21 nov. 2012

Virginia Woolf: Una novela no escrita






Aquella expresión de desdicha bastaba para que los ojos de una resbalaran sobre el papel hasta más allá de su borde, hasta la cara de la pobre mujer —insignificante sin aquella expresión, casi símbolo del destino humano con ella. La vida es lo que se ve en los ojos de la gente; la vida es lo que la gente aprende y, después de haberlo aprendido, jamás, pese a que procura ocultarlo, deja de tener conciencia de... ¿qué? Que la vida es así, parece. Cinco rostros en frente —cinco rostros maduros— y el conocimiento en cada rostro. ¡Pero cuan extraño es que la gente intente ocultarlo! Rastros de reticencia se ven en todos estos rostros: labios cerrados, ojos velados, cada uno de los cinco hace algo para ocultar su conocimiento, o para adormecerlo. Uno fuma, otro lee, un tercero comprueba las anotaciones de su agenda, el cuarto contempla el mapa de la vía férrea enmarcado ante él, y el quinto rostro —lo terrible del quinto rostro es que la mujer no hace absolutamente nada. Mira la vida. ¡Mi pobre y desdichada mujer, juega al juego! ¡Hazlo por nosotros, ocúltalo!

Como si me hubiera oído, la mujer levantó la vista, rebulló levemente en su asiento y suspiró. Parecía pedir disculpas y, al mismo tiempo, decirme: «Si usted supiera...» Después volvió a mirar la vida. En silencio, con la vista fija en el Times por mor de los modales, le contesté: «Es que lo sé. Lo sé todo. La paz entre Alemania y las potencias aliadas quedó ayer oficialmente garantizada en París... El Signor Nitti, primer ministro italiano... Un tren de pasajeros chocó ayer, en Doncaster, con un mercancías... Todos lo sabemos —lo sabe el Times—, pero fingimos que no lo sabemos.» Una vez más, mi vista se había deslizado por encima del borde del papel. La mujer se estremeció, torció en extraño movimiento el brazo hacia la parte media de su espalda, y sacudió la cabeza negativamente. Una vez más me sumergí en mi gran depósito de vida. «Escoge lo que quieras», proseguí, «nacimientos, defunciones, matrimonios, anuncios judiciales, las costumbres de los pájaros, Leonardo da Vinci, el asesinato de Sandhills, la elevación de los sueldos y el coste de la vida... Sí, escoge lo que quieras», repetí, «¡todo está en el Times!» Una vez más, con infinito cansancio, la mujer movió la cabeza a uno y otro lado hasta que, como una peonza agotada de tanto dar vueltas, la cabeza reposó sobre el cuello.

El Times no ofrecía protección contra un dolor como el de aquella mujer. Pero los otros seres humanos no permitían el establecimiento de comunicación. Lo mejor que cabía hacer contra la vida era doblar el periódico de manera que formara un perfecto cuadrado, crujiente, grueso, impermeable incluso a la vida. Después de hacerlo, levanté la vista rápidamente, protegida por un escudo exclusivamente mío. Pero la mujer atravesó mi escudo; me miró a los ojos como si buscara un sedimento de valentía en su fondo y lo mojara, convirtiéndolo en barro. Sólo su estremecimiento denegó toda esperanza, echó a un lado toda ilusión.

Y así, traqueteando, cruzamos Surrey y entramos en Sussex. Pero, por tener la vista fija en la vida, no vi que los otros pasajeros se habían apeado, uno a uno, dejándonos solas, con la salvedad del hombre que leía. Estábamos llegando a la estación de Three Bridges. Lentamente avanzamos junto al andén y nos detuvimos. ¿Nos dejaría solas el pasajero? Recé pidiendo las dos cosas; en último lugar, recé para que se quedara. Y, en aquel instante, el pasajero se levantó, estrujó el periódico despreciativamente, como si se tratara de un asunto liquidado, abrió con violencia la puerta y nos dejó solas.

