19 ago. 2012

Italo Calvino: El jardín de los gatos obstinados






La ciudad de los gatos y la ciudad de los hombres están una dentro de otra, pero no son la misma ciudad. Pocos gatos recuerdan los tiempos en que no existía tal diferencia: las calles y las plazas de los hombres eran también calles y plazas de los gatos, y el césped, y los patios, y los balcones, y las fuentes: se vivía en un espacio amplio y variado. Pero desde hace bastantes generaciones los felinos domésticos están prisioneros en una ciudad inhabitable: las calles ininterrumpidamente son recorridas por la circulación mortal de los coches escachagatos; en cada metro cuadrado de lo que antaño fue jardín o solar o restos de una olvidada demolición, ahora descuellan condominios, bloques populares, rascacielos flamantes; no hay zaguán que no esté atestado de autos en estacionamiento; los patios uno tras otro los cubren con una solera y se transforman en garajes o en cines o en almacenes u oficinas. Y donde se extendía una altiplanicie ondulante de tejados bajos, cimacios, azoteas, depósitos de agua, balcones, buhardas, cobertizos de chapa, ahora se practica la sobreedificación general de todo cuerpo sobreedificable. Desaparecen los desniveles intermedios entre el ínfimo suelo de la calle y el excelso cielo de los sobreáticos; el gato de las nuevas carnadas busca en vano el itinerario de sus padres, el pretexto para el blando salto desde la balaustrada al remate de la canalera, para el disparado trepar por las tejas. 

Pero en esta ciudad vertical, en esta ciudad comprimida donde todos los huecos tienden a llenarse, cada bloque de cemento a compenetrarse con otros bloques de cemento, se abre una especie de contraciudad, de ciudad en negativo, que consiste en tajadas vacías entre muro y muro, distancias mínimas prescritas por las ordenanzas municipales entre una construcción y otra, entre las traseras de dos edificios es una ciudad de abatideros, lunas, canales de ventilación, entradas de cocheras, barreduelas, pasos a los sótanos, como una red de canales enjutos en un planeta de yeso y alquitrán, y cabalmente por esa parte a ras de las paredes maestras corre todavía el antiguo pueblo de los gatos.

Marcovaldo, a veces, para matar el tiempo, seguía algún gato. Era en el intervalo del trabajo entre las doce y media y las tres, cuando, a excepción de Marcovaldo, todo el personal se iba a casa a comer; y él -que se llevaba la comida en el bolso- utilizaba como mesa un cajón del almacén, se echaba al cuerpo el bocado, fumaba su media tagarnina y vagaba por los alrededores, solo y desocupado, en espera de la hora. En ese tiempo, un gato que asomara por una vereda era siempre una compañía agradable, y un guía para nuevas exploraciones. Había trabado amistad con un gato de Angora, bien nutrido, lacito azul en torno al cuello, sin duda alojado donde una familia de posición. El gatazo tenía en común con Marcovaldo la costumbre del paseo nada más comer: de donde naturalmente surgió una amistad.

Siguiendo al amigo angoreño, Marcovaldo se había acostumbrado a mirar los parajes como a través de los redondos ojos de un micho y, aunque se tratase de los acostumbrados alrededores de su empresa, los veía bajo una luz distinta, como escenarios de hazañas gatunas, con conexiones sólo al alcance de garras afelpadas y ligeras. Aunque a primera vista en el barrio hubiera pocos gatos, cada día en sus paseos Marcovaldo conocía alguno más, y bastaba un miau, un bufido, un erizarse el pelo en un lomo arqueado para que intuyera relaciones, intrigas y rivalidades entre ellos. En momentos tales se imaginaba haber entrado en el secreto de la sociedad de los felinos: pero al instante sentíase escrutado por pupilas que se tornaban rendijas, vigilado por las antenas de los bigotes enhiestos, y todos los gatos sentados en torno a él permanecían impenetrables como esfinges, el triángulo rosa de la nariz convergente sobre el triángulo negro de los labios, y lo único que se movía era el vértice de las orejas, con un meneo vibrante como un radar. Llegaban al final de un angosto pasadizo, entre escuálidos muros ciegos; y mirándose en torno a Marcovaldo comprobaba que todos los gatos que lo guiaron hasta allí habían desaparecido, todos a la vez, no sabía por dónde, incluso su amigo el de Angora, dejándole solo. El reino de los gatos tenía territorios, ceremonias, usanzas que no se le permitía descubrir.

En contrapartida, desde la ciudad de los gatos se abrían insospechadas portillas a la ciudad de hombres: y un día fue precisamente el de Angora quien le guió al descubrimiento del gran Restaurante Biarritz.

