11 may. 2012

Guillaume Apollinaire - Simón el mago



Guillaume Apollinaire


 ...Y mientras la multitud glorificaba a aquel cuyos discípulos realizaban tantos prodigios, un hombre de cabellos negros y rizados, barba rojiza y fina y rostro acicalado se acercó al diácono Felipe y le dijo:

—¡Adivino! Permíteme que a cambio de tu ciencia, que deseo conocer, te inculque la mía, que contiene ante todo los diez grados. Hace ya mucho tiempo que mi entendimiento ha franqueado los tres grados tenebrosos y en la actualidad conozco los siete atrios del infierno propiamente dicho.

—¡Atrás! —gritó el diácono Felipe—; nada hay de común, hechicero, entre tú y yo. Soy discípulo de Aquél que, en su bondad, libró a tus maestros malditos a todos los dolores. Pertenezco a su Iglesia y, por su voluntad, las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.

Pero el hombre sonrió y ajustando con la mano derecha su tiara color de azafrán en la que, como el Meandro bajo el sol, brillaba una serpiente de ópalos, continuó:

—Conduzco con rigor a las legiones demoníacas y estoy en comunicación con miríadas de ángeles. En su dulzura reside mi fuerza, y siendo el más rico, el más sabio de Samaría, quiero someterme a Aquél cuyos agentes realizan tantos prodigios. ¿Cómo se llama tu maestro?

—Es —respondió el diácono— Jesús de Nazareth, el Mesías, Hijo de Dios.

En seguida lo adoctrinó, y viendo que sumisa y humildemente reconocía la verdad, le preguntó su nombre y el hombre asió con cada mano uno de los aros de oro que pendían de sus orejas. En los dedos llevaba anillos de oro engastados de piedras opacas cubiertas de signos diversos. En la posición adoptada su busto, sus brazos y su cabeza componían un triángulo isósceles. Sus anchos párpados violáceos velaban el brillo de los ojos negros. Su boca pintada pronunció:

—Simón.

El diácono recordó que ese había sido también el nombre del jefe de los apóstoles; luego bautizó al hombre llamándolo Pedro, y agregó:

—Simón, de ahora en adelante tú eres Pedro, como el Vicario de Dios sobre la tierra.

En ese instante, el pueblo, haciéndose a un lado, gritó: "¡Dejad paso!" Y Felipe vio llegar a Pedro en persona, con los ojos turbados por esas lágrimas que no habrían de agotarse jamás, desde que hubo renegado por tres veces de su divino Maestro. Cerca del viejo pescador del lago Tiberíades iba Juan, el discípulo bienamado.

El diácono dijo:

—Aquí viene Pedro llorando. A su lado, joven y severo, marcha Juan, el preferido. ¡Hombre a quien el bautismo ha renovado: pídele que te confiera el Espíritu Santo!

El pueblo se había dispersado. En la plaza no quedaba nadie más que el diácono, Pedro, Juan y el recién bautizado. Este recogió los pliegues de su larga túnica de tela amarilla tramada con dibujos violetas que figuraban bestias fantásticas, y descubrió sus sandalias de cuero azulado adornadas en el empeine con un cuádruple triángulo de oro. Pedro, volviéndose hacia Felipe, preguntó:

—¿Quién es este hombre de aspecto orgulloso? No parece tener una verdadera humildad de corazón.

Y el diácono Felipe repuso:

—Es un hechicero. Según dice, dirigía inflexiblemente las legiones demoníacas y se entiende con miríadas de ángeles. Se ha sometido, él, su ciencia y sus agentes sobrenaturales a la divina autoridad de Cristo, nuestro Señor, y ha sido bautizado.

Una larga teoría de mujeres enguantadas que llevaban cántaros sobre la cabeza atravesó la plaza. Se aproximaron a los apóstoles y una de ellas, graciosa y fuerte, dejó su cántaro en el suelo y arrodillándose ante Pedro dijo:

—Maestro: se asegura que habláis en nombre de Jesús de Nazareth. El conversó conmigo un día. Yo estaba sentada en las inmediaciones de la ciudad, sobre el brocal del pozo hacia donde ahora vamos. Maestro, habladnos de Jesús.

El hechicero se puso delante de la mujer, diciendo:

—Maestro, no le respondáis. Es una prostituta.

Pero Pedro replicó:

—¡Mago, apártate!

Y sonriendo, bañado en lágrimas, dijo a la Samaritana:

—Mujer que tienes fe; vé hasta el pozo con tus compañeras, recoge el agua para tu bautismo y vuelve hacia mí.

Y la Samaritana se incorporó y se alejó, seguida por las otras mujeres, hacia las puertas de la ciudad.

Habiéndose acercado nuevamente a Pedro, el mago le dijo:

—He venido hacia Felipe, tu discípulo, quien realizó prodigios admirables antes de tu llegada. Te ruego me confieras el Espíritu Santo y el poder de conferirlo a mi vez.

Pedro preguntó:

—Mago, ¿para qué deseas el poder de conferir el Espíritu Santo?

Y el hechicero repuso:

—Por la gloria que con ello lograré. Ella me colocará por encima de los demás hombres, y un día, si tú mueres antes que yo, seré digno de ocupar tu lugar, ¡oh Maestro!

Pedro replicó:

—Aquel que anhela una gloria distinta de la del Altísimo es indigno de conferir el Espíritu Santo. ¡Vete de aquí con tu magia, mago!

Pero el hechicero, inclinándose, continuó:

—Maestro, eres pobre y yo soy rico. ¡Véndeme tu ciencia, de la cual mi magia es el error!

Pedro se alejó de él, y volviéndose hacia Felipe le preguntó:

—¿Cómo se llamaba este hombre?

—¡Simón! —respondióle el diácono.

Y Pedro, cayendo de rodillas, se lamentó:

—¡Oh! ¡Mi nombre de pescador! ¿Han de ser Simones todos aquellos que quieran comprar los sagrados dones? ¡Que ese execrable pecado suscite el horror del cielo y de la tierra!

El mago se agachó, y mientras las colgantes y pesadas mangas de su túnica aventaban el polvo, trazó en el suelo las palabras ABLANATANALBA y ONORARONO, que pueden leerse indistintamente de derecho a izquierda o de izquierda a derecha, y cuando se incorporó los discípulos vieron en él la viviente imagen de Pedro, el jefe de los Apóstoles, pero que no lloraba, y decía:

—Simón Pedro, yo no soy otro que el que tú eres, y nuestros nombres son los mismos. Viviré tanto como la Iglesia en la que tú mandas. Yo seré para siempre el mal jefe de ella, mientras tú eres el buen pastor. Y allí donde tú representes la bondad celestial, yo seré la infernal maldad que ponga en movimiento, cuando me plazca, a las legiones demoníacas y las miríadas de ángeles.

Entonces desapareció, y los apóstoles lo buscaron vanamente en la plaza, por donde volvía, desde la puerta de la ciudad, la teoría de las samaritanas que, con los brazos en alto, mantenían en equilibrio sobre sus cabezas, los recipientes llenos de agua bautismal.

***

...Y viendo llegar a dos viejos que se asemejaban mutuamente, Nerón preguntó:

—¿Cuál de vosotros es el galileo cuyos milagros asombran a la ciudad?

Uno de los hombres dirigió su mirada al cielo sin responder, mientras su acompañante exclamaba:

—Este que tanto se me asemeja no es más que un impostor. Y en este jardín donde tú nos recibes, ¡oh! Cesar, quiero elevarme ante ti como un pájaro que levanta vuelo. Mi arte me proporciona los medios para confundir a este silencioso.

El emperador rió a carcajadas.

—Extranjeros —dijo—: al principio os había tomado por Castor y Polux, pero ellos se aman y viven alternativamente. Vuestra enemistad excita mi imaginación. ¡Haced vuestros prodigios, hechiceros! Mi música acompañará a vuestros gestos. Después celebraré vuestras luchas en estrofas alcaicas.

Vio entonces que el rostro del anciano que había hablado era sereno y astuto, en tanto que en las mejillas del silencioso las lágrimas, que no dejaban de correr, habían cavado dos surcos.

Nerón tomó un laúd bien templado y lo hizo sonar; el hombre que no lloraba exclamó:

—Pedro, ha llegado el momento en que te confundiré. Mi arte destruirá todos los encantamientos de tu ignorancia. Mis aliados están despiertos en el Cielo y en el Infierno.

Trazó sobre el suelo la palabra ANATANA, que se lee por igual de izquierda a derecha y viceversa. Al elevarse una sombría nube el mago le dijo:

—Anatana, príncipe del Infierno: si mi enemigo me atacase en el momento en que no pueda defenderme, al abandonar la tierra tú harás que anochezca y combatirás con este hombre en la obscuridad.

Se puso en cuclillas para anudar los cordones de su sandalia derecha adornada en el empeine con un cuádruple triángulo de oro, y se incorporó exclamando:

—¡Eloah Quanah, Dios celoso, encargado de las puertas del dominio celestial al oeste, apártate después de abrir la puerta y deja salir a aquellos que me sirven!

Entonces gritó:

—¡Kokhabiel!

Y se oyó un rumor argentino de armas celestes, mientras avanzaban Kokhabiel y los trescientos sesenta y cinco mil ángeles que tiene a sus órdenes. El mago echó una mirada triunfal a Pedro que, de rodillas, imploraba ahora con los brazos en cruz.

El brujo llamó: —¡Quemuel!

Y con un ruido similar al canto de millares de pájaros se adelantaron Quemuel y los doce mil Espíritus que están bajo sus órdenes.

El mago volvió a ordenar:

—¡Angel Dumiel, portero del Infierno: deja pasar a aquellos que me sirven!

Y silenciosos, como el vuelo de los murciélagos, llegaron a horcajadas sobre cebras, burros salvajes, onagros, o de pie sobre elefantes portadores de hermosas ciudadelas, o bien sentados sobre panteras, o aun caminando y arrastrando onzas y osos encadenados, los noventa mil Demonios que asistieron al éxodo de Egipto.

Y el mago dijo a aquellos que le obedecían:

—Vosotros que sois a la vez mis amos y mis servidores, he aquí que me elevaré ante el César, como un pájaro que levanta vuelo. Defendedme mientras esté en el aire, para que mi enemigo permanezca en la tierra, impotente y confundido.

Se acercó a Pedro y le habló:

—Las potencias del Cielo y del Infierno me obedecen. El mismo Dios aparecerá ante ti para confundirte, corroborando mi ciencia y tu ignorancia.

Y llamó: —¡Sidra!

Y la Orden que es la Boca de Dios apareció en el firmamento, donde, al llamado del mago, se manifestaron Tathmahinta, que es el Codo izquierdo del Cuerpo de Dios; Adramat, que es un Dedo majestuoso en el Pie derecho del Cuerpo de Dios; Auhez, que es un Dedo prensil en el Pie izquierdo del Cuerpo de Dios, y cerca de Hatoumach, la Integridad misma, que es también el Dedo gordo del Pie izquierdo del Cuerpo de Dios.—

¡Y qué inmensa majestad colmaba el cielo a medida que aparecían las celestes Potencias, que son los Miembros del Cuerpo de Dios!

¡Dagoul We Adom se inscribió con una rúbrica distinta en el Cuerpo de Dios! Entonces, Kokhabiel y sus trescientos sesenta y cinco mil Ángeles; Quemuel y sus doce mil Espíritus; Anatana el obscuro y los noventa mil Demonios que asistieron al éxodo de Egipto, las legiones de demonios y las miríadas de ángeles de todas las jerarquías se inclinaron y apareció el fulgurante Ohaztah, que es el Príncipe del Rostro divino.

Diligentes e inauditos, rodeando y sosteniendo el Cuerpo adorable, se manifestaron Afapé, Elohémancith, Tamani, Ouriel y los demás Rostros de águilas, leones o querubines que adornan el Carro celestial.

Los Ofanim, una clase de ángeles multicolores, que son las ruedas del Carro, más veloz que todo lo que el espíritu humano puede concebir, giraron en el cielo arrojando un resplandor insoportable, adquirieron todos los tonos, desde las blancuras totales e infinitamente variadas de las más puras regiones estrelladas, hasta los últimos matices que llamean en los abismos, mientras que, sombría y terrible, como un anuncio de tempestad, dominaba en el cénit la profundidad violeta de Humasion, la Amatista, que es un llamado de la Divinidad.

Y Pedro, con la frente en tierra, suplicaba al Altísimo que confundiese al mago, que gritaba:

—¡César! De inmediato voy a levantar vuelo ante ti hasta la presencia a Dios.

Y llamó:

—¡Isda! ¡Auhabiel! ¡Auferethel!

E Isda, que es el ángel de la alimentación, se acercó y le dio las fuerzas necesarias para dar cumplimiento a su falso milagro enseguida, Auhabiel, el ángel querido de Dios y administrador del amor, extendió sus alas y, tomando al mago por los cabellos, lo arrastró hacia las altas regiones, en tanto que Auferethel, que es el ángel del plomo, retenía a Simón para que no subiese demasiado rápido y perdiese el conocimiento.

Pero de repente, habiéndose incorporado, Pedro rompió el encanto con un solo gesto; en un silencio augusto derrumbó la angélica y resplandeciente majestad del Cuerpo divino, en tanto que con un ruido de plata y de seda desaparecían las miríadas de ángeles y con un rumor de burbujeo de cloaca se hundían en el abismo las legiones demoníacas.

***

...Y crucificado cabeza abajo en señal de respeto a la adorable postura de su Maestro, Pedro, el de los ojos quemados por las lágrimas; Pedro, en trance de muerte, observó que un hombre que se le parecía se acercaba al verdugo y le preguntaba:

—¿Por cuánto me venderías el cuerpo de este ajusticiado?

Y el verdugo respondía:

—Extranjero: Este mártir que se te parece es sin duda tu hermano... Yo también soy cristiano, puesto que fui bautizado. Ejerzo mi oficio, y al hacerlo cumplo la voluntad divina. Pero el cuerpo de un mártir es un don sagrado de Dios a sus fieles, y está prohibido vender los dones sagrados. Cuando este hombre haya muerto, tú te llevarás el cadáver para que los creyentes puedan honrarlo... Entretanto y para pasar el tiempo, juguemos a los dados mi silencio contra tus sandalias azules ornadas en el empeine por un cuádruple triángulo de oro.


En El heresiarca y Cia
Traducción: Juan Esteban Fassio
Imagen: Collection of Marcel Adéma