17 de abr. de 2012

Giorgio Manganelli - Un hurto inocuo

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Giorgio Manganelli


El señor ligeramente miope, con un defecto de pronunciación, que fuma en pipa, vive en el mismo edificio en que vive una señora taciturna, reservada, delgada y básicamente joven. El señor y la señora viven en una decorosa soledad, si bien la casa de la señora peca de exceso de orden, y la casa del señor de defecto. Se encuentran prácticamente todos los días, un encuentro rápido y casual, con una leve sonrisa, y un saludo entre dientes. Cada uno de ellos ha pensado de diferente manera en la presencia del otro. Sin fantasías, sin amor, y sin embargo prolongadamente. Cada uno se siente ligera, pero no desagradablemente, turbado por la presencia del otro. Ninguno de los dos ha pensado jamás que un conocimiento tan casual pudiera convertirse en un diálogo más específico y amistoso. En realidad, no desean conocerse ni hablarse. Sin embargo, el problema, absolutamente mínimo, que cada uno de los dos plantea al otro, no cesa de turbar, de manera despreciable pero constante, sus vidas. Cada uno de ellos, por consiguiente, ha intentado entender qué ha ocurrido, cómo ha comenzado esa abstracta relación, y qué significa esa molestia, esa desazón que cada uno representa, y sabe que representa, en la vida del otro. En efecto, cada uno sabe que el otro está en cierto modo tocado, rodado, y considera este contacto como un extraño enigma.

La señora ha decidido que el señor ligeramente miope tiene algunas características de una alucinación. Pensando atentamente, en silencio, en aquel rostro, en los andares, en el movimiento de las manos, hasta en determinada chaqueta, ha podido reconocer huellas de personas desaparecidas desde hace tiempo, irrecuperables y queridas; y se ha dicho, entre risas y lágrimas, que aquel hombre es un lugar de encuentro de tíos, padres, incluso de amigas de infancia y de un hombre que ella ha admirado y perdido. El señor ligeramente miope ha intentado cambiar de horarios, itinerarios, hábitos, para no encontrar de nuevo a la señora taciturna, y eso con la intención de interpretar su presencia. Ha sufrido intensamente, de manera desprovista de sentido. Pero le parece haber comprendido que está ligado a esa señora con un vínculo mínimo pero inextinguible, algo que anuda los lugares más apartados e ignorados de sus existencias. Ese vínculo no es amor, sino algo que está entre la vergüenza y la predilección. Ambos lo saben, pero no les está permitido saberlo; cada uno de sus encuentros casuales es un hurto inocuo, pero exige un perdón.


En Centruria, cien breves novelas-río
Traducción: Joaquín Jordá



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