Quien quisiera ver el Restaurante Biarritz no tenía más que adecuarse a la estatura de un gato, vale decir, andar a gatas. Gato y hombre caminaban alrededor de una especie de cúpula, al pie de la cual se abrían unos bajos ventanucos rectángulares. Siguiendo el ejemplo del morrongo, Marcovaldo miró por allí. Eran claraboyas con el cristal levantado para dar aire y luz al lujoso salón. A los acordes de violines gitanos, volitaban perdices y doradas codornices sobre fuentes de plata mantenidas en equilibrio por los dedos blanquienguantados de camareros de frac. O, para mayor exactitud, sobre las perdices y los faisanes volitaban las fuentes, y sobre las fuentes los guantes blancos, y manteniéndolos en vilo sobre los zapatos de charol de los camareros en el reluciente parquet, del cual pendían palmeras con su maceta y manteles y cristalería y cubos como campanas con una botella de champaña: todo patas por alto porque Marcovaldo de miedo a que le vieran no quería meter la cabeza por el ventano y se limitaba a mirar la sala reflejada al revés del vidrio inclinado.

Mas no eran los ventanos de la sala sino los de la cocina los que más importaban al gato: mirando para la sala se veía a los lejos, y como transfigurado, lo que en las cocinas resultaba ser -bien concreto y al alcance de la garra- un pájaro desplumando o un pescado fresco. Y precisamente hacia las cocinas el michino quería guiar a Marcovaldo, sea por un gesto de amistad desinteresada o porque esperaba, más bien, la ayuda del hombre para una de sus incursiones. En cambio, Marcovaldo no se decidía a despegarse de su mirador sobre el salón: al principio como fascinado por la gala de aquel ambiente, y después porque vio algo que le atraía como imán. A tal extremo que, sobreponiéndose al miedo de ser visto, repetidamente se asomaba cabeza abajo. En el centro de la sala, precisamente al pie de aquel ventano, había un pequeño vivero de cristal, una especie de acuario, en el que nadaban hermosas truchas. Se acercó un cliente de calidad, con un cráneo lindo y reluciente, vestido de negro y con la barba negra. Le seguía un viejo camarero de frac que traía en la mano una red como para cazar mariposas. El señor de negro miró las truchas con aire grave y atento; luego alzó una mano y con lento gesto solemne indicó una. El camarero sumergió la redecilla en el vivero, acosó a la trucha designada, la capturó, se dirigió a las cocinas, llevando en ristre como una lanza la red en qué se debatía la trucha. El señor de negro, grave como un magistrado que ha dictado una sentencia capital, regresó a su asiento, en espera del regreso de la trucha, frita «a la molinera».

«Si doy con la manera de lanzar el sedal desde aquí y conseguir que pique una de esas truchas -pensó Marcovaldo-, no me podrán acusar de hurto, cuando más por pesca no autorizada.» Y, sin hacer maldito caso de los maídos que le llamaban del lado de la cocina, salió en busca de sus aparejos de pesca.

Nadie en el salón del Biarritz, lleno a rebosar, vio el sutil y largo hilo, armado de anzuelo y cebo que bajaba y bajaba hasta sumergirse en el vivero. El cebo lo vieron los peces, y se precipitaron sobre él y en aquel entrevero una trucha consiguió morder el gusano: al instante empezó a subir y subir y, saliendo del agua, agitándose plateada, voló a lo alto, por encima de las mesas bien servidas y los carritos de entremeses, sobre la llama azul de los infiernillos para los «crêpes Suzette», y desapareció en el cielo a través de la claraboya.

Marcovaldo dio el tirón a la caña con pronta energía de pescador provecto, al punto que le vino el pez a la espalda. Mas apenas la trucha llegó allí ya se abalanzaba el gato. La poca vida que le quedaba la perdió entre los dientes del de Angora. Marcovaldo, que en aquel momento dejaba el sedal para acudir al pescado, vio que se lo escamoteaban en sus propias narices, con anzuelo y todo. Al instante puso el pie sobre la caña, pero el estirón era tan fuerte que al hombre sólo la caña le quedó, mientras el Angora escapaba con el pez, y el hilo a rastras. ¡Traidor morrongo! Se había eclipsado.

