23 jun. 2012

Pierre Michon: Volvemos a la Vulgata





Volvemos a la Vulgata.

Dicen que Arthur Rimbaud, en ese combate en el que pugnaba pie ante pie con el hada mala, pues es posible que el obturador del tabuco interno no estuviese cerrado del todo, hizo para sacudírsela de encima alguna escapada que otra por la campiña de las Ardenas; y que, en circunstancia tal, sus zancadas lo condujeron hasta rincones solemnes y tétricos como cañonazos, como pañuelos metidos en la boca, Warcq, Voncq, Warnécourt, Pussemange, Le Theux; y que estaba hambriento de esos lugares, esos pañuelos y esos cañonazos, y los versos que iba dejando caer por el camino así lo decían; y que tenía un apetito voraz y distraía el hambre con piedrecitas cadenciosas, y era ogro y Pulgarcito, tal y como lo afirma su leyenda. Dicen que una escapatoria de mayor alcance, un sueño, a finales de verano, lo condujo hasta Bélgica, por las inmediaciones de Charleroi, recorriendo senderos en que probablemente había moras, molinos en los árboles, fábricas que se alzaban al final de un campo de avena, y nunca sabremos con exactitud por dónde pasó, ni dónde su joven mente cazó al vuelo determinado cuarteto más conocido hoy en este mundo que Charleroi, ni dónde se le quedó en la mano el lazo del zapatón, bajo la Osa Mayor, pero sabemos que, de regreso, se detuvo en Douai, en casa de las tías de Izambard, tres dulces Parcas en lo hondo de un jardín grande, modistas, hostigadoras de piojos, y que esos días en un jardín grande, a finales de verano, fueron los más hermosos de su vida, los únicos hermosos quizá. Dicen también que en ese jardín escribió ese poema que todos los niños saben, en el que convoca a sus estrellas igual que silbamos para que acudan nuestros perros, en el que acaricia a la Osa Mayor y se tiende a su lado; y ese final de verano no fue sino cadencia, casi siempre de doce pies, y él, colgado de la varilla en el Septentrión, aunque, al tiempo, con ambos pies bajo la mesa en la posada verde, conseguía que todo cupiera a la vez en la varilla, la bonita muchacha que sirve el jamón, la glorieta en donde se come ese jamón, y la Estrella Polar que sube por el cielo hasta situarse encima. Y todo ello es dicha pura. Es la sencillísima manifestación de lo verdadero, que se parece a Dios o a una niña muerta, tras un macizo de flores en septiembre. Dicen que hubo, ante todo, dos escapatorias, pero sin estrellas, lejos de los jardines, lejos de lo verdadero, que lo condujeron hasta París. Y nadie lo estaba esperando.

