8 nov. 2012

Haruki Murakami - Cangrejo



Haruki Murakami © Elena Seibert


Los dos descubrieron aquel pequeño restaurante por azar. Al atardecer del día que llegaron a la playa de Singapur se les ocurrió, sin más, meterse en un callejón donde acabaron topando casualmente con el local. Era una construcción de una sola planta, rodeada por una tapia de ladrillo alta hasta la cintura. En el jardín, donde crecían unas palmeras bajas, sólo había cinco mesas de madera. El edificio principal, hecho de argamasa, estaba pintado de un vivo color rosado. Sobre las mesas se abrían unas sombrillas de lona de tonos desteñidos. Como todavía era temprano, apenas había clientes. Sólo dos ancianos con el pelo corto, chinos al parecer, sentados el uno frente al otro a una de las mesas, bebiendo cerveza y picando de una variedad de platos en silencio. No decían una palabra. A sus pies, un perrazo negro con los ojos entrecerrados permanecía tumbado en el suelo con aire somnoliento. Por la ventana de la cocina se alzaba vapor de agua blanco, cuya forma recordaba la cola de algún espíritu, y se esparcía un delicioso olor a hervido. También se oían las animadas voces de los cocineros y el alegre entrechocar de los cacharros de cocina. El sol poniente hacía resaltar el verde de las hojas de las palmeras mecidas por la brisa.

La mujer se detuvo y permaneció unos instantes observando aquella escena.

—¿Y si cenáramos aquí? —dijo ella.

El joven leyó el nombre del restaurante junto a la puerta de entrada y buscó el menú. Pero fuera no había ninguno. Ladeó la cabeza.

—¡Uf! No sé. Eso de comer en un lugar desconocido, en el extranjero....

—Yo, con los restaurantes, tengo mucho ojo. Los sitios buenos los huelo enseguida. No fallo nunca. Créeme. Aquí se come bien. Estoy segura cien por cien. ¿Qué? ¿Entramos?

El hombre cerró los ojos y aspiró una gran bocanada de aire. No sabía de qué comida se trataba, pero realmente olía muy bien. Además, la apariencia del restaurante tenía algo que atraía.

—¿Crees que estará limpio?

La mujer le tiró del brazo.

—Estás cargado de manías. Tranquilo. Por una vez que hacemos un viaje largo, bien podemos ir un poco a la aventura, ¿no te parece? Eso de no salir del restaurante del hotel, la verdad, es un aburrimiento. ¡Va! Entremos.

Una vez dentro descubrieron que era un restaurante especializado en platos de cangrejo. La carta estaba escrita en inglés y en chino. La gran mayoría de los clientes era gente del lugar y el precio era módico. Según la explicación adjunta al menú, en Singapur había infinidad de clases de cangrejos y se cocinaban más de cien variedades. Ambos tomaron cerveza del país, pidieron algunos de los tipos de cangrejo que más o menos pudieron identificar y se los comieron entre los dos. Las raciones eran generosas; los ingredientes, frescos y la condimentación, ligera.

—¡Qué bueno! —exclamó el hombre admirado.

—¿Qué te decía yo? Tengo un talento especial para descubrir buenos restaurantes.

—Pues sí, la verdad —reconoció el joven.

—Y este talento es más útil de lo que parece —dijo ella—. Comer es más importante de lo que la gente piensa. En la vida hay siempre un momento en el que debes comer algo bueno. Y, en esas ocasiones, el hecho de que entres en un buen restaurante o en uno malo, puede hacer cambiar tu vida por completo. En resumen, que te caigas de este o del otro lado de la tapia.

—Comprendo —dijo él—. La vida no es una broma.

—Exacto —dijo ella. Y luego levantó el dedo índice con aire burlón—. La vida no es una broma. Menos de lo que tú te imaginas.

El joven asintió.

—Y nosotros hemos caído dentro de la tapia.

—Exacto.

—Pues, muy bien —dijo el hombre como si hablara consigo mismo—. ¿Te gusta el cangrejo?

—¡Huy, sí! Siempre me ha encantado el cangrejo. ¿Y a ti?

—A mí también. Podría comer cangrejo todos los días.

—Pues ya tenemos algo más en común —dijo ella. Y sonrió.

El hombre también sonrió. Los dos alzaron el vaso de cerveza y brindaron de nuevo.

—Volvamos mañana —propuso ella—. Restaurantes tan baratos y que sirvan platos de cangrejo tan buenos como éstos, se pueden contar con los dedos de una mano.

