2 ago. 2012

Lin Yutang - Cristiano, chino y griego



Lin Yutang


Hay varios puntos de vista de la humanidad: el teológico cristiano tradicional, el pagano griego, y el taoísta-confucianista chino. (No incluyo el punto de vista budista porque es demasiado triste.) Más profundamente, en su sentido alegórico, estos puntos de vista, después de todo, no difieren tanto uno de otro, especialmente cuando el hombre moderno, con mayores conocimientos biológicos y antropológicos, les da una interpretación más amplia. Pero existen estas diferencias en sus formas originales.

El punto de vista cristiano original, ortodoxo, era que el hombre fue creado perfecto, inocente, tonto y feliz, y que vivía desnudo en el Jardín del Edén. Vino después el conocimiento y la sabiduría, y la Caída del hombre, a la cual se deben los sufrimientos del hombre, notablemente (1°) trabajarás con el sudor de tu frente, para el varón, y (2°) los dolores del parto, para la mujer. En contraste con la inocencia y la perfección originaria del hombre, se introdujo un nuevo elemento para explicar su actual imperfección, y ese elemento es, claro está, el Diablo, que trabaja sobre todo a través del cuerpo, mientras su carácter más elevado trabaja por el alma. No sé cuándo se inventó el "alma" en la historia de la teología cristiana, pero esta "alma" llegó a ser un algo más que una función, una entidad más que una condición, y separó decididamente al hombre de los animales, que no tienen almas dignas de salvar. Aquí se detiene la lógica, porque el origen del Diablo tuvo que ser explicado, y cuando los teólogos medievales procedieron con su acostumbrada lógica escolástica a encarar el problema, se vieron en un aprieto. No les caía muy bien admitir que el Diablo, que era No-Dios, viniera de Dios, ni podían convenir muy bien en que en el universo original el Diablo, un No-Dios, fuera co-eterno con Dios. Por eso, desesperados, convinieron en que el Diablo debió ser un ángel caído, lo cual viene a plantear la cuestión del origen del mal (porque debe haber habido aun otro Diablo que tentara a este ángel caído), y esto es, por ende, poco satisfactorio; pero tuvieron que dejar las cosas así. No obstante, de todo ello resultó una curiosa dicotomía del espíritu y la carne, una concepción mítica que todavía hoy predomina bastante y es poderosa en cuanto afecta a nuestra filosofía de la vida y nuestra felicidad.

Vino después la Redención, que derivaba aún del concepto corriente del cordero de sacrificio, y que se remontaba todavía más, a la idea de un Dios que deseaba el olor de la carne asada y no podía perdonar si no se le daba algo. En esta Redención se encontró de un golpe el medio por el cual se podían perdonar todos los pecados, y así se halló de nuevo un camino a la perfección. El aspecto más curioso del pensamiento cristiano es la idea de la perfección. Como esto ocurrió durante la decadencia de los mundos antiguos, surgió la tendencia a acentuar la postvida, y la cuestión de la salvación reemplazó a la cuestión de la felicidad, o de la vida misma. La noción era la de cómo salir con vida de este mundo, un mundo que aparentemente se hundía en la corrupción y el caos, y estaba condenado. De ahí la agobiante importancia asignada a la inmortalidad. Esto representa una contradicción de la historia original del Génesis, donde se lee que Dios no quería que el hombre viviera siempre. El relato que hace el Génesis de la razón por la cual Adán y Eva fueron echados del Jardín del Edén no dice que fue por haber comido del Árbol del Conocimiento, como se concibe popularmente, sino por temor de que desobedecieran por segunda vez y comieran del Árbol de la Vida y vivieran para siempre:

Y el Señor dijo: He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros, que conoce el bien y el mal: y ahora, paca que no extienda la mano, y tome también de! árbol de la vida, y coma y viva por siempre;

Por lo tanto, el Señor Dios le echó del Jardín del Edén, para que labrara la tierra de donde fue tomado.

