28 jul. 2012

Agota Kristof: Tres textos de "El gran cuaderno" (1986)






El rebaño humano

Hemos ido a buscar nuestra ropa limpia a la rectoría. Comemos pan con mantequilla con la sirvienta en la cocina. Oímos gritos que proceden de la calle. Dejamos las rebanadas de pan y salimos. La gente está delante de sus puertas y mira en dirección a la estación. Unos niños emocionados corren y gritan:
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
En la esquina de la calle aparece un jeep militar con unos oficiales extranjeros. El jeep rueda lentamente, seguido por unos militares que llevan los fusiles en bandolera. Detrás, una especie de rebaño humano. Niños como nosotros. Mujeres como nuestra madre. Viejos como el zapatero.
Son doscientos o trescientos que van avanzando, rodeados por los soldados. Algunas mujeres llevan a sus niños pequeños a la espalda, encima de los hombros o apretados contra su pecho. Una de ellas cae; unas manos cogen al niño y a la madre y les ayudan, ya que un soldado les ha apuntado ya con su fusil.
Nadie habla, nadie llora: los ojos están fijos en el suelo. Solamente se oye el ruido de los zapatos claveteados de los soldados.
Justo delante de nosotros un brazo delgado sale de la multitud, se tiende una mano sucia, una voz pide:
—Pan.
La sirvienta, sonriente, hace el ademán de ofrecer el resto de su rebanada, la acerca a la mano tendida y después, con una risotada, se lleva el trozo de pan a la boca, lo muerde y dice:
—¡Yo también tengo hambre!
Un soldado que lo ha visto todo le da una palmada en las nalgas a la sirvienta, le pellizca la mejilla y ella le hace señas con el pañuelo hasta que no vemos más que una nube de polvo en el sol poniente.
Volvemos a la casa. Desde la cocina vemos al señor cura arrodillado delante del gran crucifijo de su habitación.
La sirvienta dice:
—Acabaos el pan.
Le decimos:
—Ya no tenemos hambre.
Nos vamos a la habitación. El cura se vuelve:
—¿Queréis rezar conmigo, hijos?
—No rezamos nunca, ya lo sabe. Queremos comprender.
—No podéis comprenderlo. Sois demasiado jóvenes.
—Pero usted no es demasiado joven. Por eso le preguntamos: ¿quién es toda esa gente? ¿Adónde se los llevan? ¿Por qué?
El cura se levanta, viene hacia nosotros. Dice, cerrando los ojos:
—Los caminos del Señor son inescrutables.
Abre los ojos, nos pone las manos en las cabezas:
—Es muy lamentable que os hayáis visto obligados a asistir a semejante espectáculo. Os tiembla todo el cuerpo.
—A usted también, señor cura.
—Sí, soy viejo, tiemblo.
—Y nosotros tenemos frío. Hemos venido con el torso desnudo. Vamos a ponernos una de las camisas que ha lavado su sirvienta.
Vamos a la cocina. La sirvienta nos tiende el paquete con nuestra ropa limpia. Cogemos una camisa cada uno. La sirvienta dice:
—Sois demasiado sensibles. Lo mejor que podríais hacer es olvidar lo que habéis visto.
—Nosotros no olvidamos nada, nunca.
Ella nos empuja hacia la salida.
—¡Venga, tranquilizaos! Todo esto no tiene nada que ver con vosotros. A vosotros nunca os pasará eso. Esa gente de ahí son como animales.


