29 abr. 2012

George Steiner - Genius loci



Errata. El examen de una vida


Genius loci, el «espíritu de lugar», que, como un relámpago de conocimiento espontáneo, transforma un paisaje, la esquina de una calle, en «paisaje interior», en reorientación de la conciencia. La nieve caía y se amontonaba en medio de una bruma blanca. La carretera rural acabó por desvanecerse. Mi mujer, dotada de una mente sagaz, un extraordinario sentido común y una intuición incomparable, conducía el coche junto a lo poco que veíamos de los postes. En algunos momentos, incluso éstos se borraban en el blanco tumulto. La tormenta de febrero amainó de repente. Una luminosidad fría lavó el aire. Bordeamos campos, regresamos a una carretera asfaltada y nos adentramos en el bosque. La llanura descendía sinuosamente. A ambos lados del camino, como paredes repletas de cicatrices, se alzaban los precipicios pintados una y otra vez por Courbet en este rincón del Franco Condado. Una brecha se abría entre los alerces, los abedules y los pinos negros. Zara y yo nos detuvimos jadeantes. A nuestros pies, en el vértice de las colinas perfectamente redondeadas, surcadas por un arroyo cuyas voces cristalinas llegaban hasta nosotros, yacía una aldea. Los tejados ocres y cubiertos de nieve, la achaparrada torre de la iglesia y dos pequeños castillos —uno en ruinas y de estilo segundo imperio; el otro, una auténtica joya de los siglos XVII y XVIII, con su logis y su donjon circular— componían una escena compacta, pedestre y sin embargo milagrosa. Estábamos mudos de asombro. El reloj de la iglesia dio la hora mientras cruzábamos el puente de piedra y a su repique quejumbroso le respondió el movimiento plateado, ocre y verdoso (la paleta de Courbet) del agua sobre las piedras pulidas. Supe de inmediato que en ningún otro lugar encontraría mayor perfección, que allí estaba mi hogar. Esta certeza se confirma cada vez que regreso a este lugar.

La diversidad de las colinas que se ciernen sobre el pueblo resulta difícil de definir. La llanura da paso en un lado a un escarpamiento boscoso, tallado por la erosión y la caliza desprendida. Semienterrados entre los troncos y las rocas, sobre la cresta que se alza justo sobre N., se hallan los restos de una fortaleza y un campamento galos. Hacia el oeste, un camino de sentido único, seguido de una senda polvorienta y un sendero cubierto de hierba, conducen hasta un valle repleto de sombras y ráfagas misteriosas. Una granja solitaria, con su granero imposiblemente grande, señala el ascenso hasta un pequeño collado. El hameau linda con un acantilado monumental horadado en su base hasta formar un elevado arco en el nacimiento del río. Cerca del borde del precipicio se encuentran los vestigios erráticos, difíciles de alcanzar y distinguir, de la pequeña fortaleza militar a cuyo efímero papel en las guerras y la política de Carlos V de Alemania N. debe su única nota a pie de página en la historia. Al este, más allá de las cumbres que se pliegan como banderas de piedra, entre jacintos y prados, el camino asciende hasta una cima retorcida. En los días claros, desde este mirador se divisa gran parte del Franco Condado y, en el horizonte difuso, el Jura. El gavilán sobrevuela las rocas sin descanso; en temporada, el arroyo se llena de truchas; una noche, a comienzos del invierno, oí el seco redoble de las pezuñas de los jabalíes en su migración anual.

Pero tampoco estas maravillas naturales son la esencia. A lo largo de mi vida excesivamente locuaz, he sido un coleccionista de silencios. Cada vez me resulta más difícil encontrarlos. El ruido —industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar en la locura (el «delirio»)— es la peste bubónica del populismo capitalista. No sólo en Occidente, asolado por los medios de comunicación de masas; también en las chabolas de hojalata de los arrabales africanos o entre las multitudes de Shanghai. Únicamente los privilegiados o los sordos se oyen existir a sí mismos. Los silencios en este rincón perdido del Franco Condado escapan, evidentemente y gracias a Dios, a todo lenguaje. Son sumamente variados. En cierto sentido, las noches resultan aún más silenciosas por el débil rumor del arroyo y el inquietante crujir de ramas en el bosque. Hay un silencio de remoto fuego blanco al amanecer, cuando en los recesos umbríos las paredes de piedra rezuman su viejo frescor. El mediodía posee un silencio enteramente propio, quebrado ocasionalmente por el tardío y afilado clarín de los gallos. Los silencios              en N. están indescriptiblemente vivos. Pueblan la luz cambiante en su avance bajo el juego de las nubes, a través del vacío. Paradójicamente, hay un silencio en el corazón de los grandes vientos, en el azote y la turbulencia de los temporales que preservan esta aldea del turismo. En las frecuentes nieblas que traen consigo el olor de los pinos y el granito húmedo, se oye un silencio del silencio.