Y así echó al hombre; y colocó al Oriente del Jardín del Edén unos querubines, y una flamígera espada que se volvía a todos lados, para cuidar el camino del árbol de la vida,

El Árbol del Conocimiento parecería estar en el centro del jardín, pero el Árbol de la Vida estaba cerca de la entrada oriental, donde, por cuanto podemos saber, todavía se hallan los querubines para evitar la aproximación de los hombres.

En suma, todavía hay una creencia en la depravación total, en que el goce de esta vida es pecado y maldad, en que para estar cómodo hay que ser virtuoso, y que en definitiva el hombre no puede salvarse sino por un poder mayor y externo. La doctrina del pecado es todavía la presunción básica del Cristianismo, como se le practica en general hoy, y los misioneros cristianos que tratan de lograr conversos comienzan en general por llevar a quienes quieren convertir la impresión de una conciencia del pecado y de la maldad de la naturaleza humana (que es, claro está, el sine qua non para la necesidad del remedio primario que tiene guardado el misionero). En suma, no se puede hacer cristiano a un hombre antes de convencerlo de que es un pecador. Alguien ha dicho con cierta crueldad: "La religión en nuestro país se ha reducido tanto a la contemplación del pecado, que un hombre respetable ya no se atreve a mostrar la cara en la iglesia."

El mundo griego pagano era un mundo diferente, por sí, y por lo tanto su concepción del hombre era también muy diferente. Lo que más me llama la atención es que los griegos hicieron a sus dioses como hombres, en tanto que los cristianos desearon hacer a los hombres como dioses. Esa compañía olímpica es por cierto jovial, amorosa, cariñosa, embustera, discutidora e irrespetuosa de sus votos; un grupo de personas que aman la caza, que dirigen sus carros y arrojan sus jabalinas como los mismos griegos; y personas que se casaban y que tenían una cantidad increíble de hijos ilegítimos. Por cuanto atañe a la diferencia entre dioses y hombres, los dioses apenas tenían poderes divinos para lanzar centellas en el cielo y hacer crecer la vegetación en la tierra; eran inmortales, y bebían néctar en lugar de vino... las frutas eran casi las mismas. Y uno siente que puede tener intimidad con esta gente, que puede ir de caza, con una mochila a la espalda, en compañía de Apolo o Atena, o detener a Mercurio a su paso y conversar con él como con un mensajero telegráfico, y si la conversación se hace demasiado interesante, podemos imaginar a Mercurio diciendo:, "Sí. Claro. Lo siento, pero tengo que correr a entregar este mensaje a la calle tal." Los hombres griegos no eran divinos, pero los dioses griegos eran humanos. ¡Qué diferentes del perfecto Dios cristiano! De modo que los dioses no eran más que otra raza de hombres, una raza de gigantes, dotados de inmortalidad, que no tenían los hombres de la tierra. De este ambiente salieron algunas de las narraciones más inefablemente bellas, las de Démeter y Proserpina y Orfeo. La creencia en los dioses se daba por sentada, porque hasta Sócrates, cuando estaba por beber la cicuta, propuso una libación a los dioses para que le apresuraran el viaje de este mundo al próximo. Una actitud muy parecida a la de Confucio. Era menester que así fuese en aquel período; desgraciadamente, no hay modo de saber qué actitud hacía el hombre y hacia Dios tomaría el espíritu griego en el mundo moderno. El mundo griego pagano no era moderno, y el moderno mundo cristiano no es.griego. Esa es la lástima.

