25 dic. 2012

Alejo Carpentier: La consagración de la Primavera, VII, 35





“Lo último.”576 Ya me lo dijeron. Esto es “lo último”, aunque haya sido, históricamente, la primera población fundada por los españoles en la isla. Primada, pero hoy postrera —dijo alguien. Lo último. Pero un “último” que conviene a mi ánimo en derrota; que me aplaca y serena, porque nada, aquí, prolonga mi pasado, ni se asocia a imágenes recientes, ni se vincula con mis íntimas cronologías. Nada, aquí, está fechado. No hay mansiones de armorial en puerta, ni monumento venido de otro siglo. Ni las casas, ni la iglesia parroquial, siquiera, tienen estilo. Nacieron así, a ambos lados de calles totalmente desprovistas de rasgos, memorables, a la buena de Dios —valga decir: del carpintero o del albañil— hasta que, derribadas por una tormenta o vencidas por los años, sean substituidas por otras nuevas que probablemente se parecerán a las anteriores, y a las que, mucho antes, desconocieron el lujo de un adorno, el realce de una amable comisa, la gracia de un mascarón o la nobleza de un vaso romano alzado en la proa de una azotea esquinera. Dos fuertes, de construcción militar —el de la Punta y el de Matachín—, dejaron, desde hace tiempo, de hablar de abolengo por la boca de sus piedras desencajadas y enfermas de salitre. Una larga playa triste; una larga calle mayor, cortada por otras menores que van a parar al mar, y es el mar en todas partes, el mar siempre próximo y metido en el olfato, de esta franja costera que en nada se diferenciaría de cualquier otra, si no fuese por la imponente y tutelar presencia del Yunque,577 mole rocosa, singular por su forma, hermosa en sus proporciones, cuya cima casi recta, obra de estereotomía telúrica, se alza en fondo de panorama sobre un vasto pedestal de verdores profundos que se alargan y difuminan en los otros verdores, más alzados y cambiantes, de las montañas circundantes…Aquí los relojes y cronómetros pierden su autoridad, y hasta ocurre que se le olvide a uno de darles cuerda, sin que, por marcar todavía las cinco de ayer vaya alguien a creerse que las sombras cortas de las once de la mañana de hoy se hayan puesto a crecer a deshoras. Se amanece al son de las campanillas pregoneras de chorotes578 de cacao bruto, que se ofrecen en bolas azucaradas; durante el día, suelen oírse, isócronos y nada sombríos, los dobles por las ánimas de los fieles difuntos, que muchos vecinos encomiendan a la campana del párroco en observancia de una vieja costumbre; al caer la noche, tras del provinciano paseo en el parque que aquí es triangular —única peculiaridad notable de esta ciudad—, suena el timbre de un cine (sólo hay uno), donde se proyectan películas que ya se gastaron en todas las pantallas de la isla, y luego es la noche, igual a las demás noches, en espera de un amanecer igual a los amaneceres de siempre —a menos de que se cierre el cielo, engrisen las nubes la cima del peñón, y empiece a llover. Y si llueve, lloverá sin tregua durante siete, ocho, diez días, sin violencia, quedamente —y diría que casi británicamente—, y para una mayor asociación de imágenes, diré que ésta es acaso la única población del país donde casi todo el mundo sale con paraguas, cuando cierto olor venido de tierras adentro —olor a altos cafetales ya mojados, a cacaotales de mucha humedad guardada— se cuela en las calles aún soleadas, inadvertible para el forastero, inequívoco para el lugareño. (En esos días —y sólo la lluvia suele hablarme a veces de tiempos idos— no sé por qué recuerdo el primer acto de Pygmalión, el paraguas de Erik Satie, los paraguas arrojados por centenares, a modo de telón, al final del ballet que fuese inspirado a Salvador Dalí, por los delirios y la muerte de Luis de Baviera…) Y diré que esos paraguas de Baracoa, por lo fuera de lugar bajo este cielo, acaban por destruir en mí toda noción de ubicación geográfica. ¿Dónde estoy en realidad? No lo sé, como no lo sabía el Gran Almirante de Isabel y Femando, cuando se asomó a las arenas negras de “Porto Santo” y acaso conoció los peculiares tirabacones de estas costas, dicen que allá a fines del año 1492;579 no lo sé, como no lo sabía tampoco un modestísimo colono extremeño, aclimatador de ovejas y de ganado, sembrador de viñas que por haber sido abandonadas volvieron a su estado silvestre, y se perdieron en las cumbres cercanas con sus frutos cada vez más agrios y esmirriados —olvidadas de su dueño, un tal Hernán Cortés que un día, cansado de ser chupatintas de gobierno en un villorrio de indios baracoas, había cambiado su ocupación por otra, evidentemente más lucrativa, conseguida en la gran Tenochtitlán de México.

