26 nov. 2012

Juan Rodolfo Wilcock - Escriba



Juan Rodolfo Wilcock por Anatole Saderman


En cualquier momento podría abrirse la puerta y aparecer en su marco la visión más o menos luminosa que todos por prudencia simulamos no esperar. También podría sonar el teléfono. Mientras tanto, el escriba musita y ordena vocablos en la sombra:

«Como de la consideración de un objeto inconsiderable lo invisible se hace visible.

«Kitty Bauer, incómoda en la popa de un barco delante de una columna plateada que junto con ocho objetos longilíneos similares sostenía el puente superior, observaba a plena luz su tubo de hierro de dos metros de alto, las cuatro aletas deltoides de la base y las cuatro del remate, además de un zócalo de diez centímetros de ancho pintado, como la sustancia antioxidante de la cubierta, del color de la hez del vino. En varios puntos del caño bajo observación la sal del mar había corroído el fierro y un marinero cubierto a continuación las escoriaciones con capas de ocre amarillo-limón disuelto en un vehículo de aceite de lino. El estilo del conjunto era vistoso sin pretender ser hermoso.

«Fráulein Bauer regresaba del Brasil a Zürich tratando de consolarse con el título por ella misma recientemente inventado y aprobado de Princesa de la Isla Decepción; yaciente en su banco de listones horizontales paralelos frente al pilar descripto declamaba en el más duro suizo-alemán del cantón de Uri, entre dientes y entre sueños (cubriéndose los ojos ante esa imagen que ella creía de Príapo, como una catecúmena cristiana en el jardín de su tío en Corinto) su presente íntimo anatema sistemático contra la acrópolis funicular del Pan de Azúcar, erróneamente suponiéndola un antiguo Pan como ella exiliado de un río indoeuropeo de panteras a ese río indefinido de eneros y bananeros.

«En dicha plena luz en efecto de eneros y bananeros, mientras las primeras ondas del mar que se abre conmovían el barco que se va, surgió la primera cosa del objeto bariolé: una noche con prácticamente todas sus estrellas. Al principio era angosta pero momentos después se descorrió como una cortina desplegando desde Orion al Centauro ciento sesenta grados, varios puntos fijos de referencia, un gran plan y dos o tres planetas, la vía láctea, la mancha gris y la bolsa negra. La mima soñadora bostezó. Sin esforzarse en prestarle atención advirtió distraídamente en el primer cielo de esa noche falsa desgarraduras con bordes de coloide sólido y del otro lado sombras medusiformes que se obnubilaban mutuamente entre ambos nocturnos gobelinos, el segundo también mutilado.

«Reflejos de olas y de sardinas frivolas royeron pronto esta primera visión en orden de aparición. El fuste ferrometálico se hinchó un poco y emitió a manera de rueda las cuatro personificaciones que más odiaba nuestra amiga, tres machos y una hembra de raza mediterránea, sin piernas, unidos por el eje sexual. El triste huso o doble cuadrumano giraba lentamente moviendo los brazos por el aire como un grupo antiguo de actores ambiguos o como un fresco de Medusas que revuelve sus ofidios, pipiando sobre un fondo rúnico su juicio definitivo en escandinavo:

«—¡Échenla del club! (Voz del juez.)

«—Que antes nos entregue las llaves de los roperos. (Voz del usurpador.)

«—Secretas deformidades la afectan. (Voz de la rival.)

«—Si les dirige la palabra, escúpanle. (Voz del padre de familia.)

«El tetratronco trunco aceleró su rotación hasta deshacerse en mucílago mientras del dolmen monóstilo manaba como un suspiro un pulpo aéreo que se alejó sobre el mar con su estela de gas violeta. En ese momento Kitty Bauer oraba sonriendo la última canción de Marlene Dietrich y por el puente pasaba con su balde un marinero italiano, calibrado entre cuatro hileras de…»

Con su crepitación habitual estalla el teléfono. Las astillas del espejo del silencio se esparcen velozmente por el interior de un paralelepípedo de tres con diez por tres con setenta por tres con veinticinco metros. Es el señor Viminal, supereditor.

Señor Viminal: —¿Usted me llamó esta mañana?

Escriba: —Pretendí inquirir qué han decidido hacer con mis cuentos.

Señor Viminal: —Gracias al cielo, traigo buenas noticias para usted. Los leyó el señor Esquilino y dijo que eran aburridos pero que de algún modo hay que llenar la cuota anual de autores locales. Quedan en pie las objeciones del señor Vaticano, fácilmente atendibles: debemos cambiar el título de dos cuentos, suprimir en total quince párrafos peligrosos, reemplazar esas palabras que tanto disgustaron al señor Quirinal, y abolir el epigrama que parecería aludir al viejo Janículo.

Escriba: —No cuenten conmigo.

Señor Viminal: —No contamos. El corrector señor Celio se encargó de las sustituciones, y el libro corregido ya fue presentado al censor palatino monseñor Pincio. Si lo rechaza, como es probable, le devolvemos el manuscrito y usted queda bien con todos.

Escriba: —¿Y si lo acepta?

Señor Viminal: —No cante victoria antes de tiempo. El censor tarda siempre sus buenos meses en gestar alguna opinión. Bástele saber que su libro se encuentra en franco proceso de publicación. Después de todo, recuerde que usted escribe en castellano, a todas luces una lengua muerta.

Escriba: —A ratos intento revivirla.

