25 sep. 2012

Virginia Woolf: Kew Gardens





Del parterre ovalado quizá surgían cien tallos que se ramificaban en hojas en forma de corazón o de lengua, desde la mitad hacia arriba, y en su extremo superior se abrían pétalos rojos o azules o amarillos, con puntos de color realzados sobre su superficie; y de la penumbra roja, azul o amarilla se alzaba una recta barra a la que el polvillo dorado daba aspereza y cuya punta se hallaba levemente hinchada. Los pétalos tenían el volumen suficiente para que la brisa de verano los agitara, y, cuando se movían, las luces rojas, azules o amarillas pasaban cada una de ellas sobre las otras, tiñiendo una pulgada de la tierra parda, debajo, con una mancha del más intrincado color. La luz caía, ya sobre un suave guijarro gris negro, ya sobre la cascara de un caracol, con sus vetas castañas y circulares, o caía sobre una gota de lluvia, con lo que adquiría tal intensidad de rojo, azul y amarillo que las delgadas paredes de agua parecía fueran a reventar y desaparecer. Sin embargo, en menos de un segundo, la gota volvía a quedar gris plata una vez más, y ahora la luz se posaba sobre la carne de una hoja, revelando los hilos ramificados de las fibras bajo su superficie, y volvía a moverse, proyectando su iluminación en los vastos espacios verdes bajo la cúpula formada por las hojas en forma de corazón y en forma de lengua. Luego, la brisa soplaba un poco más fuerte en lo alto, y el color ascendía al aire, arriba, y a los ojos de los hombres y de las mujeres que pasean por Kew Gardens en julio.

Las figuras de estos hombres y de estas mujeres pasaban junto al parterre con un movimiento curiosamente irregular, no muy diferente a aquel de las mariposas blancas y azules que cruzaban volando en zigzag las zonas de césped, de un parterre a otro. El hombre caminaba unas seis pulgadas delante de la mujer, y con un aire distraído, en tanto que la mujer avanzaba con decisión, volviendo la cabeza de vez en cuando sólo para comprobar que los niños no se habían rezagado en exceso. El hombre iba adelantado, con respecto a la mujer, adrede, aunque quizás inconscientemente, debido a que quería pensar.

«Hace quince años, estuve aquí con Lily», pensó. «Nos sentamos no sé exactamente dónde, junto a un lago, y durante toda aquella ardiente tarde le supliqué que se casara oonmigo. La libélula daba vueltas y vueltas a nuestro alrededor. Con cuánta claridad veo a la libélula dando vueltas y la cuadrada hebilla de plata en la punta del zapato* de Lily. Mientras yo hablaba, veía el zapato de Lily, y cuando se movió con impaciencia supe, sin necesidad de alzar la vista, lo que me diría; toda ella parecía encontrarse en el zapato. Y todo mi amor, todo mi deseo estaban centrados en la libélula: no sé por qué razón pensaba que si la libélula se posaba allí, en aquella hoja, la hoja ancha, con una flor roja en medio, si la libélula se posaba en la hoja, Lily me diría sí inmediatamente. Pero la libélula siguió dando vueltas y vueltas, y no se posó en parte alguna, claro que no, felizmente no, ya que de lo contrario no estaría paseando aquí, con Eleanor y los chicos. Dime, Eleanor, ¿piensas alguna vez en el pasado?»

«¿Y por qué me lo preguntas, Simón?»

«Porque he estado pensando en el pasado. He estado pensando en Lily, la mujer con la que hubiera podido casarme... ¿Y por qué guardas silencio? ¿Te molesta que recuerde el pasado?»

«¿Y por qué ha de molestarme, Simón? ¿Acaso uno no piensa siempre en el pasado, cuando se encuentra en un parque con hombres y mujeres tumbados bajo las copas de los árboles? ¿No son nuestro pasado, cuanto de él queda, estos hombres y estas mujeres, estos duendes que yacen bajo los árboles... nuestra felicidad, nuestra realidad?» «Para mí, una cuadrada hebilla de plata, de un zapato, y una libélula...»