Existe la duda de si en París combatió junto con los partidarios de la Comuna; de si sintió el placer y el temor de estar apuntando con un fusil de aguja a un enemigo patente, la maldad en carne y hueso, es decir, y de propina, un pobre infeliz de alguna zona rural remota a quien había entregado el señor Thiers en Versalles penacho y fusil; y la duda de si, con los dos platillos antitéticos sonándole a todo sonar en el corazón, llegó a disparar; o de si fue un tamborcillo en lo más alto de la barricada; y de si, al pie de la barricada, compartió rancho con los míseros, los obscenos, los lelos inofensivos, y fumó picadura con ellos; hay a quien le agradaría mucho creer tal cosa, pero bien parece que no es posible. Esa historia está en Los miserables del Viejo, y no en la vida de Arthur Rimbaud. Pudo ser partidario de la Comuna o no serlo, pero el caso es que volvió a Charleville condecorado con unos cuantos huevos fritos sobre el corazón. Dicen que desde Charleville, en mayo, el 15 de mayo, escribió a Paul Demeny, poeta de Douai, autor de Las espigadoras, a quien también los nitratos de plata aprehendieron de forma definitiva e hicieron llegar hasta nosotros por razones que nada tienen que ver con el libro de poemas Las espigadoras, y en esa foto, en la página cincuenta y cuatro, después de la de Izambard, después de la de Banville, vemos la perilla del poeta, los quevedos pequeños, la melena al viento, el arrogante perfil, la mirada clavada deliberadamente en la lontananza del horizonte azul de las glorias póstumas: es sabido que Rimbaud envió a ese destinatario famoso y con muy pocos méritos para serlo, famoso porque recibió en una ocasión diez o veinte cuartillas, esa carta a la que llaman del Vidente, que es un avatar de la veterana justificación idealista, voluntariosa, misionera, maga, del poeta; fanfarronada, cortina de humo pro domo, que luce el atuendo recién estrenado del orfismo democrático, pues lo que pretende es agradar a los poetas de Douai, y a los demás, aunque la carta es mucho más que eso, porque la escribe un muchacho que hace cuanto puede por creer fervientemente en lo que escribe. Pero, trátese de una fanfarronada o de un rasgo de genialidad, leemos la carta y la rumiamos, inclinados sobre nuestros escritorios de poetas, la contestamos, igual que lo hizo la primera vez Demeny: pues «dar con una lengua» y «hacerse vidente» son palabras literales de esa carta. Y todas esas cosas que estaban en el aire desde hacía veinte años, o dos siglos, esas cosas que ya dijeron de forma más o menos escandalosa el chaleco rojo, el Viejo, y el otro chaleco rojo, el auténtico, el que lucía de verdad un chaleco rojo bajo el frac en la algarada de Hernani, Gautier, y que también dijeron Baudelaire, que llevaba un chaleco negro y largo, y Nerval, y Mallarmé, todas esas cosas se dicen aquí de forma más convincente, más juvenil, más belicosa: y es, pues, justo que, en nuestros escritorios de poetas, estemos tácitamente de acuerdo en que aquí se dicen por vez primera. A nosotros nos parece algo nuevo, sempiternamente nuevo; pero quiero creer fervientemente que, para Rimbaud, eran ya antiguallas poéticas en el preciso instante en que echó la carta al buzón, quizá en el preciso instante en que la estaba firmando, por mucho que se esforzase en creer fervientemente en todo aquello. Dicen que envió al joven Verlaine una carta del mismo tenor, voluntariosa, cautivadora, espléndida; no se ha conservado. Dicen que Verlaine mordió el anzuelo y se lo tragó del todo; y que a finales de otro verano, en septiembre de 1871, un tren soltó por tercera vez a Rimbaud en París; pero, esta tercera vez, es probable que Cros y Verlaine estuvieran esperando a aquel queridísimo corazón cabal en la estación del Este; y Rimbaud, en el bolsillo de aquel pantalón demasiado corto por el que le asomaban los calcetines de perlé azul, lo sabemos de buena tinta, que el hada mala le había tejido sintiendo por él algo de lo que no estamos seguros, amor quizá, en aquel bolsillo llevaba los deberes impecablemente hechos de El barco ebrio pulidos y repulidos de cabo a rabo para agradar al Parnaso y ser, en ese Parnaso, el primero.

Verlaine, sabido es, entra en esta historia tocado con sombrero derby y en el andén de la estación del Este; y su historia personal entra ahora en derechura en la prisión de Mons, el tonel de ajenjo y la baladronada trágica, el jergón y la Leyenda Dorada; y, junto al jergón, monjas de calendario, putas y aquel jovencito, Létinois, que era una muchacha muy bien plantada; pero a todos, por muy menesterosos que fueran, los vemos inclinarse hacia Verlaine, que se halla aparentemente mucho más abajo que ellos, como si anduviera tirado por los suelos; pues él también se vio rebajado y dio en tierra, igual que Izambard.

Cierto es que no necesitaba para nada a Rimbaud; tenía ya edad suficiente para liquidarse a sí mismo y gran empeño en hacerlo; pero Rimbaud fue el pretexto soñado, la piedra en la que tropieza un destino. Y, más que ninguna otra cosa en el mundo, a Verlaine le gustaba tropezar.

