22 abr. 2012

Luis Buñuel: A favor y en contra (Mi último suspiro)





En la época del surrealismo, era costumbre entre nosotros decidir definitivamente acerca del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, de lo bello y de lo feo. Existían libros que había que leer, otros que no había que leer, cosas que se debían hacer, otras que se debían evitar. Inspirándome en estos antiguos juegos, he reunido en este capítulo, dejándome llevar por el azar de la pluma, que es un azar como otro cualquiera, cierto número de mis aversiones y mis simpatías. Aconsejo a todo el mundo que haga lo mismo algún día.
He adorado los Recuerdos entomológicos de Fabre. Por la pasión de la observación, por el amor sin límites al ser vivo, este libro me parece inigualable, infinitamente superior a la Biblia. Durante mucho tiempo, dije que solamente me llevaría ese libro a una isla desierta, Hoy, he cambiado de opinión: no me llevaría ningún libro.
Me ha gustado Sade. Tenía más de veinticinco años cuando lo leí por primera vez, en París. Me causó una impresión mayor aún que la lectura de Darwin.
Los 120 días de Sodoma se editó por primera vez en Berlín, en una tirada de muy pocos ejemplares. Un día, vi uno de esos ejemplares en casa de Roland Tual, donde me encontraba en compañía de Robert Desnos. Ejemplar reliquia, en el que Marcel Proust y otros habían leído este texto imposible de encontrar. Me lo prestó:
Hasta entonces, yo no conocía nada de Sade. Al leerlo, me sentí profundamente asombrado. En la Universidad, en Madrid, no se me había ocultado en principio nada de las grandes obras maestras de la literatura universal desde Camoens hasta Dante y desde Homero hasta Cervantes. ¿Cómo, pues, podía yo ignorar la existencia de este libro extraordinario, que examinaba la sociedad desde todos los puntos de vista, magistral, sistemáticamente, y proponía una tabla rasa cultural? Para mí, fue una impresión considerable. La Universidad me había mentido. Otras «obras maestras» me parecían al instante despojadas de todo valor, de toda importancia. Intenté releer la Divina Comedia, que me pareció el libro menos poético del mundo, menos poético aún que la Biblia. ¿Y qué decir de Os Lusiadas? ¿De la Jerusalén libertada?
Me decía: ¡habrían tenido que hacerme leer a Sade antes que todas las demás cosas! ¡Cuántas lecturas inútiles!
Quise entonces procurarme los demás libros de Sade, pero, estrictamente prohibidos, sólo se los podía encontrar en las ediciones rarísimas del siglo XVIII. Un librero de la calle Bonaparte, a cuyo establecimiento me condujeron Breton y Éluard, me apuntó en una lista de espera para Justine, que no llegó a agenciarme nunca. En cambio, tuve en la mano el manuscrito original de Los 120 días de Sodoma e, incluso, estuve a punto de comprarlo. Finalmente, fue el vizconde de Noailles quien lo adquirió, un paquete bastante voluminoso de papel.
Diversos amigos me prestaron La filosofía en el boudior, que me encantaba, el Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, Justine y Juliette. En este último libro me gustaba especialmente la escena entre Juliette y el Papa en la que éste reconoce su ateísmo. Por otra parte, tengo una nieta que se llama Juliette, pero dejo la responsabilidad de esta elección a mi hijo Jean-Louis.
Breton poseía un ejemplar de Justine, y René Crevel, otro. Cuando éste se suicidó, el primero que llegó a su casa fue Dalí. Después, se presentó Breton, precediendo a otros miembros del grupo. Una amiga de Crevel llegó de Londres, en avión, pocas horas más tarde. Fue ella quien advirtió, en la confusión que seguía a la muerte, la desaparición de Justine. Alguien lo había robado. ¿Dalí? Imposible. ¿Breton? Absurdo. Además, ya poseía un ejemplar. Sin embargo, era uno de los familiares de Crevel, que conocía bien su biblioteca, quien había sustraído el ejemplar. Culpable que permanece todavía impune.
Me sentí igualmente muy impresionado por el testamento de Sade, en el que pide que sus cenizas sean arrojadas en cualquier parte y que la Humanidad olvide sus obras y hasta su nombre. Desearía poder decir lo mismo de mí. Encuentro falaces y peligrosas todas las ceremonias conmemorativas, todas las estatuas de grandes hombres. ¿Para qué sirven? Viva el olvido. Yo solamente veo dignidad en la nada.
Si bien el interés que hoy siento por Sade ha envejecido —pero el entusiasmo por todas las cosas es efímero—, no puedo olvidar esta revolución cultural. La influencia que ejerció sobre mí fue, sin duda, considerable. A propósito de La Edad de oro, en que las citas de Sade saltaban a la vista, Maurice Heine escribió un artículo contra mí, afirmando que el Divino Marqués se sentiría muy disgustado. En efecto, él había atacado a todas las religiones, sin limitarse, como yo, solamente al cristianismo. Respondí que mi propósito era respetar el pensamiento de un autor muerto, sino hacer una película.
He adorado a Wagner y me he servido de su música en varias películas, desde la primera (Un chien andalou) hasta la última (Ese oscuro objeto del deseo). Lo conocía bastante bien.
Una de las grandes melancolías de mi final de vida es no poder oír la música. Desde hace ya tiempo, más de veinte años, mi oído no puede reconocer las notas... como si las letras se intercambiaran entre sí en un texto escrito, imposibilitando la lectura. Si algún milagro pudiera devolverme esta facultad, mi vejez se habría salvado, la música me parecería una dulcísima morfina conduciéndome casi sin alarma hasta la muerte. Pero, como último recurso, no veo más que un viaje a Lourdes.
De joven, toqué el violín, y más tarde, en París, rasgueé el banjo. Me han gustado Beethoven, César Franck, Schumann, Debussy y muchos otros.
La relación con la música ha cambiado totalmente desde mi juventud. Cuando con varios meses de antelación, se nos anunciaba que la gran orquesta sinfónica de Madrid, de excelente reputación, iba a dar un concierto en Zaragoza, se apoderaba de nosotros una agradable excitación, una verdadera voluptuosidad de la espera. Nos preparábamos, contábamos los días, buscábamos las partituras, las tarareábamos ya. La noche del concierto, una alegría incomparable.
Hoy, basta oprimir un botón para oír al instante, en la propia casa, todas las músicas del mundo. Veo claramente lo que se ha perdido. ¿Qué se ha ganado? Para llegar a toda belleza, tres condiciones me parecen siempre necesarias: esperanza, lucha y conquista.
Me gusta comer temprano, acostarme y levantarme pronto. En eso soy completamente antiespañol.
Me gusta el Norte, el frío y la lluvia. En eso soy español. Nacido en un país árido, no imagino nada más bello que los bosques inmensos y húmedos, invadidos por la niebla. En mi infancia, ya lo he dicho, cuando iba de vacaciones a San Sebastián, en el extremo norte de España, me sentía emocionado a la vista de los helechos, del musgo en los troncos de los árboles. Me gustan los países escandinavos, que conozco muy poco, y Rusia. A los siete años escribí un cuento de varias páginas que se desarrollaba en el Transiberiano, a través de las estepas nevadas.
Me gusta el ruido de la lluvia. Lo recuerdo como uno de los ruidos más bellos del mundo. Ahora lo oigo con un aparato, pero no es el mismo ruido.
La lluvia hace a las grandes naciones.
Me gusta verdaderamente el frío. Durante toda mi juventud, aun en lo más crudo del invierno, me paseaba sin gabán, con una simple camisa y una chaqueta. Sentía el frío atacarme, pero resistía, y esa sensación me agradaba. Mis amigos me llamaban «el sin abrigo». Un día, me fotografiaron completamente desnudo en la nieve.
Un invierno, en París, cuando el Sena comenzaba a helarse, estaba esperando a Juan Vicens en la estación de Orsay, a la que llegaban los trenes procedentes de Madrid. El frío era tan intenso que tuve que echar a correr de un lado a otro del andén, lo cual no me libró de coger una pulmonía. Nada más restablecerme, compré ropas de abrigo, las primeras de mi vida.
En los años treinta, con Pepín Bello y otro amigo, Luis Salinas, capitán de Artillería, solíamos ir con frecuencia a la sierra de Guadarrama en invierno. A decir verdad, lejos de practicar los deportes de nieve, nos encerrábamos nada más ¡legar en nuestro refugio, en torno a un buen fuego de leña y con varias botellas al alcance de la mano. De vez en cuando, salíamos para respirar durante unos minutos, con la bufanda bien subida hasta la nariz, como Fernando Rey en Tristana.
Naturalmente, los alpinistas no sentían más que desprecio hacia nuestra actitud.
No me gustan los países cálidos, consecuencia lógica de lo que antecede. Si vivo en México, es por casualidad. No me gustan el desierto, la arena, la civilización árabe, la india ni, sobre todo, la japonesa. En eso no soy un hombre de mi tiempo. En realidad, sólo soy sensible a la civilización grecorromana, en la que he crecido.
Adoro los relatos de viajes por España escritos por viajeros ingleses y franceses en los siglos XVIII y XIX. Y, ya que estamos en España, me gusta la novela picaresca, especialmente El lazarillo de Tormes, El Buscón, de Quevedo, y Gil Blas. Esta última novela es obra de un francés, Lesage, pero, excelentemente traducida en el siglo XVIII por el padre Isla, se ha convertido en una obra española. A mi juicio, representa exactamente a España. La habré leído una docena larga de veces.
No me gustan mucho los ciegos, como la mayoría de los sordos. Un día, en México, vi a dos ciegos sentados juntos. El uno estaba masturbando al otro. Me sentí un tanto sorprendido por la escena.
Todavía me pregunto si, como se dice, los ciegos son más felices que los sordos, No lo creo. Conocí, no obstante, a un ciego extraordinario que se llamaba Las Heras. Habiendo perdido la vista a la edad de dieciocho años, intentó en varias ocasiones suicidarse y sus padres hicieron cerrar con candados las contraventanas de su habitación.
Después de lo cual se acostumbró a su nuevo estado, En los años veinte se le veía con frecuencia en Madrid. Acudía todas las semanas al café «Pombo», en la calle Carreras, donde tenía su tertulia Gómez de la Serna. Escribía un poco. Por la noche, cuando nos dedicábamos a callejear, venía con nosotros.
Una mañana, en París, cuando yo vivía en la plaza de la Sorbona, llaman a la puerta. Abro. Es Las Heras. Muy sorprendido de verle allí, le hago pasar. Me dice que acaba de llegar y que está en París por asuntos de negocios, completamente solo. Su francés es espantoso. Me pregunta si puedo llevarle hasta una parada de autobús. Le acompaño, y le veo alejarse, completamente solo en una ciudad que no conoce y que no ve. Aquello me pareció increíble. Un ciego prodigio.
Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades. Y Jorge Luis Borges, con quien estuve dos o tres veces hace sesenta años, me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. En todas sus declaraciones percibo un algo de doctoral (sienta cátedra) y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras, ni tampoco su desprecio a España. Buen conversador como muchos ciegos, el premio Nobel retorna siempre como una obsesión en sus resprespuestas a los periodistas. Está completamente claro que sueña con él.
Yo sitúo frente a la suya la actitud de Jean-Paul Sartre, que, cuando la Academia sueca le otorgó el galardón, rechazó el título y el dinero. Cuando, leyendo un periódico, tuve conocimiento de este gesto, envié inmediatamente un telegrama a Sartre, con mi felicitación. Me sentía muy impresionado.
Naturalmente, si estuviese de nuevo con Borges, quizá cambiaría totalmente de opinión respecto a él.
No puedo pensar en los ciegos sin recordar una frase de Benjamin Péret (cito de memoria, como en todo lo demás): «¿Verdad que la mortadela está fabricada por ciegos?» Para mí, esta afirmación, en forma de pregunta, es tan verdadera como una verdad del Evangelio. Por supuesto, algunos pueden encontrar absurda la relación entre los ciegos y la mortadela. Para mí, es el ejemplo mágico de una frase totalmente irracional que queda brusca y misteriosamente bañada por el destello de la verdad.
Detesto el pedantismo y la jerga. A veces, he llorado de risa al leer ciertos artículos de los Cahiers du Cinéma. En México, nombrado presidente honorario del Centro de Capacitación Cinematográfica, escuela superior de cine, soy invitado un día a visitar las instalaciones. Me presentan a cuatro o cinco profesores. Entre ellos, un joven correctamente vestido y que enrojece de timidez. Le pregunto qué enseña. Me responde: «La semiología de la imagen clónica.» Lo hubiera asesinado.
El pedantismo de las jergas, fenómeno típicamente parisiense, causa tristes estragos en los países subdesarrollados. Es un signo perfectamente claro de colonización cultural.
Detesto a muerte a Steinbeck, en particular a causa de un artículo que escribió en París. Contaba —seriamente— que había visto a un niño francés pasar ante el Palacio del Elíseo con una barra de pan en la mano y presentar armas con ella a los centinelas. Steinbeck encontraba este gesto «conmovedor».La lectura del artículo me encolerizó. ¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza?
Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores. Galdós novelista es con frecuencia comparable a Dostoievski. Pero, ¿quién le conoce fuera de España?
Me gustan el arte románico y el gótico, en particular las catedrales de Segovia, la de Toledo, iglesias que son todo un mundo viviente.
Las catedrales francesas no poseen más que la fría belleza de la forma arquitectónica. Lo que me parece incomparable en España es el retablo, espectáculo de meandros casi infinitos en donde la fantasía se pierde en las sinuosidades minuciosas del barroco.
Me gustan los claustros, con una ternura especial para el claustro de El Paular. De todos los lugares entrañables que he conocido, éste es uno de los que más íntimamente me llegan.
Cuando trabajábamos en El Paular con Carrière, casi todos los días, a las cinco, íbamos a meditar allí. Es un claustro gótico bastante grande. No se halla rodeado de columnas, sino de edificaciones idénticas que ofrecen altas ventanas ojivales cerradas con viejos postigos de madera. Los tejados visibles están cubiertos por tejas romanas. Las tablas de los postigos están rotas, y crece la hierba en los muros. Hay allí un silencio de épocas pasadas.
En el centro del claustro, sobre una pequeña construcción gótica que cubre a los bancos de piedra, hay un reloj de luna. Los monjes lo presentan como una rareza, indicio de la claridad de las noches.
Viejos setos de boj corren entre desmochados cipreses que tienen siglos de edad.
Tres tumbas colocadas una al lado de otra nos atraían en todas las visitas. La primera, la más majestuosa, alberga los venerables restos de uno de los superiores del convento, y ello desde el siglo XVI. Sin duda, había dejado algún feliz recuerdo.
En la segunda están enterradas dos mujeres, madre e hija, muertas en un accidente de automóvil acaecido a unos centenares de metros del convento. Como nadie reclamó sus cadáveres, se les hizo sitio en el claustro.
Sobre la tercera tumba —una piedra muy sencilla, cubierta ya por la hierba seca— se halla inscrito el nombre de un norteamericano. El hombre que reposa bajo esta piedra, nos contaron los monjes, era uno de los consejeros de Truman en el momento de la explosión atómica de Hiroshima. Como muchos de los que participaron en esta destrucción, el piloto del avión, por ejemplo, el americano fue presa de perturbaciones nerviosas. Abandonó su familia, su trabajo, huyó y pasó algún tiempo vagando por Marruecos. Desde allí, pasó a España. Una noche llamó a la puerta del convento. Viéndolo agotado, los monjes le recogieron. Murió una semana después.
Un día, los monjes nos invitaron a Carrière y a mí —residíamos en el hotel contiguo— a almorzar en su gran refectorio gótico. Fue una comida bastante buena con cordero y patatas, en el curso de la cual estaba prohibido hablar. Uno de los benedictinos leía a algún padre de la Iglesia. En compensación, después de comer, pasamos a otra estancia, con televisión, café y chocolatinas, y allí hablamos abundantemente. Estos monjes, gentes muy sencillas, fabricaban queso y ginebra (este último producto les fue prohibido, pues no pagaban impuestos) y, los domingos, vendían a los turistas tarjetas postales y bastones tallados. El superior conocía la reputación diabólica de mis películas, pero se limitó a sonreír. Nunca iba al cine, me dijo, casi excusándose.
Siento horror a los fotógrafos de Prensa. Dos de ellos me asaltaron literalmente un día que paseaba por la carretera, no lejos de El Paular. Evolucionando a mi alrededor, no cesaban de ametrallarme, pese a mi deseo de estar solo. Yo era ya demasiado viejo para darles un escarmiento. Lamenté no ir armado.
Me gusta la puntualidad. A decir verdad, es una manía. No recuerdo haber llegado tarde ni una sola vez en mi vida. Si llego con anticipación, me quedo paseando ante la puerta a la que debo llamar hasta que sea la hora exacta.
Me gustan y no me gustan las arañas. Se trata de una manía que comparto con mis hermanos y mis hermanas. Atracción y repulsión a la vez. En el transcurso de las reuniones familiares, podemos estarnos horas enteras hablando de arañas. Meticulosas y terroríficas descripciones.
Adoro los bares, el alcohol y el tabaco, pero se trata de un terreno tan primordial que le he consagrado todo un capítulo.
Siento horror a las multitudes. Llamo multitud a toda reunión de más de seis personas. En cuanto a las inmensas concentraciones de seres humanos — recuerdo una famosa fotografía de Weegee mostrando la playa de Coney Island en un domingo—, son para mí un verdadero misterio que me inspira terror.
Me gustan las pequeñas herramientas, alicates, tijeras, lupas, destornilladores. Me acompañan a todas partes tan fielmente como mi cepillo de dientes.
Las coloco cuidadosamente ordenadas en un cajón y me sirvo de ellas.
Me gustan los obreros, admiro y envidio su habilidad.
Me gustan Senderos de gloria, de Kubrick, Roma, de Fellini, El acorazado Potemkin, de Eisenstein, La grande bouffe, de Marco Ferreri, monumento hedonista, gran tragedia de la carne, Goupi, mainsrouges, de Jacques Becker, y Juegos prohibidos, de René Clément. Me gustaron mucho (ya lo he dicho) las primeras películas de Fritz Lang, Buster Keaton, los hermanos Marx, El Manuscrito encontrado en Zaragoza, novela de Potocky y película de Has, película que he visto tres veces, lo cual es excepcional y que encargué a Alatriste comprar para México a cambio de Simón del desierto.
Me gustan mucho las películas de Renoir hasta la guerra, y Persona, de Bergman. De Fellini me gustan también La strada, Las noches de Cabiria, La dolce vita. No he visto I Vitelloni, y lo siento. En cambio, en Casanova me salí mucho antes del final.
De Vittorio de Sica me gustaron mucho Sciuscia (El limpiabotas), Umberto D y Ladrón de bicicletas, en la que consiguió convertir un instrumento de trabajo en protagonista. Es un hombre al que conocí y de quien me sentía muy próximo.
Me han gustado mucho las películas de Eric von Stroheim y de Sternberg. Las noches de Chicago me pareció soberbia en su época.
He detestado De aquí a la eternidad, melodrama militarista y nacionalista que conoció, ay, un gran éxito.
Me gustan mucho Wajda y sus películas. No le he conocido personalmente, pero hace tiempo, en el festival de Cannes, declaró públicamente que mis primeras películas le hicieron desear hacer cine. Eso me recuerda mi propia admiración por las primeras películas de Fritz Lang, que decidieron mi vida. Hay algo que me conmueve en esta continuidad secreta que va de una película a otra, de un país a otro. Un día, Wajda me mandó una tarjeta postal firmada irónicamente: «Su discípulo.» En su caso, ello me conmueve tanto más cuanto que las películas que he visto de él me han parecido admirables.
Me gustaron Manon, de Clouzot, y Atalante, de Jean Vigo. Visité a Vigo durante el rodaje. Recuerdo de un hombre físicamente muy débil, muy joven y muy afable.
Entre mis películas favoritas, situaré la inglesa Dead of night, conjunto delicioso de varias historias de terror, Sombras blancas en los mares del Sur, que me pareció muy superior al Tabú, de Murnau. Me entusiasmó Portrait of Jenny, con Jennifer Jones, obra desconocida, misteriosa y poética. Declaré en alguna parte mi cariño a esta película, y Selznick me escribió para darme las gracias.
Detesté Roma, ciudad abierta, de Rossellini. El contraste fácil entre el cura torturado en la habitación contigua y el oficial alemán que bebe champaña con una mujer sobre las rodillas me pareció un procedimiento repugnante.
De Carlos Saura, aragonés como yo, a quien conozco hace tiempo (incluso consiguió hacerme interpretar un papel de verdugo en su película Llanto por un bandido), me gustaron mucho La caza y La prima Angélica. Es un cineasta al que soy generalmente muy sensible, con algunas excepciones, como Cría cuervos. No he visto sus dos o tres últimas películas. Ya no veo nada.
Me gustó El tesoro de Sierra Madre, de John Huston, que se rodó muy cerca de San José Purúa. Huston es un gran director y un personaje muy exuberante. Si Nazarín fue presentada en Cannes, se debió, en gran parte, a él. Habiendo visto la película en México, se pasó toda una mañana telefoneando a Europa. No lo he olvidado.
Adoro los pasadizos secretos, las bibliotecas que se abren al silencio, las escaleras que desaparecen en las profundidades, las cajas fuertes disimuladas (tengo una en mi casa, no digo dónde).
Me gustan las armas y el tiro. He poseído hasta 65 revólveres y fusiles, pero vendí la mayor parte de mi colección en 1964, persuadido de que iba a morir ese año. He practicado el tiro un poco por todas partes, incluso en mi despacho, gracias a una caja metálica especial que coloco delante de mí sobre uno de los estantes de la biblioteca. No se debe disparar jamás en una habitación cerrada. Así perdí yo una oreja en Zaragoza.
Mi especialidad ha sido siempre el disparo reflejo con revólver. Va uno andando, se vuelve bruscamente y dispara contra una silueta, como en los westerns.
Me gustan los bastones-espada. Poseo media docena de ellos. Cuando voy paseando, me dan sensación de seguridad.
No me gustan las estadísticas. Es una de las plagas de nuestra época. Imposible leer una página de periódico sin encontrar una. Además, todas son falsas. Puedo asegurarlo. Tampoco me gustan las siglas, otra manía contemporánea, principalmente norteamericana. No se encuentra ninguna sigla en los textos del siglo XIX.
Me gustan las culebras y, sobre todo, las ratas. Toda mi vida he vivido con ratas, salvo en los últimos años. Las domesticaba completamente y, la mayor parte de las veces, les cortaba un trozo de la cola (es muy fea una cola de rata). La rata es un animal apasionante y muy simpático. En México, cuando acabé teniendo ya unas cuarenta, las solté en el monte.
Siento horror a la vivisección. Siendo estudiante tuve un día que crucificar a una rana y disecarla viva con una navaja de afeitar para observar el funcionamiento de su corazón. Es una experiencia —por cierto, completamente inútil— que me ha marcado de por vida y que aún hoy me cuesta perdonarme. Apruebo calurosamente a uno de mis sobrinos, gran neurólogo americano en camino de obtener el premio Nobel, que ha suspendido sus investigaciones por causa de la vivisección. En ciertos casos, hay que hacerle un corte de manga a la ciencia.
Me ha gustado mucho la literatura rusa. Al llegar a París la conocía mucho mejor que Breton o Gide. Es cierto que entre España y Rusia existe una correspondencia secreta que pasa por debajo —o por encima— de Europa.
Me gustaba la ópera. Mi padre me llevaba a ella desde los trece años. Empecé por los italianos para acabar con Wagner. En dos ocasiones he plagiado libretos de ópera, Rigoletto en Los olvidados (el episodio del saco) y Tosca en La fièvre monte à El Pao (La situación general es la misma).
Me horrorizan ciertas fachadas de cines, particularmente en España. Son horriblemente exhibicionistas a veces. Eso me avergüenza, y aprieto el paso.
Me gustan los pastelazos. En varias ocasiones he sentido la viva tentación de introducir una escena de pastelazo en una de mis películas. Siempre he renunciado a ello en el último momento. ¡Lástima!
Adoro los disfraces, y eso desde mi infancia. En Madrid, a veces, me disfrazaba de sacerdote y me paseaba así por las calles, delito castigado con cinco años de cárcel. También me disfrazaba de obrero. En el tranvía, nadie me miraba. Estaba claro que yo no existía.
Con uno de mis amigos, siempre en Madrid, nos gustaba hacernos los paletos. Entrábamos en una taberna, y yo le decía a la patrona, guiñándole el ojo: «Déle un plátano a mi amigo, ya verá.» Él lo cogía y se lo comía sin pelarlo.
Un día, disfrazado de oficial, eché una bronca a dos artilleros que no me habían saludado y les mandé a presentarse al oficial de guardia. Otro día, con Lorca también disfrazado, nos encontramos con un joven poeta entonces famoso que murió joven. Federico se puso a insultarle. El otro no nos reconoció.
Mucho más tarde, en México, mientras Louis Malle rodaba Viva María en los estudios «Churubusco», donde todo el mundo me conocía, me puse una simple peluca y me dirigí hacia el plató. Me crucé con Louis Malle, y no me reconoció. No me reconoció nadie, ni los técnicos, ni Jeanne Moreau, con quien yo había rodado, ni tan siquiera mi hijo Juan Luis, ayudante en la película.
El disfraz es una experiencia apasionante que recomiendo vivamente, pues permite ver otra vida. Cuando va uno de obrero, por ejemplo, se ofrecen automáticamente las cerillas más baratas. Todo el mundo pasa delante de uno. Las chicas no te miran nunca. Este mundo no está hecho para uno.
Detesto mortalmente los banquetes y las entregas de premios. Con bastante frecuencia, estas recompensas han dado lugar a incidentes chuscos. En 1978, en México, el ministro de Cultura me hizo entrega del Premio Nacional de las Artes, una soberbia medalla de oro en la que figuraba grabado mi nombre, Buñuelos. Rectificaron por la noche.
Otra vez, en Nueva York, al final de un banquete, espantoso, se me entregó una especie de documento apergaminado e iluminado en el que se había escrito que yo había contribuido «inconmensurablemente» al desarrollo de la cultura contemporánea. Por desgracia, en la palabra «inconmensurablemente» se había deslizado una falta de ortografía. Fue necesario rectificar también.
A veces, me he exhibido, por ejemplo, en el festival de San Sebastián, con motivo de no sé qué «homenaje», y lo lamento. El colmo del exhibicionismo fue alcanzado por Clouzot el día en que convocó a los periodistas para anunciarles su conversión.
Me gustan la regularidad y los lugares que conozco. Cuando voy a Toledo o a Segovia, sigo siempre el mismo itinerario. Me detengo en los mismos sitios, miro, como las mismas cosas. Cuando me ofrecen un viaje a un país lejano, a Nueva Delhi, por ejemplo, rehúso siempre diciendo: «¿Y qué hago yo en Nueva Delhi a las tres de la tarde?»
Me gustan los arenques en aceite como se los prepara en Francia y las sardinas en escabeche como se hacen en Aragón, adobadas con aceite de oliva, ajo y tomillo. Me gusta también el salmón ahumado y el caviar, pero, generalmente, mis gustos alimenticios son sencillos, poco refinados. No soy un gourmet. Un par de huevos fritos con chorizo me proporcionan más felicidad que todas las «langostas a la reina de Hungría» u otros «timbales de pato a la Chambord».
Detesto la proliferación de la información. La lectura de un periódico es la cosa más angustiosa del mundo. Si yo fuese dictador, limitaría la Prensa a un solo diario y una sola revista, ambos estrictamente censurados. Esta censura se aplicaría tan sólo a la información quedando libre de opinión. La información espectáculo es una vergüenza. Los titulares enormes —en México baten todos los récords— y los sensacionalistas me dan ganas de vomitar. ¡Todas esas exclamaciones sobre la miseria para vender un poco más de papel! ¿De qué sirve? Además, una noticia expulsa a otra.
Un día, por ejemplo, en el festival de Cannes, leo en N ice-Matin una información extremadamente interesante (al menos para mí): han intentado volar una de las cúpulas del Sacré-Coeur de Montmartre. Al día siguiente, sus razones, sus orígenes, compro el mismo periódico. Busco: ni una palabra. Algún secuestro aéreo había devorado al Sacré-Coeur. No se volvió a hablar más del asunto.
Me gusta la observación de los animales, sobre todo de los: insectos. Pero no me interesa el funcionamiento fisiológico, la anatomía concreta. Lo que me gusta es observar sus costumbres.
Me arrepiento de haber cazado un poco en mi juventud.
No me gustan los poseedores de la verdad, quienesquiera que sean. Me aburren y me dan miedo. Yo soy antifanático (fanáticamente).
No me gustan la psicología, el análisis y el psicoanálisis. Desde luego, tengo excelentes amigos entre los psicoanalistas, y algunos han escrito para interpretar mis películas desde su punto de vista. Allá ellos. Huelga decir, por otra parte, que la lectura de Freud y el descubrimiento del inconsciente me aportaron mucho en mi juventud.
Sin embargo, así como la psicología me parece una disciplina a menudo arbitraria, constantemente desmentida por el comportamiento humano y casi totalmente inútil cuando se trata de dar vida a unos personajes, así también el psicoanálisis se me aparece como una terapéutica reservada a una clase social, a una categoría de individuos a la que no pertenezco. En lugar de largos discursos, me limitaré a dar un ejemplo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajando en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, se me ocurre la idea de hacer una película sobre la esquizofrenia, su origen, su evolución, su tratamiento. Hablo de ello al profesor Schlesinger, amigo del Museo, que me dice: «Hay en Chicago un magnífico centro de psicoanálisis, dirigido por el célebre doctor Alexander, discípulo de Freud. Le propongo acompañarle.»
Llegamos a Chicago. El centro ocupa tres o cuatro lujosas plantas de un edificio. Alexander nos recibe y nos dice: «Nuestra subvención se termina este año. Nos encantaría hacer algo para que fuese renovada. Su proyecto nos interesa. Nuestra biblioteca y nuestros doctores están a su disposición.»
Jung había visto Un chien andalou y había encontrado en ella una buena demostración de dementia precox. Propongo entonces a Alexander hacerle llegar una copia de la película. Se declara encantado.
Al dirigirme a la biblioteca, me equivoco de puerta. Me da tiempo a ver a una dama muy elegante echada en un diván, en pleno tratamiento, y a un doctor que se precipita, furioso, hacia la puerta, que yo vuelvo a cerrar.
Alguien me informa de que a este centro no acuden más que millonarios y sus mujeres. Si, por ejemplo, una de esas mujeres es sorprendida en un Banco echándole mano a un billete, el cajero no dice nada; se avisa discretamente al marido, y la dama es enviada al psicoanálisis.
Regreso a Nueva York. Pocos días después, llega una carta del doctor Alexander. Ha visto Un chien andalou y se declara (con sus palabras exactas) scared to death (mortalmente asustado, o, si se prefiere, espantado). No deseaba tener más relaciones con el tal Luis Buñuel.
Yo me limito a formular la siguiente pregunta: ¿es éste un lenguaje de médico, un lenguaje de psicólogo? ¿Le apetece a alguien contar su vida a personas que se dejan espantar por una película? ¿Es serio eso?
Por supuesto, nunca hice mi película sobre la esquizofrenia.
Me gustan las manías. Cultivo algunas, de las que a veces hablo aquí o allá. Las manías pueden ayudar a vivir. Compadezco a los hombres que no las tienen.
Amo la soledad, a condición de que un amigo venga a hablarme de ella de vez en cuando.
Siento un profundo horror hacia los sombreros mexicanos. Quiero decir con eso que detesto el folklore oficial y organizado. Me encanta un carro mexicano cuando lo encuentro en el campo. No puedo soportarlo con un sombrero más grande todavía, todo cubierto de adornos dorados en el escenario de una sala de fiestas. Y esto vale también para la jota aragonesa.
Me gustan los enanos. Admiro su seguridad en sí mismos. Los encuentro simpáticos, inteligentes, y me gusta trabajar con ellos. La mayoría están bien como están. Los que yo he conocido no querrían por nada del mundo convertirse en hombre de talla corriente. Tienen también una gran fortaleza sexual. El que actuaba en N azarín tenía en México dos amantes de estatura normal, a las que atendía por turno. A algunas mujeres les gustan los enanos. Quizá porque experimentan la impresión de tener a la vez un amante y un hijo.
No me gusta el espectáculo de la muerte, pero, al mismo tiempo, me atrae. Las momias de Guanajuato, en México, asombrosamente conservadas gracias a la naturaleza del terreno en una especie de cementerio, me impresionaron extraordinariamente. Se ven las corbatas, los botones, el negro bajo las uñas. Parece como si se pudiera ir a saludar a un amigo muerto hace cincuenta años.
Uno de mis amigos, Ernesto García, era hijo del administrador del cementerio de Zaragoza, en el que numerosos cadáveres se hallan instalados en dichos murales. Una mañana, hacia 1920, varios obreros desalojaban ciertos nichos para hacer sitio. Ernesto vio el esqueleto de una monja vestida aún con jirones de su hábito, y el de un gitano con su bastón rodar juntos por el suelo y quedar abrazados en él.
Detesto la publicidad y hago todo lo posible por evitarla, La sociedad en que vivimos es enteramente publicitaria, «Entonces, ¿por qué este libro?», se me preguntará. Respondo en primer lugar que yo solo no lo habría escrito nunca. Y añado que he pasado toda mi vida bastante cómodamente entre múltiples contracciones, sin intentar reducirlas, Forman parte de mí mismo, de mi ambigüedad natural y adquirida.
Entre los siete pecados capitales, el único que detesto verdaderamente es la envidia. Los otros son pecados personales que no ofenden a nadie, salvo, en algunos casos, la cólera. La envidia es el único pecado que conduce inevitablemente a desear la muerte de otra persona cuya felicidad nos hace desgraciados.
Un ejemplo imaginario: un multimillonario de Los Ángeles recibe todos los días un periódico que le lleva un modesto cartero. Un buen día, el cartero no aparece. El cartero, responde el mayordomo, ha ganado diez mil dólares en la Lotería. No acudirá más.
El millonario empieza entonces a odiar con toda su alma al cartero. Le envidia, por diez mil dólares, y puede, incluso, desear su muerte.
La envidia es el pecado español por excelencia.
No me gusta la política. En este terreno, me encuentro libre de ilusiones desde hace cuarenta años. Ya no creo en ella. Hace dos o tres años, me llamó la atención este eslogan, paseando por unos manifestantes de izquierdas en las calles de Madrid: «Contra Franco estábamos mejor.» 



Título original: Mon dernier soupir 
Trad. Ana M.a de la Fuente 
© 1982, Barcelona, Random House Mondadori, S. A.