15 jul. 2012

Pablo Neruda - Los dioses recostados



Pablo Neruda Imagen: © CORBIS


…Por todas partes las estatuas de Buda, de Lord Buda… Las severas verticales, carcomidas estatuas, con un dorado como de resplandor animal, con una disolución como si el aire las desgastara… Les brotan en las mejillas, en los pliegues de la túnica, en codos y ombligos y boca y sonrisa, pequeñas máculas: hongos, porosidades, huellas excrementicias de la selva… O bien las yacentes, las inmensas yacentes, las estatuas de cuarenta metros de piedra, de granito arenero, pálidas, tendidas entre las susurrantes frondas, inesperadas, surgiendo de algún rincón de la selva, de alguna circundante plataforma… Dormidas o no dormidas, allí llevan cien años, mil años, mil veces mil años… Pero son suaves, con una conocida ambigüedad metaterrena, aspirantes a quedarse y a irse… Y esa sonrisa de suavísima piedra, esa majestad imponderable hecha sin embargo de piedra dura, perpetua, ¿a quién sonríen, a quiénes, sobre la tierra sangrienta?… Pasaron las campesinas que huían, los hombres del incendio, los guerreros enmascarados, los falsos sacerdotes, los devorantes turistas… Y se mantuvo en su sitio la estatua, la inmensa piedra con rodillas, con pliegues en la túnica de piedra, con la mirada perdida y no obstante existente, enteramente inhumana y en alguna forma también humana, en alguna forma o en alguna contradicción estatuaria, siendo y no siendo dios, siendo y no siendo piedra, bajo el graznido de las aves negras, entre el aleteo de las aves rojas, de las aves de la selva… De alguna manera pensamos en los terribles Cristos españoles que nosotros heredamos con llagas y todo, con pústulas y todo, con cicatrices y todo, con ese olor a vela, a humedad, a pieza encerrada que tienen las iglesias… Esos Cristos también dudaron entre ser hombres y dioses… Para hacerlos hombres, para aproximarlos más a los que sufren, a las parturientas y a los decapitados, a los paralíticos y a los avaros, a la gente de iglesias y a la que rodea las iglesias, para hacerlos humanos, los estatuarios los dotaron de horripilantes llagas, hasta que se convirtió todo aquello en la religión del suplicio, en el peca y sufre, en el no pecas y sufres, en el vive y sufre, sin que ninguna escapatoria te librara… Aquí no, aquí la paz llegó a la piedra… Los estatuarios se rebelaron contra los cánones del dolor y estos Budas colosales, con pies de dioses gigantes, tienen en el rostro una sonrisa de piedra que es sosegadamente humana, sin tanto sufrimiento… Y de ellos mana un olor, no a habitación muerta, no a sacristía y telarañas, sino a espacio vegetal, a ráfagas que de pronto caen huracanadas, con plumas, hojas, polen de la infinita selva…


En Confieso que he vivido
Imagen: © CORBIS