El mismo lunes de mi llegada aquí —en avión que me trajo del minúsculo aeropuerto de Antilla, tras de un traqueteado y desapacible vuelo entre nubes revueltas y celajes inestables—, almorzando en la primera fonda que me salió al paso, leí este increíble anuncio en La Prensa, una hoja local donde mucho se anunciaban los “dos motivos de orgullo” de la ciudad: el ron y el anís “Yunque”: Se vende una casa con sala y cuatro habitaciones, con un solar de doce varas de fondo, en 900 pesos,” —“Aquí la propiedad no vale nada” —me explicó el sirviente cuando le dije que esta oferta, por lo módica, me parecía inverosímil…Se trataba de una casa bastante destartalada, ciertamente, pero amplia, de alto puntal y sólidas paredes, cuyo tejado de muchas goteras tenía fácil arreglo. Lo más importante de todo era que su frente daba al mar.580 Cerré el trato aquella misma tarde, y, después de pasar tres noches en un albergue destinado a viajantes de comercio y campesinos venidos de pueblos no muy lejanos, pero distantes, sin embargo, por el pésimo estado de los caminos, empezó mi instalación, con muebles y enseres comprados aquí y allá —lo indispensable, en espera de ir eligiendo cosas de más calidad, o de hacer encargos precisos a un carpintero-ebanista hallado en el próximo Callejón de los Mallorquines. De La Habana sólo había traído dos maletas de ropas, algunos libros y objetos personales, y una caja que contenía un tocadiscos, comprado a última hora, poco antes de tomar el avión inicial de mi viaje con algunas grabaciones que para nada me hablaran del ballet ni de partituras ligadas a alguna íntima peripecia de mi propia vida. Si algo necesitaba, Mirta —a quien yo había llamado por teléfono, desde Rancho Boyeros, antes de salir, haciéndola jurar que a nadie confiaría el secreto de mi paradero— se encargaría de mandármelo, pues con Camila le había dejado una apreciable suma de dinero después de proveerme, en el banco, de lo que en mi cartera traía. En cuanto al salario de mi sirvienta y al alquiler de la casa de La Habana, Martínez de Hoz se ocuparía de ello, como siempre hacía…Así, lo primero que hago, apenas instalada, es escribir a mi discípula, dándole mi dirección que será la única persona en conocer —y sé que, al respecto, puedo contar con su muy seguro silencio…Dos semanas después recibo una carta suya, redactada en el tono neutro y breve que conviene, en estos tiempos, a nuestra correspondencia, carta donde, tras de cariñosas expresiones de cariño que parecen las de una hija, me desliza una breve frase, fruto de ingenua criptografía, que al fin descifrada me hace reír por lo clara, aunque confieso que tardé varias horas en entenderla: “El galán de Melibea está en Davos. “El “galán de Melibea” era Calixto, evidentemente.581 Pero, lo de Davos… Al fin recordé el sanatorio donde Hans Castorp va a visitar a su primo Joachim, en la inmensa novela de Thomas Mann que mi discípula estaba leyendo, aunque trabajosamente, cuando ocurrieron los hechos terribles que nos separaron. La acción de La montaña mágica se desarrollaba en Davos. Y caigo en que la idea de montaña evoca la idea de sierra. Y Sierra sólo hay una, hoy por hoy, en boca de todos: la Maestra. Es decir: la Sierra Maestra. Esto significa que Calixto ha logrado escapar a las persecuciones de la policía, uniéndose a las fuerzas de lo que se ha constituido ya en: “El Ejército Rebelde de Fidel Castro.” ¡Gran alivio!…Ahora sí podré recobrar la paz, recuperar mi calma interior en el anonimato y el renunciamiento que he venido a buscar en este olvidado rincón de la isla —por no decir: del planeta. Miro hacia las montañas que se escalonan y retroceden tras del Yunque, gris-plateado-anaranjado por los tardíos fulgores de un lento crepúsculo. Detrás de esas montañas, hay otras, y otras, y otras más; y detrás, la Sierra, con sus hombres en armas. Deseo de todo corazón que triunfen en su lucha —y más ahora que Calixto está con ellos. Pero esa lucha está volcada, por fuerza, hacia allá, hacia la otra vertiente del país —hacia las provincias occidentales, las grandes ciudades, la capital—, donde están las fuerzas adversas, los Poderes que se proponen aniquilar, y ojalá lo lograran. Yo quedo del lado acá de su lucha, en “lo último”, en la villa irremisiblemente postergada, condenada a la modorra, al descuido, por su exigua población, su pobreza en recursos, su ausencia de caminos. Nadie tiene nada que hacer acá y la Historia, por una vez, sea cual haya de ser el desenlace de esta guerra (pues ya puede hablarse de guerra en un combate que no cesa ni cede), se olvidará de “la postergada” como de ella se olvidó Hernán Cortés para ir a probar fortuna —¡y con qué fortuna— en el Anáhuac. Y si, desde niña, no hago más que mirar hacia hechos que sobrepasan mi entendimiento, aquí no tendré que huir de nada, porque nada habrá de alcanzarme en este remoto remanso caribe, a menudo ignorado por los mismos tratados de geografía…Por lo pronto me voy enquistando —de espaldas al mar a donde habrá de arrojarme quien pretenda sacarme de aquí— en la divina soledad que es la mía en el presente. Sé que mi instalación en este lugar ha sorprendido a más de un vecino. Nadie se explica que una persona venga de la capital para instalarse aquí, si no tiene fincas que explotar o familiares que atender. Han empezado por llamarme “la loca”; luego “la rusa loca”, al saber dónde he nacido. (“Es una de ésas, que salieron zancando de su país, cuando se lo arrancaron al Zar” —sentenció un filósofo de tertulia bodeguera: “Pero —¡coño!— ha tardado en llegar, porque eso fue hace como cuarenta años”— observó otro). Luego se pensó que yo era una “enferma de los nervios”, en busca de tranquilidad. Y los más, al comprobar por mi trato con la gente —y más que nada con los comerciantes a quienes compraba o encargaba las cosas que me eran necesarias en lo cotidiano— que yo era persona de un natural apacible, me aceptaron sin tratar de entender más, con la convicción final de que mi retraimiento ocultaba un secreto— y vaya usted a saber “la procesión que cada uno lleva dentro.” Y esto de “la procesión” pasó de imagen verbal y algo refranera a la certeza de que me consolaba en soledad de recóndito padecimiento moral —lo cual era bastante cierto, en parte— cuando los vecinos corrieron la voz de que yo era desmedidamente aficionada a “la música de iglesia”, pues en mi tocadiscos sonaban muchas veces las Vísperas de la Virgen de Monteverdi, el Gloria de Vivaldi, el Réquiem alemán de Brahms, y sobre todo, la Misa en si de Juan Sebastián Bach, cuyo segundo kirie es acaso, para mí, una de las pocas cosas en el mundo que puedan merecer totalmente el peligroso calificativo de sublime. Por lo demás, desatendiéndome de una actualidad que sólo podía llegarme a través de una prensa amordazada por la censura —y que, desde luego, no hablaba de lo que ocurría detrás de éstas, y de otras, y de otras montañas que se constituían en una sierra—, sólo tenía noticias del ingenioso hidalgo a quien habían quemado los libros en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no querían acordarse algunos, estaba al tanto de los espantables sucesos ocurridos en un castillo de Dunsinane, o me interesaba por saber si aquel que se había extraviado en una selva obscura al alcanzar el medio tránsito de su vida,582 había podido salir del atolladero, a pesar de las tres alimañas que lo molestaban. Vivía, una vez más, fuera de la Época.