«Para mí, un beso. Imagina a seis niñas de corta edad, sentadas ante sus caballetes, hace veinte años, en la orilla de un lago, pintando los nenúfares, los primeros nenúfares rojos que había visto en mi vida. Y de repente un beso, ahí, en la nuca. Y la mano me tembló durante toda la tarde, de tal modo que no pude pintar. Extraje el reloj y decidí la hora en que me permitiría pensar en el beso, sólo cinco minutos —tan precioso era—, el beso de una vieja señora de cabello gris, con una verruga en la nariz, madre de todos los besos de mi vida. Vamos, Caroline, vamos, Hubert.»

Siguieron caminando, rebasaron el parterre, y ahora andaban los cuatro a la misma altura, y pronto su tamaño fue disminuyendo entre los árboles y parecían medio traslúcidos cuando la luz del sol y las sombras flotaron sobre sus espaldas, formando grandes manchas irregulares y temblorosas.

En el parterre ovalado, el caracol, cuya cascara había estado manchada de rojo, azul y amarillo por un período de dos minutos más o menos, se movía muy levemente dentro de su cascara, y a continuación comenzó a avanzar sobre los sueltos grumos de tierra, que se desplazaban y rodaban al pasar el caracol por encima de ellos. Parecía que el caracol tuviera una meta claramente definida ante él, y esperó durante un segundo, con sus cuernos temblorosos, como si deliberase, y luego se puso en marcha, rápida y sorprendentemente, en la dirección opuesta. Pardos acantilados con profundos lagos verdes al fondo, árboles planos cual hojas que se balanceaban desde las raíces a la cima, redondos peñascos grises, vastas y arrugadas superficies de frágil textura, todos estos objetos se encontraban en el camino por el que el caracol avanzaba, entre etapa y etapa, hacia su meta. Antes de que el caracol decidiera si dar la vuelta a la arqueada tienda de una hoja muerta o si pasar por ella, junto al parterre cruzaron pies de otros seres humanos.

En esta ocasión, los dos eran hombres. El más joven de los dos tenía una expresión de calma quizás extraña, poco natural. Levantó los ojos y miró muy fijamente al frente, mientras su compañero hablaba, e inmediatamente después de que su compañero hubiera hablado, volvió a mirar al suelo, y a veces abría los labios, aunque sólo después de una larga pausa, y otras veces no los abría. El hombre mayor caminaba de manera curiosamente irregular, lanzando violentamente la mano al frente y echando con brusquedad la cabeza atrás, al modo del caballo de tiro impaciente de tanto esperar ante una casa. Pero, en el hombre, estos movimientos eran indecisos e inútiles. Hablaba casi sin cesar, sonreía para sí, y de nuevo comenzaba a hablar, como si su sonrisa hubiera sido una respuesta. Hablaba de espíritus, de los espíritus de los muertos que, según él, incluso en aquellos momentos, le contaban toda suerte de cosas raras, referentes a sus experiencias en el cielo.

«Los antiguos daban al cielo, William, el nombre de Tesalia, y ahora, con esta guerra, la materia espiritual rueda por entre las montañas cual el trueno.» Hizo una pausa, pareció escuchar, sonrió, echó la cabeza atrás, y prosiguió: «Cojamos una pequeña batería eléctrica y una porción de caucho para aislar el hilo —¿aislar, se dice?—, en fin, más valdrá que nos saltemos los detalles, de nada sirve entrar en detalles que no serían comprendidos, y, en resumen, la maquinita se coloca, en la debida posición, digamos que a la cabecera de la cama, sobre un limpio soporte de caoba. Todo ello debidamente ejecutado por obreros bajo mi dirección, y entonces la viuda aplica el oído e invoca al espíritu mediante la seña convenida. ¡Las mujeres! ¡Las viudas! Mujeres vestidas de negro...»

En este momento, el hombre causó la impresión de haber divisado a lo lejos un vestido de mujer, que, en la sombra, parecía negro morado. El hombre se quitó el sombrero, se puso la mano sobre el corazón, y avanzó presurosamente hacia la mujer murmurando palabras y gesticulando febrilmente. Pero William le cogió por la manga y tocó una flor con la punta de su bastón, con la finalidad de distraer la atención del viejo. El viejo, después de mirar la flor durante unos instantes, en cierto estado de confusión, acercó la oreja a la flor, y pareció contestar a una voz salida de la flor, por cuanto el hombre comenzó a hablar de los bosques del Uruguay, que había visitado cientos de años atrás, en compañía de la más bella mujer de Europa. Se le oía murmurar acerca de los bosques del Uruguay, cubiertos de tropicales rosas con pétalos de cera, con ruiseñores, playas, sirenas y mujeres ahogadas en el mar, mientras permitía que William le hiciera seguir su camino, en tanto que, en la cara de William, la expresión de estoica paciencia se hacía, lentamente, más y más profunda.

