2 jul. 2012

Giovanni Papini - Los mudos



Giovanni Papini © David Lees/CORBIS


Ha llegado a nuestra ciudad un maestro inesperado. Se llama Ariel y viene de una isla, de una de aquellas islas que los geógrafos no describen y que surgen de cuando en cuando de las aguas del mar a la voz de los poetas. Dicen que, hace mucho tiempo, Ariel estaba a las órdenes de un príncipe desterrado y que de él aprendió algunas de aquellas cosas que no se pueden oír más de una vez. Tal vez por esto tiene la costumbre, que ha parecido muy extraña, de no permitir que un hombre escuche por segunda vez sus lecciones. Acoge como oyente a cualquiera que se presente, con tal que no haya ido nunca antes. Si el mismo hombre vuelve, lo hace echar y nadie puede vanagloriarse de haberlo oído hablar dos veces.

«Hoy —decía para mí—, dirá, sin duda, cosas nuevas y maravillosas, porque todos los que salen de su casa se van por las calles pensativos y transfigurados como si regresaran de algún nacimiento divino. Pero mañana, acaso, dirá cosas todavía más extraordinarias. Pero, si voy mañana, no podré escucharlo el día en que revele la más inesperada, la más tremenda doctrina. No se trata de un maestro cualquiera, que se puede escuchar cuando se quiere y seguir durante años enteros. Cada uno de sus oyentes corre un riesgo de nuevo tipo y los arrepentimientos de lo desconocido son incurables.»

Durante muchos años, pues, no he ido a escuchar la palabra de Ariel. He pasado muchas horas a su puerta, indeciso, tembloroso, ansioso y temeroso al mismo tiempo. Cuando sus alumnos de un día salían de su casa, les preguntaba lo que les había dicho el maestro, pero ellos no contestaban. Me miraban como en sueños y se iban a pasos lentos e inciertos, como si se sorprendieran de encontrarse en nuestra ciudad, hecha de casas tan pesadamente sumergidas en la tierra.

Durante muchos días he vivido aquí, sin lograr vivir mi vida ordinaria, sin cuidarme de mis libros, sin besar a mi madre por la mañana y por la noche. Sin observar siquiera la aparición de las nuevas estrellas. Pero no he podido resistir más y, finalmente, he tirado también mi dado.

Ayer mañana, junto con muchos hombres que esperaban a su puerta, he entrado en la escuela de Ariel. Estaba en una gran sala, simple y desnuda, desde cuyas ventanas se columbran hileras de columnas; estaba de pie, apoyado contra una pared, y, aunque estamos en verano, cubierto por una gran capa. Creo que la lleva para esconder las alas, porque sus ojos parecen acostumbrados a mirar siempre desde arriba, por encima de las montañas: ojos fijos, fríos, serenos, planetarios.

En cuanto hemos entrado todos nos ha mirado uno a uno y ha echado a dos jóvenes, dos hermanos, que habían estado allí otra vez ya. Habían intentado esconderse entre los demás, pero parece que su poder de reconocer las caras es milagroso. Apenas los dos han salido, ha hecho cerrar la puerta y se ha quedado durante unos instantes silencioso.

Todos estábamos de pie como él. En la habitación no se oía otro ruido que el de nuestras respiraciones expectantes.

De repente, Ariel ha empezado a hablar con voz fuerte y distinta:

«Hoy hablaré del hombre y de su gran miseria. Nadie de ustedes sabe cuál es la gran miseria. ¡Cuántos los han compadecido, advertido o maldecido! Algunos han descrito todas sus llagas secretas en sus libros, y otros los han despreciado tanto, que ni siquiera han podido llorar. De su miseria han nacido elegías de poetas, desesperaciones de solitarios, discursos de santos, teorías de suicidas y nadie ha conocido la grande, inmensa, suprema miseria de ustedes.

»¿Son acaso infelices porque se mueren? Todas las cosas mueren y renacen en el mundo. ¿Son infelices porque sus alegrías son breves y sus dolores eternos? El dolor los salva de la saciedad, los mantiene puros, los eleva al conocimiento. ¿Son infelices porque no pueden hacerlo todo? Serían bastante más infelices si todos tuvieran el poder de ustedes.

»Su infelicidad no consiste en esto. Su miseria es otra, y nadie, hasta hoy, les ha dicho cuál es. Y he aquí que yo puedo decírsela y voy a decírsela a ustedes.

»¡Los hombres son mudos! He aquí su gran, suprema y única miseria. Los hombres son mudos, no saben hablar, no saben contestar. Si los hombres hubieran hablado, este mundo habría dejado de existir y ellos no sufrirían más. Pero, hasta ahora, han estado mudos, obstinada y estúpidamente mudos, y sólo por eso continúa su vida presente y su miseria eterna.

»Ustedes no comprenden mis palabras, lo sé. Veo en sus corazones la duda y en sus labios el deseo de una risa. Sin embargo, no serán capaces de sonreír cuando hayan comprendido lo que quiero decir.