La desdichada mujer, inclinándose un poco al frente, se dirigió pálida y descoloridamente a mí; habló de estaciones y de vacaciones, de hermanos en Eastbourne, y del tiempo del año, que era, lo he olvidado, principio o finales. Pero por fin, mirando a través de la ventana y sólo viendo, me di cuenta, vida, dijo con voz leve: «Vivir lejos, éste es el inconveniente...» Ah, ahora se acercaba la catástrofe: «Mi cuñada»; la amargura de su tono era como limón sobre hierro, y hablando, no a mí, sino para sí, musitó: «Tonterías, diría, esto es lo que todos dicen», y mientras hablaba rebullía como si la piel de su espalda fuera la de un ave desplumada en el escaparate de una pollería.

«Oh, ¡esa vaca!», exclamó con acento nervioso, como si la gran vaca de madera en el prado la hubiera escandalizado, salvándola así de una indiscreción. Después se estremeció, y efectuó aquel torpe movimiento angular que le había visto hacer antes, como si, después del espasmo, un punto situado entre los omóplatos le escociera o picara. Después, una vez más, adquirió el aspecto de la mujer más desdichada del mundo, y una vez más se lo afeé, aun cuando no con idéntica convicción, ya que, si concurriera alguna razón, y si yo hubiera sabido la razón, la causa de aquel estigma se encontraría fuera de la vida.

«Las cuñadas», dije...

Frunció los labios como si se dispusiera a escupir veneno sobre el mundo. Y fruncidos quedaron. Lo único que hizo fue coger un guante y frotar con él fuertemente una manchita en el vidrio de la ventanilla. Frotaba como si quisiera borrar algo para siempre jamás, una mancha, cierta indeleble contaminación. Pero, a pesar de tanto frote, realmente la mancha siguió allí, y la mujer volvió a hundirse en el asiento, con un estremecimiento, y torciendo el brazo de aquella manera que yo había ya llegado a esperar. Algo me impulsó a coger mi guante y frotar el vidrio de mi ventana. También había en él un puntito. Pero a pesar de los frotes, allí quedó. Y entonces el espasmo me estremeció; torcí el brazo y me rasqué la parte media de la espalda. También mi piel causaba la sensación que produce la húmeda piel de un pollo en el escaparate de una pollería; un punto entre los hombros me picaba y me irritaba, estaba húmedo, pelado. ¿Lo alcanzaría? Lo intenté subrepticiamente. La mujer me vio. Una sonrisa de infinita ironía, de infinita tristeza, pasó por su cara y desapareció. Pero la mujer había entrado en comunicación, había compartido su secreto, había transmitido su veneno. Ya no hablaría más. Reclinándome en mi rincón, protegiendo mis ojos de sus ojos, viendo sólo las laderas y los hoyos, los grises y los morados, del paisaje invernal, leí el mensaje de la mujer, descifré su secreto, lo leí bajo su mirada.

La cuñada de Hilda. ¿Hilda? ¿Hilda? Hilda Marsh, Hilda la lozana, la de abundante seno, la matrona. Hilda está en pie junto a la puerta, mientras el taxi se acerca, con una moneda en la mano. «Pobre Minnie, parece más que nunca un saltamontes... con el mismo abrigo que el año pasado. En fin, con dos hijos, en los presentes tiempos, no se puede hacer gran cosa. No, Minnie, ya lo tengo en la mano. Tome, taxista... No, Minnie, no lo permitiré. Entra, Minnie. ¡Claro que llevo el cesto, hasta contigo podría cargar!» Y así entran en el comedor. «Niños, la tía Minnie.»