Por el momento, luce sombrero derby, duerme en una estupenda cama con una mujer hermosa. Sólo él sabe que tropieza a cada paso, es joven y todavía no se le nota. Dicen que, con o sin sombrero, tropezando o sin tropezar, agradó a Arthur Rimbaud y, ciertamente, fue algo recíproco: sin disimulos, sin más reserva mental que la pretensión de cada uno de ser el primero, cosa que admitían ante el otro, sabemos que les gustaban sus mutuos escritos, que se tomaban mutuamente por videntes, o hacían como si lo creyesen porque por aquel entonces estaba de moda suponer que de la videncia, nebulosa, inefable, secreta, postulada, nacían los poemas más rotundos, los soberbios sistemas semejantes a sistemas planetarios, donde en doce sílabas crecen árboles, en los que el universo se encarna; y de esa encarnación segunda ambos se decían que quizá el otro poseía la llave. Ambos se alegraron al percatarse de que esa llave, si es que existía, estaba en manos de un compadre que les caía simpático. Pero es sabido que pocos días después de la estación del Este, jóvenes ambos y exaltados, se gustaron de forma diferente: y sucedió que a veces, en un cuarto oscuro tras las contraventanas cerradas, estuvieron ambos desnudos, erguidos ante el otro, y, rebasando las armonías y los números fruto de la videncia, rebasando todo poema, se entendieron; tras esas contraventanas brincaron marcando los pasos de la antigua danza de los cuerpos desnudos, buscándose mutuamente la flor del ojo moreno; y, habiéndola encontrado, a ese dique se arrimaron y, suspendidos de ese mástil que no era la varilla, sucedió que a veces se estremecieron y se desvanecieron por unos instantes de este mundo, del cuarto oscuro, de las contraventanas de septiembre, y sus cuerpos se expandieron universalmente sin dejar por ello de concentrarse totalmente en el mástil, con la mirada muerta y la lengua perdida. Y esa primera danza que juntos trenzaron, sin que sepamos ni dónde ni cómo, de cuya turbación sabe todo el mundo, ese trajín doméstico del palo mayor levantó por el mundo de las letras un vendaval tan fuerte como la tempestuosa ola de Hernani, pues los hombres de letras son fútiles. No cabe, empero, duda alguna de que acontecimiento tal, ya fuera tempestad o brisa, oreó los escritos de Arthur Rimbaud y les resultó beneficioso: pues el joven había estado muy hambriento de esa danza, de la flor de ese ojo, que quizá andaba buscando por las inmediaciones de Charleroi el verano anterior, y, al no encontrarla, para engañar el hambre y convocarla, fue dejando caer piedrecitas por el sendero: cierto es que las piedrecitas resultan muy gratas, pero no le bastan a una Obra que es de la raza de los ogros; y si la longitud de la varilla no da cabida también, además de a la bonita muchacha y la posada verde, además de a la Wanderlust bajo el frufrú de las estrellas, si la varilla no da cabida también a la sombría, la ridícula flor del ojo moreno, es que la aleación de la varilla es mala, y se doblará, como se doblaba en manos de Banville.