Ha habido en mi vida demasiado bullicio de ciudades, de aeropuertos, y mucha, demasiada conversación (mea culpa maxima). A medida que mi capacidad auditiva se debilita, el martilleo de la música rock en el taxi de Manhattan, la cháchara de los teléfonos móviles me resultan más insoportables. Cuando me encuentro en medio de este estruendo o, más exactamente, cuando me siento perdido, centro mi mente y mi imaginación en N. Convoco a la memoria, a la expectación, esa dimensión humana, esa oscura cosecha de tiempo histórico y atemporalidad. Evoco el recuerdo de la pequeña placa de mármol en el vestíbulo de la iglesia sobre la que están grabados los nombres de los caídos en las dos guerras mundiales y en la guerra de Argelia (dos familias perdieron a tres de sus miembros cada una). Sobre todo, intento alcanzar esa prodigalidad de silencios. Para bien o para mal —el silencio también es un severo examinador—, en este lugar talismánico me siento protegido, poseedor al fin de una propiedad plena.

El silencio no es precisamente el fuerte de la calle 47, situada en el corazón de Nueva York, entre la Quinta y la Sexta Avenidas. La calle es un hervidero constante. Está flanqueada por joyerías y grandes almacenes donde se compra y se vende oro, plata y piedras preciosas. Una cornucopia de tesoros-basura, docenas de alianzas de compromiso y de matrimonio abarrotan los escaparates. Importantes ofertas y transacciones se realizan en las trastiendas entre el frufrú del papel de seda. Pero el carnaval continúa en la calle. Comerciantes judíos, agentes de Bolsa, engastadores de piedras preciosas, hombres corrientes y hombres de los kibbutzim abarrotan las aceras. Su indumentaria abarca toda la gama de los estilos ortodoxos y conservadores, desde el sobrio muftí y el discreto casquete hasta la gabardina negra y larga, los sombreros negros de ala ancha o los gorritos de piel y los tephilim (amuletos con inscripciones rituales) de los hasidim. Algunos hombres van pulcramente afeitados, muchos lucen una barba discreta, y los hasidim se complacen en exhibir sus barbas y coletas proféticas. Las tribus de la calle 47 parecen surgidas de Babel. El enjambre de voces que inunda el aire es una mezcla de hebreo, yídish, polaco, ruso y ucraniano, salpimentado con ráfagas de inglés de Manhattan, de Brooklyn y del Bronx. El coro se alza hasta alcanzar el clímax a ciertas horas del día, principalmente antes de las oraciones. La calle presume de tener su propia sinagoga, tras puertas idénticas a las de los comercios. El latido de la conversación, desde el murmullo estentóreo hasta el grito imperioso, vibra incesantemente. Se ofrece y se regatea; se cierran tratos; se intercambian favores, créditos y chismes. Una retórica mordaz surgida del debate y de la polémica talmúdicas, la táctica del raconteur (el sarcasmo posee su propia lírica), del vendedor ambulante de proverbios, el patetismo felino cultivado en la opresión del gueto en Europa oriental y en los Stättle, forman súbitos remolinos de comerciantes que bloquean la acera y, no menos bruscamente, se dispersan.

Los patriarcas rondan puertas conocidas reclutando a jóvenes que, en su estricta observancia de las leyes ortodoxas, muestran los rostros delgados y los ojos cansados del estudiante de las escuelas rabínicas. Las manos entran y salen subrepticiamente de bolsillos cavernosos y, por espacio de un instante, la luz refulge sobre el oro o el diamante. Hombros caídos en fingida actitud de indiferencia o menosprecio, con matices de negación, de esperanzas reprimidas, de una arrogancia táctica tan tradicional, tan triste como la propia Diáspora. Es la lengua lo que hipnotiza. Es el interminable desfile diurno de hombres de negro —ni una sola mujer, por supuesto— que se entretejen en diálogo, en prolija demostración, en afilado comercio. A lo largo de toda la manzana, desde la esquina sur hasta la esquina norte, complicadas y laberínticas pautas de elusión y colisión, de reconocimiento y de rivalidad. Para el hasid, la línea que separa el discurso laico y mercantil del monólogo de Dios en la oración tiene el grosor de un pelo. Labios que se mueven sin tregua. El cuerpo, ahora exiliado en Manhattan se inclina hacia el Muro sagrado de Jerusalén junto al cual, seguramente, cierran su último trato y bailan su última danza. Pues ¿no es este diamante, aunque no contenga más que una fracción de quilate, el de Salomón?

Atrapada entre las joyerías, se encuentra la librería más literaria de Nueva York y una de las últimas en sentido riguroso. Durante la década de 1940, la cantidad de librerías de segunda mano que había en la calle 14 y en Broadway era motivo de orgullo. Éstas eran, los sábados, mi segunda escuela. Podías curiosear con voracidad. Tras recomendar encarecidamente a un comprador vacilante la adquisición de la costosa edición neoyorquina en piel de Henry James, el librero, divertido, me recompensó con el Bohn Library Vasari, un libro que yo llevaba meses dando claras muestras de anhelar y que aun conservo como un tesoro. Hoy, el Gotham Book Mart de la calle 47 es uno de los últimos mohicanos. Sus paredes están forradas de fotografías, generalmente firmadas, de Joyce, T. S. Eliot, Frost, Auden, Faulkner y genios más recientes. Sus fondos de números atrasados y actuales de «pequeñas revistas», antaño indispensables para la vida de la literatura y del espíritu, luchan hoy por ser oídos siquiera fugazmente. La librería Gotham intenta dar a conocer la poesía publicada por pequeñas editoriales e impresores aislados. Ilustres poetas, dramaturgos y novelistas han leído y estampado su firma en este sótano abarrotado. Con fingido aire de naturalidad, los clientes esperan ser confundidos con auténticos literati (las personas que llevan la librería se han vuelto, casi lamentablemente, menos cáusticas). Cuando visito este local, es decir, en cada uno de mis viajes a Nueva York, me muestran una pequeña lista de coleccionistas despistados en busca de ésta o de aquella de mis primeras publicaciones —la poesía, el Premio Oxford de Ensayo o la primera edición de Lenguaje y silencio—. La caricia resulta irresistible: siempre salgo de Gotham con libros que nunca había tenido intención de comprar.

Los joyeros y esa biblioteca ambulante; los hasidim y las obras y retratos de algunos de los juglares del antisemitismo —Pound, Eliot, Céline—. Las alianzas baratas que unen el amor y la poesía cara que lo celebra o lo lamenta. La contigüidad de la calle 47 es inagotable.

La lluvia atravesada por la luz puede realzar su efecto. Teje sobre las paredes rojizas una tela de araña con nudos y filamentos de plata. Es difícil imaginar unas condiciones climatológicas en las que la ciudad de Girona no hechice al visitante. Sus riquezas son numerosas: los conventos de la Mercè, de Sant Domènec, de Sant Francesc, la iglesia de Sant Feliu; las capillas de Sant Jaume y Sant Miquel; y, sobre todo, la Seu, la impresionante fortaleza-basílica erigida en honor a Dios que alberga el sepulcro de la condesa Ermesinda, anno 1385. Es ésta una de las cumbres absolutas, aunque desconocidas, del arte gótico, el más puro y simple de los estilos artísticos. Tallado en alabastro, el rostro de la condesa es el rostro del sueño, el de una grata solemnidad de reposo tras los párpados cerrados y la boca que respira insinuando un atisbo de sonrisa. Pero «sonrisa» puede no ser la palabra correcta. Es del interior de la piedra tallada de donde surge un secreto de luz, de reticente despedida. La economía de las líneas, la antinomia de abstracción sensible, incluso sensual, no volverá a ser igualada hasta Brancusi. Si la belleza absoluta es la invitada de la muerte, esta figura de Guillem Morell es sin duda la prueba.

Me había escapado de una fiesta. Me perdí entre las callejuelas y los ocultos patios interiores del barrio judío medieval, desconcertante pero lógicamente próximo al recinto de la catedral (los eclesiásticos medievales ofrecían a «sus» judíos una protección basada en la extorsión). La sombra densa y la lluvia teñían la arquería y los adoquines. Un cartel indicaba que el angosto pasaje llevaba el nombre del famoso cabalista Isaac el Ciego. En algún lugar, no lejos de allí, el profeta invidente había practicado sus misterios ocultos. Un puñado de discípulos —a los cabalistas no les está permitido instruir a más de dos o tres adeptos— había llegado hasta aquel silencioso laberinto de callejas. Debieron de oír, como oí yo en ese momento, las campanas de la Seu anunciando las vísperas mientras practicaban sus artes arcanas.