Despacio, los cuchillos y los tenedores descienden de la alacena. Bajan (Bob y Barbara), ofrecen rígidos la mano, y vuelven a sentarse, mirando entre las masticaciones reanudadas. [Pero esto nos lo vamos a saltar; los adornos, las cortinas, la fuente de porcelana con tréboles, amarillos rombos de queso, blancos cuadrados de bizcocho... Nos lo saltamos pero, oh, ¡esperemos! A mitad del almuerzo, uno de aquellos estremecimientos; Bob la mira, con la cuchara en la boca. Pero Hilda le reprende: «Cómete el pudding, Bob. ¿Y a qué se debe este estremecimiento?» Saltémonoslo, saltémonoslo, hasta llegar al descansillo del piso superior; escaleras con barandilla de latón; linóleo desgastado; oh, sí; ¡pequeño dormitorio desde el que se ven los tejados de Eastbourne, tejados en zigzag, como la espina dorsal de las orugas, hacia aquí y hacia ella, a rayas rojas y amarillas, con pizarra negro azulada.] Ahora, Minnie, la puerta se ha cerrado; Hilda baja pesadamente a la planta baja; y tú desatas las correas del cesto, dejas sobre la cama un deslucido camisón, quedas en pie junto a unas zapatillas de felpa forradas de piel. El espejo... no, tú evitas el espejo. Dispones metódicamente las horquillas. ¿Habrá algo dentro del estuche de concha? Lo sacudes; es el mismo botón de nácar del año pasado. Y nada más. Y después el respingo, el suspiro, el sentarse junto a la ventana. Las tres de una tarde de diciembre, la llovizna, allá abajo un resplandor en el tragaluz de la pañería, otra luz en el dormitorio de una criada. Esta se apaga. Con eso, nada hay que mirar. Un momento de vacío... ¿En qué piensas pues? (Séame permitido mirarla, sentada ahí, ante mí; duerme o lo finge; por lo tanto, ¿en qué pensaría sentada junto a la ventana a las tres de la tarde? ¿En la salud, en el dinero, en las colinas, en su Dios?) Sí, sentada en el mismísimo borde de la silla, con la vista en los tejados de Eastbourne, Minnie Marsh reza a Dios. Nada hay que objetar; y también puede trotar el vidrio, como si quisiera ver mejor a Dios; pero, ¿a qué Dios ve? ¿Quién es el Dios de Minnie Marsh, el Dios de las callejas de Eastbourne, el Dios de las tres de la tarde? También yo veo tejados, veo cielo; pero, oh pobre de mí, ¡este ver Dioses! Se parece más al Presidente Kruger que al Príncipe Alberto. Esto es lo sumo a que llego, con respecto a él; y le veo sentado en una silla, con un chaqué negro, y no muy alto; puedo proporcionarle una nube o dos a la que estar subido; y su mano, reposando en la nube, sostiene una vara, ¿o será un garrote? —negro, grueso, con púas—, ¡un viejo bruto el Dios de Minnie! ¿Le mandó acaso el picor, la mancha y el estremecimiento? ¿Será por eso que Minnie reza? Lo que frota en la ventana es la mancha del pecado. ¡Minnie cometió un delito!

Puedo escoger entre varios delitos. Los bosques se deslizan y vuelan. En verano, aquí hay campanillas; y en los calveros, cuando la primavera llega, belloritas. ¿Fue una separación, hace veinte años? ¿Una promesa rota? ¡No la rompería Minnie!... Ella fue fiel. ¡Y cuánto cuidó a su madre! Se gastó todos sus ahorros en la lápida de la tumba, flores protegidas con vidrio, narcisos en jarras. Pero me estoy desviando. Un delito... Dirían que se guardó su dolor, que reprimió su secreto —su sexo, dirían— los hombres de ciencia. Pero, ¡qué tontería dar a Minnie la carga del sexo! No, lo siguiente es más probable. Pasando por las calles de Croydon hace veinte años, los círculos violeta de cinta en el escaparate de la pañería reluciendo a la luz eléctrica atrajeron su vista. Se detiene, han tocado las seis. Pero, si se da prisa, llegará a casa a tiempo. Empuja la puerta de vidrio con resortes. Es hora de ventas. Hay lisas bandejas rebosando cintas. Se detiene, tira de ésta, toquetea la otra con las rosas realzadas; no hace falta elegir, no hace falta comprar, y oada bandeja tiene sus sorpresas. «Hasta las siete no cerramos», y, después, realmente ya son las siete. Corre, se angustia, y llega a casa, pero llega tarde. Vecinos — el médico — el hermano lactante — el cazo — escaldado — hospital — muerto — ¿o acaso todo se debió únicamente a la fuerte impresión, y a ésta hay que culpar? ¡Los detalles nada importan! Es lo que Minnie lleva dentro; la mancha, el delito, lo que debe expiar, siempre allí, entre los omóplatos. «Sí», parece decirme con un movimiento afirmativo de la cabeza, «eso es lo que hice.»