Dicen que ese amor se les metió en el alma y acabó mal, como suele suceder cuando se mete el amor en el alma; dicen también que, al tocar todos los palillos e interpretar todos los papeles, el de amante, el de compadre, el de poeta, sacaron de quicio a la esposa, a la auténtica, a la de Verlaine, con las mil tretas arteras que dicta el ajenjo; pues eran unos bromistas; pulsaron cuanto pudieron la cantarela del destino poético, esa misma que, en resumidas cuentas, tanto pulsó Baudelaire hasta que se atascó en el famoso me cago en diela; hay quien piensa que, de los dos, era Rimbaud el que más la pulsaba; y la esposa tenía a su favor la ya antigua cantarela de Eva, que no tolera que le vengan con esas coplas: de forma tal que las vomitonas órficas a cuatro patas a las cuatro de la mañana en las escaleras conyugales dieron pie a la ya antigua penitencia conyugal, y la mujercita de Verlaine lo puso de patitas en la calle. Cuentan que los dos poetas, expulsados de aquel paraíso conyugal, tras muchas vueltas y revueltas y muchas evasivas de borracho en casa de Cros, en casa de Banville, en el Hotel de los Forasteros, donde paraban los miembros del grupo de los Zutistes, tomaron el camino del Este y se fueron a otra parte con la música de aquella danza luminosa, brincadora, sin que ésta decayera, por más que la agusanase el vermiforme verso del sentimiento; y que, primero en Bruselas y luego en Londres, quizá para recuperar el puro fulgor anterior al sentimiento, cortejaron con ahínco aún más feroz al hada verde, el ajenjo, y también el oro intenso del whisky y la cerveza inglesa y el cieno de la cerveza negra; y que entonces, al fondo de esos pubs, se los veía enfrentados, cantarela contra cantarela, con la cara encendida y la nota atascada; y, por supuesto, en otras ocasiones, se inclinaban, frente a frente, aplicados y formales, sobre un mismo escritorio de poeta de Londres, en la ciudad de Londres, negra y destripadora, como la mismísima boca de Baal o las letrinas de Baal, encima de cuya cortina de humo está subido, sentado a lo moro, el Capital, en flagrante delito subido, pues corrían a la sazón los tan añorados tiempos del capitalismo duro, cuando estaba muy claro quién tenía que apuntar con el fusil y quién tenía que estar en el punto de mira, en qué culata había que hincar el diente, por qué sangre concreta había que pisar; en esa ciudad de Londres de Antiguo Testamento, frente a frente en un escritorio de poeta, quiero creer que uno escribió las Romanzas sin palabras y el otro las Canciones ningunas, a las que, más adelante, puso otro título, y todas esas composiciones llenas eran de gracia, hechas de liviano aire, casi inexistentes, escritas en la boca de Baal, aunque muy por encima de Baal y del cieno de la cerveza negra; pues a la sazón pulsaban como es debido la cantarela, sólo para sí y también para los muertos; y, cuando amainaba el canto, ante ese escritorio se gastaban bromas, se envidiaban, se perdonaban. O se recitaban esas composiciones aéreas, uno de pie, sentado el otro, igual que en Saint-Cyr las muchachas ante el rey; y el que estaba sentado sentía pasar la gracia y la fuerza y la elevada retórica; y ninguno de los dos sabía que nunca más tendrían un público así, un escenario así. Pero cuando la composición hecha de aire ya había salido volando, ellos, que allí seguían (así es al menos como lo veían ellos, el vuelo remontado del poema y el desmoronamiento de los cuerpos, pues sus almas seguían vistiendo subrepticiamente el chaleco rojo), ellos, que allí seguían, se ponían la hopalanda y se metían arrojadamente en la boca de Baal, que es también sus letrinas, y al fondo de un pub se enfangaban en unas jarras de cerveza negra. Entre esa pez de Antiguo Testamento, sus devotos consiguen diferenciarlos sin dificultad y atribuir fácilmente a cada cual lo suyo: aquí, el vidente, el innovador; y acá, el infeliz apegado a las lunas viejas; aquí, el hijo del sol, que camina en cabeza, y, a la cola, el tropezador, hijo de la luna; los devotos tienen el don de videncia; yo, en cambio, no veo nada: los rasgos de ambos se confunden en el smog de Babilonia. ¿Quién tiene barba y quién cara de pocos amigos? Está demasiado oscuro para saber quién es la virgen loca y quién la esposa infernal: en ambos hay igual violencia bajo los chalecos igualmente negros. Son dos destripadores, tal para cual, que se abren paso hasta el fondo del pub como un cuchillo por la mantequilla; y el cochero que carga con lo que de ellos queda al salir del pub, a las cuatro de la madrugada, los sujeta del brazo, los recoge, los arroja como puede al fondo del carruaje con las hopalandas revueltas; el coachman encaramado allá arriba, que habla a los caballos en la lengua de Babel y se desvanece, lleva un gabán igual. El látigo restalla escondido en la niebla, es posible que Rimbaud, dentro del carruaje, vaya voceando: mierda. Van a la estación, regresan a Europa; pues es sabido que acabaron por tener una bronca por un asunto de arenques; que, tras ese asunto, se marcharon de Babilonia; y que se dejaron caer de nuevo por Bruselas muy trastornados, desencajados, aterrados, y uno de los dos, el del sombrero derby, a las tres de la tarde, con doce o veinte hadas verdes aposentadas en permanencia en el cuerpo y pataleándole dentro desde las ocho de la mañana, fue a las Galerías Saint-Hubert y, aterrado, compró una browning, que no era una browning, sino un revólver, de seis tiros y siete milímetros, de cuya marca no estoy al tanto, y con él le metió cierta cantidad de plomo en el ala al arcángel aterrado. Y helo aquí en la prisión de Mons; da en tierra, y el otro se larga a su Patmos, a Roche, en las Ardenas, cerca de Rilly-aux-Oies. En el tabuco interior, Verlaine yace, muy formal, junto a Izambard. Y, por lo que a Rimbaud y a él se refiere, la danza ha concluido.

