10 ago. 2012

Giorgio Agamben - El ser especial


Giorgio Agamben



Los filósofos medievales estaban fascinados por los espejos. En particular, se interrogaban acerca de la naturaleza de las imágenes que en ellos aparecían. ¿Cuál es su ser (o, sobre todo, su no-ser)? ¿Son cuerpos o no-cuerpos, sustancias o accidentes? ¿Se identifican con el color, con la luz o con la sombra? ¿ Están dotadas de movimiento local? ¿Y de qué modo el espejo puede acoger las formas?

Por cierto, el ser de las imágenes debe de ser muy particular, porque si fueran simplemente cuerpo o sustancia, ¿cómo podrían ocupar el espacio que ya está ocupado por ese cuerpo que es el espejo? Y si su lugar fuera el espejo, desplazando el espejo también deberían desplazarse con él las imágenes.

Ante todo, la imagen no es una sustancia, sino un accidente que no está en el espejo como en un lugar, sino como en un sujeto (quod est in speculo ut in subiecto). Ser en un sujeto es, para los filósofos medievales, el modo de ser de lo que es insustancial, es decir, lo que no existe de por sí, sino en alguna otra cosa (dada la proximidad entre la experiencia amorosa y la imagen, no sorprenderá mucho que tanto Dante como Cavalcanti definan en el mismo sentido el amor como "accidente en sustancia").

De esta naturaleza insustancial derivan, para la imagen, dos características. Dado que no es sustancia, ella no tiene una realidad continua ni puede decir que se mueva a través de un movimiento local. Ella más bien es engendrada a cada instante según el movimiento o la presencia de quien la contempla: "como la luz es creada siempre de nuevo según la presencia de lo alumbrante, así decimos de la imagen en el espejo que ella se genera cada vez según la presencia de quien mira".

El ser de las imágenes es una continua generación (semper nova generatur). Ser de generación y no de sustancia, ella es creada nuevamente a cada instante como los ángeles que, según el Talmud, cantan la alabanza de Dios y enseguida se hunden en la nada.

La segunda característica de la imagen es la de no ser determinable según la categoría de la cantidad; no ser propiamente una forma o una imagen, sino sobre todo una "especie de imagen o de forma (species imaginis et formae)", que en sí no puede ser larga ni ancha, sino que sólo "tiene una especie de largo y de ancho". Las dimensiones de la imagen no son, por ende, cantidades mensurables, sino solamente especies, modos de ser y "hábitos" (habitus vel disposiciones). Esto -la capacidad de referir sólo a un "hábito" o a un ethos- es el sentido más interesante de la expresión "ser en un sujeto". Lo que es en un sujeto tiene la forma de una especie, de un uso, de un gesto. No es nunca cosa, sino que es siempre y solamente una "especie de cosa".

El término species, que significa "apariencia", "aspecto", "visión" deriva de una raíz que significa "mirar, ver" y que se encuentra en speculum, espejo, spectrum, imagen, espectro, perspicuus, transparente, que se ve con claridad, speciosus, bello, que se da a ver, specimen, espécimen, ejemplo, señal, spectaculum, espectáculo. En la terminología filosófica, species es usado para traducir el griego eidos (como genus, género, para traducir genos), de aquí el sentido que el término adquirirá en las ciencias de la naturaleza (especie animal o vegeral) y en la lengua del comercio, dónde el término significará "mercancías", en particular en el sentido de "drogas", "especias" y, más tarde, dinero (especes).

La imagen es un ser cuya esencia es la de ser una especie, una visibilidad o una apariencia. Un ser especial es aquel cuya esencia coincide con su darse a ver, con su especie.

Ser especial es absolutamente insustancial. No tiene lugar propio, sino que le ocurre a un sujeto, y está en ese sentido como un habitus o un modo de ser, como la imagen está en el espejo.

La especie de cada cosa es su visibilidad, es decir su pura inteligibilidad. Especial es el ser que coincide con su hacerse visible, con su propia revelación.

El  espejo es el lugar en el que descubrimos que tenemos una imagen y, al mismo tiempo, que ella puede ser separada de nosotros, que nuestra "especie" o imago no nos pertenece. Entre la percepción de la imagen y el reconocerse en ella hay un intervalo que los poetas medievales llamaron amor. El espejo de Narciso es, en este sentido, el manantial de amor, la experiencia inaudita y feroz, de que la imagen es y no es nuestra imagen.

