11 nov. 2012

William Faulkner - Claro de luna



William Faulkner © Bettmann/CORBIS


La casa de su tío, al acercarse a ella por detrás, aparecía vacante y sin luz bajo la luna de agosto, porque sus tíos habían salido hacía dos días a pasar sus vacaciones estivales.

Cruzó el ángulo del camino, apresurada y furtivamente a un tiempo, con el whisky de maíz agitándose con apagado borboteo en la botella, bajo su camisa. Al otro lado del césped (lo veía por encima de la silueta baja del tejado, como punteado sobre el cielo, sólido y pesado y sin profundidad) había un magnolio, y sobre él, probablemente sobre la rama más alta, cantaba un sinsonte, muy próximo a la luna, y él entraba rápida y solapadamente por la puerta y se internaba en las sombras de los árboles. Ahora no podría ser visto mientras avanzaba de prisa por el césped moteado y cuajado de rocío, sobre sus suelas de goma, y alcanzaba el santuario del mirador, cercado de enredaderas y negro como tinta. Temía menos a cualquier posible y fortuito viandante que a un vecino que pudiera estar mirando desde alguna ventana oblicua o incluso desde otro porche umbroso; una mujer, una mujer de edad que, en representación de la totalidad de la clase y casta de las madres, de los progenitores, se erigiera en su enemigo mortal por puro instinto reflejo.

Pero alcanzó el mirador sin ser visto. Ahora ya nadie conseguiría verlo; ahora empezaba a creer, por vez primera desde que recibió la nota, en su buena suerte. Había una fatalidad en todo aquello; la casa vacía, el hecho de haber llegado al mirador sin ser visto. Era como si al ganar aquel abrigo sin que lo descubrieran hubiera oficiado de augur, hubiera sangrado el ave, y ello significara suerte, fortuna: ese instante en que el deseo y la circunstancia coinciden. Era como si no sólo coincidieran, como si la circunstancia no sólo autorizara el deseo, sino que lo forzara de modo ineludible: pensaba que, si fracasaba ahora, si aquello no tenía lugar esa noche, si algo acontecía en aquel momento capaz de traicionarlo y de frustrarlo, él se vería automáticamente dispensado de todo vasallaje para con cualquier comportamiento, mandato e incluso aliento.

Había una puertaventana que daba al interior oscuro de la casa; estaba cerrada. Sacó del bolsillo la hoja rota del cuchillo de cocina, fruto y símbolo de la espera interminable de aquella tarde, la licuación de sus entrañas, convertidas una y otra vez en agua salada mientras esperaba la llegada de la noche, del instante de templar la carne muda y esclavizada con los vivos y dulces fuegos de la esperanza. Mientras se apoyaba en la puertaventana y trataba de introducir la hoja en la rendija, bajo el pestillo, temblando ya, sentía la botella dentro de la camisa, entre la tela y la carne. Antes, al colocársela allí dentro, había estado fría, pesada y fría entre la camisa y la piel; la carne se había encogido ante ella.

Pero ahora estaba caliente, ahora no la sentía siquiera porque otra vez, con el solo pensamiento sus entrañas volvían a licuarse, a hacerse líquidas como el alcohol de la botella: su epidermis sólo un recipiente muerto, como el vidrio pegado a ella. La botella era un frasco medicinal de media pinta, vaciado y enjuagado y lleno de whisky de maíz del barril que su padre creía oculto en el desván. Encorvado en el caluroso y mal ventilado desván, bajo el techo bajo caldeado por el sol, con los ojos escocidos y todo su ser asqueado, retrocediendo ante el acre olor del whisky al trasegarlo torpemente al frasco de boca angosta, había pensado en que debería haber sido champaña. Naturalmente, debería haber tenido un largo y delicado dos plazas y un traje de etiqueta y el océano Pacífico allende los eucaliptos (tenían un coche, su padre tenía un traje de etiqueta, pero las posibilidades de conseguir el uno eran tan escasas como las de conseguir el otro, y lo había olvidado todo acerca del océano y los árboles, y ni siquiera había sabido ni pretendido descubrir el nombre de cualquiera de ambos), pero en cualquier caso debería haber sido champaña, que en su vida había probado: tampoco, empero, había probado el whisky sino una vez, y no le había gustado. Pero no había sitio alguno donde conseguir el champaña; al pensar en el whisky, en aquel ardiente licor casero al que se veía limitado, pensó, con una suerte de desesperación, en las angustias de esa duda de uno mismo, de ese sentimiento de que no merecemos tanto cuando, sin previo aviso, nos llega a las manos el deseo de nuestro corazón (o de nuestro cuerpo): “Puede que ahora vaya a perderlo sólo porque no he tenido tiempo de trabajar y hacerme rico”.

