9 ago. 2012

Wallace Stevens - El viejo Serafín, parcialmente dorado, entre violetas...



Wallace Stevens © Bettmann/CORBIS


I

El viejo Serafín, parcialmente dorado, entre violetas
inhaló el olor señalado, mientras las palomas
se elevaron como fantasmas salidos de cronologías.

Las muchachas italianas llevaban en el pelo junquillos
y vio éstos el Serafín, los había visto tiempo atrás,
en las cintas de las madres, los volvería a ver.

Llegaron las abejas zumbando como si nunca se hubieran ido,
como si los jacintos nunca se hubieran ido. Decimos
que cambia esto y que cambia aquello. Así las constantes

violetas, palomas, muchachas, abejas y jacintos
son objetos inconstantes de causa inconstante
en un universo de inconstancia. Esto significa

que el azul nocturno es una cosa inconstante. El serafín
es sátiro en Saturno, según sus pensamientos.
Significa que la versión que sentimos por esta escena marchita

es que no ha cambiado lo bastante. Permanece,
es una repetición. Las abejas llegan zumbando
como si...  Las palomas aletean estrepitosamente en el aire.

Un perfume erótico, mitad del cuerpo, mitad
de un ácido notorio es sin duda lo que pretende
y el zumbido es zafio, no está roto en Sutilezas.

II

El Presidente ordena a la abeja que sea
inmortal. El Presidente ordena. ¿Pero acaso
el cuerpo alza su pesada ala, asume,

otra vez, un ser inagotable, se eleva
por encima del más altivo antagonista
para susurrar las inexpertas frases de su mancebo?

¿Por qué habría de recuperar la abeja una patraña perdida,
hallar en una trompa un eco profundo y zumbar
por el trofeo sin fondo, trompa nuevo después de antiguo?

El Presidente tiene manzanas sobre la mesa
y criados descalzos a su alrededor, que ajustan
las cortinas a una t metafísica

y los estandartes de la nación ondean, estallan
sobre sus astas en resplandor rojiazul, chasquean
en las drizas. ¿Por qué, entonces, cuando con dorada furia

la primavera consuma las sobras del invierno, por qué
habría de hablarse de regresar o
de muerte en el sueño del recuerdo? ¿La primavera es un dormir?

Este calor es para enamorados que por fin cumplen
su amor, este comienzo, no reanudación, este
zumbar y zumbar de la abeja recién llegada.

III

La gran estatua del General Du Puy
reposaba inmóvil, aunque catafalcos vecinos
se llevaban a los residentes de su noble Plaza.

El recto, alzado brazo del caballo
indicaba que, en el funeral final,
la música se paró y se quedó quieto el caballo.

Los domingos, los abogados en sus paseos
se acercaban a esta muy peraltada efigie
para estudiar el pasado, y los médicos, habiéndose bañado

con cuidado, escudriñaban la estructura sin nervio
de una suspensión, una permanencia, tan rígida
que hacía al General un poco absurdo,

trocada su verdadera carne en un inhumano bronce.
Nunca había existido, nunca podría existir, un
hombre así. Los abogados descreían, los médicos

decían que como fastuoso, ilustre ornamento,
como marco para los geranios, el General,
la misma Plaza Du Puy, de hecho, figuraba

entre nuestros más residuales estados de ánimo.
Nada había ocurrido porque nada había cambiado.
Sin embargo el General al final era basura.

IV

Dos cosas de naturaleza opuesta parecen depender
una de otra, como un hombre depende
de una mujer, el día de la noche, lo imaginado

de lo real. Este es el origen del cambio.
Invierno y primavera, fríos copuladores, se abrazan
y aparecen los pormenores del rapto,

La música cae sobre el silencio como una sensación,
una pasión que sentimos, no comprendemos.
Mañana y tarde están entrelazadas

y norte y sur son una pareja intrínseca
y sol y lluvia un plural, como dos enamorados
que se alejan siendo uno en el cuerpo mas vital.

En la soledad las trompetas de la soledad
no son de otra soledad resonancia;
una pequeña cuerda habla por una multitud de voces.

El participante participa de lo que lo cambia.
El niño que toca toma carácter de la cosa,
el cuerpo, que toca. El capitán y sus hombres

son uno y el marinero y el mar son uno.
Sigue tú después, Oh mi compañero, mi semejante, mi yo,
hermana y solaz, hermano y deleite.

V

En una isla azul en un agua como el cielo inmensa
los naranjos silvestres seguían floreciendo y dando,
mucho después de la muerte del plantador. Quedaban unas limas

donde su casa había caído, tres árboles raquíticos cargados
de desvirtuado verde. Eran éstos la turquesa del plantador
y sus manchas naranjas, eran éstos su verdor cero,

un verde cocido más verde al más verde sol.
Eran éstos sus playas, sus arrayanes marinos en
arena blanca, su galimatías de los largos chapoteos marinos.

Había una isla fuera de su alcance en la que reposaba,
una isla al sur, en la que reposaba como
una montaña, una piña picante cual verano cubano.

Y là-bas, là-bas, crecían las frescas bananas,
colgando pesadamente del gran banano,
que traspasa las nubes y se inclina sobre medio mundo

Con frecuencia pensaba en la tierra de la que venia,
cómo todo ese país era una sandía, rosa
si visto como era debido y sin embargo un rojo posible.

