13 abr. 2012

Salman Rushdie: Regreso a Jahilia (Los versos satánicos)




Cuando Baal, el poeta, vio una lágrima color de sangre brotar del ángulo del ojo izquierdo de la imagen de Al-Lat en la Casa de la Piedra Negra, comprendió que Mahound, el profeta, regresaba a Jahilia después de un cuarto de siglo de exilio. Eructó violentamente —mal de la vejez éste, cuya ordinariez parecía casar con el abotargamiento general producido por los años, tanto de la lengua como del cuerpo, lenta congelación de la sangre que había hecho de Baal, a los cincuenta años, una figura muy distinta de aquel muchacho espigado y vivaz de su juventud—. A veces le parecía que hasta el aire era más denso y se le resistía, y un corto paseo podía dejarlo jadeante, con un dolor en el brazo y una irregularidad en el pecho... y también Mahound tenía que haber cambiado, porque ahora volvía con esplendor y omnipotencia al lugar del que escapó con las manos vacías, sin una esposa siquiera. Mahound, a sus sesenta y cinco años. Nuestros nombres se encuentran, se separan y vuelven a encontrarse, pensó Baal, pero la persona que va con el nombre no es la misma. Dejó a Al-Lat, se volvió hacia la luz del sol, y a su espalda oyó una risa burlona. Se volvió pesadamente; no se veía a nadie. La orla de un manto que desaparecía por una esquina. Ahora, el desastrado Baal hacía reír a los forasteros por la calle. «¡Bastardo!», gritó, escandalizando a los fieles de la Casa. Baal, el poeta decrépito, volvía a comportarse mal. Él se encogió de hombros y se dirigió a su casa.

La ciudad de Jahilia ya no estaba hecha de arena. Es decir, el paso de los años, la hechicería de los vientos del desierto, la luna petrificadora, el olvido de la gente y la inevitabilidad del progreso habían endurecido la ciudad haciéndole perder su antigua cualidad mutable y provisional de espejismo en el que podían vivir los hombres, y convertirse en un lugar prosaico, cotidiano y (al igual que sus poetas) pobre. El brazo de Mahound se había hecho largo; su poder había rodeado Jahilia cortando su savia vital, sus peregrinos y sus caravanas. Las ferias de Jahilia, en estos días, daba pena verlas. Hasta el Grande estaba un poco raído, su cabello blanco tenía tantos huecos como su dentadura. Sus concubinas se morían de viejas, y a él le faltaba la energía —o, según se rumoreaba en los tortuosos callejones de la ciudad, el deseo— de sustituirlas. Algunos días olvidaba afeitarse, lo cual acentuaba su aspecto de ruina y derrota. Sólo Hind era la misma de siempre.

Ella siempre tuvo cierta reputación de bruja, una bruja que podía hacerte enfermar si no te inclinabas al paso de su litera, una ocultista que poseía el poder de convertir a los hombres en serpientes del desierto cuando se cansaba de ellos y luego los agarraba por la cola y se los hacía guisar con piel para la cena. Ahora que había llegado a los sesenta años, la leyenda de su nigromancia era reavivada por su extraordinaria y antinatural facultad de no envejecer.

Mientras a su alrededor todo decaía y se marchitaba, mientras los miembros de las antiguas bandas de sharks se convertían en hombres maduros que se dedicaban a jugar a cartas y a dados por las esquinas, mientras las viejas brujas de los nudos y las contorsionistas se morían de hambre por los barrancos, mientras crecía una generación cuyo conservadurismo y ciega adoración del mundo material nacía de su conocimiento de la probabilidad del desempleo y la penuria, mientras la gran ciudad perdía su sentido de identidad y hasta el culto a los muertos se abandonaba, con gran alivio de los camellos de Jahilia, cuya aversión a ser desjarretados sobre las tumbas humanas es comprensible..., en suma, mientras Jahilia decaía, Hind permanecía tersa, con un cuerpo tan firme como el de una muchacha, el pelo tan negro como las plumas del cuervo, unos ojos brillantes como cuchillos, un porte altivo y una voz que no admitía oposición. Hind, no Simbel, era quien ahora gobernaba la ciudad; o así lo creía ella, indiscutiblemente.

Mientras el Grande se convertía en un anciano fofo y asmático, Hind se dedicó a escribir una serie de admonitorias y edificantes epístolas o bulas dirigidas a los habitantes de la ciudad. Estos escritos eran pegados en todas las calles de la ciudad. Por ello, los jahilianos llegaron a ver en Hind y no en Abu Simbel la representación de su ciudad, su avatar viviente, porque en su inmutabilidad física y en la inquebrantable energía de sus proclamas percibían un reflejo de sí mismos mucho más grato que la imagen de la cara macerada de Simbel que veían en el espejo. Los carteles de Hind eran más efectivos que los versos de los poetas. Sexualmente todavía era voraz y había dormido con todos los escritores de la ciudad (aunque hacía mucho tiempo que Baal no tenía acceso a su cama); ahora los escritores estaban gastados, descartados, y ella seguía exuberante. Tanto con la espada como con la pluma. Ella era Hind, la que, disfrazada de hombre, se unió al ejército jahiliano y, sirviéndose de su hechicería, desvió todas las lanzas y espadas mientras buscaba al asesino de sus hermanos en la tempestad de la guerra. Hind, que había degollado al tío del Profeta y que se había comido el hígado y el corazón del viejo Hamza.

¿Quién podría resistírsele? Por su eterna juventud, que era también la de ellos; por su ferocidad, que les daba la ilusión de ser invencibles, y por sus bulas, que eran la negación del tiempo, de la historia, de la edad, que cantaban la magnificencia esplendorosa de la ciudad y desmentían la inmundicia y la decrepitud de las calles, que insistían en la grandeza, en la autoridad, en la inmortalidad, en la condición de guardianes de lo divino de todos los jahilianos..., por estos escritos el pueblo le perdonaba su promiscuidad, hacía oídos sordos a los rumores de que Hind era pesada en esmeraldas el día de su cumpleaños, cerraba los ojos a las orgías, se reían cuando les hablaban de las proporciones de su vestuario, de los quinientos ochenta y un camisones hechos de hoja de oro y los cuatrocientos veinte pares de zapatillas de rubíes. Los ciudadanos de Jahilia se arrastraban por sus calles cada día más peligrosas, en las que era más y más frecuente ser asesinado por unas monedas, en las que las ancianas eran violadas y sacrificadas ritualmente, en las que las protestas de los hambrientos eran brutalmente sofocadas por la guardia personal de Hind, los «Manticorps»; y, a pesar de lo que les gritaban los ojos, el estómago y la bolsa, ellos creían lo que Hind les susurraba al oído: Arriba, Jahilia, gloria del mundo.

Todos, no, desde luego. Por ejemplo, Baal, no. Que se desentendía de los asuntos públicos y escribía poesías de amor no correspondido.

Masticando un rábano blanco, llegó a su casa y cruzó bajo un arco mugriento abierto en una pared agrietada. Entró en un patio pequeño que olía a orina, con plumas, restos de verdura y sangre en el suelo. No había ni rastro de vida humana: sólo moscas, sombras, miedo. En aquellos días había que estar en guardia. Una secta de criminales hashashin rondaba por la ciudad. Se recomendaba a los ricos que se aproximaran a su casa andando por el lado opuesto de la calle, para comprobar si había alguien espiando; si no se advertía nada sospechoso, el dueño de la casa cruzaba la calle corriendo y cerraba la puerta tras sí antes de que el criminal que estuviera al acecho pudiera introducirse. Pero Baal no se molestaba en tomar tales precauciones. Hubo un tiempo en que era rico, pero de aquello hacía un cuarto de siglo. Ahora no había demanda de sátiras: el miedo de todos a Mahound había destruido el mercado de los insultos y el ingenio. Y con el declive del culto a los muertos habían disminuido brutalmente los encargos de epitafios y triunfales odas de venganza. Eran malos tiempos para todos.

Soñando con los banquetes de antaño, Baal subió a su habitación por una insegura escalera de madera. ¿Qué podían robarle a él? Lo que él tenía no valía ni el puñal del ladrón. Al abrir la puerta y empezar a entrar, un empujón lo envió dando traspiés a la pared del fondo, en la que se golpeó la nariz, que empezó a sangrarle. «¡No me mates! —chilló a ciegas—. Ay, Dios, no me mates, ten compasión, oh.»

La mano cerró la puerta. Baal sabía que, por mucho que gritara, permanecerían solos, aislados del mundo en aquella habitación indiferente. Nadie acudiría; él mismo, de haber oído gritar a un vecino, habría arrimado el catre contra la puerta. El intruso llevaba capa con una capucha que le cubría la cara por completo. Baal, de rodillas y temblando incontroladamente, se enjugó la sangre de la nariz. «No tengo dinero —imploró—. No tengo nada.» Entonces habló el desconocido: «El perro hambriento que busca comida no va a la casa del perro. —Y, tras una pausa, agregó—: Baal, no queda mucho de ti. Esperaba algo más.»

Entonces Baal se sintió extrañamente ofendido, además de aterrado. ¿Sería una especie de admirador demente que le mataría por no estar a la altura de su fama? Sin dejar de temblar, dijo con modestia: «El escritor, cara a cara, siempre decepciona.» El otro hizo caso omiso de la observación. «Viene Mahound», dijo.

Este sencillo anuncio llenó de consternación a Baal. «¿Y eso a mí, qué? —gritó — . ¿Qué quiere? De aquello hace mucho tiempo, una vida, más de una vida. ¿Qué quiere? ¿Eres de los suyos? ¿Te envía él?

«Su memoria es tan larga como su cara —dijo el intruso, quitándose la capucha—. No; no soy mensajero suyo. Tú y yo tenemos algo en común: los dos le tememos.» «Yo te conozco», dijo Baal. «Sí.»

«Tu manera de hablar. Tú eres extranjero.» «"Una revolución de aguadores, inmigrantes y esclavos" —citó el desconocido—. Éstas fueron tus palabras.»

«Tú eres el inmigrante —recordó Baal — . Sulaiman, el persa.» El persa sonrió con la boca torcida. «Salman —rectificó—. No sabio, sino pacífico.»

«Tú eras uno de sus más allegados», dijo Baal, perplejo.

«Cuanto más cerca estás de un conspirador —dijo Salman con amargura—, más fácil es descubrir el truco.»

Y Gibreel soñó:
En el oasis de Yathrib, los seguidores de la nueva doctrina de la Sumisión se encontraron sin tierras y, por lo tanto, pobres. Durante muchos años se mantuvieron con actos de bandidaje, atacando las ricas caravanas de camellos que iban o venían de Jahilia. Mahound no tenía tiempo para escrúpulos, dijo Salman a Baal, ni inquietudes acerca de fines y medios. Los fieles vivían de la delincuencia, pero durante aquellos años, Mahound —¿o tendríamos que decir el arcángel Gibreel?, ¿o tendríamos que decir Al-Lah?— se obsesionó por la ley. Gibreel se aparecía al Profeta entre las palmeras del oasis y dictaba preceptos, preceptos y más preceptos, hasta que los fieles llegaron a no poder soportar la idea de más revelación, dijo Salman; preceptos para cada puñetera cosa; si un hombre se pee, debe volver la cara al viento; un precepto sobre la mano que había que usar para limpiarse el trasero. Era como si no pudiera dejarse sin reglamentar ningún aspecto de la existencia humana. La revelación —la recitación— decía a los fieles cuánto debían comer, cuán profundamente debían dormir y qué posturas sexuales tenían la divina sanción, y así aprendieron que la sodomía y la postura misionera tenían la aprobación del arcángel, mientras que entre las posturas prohibidas estaban todas en las que la mujer quedaba encima. Gibreel especificó también los temas de conversación permitidos y prohibidos y marcó las partes del cuerpo que no podían rascarse, por mucho que picaran. Vetó el consumo de langostinos, esas extrañas criaturas de otro mundo, nunca vistas por un fiel, y mandaba que los animales se sacrificaran lentamente, desangrándolos, de manera que, viviendo plenamente su muerte, pudieran adquirir un conocimiento del significado de la vida, porque sólo en el momento de la muerte comprenden las criaturas que la vida ha sido real y no una especie de sueño. Y Gibreel, el arcángel, especificaba la manera en que debía ser enterrado un hombre y dividida su propiedad, por lo que Salman, el persa, empezó a pensar qué clase de Dios era aquel que hablaba como un comerciante. Fue entonces cuando tuvo la idea que destruyó su fe, al recordar, claro que sí, que el propio Mahound había sido comerciante, y muy próspero por cierto, una persona con dotes de organización y reglamentación, y, qué casualidad, disponer de un arcángel tan metódico que transmitía las decisiones administrativas de este Dios eminentemente corporativo aunque incorpóreo.

Salman empezó a advertir lo útiles y oportunas que solían ser las revelaciones del ángel, de manera que cuando los fieles discutían cualquier opinión de Mahound, ya fuera la viabilidad de los viajes espaciales o la eternidad del infierno, aparecía el ángel con una respuesta que siempre daba la razón a Mahound, y manifestaba categóricamente que era imposible que un hombre pudiera caminar por la luna, o se mostraba no menos rotundo en afirmar la naturaleza transitoria de la condenación: hasta los más grandes pecadores acabarían purificados por el fuego del infierno y tendrían acceso a los jardines perfumados de Gulistan y Bostan. Otra cosa habría sido, se lamentaba Salman a Baal, que Mahound hubiera expuesto su criterio después de recibir la revelación de Gibreel; pero no, él dictaba la ley y luego venía el ángel y la confirmaba; de manera que aquello empezó a olerme mal, y yo pensé: éste debe de ser el olor de esas criaturas fabulosas y legendarias, cómo se llaman, langostinos.

El olor sospechoso empezó a obsesionar a Salman, que era el más instruido de los allegados de Mahound, debido al óptimo sistema educativo que en aquel entonces ofrecía Persia. A causa de su superior instrucción, Salman pasó a ser el escriba oficial de Mahound, encargado de redactar la inacabable retahila de preceptos. Revelaciones de conveniencia, dijo a Baal, y, con el tiempo, el trabajo se me hacía más odioso. Ahora bien, por el momento, tuvo que guardar para sí sus sospechas, porque los ejércitos de Jahilia marchaban sobre Yathrib, decididos a espantar aquellas moscas que incordiaban a sus caravanas de camellos y entorpecían el comercio. Lo que pasó después es sabido, no necesito repetirlo, dijo Salman, pero su vanidad pudo más y le hizo relatar a Baal cómo él personalmente había salvado a Yathrib de una destrucción segura y preservado el cuello de Mahound con su idea de la zanja. Salman dijo al Profeta que mandara cavar una gran trinchera alrededor del caserío del oasis, que no tenía murallas, lo bastante ancha como para que los legendarios caballos de la famosa caballería jahiliana no pudieran saltarla. Una zanja con puntiagudas estacas en el fondo. Cuando los jahilianos vieron esta vil obra de antideportiva zapa, su sentido del honor y la caballería les hizo comportarse como si la zanja no existiera y cargar con sus caballos a galope tendido. La flor y nata del ejército de Jahilia, tanto humana como equina, acabó empalada en las agudas estacas de la perfidia persa de Salman. Y es que ya se sabe que nadie como el emigrante para saltarse las normas. ¿Y después de la derrota de Jahilia?, se lamentó Salman a Baal: lo lógico era esperar que se me considerara un héroe, no es que yo sea vanidoso, pero ¿dónde quedaron los honores públicos, dónde la gratitud de Mahound, por qué el arcángel no me mencionó a mí en la orden del día? Nada, ni una sílaba, fue como si los fieles vieran en mi zanja un truco barato, una añagaza deshonrosa, desleal; un insulto para su hombría; como si, al salvarles la piel, hubiera herido su orgullo. Yo no dije nada, pero perdí muchos amigos después de aquello; puedes estar seguro de que a la gente le molesta que les hagas un favor.

A pesar de la zanja de Yathrib, los fieles tuvieron muchas bajas en su guerra contra Jahilia. En sus incursiones, eran tantas las vidas que perdían como las que cobraban. Y, al final de la guerra, no se hizo esperar la recomendación del arcángel Gibreel a los supervivientes de casarse con las viudas, no fueran a casarse con infieles y sustraerse a la Sumisión. Oh, qué ángel tan previsor, dijo Salman sarcásticamente. Ahora había sacado de los pliegues de la capa una botella de toddy de la que los dos hombres bebían pausadamente y con perseverancia, a la luz del crepúsculo. Cuanto más bajaba el líquido amarillo de la botella, más locuaz estaba Salman; que Baal recordara, nunca había oído a un hombre despotricar de aquella manera. Ay, aquellas revelaciones tan oportunas, exclamó Salman; si llegó a decírsenos que no importaba que estuviéramos casados, que podíamos tener hasta cuatro esposas si podíamos mantenerlas, lo cual los chicos no se hicieron repetir como comprenderás.

Las causas de la ruptura entre Salman y Mahound: la cuestión de las mujeres; y la de los versos satánicos. Mira, yo no soy un chismoso, confió Salman con lengua de beodo, pero, después de la muerte de su esposa, Mahound no era precisamente un ángel, tú ya me entiendes. Ahora bien, en Yathrib no lo tenía fácil. Aquellas mujeres: en un año le volvieron la barba medio blanca. Lo peculiar de nuestro Profeta, mi querido Baal, es que no le gustan las mujeres con genio; a él le van las madres y las hijas; no tienes más que pensar en su primera esposa y en Ayesha, sus dos amores: una muy vieja y la otra muy joven. No las buscaba de su talla. Pero en Yathrib las mujeres son diferentes, no lo sabéis bien; aquí, en Jahilia, estáis acostumbrados a mandar a las mujeres, pero las de allí no lo consentirían. ¡Allí el marido va a vivir con la familia de su esposa! ¡Imagina! ¡Qué escándalo!, ¿no? Y la esposa tiene su propia tienda. Si quiere librarse del marido, gira la tienda hacia el otro lado, de manera que cuando él llega en vez de puerta encuentra tela, y se acabó, está divorciado, nada que hacer. Bueno, a nuestras chicas les gustó esto y empezaron a soliviantarse, y entonces, de pronto, bang, sale el libro de los preceptos, el ángel empieza a especificar lo que deben hacer las mujeres y les obliga a volver a las actitudes que prefiere el Profeta, a ser sumisas o maternales, a andar tres pasos más atrás, o a quedarse encerradas en casa, dóciles y calladas. Cómo se reían de los fieles las mujeres de Yathrib, por mi vida; pero ese hombre es un mago, nada puede resistirse a su influjo: las fieles hicieron lo que él les ordenaba. Y se Sometieron: al fin y al cabo, él les ofrecía el Paraíso.

«De todos modos —dijo Salman llegando ya al fondo de la botella—, finalmente, decidí ponerlo a prueba.»
Una noche, el escriba persa tuvo un sueño en el que él planeaba sobre la figura de Mahound, en la cueva del Profeta en el monte Cone. Al principio, Salman lo tomó simplemente como un ensueño nostálgico de los viejos tiempos de Jahilia, pero luego reparó en que, en el sueño, su punto de vista era el del arcángel y en aquel momento volvió a él el recuerdo del incidente de los versos satánicos, tan vividamente como si hubiera ocurrido la víspera. «Quizá yo no soñé que era Gibreel —dijo Salman—. Quizá yo era Shaitan.» Al vislumbrar esta posibilidad, tuvo una idea diabólica. A partir de entonces, cuando se sentaba a los pies del Profeta a escribir preceptos preceptos preceptos, subrepticiamente, cambiaba algunas cosas.

«Al principio, cosas pequeñas. Si Mahound recitaba un verso en el que se decía de Dios que todo lo oye y todo lo sabe, yo escribía todo lo sabe y todo lo ve. Pero, y esto es lo importante, Mahound no notaba los cambios. De manera que era yo el que escribía realmente el Libro, o volvía a escribirlo, profanando la palabra de Dios con mi propio lenguaje terreno. Pero, por el cielo, si mis pobres palabras no podían ser distinguidas de la Revelación por el propio Mensajero de Dios, ¿qué quería ello decir? ¿Qué quería decir acerca de la esencia de la divina poesía? Mira, te juro que yo estaba angustiado. Una cosa es ser un tipo despierto que sospecha de ciertas cuestiones poco claras y otra, muy distinta, averiguar que tenías razón. Escucha: por ese hombre yo cambié mi vida. Dejé mi país, crucé el mundo, me instalé entre gentes que me consideraban un asqueroso cobarde extranjero porque les salvé la vida y que nunca me agradecieron lo que yo..., pero dejemos eso. La verdad es que lo que yo esperaba cuando hice aquel primer cambio insignificante todo lo ve en lugar de todo lo oye, lo que yo quería era que cuando el Profeta leyera lo escrito me dijera: ¿Qué te pasa, Salman, estás sordo? Y yo respondería: Ay, Dios mío, qué torpeza, no sé cómo he podido, y rectificar. Pero no fue así; y ahora la Revelación la escribía yo y nadie lo advertía, y a mí me faltaba valor para reconocerlo. Estaba muerto de miedo, puedes estar seguro. Y también estaba más triste que nunca en la vida. Pero no podía dejarlo. Quizás esta vez se le haya escapado, pensaba; todos podemos equivocarnos. Y al otro día cambié algo más importante. Él dijo cristiano y yo escribí judío. Él se daría cuenta, sin duda; ¿cómo no iba a dársela? Pero cuando le leí el capítulo él asintió y me dio las gracias cortésmente, y yo salí de su tienda con lágrimas en los ojos. Después de aquello, comprendí que mis días en Yathrib estaban contados; pero tenía que continuar. Tenía que continuar. No hay amargura como la del hombre que descubre que ha estado creyendo en una sombra. Yo caería, lo sabía, pero él caería conmigo. E insistí en mi infidelidad, cambiando versos, hasta que un día, al leerle lo escrito, vi que fruncía el entrecejo y sacudía la cabeza, como para aclarar las ideas, y luego asentía lentamente, pero con cierta duda. Yo comprendí que había llegado al límite y que la próxima vez que yo cambiara algo del Libro, él lo descubriría todo. Aquella noche permanecí despierto, con su suerte y la mía en mis manos. Si me resignaba a ser destruido podría destruirlo también a él. Aquella noche terrible tuve que elegir entre la muerte con venganza y la vida sin nada. Como puedes ver, elegí la vida. Antes del amanecer, salí de Yathrib en mi camello y regresé a Jahilia, sufriendo numerosas desventuras que prefiero no relatar. Y ahora Mahound viene en triunfo; de manera que, a la postre, también perderé la vida. Y ahora su poder ha aumentado tanto que ya no me es posible desacreditarlo.»

Baal preguntó: «¿Por qué estás seguro de que te matará?» Salman, el persa, respondió: «Es su Palabra contra la mía.»

(...)


Los versos satánicos, VI
Traducción del inglés: J. L. Miranda
Primera edición: mayo 1989 (Madrid)
© 1988, Salman Rushdie
Foto: Christopher J. Morris (Corbis) 2002