No me importa que lo hicieras o lo que hicieras. No es esto lo que busco. El escaparate de la pañería con sus aros de violeta me basta; quizá sea un poco adocenado, un poco vulgar, habida cuenta de que puedo escoger delitos, aunque hay demasiados (miremos una vez más ahí, al frente —¡sigue durmiendo o fingiéndolo!, blanca, fatigada, cerrada la boca —un matiz de tozudez, más de la que cabría imaginar— sin rastro de sexo), tantos delitos no son tu delito; tu delito fue adocenado, y sólo el castigo fue solemne. Ahora se abre la puerta de la iglesia, el duro banco de madera la recibe, se arrodilla en las baldosas pardas. Todos los días, invierno, verano, ocaso, alba (y ahora está haciéndolo) reza. Todos sus pecados caen, caen, eternamente caen. La mancha los recibe. Es realzada, es roja, es ardiente. Y luego Minnie se estremece. Los niños pequeños la señalan con el dedo. «Hoy, Bob viene a almorzar.» Pero las mujeres entradas en años son lo peor.

Realmente, ahora ya no puedes seguir rezando. Kruger se ha hundido en las nubes —borrado cual por el líquido gris del pincel de un pintor, al que Kruger ha añadido un poco de negro—, incluso la punta del garrote ha desaparecido ahora. ¡Es lo que siempre pasa! Precisamente cuando se le consigue ver, sentir, llega alguien a interrumpir. Ahora es Hilda.

¡Cómo la odias! Incluso cierra con llave la puerta del cuarto de baño, por la noche, a pesar de que lo único que quieres es agua fría, y algunas veces, en las noches malas, parece que lavarse pueda aliviar. Y John a la hora del desayuno — los niños — las comidas son lo peor, y a veces hay amigos — los heléchos no los ocultan del todo — y también ellos lo adivinan. Por esto te vas al muelle, donde las olas son grises, y los papeles vuelan, y los cobijos de vidrio son verdes y con corrientes de aire, y las sillas valen dos peniques, que es demasiado, por cuanto en la arena forzosamente habrá predicadores. Ah, ahí aparece un negro, es un hombre divertido, es un hombre con cotorras, ¡pobres animalitos! ¿Es que no hay aquí nadie que piense en Dios? Precisamente ahí, arriba, encima del mueÚe, con su vara, pero no, nada hay salvo el gris del cielo o si es azul las nubes le ocultan, y la música —es música militar—, ¿y qué pescan?, ¿realmente atrapan algo? ¡Y cómo miran los niños! Y, después, bueno, volvamos a casa. «¡Volvamos a casa!» Las palabras tienen significado; hubiera podido decirlas el viejo con patillas, no, no, éste realmente no habló; pero todo tiene significado — las maderas con carteles apoyadas en los quicios de los portales — los nombres sobre los escaparates de las tiendas — fruta roja en cestos — cabezas de mujer en la peluquería — todo dice «¡Minnie Marsh!» Pero se produce una sacudida. «¡Los huevos van más baratos!» ¡Es lo que siempre ocurre! Estaba yo camino de arrojar a Minnie al agua, llevada por la locura, cuando Minnie da media vuelta y se me escapa por entre los dedos. Los huevos van más baratos. No hay para la pobre Minnie Marsh delito alguno, ni penas, ni rapsodias, ni enajenamientos entre cuantos se encuentran amarrados a las orillas del mundo, jamás llega tarde a almorzar, nunca la tormenta la ha pillado sin impermeable, nunca ha estado en la total ignorancia en lo tocante a la baratura de los huevos. Y así, llega a casa. Se frota las suelas de los zapatos.

