3 nov. 2012

Orhan Pamuk: Pero yo, que escribo esto




"Vosotros que leéis estáis aún entre los vivos pero yo, que escribo esto, 
 hará mucho que me habré ido a la región de las sombras."
Sombra. Parábola , E. A. Poe


«¡Sí, sí, yo soy yo!», pensó Galip al acabar la historia del Príncipe. «¡Sí, yo soy yo!» Estaba tan seguro de que podía ser él mismo por haber contado la historia y estaba tan contento de poder ser él mismo por fin que quería ir lo antes posible al edificio Sehrikalp, sentarse a la mesa de Celâl y escribir nuevas columnas. El conductor del taxi al que se subió tras salir del hotel comenzó a contarle una historia. Galip le escuchaba tolerante porque había comprendido que uno sólo puede ser él mismo contando historias.

Hacía cien años, un día de verano, mientras los ingenieros alemanes y turcos que estaban construyendo la estación de Haydarpasa trabajaban en las mesas donde habían extendido los papeles con sus números, un buceador que estaba pescando algo más allá se encontró una moneda en el fondo del mar. En la moneda estaba grabada la cara de una mujer. Era una cara extraña, fascinante. El buceador le mostró su hallazgo a uno de los ingenieros turcos que trabajaban protegidos por paraguas negros por si él era capaz de extraer de las letras el misterio de la cara, ya que él no había sido capaz de descifrarlo. El joven ingeniero se quedó tan impresionado, y no por la leyenda de aquella moneda bizantina, sino por la hechicera expresión del rostro de la emperatriz de Bizancio, que le poseyó un asombro, un temor incluso, que sorprendió al mismo buceador. Porque en la cara de la emperatriz había algo que no sólo tenía que ver con los alfabetos árabe y latino que el ingeniero usaba en sus papeles, sino al mismo tiempo algo que le recordaba a su querida prima, con la que había estado tantos años planeando casarse. En aquel momento dicha joven había sido prometida en matrimonio a otro.


—Sí, el camino está cerrado por la parte de la comisaría de Tesvikiye —dijo el taxista respondiendo a la pregunta de Galip—. Han vuelto a matar a alguien.

Galip bajó del taxi y se metió por la estrecha y corta callejuela que une la calle Emlak y la Tesvikiye. En el lugar en el que se cortaban se reflejaban en el húmedo asfalto las intermitentes luces azules de los coches de la policía con un pálido y triste color de neón. Sobre el pequeño ensanche que había ante la tienda de Aladino, que aún tenía las luces encendidas, flotaba un silencio mágico como Galip no había sentido en su vida y que sólo dejaría de resultarle extraño en sueños.

Habían cortado el tráfico. Los árboles no se movían. No soplaba la menor brisa. Las voces y las luces artificiales le daban al pequeño ensanche un ambiente de escenario teatral. Los maniquíes entre las máquinas de coser Singer del escaparate parecían dispuestos a mezclarse con los policías y los funcionarios. «¡Sí, yo también soy yo!», le apeteció decir a Galip. Al brillar entre los curiosos y los policías el azul plateado del flash de un fotógrafo, Galip se dio cuenta de algo, como si se acordara de un recuerdo que surgiera de un sueño, como si hubiera encontrado una llave que hubiese perdido hacía veinte años, como si reconociera una cara que no hubiera querido ver: a dos pasos del escaparate donde se exponían las máquinas Singer, en la acera, yacía una mancha blanca. Una única persona: Celâl. Le habían cubierto con periódicos. ¿Dónde estaba Rüya? Galip se acercó.

La cabeza, que dejaban al descubierto los periódicos que envolvían todo su cuerpo como si fueran un edredón de papel impreso, se apoyaba en la sucia acera cubierta de barro como si descansara en una almohada. Tenía los ojos abiertos, pero en su rostro había una expresión ensimismada, como si estuviera soñando, cansada, como si se hubiera perdido en sus propios pensamientos; también parecía sereno, como si contemplara las estrellas; estoy descansando y recordando, parecía decir. ¿Dónde estaba Rüya? A Galip le invadió la impresión de que era un juego, una broma, luego una sensación de remordimientos. No había rastros de sangre. ¿Cómo había podido saber que el cadáver era el de Celâl antes de verlo? ¿Saben?, quiso decir, resulta que no sabía que lo sabía todo. Había un pozo en su mente, en mi mente, en nuestra mente; un botón, un botón morado; monedas, chapas de gaseosa, botones que salen de detrás del armario. Contemplamos las estrellas, las estrellas a través de las ramas de los árboles. Tápenme bien con el edredón, parecía decir el cadáver, no vaya a ser que me quede frío. Tápenle bien con el edredón no vaya a ser que se quede frío. Galip sintió frío. «¡Yo soy yo!» Se dio cuenta de que las páginas de periódico que cubrían el cadáver completamente abiertas eran del Milliyet y el Tercüman. Manchas de gasolina de siete colores. Miró aquellas páginas por si estaba la columna de Celâl: no te quedes frío. Hace frío.

Oyó una voz metálica que llamaba al comisario por la radio de un furgón de la policía que tenía la puerta abierta. ¿Dónde está Rüya, señor mío? ¿Dónde? ¿Dónde? Las luces del semáforo de la esquina parpadeando inútilmente. Verde. Rojo. Otra vez, otra más. Verde. Rojo. También en el escaparate de la señora pastelera. Verde, rojo. Recuerdo, recuerdo, recuerdo, decía Celâl. Las rejas de la tienda de Aladino estaban bajadas pero las luces del interior estaban encendidas. ¿Podía ser aquello una pista? Señor comisario, quiso decir Galip, estoy escribiendo la primera novela policíaca turca, mire, ésta es la primera pista: las luces se han quedado encendidas. En el suelo hay colillas, pedazos de papel, basura. Galip descubrió a un policía joven, se acercó a él y comenzó a hacerle preguntas.

Los hechos habían ocurrido entre las nueve y media y las diez. No se sabía quién era el asesino. El pobre hombre había caído muerto al instante. Sí, era un periodista famoso. No, no lo acompañaba nadie. El policía tampoco sabía por qué retenían allí el cadáver. No, gracias, no fumaba. Sí, difícil profesión la de policía. No, nadie lo acompañaba en el momento de los hechos, el agente estaba seguro de aquello. ¿Por qué lo preguntaba el señor? ¿A qué se dedicaba el señor? ¿Qué hacía allí el señor a esas horas de la noche? ¿Podía enseñarle el señor su documentación?

Mientras el policía examinaba su carnet, Galip miró el edredón de periódicos bajo el cual yacía el cuerpo de Celâl. De lejos se apreciaba mejor que las luces de neón del escaparate de los maniquíes se reflejaban en los periódicos con un brillo ligeramente rosa. Pensó: señor policía, el difunto le daba mucha importancia a pequeños detalles de este tipo. Yo soy el de la fotografía y esta cara es la mía. Tenga, gracias. De nada. Me voy. Mi mujer me está esperando en casa. Me parece que me las he arreglado bien.

Después de pasar sin detenerse ante el edificio Sehrikalp y de cruzar a la carrera la plaza de Nisantasi, acababa de entrar en la calle de su casa cuando, por primera vez en años, un perro callejero, un chucho color barro, le gruñó y le ladró como si fuera a atacarlo. ¿De qué podía ser aquello señal? Cambió de acera. ¿Estaban encendidas las luces del salón? ¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Iba pensando mientras subía en el ascensor.