Dicen que si se agredieron así fue porque tenían formas de ser idealmente opuestas, como opuestos son el sol y la luna; porque de uno de ellos eran el fulgor del día, la fogosidad del día, la fuerza y las botas de siete leguas, mientras que el otro aspiraba a titilar apenas, a asomar apenas entre unas ramas, a dar en tierra, a huir; porque uno de ellos propiciaba la poesía moderna mientras que el otro se conformaba con las antiguallas, es decir, recurría a la antiquísima y eficaz mezcla de sentimiento y pies forzados que nos hemos acostumbrado a disculpar en Malherbe, en Villon, en Baudelaire, mas no en Verlaine; porque además éste, Verlaine, indeciso y dividido como la luna, no se entregaba con toda el alma, no estaba del todo en Londres y había dejado una parte de sí mismo en París, desde donde su mujercita le escribía cartas y pulsaba con tino la cantarela de Eva. Formas de ser tan dispares tienen que ser artificiales por fuerza, las hemos pulido sentados ante nuestros escritorios de poetas.

Dicen también, para explicar lo de los arenques y el revólver de seis tiros, que los había minado aquel desenfreno de todos los sentidos en el que, sin andarse con rodeos, ponían ambos gran empeño, pues vestían subrepticiamente el chaleco rojo; y en ese desenfreno pusieron gran empeño; no consiguieron hallar en él la condición de videntes y buscaron la videncia en la borrachera pura, que tanto se le parece; y no nos extraña nada que diez meses de cogorzas compartidas convirtieran a dos jóvenes impetuosos en esos convulsionarios de Bruselas el día en que en el caldero de la cerveza negra salió a flote como una flor la boca del revólver de seis tiros. No me creo esa explicación tan vista que afirma que Rimbaud, consciente de su genialidad, como solemos decir con el bonete de seda encasquetado, despreciaba a Verlaine, despreciaba la poesía de Verlaine y le echó en cara que careciese de genialidad; pues Verlaine tenía genialidad; y Rimbaud, aunque destrozado e incurable, era moderno de forma menos absolutista que nosotros. Pero ya he dicho que opino que sus respectivas cantarelas se desgastaban de tanto oponerse: esa cuerda pequeña que ambos poseían, la cantarela órfica, la del destino poético sin par, desmedido, que Baudelaire les enseñó a tocar a ambos, y que se atasca con tanta facilidad, esa que pulsaban cuanto podían, con la que hay que tocar para sí, convencerse a sí mismo, y no se puede pulsar mucho rato si hay otra cantarela chirriando cerca. Por la sencilla razón de que era imposible que, en una única habitación de Camden Town, dos fueran al tiempo el verso en persona. Es algo que dos seres vivos no pueden compartir, una de las dos cantarelas tiene por fuerza que romperse.

Y hete aquí que Rimbaud la pulsaba con más brío.