¿Te he interpretado correctamente? Pero la cara humana, la cara humana encima de la más repleta hoja de letra impresa contiene más, retiene más. Ahora se abren los ojos, mira, y en los humanos ojos —¿cómo definirlo?— hay una ruptura, una división, igual que, cuando una agarra el tallo, la mariposa vuela — la mariposa nocturna que se pone al anochecer en la flor amarilla—, se va, al alzar la mano, lejos, hacia lo alto. No levantaré la mano. Estáte pues quieto, temblor, vida, alma, espíritu, lo que fueres, de Minnie Marsh — y yo también, sobre mi flor — el halcón sobre la colina — solo, o lo que fuere el valor de la vida. Un leve movimiento de la mano, ¡y se va arriba! Después se vuelve a posar. Sola, sin ser vista, viéndolo todo tan quieto ahí abajo, todo tan hermoso. Sin que nadie te vea, sin que importes a nadie. Los ojos de los demás son nuestras cárceles; sus pensamientos nuestras jaulas. Aire arriba, aire abajo. Y la luna y la inmortalidad... ¡Pero me caigo al césped! ¿También te has caído, tú, la que estás en el rincón, como sea que te llames, mujer, Minnie Marsh, o cualquier otro nombre parecido? Ahí está, pegada a su flor, abriendo el bolso del que saca una cascara vacía —un huevo— ¿y quién decía que los huevos iban más baratos? ¿Tú o yo? Fuiste tú quien lo dijo al regresar a casa, ¿recuerdas, cuando el anciano caballero de repente abrió el paraguas... o acaso estornudó? De todas maneras, el caso es que Kruger se fue, y tú «regresaste a casa» y te restregaste las suelas de los zapatos. Sí. Y ahora te pones sobre las rodillas un pañuelo en el que dejas caer pequeñas y angulosas porciones de cascara de huevo —fragmentos de un mapa—, un rompecabezas. ¡Me gustaría juntarlas! Si al menos te estuvieras quieta. Movió las rodillas; el mapa volvió a quedar fragmentado en porcioncillas. Por las laderas de los Andes los grandes bloques de mármol caen botando y rebotando y entrechocando, y aplastan y matan a una cuadrilla de muleros españoles, junto con su reata — el botín de Drake, oro y plata. Pero volvamos...

¿A qué, a dónde? Abrió la puerta, y poniendo el paraguas en el paragüero, como no podía dejar de ser; y también el aroma a buey procedente de abajo; punto, punto, punto. Pero no puedo eliminar tanto, lo que debo, baja la cabeza, cerrados los ojos, con la valentía de un regimiento y la ceguera de un toro, atacar y dispersar son, sin la más leve duda, las figuras detrás de los heléchos, los viajantes de comercio. Los he tenido escondidos ahí, durante todo este tiempo, con la esperanza de que, de una manera u otra, desaparecieran o, mejor todavía, aparecieran, tal como deben, si es que el relato ha de seguir adquiriendo riqueza y redondez, destino y tragedia, tal como deben los relatos, metiendo dentro de él a dos, cuando no tres, viajantes de comercio, y todo un campo de aspidistra. «El follaje de la aspidistra sólo parcialmente ocultaba al viajante de comercio...» Los ponsetias lo ocultarían del todo, y, de propina, me darían ese macizo de rojo y blanco que tanto ansio y tanto busco; pero ponsetias en Eastbourne, en diciembre, en la mesa de los Marsh... No, no, no me ateevo; todo ha de basarse en cortezas de pan, vinagreras, lechugas y helechos. Más adelante, quizá haya un momento junto al mar. Además siento, cosquilleándome agradablemente, a través de los verdes calados y por encima de la barrera de cristal tallado, el deseo de mirar y examinar disimuladamente al hombre ante mí —sólo puedo permitirme uno. ¿No será James Moggridge, a quien los Marsh llaman Jimmy? [Minnie, debes prometerme que no te estremecerás hasta que haya solucionado este asunto.] James Moggridge es viajante de comercio de —¿botones, por ejemplo?—, pero todavía no ha llegado el momento de meter los botones en la historia, grandes y pequeños en los largos cartones, algunos como ojos de perdiz, otros de oro mate, y los hay de coral y otros como piedrecillas, pero ya he dicho que no ha llegado aún el momento. Viaja, y el jueves es su día de Eastbourne, día en que come en casa de los Marsh. Su cara roja, sus menudos ojos grises de quieto mirar —en modo alguno totalmente vulgares—, su enorme apetito (esto elimina riesgos; ya que no mirará a Minnie, hasta que el pan haya absorbido toda la salsa), con la servilleta colgando en forma de rombo — esto es primitivo, y sea cual fuere el efecto que pueda producir al lector, no voy a picar en este cebo. Ahora pasemos a la familia de Moggridge, pongamos este asunto en marcha. Todos los domingos, el propio James se encarga de remendar los zapatos de su familia. Lee Truth, lee «la verdad». Pero, ¿cuál es su pasión? Las rosas — y su esposa es una enfermera de hospital retirada — interesante —, pero, por el amor de Dios, ¡séame permitido poner a una mujer con un nombre que me guste! Pero no; esta mujer pertenece a los hijos nonatos de la mente, es ilícita, aunque no por ello la amo menos, al igual que a mis rododendros. Cuántos son los que mueren en todas las novelas que se escriben: los mejores, los más amados, en tanto que Moggridge vive. La culpa la tiene la vida. Aquí tenemos a Minnie comiéndose el huevo, en este instante sentada ante mí, y al final de la fila — ¿hemos pasado ya por Lewes? — forzosamente ha de estar Jimmy — ¿ya qué se debe el estremecimiento de Minnie?