Si se elimina el intervalo, si nos reconocemos sin habernos desconocido y amado -aunque sea por un instante en la imagen, eso significa ya no poder amar, creernos dueños de la propia especie y coincidir con ella. Si se dilata indefinidamente el intervalo entre la percepción y el reconocimiento, la imagen es interiorizada como fantasma y el amor cae en la psicología.

Los medievales llamaron a la especie intentio, intención. El término nombra la tensión interior (intus tensio) de cada ser, que lo empuja a hacerse imagen, a comunicarse. La especie, en este sentido, no es otra cosa que la tensión, el amor con el cual cada ser se desea a sí mismo, desea perseverar en el propio ser, comunicarse a sí mismo. En la imagen, ser y desear, existencia y conato coinciden perfectamente. Amar a otro ser significa desear su especie; es decir, el deseo con que él desea perseverar en su ser. El ser especial es, en este sentido, el ser común o genérico y éste es algo así como la imagen o el rostro de la humanidad.

La especie no subdivide el género, lo expone. En ella, deseando y siendo deseado, el ser se hace especie, se hace visible. y ser especial no significa el individuo, identificado por ésta o aquella cualidad que le pertenecen de modo exclusivo. Significa, por el contrario, un ser cualquiera(1), es decir un ser tal que es indiferentemente y genéricamente cada una de sus cualidades, que adhiere a ellas sin dejar que nadie lo identifique.

"El ser cualquiera es deseable" es una tautología.

"Especioso" significa bello y, más tarde, no verdadero, aparente. Especie significa lo que hace visible y, más tarde, el principio de una clasificación y de una equivalencia. Hacer especie significa "asombrar, sorprender" (en sentido negativo); pero que los individuos constituyan una especie es tranquilizador.

Nada es más instructivo que este doble significado del término "especie". Ella es lo que se ofrece y se comunica a la mirada, lo que hace visible y, a la vez, lo que puede -y debe a toda costa- ser fijado en una sustancia y en una diferencia específica para poder constituir una identidad.

Persona significa originariamente máscara, es decir, algo eminentemente "especial". Nada muestra mejor el sentido de los procesos teológicos, psicológicos y sociales que invisten a la persona que el hecho de que los teólogos cristianos se hayan servido de este término para traducir el griego hypóstasis, es decir, para ligar la máscara a una sustancia (tres personas en una sola sustancia). La persona es la captura de la especie y su anclaje a una sustancia para hacer posible la identificación. Los documentos de identidad contienen una fotografía (u otro dispositivo para capturar la especie).

Lo especial tiene que ser reducido siempre a lo personal y éste, a lo sustancial. La transformación de la especie en un principio de identidad y de clasificación es el pecado original de nuestra cultura, su dispositivo más implacable. Se personaliza algo -se lo refiere a una identidad- sólo para sacrificar su especialidad. Especial es, de hecho, un ser -una cara, un gesto, un acontecimiento- que, sin parecerse a alguno, se parece a todos los otros. El ser especial es delicioso porque se ofrece por excelencia al uso común, pero no puede ser objeto de propiedad personal. De lo personal, en cambio, no son posibles el uso ni el gozo, sino que es sólo propiedad y celos.

El celoso confunde lo especial con lo personal; el bruto, lo personal con lo especial. La jeune filie es celosa de sí misma. La buena mujer se brutaliza a sí misma.

El ser especial comunica sólo la propia comunicabilidad. Pero ésta se separa de sí misma y se constituye en una esfera autónoma. Lo especial se transforma en espectáculo. El espectáculo es la separación del ser genérico; es decir, la imposibilidad del amor y el triunfo de los celos.

(1) [N. de T] Para una mejor comprensión del uso que da Giorgio Agamben a la noción de "qualunque", ver su libro La comunita che viene, Turín, Einaudi, 1990. (Hay traducción al español: La comunidad que viene, Valencia, Pre-textos, 1996).


En Profanaciones
Traducción de Flavia Costa y Edgardo Castro