Contemplando el desgastado tramo de escaleras que conducía hasta un lugar más recóndito, vi las facciones de un hombre muy anciano, con la barba ahorquillada y moteada de luz, que me miraba con sus ojos muertos. La fantasía y el lugar se aliaron para crear un espectro, para dar forma a una condensación y concentración de tiempo momentáneas. Luego la sombra se diluyó en sombras más densas y la penumbra se llevó consigo el punto o la luz. Es, así lo creo, esta pincelada «informadora» de la mano del tiempo, de las presiones inconscientemente sentidas de la historia, a menudo trágica, sobre el entorno físico, sobre el perfil de los tejados e incluso del paisaje, en instantes enigmáticos, sobre los ríos y sobre los vientos, la que uno siente en Europa con mayor intensidad que en ninguna otra parte. Sin esta presencia palpable de la temporalidad humana careceríamos de esa geografía incomprensible: esas colinas sembradas de viñedos, los pueblecitos arracimados, los cielos despoblados, los panoramas de torres y agujas como telón de fondo de las Pasiones renacentistas o tras las ventanas de un Van Eyck. Por el contrario, la mayor parte del paisaje estadounidense, de ahí su liberalidad seductora, es ajeno al pensamiento y al dolor humanos. Es atemporal en su indulgente indiferencia. El tiempo europeo, esa especie de papel de lija de la historia no satisfecha, es lo que define este alabastro de Girona, un perfil de Brancusi o el grito de un Bacon, impensable en el vuelo libre de un Calder, en su despegue ocasional de la mortalidad.

El «tiempo estadounidense», la inversión estadounidense en lo inmediato, en «lo que ocurre», y su lúdica negación del recuerdo se encuentran hoy en ascenso. Las relaciones entre tiempo y muerte individual —relaciones tanto sociales como metafóricas, biomédicas y alegóricas— que han establecido el calendario del pensamiento europeo clásico, de la estética y de las convenciones sociales están cambiando. La altiva paciencia, la apuesta por la perdurabilidad, por la pervivencia que de maneras diferentes pero emparentadas inspiró la tumba de la condesa y la a menudo enloquecida acrobacia de la especulación («reflexión») numerológica, alquímica y gramatológica en la cámara de Isaac el Ciego ya no siguen en vigor. De maneras sin embargo incalculables, este desplazamiento sísmico hacia el «futuro presente», el tiempo verbal que define a América del Norte y, probablemente, al Sureste asiático transformará no sólo nuestra tecnología, sino también las artes y los hábitos de la propia conciencia. Un Picasso sigue estando orgánicamente próximo a los arquitectos y escultores de Girona. Duchamp y Tinguely, el objet trouvé y el self-destruct, no lo están. Isaac el Ciego se habría enfrascado con fascinación en la lectura del Finnegans Wake. El ciberespacio es un mundo nuevo.

Ha habido en mi vida demasiados hoteles. Pero hay tres en cuyas terrazas o en cuyos balcones me quedé paralizado; pues se alzan directamente sobre tres ríos magníficos.

El tráfico en el Rin ya no es lo que era. Las barcazas aún navegan, sin embargo, por el suave recodo del río a su paso por Basilea. Su jadeo se acerca y se aleja. De noche, sus luces se deslizan junto a los balcones del Trois Rois. En la orilla opuesta se encuentra Francia y, justo a un lado, Alemania. Las colinas y los viñedos alsacianos dibujan el horizonte cercano. El catolicismo y la Reforma, francés el uno, alemana la otra, confluyen en un río que, desde su insignificante nacimiento en los glaciares y a lo largo de su recorrido hasta el estuario de Rotterdam, ha sido testigo de ceremonias y odios, de motivos musicales y literarios y de la contaminación de la historia europea. Basilea es la ciudad de Erasmo y de Nietzsche, una ciudad que conserva sus tímidas luces como si quisiera proclamar su neutralidad con respecto a los escuadrones que surcaban la noche en Francia y en Alemania durante el apagón al final de la Segunda Guerra Mundial.