Forzosamente ha de estar Moggridge, por culpa de la vida. La vida impone sus leyes; la vida corta el camino; la vida está detrás del helécho; la vida es el tirano; ¡pero no el bruto dominante! No, por cuanto os aseguro que acudo voluntariamente, acudo impulsada por qué sé yo qué necesidad, por entre vinagreras y heléchos, mesa manchada y botellas mojadas. Acudo, sin poderme resistir, para alojarme en algún lugar de la firme carne, de la robusta espina dorsal, de cualquier lugar en el que pueda penetrar, en que pueda encontrar firme base, de la persona, del alma, de Moggridge el hombre. La enorme estabilidad de su estructura, la espina dorsal dura cual hueso de ballena, recta cual roble; las costillas irradiando ramas; la carne como lona tensa; sus rojos orificios; la succión y esponjamiento de su corazón; mientras que, de lo alto, la carne comestible cae en pardos cubos y la cerveza fluye, para que el hervor lo transforme todo en sangre... y así llegamos a los ojos. Detrás de la aspidistra, estos ojos ven algo: negro, blanco, desmañado; ahora, la fuente con la comida otra vez; detrás de la aspidistra ven a la mujer entrada en años; «la hermana de Marsh, prefiero a Hilda»; ahora el mantel. «Marsh seguramente sabe cuál es el problema de los Morris...», será cuestión de hablar del asunto; han traído el queso; la fuente otra vez; le da la vuelta, los enormes dedos; ahora la mujer sentada enfrente. «La hermana de Marsh, en nada se parece a Marsh; mujer vieja y desdichada... debiera quedarse en casa... Gran verdad, vive Dios, ¿y por qué se retuerce ahora? ¿Qué habré dicho? Oh, oh, oh... ¡esas mujeres entradas en años! Oh, oh...»

[Sí, Minnie, ya sé que te has estremecido, pero espera un momento — James Moggridge.]

«Oh, oh, oh...» ¡Cuan bello es este sonido! Como el golpe de un martillo en madera antigua, como el latir del corazón de un viejo ballenero, cuando se alza la mar gruesa y las nubes cubren el cielo. «Oh, oh...», qué campana ambulante para tranquilizar las almas de los inquietos, para solazarlas, para envolverlas en sábanas, diciéndoles «¡Hasta la vista! ¡Buena suerte!», y, después, «¿Qué desea usted?», por cuanto si bien es cierto que Moggridge hubiera sido capaz de despepitarse por ella, esto es ya cosa pasada, esto terminó. ¿Y qué viene a continuación? «Señora, va usted a perder el tren», porque los trenes no esperan. 