Rimbaud tocaba con mayor vehemencia, apostaba más fuerte. Ansiaba ser la poesía en persona con mayor intensidad que Verlaine, es decir, excluyendo a todos los demás: pues sólo cumpliendo esa condición podía tener la esperanza de calmar a la vieja que llevaba en el pozo interior, permitirle que descansara un poco, olvidada al fin de los dedos negros, dejando la mano abierta, dejando de manipular, adquiriendo ese mimo que hay siempre en la carne dormida. La vieja de dentro, para consolarse y adormecerse, precisaba que el hijo fuera el mejor, que es como decir el único, y no tuviera maestro alguno. De esto tengo la seguridad: Rimbaud rechazaba y aborrecía a todo maestro, y no tanto porque quería y creía serlo él cuanto porque su propio maestro, es decir, el del hada mala, el Capitán, lejano al igual que el zar y difícilmente concebible al igual que Dios, y soberano aún en mayor grado, al igual que ellos, por el hecho de vivir recluido tras unos kremlins, tras unas nubes, ese maestro suyo de toda la vida era una efigie fantasmal que inefablemente emanaba de las cornetas fantasmales de guarniciones remotas, una efigie perfecta, fuera del alcance de cualquiera, infalible y muda, postulada, cuyo Reino no era de este mundo; y el haberlo visto aparecer en este mundo ni tan siquiera como aparición sino como amago de ella, apariencia de ella, sombra proyectada, lugarteniente, encarnación venida a menos que trasegaba cerveza negra por entre las barbas y escribía versos hermosos, sacaba de quicio a Rimbaud, lo despojaba; y es muy probable que se enrabietase, en el colmo de la indignación y sin saber por qué, igual que un fariseo a quien el Dios opaco de las Tablas selladas inflige la injuria de manifestarse con absoluta claridad en el piojoso de Nazaret. Verlaine se secaba la barba húmeda de cerveza negra y miraba, risueño, a aquel muchachote al que tanto quería; y éste, indignado, escupía en el suelo, daba media vuelta y salía con un portazo. A ese rechazo de un maestro visible se lo llama, en el caso de Rimbaud, rebeldía, rebeldía juvenil, pero es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está en la lengua que dice yo, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios. Y el desventurado Verlaine, ese ser superlativo que resultaba, con su barba y sus bromas, de lo más manifiesto, que tenía veintisiete años, era poeta de Escuela y auspiciado por las Escuelas, que conocía al Viejo del chaleco rojo y estaba en posesión de cartas suyas, que manejaba la retórica de arte mayor con mucha más soltura que un chiquillo de dieciocho años, Verlaine, a pesar suyo, tenía a la fuerza que resultar decano, y regio por más que llevase la corona torcida, maestro a medias: y no quedaba más remedio que abatirlo para conseguir ser Rimbaud del todo, que desbaratar ese verso, forzosamente imperfecto porque otros también lo usaban, que pulsar con fuerza, apostando fuerte por ella, la cuerda pequeña de las prosas no mensurables y pudrirse prolongadamente en el Cuerno inútil de África, entre tribus sin violines, allí donde no hay más maestros que el desierto, la sed, la Suerte, soberanos todos ellos poco manifiestos y enterrados en la arena como esfinges, pero soberanos empero, capitanes, susurrando inefables zafarranchos entre el viento que sopla sobre las dunas, las cornetas fantasmales del viento. Así pues, de camino hacia ese desierto, abatió a Verlaine; a Verlaine que, no obstante, no era Izambard, que lo miraba todo cara a cara, que sabía que el hada mala de los combates danza en el corazón de la lengua y no sólo en Sedan o en el Capital, antiguas lunas; y que, pese a saberlo, quizá precisamente porque lo sabía, fue a toda prisa a las Galerías Saint-Hubert y volvió con un revólver de seis tiros para abatir a la lengua en persona, para ser maestro y amo suyo, disparó dos veces contra la lengua, que lo estaba mirando con ojos de niño, enfurruñados, claros, soberanos, sabiendo pese a todo, antes incluso de apretar el gatillo, que no se puede abatir a la lengua, es imposible cargársela, porque el tiro rebota y se vuelve hacia el que lo disparó. Y, tras ese rebote, dio en tierra con un rosario en las manos.