El Arno, sin embargo, es mudo y lánguido en su quietud teñida de arena, casi como una marisma. En Florencia, sólo algún esquife o una barca de remos surcan las envejecidas aguas. Pero, exactamente igual que en las crónicas de la ciudad medieval y renacentista, resulta inconfundible una intuición de brusco despertar, de amenaza. Cuando el Arno crece, arrasa calles y plazas. Los reflejos en la corriente soñolienta son siempre irregulares, como si el río mantuviese cautivos los palacios y las fachadas que jalonan sus muelles. Hasta el siguiente asalto de furia repentina. También aquí hay una terraza de hotel frente a torres y cúpulas.

En las mañanas claras, el Limmat es tan elegante, tan patricio como sus famosos cisnes. Desciende, con bullicioso y cristalino ritmo, junto a las torres de la catedral de Zurich hacia las lejanas cumbres del Oberland Bernés. Es un río pensado sólo por Joyce y por Blackmur. Tan sutilmente urbano como el hotel Zum Storchen, donde Nelly Sachs se encontró con Paul Celan, para escribir, en la compartida «muerte después de la muerte» del Holocausto, uno de los poemas imprescindibles de la lengua alemana. Los lugares comunes pueden ofrecer una descripción taquigráfica de las verdades. Los ríos son alegorías del tiempo. Ponen puentes en movimiento.

Incluso en los momentos más funestos de la burocracia comunista en Alemania oriental, Weimar gozaba de pequeñas bendiciones. Su pródiga herencia cultural ocultaba ciertas brutalidades oficiosas. Cuando, tras la caída del Muro de Berlín y la República Democrática, regresé a Weimar, la vulgarización resultaba mucho más patente que la libertad. El Elephant, el albergue tan querido por Goethe, por Liszt, por Thomas Mann, es hoy un abominable remedo de motel de carretera estadounidense. La librería de viejo donde antaño yo encontraba tesoros no es más que un despojo espectral de su antiguo ser. Lo único que la ciudad conserva intacto (y sin visitar) es un pequeño cementerio que se encuentra camino del castillo. Algunas lápidas están caídas; la maleza lo invade todo. Custodia los restos de los soldados rusos que perecieron en las inmediaciones de Weimar cuando la ciudad fue tomada casi por completo. No más, calculo, de treinta o cuarenta tumbas. Muchas de ellas pertenecen a soldados de dieciséis o diecisiete años, salidos de las estepas asiáticas, de Kazajstán y de Turkmenistán, y conducidos hasta la muerte en una tierra y en una lengua de las que jamás habían oído hablar por la insensata y mecánica resistencia y la habilidad militar de un Reich agonizante. Este desconocido cementerio pone de manifiesto la estúpida inutilidad, inutilidad e inutilidad de la guerra, su voraz apetito de vidas infantiles. Pero también, y no en menor medida, expone las asombrosas afinidades existentes entre la guerra y la alta cultura, entre la violencia bestial y el cenit de la creatividad humana. Los jardines de Goethe se encuentran a pocos minutos de allí. Las avenidas familiares para Liszt y Berlioz rodean la verja herrumbrosa. Hay descanso aquí, mas no paz.

He tenido el privilegio de presenciar maravillas: el latigazo de la cambiante línea de colores en Ciudad de El Cabo, cuando el malva del océano Índico se encuentra con el verde del Atlántico sur; el gigantesco montículo de Ítaca bajo la primera luz del día; la incendiaria puesta de sol, las dunas convertidas en cobre fundido del Néguev; el estruendo submarino de las corrientes que azotan los acantilados de Etretat en la costa normanda; las carreteras hundidas que aparentemente no conducen a ninguna parte o conducen a las ciudades fantasma de Nevada; la formación de una tormenta en esa bahía futurista de Hong Kong; las brasas candentes, diminutas, en los ojos de los chacales que se mantienen lejos de la hoguera desde una cabaña en el Parque Nacional de Kruger; el olor a azufre y a sal en la tundra de Islandia (¿existe lugar más fascinante?); el clamor de miles, de decenas de miles de pasos que acompañaban el cortejo fúnebre de Winston Churchill en un Londres antes del alba, por lo demás totalmente sumido en el silencio; los conos volcánicos flotando literalmente, como góndolas talladas en nieve, entre la venenosa nube de humo que cubre la ciudad de México. Pero esto es turismo. En N., será posesión.


En Errata. El examen de una vida
Traducción: Catalina Martínez Muñoz