En casa no había nadie. Y por ninguna parte había el menor rastro de que Rüya hubiera vuelto y se hubiera marchado de nuevo. Todo, lo que había tocado, los picaportes de las puertas, las tijeras y las cucharas tiradas aquí y allá, los ceniceros en los que en tiempos Rüya había apagado sus cigarrillos, la mesa en la que en tiempos se habían sentado juntos a comer, los vacíos y melancólicos sillones en los que en tiempos se habían sentado frente a frente, todo resultaba insoportablemente triste, insoportablemente amargo. Salió a la carrera. Caminó largo rato por las calles. No había otro movimiento que el de los perros revolviendo los cubos de basura por las aceras que unían Nisantasi con Sisli, las mismas por las que en su niñez había caminado nervioso a toda prisa para ir al cine Site con Rüya. ¿Cuántos artículos escribiste sobre aquellos perros? ¿Cuántos escribiré yo? Tras una larga caminata regresó a la plaza de Tesvikiye dando la vuelta por las calles que rodeaban la mezquita y, tal y como había esperado, sus pasos lo condujeron a la esquina donde cuarenta y cinco minutos antes yacía el cadáver de Celâl. Pero en la esquina no había nadie. El cadáver, los coches de policía, los periodistas y la multitud se habían marchado todos juntos. Galip, a la luz de neón que se proyectaba entre los maniquíes ante el escaparate que exponía máquinas de coser, tampoco pudo ver el menor rastro en la acera donde había estado el cuerpo de Celâl. Debían haber recogido con mucho cuidado los periódicos que cubrían al muerto. Delante de la comisaría un policía hacía la guardia nocturna, como siempre.

Sintió un cansancio desacostumbrado cuando entró en el edificio Sehrikalp. El piso de Celâl, que de forma tan decidida imitaba el pasado, le pareció a Galip tan emotivo, sorprendente y conocido como pueda resultarle su casa a un soldado que regresa a ella después de aventuras y guerras que han durado años. ¡Y qué lejano se había quedado aquel pasado! No obstante, no hacía ni seis horas que había salido de allí. El pasado era tan atrayente como el sueño. Como un niño inocente, como un niño culpable, pensando que soñaría con columnas de periódico a la luz de las farolas, con fotografías, con el misterio, con Rüya, con lo que buscaba, pensando que en su sueño no haría nada malo, que haría algo malo, se acostó en la cama de Celâl y se durmió. Al despertarse pensó lo siguiente: «Sábado por la mañana». Pero ya era el mediodía del sábado. Un día en el que no tendría que ir al despacho ni a los juzgados. Sin ponerse las zapatillas fue a alcanzar el Milliyet que le habían echado por debajo de la puerta. «Celâl Salik asesinado.» El titular de la noticia estaba encima del nombre del periódico. Habían publicado una fotografía del cadáver tomada antes de que lo cubrieran con periódicos. Dedicaban toda la página al suceso. Rápidamente habían conseguido declaraciones del Presidente del Gobierno y de otros tipos importantes y famosos. Habían colocado en un recuadro el artículo en clave escrito por Galip y titulado «Vuelve a casa» como si fuera «su último artículo». Habían publicado una agradable fotografía de Celâl bastante reciente. Según todos los famosos, habían disparado contra la democracia, contra la libertad de pensamiento, contra la paz y contra todas esas cosas buenas que la gente saca a relucir a la menor ocasión. Se habían tomado medidas para atrapar al asesino.

Fumaba sentado a la mesa repleta de papeles y recortes de prensa. Durante largo rato estuvo sentado a la mesa fumando en pijama. Cuando sonó el timbre de la puerta tenía la impresión de llevar una hora fumando el mismo cigarrillo. Era la señora Kamer. Cuando la puerta se abrió de repente, primero se quedó mirando a Galip con las llaves en la mano como si viera un espectro y luego entró, se arrojó con dificultad en el sillón que había junto al teléfono y comenzó a llorar. Todos creían que Galip también había muerto. Todos llevaban días preocupados por ellos. En cuanto leyó la noticia había salido a toda prisa para ir a casa de la Tía Hâle. Al pasar por delante de la tienda de Aladino vio que dentro había una multitud. Entonces se dio cuenta de que aquella mañana habían encontrado en la tienda el cuerpo de la señora Rüya. Cuando Aladino había abierto la tienda aquella mañana se había encontrado el cadáver de Rüya durmiendo entre las muñecas.


Lector, eh, lector, en este punto de mi libro, en el que he intentado desde el principio separar meticulosamente, aunque quizá no con demasiada fortuna, al narrador del protagonista y los artículos de periódico de las páginas donde se desarrolla la acción, o sea, después de tantos bienintencionados esfuerzos de los que quizá te hayas dado cuenta, permíteme que intervenga aunque sólo sea una vez antes de enviar estas líneas al maquetador. En ciertos libros hay algunas páginas que parecen grabarse en nuestras mentes de tal manera que somos incapaces de olvidarlas, más que por la pericia del autor, porque la historia parece fluir «por sí misma» como si se hubiera escrito «por sí misma». Esas páginas permanecen en nuestra mente o en nuestro corazón —llamadlo como queráis—, no como maravillas creadas por la pluma de un profesional experto en la materia, sino como un recuerdo conmovedor, doloroso y que nos mueve a las lágrimas y que recordaremos durante años, como esas horas que durante nuestra vida hemos pasado en el Paraíso o en el Infierno o en ambos o, sobre todo, fuera de ambos. Bien, si yo fuera un escritor experto y hábil en lugar del columnista advenedizo que soy, creería con toda confianza que estaríamos en una de esas páginas de mi obra Rüya y Galip que acompañarán durante años a mis inteligentes y sensibles lectores. Pero como soy realista en lo que respecta a mis capacidades y en cuanto a lo que he escrito, no dispongo de tal confianza. Por eso me gustaría dejar al lector solo con sus recuerdos en estas páginas de mi historia. Lo mejor que puede hacerse con ese objeto es sugerir al maquetador que cubra estas páginas con tinta negra. Para que podáis forjar con vuestra imaginación lo que yo no sabría escribir con propiedad. Para darles el color del negro sueño en el que me embarqué en el punto en que interrumpí la historia, para recordaros en todo momento el silencio que había en mi mente mientras caminaba como un sonámbulo entre los sucesos de los días posteriores. Ved las páginas que siguen como páginas negras, como recuerdos de un sonámbulo.


La señora Kamer fue corriendo de la tienda de Aladino a la casa de la Tía Hâle. Allí todos lloraban pensando que Galip también había muerto. La señora Kamer les confió por fin el secreto de Celâl: les dijo que Celâl llevaba años, y Rüya y Galip una semana, ocultándose aquí, en el piso superior del edificio Sehrikalp. Todos volvieron a pensar que Galip estaba tan muerto como Rüya. Luego, cuando la señora Kamer regresó aquí, al edificio Sehrikalp, el Señor Ismail le había dicho: «¡Sube a echar una mirada arriba!». La señora Kamer cogió las llaves y subió y justo antes de abrir la puerta la invadió un extraño temor y después una convicción igualmente extraña, la convicción de que Galip vivía. Llevaba una falda verde pistacho que Galip le había visto a menudo y un sucio delantal.

