15 abr. 2012

Elías Canetti - La profesión de escritor





Discurso pronunciado en Munich en enero de 1976

Entre las palabras que durante un tiempo han languidecido bajo la extenuación y el desamparo, que la gente evitaba y encubría, quedando en ridículo al utilizarlas, que fue vaciando y vaciando hasta que, deformes y atrofiadas, se convirtieron en una amonestación, figura la palabra "escritor". Quien pese a esto se entregaba a dicha actividad, que seguía existiendo como siempre, se denominaba "alguien que escribe".

Podría pensarse que el objetivo era renunciar a un falso privilegio, obtener nuevas escalas comparativas, volverse más riguroso consigo mismo y, sobre todo, evitar cuanto pudiera conducir a éxitos despreciables. En realidad sucedió lo contrario: los métodos para llamar la atención fueron conscientemente elaborados y promovidos por los mismos que habían vapuleado sin piedad la palabra "escritor". La pedante afirmación de que la literatura había muerto fue redactada como proclama en palabras patéticas, impresa en papel fino y discutida con una seriedad y solemnidad tan grandes como si se tratara de un producto intelectual complejo y difícil. Cierto es que este caso particular se asfixió pronto en su propia absurdidad; pero otras personas, que no eran lo suficientemente estériles como para agotarse en una simple proclama y escribían libros amargos y muy inteligentes, adquirieron pronto cierta reputación como "gente que escribe" y empezaron a hacer algo que los escritores ya solían hacer antes: en vez de enmudecer, escribían siempre de nuevo el mismo libro: Por más que la humanidad les pareciera incapaz de mejorarse y sí digna de perecer, aún le quedaba una función: aplaudirlos. Quien no sintiera ganas de hacerlo, quien se hartara de las mismas y sempiternas efusiones, sucumbía a una doble condena: por un lado como ser humano —quedaba liquidado—, y por otro como alguien que se negaba a reconocer en la infinita tanatomanía de quienes escriben la única cosa que conserva aun cierto valor. Comprenderán que, a la vista de fenómenos semejantes, no sienta yo menos recelo ante quienes sólo escriben que ante quienes, autocomplacientes, siguen denominándose escritores. No veo diferencia alguna entre ellos, se asemejan entre sí como dos gotas de agua: el prestigio que pudieron adquirir en un momento dado acaba pareciéndoles un privilegio.

Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él. El peligro en que se encuentra, antiguamente un tema de interés central para las religiones, ha sido transferido al más acá. Su destrucción, intentada más de una vez, es fríamente observada por quienes no son escritores, y no faltan algunos que calculan sus posibilidades de supervivencia y hacen de todo ello una profesión que los va engordando más y más cada vez. Desde que confiamos nuestras profecías a las máquinas, aquéllas han perdido todo su valor. Cuanto más nos disgregamos, cuanto más nos encomendarnos a instancias sin vida, menos control tenernos sobre lo que ocurre. De nuestro creciente poder sobre todo, lo inanimado como lo animado, y en particular sobre nuestros semejantes, ha surgido un antipoder que sólo en apariencia controlamos. Habría miles de cosas que decir al respecto, pero todas son del dominio público; esto es lo realmente curioso: todo, hasta en sus detalles más nimios, se ha convertido en la noticia diaria dei periódico, en lo atrozmente trivial. No esperen que les repita aquí estas cosas; hoy día me he propuesto algo distinto, mucho más modesto.

Tal vez valga la pena preguntarse si, dada la situación actual de este planeta, existe algo en virtud de lo cual los escritores —o los que hasta ahora han sido considerados como tales— puedan ser de utilidad. De cualquier forma, y pese a todos los reveses que la palabra ha tenido que soportar por ellos, algo le ha quedado de sus fueros. La literatura podrá ser lo que quiera, pero muerta no está, como tampoco lo están quienes se aferran todavía a ella. ¿En qué debiera consistir la vida de sus actuales representantes? ¿Qué deberían poder ofrecernos?

Por casualidad encontré hace poco la siguiente nota suelta de un autor anónimo, cuyo nombre no puedo citar por el simple hecho de que nadie lo conoce. Lleva la fecha 23 de agosto de 1939, es decir, una semana antes del estallido de la segunda Guerra Mundial, Y su texto es como sigue: "Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra."