Mientras los treinta y siete metros cúbicos de silencio roto se calman, el escriba sigue anotando, eligiendo, descartando, coleccionando, repartiendo:

«…pestañas e inmediatamente refutado; cuando las pestañas regresaron a adornar como Bernini el poste mágico, las niñas doradas que esos pelos protegían constataron la entrada en escena de dos niñas rubias de edades diversas y un automatón varón. Cada uno sostenía su pata de una estufa francesa; ambas fleurties babeaban meretriciamente y el joven de buena sociedad joco-gorjeaba: 'Quietas que me voy.' Posaron el horno sobre cubierta y juntando las seis manos como un loto de voto entraron en el antro de fundición; con chillidos de gozo cerraron la puerta ribeteada de amianto y salamandra. El involucro mixto vibró, tembló, retumbó, saltó, despidió humo, pintura marrón, agujas de reloj, guedejas de relay, tenias, pararrayos y paratruenos, para desmenuzarse finalmente in toto y ex cathedra silbando Sur le Pont de Max, con Gran Bulla.

«—¡Qué desagradable! —ronroneó Kitty-Marlene, decidida a conceder cada vez menos atención a las exageraciones de esa herrumbre picróstila de donde emergían ahora camellos damasquinados con gualdrapas de películas en tecnicolor, locomotoras de lona, convoyes de osos hormigueros y una gran bola de nieve maculada; tres procesiones en lambreta: el desfile del Circo Universal, el desfile del Primero de Mayo y el desfile de los años; la precesión de los equinoccios, la nutación de los polos, la erección de los pelos y numerosas discrepancias paralácticas; los ases fallecidos del volante, las mejores mareas observadas y una gran perra; las meninas (solas), una mise-en-scéne del Coronel Mizansén, las premiadas en el concurso Colgate y las preñadas el Día del Cartero, los nuevos elementos radiactivos y como número especial las más bonitas marcas de la milla, convirtiéndose sucesiva o alternativamente en foseólos y túsculos marinos al tuntún de las olas.

«Kitty acarició el lomo de cuero de las reflexiones de Schopenhauer sobre…».

Sobre los surcos recientes de las ondas anteriores cunde con más facilidad un segundo llamado. Es el joven Efraín Nazakis, dudosa propaganda de una loma contigua a Salónica.

Nazakis: —¿Cómo le iba? ¿Por casualidad no lo molesto? ¿Qué hacía?

Escriba: —Pongo en orden algunas palabras.

Nazakis: —¿Puedo ayudarle? Subo instantáneamente. Estoy en la esquina de su casa, para ser exacto. Pasaba, y ahora lo llamo. Pensé: mejor que lo llame porque la otra vez no le gustó nada.

Escriba: —En este momento salía.

Nazakis: —¿Entonces lo espero?

Escriba: —No. Estoy con una persona que no quiere que la vean.

Nazakis: —Siempre el mismo picaro. Tengo que contarle lo que me contó de usted Jesús Blanco, el director de la revista En Blanco.

Escriba: —Sí, sí. Hasta pronto, Efraín, ya te llamaré un día de estos.

El silencio se encarga inmediatamente de lamer y roer estos ecos repugnantes hasta aislar al escriba decidido a evocar, convocar, provocar, equivocar, revocar:

«…la muerte en treinta-y-dosavo. Levantó una ceja, luego la otra, y por fin las manos, gorgoteando un pareado de tragedia familiar:

«—Sé que suscito, Nurse, comentarios
[desfavorables
por coquetear decúbito con jóvenes
[indeseables…

«Estos escasos pobres versos le inspiraron placidez; los repitió. Mientras tanto, de su modesta imitación de Piazza Colonna o Place Vendóme (las apariciones son como sigue: el tubo vibra, su temblor se degrada progresivamente en ondulación, hasta que de la última sacudida se desprende con intenso placer la visión) emergían dos perros bailarines antropomorfos especializados en camuflaje mimético ejecutando una danza siamesa plurisecular que con minusculísimas evoluciones de las uñas y de las colas, siempre paralelas, lograban sugerir todo, desde la agitación superficial de la joven vietnamita enamorada del prisionero vietcong hasta la pesadez del señor feudal malayo que regresa de un banquete bajo la luna. Al final los perros se colocaron frente-atrás y juntando cuidadosamente al azar las patas y los hocicos más próximos formaron una vaina fluorescente que el más mínimo soplo de viento hizo volar allende la borda hacia la estela de champagne azul que la chupó.

«Del cilindro…»

El teléfono ataca una vez más la Sinfonía Italiana. Es finalmente la voz esperada de Puella de Luxe.

Puella: —¿Te interrumpo?

Escriba: —Como un pájaro que entrara por la ventana y se posara en el respaldo de la silla.

Puella: —Justamente te llamo para que me digas esas cosas, que él no me dice. Es lo único que le falta, ser inteligente como vos. Pero es tan fuerte y pesa noventa kilos. Decime otra cosa linda como la del pajarito.

Escriba: —«Al final los perros se colocaron frente-atrás».

Puella: —Ésa es una cosa fea. Hoy tenes voz de malo.

Escriba: —¿También ayer lo viste?

Puella: —Sí, nos vemos todas las noches. Tratamos de hundirnos cada vez más uno adentro del otro.

Escriba: —Corren peligro de atravesarse.

Puella: —¿Estás celoso?

Escriba: —Oye, tocaron el timbre. Tengo que cortar.

Puella: —Mañana te llamo y te cuento más.

Invisible y fuera del tiempo, el mecánico lingual prosigue su carta telescópica al porvenir:

«…tricolor brotaba ahora un bicho jaspeado de tubos de goma estriada sobre una armazón de alambres flojos con rueditas neumáticas en las seis patas, temblando como una gelatina mientras del hueco de su boca manaba jugo de violín…».


En El caos
Imagen: Anatole Saderman