En total, los griegos aceptaban que la suerte del hombre era una suerte mortal, sujeta a veces a un Destino cruel. Una vez aceptado eso, el hombre era bastante feliz tal como se consideraba, porque los griegos amaban esta vida, y este universo, y les interesaba comprender lo bueno, lo verdadero y lo hermoso en la vida, además de estar plenamente ocupados en la comprensión científica del mundo físico. No había un mítico "Período de Oro", en el sentido del Jardín del Edén, ni una alegoría de la Caída del Hombre; los mismos helenos no eran más que criaturas humanas transformadas de las piedras recogidas y arrojadas sobre el hombro por Deucalíon y su esposa Pyrrha, cuando bajaban a la llanura después del Gran Diluvio. Las enfermedades y los males se explicaban cómicamente; se producían por el irrefrenable deseo de una joven por abrir y ver una caja de joyas: la Caja de Pandora. La fantasía griega era hermosa. Tomaban el carácter humano casi como era: los cristianos podrían decir que estaban "resignados" a una suerte mortal. ¡Pero era tan bello ser mortal!; había lugar para el ejercicio de la comprensión, y del espíritu libre, especulativo. Algunos de los sofistas pensaban que la naturaleza del hombre era buena, y algunos pensaban que la naturaleza del hombre era mala, pero no existía la aguda contradicción de Hobbes y Rousseau. Finalmente, en Platón, se veía al hombre como un compuesto de deseos, emociones y pensamientos, y la vida humana ideal consistía en vivir juntos, en la armonía de esas tres partes del ser, bajo la guía de la sabiduría o la verdadera comprensión.

Platón pensaba que las "ideas" eran inmortales, pero las almas individuales eran bajas o nobles, según amaran la justicia, el conocimiento, la temperancia y la belleza, o no. El alma también adquiría una existencia independiente e inmortal en Sócrates; nos lo dice en Phaedro: "Cuando el alma existe por sí, y queda librada del cuerpo, y el cuerpo queda librado del alma, ¿qué es eso sino la muerte?" Evidentemente, la creencia en la inmortalidad del alma es algo que los puntos de vista cristiano, griego, taoísta y confucianista tienen en común. Es claro, nada hay en ello para que salten los modernos creyentes en la inmortalidad del alma. La creencia de Sócrates en la inmortalidad no significaría nada, probablemente, para un moderno, porque muchas de sus premisas en apoyo de tal creencia, como la reencarnación, no pueden ser aceptadas por el hombre moderno.

El punto de vista chino sobre el hombre también llegó a la idea de que el hombre es el Señor de la Creación ("Espíritu de las Diez Mil Cosas"), y en el criterio confucianista el hombre figura como igual del cielo y la tierra (en el "Trío de Genios"). El ambiente era anímista: todo estaba vivo o habitado por un espíritu, las montañas, los ríos, y todo lo que llegaba a una gran edad. Los vientos y el trueno eran espíritus también; cada una de las grandes montañas y cada río estaba regido por un espíritu que era prácticamente su dueño: cada clase de flor tenía en el cielo un hada que atendía a las estaciones y al bienestar de la flor, y había una Reina de Todas las Flores cuyo cumpleaños caía en el duodécimo día de la segunda luna; cada sauce, pino, ciprés, zorro o tortuga que llegaba a una gran edad, digamos unos centenares de años, adquiría por ese mismo hecho la inmortalidad y se convertía en un "genio".

Con este ambiente animista, es natural que el hombre sea considerado también una manifestación del espíritu. Este espíritu, como toda la vida en el universo entero, es producido por la unión del principio masculino, activo, positivo, o yang, y el principio femenino, pasivo, negativo, o yin, lo cual, en realidad, no es más que una conjetura afortunada y sagaz sobre la electricidad positiva y negativa. Cuando este espíritu se encarna en un cuerpo humano se le llama p'o; cuando no está sujeto a un cuerpo y flota como espíritu, se le llama hwen. (Un hombre de poderosa personalidad, o "espíritu", se dice en China, tiene mucho p´oli o energía p'o.) Después de la muerte, ese hwen sigue ambulando. Normalmente no molesta a la gente, pero si nadie sepulta y ofrece sacrificios al extinto, el espíritu se convierte en un "espectro errante", por cuya razón se establece un Día de Todas las Almas en el decimoquinto día de la séptima luna para un sacrificio general a aquellos que se ahogaron en el agua o murieron en alguna tierra extraña y no fueron sepultados. Además, si el extinto fue asesinado o murió sufriendo un daño que se le infería, el sentido de la injusticia, en el espectro, le obliga a vagar siempre y causar molestias hasta que se venga el daño y se satisface el espíritu. Entonces, todos los inconvenientes se detienen.