El hombre es así; este es el sonido que resuena; esto es la catedral de San Pablo y los autobuses. Pero ya estamos barriendo las migas. Oh, Moggridge, ¿no se queda? ¿Debe irse? ¿Va a recorrer Eastbourne, esta tarde, en uno de esos carritos? ¿Es usted ese hombre entre muros de cajas de cartón verdes, sentado a veces solemnemente, con mirada de esfinge, y siempre con aire sepulcral, con algo propio de pompas fúnebres, de ataúd y de ocaso, envolviendo al caballo y a quien lo lleva? Dígame... pero las puertas se han cerrado bruscamente. Jamás nos volveremos a ver. ¡Adiós, Moggridge!

Sí, sí, ya voy. A lo más alto de la casa. Me quedaré un momento. El barro da vueltas y revueltas en la mente... qué torbellino dejan estos monstruos tras sí, alzadas las aguas, las algas ondulándose, verdes aquí, negras allá, golpeando la arena, hasta que poco a poco los átomos vuelven a ordenarse, todo se sedimenta, los ojos vuelven a ver clara y serenamente, y a los labios acude una oración por los que se han ido, como una exequia para las almas de aquellos a los que se despide con un movimiento de la cabeza, aquellos a los que una jamás volverá a ver.

Ahora, James Moggridge ha muerto, se ha ido para siempre. Bueno, Minnie... «No puedo aguantarlo más.» Si esto dijo. (Voy a mirarla. Empuja la cascara de huevo por profundos declives.) Ciertamente lo dijo, apoyándose en la pared del dormitorio, y dando tirones a las pequeñas bolas que bordean la cortina de color de vino tinto. Pero, cuando el yo habla al yo, ¿quién habla?, el alma enterrada, el espíritu conducido a, a, a, la catacumba central; el yo que profesó y abandonó el mundo, un cobarde quizá, pero en cierta manera hermoso al deslizarse con su linterna arriba y abajo, inquieto, por los oscuros pasillos. «No puedo aguantarlo más», dice el espíritu de Minnie Marsh. «Ese hombre que ha venido a almorzar — Hilda — los niños.» ¡Oh, cielos, su sollozo! Es el espíritu llorando su destino, el espíritu llevado de aquí para allá, posándose en alfombras cada vez más pequeñas — pobres bases — encogidos restos de un universo que se desvanece: amor, vida, fe, marido, hijos, no sé qué esplendores y fiestas vislumbrados en la adolescencia de una mujer. «No es para mí, no es para mí.»

Pero, en este caso, ¿los mojicones y el viejo perro pelado? Debieran gustarme las esterillas de la cama y el consuelo de la ropa interior. Si Minnie Marsh fuera atropellada y trasladada al hospital, las enfermeras e incluso los médicos exclamarían... Ahí está el panorama y la visión, ahí está la distancia, el punto azul al final de la avenida, en tanto que, a fin de cuentas, el té es bueno, el mojicón está caliente, y el perro — «¡Benny, a tu cesto, caballerete, y verás lo que te ha traído tu mamá!» Y así, quitándote el guante con la punta del pulgar desgastada, desafiando una vez más a ese persistente demonio que incita a incurrir en círculos viciosos, renuevas tus fortificaciones, cosiendo la lana gris, pasándola y traspasándola.

Pasándola y traspasándola, del derecho y del revés, tejiendo una tela de araña a través de la cual ni el mismísimo Dios... ¡chitón, no pienses en Dios! ¡Cuan firmes son las puntadas! Has de estar orgullosa de tu manera de zurcir. Que nada la perturbe. Que la luz caiga suavemente, que las nubes revelen el tejido interno de la primera hoja verde. Que el gorrión se pose en la ramita y haga caer la gota de lluvia que colgaba de su extremo... ¿Para qué levantar la vista? ¿Fue un sonido, un pensamiento? ¡Oh, cielos! ¿Tendrás que volver a hacer lo que antes hacías, el vidrio con los aros violeta? Pero Hilda vendrá. Ignominias, humillaciones, ¡oh! Cierra esta brecha.