Los tres días siguientes acudieron al restaurante. Por la mañana iban a la playa, nadaban hasta hartarse y tomaban el sol, y por la tarde paseaban por la ciudad e iban a tiendas de artesanía a comprar souvenirs. Al anochecer, casi siempre a la misma hora, se dirigían al restaurante del callejón, probaban distintas variedades de cangrejo y luego volvían al hotel, hacían el amor con tiempo sobre la cama y dormían sin soñar. Unos días dignos del paraíso. Ella tenía veintiséis años y enseñaba inglés en un instituto privado femenino. Él tenía veintiocho y trabajaba en un gran banco, en el departamento de investigación financiera de empresas. Había sido casi un milagro que los dos hubieran podido tomarse vacaciones al mismo tiempo, y en aquel momento disfrutaban intensamente de aquellos días de libertad en los que podían estar solos sin estorbos. Ambos se esforzaban en no sacar temas de conversación que significaran malgastar aquel precioso tiempo.

El cuarto día (el último de sus vacaciones), para cenar, los dos comieron cangrejo. Mientras extraían la carne de las patas del cangrejo con un delgado utensilio metálico, los dos hablaron de lo irreal y lejana que les parecía su frenética vida cotidiana en Tokio estando en aquel lugar, donde se pasaban los días nadando y comiendo deliciosos platos de cangrejo. Hablaron principalmente del presente. Durante la comida, el silencio cayó sobre ellos en varias ocasiones y, en cada una de ellas, ambos se sumieron en sus propias reflexiones. Pero no era un silencio incómodo. Porque entre ellos mediaban una cerveza muy fría y unos platos calientes de cangrejo.

Al salir del restaurante volvieron al hotel y, como de costumbre, hicieron el amor sobre la cama. De manera tranquila, pero satisfactoria. Luego, los dos se ducharon y, acto seguido, se quedaron dormidos.

Sin embargo, poco después, el joven se despertó. Se encontraba muy mal. Sentía el estómago como si se hubiera tragado una pequeña y pesada nube. Corrió al lavabo, se puso en cuclillas, metió la cabeza dentro del inodoro y arrojó con fuerza todo lo que tenía dentro del estómago. Y dentro del estómago tenía montones de carne blanca de cangrejo. Ni siquiera le había dado tiempo de encender la luz, pero pudo vislumbrarlo gracias a la enorme luna llena que flotaba en el cielo. Respiró hondo, cerró los ojos y, sin cambiar de posición, dejó transcurrir el tiempo. Tenía la cabeza embotada y era incapaz de hilvanar las ideas. Simplemente esperaba. Luego le vino otra arcada, como una nueva ola que va a romperse a la orilla, y volvió a vomitar con fuerza todo lo que aún le quedaba en el estómago.

Al abrir los ojos vio que, sobre el agua del váter, flotaban sus vómitos convertidos en una amalgama blanca. El volumen era considerable. «¿Tanto cangrejo he comido?», pensó medio asombrado. «¡Uf! Si todos los días he comido esta cantidad, no me extraña que haya acabado vomitando. ¡Qué bárbaro! En estos cuatro días he comido cangrejo para dos o tres años.» Sin embargo, al fijar la mirada, le pareció que aquella masa que flotaba por encima del agua se movía un poco. Al principio pensó que se trataba de una alucinación. La pálida luz de la luna crea estas ilusiones. De vez en cuando, alguna nube ocultaba la luna a su paso y, por un instante, la oscuridad se hacía más densa. El joven cerró los ojos, respiró hondo despacio y volvió a abrirlos.

Pero no cabía duda. Aquella carne se estaba moviendo. No era una ilusión.

Como si se crispara, la superficie de la carne temblaba nerviosamente. El joven se levantó y encendió con decisión la luz del baño. Y, al acercar la vista, descubrió que aquel temblor no era más que una multitud de gusanos blancos. Incontables, gusanos diminutos del mismo color blancuzco que la carne estaban adheridos a la superficie de ésta.

Volvió a sentir la necesidad de vomitar todo lo que tenía en el estómago.

Pero dentro ya no le quedaba nada. El estómago se le había reducido al tamaño de un puño. Mezclado con los vómitos, arrojó amargos jugos gástricos de color verde. A pesar de eso, bebió con ansiedad para enjuagarse la boca y volvió a vomitar. Luego tiró de la cadena para que el agua del depósito arrastrara todo lo que flotaba por encima del agua del inodoro. Tiró de la cadena una y otra vez hasta que no quedó nada. Se lavó bien la cara en el lavabo, se frotó con fuerza la boca con una toalla blanca limpia y se cepilló a conciencia los dientes. Luego apoyó ambas manos sobre el lavabo y contempló su cara reflejada en el espejo.

Su rostro estaba demacrado, se le marcaban las arrugas, su tez tenía un tono terroso. No parecía su cara, sino la de un anciano exhausto.