Mucho después, cuando fue a su casa, Galip vio que la Tía Hâle llevaba un vestido de la misma tela verde pistacho, sobre la que se abrían unas flores moradas. ¿Era una casualidad o una fatalidad que provenía de treinta y cinco años atrás y que le recordaba que el mundo es tan mágico como los jardines de la memoria? Galip explicó a su padre, a su madre, a su Tío Melih, a su Tía Suzan, a todos los que le oían entre lágrimas, que desde que Rüya y él regresaran de Esmirna cinco días antes habían pasado con Celâl la mayor parte del tiempo, incluyendo algunas noches, en el edificio Sehrikalp: Celâl había comprado el piso superior años atrás pero se lo había ocultado a todo el mundo. Se escondía de alguien que lo amenazaba.

Galip habló largamente de la voz del teléfono cuando, ya bastante tarde, repitió las mismas explicaciones ante el fiscal y el agente del Servicio de Inteligencia que habían ido a tomarle declaración. Pero no logró interesar con su historia a aquella pareja que lo escuchaba con el aspecto de «nosotros lo sabemos todo». Sintió la desesperación de alguien que es incapaz de escapar de sus sueños y de convencer a nadie de que lo acompañe en ellos. En su mente había un largo y profundo silencio. En cierto momento poco antes de anochecer se encontró en la habitación de Vasif. Quizá porque era la única habitación de la casa en la que no se lloraba, allí vio las huellas intactas de una vida familiar feliz que pertenecía al pasado. Los peces japoneses, degenerados a fuerza de «matrimonios» consanguíneos, se deslizaban tranquilamente por el acuario. Carbón, el gato de la Tía Hâle, estaba tumbado en un extremo de la alfombra y observaba distraído a Vasif. Vasif, sentado en el borde de la cama, examinaba una enorme pila de papeles que tenía en la mano. Los papeles eran telegramas de pésame que habían enviado cientos de personas, desde el Presidente del Gobierno hasta el más simple lector. En el rostro de Vasif vio la misma expresión asombrada y juguetona que aparecía en él cuando se sentaba entre Rüya y Galip en ese mismo rincón de la cama y los tres juntos miraban los viejos recortes de periódico. En la habitación había la misma pálida y débil luz que había visto cuando se encontraban allí antes de las cenas que les preparaba la Tía Hâle, y anteriormente la Abuela. Aquella luz somnolienta, formada por la inequívoca y definitiva conjunción de la desnuda bombilla de bajo voltaje y los viejos muebles y el papel pintado, le recordó a Galip la tristeza de sus días con Rüya, la pena que se cernía sobre él como una enfermedad incurable. Pero aquella tristeza y aquella pena eran ahora buenos recuerdos. Galip levantó a Vasif de donde estaba sentado. Apagó la luz. Se tumbó en la cama ahora vacía sin quitarse la ropa, como un niño que quiere llorar antes de dormirse, y durmió doce horas seguidas.

Al día siguiente, cuando Galip se quedó a solas con el redactor jefe en el funeral, que se celebró en la mezquita de Tesvikiye, le explicó que Celâl tenía cajas llenas de artículos todavía sin publicar, que había trabajado sin cesar aunque en las últimas semanas apenas hubiera enviado al periódico nuevas columnas, que había llevado a cabo viejos proyectos, que había completado algunas crónicas que había dejado a medias, y que había escrito con aire alegre cosas realmente nuevas sobre temas que hasta entonces nunca había tratado. El redactor jefe le contestó que por supuesto le gustaría publicar aquellos artículos en la columna de Celâl. Y así se le abrió a Galip el camino a la vida literaria que llevaría tantos años en la columna de Celâl. Mientras la multitud que había salido de la mezquita de Tesvikiye avanzaba hacia la plaza de Nisantasi, donde esperaba el coche fúnebre, Galip vio a Aladino que miraba completamente absorto a través de la puerta de su tienda. En la mano sostenía una muñeca pequeña que estaba a punto de envolver en un papel de periódico.

La noche del día en que Galip llevó al periódico Milliyet por primera vez los nuevos artículos de Celâl, comenzó a soñar con Rüya y esa muñeca. Después de dejar los artículos de Celâl y escuchar las expresiones de condolencias y las teorías sobre el asesinato de amigos y enemigos, entre los que se contaba Nesati, el anciano columnista, se retiró al despacho de Celâl y comenzó a leer los periódicos de los últimos cinco días, que se acumulaban sobre su mesa. Entre los artículos que, según las tendencias de los autores, culpaban del asesinato a los armenios, a la mafia turca (los bandidos de Beyoglu, habría querido corregir Galip con un bolígrafo verde), a los comunistas, a los contrabandistas de tabaco, a los griegos, a los islamistas, a los fascistas, a los rusos o a los nakgibendis, entre los fragmentos recordatorios, lacrimosos y exageradamente laudatorios, y entre las columnas que recordaban asesinatos parecidos en nuestra historia, un artículo de investigación de un joven periodista sobre cómo se había cometido el asesinato le llamó la atención. El artículo, publicado en el Cumhuriyet el mismo día del funeral, era breve y claro, pero como estaba escrito con un estilo un tanto retórico, los protagonistas se mencionaban no por sus nombres, sino por los adjetivos en mayúscula que los calificaban.

El Famoso Columnista y su Hermana habían salido de la casa del Columnista en Nisantasi el viernes a las siete de la tarde y habían ido al cine Konak. La película, titulada El regreso, había terminado a las nueve y veinticinco y el Columnista y su Hermana, casada con un Joven Abogado (por primera vez en su vida Galip se encontró con su nombre en un periódico, aunque fuera entre paréntesis), habían salido del cine entre el resto del público. La nevada que llevaba diez días cayendo sobre Estambul había amainado pero hacía frío. Después de cruzar la calle Valikonagi entraron por la calle Emlak y por allí salieron a la calle Tesvikiye. Justo cuando estaban ante la comisaría, a las nueve y treinta y cinco, la muerte les encontró. El Asesino, que llevaba una vieja pistola Kirikkale como las que poseen los miembros jubilados de las Fuerzas Armadas, muy probablemente apuntó al Columnista, pero hizo blanco en ambos hermanos. Sólo disparó cinco balas, quizá porque la pistola se le encasquilló, y de ellas tres acertaron al Columnista, una a su Hermana y la otra se clavó en el muro de la mezquita de Tesvikiye. El Columnista cayó muerto de inmediato en el lugar de los hechos porque una de las balas le había dado en el corazón. Otra había destrozado la pluma que llevaba en el bolsillo izquierdo de la chaqueta (todos los periodistas se habían abrazado entusiasmados a aquel símbolo fortuito) y así la camisa del Columnista había quedado manchada, más que de sangre, de tinta verde. Su Hermana había seguido andando, gravemente herida en el pulmón izquierdo, y había entrado en un estanco-quiosco tan próximo al lugar de los hechos como la comisaría de enfrente. El periodista, como un detective que rebobina una importante escena de una filmación y la vuelve a ver repetidas veces, había descrito una y otra vez cómo la Hermana se había acercado lentamente a aquella tienda, conocida en la zona como «la tienda de Aladino» y cómo había entrado en ella sin que la viera el propio Aladino, ya que se había refugiado tras el tronco de un árbol. Aquella lenta representación tenía el ambiente de una escena de ballet bailada a la luz de focos azul marino. La Hermana entraba lentamente en la tienda y se desplomaba en un rincón entre unas muñecas. Luego la película se aceleraba de repente y se hacía absurda: el tendero, que antes de que comenzaran los disparos estaba retirando los periódicos que colgaba del castaño que había ante su tienda porque estaba cerrando, se dejó llevar por el pánico con el ruido y, como no se había dado cuenta de que la Hermana había entrado en su tienda, bajó de inmediato la reja, huyó tropezando del lugar de los hechos y corrió hacia su casa.

