18 ago. 2012

Christopher Hitchens - Breve digresión sobre el cerdo, o por qué el cielo detesta el jamón



Christopher Hitchens © William Coupon/Corbis


Todas las religiones tienden a contener algún mandamiento o prohibición en relación con la dieta, ya se trate del actualmente caduco mandamiento católico de comer pescado los viernes, de la adoración por parte de los hinduistas de la vaca como animal sagrado e invulnerable (el gobierno de la India llegó incluso a ofrecerse a importar y proteger a todo el ganado destinado al matadero como consecuencia de la epidemia de encefalopatía bovina o «enfermedad de las vacas locas» que asoló Europa en la década de 1990), o de la negativa de otros cultos orientales a consumir cualquier tipo de carne animal o a hacer daño a cualquier otra criatura, ya se trate de una rata o una pulga. Pero el fetichismo más antiguo y persistente es el odio, e incluso el miedo, al cerdo. Apareció en la primitiva Judea y durante siglos fue una de las maneras (la otra era la circuncisión) mediante las que se diferenciaba a los judíos.

Aun cuando la sura 5.60 del Corán condena expresamente a los judíos, pero también a los demás infieles, por haberse convertido en monos y cerdos (un motivo temático muy destacado en la predicación musulmana salafista reciente), y el Corán califica la carne de cerdo de impura o incluso de «abominable», los musulmanes parecen no percibir ninguna ironía en la adopción de este tabú exclusivamente judío. El auténtico horror al puerco se manifiesta en todo el mundo islámico. Un buen ejemplo de ello sería la prohibición permanente de la novela Rebelión en la granja, de George Orwell, una de las fábulas más exquisitas y valiosas de la modernidad, de cuya lectura se priva a los escolares musulmanes. He examinado con detenimiento algunas de las prohibiciones expresas redactadas por los ministros de educación árabes, que son tan estúpidos que son incapaces de percibir el papel maligno y dictatorial que desempeñan los cerdos en la historia.

De hecho, a Orwell le disgustaban los cerdos como consecuencia de su fracaso como pequeño granjero, y muchas personas que han tenido que trabajar con estos difíciles animales en granjas comparten este rechazo. Amontonados en pocilgas, los cerdos suelen actuar de forma canallesca, por así decirlo, y mantener ruidosas y desagradables peleas. En algunos casos han devorado a sus propias crías e incluso sus propios excrementos, mientras que su tendencia a exhibir cierta galantería indiscriminada y pródiga suele resultar desagradable a las personas más sensibles. Pero con frecuencia se ha informado de que, si se deja que los cerdos sigan sus inclinaciones naturales y se les asegura el suficiente espacio, se mantendrán muy limpios, construirán pequeñas enramadas, criarán familia y entablarán cierta interacción social con otros cerdos. Estas criaturas también hacen gala de muchos signos de inteligencia, y se ha estudiado que la proporción determinante (entre el peso del cerebro y el peso corporal) es casi tan elevada en ellos como en los delfines. El cerdo tiene mucha capacidad para adaptarse a su entorno, como atestiguan los verracos asilvestrados y los «cerdos salvajes» en contraposición a los gorrinos de crianza y los juguetones cochinillos más cercanos a nuestra experiencia de la especie. Pero esa pezuña partida, las manos del cerdo, se convirtieron en un símbolo diabólico para los temerosos, y me atrevería a decir que resulta fácil conjeturar qué fue primero, si el diablo o el cerdo. Sería absurdo preguntarse cómo el diseñador de todas las cosas concibió una criatura tan versátil y a continuación ordenó al mamífero superior, también de su creación, que lo evitara por completo si no quería contrariarle eternamente. Pero hay muchos mamíferos, inteligentes para otras cosas, a los que afecta la creencia de que el cielo detesta el jamón.

Espero que en este momento usted ya habrá imaginado lo que en cualquier caso sabemos: que esta selecta bestia es uno de nuestros primos más cercanos. Comparte gran parte de nuestro ADN, y recientemente los trasplantes a seres humanos de piel, válvulas cardíacas y riñones procedentes de cerdos han tenido una buena aceptación. Si existiera un nuevo doctor Moreau capaz de corromper los recientes avances de la clonación y crear un ser híbrido, algo que espero de todo corazón que no suceda, el miedo más generalizado sería el derivado de que el resultado más probable fuera el «hombre-cerdo». Mientras tanto, casi todo el cerdo es útil: desde su nutritiva y exquisita carne hasta su piel curtida para elaborar cuero o sus pelos para fabricar pinceles. En La jungla, la novela gráfica de Upton Sinclair sobre la actividad del matadero de Chicago, resulta angustioso leer cómo se cuelga a los cerdos de unos ganchos desde donde chillan cuando se les corta el pescuezo. Hasta los nervios de los trabajadores más acostumbrados a ello resultan afectados por la experiencia. Esos chillidos tienen algo...

Si lo llevamos un poco más lejos, podríamos observar que cuando se consigue que los rabinos y los imanes dejen en paz a los niños, estos se acercan mucho a los cerdos, sobre todo a los más pequeños; y que a los bomberos por regla general no les gusta comer cerdo asado ni crujiente. En Nueva Guinea y en otros lugares el término antiguo en lengua vernácula que se emplea para referirse a un ser humano asado significa «cerdo grande»: jamás he tenido la pertinente experiencia degustativa, pero parece que, cuando se nos ingiere, tenemos un sabor muy parecido al del cerdo.