Pero esta vez no se libraba: quedaba todo aquel hilo que lo seguía e indicaba el camino tomado. Aunque había perdido de vista al gato, a Marcovaldo bastaba con seguir el extremo del hilo: que corría por la pared, saltaba una barandilla, serpeaba por un portón, era engullido por un sótano… Marcovaldo, metiéndose por sitios cada vez más gatescos, encaramándose por cobertizos, salvando barandados, conseguía cada vez dar vista -ni que fuera un segundo antes de que desapareciese- al móvil vestigio del camino tomado por el ladrón.

Ahora el hilo discurre por la acera de una calle, en plena circulación, y Marcovaldo corriendo en pos, está para alcanzarlo. Se lanza de cabeza; vaya, ¡lo pescó! Consiguió hacerse con el cabo del sedal antes que se escabullese entre los barrotes de una verja. Del otro lado de la verja medio herrumbrosa y dos cachos de muro cubiertos de plantas trepadoras había un pequeño jardín inculto, al fondo del cual crecía un hotelito de aspecto abandonado. Una alfombra de hojas secas cubría la avenida, y hojas secas caían por doquiera bajo las ramas de dos plátanos, armando verdaderas montañitas en los arriates. Una capa de hojas flotaba en el agua verde de un estanque. Alrededor se levantaban edificios enormes, rascacielos con miles de ventanas, como otros tantos ojos clavados con aire reprobador, en aquel cuadradillo de dos árboles, pocas tejas y tantas hojas amarillas, sobrevivido en mitad de un barrio de gran tránsito.

Y en ese jardín, encaramados en capiteles y balaustradas, tumbados en las hojas secas de los arriates, trepando por el tronco de los árboles o a las casas, tiesos sobre sus cuatro patas y con la cola como un punto interrogante, relamiéndose sentados, había gatos, gatos atigrados, gatos negros, gatos blancos, veteados, sirios, angoras, persas, gatos de piso, gatos vagabundos, gatos perfumados y gatos tiñosos. Marcovaldo comprendió que al fin se hallaba en el corazón del reino de los gatos, en su isla secreta y, de emoción, casi no se acordaba de su trucha.

Había quedado, el pez, colgando de la rama de un árbol fuera del alcance de los saltos de los gatos. Debió de caerse de la boca de su raptor a causa de cualquier movimiento desmañado, tal vez para defenderlo de los otros, tal vez para exhibirlo como una presa extraordinaria; el hilo se había enredado. Marcovaldo, pese a sus continuos estirones, no conseguía destrabarlo. Una lucha furiosa se había armado entre los gatos para alcanzar aquel pez inalcanzable, o sea por el derecho a intentar alcanzarlo. Cada cual quería impedir a los demás el salto: se lanzaban uno contra otro, se acometían en pleno, rodaban abrazados, con chiflidos, lamentos, atroces maullidos, y a la postre una batalla que se desencadenó en un torbellino de hojas secas crepitantes.

Marcovaldo, tras muchos estirones inútiles, estaba ahora que el sedal se había soltado, pero se guardó muy mucho de halarlo: la trucha habría caído en medio de aquel zafarrancho de felinos enfurecidos.

Precisamente en aquel momento, de lo alto del muro del jardín empezó a caer una extraña lluvia: cabezas de pescados, colas y también cachos de pulmón y cordilla. Al instante los gatos se sustrajeron de la trucha colgada y se lanzaron sobre los nuevos bocados. Para Marcovaldo era la ocasión de tirar del hilo y recobrar su pescado. Pero, antes de que tuviera la presteza de moverse, de una persiana de un hotelito salieron dos manos amarillas y sarmentosas: una empuñaba una tijera, otra una sartén. La mano de la tijera se alza sobre la trucha, la mano con la sartén se coloca debajo. La tijera corta el hilo, la trucha cae en la sartén, manos tijera sartén se retiran, la persiana se cierra: todo en menos de un segundo. Marcovaldo no sale de su asombro.

- ¿También usted es amigo de los gatos? -Una voz a sus espaldas le hizo volverse. Estaba rodeado de mujerucas, muy viejas unas, tocadas con sombreros pasados de moda, otras más jóvenes, con aire de solteronas, y todas traían en la mano o en bolsa paquetes con restos de carne o de pescado y alguna incluso con una escudilla de leche-. ¿Me ayuda a echar este paquete al otro lado de la verja, para esos pobres animalitos? 

Todas las amigas de los gatos coincidían a aquella hora frente al jardín de las hojas secas para llevar comida a sus protegidos.

- ¡Pero, díganme, ¿por qué están todos aquí, los gatos? -se informó Marcovaldo.

- ¿Y dónde quiere que vayan? ¡Sólo este jardín es lo que ha quedado! Vienen aquí los gatos, incluso de otros barrios, de quilómetros a la redonda!

