3 de jun. de 2012

Manuel Mujica Láinez: Las alas

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Cuando Eusebio resolvió dejar la casa, que compartía con su hermana, en Flores, sus compañeros de redacción ensayaron algunas bromas. Obedecían al aferrado convencionalismo que impone que en cuanto un solterón se decide a abandonar el reducto de su familia y a vivir solo, se lo atribuya a cosas vinculadas con la organización de la sensualidad. Pero esas bromas no duraron mucho. Demasiado sabían quienes se las daban, que Eusebio no era hombre para suscitar amantes. Bastaba verlo y oírlo. Y leerlo. A los cuarenta y cinco años, flaco y ventrudo, calvo, de ojos redondos, negros y protuberantes, dueño de una macabra palidez y de un marchito sonreír, roía los verbos y trituraba los adverbios, mientras rumiaba sus frases de ironía turbia. No, no era hombre para amantes. Al contrario.

Alquiló en el barrio del Congreso una bohardilla disimulada dentro de una cúpula de comienzos de siglo. En esa habitación circular y ceñida, de combo techo, ubicó su pequeña biblioteca, su mesa de escritor y su cama. La pobre luz procedía de dos ventanucos y de la puerta de cristales que comunicaba con el exterior como si abriese al vacío. Por esta última se accedía al inesperado lujo de Eusebio, pues, sin transición, se pasaba de un desván miserable a un balcón que rodeaba totalmente a la cúpula de pizarras y que oficiaba de mirador sobre techos, calles y azoteas. Si adentro, cerradas la puerta y las ventanas, se imponía un silencio vibrátil de zumbidos, reinaba afuera el esplendor sonoro. Y con ser el contraste extraordinario, lo que más marcaba la diferencia de los ámbitos, condenando lo interno a la ruindad y exaltando lo externo al pródigo despilfarro, era la decoración que abrazaba a la bóveda.

Allí era evidente la generosa pompa de la arquitectura de esa época, tan dada a los adornos espectaculares. Una ronda de personajes alados, semidesnudos, hombres y mujeres de esculpida piedra, envolvía la construcción, como si descansara después del vuelo, trémulas las alas todavía. Y cada vez que Eusebio salía a caminar por el breve espacio que limitaban los balaustres y el muro, lo rozaban los pies descalzos y las plumas severas.

Eusebio desempeñaba en su revista semanal las funciones de crítico. No era un crítico literario, ni de teatros, ni de cine, ni de bellas artes, ni de política, ni de costumbres, sino un crítico en general. Todo lo criticaba, todo lo desmenuzaba, todo se afanaba en destruir, con una saña monótona. Abría un libro o contemplaba un cuadro, trazaba una biografía o narraba una anécdota, y en seguida volcaba sobre el asunto elegido su previsible acritud hecha de adjetivos reiterados. No escribía mal, y sus engendros excitaban el aplauso de sus colegas y de ciertos lectores igualmente inclinados a la amargura y famélicos de elemental escándalo. En cuanto a su acerba ironía, fácil era rastrear sus orígenes, pues, como en infinitos casos similares, derivaba de la frustración. Eusebio, que manejaba con agilidad la máquina de escribir cuando se trataba de demoler a un novelista, a un poeta o a un pintor, llevaba dentro de sí, como triple cruz, las huellas de un pintor, un novelista y un poeta fracasados. Hacía largos años ya que había renunciado a la poesía y a la pintura, pero la obsesión de la novela seguía encandilándolo con su inalcanzable lumbre. Desde niño, la había intentado a menudo, sin lograrla. El desengaño destiló hieles, y las hieles aquí se derramaron sobre aquellos que, seriamente, arduamente, victoriosamente, recorrían el negado camino. De ahí provenía su palidez; de ahí su prosa; de ahí su redactada furia. No había renunciado, por cierto, pese a los abortos sucesivos, a redondear por fin la novela que aseguraría, indiscutiblemente, su nombre; que probaría que era algo más, mucho más, que un bufón inteligente y triste, y continuaba escribiendo, tachando, desgarrando, desesperándose y buscando un alivio a su descorazonamiento impaciente en la censura y la sátira de quienes lo dejaban atrás en la áspera carretera. Pero ahora, a medida que transcurría el tiempo, la tarea se volvía más dolorosa, ya que no se le escapaba a su lucidez la certidumbre de que no bien apareciese su obra, los criticados se transformarían en críticos, cambiados los papeles, con el arbitrario fiscal puesto en el banquillo del reo. Grande tenía que ser, en verdad, su ansia de reconocimiento artístico para que, no obstante ese riesgo, persistiese en el trabajo y no se resignase al éxito fugaz de sus burlas.

Con el anhelo de dar cima a su novela había alquilado la bohardilla. Se le ocurrió que allá arriba, en fecundo soliloquio, descubriría la meta, y muy secretamente -a mil leguas de amantes imposibles- colocó sobre la mesa la máquina y, tarde y noche, se consagró a enmendar, a rehacer, a planear, a indagar, a sufrir. La novela avanzaba y retrocedía. Ducho en observaciones, en espiar bajo el agua, en cazar flaquezas, era la víctima de su propio oficio; a cada instante, aunque no lo quisiese, aunque luchase contra influencias y sugestiones, las sombras de los criticados se volcaban sobre sus carillas, y discernía de continuo en lo que acababa de componer, los rasgos y los tics que ridiculizara. Con todo, seguía adelante, lívido, melancólico, sofocado, atormentado, comiéndose las uñas, mirando sin ver las ventanitas donde morían las estrellas o languidecía el sol.

Había transcurrido un mes desde que reanudara la tarea de Sísifo, cuando su vela fue distraída por un rumor distinto a los que poblaban su aislamiento. Era poco antes del amanecer. Aquel rumor, vago pero insistente, pudo más que su frenesí ensimismado, porque pronto se convirtió en un duro traqueteo. Prestó atención y dedujo que se trataba, tal vez, de un batir de alas. Por la intensidad de los golpes, infirió que no podían proceder de las palomas que encontraban refugio en el alero de la cúpula. No; de ser alas, éstas debían de ser unas grandes alas, alas de águila o de cóndor. La idea era tan absurda que la desechó. ¿Cabía, acaso, la eventualidad de que un ave enorme hubiese extraviado el vuelo hasta caer sobre Buenos Aires? ¿Cabía suponer que hubiese huido de su jaulón del Zoológico? Temeroso, asombrado, Eusebio vaciló frente a la loca alternativa. Pero el ruido aumentó, y en breve fue como si no sólo una rapaz gigantesca, sino dos, tres, cinco, diez, hubiesen elegido por alcándara a su cúpula y allí agitasen los remos emplumados hasta ensordecer al insomne morador. Luego, tal como había empezado, cesó de repente la bulla; entonces se atrevió a levantarse, a empujar la puerta de la alta galería y a asomarse a ella tímidamente, en pos de una explicación del fenómeno. Nada insólito halló; el barrio reposaba inmóvil bajo la solemne bóveda; abajo zigzagueaba un carrito y un niño gimoteaba en alguna parte. Eusebio, excluidas las tesis del Zoológico y del vuelo perdido, consideró la de la aeronave quimérica y la de la alucinación auditiva, y optó por esta última. El exceso de trabajo, sobre todo de trabajo sin fruto, de vueltas y vueltas en la misma noria ineficaz, crea fantasmas. Lo mejor era acostarse, y se durmió con atribulado sueño.

Al día siguiente, su malhumor se concretó en un artículo. Harto de escarnecer a los escritores y a los artistas, elogiados, en cambio, por los críticos sinceros, se le ocurrió un procedimiento que juzgó novedoso, para llevar adelante su antigua campaña desconcertadora del público, que tanto divertía a los espíritus superficiales, y escogió dentro de la pila de libros que aguardaban su parecer el que conceptuó más oscuro e insulso. Lo hojeó apenas y le asignó un panegírico entusiasta. Él mismo se reía, en su celda, en tanto aderezaba los párrafos.

Esas gárgaras ácidas le devolvieron el buen ánimo, y por la tarde prosiguió su novela. Pero, como en otras oportunidades, pronto comprobó que su máquina de escribir, lista para correr, retozar y campanillear si se le solicitaban malignos destrozos, progresaba con ritmo remolón por el laberinto de la literaria aventura. Varias horas guerreó contra la inspiración adversa, la cual se mofaba de él como él se mofaba de sus cofrades, hasta que advirtió que se le nublaban los ojos. Entonces, como en el alba fatal, tornó a oír el aleteo enérgico, los cadenciosos golpes. Pudieron más la curiosidad y la ira que el temor, y volvió a salir a la galería llevando esta vez sus páginas recientes. Caminaba tambaleándose, a causa de la visión velada, del cansancio y de la cólera, y -esto es muy extraño- notó que sin que de su voluntad dependiese, sus brazos, sus codos, sus manos, remedaban desmañadamente las actitudes de un pájaro a punto de emprender el vuelo.

Afuera, lo ensordeció un fragor de alas violentas, ya que en esa ocasión el estruendo no se detuvo con su salida. Tuvo la impresión de entrar en un círculo tempestuoso, atravesado por inmensas aves, en medio de las cuales él aleteaba también, pero sin elevarse, sin dejar el aro angosto de la baranda. Los tumbos que daba lo proyectaron contra los pies de las grandes estatuas, y allá su desvarío creció, pues lo acongojó la certeza de que habían cobrado vida esas extremidades. Penosamente, alzó los párpados y, en la indecisión de la niebla que lo arropaba y del alboroto estentóreo, creyó distinguir que la custodia de hombres y de mujeres, que lo dominaban con su porte, movía al compás las colosales alas de piedra. Sólo un instante permaneció Eusebio así, agitando los codos en una parodia de gallináceo, porque acto continuo verificó que los personajes se desprendían de sus soportes, desplegaban las plumas simétricas y se echaban, con limpieza feliz, al aire porteño. -¡Yo también puedo volar! -gritó Eusebio-. ¡Yo también puedo volar!

Arrojó por encima de la balaustrada las páginas, que descendieron girando, girando, y detrás de ellas se fue, ave de tierra, ave de alas débiles, graznando, graznando, hacia el fragor de la calle, bajo la quieta ronda de la esculturas.


En El brazalete
Buenos Aires, Sudamericana, 1980
Foto: Sara Facio

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