Pero aquello había sido a primeras horas de la tarde. Así hubo de ser mientras su madre echaba la siesta, antes de que su padre hubiera tenido tiempo de llegar a casa de la tienda.

A partir de entonces estuvo libre para leer la nota una y cien veces. Era mucho mejor que cualquier cosa que jamás hubiera visto en la pantalla:

Querido mío. Perdona a mi guardián es viejo y no se da cuenta de que soy tuya. Haz que Skeet me pida salir con él esta noche y nos encontraremos en alguna parte y seré tuya esta noche aunque mañana no sea adiós pero hasta siempre. Destruye esta nota. S.

No la destruyó. Aún la llevaba consigo en el bolsillo trasero abotonado, y bien podría servir asimismo de alimento a aquel vampiro que se nutría de la ignominia y del ultraje. Le habría gustado que el señor Burchett la leyera. Mientras manipulaba y hurgaba con la hoja del cuchillo debajo del pestillo, imaginaba que, si no fuera por Susan, no dudaría en enviar la nota por correo al día siguiente al señor Burchett. Imaginaba al señor Burchett recibiendo la nota; al leer cómo Susan se refería a él no como a un “tío” sino como a un “guardián”, caería en la cuenta de su error irreparable al creer que se enfrentaba a niños a quienes castigar. Porque era eso: la ignominia, el ultraje, no el daño en sí. Sabía perfectamente que el señor y la señora Burchett no le tenían en mucha estima, pero tampoco él tenía un alto concepto de ellos.

De hecho, sólo reparaba en su existencia cuando se cruzaban en su camino, en el suyo y en el de Susan, y aun entonces sólo pensaba en ellos tal como pensaría en sus propios padres: como en el natural y perturbador añadido a su existencia, el obstáculo inexplicable a sus deseos. Él y Susan estaban echados en una hamaca en el lado oscuro del jardín del señor Burchett. Susan había dicho: “Tengo que estar en casa para las diez y media”, y había oído sonar las diez y trataban de calcular cuándo se agotarían los treinta minutos restantes.

(Él llevaba su reloj, pero eso se explicará más adelante). Pero habían perdido tiempo -él, cuando menos- en algún lugar de aquella oscuridad estival perfumada por el aroma joven y dulce de la invisible carne femenina, en algún lugar entre los labios de ella y el tímido manoseo, rechazado a medias, de las manos de él, de modo que la primera noticia de la situación le llegó a él en forma de un traumático y terrorífico golpe en el trasero, que partió de debajo de la malla de la hamaca y lo lanzó fuera de ella y lo hizo caer sobre manos y rodillas en tierra, desde donde al mirar hacia arriba airadamente vio al hombre hecho una furia, con el pelo desgreñado y un anticuado camisón hasta la rodilla y una linterna, agachándose ya ágilmente para pasar por debajo de la cuerda de la hamaca. El señor Burchett le propinó una nueva patada antes de que pudiera levantarse, pues se había pisado el cordón desanudado de un zapato; sin embargo, con el primer grito de Susan aún resonando en sus oídos, logró dejar fácilmente atrás al agresor antes de las primeras diez yardas. Era la ignominia, el amargo escarnio. “No tenía pistola, ni siquiera tenía una estaca”, pensó. “Ni llegó a decir nada. Se limitó a darme patadas como a un perro callejero que hubiera subido al mirador y se hubiera orinado en él”. Durante las diez horas de sufrimiento atroz que siguieron pensó sólo en la venganza. Pero la única venganza que lograba visualizar era la de sí mismo dando de puntapiés al señor Burchett, y sabía que para hacerlo sin ayuda habría de esperar como mínimo diez años. La única persona a quien podía pedir ayuda era a Skeet, aunque sabía antes incluso de pensar en ello que tal petición resultaría vana. Trató de exorcizar, mediante operaciones matemáticas, no exactamente al señor Burchett, sino el ultraje. Tendido en la cama, (tenía la impresión de que entre él y la cama se hallaba aquel pie de carne y hueso, inevitable y ultrajante, como el símbolo de una maldición, como si estuviera ligado a su trasero para siempre, al modo de albatros del Viejo Marino, por mucho que cambiara de postura), sumaba por escrito su edad y la de Skeet, 16 más 16: 32, y el señor Burchett tenía como mínimo cuarenta. Luego sumó su peso y el de Skeet, en libras, y el resultado le pareció más satisfactorio. Pero aún quedaba la incógnita del propio Skeet. O mejor, el dato conocido, pues -se preguntó a sí mismo- supón que Skeet viene y te dice: Quiero que me ayudes a dar de puntapiés al doctor West o al señor Hovis. Y sabía que se habría negado. Más tarde recibió la nota, y todo aquello se esfumó. Se evaporó: el señor Burchett, los puntapiés, la ignominia, todo quedaba exorcizado por un trozo de rosa y fragante papel barato sobre el que se habían garabateado pródigos trazos de tinta color púrpura. Agachado ante la puertaventana oscura, manipulando con la hoja rota en el pestillo, pensaba únicamente -con la misma desesperación una vez más- en lo difícil que era en verdad la seducción. Porque también él era virgen. Skeet y la mayoría de los otros bajaban a veces por la noche a la hondonada del Negro, e intentaban hacer que fuera con ellos, pero él no había accedido nunca. No sabía por qué; no había ido nunca, sencillamente. Y ahora, probablemente, era ya demasiado tarde. Era como el cazador que al fin tropieza súbitamente con la pieza, y entonces cae en la cuenta de que jamás aprendió a cargar el arma; ni siquiera la otra noche, cuando estuvo tendido con Susan en la hamaca, confuso y ofuscado por aquella ineptitud suya blanco de fácil rechazo, había pensado mucho en ello.