Aunque las luces del estanco conocido en la zona como «la tienda de Aladino» estuvieron encendidas hasta el amanecer, nadie notó la presencia de la agonizante joven en su interior, ni la policía que investigaba por los alrededores ni nadie más. Fue considerado extraño por parte de las autoridades que el policía que montaba guardia en la acera de enfrente no sólo no actuara, sino que ni siquiera se diera cuenta tampoco de que había una segunda persona herida.

El asesino huyó en una dirección desconocida. Un ciudadano que acudió a las autoridades la mañana siguiente informó de que aquella noche, poco antes del suceso, después de comprar un billete de lotería en la tienda de Aladino, había visto en un lugar cercano al de los hechos una oscura sombra de aspecto terrible con una curiosa capa y una ropa estrambótica más propia de una película histórica («Parecía el sultán Mehmet el Conquistador», dijo) y que incluso se lo había contado excitado a su mujer y a su cuñada antes de enterarse de la noticia por los periódicos. El joven periodista terminaba su artículo deseando que aquella pista no terminara siendo víctima del desinterés o la ineptitud como había ocurrido con la joven cuyo cadáver había sido descubierto al amanecer entre las muñecas.

Aquella noche Galip soñó con Rüya entre las muñecas que se vendían en la tienda de Aladino. No había muerto. Esperaba a Galip en la oscuridad respirando suavemente entre las demás muñecas, le hacía guiños pero Galip llegaba tarde a la tienda, por alguna extraña razón no podía ir; sólo podía contemplar por la ventana del edificio Sehrikalp, entre lágrimas y a lo lejos, las luces del escaparate de la tienda de Aladino, que se reflejaban en la acera nevada.

Una soleada mañana de febrero el padre de Galip le dijo que había llegado la respuesta a la solicitud de información que el Tío Melih había hecho a la Oficina del Registro de la Propiedad de Sisli con motivo de la herencia de Celâl y que, al parecer, poseía otro piso en alguna de las calles traseras de Nisantasi.

El piso al que fueron el Tío Melih y Galip acompañados por un cerrajero jorobado era el más alto de uno de esos edificios de tres o cuatro pisos que hay en esas angostas calles traseras de Nisantasi pavimentadas con adoquines y con las aceras llenas de agujeros, con la fachada oscurecida por el hollín y el humo, con la pintura caída aquí y allá como la piel de un enfermo incurable y que a Galip siempre le hacían pensar cada vez que entraba en ellos por qué en cierto momento a los ricos se les había ocurrido vivir en lugares tan miserables o bien por qué en cierto momento se había considerado ricos a quienes vivían en lugares tan miserables. El cerrajero abrió sin la menor dificultad la cansada cerradura de la puerta, sobre la que no había ningún nombre escrito, y se marchó.

En la parte de atrás había dos estrechos dormitorios, cada uno de los cuales tenía una cama. En la delantera vieron un pequeño salón que recibía el sol por una ventana que daba a la calle y con una enorme mesa de comedor en medio; sobre la mesa, que a ambos lados tenía sendos sillones, había recortes de periódico en los que se describían los últimos asesinatos, fotografías, revistas deportivas y de cine, ediciones recientes de tebeos de la época de la infancia de Galip como Texas y Tom Mix, novelas policíacas y montones de papeles y periódicos. Un enorme cenicero de cobre lleno a rebosar de cáscaras de pistachos probó a Galip sin darle lugar a la menor duda que Rüya se había sentado en aquella mesa.

En la habitación que debía ser de Celâl, Galip vio cajas de Mnemonics, el fármaco para la pérdida de la memoria, de vasodilatadores, de aspirinas y de cerillas. En lo que respecta a lo que vio en una silla en la habitación de Rüya, se acordó de que su mujer no se había llevado demasiado al marcharse de casa: parte de sus productos de maquillaje, sus zapatillas, el llavero que creía que le traía suerte y un cepillo de pelo que tenía un espejo por detrás. Galip miró de tal manera aquellos objetos sobre la silla Thonet de aquella habitación vacía de paredes desnudas, que por un momento sintió que se había desprendido del embrujo de una ilusión y que comprendía el otro significado que le señalaban dichos objetos, aquel significado olvidado que se escondía en el mundo. «Vinieron aquí a contarse historias mutuamente», pensó al regresar junto al Tío Melih, que aún seguía sin aliento por el esfuerzo de haber subido las escaleras. La forma en que estaban los folios en un extremo de la mesa demostraba que Rüya había comenzado a transcribir las historias que le contaba Celâl y que durante toda aquella semana Celâl siempre había estado sentado en el sillón de la izquierda, que ahora ocupaba el Tío Melih, y Rüya le escuchaba sentada en el que ahora estaba vacío. Galip se metió en el bolsillo de la chaqueta las historias de Celâl, de las que posteriormente se aprovecharía para sus artículos en el Milliyet y le dio al Tío Melih la explicación que estaba esperando, aunque no insistiera demasiado.

Celâl sufría una terrible enfermedad de la memoria, cuya existencia había sido descubierta hacía mucho tiempo por un famoso médico inglés, el Dr. Cole Ridge, pero para la que no se había hallado remedio. Se escondía en aquel piso para ocultarle a todos su enfermedad y continuamente les pedía ayuda a ellos. Por esa razón se quedaban en el piso, algunas noches Galip, otras Rüya, y escuchaban sus historias para que pudiera encontrar su pasado y lo reconstruyera, e incluso las transcribían. Mientras fuera nevaba Celâl les contaba interminables historias durante horas. El Tío Melih guardó silencio largo rato como si lo hubiera comprendido todo bastante bien. Luego lloró. Encendió un cigarrillo. Sufrió un ligero ahogo. Dijo que Celâl siempre se había dejado llevar por ideas equivocadas. Le había poseído la extraña pasión de vengarse de toda la familia porque creía que le habían echado del edificio Sehrikalp y que su padre se había portado mal con su madre y con él al casarse de nuevo. No obstante, su padre le había querido al menos tanto como a Rüya. Ahora no le quedaba ningún hijo. No; su único hijo era ahora Galip.

Lágrimas. Silencio. Sonidos de una casa extraña. Galip le quiso decir al Tío Melih que comprara su botella de raki en la tienda de la esquina y que regresara a casa lo antes posible. En lugar de eso se hizo la siguiente pregunta, en la que jamás volvería a pensar y que el lector deseoso de formularse sus propias preguntas haría bien en saltarse (un párrafo):

¿Cuáles eran aquellas historias, aquellos recuerdos, aquellos cuentos, cuáles eran aquellas flores que se abrían en el jardín de la memoria de los que, para mejor saborearlos, olerlos y disfrutarlos, Celâl y Rüya habían considerado necesario excluir a Galip? ¿Era porque Galip no sabía contar historias? ¿Porque no era tan animado y alegre como ellos? ¿Porque no entendía en absoluto determinadas historias? ¿Porque les aguaba la fiesta con su excesiva admiración? ¿Porque habían huido de la incorregible tristeza que emanaba de él como si fuera una enfermedad contagiosa? Galip vio que Rüya, como hacía en casa, había colocado un recipiente de yogurt de plástico debajo del viejo y polvoriento radiador, que goteaba.

