17 nov. 2012

Stephen Jay Gould: Sólo quedaron sus alas [Sobre el canibalismo sexual] (1985)






La prosa científica convencional del siglo XX es magra y descarnada. Pero nuestros predecesores victorianos se regocijaban en el detalle ocioso, tal vez acordes con los adornos superfluos de sus casas y con los estantes de variopintos objetos del interior de las mismas. Consideremos, por ejemplo, esta extensa descripción (aunque extremadamente entretenida) del sexo y la muerte en la mantis religiosa publicada por L. O. Howard en 1886:

Algunos días después llevé un macho de Mantis carolina a un amigo que tenía una hembra solitaria como mascota. Al ponerlos en el mismo tarro, el macho, alarmado, intentó escapar. En pocos minutos, la hembra consiguió atraparle. Primero le arrancó el tarso delantero izquierdo, y consumió la tibia y el fémur. Seguidamente devoró su ojo izquierdo. Al ocurrir esto, el macho pareció percibir su proximidad a un miembro del sexo opuesto y empezó a intentar, en vano, copular. La hembra devoró después su pata delantera derecha, y después le decapitó, comiéndose su cabeza y royendo hasta el tórax. No se detuvo hasta que hubo devorado el tórax completo, a excepción de unos tres milímetros. Durante todo este tiempo, el macho había continuado sus vanas intentonas por acceder a las valvulillas de la hembra, lográndolo ahora al abrir ella las partes voluntariamente, con lo que se consumó la unión. Ella permaneció quiescente durante cuatro horas, y lo que quedaba del macho dio, durante tres horas, signos ocasionales de vida, con movimientos esporádicos de uno de los tarsos que quedaban de él. A la mañana siguiente la hembra se había librado de su esposo. Sólo quedaron sus alas.

Cito este pasaje no sólo por su estilo, sino fundamentalmente por su contenido, dado que representa la primera narración que conozco de uno de los grandes hechos curiosos de la naturaleza. Todos hemos oído decir que hay animales que pueden vivir después de haber perdido grandes porciones del cuerpo, pero los imaginamos como seres que están escasamente vivos en un estado así de limitado, y no como animales que están mejorando sus habilidades. Nuestra frase «Corría como una gallina recién decapitada» subraya el razonable supuesto de que una reducción en la anatomía implica una disminución en la competencia. Con todo, las santateresas macho, decapitadas por una hembra rapaz, no sólo continúan el cortejo y la copulación, sino que de hecho desempeñan esta función con mayor persistencia y éxito.

Como de costumbre, deseo comentar el mensaje más general que subyace a esta colosal rareza, pero un tratamiento adecuado requiere una larga digresión que se remonta hasta el propio Darwin. Tenga paciencia el lector y, en breve, volveremos con las mantis religiosas y otros muchos ejemplos de lo que la literatura biológica denomina «canibalismo sexual».

El origen del hombre de Darwin es, sin duda alguna, el libro peor entendido del autor. Mucha gente piensa que representa un intento por parte de Darwin de incorporar los datos acerca de la evolución humana a su perspectiva evolutiva. Pero cuando publicó la obra en 1871, no existían aún datos directos, ya que aparte del hombre de Neandertal (una raza de nuestra propia especie, no un antecesor, ni ningún tipo de «eslabón perdido»), no se descubrió ningún fósil humano hasta los años de la década de 1890. Más bien, El origen del hombre es un largo ensayo acerca de la íntima relación biológica entre los seres humanos y los grandes simios, y las posibles modalidades de nuestra propia evolución física y mental, partiendo de estos antecesores comunes. Pero Darwin aborrecía la especulación; jamás llegó a escribir un tratado puramente teórico. Hasta El origen de las especies es un compendio de datos que señalan a una robusta conclusión. Darwin jamás habría escrito una descripción desnuda de cómo podría haber sido, por mucho que deseara hacer extensiva su perspectiva evolutiva a lo que en una ocasión denominó «la propia ciudadela»: la mente humana.

La clave para entender El origen del hombre está en su naturaleza de prólogo, relativamente breve, de una gran obra en dos volúmenes, El origen del hombre y la selección en relación al sexo (The Descent of Man and Selection in Relation to Sex). Darwin era capaz de tejer maravillosos y extensos tapices en torno a cuestiones centrales... hasta tal punto que sus lectores a menudo pierden de vista el núcleo de sus razonamientos en sus extensas disgresiones. Pero todos sus libros son soluciones a incógnitas específicas; el resto, aun a pesar de su brillantez, no es más que superestructura. El libro acerca de los arrecifes coralinos trata de la inferencia histórica a partir de resultados actuales. El libro de las orquídeas está dedicado a la adaptación imperfecta basada en las partes disponibles. El libro de las lombrices versa sobre los grandes efectos producidos acumulativamente por pequeños cambios sucesivos (véase el ensayo 9 en Dientes de gallina y dedos de caballo). Pero debido a su amor por el detalle, Darwin siempre cuenta más de lo que deseamos saber acerca de cómo los insectos fertilizan las orquídeas, o cómo las lombrices arrastran pequeños objetos a sus túneles, y es fácil perder de vista el núcleo, la paradoja, el valor de un problema que puso en marcha la construcción de todo el edificio.