Pero la Época no tardó en colárseme, subrepticiamente, dentro de la casa, en la persona de un médico a quien había llamado para que me aliviara de achaques relacionados con el ya previsible agotamiento de mis manantiales profundos. De fornida cabellera blanca sobre un rostro joven a pesar de la edad, era el Doctor una simpática mezcla de sabio, diletante, historiador, arqueólogo, bibliófilo, coleccionista de enseres líricos, puntas de flechas y cuchillos de sílex —además de ser filatélico y buscador de fósiles —como sólo suelen encontrarse, con tal diversidad y amenidad de aficiones, en las pequeñas ciudades de provincia. —“Como el Marqués de Bradomín” —decía: “soy feo, católico y sentimental.”583 En lo profesional, era de muy sólida formación científica, y, a poco de haberse terminado la Primera Guerra Mundial, había completado sus estudios en París: “En la época de la Danza de los Millones, algunos de por aquí podían permitirse el lujo de mandar sus hijos a Europa.” Para él, París era la irrupción del jazz, las garzonas,584 los funerales de Anatole France, la gomina, el debut de Josephine Baker, y el auge del tango argentino —aquel atrevidísimo baile que hubiese hecho decir a Briand: “Yo ignoraba que eso podía hacerse de pie.” Le gustaba la ópera francesa —Manón, Lakmé, Louise, Le jongleur de Nôtre Dame— pero le fastidiaba el ballet. Había visto uno, que mostraba una boda de campesinos rusos, insoportable, “con esa orquesta extraña, de pianos y baterías de cocina.” (Él ignoraba que en Les noces yo era una de las “amigas” que peinaban las trenzas de la Novia…) Todavía se carteaba con un compañero de estudios en el Hótel-Dieu que, de cuando en cuando, le mandaba revistas de allá. Él me traería algunas, porque, a la verdad, aquí era imposible enterarse de nada, con esa prensa de La Habana o de Santiago, que nos llegaba con cuatro o cinco días de retraso cuando el avión de Antilla585 no podía aterrizar aquí, por las nubes harto cargadas de lluvia. Además, a causa de la censura —¿me entiende?— no se sabe nada de lo más interesante… (y señalaba hacia las montañas). Fingí que no entendía lo que quería decirme. Esto podía ser un sondaje, una manera de hacerme hablar. —“Lo que más me interesa es lo que puede suceder en Baracoa” —le dije: “Y, para eso, no puedo tener mejor informador que usted” —“¡Ah, mi señora! Aquí no pasa nada y pasa de todo. Usted ha salido de Brobdingnag para entrar en Liliput —un Liliput con frangollo,586 chorotes de cacao y tasajo de tiburón. Y todo lo que ocurre en una gran ciudad, ocurre aquí, pero en escala minúscula. Aquí hay Montescos y Capuletos, güelfos y gibelinos, Guerra de las Dos Rosas, Querella de las Investiduras, y hasta Guerra de Religión.” Y, en esta primera visita del médico, que no será la última, me entero de la graciosa rivalidad que alientan las gentes de acá entre tres imágenes santas: la Virgen de la Caridad del Cobre de la familia Frómeta, la Virgen de la Caridad del Cobre de la familia César, la Virgen de la Caridad del Cobre de la Iglesia Parroquial, a la que, por tener el semblante sonrosado, llaman —¿por qué?— la Virgen Catalana, afirmándose que ha sido traída de Barcelona y es, por tanto, un poco forastera…Y cuando se marcha el Doctor y quedo sola, una brisa salobre, penetrante, que ha rozado mares de fondo, me devuelve repentinamente el vasto aliento marino donde crecí y donde, cuando el viento no traía las arenas del sur sino los frescores del norte, reinaba este mismo olor. Pienso en las tres vírgenes que se disputan las devociones de las gentes de aquí. Y pienso, a la vez, en las muchas Vírgenes que se compartían las devociones de las gentes de allá. Y, habiéndome cerrado voluntariamente las puertas de todo futuro, se me abren las de mi remoto pasado, promoviendo un regreso de fantasmas de ayer que, como evangeliarios llevados en procesión, me devuelven en imágenes la historia de mi infancia…Y esta casa invadida por el rumor de las olas se te transforma, de repente, en aquella otra donde, en una habitación llena de tenues iluminaciones, se adoraban los iconos. Y tú también, entonces, adorabas los iconos…