Como no podía soportar el inaguantable recuerdo de Rüya y los muebles casi se movían con la amargura de una terrible tristeza, en cierto momento próximo al final del verano, Galip abandonó el piso alquilado en el que había vivido con ella y se instaló en el de Celâl en el edificio Sehrikalp. De la misma forma que no pudo mirar el cadáver de Rüya, no quiso ver cómo su padre repartía sus cosas a izquierda y derecha e incluso cómo vendía algunas. Ya no podía ni imaginar, como creía optimistamente en sus sueños, que Rüya regresaría algún día, tal y como había ocurrido con su primer matrimonio, y que continuarían su vida en común como si siguieran con un libro que estuvieran leyendo juntos y hubieran dejado a medias. Los calurosos días del verano se alargaban como si no fueran a terminarse nunca.

A finales de verano hubo un golpe militar. Un nuevo gobierno, formado por prudentes patriotas que no se habían manchado con el fango de la cloaca llamada política, anunció que los culpables de los asesinatos políticos cometidos en el pasado serían hallados uno a uno. En respuesta, en el primer aniversario de su muerte, los periodistas, que no tenían noticias políticas que escribir a causa de la censura, recordaron con un lenguaje cortés y bien educado que ni siquiera se había resuelto el «Asesinato de Celâl Salik». Un periódico, por alguna extraña razón no el Milliyet, en el que Celâl escribía, sino otro, anunció que entregaría una importante recompensa económica a la denuncia que condujera a la detención del asesino. Con aquel dinero uno podía comprarse un camión, un pequeño molino de harina o un colmado que proporcionara unos saludables ingresos mensuales durante toda la vida. Así fue como comenzaron el movimiento y la excitación que habrían de iluminar el misterio que se escondía tras el «Asesinato de Celâl Salik». Los comandantes encargados de mantener el estado de excepción en las ciudades de provincias se arremangaron y se pusieron manos a la obra con la intención de no dejar pasar aquella última ocasión de alcanzar la inmortalidad que se les ofrecía.

Habrán comprendido por mi estilo que soy de nuevo yo quien ha comenzado a narrar los hechos. Al mismo tiempo que los castaños, que por aquel entonces estaban echando las hojas, yo me iba transformando de una persona triste en otra airada. Y esa persona airada en la que me estaba convirtiendo no prestaba demasiada atención a las noticias que los corresponsales en provincias enviaban a Estambul subrayando que «la investigación se mantiene en secreto». Una semana se leía que el asesino había sido capturado en un pueblo de montaña cuyo nombre había sonado previamente porque en sus afueras se había despeñado por un barranco un autobús lleno de futbolistas y seguidores del equipo que habían muerto aplastados, a la semana siguiente el criminal era atrapado en un pueblo costero contemplando con nostalgia y sentido del deber cumplido el horizonte de un país vecino que le había pagado sacos de dinero para que realizara el trabajo. Como aquellas primeras noticias envalentonaron a ciudadanos que de otra manera no se habrían atrevido a convertirse en chivatos e incitaron a ser industriosos a aquellos comandantes del estado de sitio que envidiaban los logros de sus colegas, a principios del verano se inició una auténtica oleada de «el asesino ha sido capturado». Fue por entonces cuando los responsables de los cuerpos de seguridad comenzaron a llevarme a medianoche a la central de la ciudad con el objeto de «utilizar la información» que yo pudiera tener y para «identificar al criminal». Con el toque de queda la vida de todo el país se dividió en dos, blanco y negro, como si la hubieran cortado por la mitad con un cuchillo, igual que ocurre con esas ciudades pequeñas y remotas tan apegadas a su religión y a sus cementerios donde el ayuntamiento detiene los generadores eléctricos desde la medianoche hasta el amanecer porque el presupuesto es insuficiente, de tal manera que los carniceros clandestinos sacrifican furiosos caballos viejos en una atmósfera de pena capital y entre la silenciosa y terrible oscuridad que reina en ellas. Poco después de medianoche emergía lentamente de entre el humo que flotaba sobre la mesa de trabajo de Celâl, donde había estado redactando su último artículo con una inspiración y una creatividad dignas de él, bajaba a la puerta del edificio Sehrikalp, a la acera, absolutamente vacía, y esperaba el coche de policía que habría de llevarme al edificio que el Servicio de Inteligencia tenía en las laderas de Besiktas y que parecía un castillo rodeado de altos muros. El castillo estaba tan animado, lleno de voces e iluminado como quieta, vacía y oscura la ciudad.

Me mostraban fotografías de jóvenes insomnes de mirada soñadora, ojeras moradas y pelo desgreñado. Los ojos de algunos me recordaban los ojos negros del hijo del aguador que venía a casa y que, mientras su padre llenaba las vasijas de agua, grababa de inmediato en su memoria con el proyector de su mirada los objetos que llenaban la casa; otros me recordaban a un «amigo del hermano mayor de un amigo», desvergonzado y lleno de granos, que se había acercado a Rüya sin que le importara lo más mínimo que la acompañara su primo mientras ella estaba saboreando su bombón helado en el descanso de una película a la que habíamos ido juntos; otros al dependiente de nuestra edad que miraba con ojos somnolientos cómo se dispersaba la multitud de estudiantes que salía del colegio por la puerta medio abierta de una antigua tienda de telas, lugar histórico bien conocido en la zona geográfica entre el colegio y casa; otros, y ésos eran los más terribles, no me recordaban a nadie, no me sonaban de nada. Mientras miraba aquellas caras vacías y tan terroríficas como vacías que se habían visto obligadas a posar ante el fotógrafo contra las paredes sin pintar, sucias y manchadas de quién sabe qué, de las delegaciones de la Dirección General de Policía, en cuanto parecía que estaba a punto de escoger, o no, una expresión que ni se entregaba plenamente ni era del todo indefinida, una sombra imprecisa entre las brumas de mi memoria, o sea, cuando dudaba ante una fotografía, los astutos agentes que tenía plantados encima me animaban a que me decidiera y me daban información tentadora sobre la persona de fantasmagórica expresión de la fotografía: este muchacho había sido arrestado gracias a una denuncia en un café de los nacionalistas en Sivas y tenía ya otros cuatro asesinatos a sus espaldas; este otro, cuyo bozo aún no se había convertido en bigote, había publicado en una revista pro-Enver Hoxa un largo artículo que señalaba a Celâl como objetivo que abatir; el que había perdido los botones de la chaqueta estaba siendo enviado a Estambul desde Malatya, era maestro y les había hablado con insistencia a sus alumnos de nueve años de la obligación de matar a Celâl porque había blasfemado contra uno de los grandes hombres de la religión en un artículo que había escrito quince años antes sobre Mevlâna; aquel tipo maduro y tímido con aspecto de padre de familia era un borracho que en una taberna de Beyoglu había pronunciado un largo discurso sobre la necesidad de limpiar de microbios el país y que había sido denunciado en la comisaría de Beyoglu por un ciudadano que se sentaba en una mesa próxima y que tenía en mente la recompensa ofrecida por el periódico afirmando que había mencionado el nombre de Celâl entre los microbios que limpiar. ¿Conocía Galip Bey a aquel borracho de cara resacosa, a aquellos desesperados, a aquellos violentos, a aquellos desdichados perdidos en sus sueños? ¿Había visto Galip Bey en los últimos tiempos o en los últimos años en compañía de Celâl alguna de esas caras soñadoras y delincuentes cuyas fotos le ponían delante una a una?