EI origen del hombre es un prólogo a un problema de esta naturaleza. Ya en 1871, doce años después de El origen de las especies, a Darwin no le resultaba necesario convencer a las personas de buena voluntad y flexibilidad intelectual de que la evolución había tenido lugar; esa batalla estaba ya ganada. Pero ¿cómo funciona la evolución, qué clase de mundo es este que habitamos y de qué modo podemos averiguarlo? El mensaje radical de Darwin se encontraba en su afirmación de que la belleza y la armonía de la naturaleza son subproductos de un proceso primario denominado selección natural: los organismos pugnan por obtener un éxito reproductivo personal mayor (en la jerga moderna, luchan por transmitir un mayor número de sus genes a las generaciones futuras, dado que no pueden preservar su propio cuerpo) y eso es todo. No hay grandes leyes acerca del bien de las especies o de los ecosistemas, no hay ningún sabio y vigilante legislador en los cielos: no hay más que organismos en lucha.

¿Pero cómo podemos saber que el mundo está regulado por la selección y no por algún otro principio evolutivo? La respuesta de Darwin es brillante, paradójica y, normalmente, malinterpretada. No basen su caso, nos advierte, en lo que pudiera parecer la expresión más elegante de la selección, las bellísimas adaptaciones, de óptimo diseño, de algunos organismos a su ambiente: la perfección aerodinámica del ala de un ave, o la también aerodinámica belleza de un pez vela. Después de todo, el buen diseño es lo que la mayor parte de las teorías evolutivas esperan (y también el creacionismo, ya que estamos en ello). La perfección no tiene ningún rasgo distintivamente darwiniano. Hay que buscar, por el contrario, las rarezas y las imperfecciones que sólo se producen si es la selección, basada en el éxito reproductivo de los individuos (y no en algún otro mecanismo evolutivo), la que determina el camino de la evolución.

La categoría más amplia de estos casos extraños incluye aquellas estructuras y hábitos que ponen claramente en compromiso el buen diseño de los organismos (y el éxito, en última instancia, de la especie), pero que, de igual modo, aumentan el rendimiento reproductivo de los individuos portadores de los mismos. (Mis ejemplos favoritos son las plumas caudales de los pavos reales y las enormes y entorpecedoras astas del alce irlandés, ambas adaptaciones producidas en la lucha de los machos para obtener acceso o aceptación por parte de las hembras, pero que desde luego no son aportaciones a un buen diseño en el sentido biomecánico.) Nuestro mundo desborda de formas y comportamientos peculiares, y por lo demás, insensatos, que funcionan exclusivamente en favor de obtener una victoria en el gran juego del apareamiento y la reproducción. Tan sólo el mundo de Darwin podría rellenar la naturaleza con curiosidades semejantes que debilitan a algunas especies y van en contra del buen diseño, pero producen el éxito donde realmente importa en el universo de Darwin, y sólo en él: en la transmisión de más genes a las generaciones futuras.

Darwin se dio cuenta de que la selección natural en su sentido habitual (el de incrementar la adaptación a los ambientes locales cambiantes) era incapaz de explicar esta amplia categoría de rasgos desarrollados para obtener beneficios exclusivamente reproductivos para los individuos. Por ello puso nombre a un proceso paralelo, la selección sexual, que servía para explicar esta evidencia crucial. Argumentaba que la selección sexual podría actuar a través del combate entre los machos o de la elección por parte de las hembras: el primero produciría armamentos desproporcionados e instrumentos de exhibición; y el segundo produciría adornos y posturas elaboradas que atraen la atención y la aceptación (el ruiseñor no canta para deleitarnos a nosotros).

