17 ago. 2012

Giorgio Manganelli - Rostro interrogativo





La señora que, vestida con precisión y cauta fantasía, más confiada en el ritmo de los miembros que en la adornada contaminación de las ropas, esa mujer que cruza la calle, con la mirada atenta al número de un autobús que cree que debe tomar, aunque no esté segura, ya que la esperan muchos objetivos, esa mujer es bastante joven aunque yo me niegue a dirigirle cualquier pregunta, y por tanto, en el acto mismo con que cruza la calle, recogiendo la efímera y neutra complicidad de los semáforos, imágenes de su vida se le pegan al cuerpo. Tal vez no la llamaríais una mujer guapa, ya que sois sensuales y efímeros —¡odiosos semáforos!—, pero no podéis dejar de admirar el gesto pesado y al mismo tiempo cuidado con que deposita su cuerpo sobre la calle.

Esta mujer ha amado a cuatro hombres: y ahora administra una vida solitaria pero no desierta. Faltan trescientos metros para la parada. Amó a su primer hombre cuando, todavía joven, se descubrió a sí misma dialogando con un hombre de música. Vacilo en llamarlo músico. Tal vez un genio, pero sin duda vulgar, un genio vulgar y callejero. Largas conversaciones construidas como grandes casas de campo sosegaron su risa y pacificaron sus quijadas. Después de este primer habitante, conoció a un cibernético miope y paciente; si el primero era una figura apresuradamente dibujada en la pared, y por lo tanto descubrible al cabo de los años, éste era fatuo, vil, elocuente. Ella se detuvo por amor a la elocuencia. El cibernético le dijo: «Espérame» y cruzó la calle.

Al cabo de dos años, cierto día que la mujer buscaba una cremallera, tuvo una aventura: ignora si por amor, distracción, apresuramiento o imperfecta consulta de los vocabularios. ¿Extranjero? No está segura. Tuvo de él un hijo. Ahí está. Amó después con locura a un cultivador de tulipanes, que jugaba a la lotería y creía que Dios tenía hipo. El hombre contemplaba a aquel hijo con suspicacia, oh no, sin odio.

Ahora que la mujer ha muerto —ya ha tomado aquel autobús, pero ahora la cosa carece de importancia— camina por los laberintos del Seol e intenta comprender por qué su hijo, que le sobrevive, dolorido y solitario, en la extraña curvatura de la tierra, nació de la aventura con un hombre cuyo nombre no recuerda. Por esto tiene ese extraño y atormentado rostro interrogativo, el mentón saliente, y un barrunto de risa metido en las pupilas.


En Centuria
Traducción de Joaquín Jordá