A mediados de verano, en la época en que vi que en los nuevos billetes de cinco mil liras había una imagen de Mevlâna, leí en los periódicos la esquela de un coronel jubilado llamado Fatih Mehmet Üçüncü. En aquellos mismos días cálidos de julio, las obligatorias visitas nocturnas comenzaron a hacerse más frecuentes y a multiplicarse las fotografías que ponían ante mí. En aquellas fotos vi caras más tristes, más apenadas, más terribles y más increíbles que las que había visto en la modesta colección de Celâl: reparadores de bicicletas, estudiantes de arqueología, operarios de telares, empleados de gasolineras, mozos de colmados, extras de cine local, dueños de cafés, escritores de panfletos religiosos, vendedores de billetes de autobús, vigilantes de aparcamientos, chulos de cabaret, jóvenes contables, vendedores de enciclopedias... Todos habían sido torturados, golpeados y maltratados, poco o mucho, todos miraban a la cámara con una expresión de «no estoy aquí», una expresión de «en realidad yo soy otro» que enmascaraba el miedo y la tristeza de sus rostros como si quisieran olvidar aquel misterio perdido que yacía en las profundidades de su memoria pero que habían olvidado que seguía allí, aquel misterio que no habían buscado porque lo habían olvidado, como si quisieran olvidar aquella información oculta de forma que desapareciera en un pozo sin fondo para no regresar jamás.

Como no quiero volver a los movimientos, predeterminados con mucha antelación y que yo realicé de manera totalmente inconsciente, ni a la disposición de las piezas en ese viejo juego que me parece (y a mis lectores) resuelto hace mucho, no voy a hablar lo más mínimo de las letras que vi en las caras de las fotografías. Pero una de las interminables noches en el castillo (¿sería más adecuado que lo llamara «fortaleza»?), mientras rechazaba con la misma determinación todas las caras que me mostraban, un agente de Inteligencia, luego me enteraría de que era coronel de Estado Mayor, me preguntó: «Las letras. ¿No ve ninguna de las letras? —y añadió con una veteranía fruto del oficio—: Nosotros también sabemos lo difícil que es ser uno mismo en este país. Pero usted debería ayudarnos un poco».

Una noche escuché ciertas deducciones de un grueso teniente coronel sobre cómo todavía subsistía la creencia en el Mahdi entre los restos de las cofradías en Anatolia; lo contaba no como si fuera el resultado de un trabajo de investigación sino como si expresara oscuros y amargos recuerdos de su propia infancia: Celâl, en sus viajes secretos por Anatolia, había intentado contactar con aquellos «residuos reaccionarios», había conseguido encontrarse con una serie de sonámbulos en un taller de automóviles en un suburbio de Konya o en casa de un colchonero de Sivas y les había dicho que incluiría señales del Día del Juicio en sus artículos pero que tendrían que esperar. Los artículos sobre los cíclopes, sobre las aguas retirándose del Bósforo, sobre los bajás y sultanes que se disfrazaban, hervían de dichas señales.

Cuando uno de los laboriosos agentes que aseguraban que por fin descifrarían aquellas señales afirmó con toda seriedad que podría resolver el enigma gracias al acróstico que formaban las letras iniciales de cada párrafo del artículo de Celâl titulado «El beso», estuve a punto de decir que ya lo sabía. También estuve a punto de decirles que ya lo sabía cuando me señalaron el sentido del hecho de que el libro en el que Jomeini narraba su lucha y su vida se titulara El descubrimiento del secreto y cuando me mostraron fotografías tomadas en las oscuras calles de Bursa en los años de su exilio en la ciudad comprendí perfectamente lo que querían indicarme. Yo, como ellos, sabía quién era la persona y cuál era el misterio enmascarados en los artículos de Celâl sobre Mevlâna. Y de nuevo me apetecía decir que ya lo sabía cuando me comentaban divertidos que Celâl buscaba a alguien que lo matara porque había perdido la memoria, o según ellos decían «se le había aflojado un tornillo», intentando «establecer» un misterio desaparecido, o cuando me encontraba en alguna de las fotografías que me ponían delante con una cara que se parecía mucho a alguna de aquellas personas tristes y apenadas de expresión perdida de las fotos que había encontrado en las profundidades del armario de madera de olmo. También habría querido decir que sabía quiénes eran las amantes a las que invocaba en su artículo sobre las aguas retirándose del Bósforo, la esposa imaginaria a la que llamaba en su artículo sobre un beso imaginario, o los héroes con los que se encontraba en los sueños previos al sueño en sí. Y me apetecía decir que ya lo sabía, aunque no me creyera lo que me contaban, cuando recordaban divertidos que el revendedor loco que había disparado a la joven griega de cara pálida, que trabajaba de taquillera en un cine y que Celâl mencionaba en un artículo, era en realidad un policía de civil asignado a ellos y también cuando, a altas horas de la noche, y tras observarla largo rato, les decía que no reconocía la cara de un sospechoso, cara que había perdido su integridad, sus secretos y su significado a fuerza de golpes, tortura e insomnio, a lo cual habría que añadir la inquietud provocada por el hecho de que nosotros pudiéramos verlo a él a través del espejo mágico que nos separaba pero él no a nosotros, y me explicaban que, en realidad, lo que había escrito Celâl sobre caras y mapas no era sino «un truco barato» y que con aquel método vulgar contentaba, engañándolos, a los lectores, que esperaban de él un secreto, un signo de confianza o de participación.

Quizá ya sabían lo que yo sabía o no pero, como pretendían acabar lo antes posible con el asunto y secar antes de que diera fruto la sospecha que iba creciendo inquieta en un rincón no sólo de mi mente, sino en la de todos los lectores de periódicos y en la de todos los ciudadanos en general, querían matar antes de que lo descubriéramos el misterio cubierto por la negra pez y el sedimento gris de nuestras vidas, el misterio perdido y oscuro de Celâl.

A veces, alguno de aquellos avispados agentes que creían que la historia ya se había alargado demasiado, o algún decidido general al que veía por primera vez, o un flaco fiscal al que había conocido meses antes, comenzaban a contarme una historia perfectamente redonda, como el detective nada convincente que, con la facilidad de un prestidigitador, desvela uno a uno los sentidos desconocidos de los detalles para los lectores de la novela. Mientras se desarrollaban aquellas escenas que recordaban a la última página de las novelas que leía Rüya, los demás agentes tomaban notas en folios con el membrete de la Oficina de Materiales del Estado como si fueran profesores que formaran parte del jurado de un «debate» escolar escuchando pacientes y orgullosos las perlas de un estudiante brillante: el asesino era un peón enviado por potencias extranjeras que querían «desestabilizar» nuestra sociedad; los bektasi-naksi-bendis, que habían visto cómo sus secretos se habían convertido en objeto de burla, ciertos poetas que escribían acrósticos en metros clásicos e incluso otros poetas modernos, hurufíes voluntarios, se habían hecho cargo, sin darse cuenta, de la representación de las potencias extranjeras en esa conjura que nos estaba impulsando hacia cierto tipo de apocalipsis. No, aquel asesinato no tenía la menor motivación política: para comprenderlo bastaba con recordar que el periodista muerto sólo escribía bobadas que lo obsesionaban ajenas a la política, con un estilo pasado de moda hacía bastantes años, tan prolijo y con una forma tan enrevesada que no había quien las leyera. El asesino era un famoso bandido de Beyoglu que se creía objeto de burla por la exagerada leyenda que Celâl había creado sobre él, o bien un pistolero a sueldo que hubiera tomado a su servicio. Una de aquellas noches en que se obligaba bajo tortura a retirar sus confesiones a estudiantes universitarios que se habían denunciado a sí mismos sólo por la fama o en que se forzaba a confesar a inocentes que hubieran traído de cualquier mezquita, un catedrático de literatura del Diván con dentadura postiza, que había pasado su infancia en los mismos jardines de atrás y calles con balcones del viejo Estambul que un general del Servicio de Inteligencia, después de una aburrida exposición que hizo sobre el hurufismo y sobre el antiguo arte de los juegos de palabras, interrumpida a menudo por bromas y chistes, escuchó la historia que le conté de mala gana e incluso reconoció, hinchado como una adivina de barrio, que los hechos bien podrían ajustarse sin la menor dificultad a la trama de Hüsn-ü Ask del jeque Galip. Por aquel entonces un comité de dos personas examinaba en el castillo las cartas de denuncia escritas a los periódicos y a las fuerzas de seguridad con la emoción del premio: no prestaron atención al hallazgo literario del catedrático, que se remitía a cuestiones poéticas de hacía dos siglos.