En este punto se incorporan a la historia los seres humanos. ¿Por qué escogió Darwin su largo y detallado tratado acerca de la selección sexual como lugar de su prólogo mucho más breve sobre El origen del hombre? Una vez más, la respuesta está en la fascinación que Darwin sentía por incógnitas específicas y por la aportación que su solución suponía a su objetivo de mayor alcance. El origen del hombre tiene su base en un problema particular de la variación racial humana; no es un tratado sobre generalidades. Podemos, según Darwin, interpretar algunas diferencias raciales, como el color de la piel, como adaptaciones convencionales a ambientes locales (la piel oscura ha evolucionado varias veces de modo independiente, y siempre en climas tropicales), pero sin duda no podemos argumentar que todas las pequeñas y sutiles diferencias existentes entre los pueblos (variaciones menores, pero consistentes, en la forma de la nariz y las orejas o en la textura del pelo) tengan su origen en lo que dicten los ambientes locales. Sería una caricatura vulgar de la selección natural argumentar, por medio de una inteligente invención, que cada rasgo insignificante del diseño es en realidad una configuración óptima para las circunstancias locales (aunque hay multitud de devotos con exceso de celo que continúan promoviendo este punto de vista. Un destacado evolucionista me sugirió seriamente que las lenguas eslavas están llenas de consonantes debido a que en climas fríos es mejor mantener la boca cerrada, mientras que el hawaiano está formado casi exclusivamente por vocales, ya que el saludable aire de las islas oceánicas debe ser saboreado y aspirado). ¿Cómo surgieron, pues, si no fue por medio de una selección natural ordinaria, estas pequeñas y sutiles, aunque extendidas, variaciones raciales?

Darwin propone (y sospecho que en gran medida con razón) que los distintos patrones de belleza surgen por motivos caprichosos entre los diversos y antiguamente aislados grupos de seres humanos que poblaban rincones alejados de la Tierra. Estas diferencias (un giro de la nariz aquí, unas piernas más delgadas, un cabello rizado en otro lugar) se acumulan después y se ven intensificadas por selección sexual, ya que aquellos individuos dotados accidentalmente de rasgos favorecidos son más buscados y, por consiguiente, tienen un mayor éxito reproductivo.

Si observamos cómo está organizado El origen del hombre vemos que es esta argumentación, y no las generalidades, lo que constituye el verdadero eje del trabajo. El libro comienza con una visión general de unas 250 páginas, todas las cuales llevan a un capítulo final acerca de las razas humanas y a una exposición de la paradoja central en la última página.

Hasta aquí nos hemos visto frustrados en todos nuestros intentos por explicar las diferencias existentes entre las razas del hombre; pero queda aún un agente importante, a saber, la Selección Sexual, que parece haber actuado con gran intensidad sobre el hombre, al igual que en otros muchos animales ... Para poder tratar este tema con propiedad, he decidido que es necesario pasar revista a la totalidad del reino animal.

Darwin dispone ahora de asidero para plantear el verdadero meollo de su libro, y utiliza más del doble del espacio que ha empleado hasta ahora, las siguientes 500 páginas, para una detallada exposición de la selección sexual en un grupo tras otro de organismos. Finalmente, en tres capítulos finales, retorna a la variación racial humana y completa su solución a la paradoja, adscribiendo nuestras diferencias fundamentalmente a la selección sexual.

La selección sexual ha sido presentada en ocasiones como en contraste o conflicto con la selección natural, con lo que se malinterpreta la visión de Darwin. La selección sexual es nuestra demostración más elegante de su argumento central de que el motor de la evolución es la lucha de los individuos por el éxito reproductivo; una idea que la selección natural no puede confirmar adecuadamente, dado que sus productos son también los predichos por otras teorías evolutivas (y también, en lo que se refiere al diseño óptimo, del propio creacionismo). La prueba de que nuestro mundo es darwiniano se encuentra en el amplio abanico de adaptaciones surgidas exclusivamente porque aumentan el éxito reproductivo, pero que, por lo demás, ponen en desventaja a los animales y dañan a las especies. La selección darwiniana en favor del éxito reproductivo debe ser extraordinariamente poderosa si puede desbordar tan a menudo otros niveles y modos de obtener ventajas.

Podemos regresar ahora a la sangrienta comilona de la mantis apareándose. W. H. Auden escribió en una ocasión, con una gran comprensión de lo que son nuestras vidas, que el amor y la muerte son los únicos temas que merecen la atención de la literatura. Son, de hecho, los focos del mundo de Darwin: un universo en lucha por la supervivencia y la continuidad. Pero ¿deberían acaso unirse? A primera vista nada hay que parezca más absurdo, menos correspondiente con toda idea de orden o ventaja que sacrificar la vida por una copulación. ¿No debería un macho, en el mundo de Darwin, sobrevivir al apareamiento para aparearse de nuevo? No necesariamente, si sus expectativas de vida son cortas y sus posibilidades de volver a aparearse son, en todo caso, escasas y sus «preciosos fluidos corporales» (por citar la línea inmortal del Dr. Strangelove [Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú]) suponen una gran aportación para la alimentación de los huevos fertilizados por su esperma en el seno de su, por un momento, pareja y actual verdugo.