Siguiendo los pasos de este hombre tan de cerca que sus ademanes las intrigaban levemente, venían dos mujeres entradas en años, de la clase media baja, una de ellas robusta y corpulenta y la otra con las mejillas sonrosadas y cuerpo leve. Cual la mayoría de las personas de su condición, quedaban francamente fascinadas por todo signo de excentricidad que indicara un desorden de la mente, especialmente en las personas de desahogada posición. Sin embargo, no estaban lo bastante cerca para saber con certeza si aquellos ademanes eran meramente excéntricos o propios de un loco de veras. Después de haber examinado, en silencio, y durante un momento, la espalda del viejo, y de haber intercambiado una extraña y disimulada mirada, prosiguieron enérgicamente la tarea de ir componiendo su muy complicado diálogo:

«Nell, Bert, Lot, Cess, Phil, Pa, dice, yo digo, ella dice, yo digo, yo digo...»
«Mi Bert, Sis, Bill, el abuelo, el viejo, azúcar,
azúcar, harina, arenques, verduras,
azúcar, azúcar, azúcar.»

La corpulenta miró, a través de las formas de las palabras que caían, las flores frescas, firmes y rectamente arraigadas en la tierra, con curiosa expresión. Las contemplaba como el durmiente que, al despertar de un profundo sueño, ve un candelabro de bronce reflejando la luz de manera extraña, y que cierra los ojos y los vuelve a abrir, y vuelve a ver el candelabro, con todos sus sentidos. Y la pesada mujer se detuvo ante el parterre ovalado, e incluso dejó de fingir que prestaba atención a lo que la otra mujer decía. Se quedó allí, permitiendo que las palabras cayeran sobre ella, balanceando lentamente la parte superior del cuerpo hacia delante y hacia atrás, fija la vista en las flores. Después propuso sentarse y tomar el té. Ahora el caracol había estudiado todos los métodos posibles de llegar a su meta, sin tener que rodear la hoja, ni subirse a ella. Prescindiendo del esfuerzo preciso para trepar sobre una hoja, era dudoso que la delgada textura que vibraba con tan alarmante crujido, incluso cuando el caracol la tocaba con la punta de sus cuernos, pudiera soportar su peso. Por esto, el caracol decidió, al fin, pasar por debajo de la hoja, ya que había un lugar en el que la hoja se curvaba hasta alzarse del suelo a una altura que permitía el paso del caracol. Acababa, el caracol, de meter la cabeza en la apertura, y estaba examinando el alto techo pardo, y se estaba habituando a la fresca luz parda, cuando dos personas más pasaron por el césped. En esta ocasión ambas personas eran jóvenes, un hombre joven y una mujer joven. Se hallaban ambos en la flor de la vida, e incluso, quizá, en aquella edad que precede a la flor de la vida, la edad anterior al momento en que los suaves y sonrosados pétalos prietos de la flor rompen su elástica envoltura, la edad en que las alas de la mariposa, a pesar de estar plenamente desarrolladas, permanecen inmóviles al sol.

«Suerte tenemos que no sea viernes», dijo él.

«¿Por qué? ¿Crees en la suerte?»

«Los viernes hacen pagar seis peniques.»

«¿Y qué son seis peniques? ¿Es que esto no vale seis peniques?»

«¿Qué es esto, qué significaba esto?»

«Bueno, cualquier cosa — quiero decir — bueno, ya sabes lo que quiero decir.»