Fue por entonces cuando decidieron que el asesino era un barbero al que habían denunciado. Después de mostrarme a aquel hombre pequeñito y delgado, de unos sesenta años, y comprender que tampoco podía identificarlo, no volvieron a invitarme nunca más a las enloquecidas fiestas de muerte, vida, misterio y poder del castillo. Una semana después los periódicos publicaron con todo detalle la historia del barbero, que primero había negado su delito, luego había confesado, había vuelto a negarlo y de nuevo lo había confesado. Celâl Salik había hablado de aquel hombre por primera vez años atrás en un artículo titulado «Debo ser yo mismo»: en aquel artículo y en otros posteriores había escrito que el barbero había ido al periódico y le había hecho preguntas que habrían podido iluminar un profundo misterio referido a Oriente, a nosotros y a nuestra existencia y que él había respondido a cada una de las preguntas con un chiste. El barbero había visto enfurecido cómo los chistes, que él había considerado insultos y que además habían sido proferidos en público, eran recordados en un artículo y retomados en varias ocasiones. Cuando vio que era insultado de nuevo al publicarse veintitrés años más tarde el primer artículo con el mismo título, el barbero, provocado además por ciertos focos desestabilizadores de su entorno, decidió vengarse del columnista. No se había podido saber quiénes formaban aquellos focos provocadores, cuya existencia negó el barbero calificando su acción de «terrorismo individual» utilizando un lenguaje aprendido de la policía y la prensa. No mucho después de que los periódicos publicaran la fotografía de su cansada y maltratada cara, desprovista de todo significado y de sus letras, y como conclusión de un juicio especialmente rápido para que sirviera de ejemplo, que concluyó en un fallo ratificado de inmediato para que sirviera de ejemplo, una mañana, a una hora por la que sólo paseaban por las calles de Estambul tristes jaurías de perros que ignoraban el toque de queda, colgaron al barbero.

En aquellos días yo estaba, por un lado, trabajando sobre todas las historias que podía recordar y encontrar sobre la montaña de Kaf y, por otro, escuchaba con la resaca de después de una siesta las teorías de los que venían a visitarme a mi despacho de abogado con la intención de esclarecer «los hechos», pero no estaba en situación de ayudar demasiado a nadie. Y así fue como escuché al apasionado estudiante del Instituto de Imanes y Predicadores que me explicó largamente que había concluido por sus artículos que Celâl era el Deccal y que si él había llegado a esa conclusión también el asesino podría haberlo hecho y que matando a Celâl se habría puesto en el lugar del Mahdi, o sea, de El, y que además me mostró ciertas letras en recortes de periódico que rebosaban de historias de verdugos. También escuché al sastre de Nisantasi que aseguraba haberle confeccionado y vendido a Celâl sus disfraces históricos. Me costó trabajo recordar, como alguien que recuerda entre brumas una película vista años atrás, que el sastre era el mismo que había visto trabajando en su establecimiento aquella noche nevosa en que Rüya desapareció. La misma reacción demostré ante Saim, que había venido para informarse sobre la riqueza de los archivos del Servicio de Inteligencia y para darme la buena noticia de que el verdadero Mehmet Yilmaz había sido capturado por fin y que habían puesto en libertad al estudiante inocente. Mientras Saim me llamaba la atención sobre la frase «Debo ser yo mismo», título del artículo que se había presentado como causa del crimen e iniciaba un largo razonamiento, yo me sentía tan lejos de ser yo mismo que era como si me hubiera alejado de este libro negro y de Galip.

Por un tiempo me entregué únicamente a la abogacía y a mis casos. Durante otro periodo disminuí la intensidad de mi trabajo, llamé a mis viejos amigos y fui a restaurantes y tabernas con recién conocidos. A veces me daba cuenta de que las nubes sobre Estambul se habían vuelto de un amarillo o un gris ceniza increíbles y a veces intentaba convencerme de que el cielo sobre la ciudad era el mismo y conocido cielo de siempre. A medianoche, después de escribir de un golpe y con toda comodidad dos o tres de los artículos de Celâl para esa semana, como había hecho el mismo Celâl en sus épocas de mayor fecundidad, me levantaba de la mesa, me sentaba en el sillón que había junto al teléfono, apoyaba las piernas en la mesilla y esperaba que los objetos que me rodeaban se convirtieran lentamente en objetos y señales de otro mundo, de otro universo. Entonces sentía que en algún lugar en lo más profundo de mi memoria un recuerdo se movía como una sombra, que la sombra cruzaba la puerta que se abría desde el jardín de la memoria a otro jardín, que avanzaba atravesando una segunda, una tercera puerta y a lo largo de ese conocido proceso notaba que las puertas de mi personalidad también se iban abriendo y cerrando y que me iba convirtiendo en otra persona que acabaría encontrándose con aquella sombra y siendo feliz con ella, y luego me atrapaba a mí mismo a punto de hablar con la voz de esa otra persona.

Mantenía mi vida bajo control, aunque no fuera muy estricto, porque no quería encontrarme desprevenido con el recuerdo de Rüya y huía cuidadosamente de la tristeza que temía que pudiera desplomarse sobre mí en el momento y en el lugar más inesperados. Cuando, dos o tres veces por semana, iba a casa de la Tía Hâle, después de la cena Vasif y yo dábamos de comer a los peces japoneses pero jamás me sentaba con él en la cama para que me enseñara recortes de periódico (no obstante, así fue como me encontré por casualidad con el recorte en el que habían publicado una foto de Edward G. Robinson en lugar de la de Celâl y descubrí que se parecían aunque fuera poco, como dos parientes lejanos). Cuando mi padre o la Tía Suzan me pedían que me fuera a casa antes de que se me hiciera demasiado tarde, como si Rüya me estuviera esperando enferma en la cama, yo les respondía: «Sí, me voy antes de que empiece el toque de queda».

Pero no iba por la calle que pasaba ante la tienda de Aladino y que era la que habitualmente tomaba con ella sino que caminaba por calles laterales que alargaban el camino que llevaba tanto a nuestra antigua casa como al edificio Sehrikalp y luego cambiaba de nuevo el rumbo para no meterme por las calles que habían seguido Celâl y Rüya después de salir del cine Konak, y así me encontraba en los extraños y oscuros callejones de Estambul, entre farolas, letras, y muros desconocidos, edificios ciegos de fachadas terribles, oscuras cortinas corridas y patios de mezquita. El caminar entre aquellas señales sombrías y muertas me hacía de tal manera otro que, cuando llegaba a la acera del edificio Sehrikalp poco después de que comenzara el toque de queda y veía el trozo de trapo todavía colgando de los barrotes del balcón del piso superior, lo interpretaba sin dificultad como una señal de que Rüya me estaba esperando en casa.

