1 may. 2012

Harold Pinter - Reunión de té






Mis ojos empeoran.

Mi oculista mide poco menos de uno ochenta. Tiene un mechón blanco en el cabello, uno, nada más. En su mejilla izquierda hay una manchita café. Sus lentes tienen fondo azul oscuro. Cada uno tiene arillo de oro. Ambos son idénticos. La alfombra hindú tiene una profunda quemadura negra de cigarrillo. Sus ayudantes usan bifocales y miran a una mujer. A través de las cortinas oigo el canto de los pájaros de su jardín. De vez en cuando su esposa pasa vestida de blanco.

Él se muestra escéptico sobre mi molestia en los ojos. Según me dijo mis ojos son normales. Incluso más que normales. No hay síntomas de que yo esté perdiendo la vista.

Mis ojos empeoran. No es que no vea. Claro que veo.

En mi trabajo me va bien. Mi familia y yo estamos en buenos términos. Mis dos hijos son mis mejores amigos. Mi esposa me ama. Me llevo bien con toda mi familia, incluyendo a mi padre y a mi madre. Con frecuencia nos reunimos y oímos a Bach. Cuando viajo a Escocia los llevo conmigo. El hermano de mi esposa vino una vez con nosotros y me resultó muy útil.

Tengo mis pasatiempos, uno de los cuales es servirme de un martillo y de clavos o de un desarmador y tornillos, o de varios serruchos para construir piezas de madera, cositas en apariencia sin valor a las que les busco alguna utilidad. Pero no es tan fácil hacer esto cuando ves doble, o cuando uno de esos objetos te deja ciego o cuando no puedes ver nada o cuando uno de esos objetos te deja ciego.

Mi esposa es feliz. Soy imaginativo en la cama. Hacemos el amor con la luz prendida. La miro detenidamente, ella a mí. Amanece con los ojos brillantes. Puedo verlos a través de sus gafas.

Todo el invierno el cielo estuvo despejado. Llovía por las noches. En la mañana amanecía claro. Mi remate era mi arma más fuerte. Colocado para enfrentar al hermano de mi esposa, frente a la mesa de ping pong, la raqueta ligeramente agarrada, mi muñeca relajada, esperaba su saque observándolo (extrañado) para que tirara y le contestara, para dejarlo confuso y molesto. Mi saque no era tan bueno, tan rápido. En consecuencia él iba contra mi saque. Se oía un timbre en el salón, el raspar de hule en las paredes. En consecuencia él iba contra mi saque. Pero una vez colocado a la derecha de la mesa con todo el peso de mi cuerpo listo para contestar podía usar mi golpe de dorso, imbatible y observarlo abanicar, fallar y darse por vencido. Eran juegos reñidos. Pero ahora no me resulta tan fácil cuando veo dos pelotas o simplemente al no percibir la bola avanzando tan fuerte que me llega a cegar.

Estoy contento con mi secretaria. Conoce bien el negocio y le gusta su trabajo. Es confiable. Llama a Newcastle y a Birmingham de mi parte y nunca pierde la compostura. Se hace respetar en el teléfono. Su voz es persuasiva. Mi socio y yo estamos de acuerdo en que es invaluable. Mi socio y mi esposa hablan con frecuencia de ella cuando nos reunimos los tres a tomar un café o una copa. Al referirse a Wendy ninguno deja de hablar bien de ella.

Durante los días claros que tanto abundan, cierro las persianas de mi oficina para dictar mis cartas. A menudo toco su cuerpo turgente. Ella lee lo que dicté y vuelve la hoja de su libreta. Llama a Birmingham. Y aun si yo tocara su cuerpo turgente mientras ella habla (deteniendo el auricular suavemente, la otra mano lista para tomar notas) la llamada se haría sin contratiempo. Es ella la que me cubre los ojos cuando toco su cuerpo turgente.

No me acuerdo haber sido como mis hijos cuando yo era niño. Su discreción es envidiable. Nada parece alterarlos. Se sientan en silencio. Hacen un extraño comentario. No los oí, qué dijeron, díganme. Mi esposa dice lo mismo. No los oí, qué dijeron, díganme. Ya tienen cierta edad. Tal parece que les va bien en la escuela. Pero son malos para el ping pong. Cuando yo era niño era muy despierto, tenía mis pasiones, era voluble, interesado y tenía excelente vista. No se parecen nada a mí. Sus ojos son turbios y evasivos tras sus gafas.

Mi cuñado fue mi padrino de bodas. Ninguno de mis amigos estaba entonces en el país. Mi mejor amigo, que era el candidato natural, tuvo que salir de urgencia a atender unos negocios. Contra sus mejores intenciones se vio obligado a declinar. Él ya había preparado un magnífico discurso en favor del novio que iba a pronunciar en nuestra recepción. Mi cuñado no lo podía decir pues se refería a la vieja amistad que existía entre Atkins y yo y mi cuñado sabía muy poco de mí. Así que tuvo que enfrentar un duro problema. Lo resolvió tomando a mi hermana como su punto central del discurso. Aún conservo el regalo que me hizo, un sacapuntas de madera labrado en Bali.

El día que entrevisté a Wendy vestía una falda de tweed apretada. No dejaba de acariciarse el muslo derecho con el muslo izquierdo y viceversa. Esto ocurría bajo su falda. Me pareció la secretaria perfecta. Escuchaba mis consejos azorada y atenta, las manos juntas, pulcras, amplias, gorditas, sonrosadas, turgentes. Sin duda era la poseedora de una inteligencia inquieta y activa. Tres veces limpió sus gafas con un trapito de seda.

Terminada la boda mi cuñado le pidió a mi esposa que se quitara los lentes. La miró fijamente. Te has casado con un buen hombre, le dijo. Te hará feliz. Como él no tenía trabajo lo invité a colaborar en mi empresa. Pronto se convirtió en mi socio, era tan eficiente, tan industrioso, tan bueno para los negocios.

El sentido común de Wendy, su claridad y su discreción resultan inestimables para la empresa.

Con el ojo puesto en la cerradura de la puerta los oigo jugar, sus grititos. La cerradura es negra, sólo percibo el roce de sus cuerpos, el siseo y agitación de su placer. La oficina me pesa, con el cráneo adherido a la odiosa perilla que no me atrevo a abrir por temor a descubrir el oscuro chillido y los deslices de mi secretaria revolcándose de placer sobre la panza enmarañada de mi socio.

Mi esposa me vino a ver. ¿Me amas?, me preguntó. Te amo, respondí salpicándole una gota de saliva en el ojo. Y aún he de probárselo, he de probárselo con todas las pruebas a mi alcance, las pruebas que aún no le he dado. Totalmente comprobado. (Por mi parte elegí una estratagema más ingeniosa, más alusiva). ¿Me amas? Fue mi respuesta.

La mesa de ping pong se me atasca como con fango. Mis manos intentan buscar la pelota. Mis hijos observan. Me animan. Hacen evidente su apoyo. Me conmueven. Me retraigo ante los embates, en los trucos, ya desaparecidos, salto, corto, rebano, contesto y blofeo lo más que puedo. Toco la pelota de oído. Los gemelos celebran mi esfuerzo con gusto. Pero mi cuñado no es hueso fácil de roer. Me contesta y me contesta forzando mis remates. Derrapo, tropiezo y miro sin ver el golpe de su raqueta.

¿Dónde están mis martillos, mis tornillos y mis serruchos?

¿Cómo estás?, me pregunta mi socio. ¿Los vendajes están bien? ¿El nudo apretado?

La puerta se azotó. ¿En dónde estaba? ¿En la oficina o en casa? ¿Alguien entró mientras mi socio salía? ¿Era él el que se fue? ¿Era el silencio lo que yo escuchaba? ¿Esa refriega, esos chillidos, roces, ahogos, desatinos? Estaban sirviendo té. Muslos gruesos (¿los de Wendy?, ¿los de mi mujer?, ¿las dos?, ¿aparte?, ¿juntas?) se movían en zapatillas de tacón. Sorbía mi té. Me sentaba bien. Mi médico me saludó amablemente. En un minuto, mi buen amigo, le quitaremos los vendajes. Coma un pedazo de pastel. Decliné. Los pájaros están en la pileta, dijo la esposa de blanco. Todos corrieron a mirar. Mis hijos lanzan algo que vuela. ¿Alguien? Seguro que no. Nunca había visto a mis hijos tan bien. Conversaban, se reían, discutían sus tareas con su tío entusiasmados. Mis padres guardaban silencio. La habitación parecía muy pequeña, más pequeña de lo que yo la recordaba. Yo sabía dónde estaba todo, cada pequeño detalle. Pero el olor era distinto. Tal vez porque el cuarto estaba lleno de gente. Mi esposa se empezó a reír a carcajadas como lo hacía en los primeros días de nuestro matrimonio. ¿De qué se reía? ¿Alguien le había contado un chiste? ¿Quién? ¿Sus hijos? Lo dudo. Mis hijos estaban comentando su tarea con el doctor y con su esposa. Estaré con usted en un minuto, mi amigo, me comentó el doctor. Entre tanto mi socio tenía a los dos mujeres semidesnudas en algún recinto propicio. ¿Cuál de los cuerpos estaba mejor? Lo había olvidado. Recogí una pelota de ping pong. Estaba dura. Me preguntaba qué tanto había logrado desnudar a las mujeres. ¿La parte de arriba o la parte de abajo? O tal vez ahora se estaba levantando las gafas para apreciar las nalgas rotundas de mi esposa o los senos turgentes de mi secretaria. ¿Cómo lo podría verificar? Mediante movimientos, por el tacto. Pero eso estaba descartado. ¿Y tal escena podría llevarse a cabo ante los ojos de mis propios hijos? ¿Y continuarían hablando, como lo hacían ahora, con mi médico? Lo dudo. Sin embargo, qué bueno que tenía los vendajes y el nudo bien apretados. 

1963

Versión: H.L.Z.