…Agia Paraskeva, Santa Ana, el Arcángel Miguel, San Macario según la pintura de San Teófano el Griego, San Jorge, con su alimaña retorcida y furiosa herida en las fauces, San Basilio, doctor de universales entendimientos; San Sergio y San Nicolás, de toda mi veneración, viviendo su martirio al lado de la Madre, aureolada de oro y piedras preciosas —zafiros, rubíes, ágatas, turquesas de las obscuras, y hasta alguna perla de pálido oriente— cargando con el Niño Divino, siempre esmirriado, siempre lastimero, si se le comparaba con los Jesús mofletudos, regordetes, de la pintura italiana, tales como los mostraban las postales que, durante su viaje de bodas, me mandaba mi prima Capitolina. Pero, a pesar de la buena salud, de las mejillas amanzanadas de los Niños aquellos, más me conmovían los de aquí tan rusos, con sus ojos sombríos, de almas tristes, ya presentidores de sufrimientos futuros, que nos miraban desde la arquitectura de los iconostasios ante los cuales elevaba mis rezos, cuando no oraba en la iglesia del Colegio de Santa Nina (calcado sobre el modelo del de Smolny de Petrogrado), destinado a las hijas de las mejores familias de Bakú, donde nos enseñaban a cantar las glorias de la Virgen de Zanmenié y de Dios Todopoderoso, protector del Imperio, y a cuya salida hablaban a veces los santos por la callejera voz de algún inocente inspirado, de un místico demente, de una campesina visionaria, lanzando profecías, clamores, amenazas, que los transeúntes escuchaban con medrosa atención, arrojando monedas a sus gorras y cepillos de limosnas. Terminadas las clases mi padre me mandaba a buscar en el coche negro, de hondos asientos, que me llevaba al almacén de paños, antes de que regresáramos a casa. El almacén era vasto, con muchos empleados que sobre largas mesas disponían, inventariaban, enrollaban y desenrollaban los chifones, organzas, rasos gris-perla, rosados, azul-sepia, brocados y terciopelos que yo acariciaba de paso, dejando su jefe de trabajar para saludarme y señalar, con deferente gesto, el camino que conducía al despacho directorial, por entre vitrinas donde se exhibían encajes de Bruselas, de Malinas, de Valencienne, bordados de mucho precio, leves tules para vestidos de novia, alegres cintas de París, junto a sederías chinas, acaso venidas de Pekín o de Nankín, vía Irkutsk, por el Ferrocarril Transiberiano…Bakú era una ciudad polvorienta, de una construcción anárquica y muy mahometana —fuera de los alrededores del Parque, donde se alzaban los edificios administrativos, semejantes a pequeños templos clásicos pintados de amarillo-naranja— a pesar de que a menudo se escucharan, en esta u otra esquina, conversaciones en inglés, en francés, en sueco, de técnicos venidos para trabajar en las instalaciones extractoras de petróleo El Islam estaba presente en vastos arrabales de casas sin ventanas, con paredes encaladas, donde, por las mañanas, camino de los baños públicos, desfilaban mujeres de rostros velados, calzadas de extrañas zapatillas con el tacón a media suela que marcaban el ritmo del andar con sonido de castañuelas. Después de años de una calma sin historia en que muchas gentes se resignaban a padecer de “fiebres intermitentes” —como entonces se las llamaba— con tal de ganar dinero, se habían revuelto los cielos hincados de alminares. De súbito, sin motivo aparente, había, en la población o en sus alrededores, brutales enfrentamientos de armenios y de cosacos, de armenios y musulmanes, de hombres de los barrios de abajo con hombres de los barrios altos; repentinamente se entablaban combates tan breves como sangrientos en calles cuyas aceras, por lo alzadas, estaban más arriba del pescante de los coches, y por encima de los carromatos y de los camellos cargados de odres de petróleo, volaban insultos, piedras, cuchillos y trozos de tubería…Hay, detrás de un yermo gris, habitado por perros sarnosos, un cementerio musulmán en cuyas cercanías no es prudente aventurarse. Allá hay hombres horribles que violan niñas, que violan jovencitas como yo, o se detienen ante ellas, alzándose las túnicas hasta la cintura, para entregarse a gesticulaciones obscenas.587 Pero las muchachas del Colegio de Santa Nina, vecinas de las avenidas modernas, no tienen por qué transitar en semejantes lugares, aunque son de aquellas a quienes nadie se atrevería a ofender, con sólo verles el uniforme de falda azul y el ancho sombrero de paja de Italia, con la cinta negra que les baja sobre el cuello marinero. Demasiado peligroso. Se desencadenaría toda la policía para castigar tremendamente al ofensor, o, a falta de él, a cualquiera que tuviese cara de canalla lúbrica, sin que sus mismos hermanos se libraran de un escarmiento