Mientras vive, el hombre, que es espíritu hecho forma en un cuerpo, tiene necesariamente ciertas pasiones, deseos, y un flujo de "energía vital", o en lenguaje de más fácil comprensión, "energía nerviosa". En y por sí mismas, estas características no son buenas ni malas, sino apenas algo que se ha dado a la vida humana y es inseparable de ella. Todos los hombres y las mujeres tienen pasiones, deseos naturales y nobles ambiciones, y también una conciencia; tienen sexo, hambre, temor, enojo, y están sujetos a enfermedades, dolores, sufrimientos y muerte. La cultura consiste en producir en armonía la expresión de estas pasiones y deseos. Este es el punto de vista confucianista, que cree que viviendo en armonía con esta naturaleza humana que se nos ha dado, podemos llegar a ser los iguales del cielo y de la tierra. Los budistas, sin embargo, consideran los deseos mortales de la carne esencialmente como los cristianos medievales: son una molestia de la que hay que librarse. Hombres y mujeres demasiado inteligentes o inclinados a pensar en demasía, aceptan a veces este punto de vista y se hacen monjes o monjas; pero, en conjunto, el buen sentido confucianista lo veda. Asimismo, y con un toque taoísta, se considera que las jóvenes hermosas y talentosas que sufren una suerte áspera son "hadas caídas", a quienes se castiga por tener pensamientos mortales o haber descuidado sus deberes en el cielo, y se las envía a esta tierra a vivir una predestinada suerte de sufrimientos mortales.

El intelecto del hombre es considerado como una corriente de energía. Literalmente, este intelecto es "espíritu de un genio" (chingshen), pero tomándose esencialmente la voz "genio" en el sentido en que hablamos de genios de los bosques, genios de las rocas. El equivalente más cercano en este idioma es, como lo he indicado, "vitalidad" o "energía nerviosa", que sube y baja a diferentes momentos del día y de la vida de la persona. Todo hombre nacido en este mundo comienza con ciertas pasiones y deseos y esa energía vital, los cuales siguen su curso en diferentes ciclos durante la niñez, la juventud, la madurez, la ancianidad y la muerte. Confucio dijo: "Cuando joven, cuídate de pelear; cuando fuerte, cuídate del sexo; cuando viejo, cuídate de las posesiones", lo cual significa sencillamente que al niño le gusta pelear, al joven le gustan las mujeres y al viejo le gusta el dinero.