Después de todo, su cuerpo no es más que equipaje darwiniano. No puede ser transmitido a la siguiente generación; su patrimonio yace, literalmente, en el ADN de su esperma. Así, el canibalismo sexual debería ser un ejemplo de primera línea de por qué vivimos en un mundo darwiniano: una curiosidad clásica, un absurdo aparente, que se convierte en algo sensato por la proposición de que la evolución trata esencialmente de la lucha entre los organismos por una continuidad genética. Pero ¿hasta qué punto es buena la evidencia? (Y ahora debo advertirles, ya que este ensayo puede ser uno de los más retorcidos que jamás haya escrito, que este argumento eminentemente razonable en favor del darwinismo tiene, en mi valoración, muy poco que lo respalde en el presente. Con todo, una interpretación alternativa, por razones diferentes, afirma algo aún más fundamental acerca del darwinismo y acerca de la naturaleza de la propia historia. Francamente, ya que estamos en el confesionario, comencé mis investigaciones para este ensayo sobre el supuesto de que una argumentación tan bonita y razonable en favor de la selección sexual se sostendría, y me sentí francamente sorprendido ante la escasez de evidencias. También me niego sistemáticamente a eludir tratar temas porque sean difíciles. El mundo no es precisamente sencillo, y una restricción de la literatura general a lo claro y no controvertido da una visión falsa de cómo actúa la ciencia y de cómo funciona nuestro mundo.)

En un número reciente de American Naturalist, una de las tres grandes revistas norteamericanas dedicadas a la biología evolutiva, aparecía un artículo de R. E. Buskirk, C. Frohlich y K. G. Ross, «The Natural Selection of Sexual Cannibalism» (véase Bibliografía). Estos autores desarrollan un modelo matemático para mostrar que el sacrificio voluntario de la vida para fecundar a la pareja supondrá una ventaja darwiniana para el macho, si sus expectativas posteriores de éxito en un nuevo apareamiento son escasas, y si el valor alimenticio de su cuerpo supone una diferencia sustancial para el desarrollo y crianza con éxito de su descendencia. El modelo tiene sentido, pero en la naturaleza sólo existirá si podemos demostrar que estos machos promueven activamente su propio consumo. Si hacen todo lo posible por escapar después del apareamiento, y ocasionalmente son atrapados y devorados por una hembra rapaz, no podemos argumentar que la selección sexual haya promovido directamente esta estrategia de sacrificio último en función de la continuidad genética.

Buskirk, Frohlich y Ross manifiestan con toda franqueza que el canibalismo sexual no sólo es infrecuente en general, sino también mucho menos común que otros estilos de consumir a los parientes íntimos (como en el caso de los hermanos que se comen entre sí o en el de las madres devoradas por sus hijos; véanse el ensayo 10 en Desde Darwin y el ensayo 6 en El pulgar del panda). Existen ejemplos documentados sólo en el caso de los artrópodos (insectos y sus afines), y sólo se implican alrededor de treinta especies (aunque el fenómeno puede ser bastante común entre las arañas). Citan como modelo tres ejemplos.

1. La hembra de la mantis religiosa (Mantis religiosa y otras varias especies emparentadas) ataca cualquier cosa que se mueve que sea más pequeña que ella misma. Dado que los machos son más pequeños que las hembras en casi todos los insectos, y dado que el apareamiento requiere la proximidad, las mantis macho se convierten en un objetivo fundamental. En su trabajo ya clásico de 1935 (véase Bibliografía), K. Roeder escribe: «Todas las narraciones coinciden en cuanto a la ferocidad de la hembra, y a su tendencia a capturar y devorar al macho en cualquier momento, ya sea durante el cortejo o tras la copulación ... La hembra puede atrapar y devorar al macho como lo haría con cualquier otro insecto».
Por lo tanto, el macho aborda el apareamiento teniendo en mente el terrible chiste acerca de cómo lo hacen los puercoespines: con mucho cuidado. Se aproxima a la hembra lentamente, intentando mantenerse a toda costa fuera de la línea de visión de ésta. Si la hembra se vuelve en su dirección, queda totalmente inmóvil, pues las mantis ignoran todo aquello que no se mueve. Roeder escribe: «Hasta tal punto se extrema esta inmovilidad, que si el macho está levantando una pata en el momento en que ve a la hembra, la mantendrá suspendida en el aire durante algún tiempo, y pueden observarse multitud de curiosas posiciones». Así pues, el macho sigue aproximándose como un niño jugando al «escondite inglés»: acercándose al adversario mientras éste está vuelto y quedándose inmediatamente inmóvil cuando gira la cabeza (aunque en el caso de la mantis, la penalización si se percibe movimiento es la muerte, no un retorno a la línea de salida). Si el macho consigue acercarse a la distancia de un salto de la hembra se lanza sobre la espalda de ésta. Si falla se convertirá en comida de mantis; si tiene éxito alcanza el summum bonum darwiniano de la posibilidad de representación en la siguiente generación. Tras el apareamiento se deja caer tan lejos como puede y después huye sin tardanza.
Hasta aquí, la historia suena un poco como la de una conspiración activa por parte del macho en favor de su propia defunción, requerimiento básico, recordémoslo, para una argumentación en favor de que los machos son seleccionados directamente para el canibalismo sexual. Tal vez los machos hagan lo imposible por huir, pero no lo logran siempre. El poderoso argumento es inherente a esa gran curiosidad mencionada a comienzos de este artículo: los machos decapitados tienen un mejor rendimiento sexual que sus hermanos intactos. Roeder ha descubierto incluso la base neurológica de esta peculiar situación. Gran parte del comportamiento de los insectos es «rígido», al contrario de lo que ocurre con la flexibilidad de nuestras propias acciones (y uno de los principales motivos por los que los modelos sociobiológicos para las hormigas funcionan tan mal en los seres humanos). Los movimientos copulatorios están controlados por unos nervios que se encuentran en el último ganglio abdominal (cerca del extremo posterior del insecto). Dado que resultaría inconsistente con la función normal (además de poco serio), que los machos ejecutaran estos movimientos copulatorios continuamente, se ven suprimidos por centros inhibidores situados en el ganglio subesofágico (cerca de la cabeza). Cuando una hembra devora la cabeza de su pareja, ingiere el ganglio subesofágico y no hay nada ya que inhiba los movimientos copulatorios. Lo que queda del macho actúa como una máquina de apareamiento inagotable. Intentará montar todo lo que se le ponga por delante (por ejemplo, lápices) que tenga un tamaño o forma vagamente aproximados al de una hembra. A menudo consigue encontrar a la hembra y logra convertir su inminente muerte en la antítesis darwiniana de lo que Sócrates llamó «un estado de nada».