- Y lo mismo los pájaros -intervino otra-; en unos pocos árboles han tenido que refugiarse cientos.

- Y las ranas, metidas todas en ese estanque, de noche no paran de croar… Las oyen hasta el último piso de las casas de alrededor…

- Pero, ¿de quién es, ese hotelito? -preguntó Marcovaldo. Ahora, además de las mujerucas había junto la verja otra gente: el del poste de gasolina de cerca, los aprendices de un taller, el cartero, el verdulero, algún transeúnte. Y todos a una, las mujeres como los hombres, no se hicieron repetir la pregunta: cada cual metía cucharada, como siempre que se trata de algún tema misterioso y controvertible.

- Es de una marquesa, que vive ahí, pero no se la ve nunca…

- Le han ofrecido no sé cuántos millones, las inmobiliarias, y se niega a vender… 

- ¿Y qué queréis que haga, de tanto millón, una anciana sola en el mundo? Prefiere conservar la casa, aunque se le caiga a pedazos, antes que meterse en líos de mudanzas… 

- Es el único terreno sin edificar que queda en el centro… Aumenta de valor cada año… Buenas ofertas le han hecho…

- ¿Ofertas sólo? También requerimientos, amenazas, persecuciones… ¡Menudos son los contratistas!

- Y ella, firme que firme, año tras año…

- Es una santa… Sin ella, ¿dónde irían los pobres animalitos?

- ¡A saber lo que le importan los animalitos, a la tía avarienta! ¿Le habéis visto jamás darles algo de comer?

- Pero ¿qué va a dar a los gatos si no tiene ni para ella? ¡Es la última descendiente de una familia destronada!

- ¡Es que los odia, a los gatos! ¡La he visto correrlos a sombrillazos!

- ¡Otra! ¡Porque le pisotean las flores de los parterres!

- Pero ¿de qué flores habla? ¡Este jardín toda la vida lo he visto lleno de maleza! Marcovaldo comprendió que en punto a la anciana marquesa las opiniones no podían ser más dispares: unos la veían como una criatura angelical, otros como una avara y una egoísta.

- Y no digamos con los pájaros: ¡en jamás de los jamases ni una miga de pan!

- Les ofrece hospitalidad: ¿os parece poco?

- Igual que a los mosquitos, dirá usted. Vienen todos de ahí, del estanque. En verano los mosquitos nos comen vivos, ¡y todo por culpa de esa marquesa!

- ¿Y las ratas? Es una mina de ratas, esta villa. Debajo de las hojas secas tienen la madriguera, y de noche salen…

- Por las ratas no hay cuidado, ya se encargan los gatos…

- ¡Oh, vuestros famosos gatos! Si hubiéramos de confiar en ellos…

- ¿Por qué? ¿Qué tienen que decir de los gatos?

Aquí la discusión degeneró en una trifulca general.

- Deberían intervenir las autoridades: ¡requisar la villa! -gritaba uno.

- ¿Con qué derecho? -protestaba otro.

- En un barrio moderno como el nuestro, semejante chiribitil… Tendría que estar prohibido.

- Pero si yo escogí mi piso precisamente porque da a esta pizca de verde…

- ¡A saber qué verde! ¡Piense en el estupendo rascacielos que se podría levantar!

También Marcovaldo hubiera querido meter baza, pero no le daban ocasión. Al fin, de un golpe exclamó: -¡La marquesa, me ha robado una trucha!

La inesperada noticia prestó nuevos argumentos a los enemigos de la anciana, pero sus defensores la acogieron como una prueba de la indigencia en que se hallaba la desventurada aristócrata. Unos y otros estuvieron de acuerdo en que Marcovaldo debía llegarse a la casa y poner la cosa en claro.

No había modo de saber si la verja estaba cerrada con llave o simplemente entornada: quiera que sea, se abría a empujón limpio, con un chirrido quejumbroso. Marcovaldo se abrió entre las hojas y los gatos, subió por los peldaños al porche, llamó enérgicamente a la puerta.

En una ventana (la misma por la que asomara la sartén) se entreabrió un postigo de la persiana, y en aquel ángulo se vislumbró un ojo redondo y azulenco, un mechón con el color indefinible del cabello teñido, y una mano sarmentosa. Una voz que inquiría: -¿Quién es? ¿Quién llama? -llegó juntamente con una nube de olor a aceite frito.