ejemplar…Hemos recibido, como regalo de fin de curso, un álbum, mandado por el Zar a las alumnas aventajadas, destacadas por su aplicación, donde, en ancho retrato de familia, aparece el Emperador acompañado por las pequeñas Grandes Duquesas, y el principillo heredero, de gran uniforme militar, junto a la Emperatriz, majestuosa y enjoyada —él, sentado, llevando una toca de oro y pieles semejante a la del Monómaco;588 ella, de pie, casi hierática en su tieso vestido que remeda los atuendos suntuosos de la Vieja Rusia. Hay dedicatoria, felicitaciones y firmas que, desde luego —y no se puede pedir más— pasaron al cliché de imprenta, al salir de las Regias Manos. Las Princesas son bonitas, y más aún las mayores, Tatiana y Anastasia, ya en edad de merecer, como se dice. Hace poco nos iniciamos en el estudio del francés, de acuerdo con las enseñanzas de un profesor laico, enlevitado, algo miope, que nos da tres clases por semana, bajo la vigilancia de la higúmena.589 En esto, adelanto con una rapidez que asombra al maestro; pero es que tengo la malicia de ocultarle que mi padre tiene, en su biblioteca, un preciosísimo ejemplar de los Cuentos de Perrault, en la edición bilingüe de 1795 —la de Lev Voinov—, tan buscada por los coleccionistas de libros antiguos. Además, nuestro agente-corresponsal en París (la tienda los tiene en Londres, en Nijni-Novgorod, y hasta en Asia) me ha remitido como obsequio de cumpleaños una linterna mágica, cuyos cristales ilustran las aventuras del Pulgarcito, la Cenicienta, la Caperucita Roja, el Gato con Botas y la Bella Durmiente, con acompañamiento de texto. La calabaza acrecida al tamaño de carroza suntuaria y barroca, con sus seis ratones transformados en piafantes caballos, y los seis lagartos en lacayos que llevan libreas alamaradas por obra de un hada buena; el despertar de Aurora, con un vestido de cien años atrás, al compás de flautas y oboes que también tocaban pavanas que eran de cien años atrás; aquellos guardias suizos que todavía tenían en sus cuencos, sin haberlos bebido, los restos de vinos vertidos cien años atrás, me fascinaban al igual que la Llave Prohibida del Barba Azul de barbas no tan azules, con sus vajillas de oro y plata, y las tribulaciones del pobre Príncipe Riquet, tan feo al nacer que, por mucho tiempo se dudó de que tuviese forma humana. Me sabía —y mi padre me ayudaba a pronunciarlas— las frases clave: “Est-ce vous, mon Prince? Vous vous étes bien fait attendre.” —“Ma mére-grand, que vous avez des grands bras.” —“C’est pour mieux t’embrasser, ma fille.” —“Anne, ma soeur Anne, ne vois-tu rien venir?” —“Je ne vois que le soleil que poudroie et l’herbe qui verdois.”590 (Y el profesor, un día, sorprende mi impostura, al identificar el texto anterior por las desusadas voces de poudroie y verdois…) Por lo demás, nos están enseñando a bailar—entre nosotras, se entiende—, a portamos bien en las recepciones, a servir el té, a hacer reverencias a las personas nobles, y a conocer algo de las reglas gramaticales, con las matemáticas necesarias para llevar sensatamente el presupuesto de un hogar; conocemos muy bien la Historia Sagrada y también la Historia Patria, esta última en función de coronaciones, triunfos y evangelizaciones; algo conocemos de la lengua eslava, manejamos algunos rudimentos de inglés, y sabemos honrar a nuestros padres, adornar una mesa y ayudar a nuestras madres en sus quehaceres domésticos; somos muchachas decentes, en el pleno sentido de la palabra, sin ignorar “las artes de adorno”, el bordado, el dibujo de flores, la técnica del pirograbado, lo suficiente de piano y solfeo para tocar piezas fáciles y composiciones clásicas en edición simplificada. Tengo un álbum de calcomanías que muestran las maravillas del mundo: la Torre Eiffel, las Cataratas del Niágara, la Gran Rueda de la Exposición de París, el Partenón y las fuentes de Versailles. También hay una serie —ésa me la mandaron de Londres— sobre la vida de la Reina Victoria, con su medio miriñaque negro y su cofia de encajes, siempre rodeada de niños, funcionarios empelucados y guardias con casacas rojas, a la vez augusta y burguesa, con algo de imponente Ama de Llaves, bajo los festones encamados de sus baldaquines. Reyes y Reinas de Perrault; Reyes y Reinas en el Kremlin, Pskov, Kiev —faroslav el Sabio— y Kazán, santuario de nuestro añejo pasado guerrero y eclesiástico. Reinas y Emperadores, aquí, en Inglaterra, en Italia, en los Balkanes, y en esas Alemania y Austria-Hungría que están en guerra con nosotros, monarcas que son todos parientes, en el fondo, así se retraten con cascos de punta, gorras de astrakán gris, uniformes de húsares de la muerte, mantos de armiño, jarreteras o cruces de hierro.