2. Una hembra de araña viuda negra hambrienta es también una formidable máquina de comer, y los machos deben ser muy circunspectos durante el cortejo. Al subir a la red de la hembra, el macho da golpecitos y tirones a algunos de los hilos de seda. Si la hembra se lanza al ataque, el macho se retira con presteza o echa a volar colgando de sus propias sedas. Si la hembra no responde, el macho se aproxima lenta y cautelosamente, cortando la tela de la hembra en varios puntos estratégicos, reduciendo así sus rutas de escape o ataque. El macho lanza a menudo varias hebras de seda en torno a la hembra, llamadas, supongo que inevitablemente, «el velo de la novia». No son fuertes, y la hembra, de mayor tamaño, podría romperlas sin problemas, pero normalmente no lo hace y «entonces se produce» la cópula, como gustan de decir en la literatura técnica. El macho, dotado de la bendición de una pareja de órganos para la transferencia de esperma, inserta un palpo, y después, si aún no ha sido atacado por la hembra, el otro. Las hembras hambrientas pueden en ese momento devorar a sus parejas, completando el double entendre (1) de una consumación devotamente deseable.
El argumento en favor de la selección directa para el canibalismo sexual descansa sobre dos fenómenos intrigantes del cortejo. En primer lugar, normalmente se rompe el extremo del palpo del macho durante la copulación y queda en el interior de la hembra. Los machos, que quedan incompletos, pudieran no ser capaces de volver a aparearse; si es así, se han convertido en cifras darwinianas, prestos a ser eliminados. (Una interesante especulación identifica la rotura de este extremo como la inserción de un «tapón de apareamiento», seleccionado para evitar la penetración del esperma de otro macho. Estos cinturones de castidad naturales post factum son comunes y de muy variadas construcciones en el mundo de los insectos, y sería un tema magnífico para un futuro ensayo acerca de por qué la selección sexual idenfica como darwiniano a nuestro mundo evolutivo.) En segundo lugar, los machos muestran mucha menos avidez y cautela al salir huyendo tras el acto que la que mostraron durante la aproximación anterior. K. Ross y R. L. Smith escriben (véase la Bibliografía): «Los machos que tuvieron éxito en la inseminación se quedaron en la vecindad de sus parejas o se alejaron perezosamente. Esto parecía contrastar acentuadamente con la cautelosa aproximación inicial y las estrategias de escape características de los machos antes de la inseminación».