Esto contribuye a reducir al absurdo las habituales explicaciones «seculares» de la prohibición judía original. Se afirma que la prohibición era al principio racional, puesto que la carne de cerdo en los climas cálidos puede volverse maloliente y alimentar a las larvas de la triquinosis. Esta objeción, que tal vez sí pueda aplicarse en el caso del marisco, no autorizado por las normas kosher, es absurda al analizar las condiciones reales. En primer lugar, la triquinosis se da en todos los climas, y de hecho en los climas fríos con mayor frecuencia que en los cálidos, y en segundo lugar, los arqueólogos pueden diferenciar fácilmente los asentamientos judíos de la Antigüedad de las tierras de Canaán por la ausencia de huesos de cerdo en sus basureros, en contraposición a su presencia en los depósitos de residuos de otro tipo de comunidades. Dicho de otro modo, los no judíos no enfermaban ni morían por comer cerdo. (Aparte de cualquier otra consideración, si hubieran muerto por ese motivo no habría habido necesidad alguna de que el dios de Moisés exhortara a su matanza a quienes no comían cerdo.)

Por consiguiente, debe de haber otra solución para este acertijo. Reivindico la mía propia porque es original, aunque tal vez no hubiera dado con ella sin la ayuda de sir James Frazer y del gran Ibn Warraq. Según muchas autoridades de la Antigüedad, la actitud de los primeros semitas hacia el cerdo era tanto de veneración como de repugnancia. Comer carne de cerdo se consideraba algo especial, incluso un privilegio con ciertos rasgos rituales. (Esta demencial confusión de lo sagrado y lo profano puede encontrarse en todos los cultos y en todas las épocas.) La atracción y repulsión simultáneas procedían de una raíz antropomórfica: el aspecto del cerdo, su sabor, sus chillidos agónicos y su evidente inteligencia recordaban demasiado desagradablemente al ser humano. La porcofobia y la porcofilia se originaron tal vez en la noche de los tiempos de los sacrificios humanos e incluso del canibalismo, del que los textos «sagrados» suelen hacer algo más que una insinuación. Nada que sea optativo, desde la homosexualidad hasta el adulterio, se castiga jamás a menos que quienes lo prohíben (y exigen castigos furibundos) sientan un deseo reprimido de participar. Como escribió Shakespeare en El rey Lear, el policía que azota a la prostituta tiene una necesidad imperiosa de utilizarla para la misma ofensa por la que él se aplica con el látigo.

La porcofilia también puede utilizarse para fines opresores y represivos. En la España medieval, donde se obligaba a los judíos y musulmanes a convertirse al cristianismo so pena de tormento y muerte, las autoridades religiosas sospechaban con bastante razón que muchas de las conversiones no eran sinceras. De hecho, la Inquisición nació en parte del santo pavor de que asistieran falsos fieles a misa, donde, por supuesto, e incluso con más asco aún, fingían comer y beber carne y sangre humana en la persona del propio Cristo. Entre las costumbres que nacieron como consecuencia de ello se encontraba la de ofrecer, tanto en los acontecimientos más formales como en los informales, una bandeja con productos de charcutería. Quienes han tenido la suerte de visitar España, o algún buen restaurante español, estarán familiarizados con este gesto de hospitalidad: literalmente, decenas de piezas de cerdo curado de diferente modo y cortado en lonchas de distinta forma. Pero el lúgubre origen de esta costumbre reside en la lucha permanente por descubrir la herejía y de mantenerse atento sin pausa a las delatoras manifestaciones de repugnancia. En las manos de los primeros fanáticos cristianos, hasta al apetecible jamón ibérico podía ser llamado a ejercer como una modalidad de tortura.

Hoy día, la estulticia de la Antigüedad vuelve a cernirse sobre nosotros. En Europa, los fanáticos musulmanes están exigiendo que se aparte de la inocente mirada de sus hijos a los tres cerditos, a la cerdita Peggy, a Piglet, de Winnie-the-Pooh, y a otros personajes y mascotas tradicionales. Tal vez los amargos cretinos de la yihad no hayan leído lo suficiente a Wodehouse para conocer a la emperatriz de Blandings y al gusto infinitamente renovado que experimenta el conde de Emsworth con las espléndidas páginas del incomparable autor de The Care of the Pig, el señor Whifle pero si llegan hasta ese extremo habrá problemas. En un arboreto de la Inglaterra conservadora y de clase media, una estatua de un jabalí macho ya ha sufrido en sus carnes el vandalismo islámico descerebrado.

A pequeña escala, este fetiche en apariencia trivial muestra cómo la religión, la fe y la superstición distorsionan nuestra imagen del mundo en su conjunto. El cerdo está tan próximo a nosotros, y ha sido tan accesible en tantos aspectos, que en la actualidad los humanistas están llevando a cabo una intensa campaña en contra de que se críe en granjas industriales, recluido, apartado de sus crías y obligado a vivir entre sus propias inmundicias. Dejando a un lado las demás consideraciones, la blanda y sonrosada carne resultante es un tanto repugnante. Pero esta es una decisión que podemos tomar bajo la clara luz de la razón y la compasión, considerándolos criaturas y parientes iguales, y no como consecuencia de hechizos procedentes de las fogatas de la Edad del Hierro en las que se ensalzaban ofensas mucho peores en el nombre de dios. «Cabeza de cerdo en un palo», dice el excitado pero tenaz Ralph ante el rostro del ídolo que zumba y supura (primero, asesinado y, después, adorado) erigido por unos colegiales crueles y atemorizados en El señor de las moscas. «Cabeza de cerdo en un palo.» Y tenía más razón de lo que hubiera imaginado; y era mucho más sensato que sus mayores, y más también que los jóvenes delincuentes que le rodeaban.



En Dios no es bueno
Traducción: Ricardo García Pérez
Imagen: © William Coupon/Corbis