- Yo, señora, marquesa, soy el de la trucha -explicó Marcovaldo-, no quisiera molestar, es sólo para decirle que la trucha, por si usted no lo sabe, el gato me la había robado pues soy yo el que la pescó, tanto es así que el sedal…

- ¡Los gatos, siempre los gatos! -cortó la marquesa, escondida tras la persiana, con una voz aguda y un tanto nasal-. ¡Todas mis desgracias vienen de los gatos! ¡No hay quien se lo llegue a figurar! ¡Prisionera noche y día de semejantes fieras! ¡Y con la cantidad de basura que la gente lanza por la tapia, para hacerme rabiar!

- Pero esa trucha mía…

- ¡Su trucha! ¡Y a mí qué me cuenta de su trucha! -y la voz de la marquesa se convertía casi en grito, como si quisiera cubrir la crepitación de aceite en la sartén que emanaba de la ventana a la vez que el olorcillo a pescado frito-. ¿Cómo quiere que me entienda con todo lo que me llueve en casa?

- Ya, pero la trucha, ¿la tiene o no?

- ¡Con la de perjuicios que tengo por culpa de los gatos! ¡Ah, no faltaría más! ¡Yo no respondo por nada! ¡Si tuviera que decir yo, lo que llevo perdido con esos gatos que me ocupan desde hace años casa y jardín! ¡Mi vida a merced de esas fieras! ¡Y vete a buscar a sus propietarios, a que te resarzan de los daños! ¿Daños? Una vida destruida: ¡aquí prisionera sin poder dar ni un paso!

- Pero, perdone, ¿quién le obliga a quedarse?

Por el portillo de la persiana aparecía ora un ojo redondo y turquí, ora una boca con dos dientes salientes, por un momento se vio la cara entera y a Marcovaldo le pareció confusamente un hocico de gato.

- ¡Ellos, me tienen prisionera, ellos y los gatos! ¡Vaya si me marcharía! ¡Lo que daba yo por un piso sólo para mí, en una casa moderna! Pero no puedo salir… ¡Me siguen, se me cruzan, me hacen tropezar! -La voz quedó en un susurro como si confiara un secreto-. Tienen miedo de que venda el terreno… No me dejan… no lo permiten. Cuando vienen los contratistas a proponer el negocio, tendría que verlos, ¡malditos gatos! ¡Se meten en medio, enseñan las uñas, incluso hicieron salir corriendo a un notario! Una vez tenía el contrato a punto, me disponía a firmar, y me cayeron desde la ventana, volcaron el tintero, hicieron trizas los papeles. Y de paso me arañaron… Aún me dura la señal… Aquí, abandonada a merced de semejantes diablos…

Marcovaldo se acordó en aquel momento de la hora, del almacén, del jefe de sección. Se alejó de puntillas por las hojas secas, mientras la voz seguía saliendo por entre las tablillas de la persiana envuelta en aquella nube como de aceite frito.

Llegó el invierno. Una floración de copos blancos adornaba las ramas y los capiteles y las colas de los gatos. Bajo la nieve las hojas secas se deshacían en légamo. Gatos se veían pocos, por aquellos parajes, y a las amigas de los gatos todavía menos; los paquetitos de espinas eran sólo para el gato que pasara a domicilio. Nadie, de algún tiempo a esta parte, había vuelto a ver a la marquesa. Por la chimenea del hotelito ya no salía humo.

Un día de nevada, al jardín habían vuelto muchos gatos como si fuera primavera, y mayaban como en noche de luna. Los vecinos comprendieron que algo había sucedido: se llegaron a la puerta de la marquesa. No contestó: estaba muerta.

En primavera el jardín estaba convertido en teatro de operaciones de una empresa de construcción. Las excavadoras habían profundizado mucho para dar lugar a la cimentación, el hormigón se vertía en los armazones de hierro, una altísima grúa alcanzaba barrotes a los operarios que levantaban el andamiaje. Pero ¿cómo diablos trabajar? Los gatos se paseaban por todos los andamios, hacían caer ladrillos y capachos de mezcla, andaban a la greña entre los montones de arena. En cuanto se intentaba levantar un caballete ya había un gato encaramado en lo más alto y con bufidos furiosos. Morrongos más socarrones trepaban a los hombros de los albañiles y dispuestos al ronroneo no había modo de echarlos. Y los pájaros continuaban anidando por todos lados, la caseta de la grúa estaba convertida en pajarera… Y no se podía sacar un balde de agua que no apareciera lleno del ranas que croaban y saltaban.


En Marcovaldo o sea las estaciones en la ciudad (Otoño. 19)[1966]
Traducido por Juan Ramón Masoliver
Barcelona, Ediciones Destino, 3° ed., 1985
Foto: IC en 1983 por Irving Penn