Un hombre natural bajo una luz negativa
no habría podido soportar su trabajo ni morir
suspirando por tener que dejar el tañido del banjo.

VI

Setúme, dijo el gorrión, a la brizna aplastada,
y tu, y tú, setúme al soplar,
cuando en mi soto me miras ser.

¡Ah, ké! el reyezuelo sangriento, el arrendajo malvado
ké-ké, vertiéndose el petirrojo con garganta de jarro,
setú, setú, setúme en mi claro,

Había en la lluvia tan estúpida trova,
tantos badajos que iban sin campanas,
que estos setús componen un gong celeste.

Una voz repitiendo, un corista incansable,
las frases de una sola frase, ké-ké,
un solo texto, granítica monotonía,

un único rostro, como una foto del destino,
sino de soplador de vidrio, episcopus sin sangre,
ojo sin párpado, mente sin ningún sueño...

Son éstos de trovadores que carecen de trova,
de una tierra en que la primera hoja es el cuento
de las hojas, en que el gorrión es un pájaro

de Piedra. que nunca cambia. Setúle, tu
Y tú, setúle y setú. Es
un sonido como cualquier otro. Tendrá su fin.

VII

Después de un brillo de la luna, decimos
que no necesitamos de ningún paraíso,
que no necesitamos himno seductor alguno.

Es verdad. Esta noche las lilas magnifican
la fácil pasión, el amor siempre presto
del enamorado que tenemos dentro y aspiramos

un olor que no evoca nada, absoluto.
En plena mitad de la noche nos encontramos
con el olor purpúreo, la abundante floración.

El enamorado suspira como por la dicha accesible,
que puede al aspirar llevar dentro de si,
poseer en su corazón, ocultar y conocido nada.

Porque la fácil pasión y el amor siempre presto
son de nuestro nacimiento terreno y de aquí y ahora
y de donde vivimos y de todas las partes en que vivimos.

como en la nube cimera de una noche-tarde de mayo
como en el valor del hombre ignorante,
que canta según el libro, en el ardor del docto, que escribe

el libro, ardiendo en deseos de otra dicha accesible:
las fluctuaciones de la certidumbre, el cambio
de grados de percepción en la oscuridad del docto.

VIII

En su viaje alrededor del mundo, Nanzia Nunzio
Se enfrentó con Ozymandias. Fue
sola y como una vestal muy preparada.

Yo soy la esposa. Se quitó el collar
y lo depositó en la arena. Como soy, yo soy
la esposa. Se abrió el cinturón tachonado de piedras

Yo soy la esposa, despojada del reluciente oro,
la esposa más allá de la esmeralda o de la amatista,
más allá del cuerpo ardiente que llevo puesto.

Soy la mujer desvestida más desnudamente
que la desnudez, de pie ante un orden
inflexible, diciendo soy la contemplada esposa.

Dime eso que, dicho, me ataviará
con su propio único precioso ornamento.
Cíñeme la corona de diamantes del espíritu.

Vísteme entera con el filamento final,
para que tiemble de tal amor así conocido
y sea yo misma preciosa para tu perfeccionamiento.

Entonces Ozymandias dijo a la esposa, la novia
nunca está desnuda. Una ficticia envoltura
teje siempre titilando desde el corazón y la mente.

IX

El poema va de la jerga del poeta a
la jerga del lenguaje vulgar y vuelve otra vez.
¿Va y viene o es de ambos

a la vez? ¿Es un luminoso revoloteo
o la concentración de un día nublado?
¿Hay un poema que nunca alcanza las palabras

y uno que mata el tiempo a base de regatear con él?
¿Es el poema particular y general a la vez?
He ahí una meditación, en la que parece

haber una evasión, una cosa no aprehendida o
no aprehendida bien. ¿Acaso el poeta
nos evade, como en un insensible elemento?

¿Evadir, este ardoroso, dependiente orador,
portavoz en nuestras barreras más romas,
representante por una forma de hablar, hablante

de un habla sólo un poco de la lengua?
Lo que busca es la jerga del lenguaje vulgar.
Mediante un habla particular intenta decir

la particular potencia de lo general,
combinar el latín de la imaginación con
la lingua franca et jocundissima.

X

Un banco fue su catalepsia, Teatro
del Tropo. Se sentó en el parque. El agua del
lago estaba llena de cosas artificiales,

como una página de música, como un aire de las capas altas
como un color momentáneo, y en él los cisnes
eran serafines, eran santos, eran esencias cambiantes.

El viento del oeste era la música, el movimiento, la fuerza
a cuyo son retozaban los cisnes, una voluntad de cambio,
una voluntad de hacer rizos de iris sobre el espacio en blanco.

Había una voluntad de cambio, un camino
necesario y presente, una presentación, una especie
de mundo volátil, demasiado constante para ser negado

el ojo de un vagabundo en metáfora
que capta el nuestro. Lo casual no es
suficiente. La novedad de la transformación es

la novedad de un mundo. Es el nuestro,
es nosotros mismos, la novedad de nosotros mismos,
y esa necesidad y esa presentación

son frotamientos de un espejo en el que miramos.
De estos comienzos, alegres y verdes, propón
los amoríos adecuados. Los anotará el tiempo.


En Notas para una ficción suprema, II: Debe cambiar
Versión de Javier Marías
Imagen: © Bettmann/CORBIS