8 may. 2012

Román Gubern - La epifanía del libro



Román Gubern


El libro códice (codex), tal como lo conocemos, nació en el Imperio Romano, a finales del siglo I, aunque coexistió durante cuatro siglos con los tradicionales rollos de origen egipcio. Nació al unir varias páginas de pergamino por el mismo borde lateral, lo que permitía escribir por ambas caras, almacenando así textos más extensos, y evitaba desenrollar un soporte para buscar un pasaje o una frase. Desde el punto de vista formal constituía un paralelepípedo rígido o semirrígido, transportable y almacenable, a diferencia del paralelepípedo visual y virtual que se abrirá tras la pantalla de cine o del televisor siglos más tarde. Soporte físico de memoria artificial, Robert Escarpit llamó al libro «máquina para leer» y, en efecto, a diferencia del aparato de radio o de televisión, que puede estar funcionando sin que nadie lo escuche o lo mire, el libro sólo «funciona» cuando es efectivamente leído por alguien. Y la lectura, como ya dijimos, es un proceso de comunicación visual de signos convencionales (tipográficos desde la introducción de la imprenta) que transportan una información semántica dirigida al intelecto del lector que los interpreta.

La edición de libros es la más antigua de las industrias de comunicación de masas. Y el libro ha sido el vehículo por excelencia de la hegemonía cultural cristiana en la Edad Media, pero también de la Reforma protestante, durante la Ilustración sembró las semillas de la Revolución Francesa y de las revoluciones democráticas en Occidente y luego de las revoluciones comunistas del siglo XX, antes de expandir los provocativos interrogantes de la posmodernidad.

Ya explicamos que el pergamino fue el soporte habitual de la escritura en Europa hasta la introducción de la imprenta en el segundo tercio del siglo XV. Mucho antes de que esto ocurriera, los chinos habían inventado el papel hacia el año 105 de nuestra era. Pero en la batalla de Tales, cerca de Samarkanda, en el año 751, los árabes apresaron a unos chinos que les enseñaron la técnica de fabricación del papel. Su primera factoría papelera se instaló en Bagdad en el año 793, durante el reinado de Harun al-Rashid. Y hacia el año 1100 los árabes introdujeron la fabricación del papel, que era mucho más barata que la del pergamino, en España, cuyo primer molino de producción papelera se instaló en Játiva (Valencia). Pero durante todo el Medioevo el pergamino fue, como dijimos, el soporte literario por antonomasia.

Durante la Edad Media, como es notorio, la cultura europea fue un cuasimonopolio de la Iglesia cristiana, institución que adoptó el latín del viejo y fenecido mundo pagano como lingua franca transnacional en los medios cultos, pasando a servir ahora a sus intereses teológicos y morales antagónicos. Pero aquella sociedad europea era muy mayoritariamente analfabeta. Este analfabetismo está bien acreditado por la utilización de imágenes para la predicación y el adoctrinamiento religioso, como ocurría con las Bibliae Pauperum. Los ejemplares más antiguos de Biblia Pauperum datan del siglo XIII. Cada página reproducía una escena del Evangelio en el centro, mientras que en los márgenes aparecían personajes del Antiguo Testamento, en escenas que glosaba verbalmente el predicador para el pueblo analfabeto. Este protagonismo teológico de la imagen para el pueblo llano ponía en evidencia el aristocratismo cultural logocéntrico propio del estamento eclesiástico, para el que rezaba el principio pictura est laicorum literatura (la imagen es la literatura de los laicos). De esta función arcaica deriva la expresión del español «mirar santos», aunque el libro contemplado carezca de iconografía religiosa. También los retablos con imágenes sagradas sirvieron a modo de pantallas cinematográficas, sobre las que el predicador proyectaba su explicación para estimular la imaginación figurativa de sus fieles. Y hasta Lutero, que rompió con tantos formalismos de la Iglesia romana, seguiría afirmando que «la imagen es el libro de los que no saben leer».

La literatura eclesiástica medieval se producía en gran medida para la recitación pública, de ahí que tuviera un componente retórico más que literario. Sabemos que, en el refectorio del monasterio, un fraile leía en voz alta textos religiosos para su comunidad, para provecho de sus compañeros, que comían en silencio, y sobre todo para los hermanos legos, que no siempre sabían leer. De hecho, los eclesiásticos se distinguían de los demás ciudadanos en que eran casi los únicos sujetos con capacidad lectora, aunque uno puede imaginar sin esfuerzo que no pocos de ellos leían bisbiseando, practicando su esforzada lectura en voz baja, actividad popularizada por los cómics modernos con la expresión mumble sobre la cabeza de un personaje, pues to mumble significa en inglés musitar, murmurar y farfullar. La tradición cristiana atribuye a san Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV, haber introducido la lectura silenciosa, lo que no le impidió ser un prolífico autor de himnos religiosos.

Por esta época en el scriptorium de los monasterios, y en una época en que los copistas eran mucho más numerosos que los autores, los monjes copiaban incansablemente textos sagrados sobre el pergamino. Para ello trazaban una raya vertical roja a lo largo de las iniciales de la parte izquierda de la página, actividad conocida como rubricar (de rubrum: rojo), y sus biblias, misales o breviarios eran ilustrados a mano, obra paciente de los iluminadores (de lumen: luz) y de los miniaturistas (de minium: rojo), que con sus imágenes sagradas en color completaban la labor escritural de los copistas. La orden benedictina adoptó en el siglo VI la regla de que los monjes leyeran libros piadosos en ciertas horas del día y de ahí derivaron los Libros de Horas franceses, que contenían oraciones que debían ser leídas a determinadas horas del día.

No hará falta añadir que las exégesis bíblicas, a partir del texto canónico de la Vulgata, ocuparon mucho tiempo y provocaron no pocos desvelos a los eclesiásticos de la época. Así, se inventó el término helenizante anagogía para designar, de los cuatro sentidos de la interpretación bíblica (literal, alegórico, moral y anagógico), el que hacía posible una elevación espiritual capaz de permitir el acceso a estados místicos por parte de sus lectores. Lo que implicaba que un mismo texto podía ser fuente de diversas interpretaciones y de vivencias distintas. Pero esta polisemia agazapada entre las líneas de las Sagradas Escrituras no preocupó especialmente a los clérigos hasta que estalló el cisma protestante.

El formalismo clasificatorio del pensamiento escolástico, que en este punto fue deudor de las clasificaciones aristotélicas, también se proyectó en el mundo de la literatura civil y con efectos sumamente prácticos. Prueba de ello son los manuales medievales llamados artes dictaminis (para la elaboración de cartas o documentos sometidos a los principios de la retórica), artes poetriae (tratados con instrucciones para componer textos poéticos) y artes predicandi o sermociandi (para la elaboración de sermones). Estos textos evidencian que ya existían por entonces lectores, gentes cultivadas que querían perfeccionar sus habilidades literarias, y que además aspiraban a acceder a la condición de autores.

Bajo el califato de Harun al-Rashid y de su hijo Al-Mamun se tradujeron en Bagdad textos clásicos griegos al árabe, que así pudieron salvarse, y lo mismo ocurrió con los omeyas en Córdoba, en el siglo X, preludiando la actividad de la escuela de traductores de Toledo. Pero en muchos monasterios cristianos los textos de los griegos paganos eran percibidos como literatura nefanda y fueron víctima de operaciones de palimpsesto, es decir, del raspado para eliminar la escritura y redactar de nuevo sobre el soporte, una actividad que era imposible con el frágil papiro pero que el pergamino consentía. Así se exterminaron muchos tesoros literarios, filosóficos y científicos de la antigüedad pagana.

Esto no significa que la creación literaria cristiana en la Edad Media careciera de valores. Seguramente su más colosal monumento fue el poema La divina comedia, que Dante Alighieri inició en 1307 en «el lenguaje vulgar en el cual hablan incluso las mujeres» y del que la parte dedicada al infierno, que es la más breve del libro, fue sin duda la que impactó más a los lectores de su tiempo y es siempre la más recordada, puesto que constituye uno de los puntos de partida del «sensacionalismo cristiano», por no escribir del «terrorismo cristiano» en literatura, que años más tarde prolongaría en España el cura-soldado Ignacio de Loyola. En cualquier caso, La divina comedia demuestra que algunos libros pre gutenbergianos podrían llegar a convertirse en bestsellers. Esta veta tendrá largo recorrido y El paraíso perdido (1667), del anglicano John Milton, será todavía un poema teológico de resonancias medievales, aunque estéticamente pertenezca a la sensibilidad del barroco. Y, volviendo a la época de Dante, del singular místico, poeta, predicador, apologeta, cabalista y alquimista mallorquín Ramón Llull se conservan nada menos que 243 libros, en latín, árabe y lengua vulgar, tanto en provenzal como en catalán.

Pero además de una literatura estrictamente teológica se abrieron paso otros géneros de literatura civil, aunque estuvieran contaminados por los ideales religiosos dominantes en la época. Así, las novelas de caballerías aparecen en el siglo XII, un siglo que asistió al desarrollo calamitoso de la segunda y la tercera cruzadas. Algunos mitos bretones y el fantasma del rey Artús (o Arturo) y de los caballeros de la Tabla Redonda fecundaron este género que, con una cronología aberrante, amalgamó la épica, la magia y los ideales cristianos. Su literatura dejó de ser auditiva, como lo había sido la de los cantares de gesta, para convertirse en legible. Los protagonistas de esta narrativa inspiraron modelos de vida a sus lectores nobles, práctica que Cervantes satirizó magistralmente en su Don Quijote (1605), obra maestra sobre la discrepancia entre percepción subjetiva y realidad. El ciclo se arrastró hasta el siglo XV, y la versión del Amadís de Gaula que nos ha llegado se editó en Zaragoza en 1508, como refundición de textos anteriores llevada a cabo por Garci Rodríguez de Montalvo. La acción se sitúa en una quimérica Europa cristiana del siglo I, dando prueba de un idealismo y una fantasía arcaizante muy criticada por los moralistas, lo que no impidió su condición de bestseller. Recordemos que el cura y el barbero indultaron de la quema de libros de la biblioteca de Alonso Quijano Los cuatro libros de Amadís de Gaula y Tirant Lo Blanc (1460-68), lo que sugiere un reconocimiento implícito por parte de Cervantes. También fantasioso, aunque presuntamente documental, es Il Milione, cuyo periplo exótico Marco Polo narró en un calabozo genovés en 1298 a un tal Rustichello, quien lo transcribió en dialecto para la posteridad. Su fabuloso periplo asiático, que sin duda mezcló recuerdos personales y mitos, todavía excita la imaginación del lector moderno.

Aquella literatura tan colorista rompió con el imperativo religioso o didáctico de unos textos eclesiásticos autoritarios e interpeló la imaginación privada del lector. Bien es verdad que en aquella época los libros y los lectores eran muy pocos. Prueba de este elitismo lo suministra que el príncipe de Orleans comprara a finales del siglo XIV un devocionario en dos volúmenes por el exorbitante precio de 200 francos oro. Pocos podían leer, pero el éxito de las novelas de caballerías o del relato de Marco Polo demostró tempranamente que la literatura no puede, ni debe, intentar ser un calco mecánico de la realidad. Por eso escribió Vladimir Nabokov hiperbólicamente que «las grandes novelas son grandes cuentos de hadas». Para confirmar este repudio el genio de Borges ideó un cartógrafo chino que, incitado por el emperador a confeccionar un mapa cada vez más completo y preciso de su país, acabó por dibujar uno tan grande como su imperio. Ahora sabemos que la fantasía de Borges estuvo a punto de cumplirse por Hitler en su búnker de Berlín, puesto que cuanto más se acercaban las tropas soviéticas a la ciudad exigía del servicio cartográfico mapas cada vez más precisos y de mayor escala, poniendo en serios apuros a sus dibujantes. Esta exigencia tenía su lógica militar en un mejor conocimiento de los accidentes del terreno, pero también es cierto que cuanto mayor fuera la escala, más lejano parecería el enemigo, que se acercaba peligrosamente.

Decíamos que aquella literatura fantástica contribuyó a construir un imaginario fabuloso en sus lectores, que se extendió de la condición de imaginario individual de cada lector a la condición de imaginario social de la comunidad lectora, con sus arquetipos, sus estereotipos y sus valores morales y estéticos. Probablemente en este caso ya se pueda hablar de una moda cultural vigente en aquella comunidad lectora, aunque numéricamente mucho más restringida que las que conocemos en la actualidad.

Los textos narrativos empujaron a sus lectores a viajar mentalmente a otros ambientes o a otras ciudades. Aunque más tardío, resulta paradigmático de lo dicho el caso de Bernhard von Breydenbach, quien peregrinó a Palestina llevando consigo al artista Erhard Reuwich en funciones de «reportero gráfico», cuyos dibujos de los lugares visitados fueron luego impresos en grabados xilográficos en Peregrinationes in Terram Sanctam, obra publicada en Maguncia en 1486 y convertida pronto en manual de geografía y guía para viajeros.

La imprenta de tipos móviles, hechos con tierra cocida o con cerámica, se inventó en China hacia el año 1040. Este artefacto, que era una máquina de reproducción lineal de información sobre un soporte plano y portátil, fue reinventado en Maguncia por Johannes Gutenberg hacia 1440, usando los mucho más duraderos tipos móviles de metal y añadiendo la prensa. Hasta entonces circulaban libros impresos mediante grabación xilográfica, con planchas o tacos de madera, que se tallaban con un cuchillo o un buril, vaciando de madera los blancos y dejando en relieve los negros, pues estas superficies salientes eran luego entintadas, para proceder a su estampación. No es raro que el primer gran monumento impreso que saliera del taller de Gutenberg, en 1455, fuese la Biblia, de 42 líneas y de la que se imprimieron sólo 120 ejemplares, pero que no hacía más que prolongar la rutina escolástica medieval dominante utilizando su nueva tecnología. El libro impreso no tardó en ser criticado por muchos moralistas, quienes recordaban que si la comunicación oral mantenía unido al grupo, la lectura privada aislaba al lector de su comunidad y contribuía a su asocialización, recluido en un «placer solitario». No le faltaba razón a este diagnóstico, pues la lectura privada de las Escrituras condujo inmediatamente a su libre interpretación, origen del cisma protestante. De manera que la imprenta hizo posible la rápida expansión de las ideas de la Reforma luterana y calvinista y contribuyó decisivamente a la democratización del libro. Lutero tradujo el Nuevo Testamento al alemán y lo publicó en 1522, alcanzando un centenar de reediciones hasta 1534, fecha de aparición de su traducción completa de la Biblia. La postergación del latín fue percibida como un tremendo agravio por la Iglesia romana. Pero esta sustitución lingüística, que permitía la democratización de los textos e incrementar su circulación, se produjo también en el ámbito científico por parte del alquimista suizo Paracelso (Philip Theophrast Bombast von Hohenheim, 1493-1541), quien, aunque era católico, impartió sus clases y publicó sus libros en alemán, una audacia que, por cierto, le valdría la tardía celebración de su personalidad por el nacionalsocialismo del III Reich.

La producción de Calvino resultó mucho más interesante que la de Lutero, pues su doctrina se fue reelaborando y modificando en las sucesivas reediciones de sus Instituciones de la religión cristiana, que vieron la luz en 1536 y que se fueron metamorfoseando en reediciones de 1539, 1551, 1553, 1554, 1557 y 1560. Pero este dinamismo no alteró su doctrina central de la predestinación, obsesión de un cura austero y desapegado de las riquezas de este mundo, pero en cuya semilla intelectual vería paradójicamente Max Weber en 1905 el fundamento del espíritu capitalista.

Antes hemos mencionado la xilografía (de xilo: madera en griego), otro ingenio impresor ya utilizado en el antiguo Egipto y en China, que en Europa se utilizó inicialmente para estampar tejidos y que se expandió por el continente desde el siglo XIV. Se utilizó para imprimir estampas piadosas y naipes y se convirtió de modo natural en un complemento de la imprenta para hacer realidad los libros ilustrados. El libro con ilustraciones xilográficas más antiguo es el alemán Edelstein (Piedra preciosa), de 1461, colección de fábulas compiladas por Ulrich Boner. De esta manera se añadía al texto literario un «efecto ventana», que gratificaba al lector, le aclaraba el aspecto físico de las descripciones literarias y le permitía viajar con la mirada, aunque también sometía la libertad de su imaginación a la imposición autoritaria de las representaciones icónicas. Veremos cómo el libro ilustrado gozará de un largo recorrido hasta nuestros días.

El impresor alemán Juan Parix (Johannes Parix) trajo la imprenta a España en 1472, a petición del obispo de Segovia. No podía suponer entonces este clérigo las perturbaciones doctrinales que aquel invento inyectaría en su grey y que fueron minuciosamente catalogadas por Marcelino Menéndez Pelayo en su fascinante Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882). En los países de la Europa católica el permiso de la Iglesia para imprimir un libro –el nefando nihil obstat– fue obligatorio, so pena de excomunión de editores y autores. Y en 1559 la Inquisición católica, con sede en el Vaticano, creó el famoso Index Librorum Prohibitorum, a cuyo pozo de azufre fueron a parar Descartes, La Fontaine, Montesquieu, Copérnico, Kepler, Balzac, Zola, Pascal, Spinoza, Kant y lo más ilustre del pensamiento y las letras de la humanidad. Su última edición se publicó en 1944 y fue suspendido en 1966, como una secuela del Concilio Vaticano II. España tuvo en 1559 su versión autóctona a cargo del inquisidor Valdés. Pero no es posible dar carpetazo a este tema pasando por alto que en 1751 empezó a publicarse en Francia la Enciclopedia de Denis Diderot y Jean D’Alambert, en treinta volúmenes y 72.000 artículos, que también fue condenada por la Santa Sede y cuya producción padeció numerosos obstáculos.

Hasta mediados del siglo XVI no se alcanzaron las primeras tiradas de mil ejemplares, para sociedades mayoritariamente analfabetas. Pero es interesante observar que el libro impreso perdió, a los ojos de ciertas élites, el aura originaria del manuscrito o del ejemplar único, hasta el punto de que algunos ilustres coleccionistas de libros se negaron a incluirlos en sus bibliotecas. Por entonces, una gran biblioteca privada constaba como máximo de unos tres mil ejemplares. Pero el puritanismo ilustrado iba en contra del rumbo de la historia. Es cierto que Gargantúa y Pantagruel (1532), de Rabelais, libro desmesurado y hedonista, buscaba la sintonía con la imaginación popular, aunque la gran mayoría de su mercado potencial era analfabeto. Pero si hasta mediados del XVI no se alcanzan algunas tiradas de mil ejemplares, esta oferta de libros contribuyó a crear nuevos lectores y ensanchó el mercado, de manera que en el siglo siguiente ya se consiguieron a veces tiradas que oscilaban entre los dos mil y los tres mil ejemplares. Un caso de especial interés lo suministró el Discurso del método (1637), que René Descartes publicó en francés y no en latín, lo que restringía su difusión cosmopolita por Europa. Tres siglos después de Dante, Descartes arguyó que lo escribió en francés para que todos los que tuvieran sentido común, incluyendo a las mujeres, pudieran leerlo y usar la razón por sí mismos. A la luz de su impacto social, fue sin duda más leído y mejor comprendido que el contemporáneo poeta barroco Luis de Góngora, que no lo fue hasta el siglo XX. El Discurso del método fue un texto breve que apareció como prefacio de otros ensayos cartesianos hoy olvidados –La Dióptrica, La Geometría y Los Meteoros– y que pese a su tirada restringida para un público especialista revelaría pronto su potencial intelectual gigantesco, por las enormes consecuencias que tuvo para el pensamiento y la cultura occidentales.

Llegados a este punto es menester referirse a las funciones y sentidos del texto que vehicula un libro, palabra derivada del textus latino, que significó originalmente tejido, entrelazado y contextura. En la actualidad la palabra texto se suele utilizar como sinónimo de discurso, pero los estudios culturales contemporáneos han tendido a fetichizar esta palabra, que ha pasado a designar todo aquello que genera sentido a través de prácticas significantes, tales como imágenes, músicas, vestidos, juguetes, tatuajes... De un modo más restringido y tradicional, circunscrito a la expresión literaria, podemos afirmar que el texto es un vehículo estructural de sentido a través de la palabra. A partir de ahí podemos añadir que tal sentido no está en el texto, sino en la interacción del texto con su audiencia, en cómo es leído e interpretado tal texto. Según Umberto Eco, los textos incluyen sus instrucciones de desciframiento, pues «un texto no sólo se apoya en una competencia: también contribuye a producirla». Desde esta perspectiva, el texto produce al lector y le suministra instrucciones acerca de su interpretación y su metabolización. Su imaginario se posiciona de modo distinto ante un texto que se inicie con «Érase una vez una princesa» o con «El asesinato debió de producirse hacia la medianoche». Por otra parte, Roland Barthes hizo notar –completando las observaciones fundacionales de Freud– la complejidad textual al comparar un texto con una cebolla, pues al retirar una capa de sentido aparece debajo otra distinta.

Con la emergencia y la circulación social de la escritura, la comunicación literaria se convirtió en un proceso que implicaba la producción, circulación, consumo e intercambio de sentido a través de textos relativamente estables. Y este circuito multidireccional de significación permite desglosar diversas categorías en su cadena enunciativa:

  – El contexto autoral (que proporciona claves para desvelar el sentido –o sentidos– del texto).
  – El autor (singular o colectivo; estable o consecutivo, etc.).
  – El instrumental técnico usado en la producción textual (denominado canal por los comunicólogos).
  – El texto como portador de sentido(s).
  – El instrumento técnico usado para la recepción textual (denominado canal por los comunicólogos).
  – El contexto lector (que proporciona claves para desvelar las eventuales interpretaciones del texto).
  – El lector (dotado de determinadas competencias culturales).

En esta cadena enunciativa reside la lógica de la circulación de los textos literarios y de su metabolismo en el seno del cuerpo social.


En Metamorfosis de la lectura
Imagen: Carlos Moncín