Ya no me escuchas, te has puesto a hojear la Vulgata. ¡Qué razón tienes! Todo está ahí: las pasiones y los hombres, la poesía aérea y las cogorzas plúmbeas, la rebeldía de altos vuelos, los mezquinos arenques, e incluso el rosario en las manos de Verlaine, al que Rimbaud aludió así: un rosario en las zarpas. Y la luminosa danza con la que todo empezó, esa que bailaron tras las contraventanas de septiembre, también está ahí. Pero, con gran delicadeza, la Vulgata, en lo referido a este asunto, insinúa y calla.

Es la Vulgata, nunca mejor dicho; no tiene ni un fallo. No da pie a polémica alguna. Pero polémica hay, no obstante, respecto al capítulo ese de la danza: que si a Rimbaud sólo le gustaban los hombres o si le daba igual un sexo que otro con tal de que la cosa resultara pasional; que si lo que quería era abrazar por fin la sombra del Capitán o la desdichada carne de Vitalie Cuif. Nada se sabe. Y lo más seguro es que, desde el punto de vista de ese gran sofisma mágico de doce pies que quiso morir en Londres, estuvo a punto de desbaratarse, se rehízo y, en vaivén tal, late igual que un corazón, lo más seguro es que desde el punto de vista de la poesía semejante polémica sea vana.

La Vulgata no tiene fallos, y en ningún momento es tan intachable como al referirse a esa temporada de Londres y Bruselas, la de los desvalidos amores y el revólver de seis tiros; pero no refiere cómo en esos pocos meses Rimbaud, que tenía diecisiete años, envejeció en lo tocante al verso, tanto como si en Londres hubiese escrito de un plumazo La leyenda de los siglos, que no estaba rematada, Las flores del mal, que ya lo estaban, y una Divina Comedia que hubiera podido nacer de los tiempos del capitalismo duro, en el noveno círculo, de la pocilga más pocilga, entre las zarpas del Capital en persona. Nada sabemos. De Baal, de los amorosos abrazos, del escritorio de poeta de Camden Town, de eso estamos seguros; y también de otros detalles más mimosos, que nos enternecen: lo jóvenes que eran los dos, su torpeza de cachorro, sus dientes de cachorro; que a uno se le caía el pelo a puñados mientras que el otro lo llevaba más largo que en 1830; lo esperanzados que estaban y ese gusto por las bromas que nunca perdieron pese al martillo pilón de Baal, ni tampoco, mucho más adelante, tras todos los suicidios. Y esas ternezas nos dan pie para no leer la poesía, pues leer no puede nadie, salvo quizá quienes creen en la existencia de una clave cifrada. ¿Y acaso leen más ésos? Somos unos crápulas románticos. No, no leemos, yo tampoco. Lo que hacemos es escribir un poema, cada cual a nuestro aire, con los bonetes de seda calados, como se hacía antaño, dando vueltas a las lucidas tramas de Troya y Grecia. Es nuestro poema, y los poemas de Rimbaud andan escondidos dentro del nuestro, bien recónditos, reservados, como postulados: nuestro poema abulta tanto que, a veces, al abrir ese libro delgado en el que yacen los escritos de Arthur Rimbaud, nos asombramos de que existan. Nos habíamos olvidado de ellos. Volvemos a echarles una ojeada, presurosos, ciegos, medrosos como la hormiguita que, sin importarle nada las líneas, cruza al bies por nuestra página cuando la dejamos en el suelo, a nuestro lado, en el jardín.