Pero ahora sí. “Tal vez debería haber practicado antes con negras”, pensó.

El pestillo cedió; la oscura puertaventana se abrió hacia el interior; la casa, vacía y clausurada y secreta, parecía hablar en susurros de un millar de actitudes de amor. Porque su tío y su tía eran jóvenes aún. Su padre y su madre, por supuesto, eran viejos. Enérgicamente (y sin dificultad) se negó a imaginarlos juntos en el lecho. Pero sus tíos eran diferentes, eran jóvenes, amén de que los lazos que los unían a él no eran tan próximos. “Si al menos consiguiera que entrara aquí conmigo”, pensó.

“Aquí han yacido ya el uno con el otro, acaso hace tan sólo dos noches, antes de partir”.

Cerró la puertaventana de forma que pudiera abrirse luego con un empujón leve, y una vez más avanzó rápida y sigilosamente por el patio y cruzó el sendero y torció y bajó por él con aire despreocupado, sin ocultarse ya, hasta el cruce con la calle, donde se detuvo y permaneció bajo la corroída sombra de los robles de agosto. El sinsonte seguía cantando en el magnolio; no había dejado de hacerlo en ningún momento; en cada mirador, a derecha e izquierda de la calle, podían adivinarse mecedoras y borrosas y susurrantes formas. No tuvo que esperar mucho.

- Hola, cara de caballo -dijo Skeet-. ¿Dónde la tienes?

- ¿Dónde tengo qué?

- Ya sabes.

Skeet le tocó la camisa, agarró la botella por encima de la tela con una mano y con la otra trató de abrirle los botones. Él apartó de un golpe la mano de Skeet.

- ¡Vete! -dijo-. Primero vete a buscarla.

- Eso no es lo que dijiste -dijo Skeet-. No voy a llevar los asuntos de nadie con el estómago seco.

Desanduvieron, pues, el sendero y entraron en el patio de la casa de su tío y dieron un rodeo hasta el magnolio, a cuyo pie había una boca de riego; el sinsonte seguía cantando en la copa.

- Dámela -dijo Skeet.

Le pasó a Skeet la botella.

- Bebe con tiento -dijo-. Voy a necesitarla.

Skeet se llevó la botella a la boca. Al poco él se agachó, y vio la cabeza roma de Skeet y la botella inclinada recortadas contra el cielo; luego se levantó y le quitó la botella de las manos.

- ¡Ten cuidado! -gritó-. ¿No te he dicho que voy a necesitarla? Vete a buscarla; ya llegas tarde.

- Está bien -dijo Skeet. Se levantó de la boca de riego, del hueco del agua tibia estancada, con sabor a herrumbre, y caminó por el césped en dirección a la calle.

- Date prisa -le urgió cuando le vio alejarse.

- ¿Qué crees que voy a hacer? -dijo Skeet sin volverse-. ¿Sentarme y darle a la lengua con el viejo Burchett? Yo también tengo un culo; también a mí puede soltarme una patada.