Largas pausas mediaron entre las frases de uno y otro; fueron pronunciadas en voces monótonas. La pareja se estaba quieta, junto al parterre, y los dos, juntamente, oprimieron la sombrilla de la muchacha, haciendo penetrar profundamente su punta en la tierra suave. El hecho de que la mano del joven estuviera encima de la mano de la joven expresaba los sentimientos de ambos de una extraña manera, como si aquellas breves e insignificantes palabras también expresaran algo, palabras con cortas alas en proporción con su pesado cuerpo de significado, insuficientes para llevarlas lejos, por lo que se posaban torpemente sobre los muy comunes objetos a su alrededor, y que eran, a su inexperto tacto, excesivamente densas, pero ¿quién sabe (así pensaban, mientras oprimían la sombrilla contra la tierra) los precipicios que quizás en ellas se oculten, o las laderas de hielo que resplandecen al sol al otro lado? ¿Quién sabe? ¿Quién lo ha visto, con anterioridad? E incluso cuando ella preguntó qué clase de té darían en Kew Gardens, él sintió que algo se alzaba detrás de las palabras, algo que se cernía, vasto y sólido, detrás de las palabras; y la niebla muy lentamente se disipó, revelando —oh, cielos, ¿qué eran aquellas formas?— mesillas blancas y camareras que lo miraban primero a él, y luego a ella; y había una cuenta que él pagaría con una verdadera moneda de dos chelines, y era verdadero, todo verdadero, se aseguró a sí mismo, mientras toqueteaba la moneda en el bolsillo, verdadero para todos, salvo para él y para ella; incluso a él comenzó a parecerle verdadero; y, entonces... pero la intensa excitación no le permitía seguir en pie pensando, y arrancó de la tierra la sombrilla, de un tirón, y sintió impaciencia por ir al lugar en donde se tomaba té con otra gente, igual que la otra gente.

«Vamos, Trissie, es la hora de tomar el té.»

«¿Y dónde se toma el té?», preguntó la muchacha con un sumamente extraño temblor de excitación en la voz, mirando vagamente alrededor, y dejándose arrastrar por el sendero de hierba, arrastrando la sombrilla, volviendo la cabeza hacia aquí y hacia allá, olvidándose del té, con el deseo de ir allá y después de ir allá, con el recuerdo de orquídeas y geranios entre flores silvestres, de una pagoda china o de un pájaro de cresta carmesí; pero el muchacho la arrastraba.

De esta manera, pareja tras pareja, todas con muy parecidos movimientos irregulares y carentes de propósito, pasaron junto al parterre, y fueron envueltas, capa tras capa, en vapor azulenco verdoso, en el que, al principio, sus cuerpos tenían substancia y un toque de color, pero luego tanto la substancia, como el color, se disolvía en la atmósfera azulencoverdosa. ¡Qué calor hacía! Tanto que incluso el tordo prefirió saltar, como un pájaro mecánico, a la sombra de las flores, con largas pausas entre un movimiento y el otro; en vez de trasladarse en vago vuelo de un lugar a otro, las blancas mariposas danzaban unas sobre otras, trazando con sus móviles alas blancas la línea de una rota columna de mármol sobre las más altas flores; las techumbres de vidrio del invernadero de las palmeras relumbraban como si todo un mercado repleto de relucientes paraguas verdes se hubiera abierto al sol; y en el zumbido del avión la voz del cielo de verano murmuraba su alma altiva. Amarillo y negro, rosa y blanco de nieve, formas de todos estos colores, hombres y mujeres y niños, quedaban delineados durante un segundo en el horizonte, y luego, al ver la extensión de amarillo proyectada sobre el césped, vacilaban y buscaban la sombra bajo las copas de los árboles, disolviéndose como gotas de agua en la atmósfera amarilla y verde, que manchaban levemente de rojo y de azul. Parecía que todos los materiales y pesados cuerpos se hubieran hundido inmóviles en el calor, y yacieran amontonados en el suelo, pero sus voces seguían surgiendo vacilantes de ellos, como llamas ondulantes nacidas en los cuerpos de densa cera de las velas. Voces. Sí, voces. Voces sin palabras, rompiendo bruscamente el silencio con un contento profundo, con grandemente apasionado deseo, o, en las voces de los niños, con fresca sorpresa. ¿Rompiendo el silencio? Pero no había silencio; en todo momento giraban las ruedas de los autobuses y su motor cambiaba la marcha; como un vasto nido de cajas chinas, todas ellas de hierro forjado, girando sin cesar cada cual dentro de la otra, la ciudad murmuraba; y en lo alto de ella, las voces gritaban y los pétalos de miríadas de flores lanzaban sus colores al aire.


En La casa encantada y otros cuentos
Traducción de Andrés Bosch
Barcelona, Lumen, 2° ed., 1983
Foto: VW (née Stephen) by Lady Ottoline Morrell, 1926 (NPG, London)