19 oct. 2012

Augusto Roa Bastos - Ite Misa Est



Augusto Roa Bastos por Sara Facio


En cuanto al oficio solemne de acción de gracias, como ya dije, fue çelebrado tan pronto quedó erigida la gran Cruz en el futuro asiento de la Casa Fuerte. La isla de Guanahaní fue bautizada por mí como San Salvador, pues al Salvador del mundo debíamos nuestra salvación, estar en esta isla, estar en el mundo, estar de nuevo en el tiempo de los hombres, estar yo en mi posible. El sermón de Buril resultó una burla de estos profundos sentimientos que animavan mi ánima.

De pronto la calor se tornó insoportable como el de una terrible y súbita resolana. Rayos sigsagueantes volavan sobre las cabezas de los que nos hallávamos arrodillados oyendo la santa Missa. Creímos que el sol se partía en pedaços en esa lluvia de fuego. Era el momento de la elevaçión de la Forma Sagrada que fray Buril sostenía en lo alto. Uno de estos rayos dio en el blanco redondel de farina áçima e lo volatizo. Fray Buril cayó de rodillas tocando el suelo con la cabeça. En eso vimos que varios rayos convergían sobre el rústico altar de palos y que lo inçendiavan. Ya no ovieron comunión general ni acción de solemne. Sólo, gritos, ayes, llamas, humo, el gran pavor que nos tenía a todos paralados.

Tardamos en comprender que tales graçiasrayos no eran sino el reflejo del sol en los espejuelos del regateo manipulados por las mujeres indias que derramavan sobre nosotros el sol, el sol, el tórrido sol equinoccial, multiplicado en su calor millares de veces. Todos fuyeron presas del pánico. Yo me quedé en medio de las llamas. Abrí los brazos en cruz e al instante los rayos se retiraron a sus omildes fuentes de calor que no eran más que óvalos de cristal e frío asogue.

Salí a mi vez e vi que la dança de las mujeres desnudas adornadas de cascaveles e cuentas de vidrio, de bonetes rojos, de breteles e çintas azules, con los vaçines de bronce a guisa de sombreros, continuava en todo su apogeo en una coreografía al mismo tiempo armoniosa e salvaje... Sentí una presencia a mi lado. Giré la cabeça e vi al aciano que avía arrivado en una almadía en el momento de la repartición de los rescates. Sus gestos eran elocuentes, casi entendibles. Me fabló, le entendí a duras penas. Para estar más seguro llamé al gaviero y faraute canario.

—Diçe el Señor —dijo el canario— que siempre es peligroso hacer ofrendas de tanto apreçio a los que son ignorantes de su significado.

Recordé que el ançiano más que octogenario, varón de autoridad y extrema dulzura en la voz e no por ello menos desnudo que el último de sus coterráneos, avía asistido absorto al ofiçio hasta que se produjo el inçendio del altar. Él fue quien impuso las manos sobre las llamas e las apagó. Después me entregó, como presente, un cesto lleno de frutas del país cuyo aroma capitoso era un portento de hazer agua la boca. Luego, sentándose, a mi vera pronunció el siguiente discurso que el canario iba traduziendo:

«Sabemos que has llegado a estas tierras para ti antes desconocidas con el designio de las descubrir y las dominar con grave daño de estos pueblos que las habitan. Sabrás, si de verdad eres hombre del cielo, que las almas, cuando salen del cuerpo, tienen dos caminos, uno tenebroso y lóbrego, destinado a los que causaron daño y dolor a sus semejantes, y otro placentero y deleitosso para quienes amaron la vida, la paz y la dicha de los pueblos, iguales y diferentes a la vez. Así, pues, si consideras que eres hombre mortal y eterno a la vez, y que a cada uno le está destinada una recompensa en el futuro según sus obras presentes, te invito y exhorto a que no infieras agravio a nadie.»

Quedé maravillado de las palabras del anciano al comprobar tal profundidad de juicio en un hombre desnudo. Como si adivinara mi pensamiento, díjome al punto: «La verdad es desnuda y no admite ropajes ni máscaras que la oculten.» Dije al faraute que tradujera al anciano que yo admiraba sus palabras e que me avía pareçido muy sabio todo cuanto avía dicho açerca de los diversos caminos que esperan a las almas al salir del cuerpo, pero que había pensado yo hasta este momento que el noble ançiano e los demás habitantes destas regiones no conoçían esas verdades por vivir contentos con su estado natural.

Dije al anciano que yo había sido enviado por el Rey e la Reyna de los cinco Reynos de las Españas como almirante de su armada e visorrey e governador de estas tierras para vencer y castigar con mereçido supliçio a los canívales y demás indígenas malvados, e para proteger e honrar a los inocentes. El venerable anciano dijo que en estas regiones nadie se arroga la soga para juzgar y castigar a los malvados, y que los caníbales son producto degenerado de la naturaleza humana, y que únicamente la madre naturaleza puede regenerarlos o destruirlos como lo hace con todos sus elementos y especies. Se admiró mucho el anciano de que un tan grande hombre como el Almirante de toda una esquadra estoviese sometido al dominio de otro.

—Ay también aquí reyeçuelos que dominan a otros inferiores y a multitud de pueblos sin queja alguna por parte dellos sino más bien satisfechos de soportar tal estado de sumisión e miseria... —dije sin forçar la réplica.

—La autoridad es perversa en todas partes —dijo el anciano—. Es poder falso y menguado si no procede de la voluntad general. Y algún día la naturaleza y las relaciones entre los hombres evitarán que el poder de uno solo o de unos pocos dominen a los más y restituirán la igualdad de derechos y obligaciones de todos sin destruir las necesarias diferencias.

—El poder de un rey sabio y justo es neçessario para velar por las cosas grandes y por las pequeñas —dije.

—Cuatro cosas son las más pequeñas de la tierra y son más sabias que los sabios porque respetan la ley natural y no necesitan que nadie vele por ellas. Las hormigas, pueblo no fuerte, preparan en el verano su comida y nada les falta en el invierno. Los conejos, pueblo nada esforzado, hacen su casa en la piedra. Las langostas acrídicas de los campos no tienen rey, y salen todas acuadrilladas y pueden dejar sin comida y hacer morir de hambre al rey más poderoso de la tierra. Los hombres llegados del cielo deben saber estas verdades. No lo supieron los barbados blancos que llegaron hace muchas lunas antes que tú y por eso se perdieron.

Diome un vuelco el coraçón. Pensé que el ançiano iva a fablarme del Piloto y sus compañeros. Fueron inútiles las preguntas que le formulé atropelladamente por medio del lengua. El canario hizo un gesto de impotençia. El anciano no dijo más palabras, levantóse para irse, besó las dos manos del Almirante, volvió a su almadía atracada en la playa y se alejó remando con ritmo perfecto entre los reflejos del mar.

Este pasaje de mi Diario de a bordo, del día 13, está copiado íntegramente por Pedro Mártir de Anglería, en el Libro III de su Decada Oçeánica, dedicado a Julio Segundo, Sumo Pontífiçe, con quien riñó fieramente poco después por asuntos de mujeres. Pedro Mártir, obispo de Jamaica e de Cuba, otro esquinado panegirista mío, no hizo sino corregir mis apuntes poniéndolos en vuena hortografía e vuen castellano, añadiendo alguna cossilla de su propia cossecha. Al no haber pisado nunca su sede apostólica en las nuevas tierras, podía permitirse estas libertades de imaginación e algunos hurtos menores, que no es ladrón de letras el que quiere sino el que puede.


En Vigilia del Almirante
Imagen: Sara Facio