»Yo sé que muchos de ustedes encuentran este mundo demasiado igual a sí mismo, fastidioso, lleno de costumbres, melancólicamente monótono. Veo entre ustedes a un joven pálido, vestido de negro, lector de las obras completas de Byron, predestinado al suicidio, y que muchas veces, a solas y con los demás, se ha abandonado a semejantes lamentaciones. Siempre el sol que ilumina, el agua que corre, la luna que aparece y desaparece, los pájaros que cantan, las mujeres que aman, las flores que se abren y luego se marchitan, los hombres que se engañan, las campanas que tocan en la aurora y al crepúsculo, las naves que zarpan y luego vuelven al puerto, los días que siguen a las noches, y todo esto para siempre, para toda la vida, desde el día de los primeros gemidos al de los últimos gemidos. También rodando por la tierra y conociendo hombres nuevos y buscando sensaciones no experimentadas, se acaba descubriendo por todas partes la universal constancia de las cosas, la tediosa uniformidad de los actos mal enmascarados con nombres diversos, la fundamental unidad de nuestra pequeña vida de animales momentáneos. El día de hoy es semejante al que le sigue; cada año vuelve a traer las mismas estaciones y los mismos acontecimientos de sol y de viento, de calor y de tempestad; cada vida humana se puede narrar con pocas palabras, siempre las mismas: nació, sufrió, amó, esperó, murió.

»Así hablan los hombres que ya no son niños y que no se dejan emborrachar por los juegos peligrosos de la vida. Pero éstos no han comprendido todavía la gran miseria. Creen haber llegado al fondo de la copa de las amarguras y, en cambio, apenas si se han acercado al borde y se han retirado con el deseo de suprimir la vida, el mundo y ellos mismos.

»Pero ¿quién les enseñará el camino del fin, si no han comprendido el sentido del mundo y la profunda razón de la monotonía del mundo?

»El mundo es monótono, el mundo es continuamente igual a sí mismo, el mundo se repite. Todo eso es muy cierto, y todo eso tiene su razón. El mundo se debe repetir, y el mundo se repite, y la culpa es de los hombres, de los hombres, que son mudos, que no saben responder.

»Sepan, pues, de una vez, ¡oh alumnos de este día!, que el mundo no es más que un discurso, un largo y complicado discurso, enorme, oscuro, secular, que espera una respuesta. Hay alguien que quiere decir algo a los hombres y no habla la lengua de los hombres. Habla por símbolos, por medio de las cosas, de los hechos, de los acontecimientos. El universo es su discurso, es su palabra hecha carne, hecha tierra, hecha planta, hecha sol; es su palabra misteriosa, que desde hace siglos y siglos va del cielo a la tierra sin que ninguno de ustedes la escuche o la comprenda. Y por eso, y no por otra razón, este discurso se repite y vuelve a decir para cada vida las mismas cosas, las mismas eternas cosas. El mundo es monótono porque es un discurso que se repite, y se repite porque ninguno de ustedes sabe responder, porque son mudos.

»Ustedes miran el mundo, lo copian, lo describen, lo usan para las necesidades de la vida, pero nunca piensan en escucharlo. A ninguno se le ocurre que el mundo le habla, que le dice algo, que espera de ustedes alguna respuesta. Conciben el mundo como un almacén o una hacienda, como una casa de pena o de alegría, pero nunca han pensado que acaso el mundo es una voz, una voz que repite insistentemente ciertas preguntas, una voz dirigida a los oídos, al alma de ustedes; una voz desesperada, cansada, que invoca e implora de ustedes una respuesta. ¿Por qué creen que los ruiseñores se desfogan siempre con los mismos gorjeos, y que las ranas dejan oír siempre su ritmo angustioso, y el viento la misma respiración sonora, y el agua la misma fresca voz? ¿Para qué creen que las golondrinas trazan en el aire, con sus vuelos innumerables, círculos y jeroglíficos? ¿Para qué pasa el sol lentamente cada día, sobre nuestras cabezas, siguiendo el mismo camino? ¿Para qué se disponen cada noche en el cielo las estrellas para formar esas constelaciones, esas cifras siderales que dicen desde hace infinito tiempo la misma frase? ¿Para qué creen que los árboles vuelven a florecer cada primavera e intentan comunicarnos las mismas divinas verdades con sus flores de color inmutable?

»Todo cuanto aparece, todo cuanto reaparece forma parte del mismo discurso. Los retornos de las cosas son repeticiones de palabras y de frases idénticas. El que les habla tiene paciencia. No lo humilla su silencio. Repite hasta lo infinito sus preguntas —o sea el universo— y no desespera de que un día le respondan. Cuando le hayan respondido, el mundo actual acabará de repente y, con él, acabará la vida de ustedes. Entonces comenzará un nuevo discurso; la palabra creará una nueva tierra, un nuevo cielo, y el diálogo maravilloso entre el hombre y Dios proseguirá sin descanso. Ahora les toca a ustedes hablar. Desde hace miles y miles de años la voz habla y ustedes son mudos. Desde hoy, esforzaos por cumplir el mundo como una serie de palabras. Agucen el oído, fijen la mente, elévense hasta el oscuro lenguaje. Cuando dejen de ser mudos, su gran miseria será un recuerdo y una nueva página del universo se habrá pasado. Les he dado el miedo, creen ustedes la esperanza.»

Sólo recuerdo esto del discurso de Ariel. Pero ¿quién podría repetir sus palabras una a una, tal como salieron fuertes y terribles de su boca? Ninguno de nosotros tuvo el valor de mirarlo o de hablarle después que calló, y nos encontramos de nuevo en la calle, pensativos y como en sueños, como hombres que volvieran de un nacimiento divino. Por el camino, un hombre me detuvo y me preguntó temblando qué había dicho aquel día el maestro.

Yo lo miré sin verlo y seguí adelante sin pronunciar palabra.


En El piloto ciego
Traducción: Paloma Alonso Alberti
Imagen: © David Lees/CORBIS