Mi padre viene a buscarme hoy en el coche negro que ha rodado a lo largo de calles barridas por los enervantes vientos arenosos, venidos del sur. Tengo arena en las orejas, en el cuello, en las espaldas. En tales días no amo esta ciudad, y sin embargo se me pega al cuerpo como se pegan a las paredes de las tahonas mahometanas las masas redondas, delgadas, del pan sin levadura. (Sabré después que cada ciudad conocida, vivida, sentida en función de mar, de olor marino, de luces marinas —con presencia de mar— siempre habrá de ejercer sobre mí la atracción de una realidad, a la vez una y múltiple, sobre la cual yo tuviese algo como un ancestral derecho de propiedad…) No creo que sea bella esta ciudad desordenada en su trazado, con sus callejones enrevesados, sus laberintos poblados de ojos invisibles, la avaricia de su vegetación, el desorden de sus estilos, sus barcas timoneadas con el dedo gordo del pie por pescadores de turbante sobre un agua que carga con irisadas capas de nafta. Pero estoy en ella y de aquí soy. Me sería difícil desprenderme, acaso, tal vez, quién sabe —es una impresión de hoy— de las visiones cotidianas que me esperan al levantarme de mi ancha y cómoda cama, con su icono colgado en la cabecera…Al llegar las Grandes Pascuas Rusas, después de que hubiésemos decorado innumerables huevos con pinceladas más o menos ocurrentes, hubo días de vacaciones para las de Santa Nina; bajaba yo temprano a las cocinas, donde las fámulas, con enormes paletas de madera revolvían, como con remos, el contenido de artesas llenas de masas harinosas, espolvoreadas de harina, escamadas de harina, con las cuales se edificarían los altos pasteles —torres sobre mesas; rombos, cubos, pirámides sobre las mesas, con filigranas de merengue, incrustaciones de guindas, epigrafías y retorcimientos de la crema endurecida que pregonaría el tradicional Xrestos Voskrés,591 cuando entre cúpulas jubilosas sonaran las campanas de la Resurrección…Anhelosa, a veces, de alguna soledad, bajaba al sótano de los escabeches, donde, en barriles olientes a vinagre, cebollas, hinojo, vino blanco y laurel, verdecían pepinos y tomates, o en sus salmueras dormían, apretados en circulo, con las colas al centro, los arenques vaciados de tripas, o algunos pececillos de los que se pescaban en el Mar Caspio. También hallaba alguna calma al fondo del jardín, donde mi padre había hecho construir una graciosa pérgola de madera, para las meriendas de verano, en la cima de una pequeña colina artificial, plantada de césped, de pocas varas de alto, a la que se ascendía por un sendero en espiral. Pero, muchas veces tenía que huir precipitadamente de ese mirador que sobresalía por encima de las paredes que nos separaban de la calle. Afuera sonaban disparos. Había repentinas y tumultuosas cabalgatas; gritos de mujeres, llantos de niños. Y aunque en el Parque Municipal, en falsa gruta tapizada de falsos helechos, ornada de estalactitas artificiales, ejecutase la banda de cosacos una música de Grieg (recuerdo que era la del Palacio del Rey de la Montaña, con su comienzo lento, grave, bajo, obsesionante, que iba acelerando el tempo hasta convertirse en un finale presto…) el malestar, la inquietud, crecían en la ciudad. En procesiones de mortificación, los mahometanos llevaban en hombros, zarandeándolos al ritmo de pasos medidos, largas filas de ataúdes abiertos, con sus cadáveres de cara al cielo, grises, verdes, apergaminados, podridos o encartonados, inmundos, con aquellas moscas que les volaban por encima, mientras los del séquito funerario y expiatorio portaban enormes banderas verdes sobre correajes colgados de las cinturas. Otros, detrás, de torso desnudo, se flagelaban con látigos de crin, con cilicios de púas, con cadenas de hierro, y enarcaban las piernas, llevando esas bragas musulmanas, enrolladas en los muslos, donde siempre parecía que llevaran espesos y asquerosos pañales. Acaso por mi amor a Paraskeva, a San Gregorio, a San Nicolás, a Santa Nina, evangelizadora de Georgia, odio todo lo que me huela a Korán. No entiendo el atractivo que sobre los forasteros ejercen las calles mahometanas, tan sudas como industriosas, con sus talleres de damasquinería y talabartería, comercios donde los martillos golpean el cobre del alba a la noche, dibujando geometrías, entrelazamientos y arabescos, o bien achichonando la materia de algún tibor, no lejos del apestoso patio de los pellejos sin curtir y de las colas de camero fritas en su propia grasa, ofrecidas en la entrada