Nuestro primer espectáculo

La sirvienta canta a menudo. Canciones populares antiguas y canciones nuevas de moda que hablan de la guerra. Escuchamos las canciones, las repetimos con nuestra armónica. Pedimos también al ordenanza que nos enseñe canciones de su país.
Una noche, tarde, cuando la abuela ya se ha acostado, nos vamos al pueblo. Junto al castillo, en una calle vieja, llegamos a una casa baja. Ruido, voces y humo proceden de la puerta que se abre a una escalera. Bajamos los escalones de piedra y desembocamos en una bodega dispuesta como bar. Unos hombres, de pie o sentados en bancos de madera y toneles, beben vino. La mayor parte son viejos, pero también hay algunos jóvenes, así como tres mujeres. Nadie nos hace el menor caso.
Uno empieza a tocar la armónica y el otro a cantar una canción conocida, donde se habla de una mujer que espera a su marido que se fue a la guerra y que volverá pronto, victorioso.
La gente, poco a poco, se vuelve hacia nosotros: las voces se callan. Nosotros cantamos, tocamos cada vez más fuerte, oímos resonar nuestra melodía, hacer eco en la bóveda de la bodega, como si fuese otro el que tocase y cantase.
Una vez terminada nuestra canción, levantamos los ojos hacia los rostros cansados y vacíos. Una mujer ríe y aplaude. Un hombre joven a quien le falta un brazo dice con voz ronca:
—Seguid. ¡Tocad otra cosa!
Intercambiamos los papeles. El que antes tocaba la armónica se la pasa al otro, y empezamos otra canción.
Un hombre muy delgado se acerca a nosotros tambaleándose y nos grita a la cara:
—¡Silencio, perros!
Nos empuja brutalmente uno a la derecha y el otro a la izquierda; perdemos el equilibrio, se nos cae la armónica. El hombre sube por la escalera apoyándose en la pared. Le oímos gritar todavía desde la calle:
—¡Que se calle todo el mundo!
Recogemos la armónica, la limpiamos. Alguien dice:
—Está sordo.
Otro dice:
—No sólo está sordo. También está completamente loco.
Un viejo nos acaricia el pelo. Unas lágrimas salen de sus ojos hundidos, bordeados de negro.
—¡Qué desgracia! ¡Qué mundo de desgracias! ¡Pobres niños! ¡Pobre mundo!
Una mujer dice:
—Sordo o loco, el caso es que ha vuelto. Y tú también has vuelto.
Se sienta encima de las rodillas del hombre a quien le falta un brazo. El hombre dice:
—Tienes razón, guapa, he vuelto. Pero, ¿cómo voy a trabajar? ¿Con qué voy a sujetar las tablas para serrarlas? ¿Con la manga vacía de mi chaqueta?
Otro joven, sentado en un banco, dice, riendo:
—Yo también he vuelto. Sólo que estoy paralizado por abajo. Las piernas y todo lo demás. Ya no me empalmaré nunca más. Habría preferido morirme de golpe, mira, quedarme allí, de una vez.
Otra mujer dice:
—No estáis contentos nunca. Los que veo morir en el hospital dicen: «fuese cual fuese mi estado, me gustaría sobrevivir, volver a mi casa, ver a mi mujer, a mi madre, no importa cómo, vivir un poco más aún».
Un hombre dice:
—Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra.
La mujer dice:
—¿Que no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos... Vosotros, una vez acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido; ¡hacedla pues, héroes de mierda!
Todos se pusieron a hablar y a gritar. El viejo, cerca de nosotros, dijo:
—Nadie ha querido esta guerra. Nadie, nadie.
Nosotros salimos de la bodega; decidimos volver a casa.
La luna ilumina las calles y la carretera polvorienta que lleva a casa de la abuela.


El final de la guerra

Durante unas semanas vemos desfilar ante la casa de la abuela al ejército victorioso de los nuevos extranjeros, a los que ahora se llama el ejército liberador.
Tanques, cañones, carros, camiones atraviesan la frontera noche y día. El frente se aleja cada vez más y más al interior del país vecino.
En sentido inverso, llega otro desfile: los prisioneros de guerra, los vencidos. Entre ellos muchos hombres de nuestro país. Llevan todavía uniforme, pero no tienen armas ya, ni galones. Van a pie, con la cabeza baja, hasta la estación donde les embarcan en vagones. Hacia dónde y por cuánto tiempo, eso nadie lo sabe.
La abuela dice que se los llevan muy lejos, a un país frío y deshabitado donde les obligarán a trabajar tan duro que no volverá ninguno de ellos. Morirán todos de frío, de cansancio, de hambre y de todo tipo de enfermedades.
Un mes después de que nuestro país haya sido liberado, la guerra ha acabado en todas partes y los liberadores se instalan en nuestro país para siempre, según dicen. Entonces le pedimos a la abuela que nos enseñe su idioma. Ella dice:
—¿Cómo queréis que os lo enseñe? No soy profesora.
Nosotros le decimos:
—Es muy sencillo, abuela. Sólo tienes que hablarnos en ese idioma todo el día y acabaremos por entenderte.
Pronto sabemos lo suficiente para servir de intérpretes entre los habitantes y los liberadores. Aprovechamos para comerciar con los productos que el ejército posee en abundancia: cigarrillos, tabaco, chocolate. Los cambiamos por lo que poseen los civiles: vino, aguardiente, fruta.
El dinero ya no tiene valor, todo el mundo hace trueque.
Las chicas se acuestan con los soldados a cambio de medias de seda, joyas, perfumes, relojes y otros objetos que los militares han cogido en las ciudades que han atravesado.
La abuela no va ya al mercado con su carretilla. Son las damas bien vestidas las que vienen a casa de la abuela a suplicarle que les cambie una sortija o unos pendientes por un pollo o un salchichón.
Se distribuyen cartillas de racionamiento. La gente hace cola delante de la carnicería y la panadería desde las cuatro de la mañana. Las demás tiendas permanecen cerradas, a falta de mercancías.
A todo el mundo le falta de todo.
A la abuela y a nosotros no nos falta de nada.
Más tarde, tenemos de nuevo un ejército y un gobierno propio, pero son los liberadores quienes dirigen nuestro ejército y nuestro gobierno. Su bandera ondea en todos los edificios públicos. La foto de su líder aparece por todas partes. Nos enseñan sus canciones, sus bailes, proyectan sus películas en nuestros cines. En los colegios el idioma de los liberadores es obligatorio, mientras que las demás lenguas extranjeras están prohibidas.
Contra nuestros liberadores o contra nuestro gobierno no está permitida ninguna crítica ni broma. Con una simple denuncia se lleva a la cárcel a cualquiera, sin procesos y sin juicios. Hombres y mujeres desaparecen sin que se sepa por qué, y su familia no vuelve a tener nunca noticias suyas.
Reconstruyen la frontera. Ahora es infranqueable.
Nuestro país está bordeado de alambre de espinos; estamos totalmente separados del resto del mundo.


En Claus y Lucas (trilogía)
Traductor: Ana Herrera Ferrer
©1988, Agota Kristof
©2007, El Aleph Editores, S.A
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis