26 may. 2012

Orhan Pamuk: Yo, el caballo






No hagáis demasiado caso de mi postura calmada y tranquila, en realidad llevo siglos corriendo. Cruzo los prados, voy a las guerras, transporto a las tristes hijas de los shas para que se casen, corro de los cuentos a la historia, de la historia a la leyenda, de página en página de los libros. A lo largo de tantos relatos y cuentos he aparecido en tantos libros y batallas acompañando a héroes invencibles, a amantes legendarios, a ejércitos surgidos de los sueños y he galopado de campaña en campaña acompañando a tantos de nuestros victoriosos sultanes, que, por supuesto, se han hecho muchas, muchísimas pinturas mías.

¿Qué tipo de sensación es que te hayan pintado tanto?

Por supuesto, me siento orgulloso, pero siempre me pregunto si ese que está ahí pintado soy realmente yo. Por lo que se puede ver por las pinturas, cada uno tiene en la cabeza una imagen mía distinta. No obstante, tengo la poderosa sensación de que entre todas esas ilustraciones hay ciertas particularidades comunes, una cierta unidad.

Hace poco unos amigos ilustradores contaron la siguiente historia. El rey de los infieles francos pensaba casarse con la hija del Dux de Venecia. Pero ¿y si el veneciano fuera pobre y su hija fuera fea? Le dijo a su mejor pintor que fuera a Venecia y que pintara a la hija del Dux y todas sus posesiones y riquezas. Eran venecianos y no sabían guardar su intimidad de los extraños: expusieron ante la mirada del pintor no sólo sus hijas, sino también sus yeguas y sus palacios. Y aquel diestro pintor pintaba aquella muchacha y este caballo de tal manera que serías capaz de reconocerlos si los vieras luego. Mientras el rey de los francos contemplaba en el patio de su palacio las pinturas que le llegaban de Venecia pensando si debía casarse o no, su propio semental se enamoró de repente de la hermosa yegua de un cuadro e intentó montarla, y los mozos de cuadras sólo a duras penas pudieron controlar a aquel fogoso animal que estaba destrozando la pintura y el marco con su enorme falo.

Dicen que lo que encendió la pasión del semental franco no fue la hermosura de la yegua veneciana, aunque realmente era hermosa, sino el hecho de que se tomara como modelo una yegua determinada y se pintara exactamente tal y como era. Ahora bien, ¿es pecado ser pintado como aquella yegua, que lo fue como si fuera una yegua auténtica? En mi situación actual, como podéis ver, no me diferencio demasiado de otras pinturas de caballos.

En realidad, los que prestan atención a la belleza de mi lomo, a la longitud de mis patas, a la gallardía de mi postura, se dan cuenta de que soy distinto. Pero toda esta belleza no es una indicación de mi singularidad como caballo, sino de la singularidad del talento del ilustrador que me ha pintado. Todos sabéis que en realidad no existe un caballo que sea exactamente igual a mí. Yo sólo soy la representación del caballo ideal que existe en la imaginación de un pintor.

¡Por Dios, qué hermoso caballo!, dicen los que me ven. Pero en realidad no me elogian a mí, sino al ilustrador. No obstante, todos los caballos son distintos unos de otros y el pintor debería darse cuenta de ese hecho antes que nadie.

Venid y mirad, ni siquiera el falo de un caballo se parece al de otro. No tengáis miedo, podéis mirar bastante de cerca, incluso tomarlo en vuestras manos. Este don de Dios que tengo es un regalo que tiene su propia forma y sus curvas particulares.

¿Por qué los pintores nos pintan de memoria aunque todos los caballos hayamos salido distintos de manos de Dios Nuestro Señor, el mayor creador que existe? ¿Por qué presumen de haber pintado miles, decenas de miles de caballos sin ni siquiera habernos mirado? Porque no intentan pintar el mundo tal y como lo ven con sus propios ojos, sino con los ojos de Dios. ¿No es eso atentar contra la unidad de Dios? ¿No es eso, que Él nos libre, pretender que yo puedo hacer lo que Dios hace? Los que no se contentan con lo que ven sus ojos y dibujan miles de veces el mismo caballo de su imaginación pretendiendo que es el caballo que ve Dios, los que aseguran que nadie puede pintar mejor un caballo que un ilustrador ciego que lo haga de memoria, ¿no cometen la impiedad de querer competir con Dios?

Las nuevas maneras pictóricas de los maestros francos no son pecado, todo lo contrario, son lo que mejor se adapta a nuestra religión. Por Dios, que mis hermanos los erzurumíes no me malinterpreten. Me desagrada profundamente que los infieles francos expongan en público a sus mujeres medio desnudas ignorando la intimidad necesaria, que no entiendan los placeres del café y de los muchachos hermosos, que los hombres se paseen por ahí sin barba ni bigote sino todo lo contrario, con el pelo largo como mujeres, y que digan, Dios nos libre, que el Profeta Jesús es al mismo tiempo Dios. Incluso llegan a ponerme furioso y continuamente me digo que si uno se me pusiera por delante le daría un buen par de coces.

Pero también estoy harto de que me pinten mal ilustradores que jamás han ido a la guerra y se han quedado sentados en casa como mujeres. Me dibujan galopando con los dos remos delanteros en el aire al mismo tiempo. Ningún caballo corre así, como un conejo. Si una de mis patas delanteras está hacia delante, la otra está hacia atrás. Ningún caballo, al contrario de lo que ocurre en las ilustraciones de batallas, planta completamente una pata en el suelo mientras alarga la otra como un perro curioso. No existe ningún escuadrón de caballería cuyas cabalgaduras adelanten al mismo tiempo la misma pata como si fueran sombras idénticas dibujadas veinte veces seguidas según el mismo modelo. Cuando nadie nos observa hurgamos en la hierba verde que hay ante nosotros y nos la comemos; jamás, como nos pintan, esperamos adoptando una elegante postura erguida. ¿Por qué les avergüenza tanto que comamos, bebamos, caguemos y durmamos? ¿Por qué les da tanto miedo dibujar este miembro mío regalo de Dios? Especialmente a los niños y a las mujeres les encanta mirarlo hasta hartarse cuando no hay nadie delante, ¿qué tiene de malo? ¿O también está en contra de esto el predicador de Erzurum?

Cuentan que en tiempos hubo en Shiraz un sha apocado y suspicaz. No se atrevía a enviar a su hijo como gobernador de Isfahán porque lo aterrorizaba la idea de que sus enemigos lo derrocaran y lo entronizaran en su lugar; así que lo encarceló en la más remota habitación del palacio. Allí el heredero vivió preso treinta y un años, en una habitación desde la que no veía patios ni jardines, creciendo entre libros, y cuando su padre murió, cuando le llegó la hora y él ascendió al trono, dijo: «Por Dios, traedme un caballo, continuamente he visto su imagen en los libros y siento mucha curiosidad por saber cómo son». Le llevaron el más hermoso caballo gris de palacio y el nuevo sha sufrió una terrible decepción al ver que tenía unos ollares como chimeneas, un culo indecente, un pelo que no relucía como los de las pinturas y un lomo burdo y ordenó que mataran a todos los caballos del país. Al final de aquella cruel masacre, que duró cuarenta días, los ríos de la nación corrían tristes y del color de la sangre. Al final se impuso la justicia divina y este nuevo sha fue derrotado por los ejércitos de su enemigo el señor turcomano de las Ovejas Negras porque se había quedado sin caballería y fue ejecutado por descuartizamiento; tal y como ocurre en los libros, la sangre derramada de los caballos no quedó sin vengar.


En Me llamo rojo
Título original: Benim Adım Kırmızı (Turquía, 1998)
Traducción de Rafael Carpintero
Alfaguara, 2003
Imagen: © Samuel Aranda/Corbis