Después de mi caminata por calles desiertas y oscuras, al ver la señal que Rüya había colgado para mí de los barrotes del balcón me acordaba de una larga conversación que mantuvimos una noche de nieve en el tercer año de nuestro matrimonio, sin herirnos el uno al otro, como dos amigos comprensivos que se tratan desde hace años, sin que la charla cayera en el pozo sin fondo del desinterés de Rüya y sin notar que se acercara ese profundo silencio que de repente aparecía entre nosotros como un fantasma. A propuesta mía y con el añadido sabor que le proporcionaba la fuerza de la imaginación de Rüya, imaginamos un día que pasaríamos juntos cuando tuviéramos setenta y tres años.

Cuando tuviéramos setenta y tres años, iríamos juntos a Beyoglu un día de invierno. Con el dinero que hubiéramos ahorrado nos compraríamos sendos regalos: un jersey o un par de guantes. Llevaríamos puestos nuestros viejos y pesados abrigos, que tanto nos gustaban, a los que ya nos habíamos acostumbrado y que olían a nuestro propio olor. Miraríamos los escaparates charlando, sin demasiado interés, sin buscar nada en especial. Maldeciríamos con odio, nos quejaríamos de que todo había cambiado y proclamaríamos a los cuatro vientos cuán mejores y más hermosos eran la ropa de antes, los escaparates de antes y la gente de antes. Haciendo todo aquello seríamos conscientes de que nos comportábamos así porque éramos lo bastante viejos como para no esperar nada del futuro; pero lo haríamos de todos modos. Compraríamos un kilo de marrón glacés observando con cuidado cómo lo pesaban y lo empaquetaban. Luego, en algún lugar en alguna de las calles laterales de Beyoglu, encontraríamos una vieja librería que nunca antes habríamos visto y lo celebraríamos alegres y sorprendidos. Dentro habría baratas novelas policíacas que Rüya no habría leído o que habría olvidado haber leído. Mientras hurgáramos entre las novelas escogiendo algunas, ronronearía un gato viejo que estaría paseando entre las pilas de libros y la comprensiva librera nos sonreiría. Saldríamos muy contentos de allí por haber comprado los libros tan baratos y porque bastarían para satisfacer la necesidad de novelas policíacas de Rüya al menos durante dos meses y, con los paquetes en la mano, entraríamos en una pastelería donde, mientras nos tomáramos un té, estallaría una pequeña discusión entre nosotros. Discutiríamos porque tendríamos setenta y tres años, y porque sabríamos, como le ocurre a toda la gente como nosotros, que los setenta y tres años de nuestra vida habían transcurrido en vano. Al regresar a casa abriríamos los paquetes, nos quitaríamos la ropa sin avergonzarnos lo más mínimo y nos entregaríamos, con nuestros viejos y blancos cuerpos de músculos blandos acompañados por una abundante cantidad de marrón glacés y almíbar a una larga sesión de amor. El pálido color de nuestros viejos y cansados cuerpos tendría la claridad del crema semitransparente de nuestra piel infantil cuando nos conocimos sesenta y siete años atrás. Rüya, cuya imaginación siempre había sido más brillante que la mía, dijo que a mitad de aquella enloquecida sesión amorosa nos detendríamos a fumar y que lloraríamos. Yo había planteado la cuestión porque sabía que cuando tuviera setenta y tres años y ya no estuviera en situación de añorar otras vidas, Rüya me amaría. En cuanto a Estambul, como mis lectores ya se habrán dado cuenta, seguiría viviendo en la misma miseria.

A veces me sigo encontrando algún antiguo objeto suyo en las viejas cajas de Celâl o entre las cosas de mi despacho o en alguna habitación de la casa de la Tía Hâle, algo que no he tirado porque misteriosamente se me escapó. Un botón morado del vestido de flores que le vi puesto cuando nos conocimos; unas gafas «modernas» con las esquinas de la montura puntiagudas, de esas que comenzaron a verse en las revistas europeas en las caras de las mujeres capaces y dinámicas en los años sesenta, y que por los mismos años Rüya usó durante seis meses y luego tiró a un rincón; horquillas pequeñas y negras de las que mientras se colocaba una en el pelo con ambas manos sostenía otra en la comisura de los labios; la tapadera en forma de cola del pato de madera donde guardaba las agujas y el hilo y que durante tantos años lamentó haber perdido; una tarea de literatura copiada de una enciclopedia que se había quedado entre los expedientes del Tío Melih sobre el legendario pájaro Simurg, que vivía en el monte Kaf, y sobre las aventuras de aquellos que fueron en su busca; cabellos que se habían quedado en el cepillo de la Tía Suzan; una lista de la compra que había escrito para mí (atún en salazón, la revista Pantalla grande, gas para el mechero, chocolate con avellanas Bonibon); un dibujo de un árbol que había hecho con el Abuelo; un calcetín verde de los que vi en sus pies diecinueve años atrás mientras montaba en una bicicleta alquilada.

Antes de dejar con lentitud, respeto y cuidado cualquiera de esos objetos en alguno de los cubos de basura que había delante de los edificios de la calle Nisantasi lo llevaba en mis sucios bolsillos algunos días, a veces varias semanas, hasta —de acuerdo, de acuerdo— un par de meses, pero incluso después de haberme separado dolorosamente de ellos soñaba que algún día, como las cosas que volvían de la oscuridad del edificio, aquellos tristes objetos regresarían a mí con su carga de recuerdos.

Hoy lo que me queda de Rüya son sólo escritos; estas negras, negrísimas, sombrías páginas. A veces, al recordar alguna de las historias que hay en ellas, por ejemplo el cuento del verdugo o la de la noche nevosa en que oímos por primera vez por boca de Celâl el cuento titulado «Rüya y Galip», me acuerdo de otra, aquélla según la cual la única manera en que alguien puede ser él mismo es siendo otro o perdiéndose en las historias de otro, y estas historias que he querido reunir en un libro negro me llevan a un tercer y a un cuarto cuentos, como ocurre con las puertas que se abren en nuestras historias de amor y en los jardines de nuestra memoria, y el relato del enamorado que se convierte en otro al perderse por las calles de Estambul me sugiere excitado el del hombre que buscaba el secreto y el significado perdido de su cara, y así me entrego con mayor afán a mi nuevo trabajo consistente en redactar de nuevo viejas, viejísimas historias y ya llego al final de mi libro negro. En ese final Galip escribe el último artículo de Celâl, que tiene que llegar a tiempo de ser publicado en el periódico aunque lo cierto es que ya a nadie le interesa demasiado. Luego, poco antes del amanecer, recuerda dolorosamente a Rüya, se levanta de la mesa y observa la oscuridad de la ciudad, que se está despertando. Recuerdo a Rüya, me levanto de la mesa y observo la oscuridad de la ciudad. Recordamos a Rüya y observamos la oscuridad de Estambul y a medianoche nos invade la pena y la excitación que me invade cuando, medio dormido, creo encontrar el rastro de Rüya sobre el edredón de cuadros azules. Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo.



En El libro negro (1985-1989)
Traducción de Rafael Carpintero
Barcelona, Alfaguara, 2001
Foto: EFE Vía El País