3. Las hembras del escorpión del desierto Paruroctonus mesaensis son extraordinariamente voraces y devorarán cualquier cosa de un tamaño suficientemente pequeño que detecten. «Cualquier objeto en movimiento que caiga dentro de la gama de tamaños apropiada es atacado sin discriminación aparente.» (G. A. Polis y R. D. Farley, véase la Bibliografía.) Dado que los machos son más pequeños que las hembras se convierten en objetivos prioritarios y son consumidos con avidez. Esta indiscriminada voracidad constituye todo un problema a la hora del apareamiento que, como suele ocurrir, requiere una cierta intimidad espacial. Los machos han desarrollado, por consiguiente, un elaborado ritual de cortejo que sirve, en parte, para suprimir el apetito habitual de la hembra.
El macho inicia una serie de movimientos de asimiento y amasado con sus quelíceros, y después sujeta las quelas de la hembra con las suyas propias y ejecuta la famosa promenade á deux, una «danza» recíproca y simétrica, tan bonita como cualquiera que se pudiera ver en una sala de baile. Estos escorpiones no inseminan directamente a las hembras insertando en ellas un pene, sino que depositan un espermatóforo (un paquete de esperma) que la hembra debe poner en su cuerpo. Así, el macho guía a la hembra durante la promenade hasta que encuentra un lugar adecuado. Entonces deposita el espermatóforo, normalmente sobre una ramita o una brizna de hierba. Después golpea o incluso pica a la hembra, se separa de ella y sale corriendo por su vida. Si la buena suerte le sonríe, la hembra le dejará ir, prestando la debida atención a insertar en su cuerpo el espermatóforo. Pero Polis y Farley, en más de veinte casos observados, apreciaron dos en los que la hembra estaba devorando a su pareja mientras su espermatóforo permanecía sobre alguna ramita cercana, presumiblemente para una posterior ingesta a través de una diferente abertura.

¿Qué clase de evidencia suministran estos casos en favor de la selección del canibalismo sexual en los machos? ¿Acaso los machos, en beneficio de su continuidad genética, obtienen activamente el cuidado y alimentación de sus huevos fertilizados con sus propios cuerpos (o incluso se someten pasivamente a ello)? Yo no he encontrado evidencias persuasivas en favor de la existencia de un fenómeno tal en estos casos, y me pregunto si existe en absoluto, aunque la argumentación suministraría una excelente ilustración de una curiosidad que no tiene mucho sentido, a menos que el mundo evolutivo funcione en busca del éxito reproductivo de los individuos, como mantiene el darwinismo.

La historia del escorpión, a pesar de haber sido citada entre los mejores casos, no suministra evidencia alguna. En mi lectura de Polis y Farley, sólo descubro que los machos hacen todo lo que está en su mano por escapar tras la copulación, y en su mayor parte lo logran (sólo dos fallaron). De hecho, su comportamiento en el apareamiento, tanto antes como después, parece diseñado para evitar la destrucción, no para favorecerla. Antes del acto inhiben los instintos agresivos de la hembra por medio de la danza y las caricias. Posteriormente, golpean y huyen. El que algunos fracasen y sean devorados tan sólo refleja la ley de probabilidades que rige cualquier juego peligroso al que haya que jugar.

Las viudas negras y las mantis religiosas tienen más que ofrecer en favor de la teoría de la selección natural para la destrucción entre los machos. Las arañas, antes del acto, parecen ser tan cuidadosas como los escorpiones, pero bastante descuidadas después, y realizan pocos esfuerzos, si es que realizan alguno, por escapar de la red de la hembra. Además, si el tapón de apareamiento que dejan en la hembra les impide transmitir todo futuro patrimonio, han servido al completo su fin darwiniano. En lo que a las mantis se refiere, la mayor capacidad fecundadora de un macho decapitado podría indicar que el sexo y la muerte han sido unidos activamente por la selección. Y con todo, en estos dos casos, existen otras observaciones que hacen que la evidencia en favor de la selección activa de los machos resulte algo más ambigua.

Como grave problema, tanto en el caso de las mantis como en el de las arañas, carecemos de evidencias sólidas acerca de la frecuencia del canibalismo sexual. Si ocurriera siempre, o al menos a menudo, y si el macho se detuviera claramente dejando que sucediera todo, aceptaría satisfecho que este razonable fenómeno existe. Pero si ocurre infrecuentemente y representa simplemente un fracaso en la huida, y no un ofrecimiento activo, entonces es un subproducto de otros fenómenos, y no un rasgo seleccionado por sí mismo. No he sido capaz de encontrar datos cuantitativos acerca del porcentaje de machos devorados tras el apareamiento, ya fuera en la naturaleza o en las condiciones más artificiales e insatisfactorias de un laboratorio. En lo que a las mantis se refiere, no hay evidencia alguna en favor de la complicidad del macho en su propia desaparición. Los machos son cautelosos antes del acto y no pretenden más que escapar después de él. Pero la hembra es grande y rapaz; ella no distingue entre una mantis más pequeña y cualquier otra presa en movimiento. En cuanto al curioso hecho de que los machos sean sexualmente más eficaces al ser decapitados, no sé qué decir.