Al salir del lavabo se recostó en la puerta y contempló la habitación. Su novia dormía profundamente sobre la cama. No parecía sentir nada. Con la cabeza hundida en la almohada, se la oía respirar sumida en el sueño. Su largo pelo le cubría la mejilla y el hombro como un abanico. Detrás del omóplato tenía dos pequeños lunares, uno al lado del otro, como dos gemelos. En la espalda se le destacaban con claridad las huellas del traje de baño. La clara luz de la luna penetraba silenciosamente en la habitación a través de la persiana y el mar nocturno hacía resonar el monótono rumor de las olas. A la cabecera de la cama, el despertador electrónico mostraba los dígitos de color verde. No se apreciaba ningún cambio. Pero también en el interior de la mujer había cangrejo.

Aquel día por la noche, los dos habían compartido la comida del mismo plato.

Sólo que ella todavía no se había dado cuenta de lo que pasaba.

El joven se hundió en el sillón de mimbre que había junto a la ventana, cerró los ojos y respiró de una forma pausada y regular. Se llenó los pulmones de aire nuevo y, cuando éste se enrareció, lo espiró. En la medida de sus fuerzas, intentó cambiar todo el aire que contenía su cuerpo. Al hacerlo, quería abrir todos sus poros. Se oía cómo le latía el corazón con unos latidos duros y secos igual que un antiguo despertador resonando en una estancia vacía.

Contemplando la figura de la mujer tendida sobre la cama, el joven imaginaba la multitud de diminutos gusanos que estarían pululando por el interior de su vientre. ¿Debía despertarla y decírselo? ¿Debía tomar alguna medida al respecto? Tras dudar unos instantes, el joven desechó la idea. Seguro que no sería de ninguna utilidad. Ella no se daba cuenta. Y ése era el problema más grave.

La tierra rotaba de un modo anormal. Él podía percibir su mudo chirrido.

Algo había sucedido y el mundo había sufrido un cambio. El orden de una multitud de cosas se había alterado y ya era imposible volver atrás. Ahora sólo restaba que aquellas cosas que habían cambiado prosiguieran, tal cual, su avance hacia delante. A la mañana siguiente ellos regresarían a Tokio. Volverían a su vida cotidiana. Como si, en la superficie, nada hubiera cambiado. Pero él lo sabía. «Tal vez las cosas jamás vuelvan a funcionar bien entre esta mujer y yo. Quizá nunca más vuelva a experimentar hacia ella los mismos sentimientos que experimenté hasta ayer.» Pero no se trataba sólo de eso. «Quizá ni siquiera yo vuelva a llevarme bien conmigo mismo nunca más», se dijo. «Nosotros, en cierto sentido, hemos caído de una alta tapia hacia dentro. Sin hacer ruido, sin dolor. Y ella ni siquiera se ha dado cuenta.»

El joven permaneció hasta el amanecer en la silla de mimbre, respirando en silencio. Durante la noche cayeron, a intervalos, varios aguaceros. De vez en cuando, las gotas de lluvia azotaban la ventana con fuerza, como si la estuvieran castigando. Cuando las nubes se alejaban, volvía a asomar la luna. Esto se repitió varias veces. Pero la mujer no se despertó. Ni siquiera se dio la vuelta. Sólo a veces le temblaban un poco los hombros. Él hubiera dado cualquier cosa por dormir. Cuando, tras un sueño profundo, se despertara, quizá ya todo se habría resuelto y todas las cosas seguirían su curso, igual que antes, como si nada hubiese pasado. El joven deseaba con ansia atrapar el sueño. Pero, por más que alargó el brazo, no logró alcanzar el sitio donde éste se encontraba.

El joven se acordó de la primera noche, cuando pasaron por delante del restaurante. Los dos ancianos chinos del pelo corto, los platillos que éstos comían en silencio, el perro negro con los ojos entrecerrados a sus pies, los viejos parasoles desteñidos. Ella lo agarró del brazo. Todo parecía haber ocurrido en un pasado remoto. Pero en realidad hacía sólo tres días. Y durante esos tres días, a manos de una extraña fuerza desconocida, él se había convertido en un viejo infeliz de rostro macilento. En las solitarias y hermosas playas de Singapur.

Levantó ambas manos hasta situarlas delante de su cara y las observó con atención. Contempló durante unos instantes el dorso de las manos, luego les dio la vuelta y contempló las palmas. Tanto si la giraba hacia un lado como hacia otro, la mano se veía sacudida por un ligero temblor.

—¡Huy, sí! Siempre me ha encantado el cangrejo. ¿Y a ti? —oyó que decía la mujer.

«No lo sé», pensó él.

Algo amorfo le rodeaba el corazón, envuelto en un misterio profundo y blando. Ya no tenía la menor idea de qué dirección tomaría su vida a partir de aquel momento y qué diablos le esperaba a él en aquel lugar. Sin embargo, cuando el cielo del este empezó a tomar un color lechoso, él pensó aquello de repente.

«Hay una única cosa cierta. De aquí en adelante, vaya a donde vaya, jamás volveré a comer cangrejo.»


En Sauce ciego, mujer dormida
Traducción: Lourdes Porta
Imagen: © Elena Seibert