de tiendas humosas, ante un perenne desfile de mendigos, limosneros, llagados, lisiados, tiñosos, cojos, tullidos, ciegos de ojos blancos, que se detienen en las esquinas para salmodiar pasajes de su Libro Sagrado. Cuando los veo, a pesar de las muchas cosas que me atan a esta ciudad —y más cuando la arena se me desliza a lo largo del espinazo, se me mete por debajo de las faldas, hace crujir mis trenzas al destrenzarlas, sueño de pronto en el Norte; en el Allá, donde se alzan vastos palacios de color de algas y espumas, y donde frontones de helénica estampa se reflejan en canales de aguas mansas junto a la roja albóndiga de los antiguos mercaderes holandeses…Anoche me llevaron a una representación de ópera. Mi padre sacó de uno de los enormes armarios de la casa el frac que había sido de mi abuelo —en aquellos días, los trajes de etiqueta, levitas rectas, jaquettes para recepciones de alguna categoría, al igual que los relojes con iniciales, cadenas y leontinas, se hacían de materias tan excelentes que se heredaban de generación a generación— y fuimos al teatro donde actuaba una compañía venida de Moscú. Vi, en decoraciones suntuosas, dos bailes —fue lo que más me llamó la atención: el primero, algo provinciano, como llevado por elegantes de aldea, con sus ostentosos atuendos y un evidente exceso de joyas y adornos; el segundo, deslumbrador, ofrecido entre altísimas columnas blancas, en un inmenso salón resplandeciente de luces, arañas de mil velas, candelabros barrocos, divinas mujeres de relucientes peinados, vestidas como hadas, que me llevaron hasta el límite del arrobamiento —tanto que, fuera de eso, poco me importó lo que ocurría en las demás escenas: dos hombres se desafiaban; luego, se batían en duelo. Caía uno —el que me gustaba— muerto de un balazo, en un paisaje de nieves. Y, para terminar, era un coloquio entre el Protagonista y la Mujer del Drama, que abandonaba la escena, de pronto, después de decir que amaba a su marido, y era, para el hombre que antes la hubiese menospreciado, como un cruel desplome anunciador de la lenta caída del telón. Y así terminaba la historia de Eugene Oneguin,592 personaje que acaba de entrar en mi vida. Ahora habría que recoger los ligeros abrigos —las noches eran frescas— y devolver los binóculos alquilados a la señora del vestiaire. Y después, la calle obscura, hostil, peligrosa, al cabo de la Gran Fiesta del Teatro. Repentinamente sonaron disparos, muy cerca, y una bomba, arrojada desde una terraza, estalló a veinte pasos detrás del coche. —“¡Corre! ¡Corre! ” —gritamos al cochero, que ya hacía silbar el fuete593 sobre los caballos del tiro… —“Nos vamos de aquí” —dijo mi padre al llegar a casa, apenas mi madre se hubiese dejado caer en una butaca, aún ensordecida por el estruendo de la explosión: “Nos vamos de aquí. Ya no se puede vivir en esta ciudad. Los negocios andan de mal en peor. Es cierto que las gentes del petróleo ganan más dinero que nunca; pero no traen sus familias a estos arenales. Yo soy un comerciante de altura. No vendo percalinas ni telas para camareras. La clientela rica está emigrando hacia lugares más apacibles. Las mercancías caras se pudren sobre los mostradores. Ya no tengo edad para esperar tiempos mejores. Puedo establecerme en la capital” —“¿Y la guerra?” —pregunté, aunque la guerra, vista desde Bakú, pareciera algo muy remoto. —“¡Bah! ¡La tenemos más que ganada! ¡Claro! Tú no lees los periódicos. Tu madre no lo permite, porque se habla en ellos de muchas cosas que no son para muchachas bien educadas. Pero vamos de victoria en victoria. Francisco José594 está chocho; Guillermo II es un imbécil; el Kronprinz, un payaso, y Dios Todopoderoso protege a Rusia, como la protegió en 1812.595 Antes de tres meses habremos acabado con esas estupideces y echaremos a volar las campanas de la paz. Conoceremos una larga era de prosperidad en la que debemos pensar desde ahora, con la mirada puesta en el futuro. Está decidido: nos vamos de aquí…” Esa noche me acosté en mi honda, ancha cama, después del rezo. Pensé que mi madre estaría feliz, pues siempre había soñado con las luces, los teatros, los lujos, de Petrogrado —o San Petersburgo, como aún decían algunos, por costumbre. Y allá, a donde íbamos, había magníficas escuelas de ballet, y me sentía, ahora, irresistiblemente atraída por la danza —danza presente en el gran vals de Eugene Oneguin que aún me sonaba en la memoria…Grandes cambios se habían operado en esa memorable noche que determinó mi vocación.