Frente a este compuesto de bienes físicos, mentales y morales, como frente al hombre mismo y a todos los demás problemas, el chino toma una actitud que puede resumirse en la frase: "Seamos razonables". Esta actitud es de no esperar demasiado, ni muy poco. El hombre, digamos, está colocado entre el cielo y la tierra, entre el idealismo y el realismo, entre pensamientos elevados y pasiones muy bajas: tal es la esencia misma de la humanidad; es humano tener sed de conocimientos y sed de agua, amar una buena idea y un buen plato de cerdo con gajos de bambú, y admirar una frase hermosa y una mujer hermosa. Por ser éste el caso, el mundo es necesariamente un mundo imperfecto. Es, claro que existe la probabilidad de encargarse de la sociedad humana y mejorarla, pero los chinos no esperan la paz perfecta ni la felicidad perfecta. Hay una narración que ilustra este punto de vista. Había un hombre que estaba en el Infierno, a punto de ser reencarnado, y dijo al Rey de la Reencarnación: "Si quieres que vuelva a la tierra como ser humano, iré solamente según mis condiciones". "Y, ¿cuáles son?", preguntó el Rey. El hombre respondió: "Debo nacer como hijo de un ministro del gabinete y como padre de un futuro «primer graduado literario» (el estudioso que sale primero en los exámenes nacionales). Debo tener diez mil acres de tierra en torno a mi casa, y estanques con peces, y frutas de todas clases y una bella esposa y bonitas concubinas, todas buenas y amantes, y habitaciones llenas hasta el techo de oro y de perlas, y sótanos repletos de cereal, y arcas atestadas de dinero, y yo mismo debo ser un Gran Canciller o un Duque de Primer Rango, y gozar honores y prosperidad, y vivir hasta los cien años". Y el Rey de la Reencarnación respondió: "Si en la tierra pudiese haber una suerte así, ¡pues me reencarnaría yo y no lo dejaría para tí!"

La actitud razonable existe, desde que tenemos esta naturaleza humana: comencemos con ella. Además, no hay modo de escapar. Las pasiones y los instintos son, en su origen, buenos o malos, pero no se gana mucho hablando de ellos, ¿verdad? Por otra parte, hay peligro de que nos esclavicen. Quedemos en el medio del camino. Esta actitud razonable crea una especie de filosofía tan llena de perdón que, al menos para un estudioso culto, de amplio criterio, que vive según el espíritu de la razonabilidad, todo error o mal comportamiento humano, sea legal o moral o político, que pueda clasificarse como "naturaleza humana común" (más literalmente, "pasiones normales del hombre"), es excusable. Los chinos llegan a presumir que el Cielo, o el mismo Dios, es un ser bastante razonable; que si se vive razonablemente, según las mejores luces de cada uno, no se tiene nada que temer; que la paz de la conciencia es el más grande de todos los dones, y que un hombre con la conciencia limpia no tiene por qué temer ni siquiera a los espectros. Con un Dios razonable que vigila los asuntos de seres razonables, y algunos irrazonables, todo está bastante bien en el mundo. Los tiranos mueren; los traidores se suicidan; se ve al avaro vender sus propiedades; se ve a los hijos de un poderoso y rico coleccionista de curiosidades (de quien se cuentan hechos de codicia y de extorsión por la fuerza) cuando venden la colección por la cual perdió el padre tanto tiempo y dinero, y esas mismas curiosidades se dispersan entre otras familias; se descubre a los asesinos, y hay venganza para los muertos, para las mujeres engañadas. A veces, pero muy raras veces, una persona oprimida clama: "¡El Cielo no tiene ojos!" (La justicia es ciega.) Eventualmente, tanto en el taoísmo como en el confucianismo, la conclusión y la meta suprema de esta filosofía es una completa comprensión de la naturaleza y una armonía con ella, resultante en lo que puedo llamar "naturalismo razonable", si hemos de buscar un término de clasificación. Un naturalista razonable se allana, pues, a esta vida con una especie de satisfacción animal. Ya lo dicen las mujeres analfabetas de China: "Otras nos dieron a luz, y nosotras damos a luz a otras. ¿Qué más hemos de hacer?"

Hay una terrible filosofía en esa frase: "Otras nos dieron a luz y nosotras damos a luz a otras". La vida se hace una procesión biológica, y la misma cuestión de la inmortalidad queda soslayada. Porque ese es el sentimiento exacto del abuelo chino que tiene a su nieto de la mano y va a las tiendas a comprar dulces, con la idea de que a los cinco o diez años volverá al seno de la tierra o a sus antepasados. Lo mejor que podemos esperar de esta vida es que nuestros hijos y nietos no lleguen a avergonzarnos. Todo el patrón de la vida china se organiza de acuerdo con esa única idea.


En La importancia de vivir
Traducción de Román A. Jiménez