13 jun. 2012

Alain Badiou - La construcción amorosa



Alain Badiou © Eric Fougere/VIP Images/Corbis


Nicolas TruongLlegamos ahora a su propia concepción del amor. Ya hemos dicho que Rimbaud quería reinventar el amor. Pero, ¿a partir de qué pensamiento del amor se puede, pues, reinventarlo?

Alain Badiou: Pienso que es necesario abordar la cuestión del amor a partir de dos puntos que corresponden a la experiencia de cada uno. Primero, en el amor se trata de una separación o una disyunción, que puede ser la simple diferencia de dos personas con su subjetividad infinita. Esta disyunción es, en la mayoría de los aspectos, la diferencia sexual. Y, cuando no es el caso, el amor impone a pesar de todo que se confronte a dos figuras, a dos posturas de representación diferentes.

Dicho de otro modo, en el amor, uno tiene un primer elemento que es una separación, una disyunción, una diferencia. Tenemos un Dos. En el amor se trata, ante todo, de un Dos. El segundo punto es que, precisamente porque se trata de una disyunción, en el momento en que lo Dos se va a mostrar, a entrar en escena como tal y experimentar el mundo de manera nueva, no puede tomar más que una forma azarosa o contingente. Es lo que se llama el encuentro. El amor se inicia siempre en un encuentro. Y a este encuentro yo le doy el estatuto, de alguna manera metafísico, de un acontecimiento, es decir de algo que no entra en la ley inmediata de las cosas. Los ejemplos literarios o artísticos que ponen en escena este punto de partida del amor son innumerables. Muchos relatos y novelas han sido consagrados a casos en los que lo Dos es particularmente pronunciado, en los cuales los dos amantes no pertenecen a la misma clase, al mismo grupo, al mismo clan o al mismo país. Romeo y Julieta siguen siendo, evidentemente, la alegoría de esta disyunción, puesto que pertenecen a mundos enemigos. Este lado diagonal del amor, que pasa a través de las dualidades más poderosas y las separaciones más radicales, es un elemento absolutamente importante. El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo contingente, algo sorprendente, como “las sorpresas del amor” (el teatro, una vez más). A partir de este acontecimiento, el amor puede ser iniciado o introducido. Es el primer punto, absolutamente esencial. Esta sorpresa pone en marcha un proceso que es fundamentalmente una experiencia del mundo. El amor, no es simplemente el encuentro y las relaciones cerradas entre dos individuos, es una construcción, es una vida que se hace, no ya desde el punto de vista de lo Uno, sino desde el punto de vista de lo Dos. Es lo que yo llamo la “escena de lo Dos”. Personalmente, siempre estoy interesado en las cuestiones de la duración y el proceso, y no solamente en las cuestiones del comienzo.

Según usted, el amor no se resume en el encuentro, sino que se realiza en la duración. ¿por qué razones rechaza la concepción fusional del amor?

Creo que hay una concepción romántica del amor todavía muy presente que, de alguna manera, lo consume en el encuentro. Es decir, que el amor se quema, se consuma y se consume al mismo tiempo, en el encuentro, en un momento de exterioridad mágica en el mundo tal cual es. Ahí, algo llega que es del orden del milagro, una intensidad de existencia, un encuentro fusional. Pero cuando las cosas se despliegan así ya no estamos ante la “escena de lo Dos”, sino ante la “escena de lo Uno”. Es la concepción fusional del amor: los dos amantes se han encontrado y algo así como un heroísmo de lo Uno tiene lugar contra el mundo. Se notará que, generalmente, en la mitología romántica, este punto de fusión conduce a la muerte. Hay un vínculo íntimo y profundo entre el amor y la muerte, cuya cumbre es sin duda el Tristán e Isolda de Wagner, porque el amor se ha consumido en el momento inefable y excepcional del encuentro y porque después ya no puede entrar en el mundo que sigue siendo exterior a la relación.

Es una concepción radicalmente romántica, y creo que debe ser rechazada. Es de una belleza artística extraordinaria, pero, a mi juicio, tiene un inconveniente existencial muy grave. Creo que hay que tenerla por un poderoso mito artístico pero no por una verdadera filosofía del amor. Porque, después de todo, el amor tiene lugar en el mundo. Es un acontecimiento que no era previsible o calculable según las leyes del mundo. Nada permite arreglar el encuentro -¡ni siquiera Meetic!, ¡ni aún habiendo, antes, chateado muchísimo!- porque, finalmente, en el momento en que se ve, se ve, y lo que se ve es eso: ¡que es irreductible! Pero el amor no puede reducirse al encuentro; pues es una construcción. El enigma del pensamiento del amor es la cuestión de esta duración que cumple.

En el fondo, el punto más interesante no es la cuestión del éxtasis de los comienzos. Por supuesto que existe el éxtasis de los comienzos, pero un amor es ante todo una construcción duradera.

Digamos que el amor es una obstinada aventura. El lado aventurero es necesario, pero no lo es menos la obstinación. Dejarse caer al primer obstáculo, a la primera divergencia seria, en los primeros aburrimientos, no es sino una desfiguración del amor. Un amor verdadero es aquel que triunfa duraderamente, a veces duramente, sobre los obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le proponen.

¿Y cuál es la naturaleza de esa construcción?

Se sabrá que en los cuentos no se nos dice gran cosa. En los cuentos se dice: “Se casaron y tuvieron muchísimos niños”. Sí, pero ¿el amor es casarse? ¿es tener niños? Esa explicación es demasiado escasa y estereotipada. La idea de que el amor se acaba o se realiza exclusivamente en la creación de un universo familiar no es satisfactoria. No porque el universo familiar no forme parte del amor -mantengo que forma parte del amor-, sino porque no se puede reducir a ello. Es necesario comprender cómo el nacimiento de un niño forma parte del amor, pero no hay que decir que la realización del amor sea el nacimiento de un niño. La cuestión de la duración es lo que me interesa del amor. Precisemos: por “duración” no hay que entender principalmente que el amor dure, que se ame siempre o para siempre. Hay que entender que el amor inventa una manera diferente de durar en la vida. Que la existencia de cada uno, en la prueba del amor, se confunde con una temporalidad nueva. Ciertamente, para hablar como el poeta, el amor es también el “duro deseo de durar”. Pero, más todavía, es el deseo de una duración desconocida. Porque, como todo el mundo sabe, el amor es una reinvención de la vida. Y reinventar el amor es reinventar esta reinvención.

En su obra Condiciones usted rechaza ciertas ideas tenaces sobre el amor, particularmente la concepción del sentimiento amoroso como ilusión, muy querida por la tradición pesimista de los moralistas franceses, según la cual el amor no es más que “el semblante ornamental por donde pasa lo real del sexo” o bien que “el deseo y el goce sexual son el fondo del amor”. ¿Por qué critica esta concepción?

Esta concepción moralista pertenece a una tradición escéptica. Y esta filosofía pretende que en realidad el amor no existe y que no es más que el oropel del deseo. Según esta visión, el amor no es más que una construcción imaginaria pegada sobre el deseo sexual. Esta concepción, que tiene una larga historia, nos invita a desconfiar del amor. Por ello, pertenece ya al registro securitario, porque consiste en decir: “Escucha, si tienes deseos sexuales, realízalos. Pero no te hagas ilusiones con la idea de que es necesario amar a alguien. ¡Prescinde de todo eso y ve derecho al objetivo!” Pero en este caso, yo simplemente diría que el amor es descalificado -o deconstruido, si se quiere en nombre de lo real del sexo.

Sobre este punto quisiera hacer valer mi experiencia viva. Yo conozco, y creo que un poco como todo el mundo, la insistencia del deseo sexual. Mi edad no me lo ha hecho olvidar. También sé que el amor inscribe en su devenir la realización de este deseo. Y es un punto importante porque, como toda una literatura muy antigua nos dice, el cumplimiento del deseo sexual funciona también como una de las raras pruebas materiales, absolutamente ligada al cuerpo, de que el amor es algo más que una declaración. La declaración del tipo “te amo” sella el acontecimiento del encuentro, y es fundamental: compromete. Pero liberar nuestro cuerpo, desnudarnos para el otro, cumplir los gestos inmemoriales, renunciar a todo pudor, criar, toda esa entrada en escena del cuerpo vale como prueba de un abandono al amor. Y, por lo mismo, se trata de una diferencia esencial con la amistad.

La amistad no tiene prueba corporal, resonancia en el goce del cuerpo. Y ello porque es un sentimiento más intelectual, de ahí que aquellos filósofos que desconfían de la pasión lo hayan preferido siempre. El amor, sobre todo en la duración, tiene todos los rasgos positivos de la amistad.

Pero el amor se relaciona con la totalidad del ser del otro, y el abandono del cuerpo es el símbolo material de esta totalidad. Se dirá: “¡Pero no! Es el deseo y sólo él quien funciona, entonces.”. Yo sostengo que, en el elemento del amor declarado, es esta declaración, incluso si es todavía latente, la que produce los efectos de deseo, y no directamente el deseo. El amor quiere que su prueba envuelva el deseo. La ceremonia de los cuerpos es entonces el testimonio material de la palabra, es aquello a través de lo cual pasa la idea de que la promesa de una reinvención de la vida será sostenida, y primero a ras de cuerpo. Pero los amantes saben, hasta en el más violento delirio, que el amor está ahí, como un ángel guardián de los cuerpos, en el despertar, en la mañana, cuando la paz desciende sobre la prueba de que los cuerpos han entendido la declaración de amor. He ahí la razón por la cual el amor no puede ser, y creo que no lo es para nadie sino para los ideólogos interesados en su pérdida, un simple revestimiento del deseo sexual, una astucia complicada y quimérica para que se cumpla la reproducción de la especie.


En Elogio del amor, conversación con Nicolas Truong
Traductor: Solé Mariño, José María
Imagen: © Eric Fougere/VIP Images/Corbis