Notas

576 Comienza aquí la historia de “La rusa de Baracoa”, Cf. Introducción.

577 El Yunque, la montaña que se alza junto a Baracoa, puede verse desde el mar a gran distancia, y es habitat de diferentes especies endémicas cubanas. Colón lo describió en su primer viaje (27 de noviembre de 1492) como “una montaña alta y cuadrada que parecía isla” (Los cuatro viajes, p. 70).

578 chorotes: vasijas para el cacao o el chocolate.

579 Colón y los suyos permanecieron en Porto Santo (la bahía de Baracoa) desde el 27 de noviembre hasta el 4 de diciembre de 1492 (Colón, Los cuatro viajes, pp. 70-78). Tirabacones: seguramente “las aguajes y comentes” de que habla Colón (ibíd. p. 70).

580 En ese mismo lugar existe hoy el Hotel de la Rusa: “situado enfrente del mar, este hotel fue en su tiempo propiedad de una mujer rusa que huyó de su país tras la Revolución y se instaló en este rincón de Cuba” (Guías Fodor’s. Cuba, p. 223).

581 Cf. lo dicho en nota 423 sobre Calixto (“Caliste”) y La Celestina.

582 Recuerdo de la Divina Comedia de Dante, Inferno, I, versos 1-3.

583 R.M. del Valle-Inclán, nota previa a Sonata de Otoño (1902). Bradomín, en efecto, “era feo, católico y sentimental”.

584 garzonas: del francés à la garçón, “a lo chico”, el corte de pelo femenino de moda por loe años veinte. Anatole France había muerto en 1920.

585 Antilla: ciudad cubana en la bahía de Nipe, al oriente de Holguín.

586 Brobdingnag, Liliput: el país de los gigantes y el país de los enanos, respectivamente, de los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift. Frangollo: dulce seco de plátano verde machacado.

587 El terror de Vera a la Revolución —de la que huye hasta Baracoa— es también ei terror a “el otro”, que le ha sido inculcado desde niña, y como puede verse en esta reveladora escena. Lo mismo ocurre más abajo, poco antes de finalizar el capítulo.

588 Monómaco: hubo un emperador bizantino del siglo XI llamado Constantino IX Monómaco. Por lo demás, en griego la palabra significa “gladiador”; aquí, el Combatiente, el Defensor. Es, en todo caso, el zar de Rusia.

589 higúmena: en griego, literalmente, “abadesa”, “priora”; aquí, “aya"

590 —“¿Sois vos, príncipe mío? Os habéis hecho esperar mucho”. —“Abuelita, qué brazos tan grandes tienes”. “Es para abrazarte mejor, hijita”. —“Ana, hermana Ana, ¿no ves a nadie que se acerque?”. “No veo sino el sol que brilla y la yerba que verdea”. (Cf. en Ch. Perrault, Cuentos, respectivamente p. 53 (“La bella durmiente”), 27 (“Caperucita Roja”) y 40 (“Barba Azul”). Ha sido notado que la forma verdois (segunda persona del singular) debería ser verdoie (tercera persona de singular). (De Maeseneer, “La cita”, p. 64).

591 Xrestos Voskrés: “Cristo ha resucitado”, en griego.

592 Eugenio Oneguin (1877-1878), ópera de Piotr I. Tchaikovski, basada en la narración homónima en verso de Aleksandr S. Pushkin.

593 Fuete: galicismo utilizado en varios países hispanoamericanos: “látigo”.

594 El texto original dice, erróneamente, “Fernando José”. Se trata del emperador de Austria-Hungría Francisco José, que murió en 1916 a los ochenta y seis años de edad, en plena guerra europea.

595 Guillermo II, emperador de Alemania, perdió la guerra y el trono en 1918. El Kronprinz (literalmente “Príncipe de la Corona”), hijo y heredero del anterior: años después se mostró partidario de los nazis. 1812: fecha de la derrota de Napoleón en Rusia y de su desastrosa retirada.


La consagración de la Primavera (1978)
Primera edición anotada a cargo de Julio Rodríguez Puértolas
Madrid, Editorial Castalia, 1998
Foto: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis