6 sep. 2012

Herta Müller - Sobre los dolores fantasmas del reloj de cuco



Herta Müller © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis


Una noche del verano del segundo año vimos colgado de la pared, encima del cubo de hojalata del agua potable, justo al lado de la puerta, un reloj de cuco. No conseguimos averiguar cómo había llegado hasta allí. Así que pertenecía al barracón y al clavo del que pendía, a nadie más. Pero nos molestaba a todos y a cada uno de nosotros. En la tarde vacía se oía el tictac, ya fueses, vinieses, durmieses en tu cama o te limitases a permanecer tumbado, enfrascado en ti mismo o esperando porque estabas demasiado hambriento para quedarte dormido y demasiado débil para levantarte. Pero la espera no traía nada, salvo el tictac en la úvula, duplicado por el tictac del reloj.

Para qué necesitábamos allí un reloj de cuco. Para medir el tiempo, no nos hacía falta. No teníamos nada que medir: por las mañanas, el himno que sonaba por el altavoz del patio nos despertaba, y por la noche, nos mandaba a la cama. Siempre que nos necesitaban iban a buscarnos y nos sacaban del patio, de la cantina, del sueño. Las sirenas de la fábrica eran un reloj, al igual que la nube blanca de la torre de refrigeración y las campanitas de las baterías de coque.

Seguramente el reloj de cuco lo había traído Kowatsch Anton, el tamborilero. A pesar de que juraba que no tenía nada que ver con el asunto, le daba cuerda a diario. Si está colgado debe de funcionar, aducía.

Era un reloj de cuco normal y corriente, pero lo que no era normal era el cuco. Salía a menos cuarto y daba la media hora, y a los cuartos, la hora entera. A la hora en punto lo olvidaba todo o se equivocaba, duplicando la hora o dividiéndola por dos. Kowatsch Anton aseguraba que el cuco funcionaba perfectamente con respecto al horario de otras zonas del mundo. A Kowatsch Anton le enloquecía el reloj entero: el cuco, sus dos férreas pesas en forma de piña y el ágil péndulo. Le habría encantado hacer anunciar al cuco durante toda la noche sus otras zonas del mundo. Pero el resto del barracón no quería permanecer en vela ni dormir en las zonas del mundo del cuco.

Kowatsch Anton era tornero en la fábrica, y en la orquesta del campo, percusionista y tamborilero de la Paloma, que se bailaba plegado. Se había fabricado sus instrumentos en el torno del taller de cerrajería, era un manitas. Quería regular el cuco cosmopolita adaptándolo a la disciplina diurna y nocturna rusa. Estrechando la glotis en el mecanismo del cuco, pretendía incorporar a éste una voz nocturna breve y sorda, una octava más baja, y un canto diurno más prolongado y agudo. Sin embargo, antes de que llegase a dominar las costumbres del cuco, alguien lo arrancó del reloj. La puertecita del cuco colgaba, torcida, de su bisagra. Y cuando el mecanismo de relojería quería animar al pájaro a cantar, la puertecita se abría a medias, pero en lugar del cuco salía de la casita un trocito de goma que parecía una lombriz de tierra. El trozo de goma vibraba y se oía un cencerreo lamentable similar a las toses, carraspeos, ronquidos, pedos, suspiros que se producían durante el sueño. Así la lombriz de goma protegió nuestro descanso nocturno.

A Kowatsch Anton le entusiasmó tanto la lombriz de tierra como el cuco. Él no era solamente un manitas, también sufría por no tener en la orquesta del campo ningún compañero de swing, como antes en Karansebesch, en su Big Band. Por la noche, cuando el himno que brotaba del altavoz nos conducía hacia el barracón, Kowatsch Anton, con un alambre doblado, adaptaba el trocito de goma al cencerreo nocturno. Siempre se quedaba un rato junto al reloj, observando su rostro en el cubo de agua y esperando como hipnotizado el primer cencerreo. En cuanto se abría la puertecita, se agachaba un poco y su ojo izquierdo, algo más pequeño que el derecho, brillaba con absoluta precisión. Una vez, después del cencerreo, dijo más para sí que para mí: Uy, la lombriz ha heredado del cuco bastantes dolores fantasmas.

A mí el reloj me gustaba.

Pero no el cuco loco, ni la lombriz, ni el péndulo ágil. Sin embargo, me encantaban las dos pesas, las piñas de abeto. Eran lento hierro pesado, y a pesar de ello me recordaban los bosques de abetos de las montañas de mi tierra. Altas, por encima de la cabeza, muy juntas, las capas de pinocha de un negro verdoso; por debajo, en rigurosa disposición hasta donde alcanza la vista, las piernas de madera de los troncos, que se detienen cuando estás parado, caminan cuando caminas y corren cuando corres. Pero de un modo completamente distinto al tuyo, como un ejército. Entonces, cuando el corazón se te sube a la garganta de miedo, sientes bajo tus pies la brillante piel de pinocha, esa calma luminosa con piñas diseminadas. Te agachas y coges dos: te guardas una en el bolsillo del pantalón y conservas la otra en la mano, y ya no estás solo. Ella te devuelve la cordura: el ejército no es más que un bosque y la soledad dentro de él, un simple paseo.

Mi padre se esforzó mucho, quiso enseñarme a silbar y a interpretar la procedencia del eco cuando silba alguien que se ha perdido en el bosque. Y cómo encontrarlo silbando a tu vez. Entendí la utilidad del silbido, pero no aprendí a expulsar el aire de la boca a través de los labios fruncidos. Yo los fruncía equivocadamente hacia dentro, de forma que se me hinchaba el pecho en lugar del tono en los labios. Nunca aprendí a silbar. Por más que intentaba enseñarme, yo sólo pensaba en lo que veía, que en los hombres los labios brillan por dentro, como cuarzo rosa. Él me decía que ya lo comprobaría, que comprendería su utilidad. Se refería a los silbidos. Pero yo pensaba en la piel cristalina de los labios.

En realidad el reloj de cuco pertenecía al ángel del hambre. Porque en el campo lo que importaba no era nuestro tiempo, sino la pregunta: Cuco, cuánto viviré todavía.


En Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Imagen: © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis