7 nov. 2012

Zygmunt Bauman: Del ángel de la historia, reencarnado (Enero 2011)





"Angelus Novus" representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. El huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.(*)




Así escribió Walter Benjamin, observando la pintura de Paul Klee. Inspirado por las sugerencias que rezuma la pintura, Benjamin demolió el credo de devotos, fieles, vates palaciegos, aduladores y simpatizantes del «progreso histórico», su representación de la historia como un proceso iniciado y mantenido por el impulso de proyectos, visiones y esperanzas de una felicidad mayor: no nos impulsa un futuro luminoso, insistió Benjamin, sino que somos rechazados, arrastrados y forzados a correr en virtud de los oscuros horrores del pasado. El descubrimiento seminal de Benjamin fue que el «progreso» ha sido, y sigue siendo, una huida y no un movimiento hacia... 

Sin embargo, señalemos que el Ángel de la Historia de Benjamin/Klee, como el huracán que lo lanza hacia el futuro, es mudo. La alegoría de Benjamin/Klee no representa palabras sino sucesos; no representa lo que los seres humanos, agentes involuntarios y víctimas de la historia, dicen acerca de sus razones para vivir apresurados sino lo que les sucede. Benjamin se definía a sí mismo como «materialista histórico». En armonía con el juicio imperante de su época, creía en las leyes de la historia (leyes concebidas por y para los modernos y de las que se esperaba que colmaran el vacío legado por la providencia y el plan divino), y compartía la igualmente extendida creencia en la determinación histórica, añadido tan «natural» como indispensable a las ambiciones para construir y gestionar el orden del prometedor estado moderno.

Todas estas creencias, sin embargo, entre ellas la idea de «historia» como un poder sobrehumano que dispone lo que el hombre propone, han perdido buena parte de su credibilidad y su apariencia manifiesta, junto a la consunción del «sustrato material» de la historia: ese estado prometedor, seguro de sí mismo y (al menos en su intención) todopoderoso, emprendedor, ilimitadamente ambicioso y celoso de competidores reales o potenciales al estilo del Dios monoteísta. Tal como los conocemos hoy, a partir de nuestra propia experiencia actual, los estados son propensos a subcontratar, privatizar, externalizar y subvencionar todo lo que el estado —como se recordó en el obituario de Benjamin y tal como era cuando aún vivía detrás de la máscara del «Ángel de la Historia»— intentó monopolizar y gestionar bajo su control exclusivo (el desvanecimiento del «estado social» no es más que una de las muchas facetas inseparables de su partida).

Si pretendiéramos encontrar una alegoría adecuada para lo que está pasando en la actualidad, tendríamos que apartar al único Ángel de la Historia y colocar en su lugar a todo un enjambre de «ángeles de la biografía». Confesaríamos ser un hatajo de solitarios, arrojados a un futuro al que damos la espalda, mientras el montón de escombros (de nuestras esperanzas aniquiladas, las expectativas frustradas y las oportunidades perdidas) se yergue ante nosotros hacia el cielo... Nos han condenado, a todos y cada uno de nosotros, a lo que Anthony Giddens llama «política vital», nos han pedido que luchemos o pretendamos ser, simultáneamente, nuestros propios poderes legislativos, ejecutivos y jurídicos. Ya no hay salvación en la sociedad, como oportunamente recuerda Peter Drucker. A nosotros nos toca, como mordazmente observa Ulrich Beck, encontrar soluciones individuales al dilema que todos compartimos (o, más cercano a nuestro asunto, hacer surgir en la biografía individual lo que en el pasado se suponía que residía en la historia colectiva). Ya no se trata de calmar y apaciguar las aguas turbulentas sino (como el náufrago del relato «Un descenso al Maelström», de Poe) de encontrar y sujetar con clavos un barril redondeado y, saltando de una a otra ola, procurar escapar de algún modo al ahogamiento...

Entonces, ¿qué le pasó al Ángel de la Historia de Benjamin? Como otros muchos propósitos, proyectos, funciones y promesas de la acción colectiva administrada por el estado, disfrazada de «progreso», ha sido privatizado. En todo caso, ha sido lanzado al mercado para la venta privada. El original de alta costura adornado con el logo de «Dios» o «Historia» ahora se produce en masa, se publicita y se vende a precios de saldo en los escaparates de los bulevares: un ángel de la biografía personal, «Hágalo usted mismo», que cualquiera podrá armar. Exactamente lo que le sucedió al propio Dios, como ha señalado Ulrich Beck en su libro, El Dios personal.

Y en última instancia todo se reduce no a las narrativas que nos enseñaron a relatar sino a las obstinadas, contumaces y resistentes realidades sociales que intentamos narrar (mientras nos fuerzan a ello). En nuestra pulverizada y atomizada sociedad, diseminados junto a los escombros de los aniquilados vínculos interhumanos y sus sustitutos eminentemente débiles y quebradizos, hay muchas razones que pueden horrorizar e invitar a huir a los diminutos ángeles de las pequeñas biografías. Entre otras repugnantes y desalentadoras visiones y olores, las de los putrefactos y hediondos zombis de la «sociedad» y la «comunidad» se encuentran acaso entre los más notables.


Nota  
(*) Walter Benjamin, «Theses on the philosophy of history», en Hannah Arendt (comp.), Illuminations: Essays and Reflections, Nueva York, Schoken, 1968, págs. 257-258.

En Esto no es un diario
Trad. Albino Santos Mosquera y Antonio Francisco Rodríguez Esteban
Barcelona, Paidós, 2012
Foto: ZB en Varsovia, 2005, por Mariusz Kubik
Paul Klee, Angelus Novus, 1920, acuarela, Museo de Israel, Jerusalén