Volvió a quedarse esperando a la tupida sombra del magnolio. Ya no le debería resultar difícil hacerlo, pues había tenido la tarde entera para practicar, para habituarse a la espera. Pero ahora se le antojaba más enojoso: allí de pie, al abrigo de la sombra, bajo el pájaro de plata indiferente e incansable. La botella, de nuevo oculta bajo la camisa, le producía ahora una sensación de auténtico calor, pues su carne, su ser se había vuelto repentinamente frío; una suspensión semejante al agua, de atónita y ensoñadora incredulidad: le resultaba difícil creer que era en verdad él quien esperaba allí a la chica, con aquella puertaventana a la espalda tan hábilmente dispuesta. Maquinalmente levantó el brazo para mirar el reloj de pulsera, pero sabía que aunque el tiempo hubiera importado no habría podido verlo; el reloj que su madre le había regalado el verano pasado, cuando aprobó los exámenes de su primer año con los boy scout. La esfera -tenía en ella el emblema de los scout- había sido entonces luminosa, pero un día lo olvidó y se metió en el agua con el reloj en la muñeca. Aún seguía funcionando bien de vez en cuando, pero ahora la oscuridad le impedía ver tanto la esfera como las manecillas. “Eso es todo lo que quiero”, pensó. “Lo único que quiero es seducirla. Hasta me casaría con ella luego, aunque no sea del tipo de hombre que se casa”.

Luego la oyó -la alta y dulce risa atolondrada y sin sentido, como un relincho, que hacía que sus entrañas se volvieran agua-, vio el vestido claro, el cuerpo delgado como un junco; venía con Skeet por el césped, en dirección al magnolio.

- Muy bien, cara de pez -dijo Skeet-. ¿Dónde la tienes?

- Te lo tomaste ya.

- Me dijiste que me darías un trago cuando la trajera.

- No, no es cierto. Te dije que esperaras a traerla para tomarte el trago que te prometí esta tarde. Pero no esperaste.

- No es así. Esta tarde te dije que si me dabas un trago iría a buscarla, y tú dijiste que muy bien, y esta misma noche me has dicho que me darías un trago cuando te la trajera; aquí está, pues, ¿y el trago?

Skeet intentó agarrar de nuevo la botella; de nuevo él le apartó la mano de la camisa bruscamente.

- Está bien -dijo Skeet-. Si no me das un trago no me voy.

Así que él volvió a ponerse en cuclillas, volvió a ver la botella inclinada y el perfil romo y engullidor de Skeet recortados contra el cielo; y de nuevo le arrebató la botella, esta vez con auténtica ira.

- ¿Quieres bebértela entera? -clamó, con un hilo de voz exasperado y silbante.

- Claro -dijo Skeet-. ¿Por qué no? Ella no quiere. Y a ti no te gusta.

- Ya basta -dijo él, temblando-.

Es mía, ¿no es cierto? ¿No es mía?¿Qué?

- Está bien, está bien, no te enfades. -Los miró-. ¿Venís a la ciudad?

- No.

- Vaya, le he dicho a tía Etta que iba a ir al cine -dijo Susan.

- No -volvió a decir él-. No vamos a la ciudad. Vete ya. Vete.

Skeet siguió mirándolos unos instantes más.

- De acuerdo -dijo al cabo. Y lo vieron alejarse por el césped.

- Creo que será mejor que vayamos al cine -dijo ella-. Le he dicho a tía Etta que iba a ir, y alguien puede…

Él se volvió hacia ella; estaba temblando; al tocarla sintió sus manos extrañas y torpes.

- Susan -dijo-. Susan…

La abrazó; tenía las manos entumecidas: no fueron, por tanto, sus manos las que le hicieron darse cuenta de que ella estaba tensa y un poco echada hacia atrás, mirándole con curiosidad.

- ¿Qué te pasa esta noche? -dijo ella.

- Nada -dijo él. La soltó y trató de que cogiera la botella-. Toma -dijo-. Allí, en la boca de riego, tienes aguas; puedes beber directamente…

- No quiero -dijo ella-. No me gusta.

- Por favor, Susan -dijo él-. Por favor.

Volvió a abrazarla; estaba echada hacia atrás e inmóvil, con el cuerpo arqueado y tenso; luego cogió la botella. Durante un instante él pensó que iba a beber: una caliente y viva oleada de triunfo henchió todo su ser.