Después de haber remendado el guante, Minnie Marsh lo guarda en el bolso. Cierra el bolso con decidido ademán. Veo fugazmente su cara reflejada en el vidrio. Tiene los labios prietamente cerrados. Alta la barbilla. Después se ata los zapatos. Después se toca el cuello. ¿De qué es tu gargantilla? ¿De muérdago o de quilla de ave? ¿Y qué ocurre? O mucho me equivoco, o el pulso se ha acelerado, se acerca el momento, las amenazas se ciernen, la avalancha está ahí. ¡Ya ha llegado la crisis! ¡Que la fortuna te acompañe! Minnie desciende. ¡Valor, valor! ¡Da la cara, enfréntate con ello! ¡Por el amor de Dios no esperes sobre el felpudo! ¡Ahí está la puerta! ¡Estoy contigo! ¡Habla! ¡Enfréntate con ella, confunde su alma!

«¡Oh, mil perdones! Sí, es Eastbourne. Se la voy a bajar. Permítame.» [Pero, Minnie, a pesar de que mantenemos las apariencias, te he interpretado correctamente, y, ahora, estoy contigo.]

«¿No lleva más equipaje?»

«Muchas gracias, no, no llevo más.»

(Pero, ¿por qué miras alrededor? Hilda no vendrá a la estación, y John tampoco; y Moggridge está con su pequeño carruaje en el otro extremo de Eastbourne.)

«Esperaré junto a la maleta, señora, es lo más seguro. Dijo que vendría a recibirme... ¡Ahí está! Es mi hijo.»

Y se van juntos.

Realmente, estoy pasmada... ¡Realmente, Minnie, no eres tan loca como eso! Un joven desconocido... ¡Deteneos! Diré a este muchacho — ¡Minnie! — ¡Señorita Marsh! — pero, realmente, no sé... Algo raro hay en el vuelo de la capa de Minnie. Pero no es verdad, es indecente... Mira cómo se inclina el muchacho al llegar a la puerta de salida. Minnie encuentra el billete. ¿Qué hay de raro en ello? Salen, descienden juntos por la calle, el uno al lado del otro. En fin, ¡mi mundo ha quedado destruido! ¿Dónde estoy? ¿Qué sé? Esa no es Minnie. Moggridge no existe. ¿Quién soy? La vida ha quedado pelada como un hueso.

Y, sin embargo, la última imagen de los dos —él bajando de la acera, y ella siguiéndole al doblar la esquina del gran edificio— me llena de maravillada curiosidad, me arrastra de nuevo. ¡Misteriosas figuras! Madre e hijo. ¿Quién sois? ¿Por qué camináis calle abajo? ¿Dónde dormiréis esta noche, y dónde dormiréis mañana? ¡Oh, cómo gira y embiste, cómo me vuelve a poner a flote! Comienzo a caminar tras ellos. La gente pasa hacia aquí y hacia allá. La luz blanca destella y se extiende. Vidrios de escaparate. Claveles, crisantemos. Enredaderas en oscuros jardines. Carritos de leche ante las puertas. Vaya a donde vaya, misteriosas figuras, os veo doblando la esquina, madres e hijos: tú, tú, tú. Aprieto el paso, les sigo. Tengo la impresión de que esto sea el mar. Gris es el paisaje; mate cual ceniza; el agua murmura y se mueve. Si caigo de rodillas, si cumplo la ceremonia, el antiguo rito, sois vosotros, figuras desconocidas, a quienes yo adoro; si abro los brazos, vosotros sois a quienes abrazo, a quienes hacia mí atraigo, ¡mundo adorable!



En La casa encantada y otros cuentos
Traducción de Andrés Bosch
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983
Foto: Barbara Strachey, 1938 - bromide print (NPG, London)