Podría ser una adaptación directa para combinar el sexo con el consumo. Pero, en ausencia de evidencias, existen otras interpretaciones igual de consistentes. De algún modo habrá que programar el comportamiento rígido. Tal vez el sistema de inhibición por medio de un ganglio situado en la cabeza, y el de activación, que depende de un ganglio cercano a la parte caudal, se desarrollara en un linaje ancestral mucho antes de que apareciera el canibalismo sexual entre las mantis. Tal vez existiera ya cuando las mantis hembras desarrollaron su voracidad indiscriminada. Sería entonces adquirida por cooptación, y no seleccionada activamente, gracias a su papel de utilidad en el canibalismo sexual. Después de todo, este mismo sistema funciona también para las hembras, aunque su comportamiento no sirva a ninguna función evolutiva conocida. Si se decapita a una mantis hembra también se libera su comportamiento sexual, incluyendo la puesta de huevos. Si se desea argumentar que el sistema tuvo que evolucionar activamente debido a que la hembra tiende a comer en primer lugar precisamente la parte del macho que libera la sexualidad, no puedo por menos que responder con un poco de biología en su grado más básico: las cabezas están delante y son lo primero con lo que se encuentra la hembra al aproximarse al macho. La historia de la viuda negra tampoco es excesivamente sólida. Tal vez los machos no intenten escapar tras el apareamiento, pero ¿es esta una adaptación activa a su propio consumo, o una respuesta automática a la verdadera adaptación: ruptura del órgano sexual y deposición de un tapón de apareamiento en la hembra (ya que una herida así podría debilitar al macho y explicar su laxitud subsiguiente)? También, las viudas negras macho son diminutas comparadas con sus parejas: tan sólo alrededor del 2 por 100 del peso de la hembra. ¿Puede realmente suponer alguna diferencia una comida tan insignificante? Finalmente, y esto es lo más importante, ¿con qué frecuencia hace la hembra esta clase de comidas? Si siempre devorara al macho agotado tras el apareamiento, me sentiría casi convencido, pero algunos estudios indican que el canibalismo sexual bien podría ser infrecuente, aunque sea una opción claramente accesible a las hembras. Curiosamente, existen informes de que el macho a menudo permanece sobre la tela de la hembra hasta morir, tras dos semanas y más, y de que las hembras les dejan estar. Por ejemplo, Ross y Smith sólo vieron un caso de canibalismo sexual y escribieron: «Sólo uno de los machos de los que pudimos ver que habían culminado con éxito su apareamiento fue devorado por su pareja inmediatamente después del mismo. No obstante, se encontraron posteriormente varios de ellos muertos en las telarañas de sus parejas».

¿Por qué entonces, ante esta alarmante ausencia de evidencias, abundan en nuestra literatura los comentarios acerca del evidente buen sentido del canibalismo sexual? Por ejemplo: «Bajo ciertas condiciones, la selección debería favorecer el consumo de los machos por parte de sus hembras. Las probabilidades de que el macho sea devorado deberían ser directamente proporcionales a sus expectativas futuras de reproducción» (2). O «Los machos con éxito servirán mejor sus intereses biológicos ofreciéndose a sus parejas como comida postnupcial».

Al encontrarse con este hiato entre la esperanza razonable y los hechos, nos enfrentamos con un prejuicio habitual en el darwinismo moderno. La teoría darwiniana trata fundamentalmente de la selección natural. Yo no rechazo este énfasis, pero sí creo que estamos sobrevalorando el poder y el alcance de la selección, al intentar atribuir toda forma y comportamiento significativos a su acción directa. En este juego darwiniano no hay premio más dulce que una interpretación seleccionista acertada para fenómenos que intuitivamente parecen carecer de sentido. ¿Cómo podría convertirse el macho en alimento de la hembra tras el apareamiento si nuestro mundo está gobernado por la selección? Porque, en ciertas situaciones, aumenta su propio éxito reproductivo por este mecanismo, responde nuestro devoto seleccionista.

Pero otro principio evolucionista general, aunque a menudo olvidado, suele intervenir impidiendo un perfecto emparejamiento entre el organismo y su entorno inmediato: los curiosos, tortuosos y restrictivos caminos de la historia. Los organismos no son arcilla ante un ambiente moldeador, ni bolas de billar ante el taco de la selección natural. Sus formas y comportamiento heredados constriñen y se oponen al cambio; no pueden transformarse rápidamente hasta alcanzar un nuevo estado óptimo cada vez que se altera su ambiente.