Luego oyó el débil sonido sordo del frasco al golpear contra la tierra, e instantes después estaba abrazándola; el cuerpo familiar y delgado como un junco, la boca, los frescos y tranquilos besos carentes de lujuria de la adolescencia, ante los que sucumbió como solía, y se dejó llevar flotando sin esfuerzo a unas aguas frescas y oscuras que olían a primavera; momentáneamente entregado, como rapado por Dalida, aunque no por mucho tiempo; tal vez fuera la voz de ella, tal vez lo que dijo:-Venga, vamos al cine.

- No. Al cine no.

Y sintió cómo se quedaba quieta, atónita por completo.

- ¿Es que no me vas a llevar?

- No -dijo él.

Estaba gateando en busca de la botella. Pero debía darse prisa de nuevo y no logró encontrarla en seguida; no importaba. Se levantó. Le temblaba el brazo que había puesto en torno a ella; tuvo la repentina convicción de que entonces, en el último momento, podía perderla a causa de su temblor y embotamiento.

- Oh -dijo ella-. ¡Me estás haciendo daño!

- Está bien -dijo él-. Vamos.

- ¿Adónde?

- Ahí -dijo él-. Allí cerca.

La condujo hacia los escalones, hacia el mirador oscuro. Ella se resistía, le tiraba incluso del brazo y de los dedos, pero él no lo advertía porque tenía el brazo insensible. Siguió adelante, tropezando un poco en los escalones, medio arrastrándola, diciendo: -Me sentía morir, y entonces recibí tu nota. Creí que tendría que morirme y entonces llegó la nota -y luego algo más hondo, incluso mudo-: “¡Susan! ¡Susan! ¡Susan! ¡Susan!” En un ángulo del porche había una tumbona de columpio. Ella intentó detenerse allí; imaginaba sin duda que aquél era el punto de destino. Cuando vio la tumbona dejó incluso de resistirse, y cuando vio que él pasaba de largo lo siguió dócilmente, como en actitud pasiva no ya fruto de la sorpresa sino de la viva curiosidad al ver que la conducía hasta la puertaventana y empujaba las hojas hacia dentro. Entonces se detuvo y empezó a forcejear.

- No -dijo-. No. No. No. No.

- Sí. Están fuera. Será sólo… - dijo él, forcejeando a su vez, arrastrándola hacia la puertaventana. Entonces ella empezó a llorar: un gemido fuerte de conmocionado asombro, como un niño a quien han golpeado.

- ¡Calla! -exclamó él-. ¡Dios, calla! -Ella, con la espalda contra la pared, junto a la puertaventana,gemía con la ruidosa inconsciencia de los niños-. ¡Por favor, Susan! -dijo él-. ¡Deja de berrear! ¡Nos van a oír! ¡Silencio!

La agarró y trató de taparle la boca con la mano.

- ¡Quítame tus sucias manos de encima! -gritó ella dabatiéndose.

- Está bien, está bien.

La abrazó. La apartó de la puertaventana y la condujo hasta la tumbona y la hizo sentarse en ella, sin dejar de abrazarla.

- ¡Calla, calla! ¡Dios, calla!

- ¡Déjame en paz! -gimió ella-.

¡Quieto! -Pero ya no gritaba; seguía llorando con aquel enorme abandono, sin debatirse ya, sin forcejear con él, que la abrazaba y trataba de que no alzara la voz.

- No pretendía nada -dijo él-. Era sólo lo que decía tu nota. Pensé que…

- ¡Yo no dije nada! -gimió ella-.

¡Yo no dije nada!

- De acuerdo, de acuerdo -dijo él.

La abrazó. La abrazó torpemente; al poco cayó en la cuenta de que se estaba aferrando a él. Se sentía como una masa de madera; un soporte corpóreo del que han huido la sensación, la percepción, la sensibilidad junto con los dulces y desbocados fuegos de la esperanza. Pensó, con apacible asombro: “No le habría hecho ningún daño. Lo único que quería era seducir a alguien”.

- Me asustaste tanto -dijo ella, aferrándose a él.

- Sí, de acuerdo. Lo siento. Jamás pretendí asustarte. Ahora chssssss…

- Quizá quiera mañana por la noche.

Pero me has asustado tanto.

- De acuerdo, de acuerdo.

La abrazó. Ya no sentía nada en absoluto; ni pesar, ni desesperación, ni siquiera sorpresa. Pensaba en Skeet y en él en el campo, tendidos allá en una colina bajo la luna, con la botella entre ambos, sin hablar siquiera.


En Relatos
Traducción: Jesús Zulaika
Imagen: © Bettmann/CORBIS