En el jardín, echamos una ojeada a esos poemas de 1872. Los soñamos. Pensamos en cómo llegaron a este mundo, en la primera vez, aquella en que una mano de lavandera dio a la luz esas canciones sencillas, como del pueblo, de muchacha del pueblo, donde el antiguo alejandrino tararea que ha de morir y no consigue resignarse a ello, se convierte en dos versos separados de seis pies, pero perdura. Y da la impresión de que también el corazón de Rimbaud se parte en dos: quizá es que ahora ya sabe que no hay Salvación para la poesía, que no hay día de reparto de premios con Dios padre haciendo las veces de subprefecto y la madre de uno, una chiquilla aún, mirando, tan orgullosa, sentada, con el vestido de los domingos, detrás de los macetones del paraíso. Oímos cómo se rompen ambas cosas, el corazón y el verso. Lo que nos llega es el eco de una batalla muy lejana, las derrotas conjuntadas de una infancia de provincias y del alejandrino. El alejandrino ha querido perecer con ese corneta humilde. Están juntos en lo alto del cerro, al caer la tarde tras la batalla. La antigua bandera ha ido hacia las líneas enemigas demasiadas veces, ahora está hecha jirones; el anciano general, que ha perdido ambas piernas, titubea. Y, mientras titubea, le late el corazón, como un redoble; los tambores se alejan; desplomado contra un árbol, recuerda sus batallas, Saint-Cyr, Guernesey, y piensa que ahora toca morir; y es quizá por eso por lo que le pasa rozando esa brisa de infancia, de alborada, bajo unos árboles de verano. Ése es el susurro que suena dentro del breve padrenuestro; y suena bien afinado porque, con el anciano general, es la infancia de Arthur Rimbaud la que muere. Lleva puesta la miniatura de quepis de artillero. Toca la corneta con todas sus fuerzas. Y eso es lo que suena tan bien afinado, lo que lo iguala todo con el mismo rasero, la tarde cayendo tras la batalla y la siguiente alborada, la hormiguita y la Eternidad, el pozo hondo y las estrellas, igual que en los recuerdos de un hombre que va a morir. Ese es el vínculo entre las témporas y los castillos, de la misma forma que, cada día que Dios hace, el tiempo y el espacio se vinculan, se alza junio despreocupadamente sobre una fachada clara, y enseguida ya es diciembre. Está oscuro. Miramos el cometa. Llevamos las manos colgando. En el jardín, dejamos de leer, un soplo de viento pasa por los avellanos de más arriba; de repente sabemos, como si lo contase la brisa, que la muerte del alejandrino no es más trascendental ni más cierta que la Vulgata popular, esa historia un tanto simple de dos jóvenes a los que les rebosa el genio, que se aman y se pegan tiros. Es otra Vulgata, la del alejandrino, no mucho menos bobalicona que la Vulgata de la videncia, que hemos cocido bajo nuestros bonetes de seda, para uso de nuestros iguales. Una Vulgata completamente moderna.

Bajo los avellanos, volvemos a titubear, sin saber ya a qué carta quedarnos; damos de lado la letra, cerramos el librito, regresamos a la carne del poeta de la que nada sabremos; no veremos esa mano de lavandera sin misterio, ni videncia, ni código cifrado, tan sencilla, que acomoda en una única línea las témporas y los castillos; ni la ardorosa paciencia y, de pronto, el chasquido de arranque, la exultante certidumbre de la mano que escribe, que deja blancos donde es menester, añade una breve línea, otra, con certidumbre se detiene; no sabremos si es Dios o Baal quien mueve esa mano, y rezamos para que no sea Baal. Si en ese preciso instante, a la sombra de los avellanos, nos fuera dado ver aquella mano como la vio Verlaine, y, algo más arriba, superponiéndose gradualmente a las frondas, aquella cara de pocos amigos, aquel pelo revuelto, si la boca dijese mierda, si, más probablemente, dijese: lee, tendiéndonos un poema con cara pordiosera, enfurruñada, soberana, si leyéramos mientras nos mira, sólo sabríamos lo que es lícito saber en esta tierra, lo que sabe la hormiga que, indiferente a las líneas, sigue su camino presuroso por mi página, muda como el jardín.



En Rimbaud el hijo
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001 
Foto: Sophie Bassouls/Corbis