Todo cambio adaptativo trae consigo montañas de consecuencias, algunas de ellas favorecidas fortuitamente por cooptación y que suministran una posterior ventaja, y otras no. Algunas hembras grandes desarrollan una voracidad indiscriminada por sus propios motivos, y algunos machos sufren las consecuencias a pesar de su propia carrera evolutiva por huir. Los diseños que han evolucionado por una razón (o sin razón alguna) tienen otras consecuencias, algunas de las cuales son utilizadas de un modo fortuito. Las mantis macho pueden convertirse en prodigios sin cabeza; las viudas negras macho permanecen sobre la tela de la hembra. Ambos comportamientos pueden resultar útiles, pero no disponemos de evidencia alguna de que ninguno de ellos haya surgido por selección activa del sacrificio del macho. El canibalismo sexual con una complicidad activa del macho debería verse favorecido en muchos grupos (ya que se dan a menudo las condiciones de que existan oportunidades limitadas después del apareamiento, y de que no haya comida útil), pero rara vez ha evolucionado, si es que lo ha hecho en alguna ocasión. Preguntémonos por qué no lo vemos allá donde debería aparecer; no nos limitemos a maravillarnos de la sabiduría de la selección en unos pocos casos posibles. La historia a menudo supone una traba para las oportunidades útiles; no siempre se puede llegar al objetivo desde el punto del que se ha salido. Las hembras pueden no ser lo suficientemente voraces, o pueden ser más pequeñas que los machos, o de una flexibilidad de comportamiento tan limitada que no puedan desarrollar un sistema capaz de desactivar una inhibición generalizada contra el canibalismo, sólo tras el apareamiento y exclusivamente dirigida hacia un macho.

Nuestro mundo no es un lugar óptimo, precisamente ajustado por fuerzas omnipotentes de selección. Es una retorcida masa de imperfecciones, que funciona bastante bien (a menudo admirablemente); una chapuza de adaptaciones construida a base de partes curiosas disponibles gracias a las historias pasadas en diferentes contextos. Darwin, que era un apasionado estudioso de la historia, y no sólo un convencido seleccionista, entendía que este principio era la principal prueba de la existencia de la evolución. Un mundo óptimamente adaptado a los ambientes actuales es un mundo sin historia, y un mundo sin historia podría haber sido creado tal y como nos lo encontramos. La historia es importante; confunde la perfección y demuestra que la vida actual transformó su propio pasado. En su famosa disquisición acerca de las edades del hombre («Todo el mundo es un escenario») «Jaques», en As You Like It (Como gustéis), habla de «Esta extraña historia llena de acontecimientos». Respetemos el pasado e informemos el presente.


Post scriptum

A la luz de mis crecientes dudas acerca de la existencia del canibalismo sexual (a pesar de su plausibilidad teórica), como queda claramente expuesto en la odisea personal del propio ensayo, me encantó un informe de la reunión anual de 1984 de la Sociedad de Neurociencia. E. Liske, de Alemania Occidental, y W. J. Davis, de la Universidad de California en Santa Cruz, grabaron un vídeo y analizaron el comportamiento durante el cortejo en docenas de apareamientos de mantis religiosas chinas. Ni una sola hembra decapitó o devoró a ningún macho. Por el contrario, un análisis fotograma a fotograma desveló una compleja serie de comportamientos dirigidos, al parecer (al menos en parte), a suprimir la voracidad natural de las hembras. El comportamiento del macho incluye la fijación visual, la oscilación de las antenas, una aproximación lenta, un arqueamiento repetitivo del abdomen, y un gran asalto final hacia la espalda de la hembra. Liske y Davis sugieren que los anteriores informes acerca de las decapitaciones podrían representar comportamientos aberrantes de especímenes cautivos (aunque el canibalismo sexual podría, no obstante, seguir siendo el comportamiento normal en variedades o especies diferentes a las estudiadas por Liske y Davis. No existe la mantis religiosa, dada la propensión de la naturaleza a la diversidad). En cualquier caso, me siento cada vez más convencido de que el canibalismo sexual es un fenómeno del que no se conocen ejemplos demostrados, y que los motivos de su rareza (o inexistencia) constituyen un tema mucho más interesante (y un adecuado desplazamiento del énfasis) que el que inspiró inicialmente mis investigaciones para escribir este ensayo: razones en favor de la supuesta (y hoy dudosa) existencia misma del fenómeno.

A menudo he planteado que la mejor forma de comprobar las leyendas es verificar hasta qué punto han impregnado la cultura popular. En Sherlock Holmes and the Spider Woman (1944), uno de los innumerables, y no obstante maravillosos anacronismos de Rathbone y Bruce que enfrentan a Holmes con Hitler y otros enemigos diversos, Holmes desenmascara a un entomólogo poseur (y asesino del verdadero científico) detectando varias sutiles falacias en su forma de hablar. El falsario llama «cajas de cristal» a los terrarios, pero se delata irremediablemente cuando comenta acerca de las viudas negras: «Según me han contado, devoran a sus parejas». Holmes responde: «Dijo usted que le habían contado que las viudas negras devoran a sus parejas. Cualquier científico lo hubiera sabido». Esperaré a la próxima puesta al día (¿quién interpreta últimamente a Charlie Chan?).



Notas


1 El doble sentido se establece a partir de la similitud entre consumación (sexual) y consumir (en este caso, comer).  (N. del T.) 
2 Evidentemente, las probabilidades deberían ser inversamente proporcionales. (N. del T.)


En La sonrisa del flamenco (1985)
Título original: The flamingo's smile
Traductor: Joandomènec Ros
Barcelona, Crítica, 2008
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