, no hacen ruido; el gran chacoloteo lo producen realmente los delicados pies de las mujeres y las muchachas, que guardan cuidadosamente el equilibrio sobre sus ruidosos geta. Y la mayor parte de estos piececitos están cubiertos por tabi inmaculados, blancos como el loto. En su mayor parte, estos pies blancos pertenecen a pequeñas madres de azules túnicas, madres sonrientes que, con plácidos y bellos bebés a la espalda, ascienden pacientemente la colina en dirección a Buda.

Y mientras, por entre la luz coloreada de los faroles, avanzo con estas gentes plácidas y ruidosas y ascendiendo los grandes escalones de piedra, entre otros despliegues de lotos, entre otros setos de flores de papel, mis pensamientos vuelven de pronto al pequeño altar roto en el cuarto de la pobre mujer, con los humildes juguetes colgados ante él, y la máscara risueña y volteante de Otafuku. Veo los ojillos felices y graciosos, oblicuos y con sombras de seda, como los del propio Otafuku, que solían mirar aquellos juguetes, juguetes en los que los lozanos sentidos infantiles encontraban una fascinación que apenas puedo vagamente atisbar, un gozo hereditario, ancestral. Veo a la tierna criaturita mientras la llevan, como sin duda la llevaron muchas veces, por entre una muchedumbre pacífica como ésta, en una noche igual de templada y luminosa, oteando desde los hombros de la madre, aferrándose suavemente a su cuello con sus manitas.

La madre está aquí, en algún lugar, entre esta muchedumbre. Esta noche volverá a sentir el leve contacto de las manitas, mas no volverá la cabeza para mirar y reírse, como en otros tiempos.


En En el país de los dioses. Relatos de viaje por el Japón
Traducción: José Manuel de Prada Samper
Imagen: © Bettmann/CORBIS