¡Qué absurdo!, nos decimos hoy en día, sabiendo lo que desde entonces ha ocurrido. ¡Qué pretensiones! ¿Qué hubiera podido impedir un individuo solo? ¿Y por qué justamente un escritor? ¿Existe acaso reivindicación más alejada de la realidad? ¿En qué se diferencia esta frase de la retórica hueca de quienes con sus frases provocaron conscientemente la guerra?

La leí irritado y la copié con creciente indignación. He aquí, pensé, una muestra de lo que más me desagrada en la palabra "escritor", una pretensión que se halla en flagrante contradicción con lo que un escritor podría hacer en el mejor de los casos, un ejemplo de esa fanfarronería que ha desacreditado tanto esta palabra y nos infunde recelo en cuanto alguien del gremio se da golpes de pecho y empieza a pregonar sus monumentales intenciones.

Pero luego, en los días que siguieron, me di cuenta asombrado de que la frase se negaba a abandonarme y acudía a mi mente todo el tiempo, de que yo la cogía, la desmembraba, la arrojaba lejos y volvía a recogerla, como si sólo estuviera en mi poder hallarle algún sentido. Su manera de empezar era bastante extraña: "Ya no hay nada que hacer", expresión de una derrota total y desesperada en un momento en que debían de iniciarse las victorias. Y puesto que todo está orientado en función de esa derrota, la frase prefigura el desconsuelo del final como algo inevitable. No obstante, la auténtica frase: "Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra" contiene, examinada más de cerca, todo lo contrario de una fanfarronada, vale decir que es la confesión de un fracaso absoluto. Pero es todavía más la confesión de una responsabilidad, precisamente allí —y esto es lo sorprendente del caso— donde menos cabría hablar de responsabilidad en el sentido usual del término.

En esta frase, alguien que piensa sinceramente lo que dice —pues lo dice en la intimidad—, se vuelve contra sí mismo. No fundamenta su pretensión: renuncia a ella. En su desesperación por lo que ha de llegar muy pronto se acusa a sí mismo, no a los verdaderos causantes a quienes sin duda conoce perfectamente, pues de lo contrario pensaría de otro modo sobre el futuro. El origen de mi irritación inicial era, pues, uno solo: la idea de aquel individuo sobre lo que debía ser un escritor, y el hecho de que él mismo se considerara como tal hasta que el estallido de la guerra echó por tierra todos sus ideales.

Y es justamente esta reivindicación irracional de una responsabilidad lo que me hace pensar y me seduce del caso. Cabría recordar aquí que también fueron ciertas palabras, una serie de palabras recurrentes empleadas en forma consciente y abusiva, las que causaron esa situación de inevitabilidad de la guerra. Si eso pueden provocar las palabras, ¿por qué no pueden impedir otro tanto? No es extraño que quien frecuenta las palabras más que otros también espere más de sus efectos que otra gente. Un escritor sería, pues —tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez—, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos, aunque depositando más confianza en las palabras; que destrona a éstas de sus sitiales para entronizarlas luego con mayor aplomo; que las palpa e interroga; que las acaricia, lija, pule y pinta, y que después de todas estas libertades íntimas es incluso capaz de ocultarse por respeto a ellas. Y si bien a veces puede parecer un malhechor para con las palabras, lo cierto es que comete sus fechorías por amor.

Detrás de todo este tráfago hay algo de lo que no siempre está consciente, algo por lo general débil, pero a veces también de una fuerza que lo destroza: me refiero a la voluntad de responsabilizarse por todo cuanto admita una formulación verbal y de expiar incluso sus posibles fallos.

¿Qué valor puede tener para los otros esta aceptación de una responsabilidad ficticia? ¿Su mismo carácter irreal no le resta acaso toda su eficacia? En mi opinión, todos —incluso los más limitados— toman más en serio lo que un hombre se impone a sí mismo que lo que le viene impuesto por la fuerza. Y no hay proximidad mayor a los hechos ni relación más profunda con ellos que sentirse responsable de que ocurran. Si la palabra escritor ha sido mal vista por muchos, ello se debía a que la vinculaban a una idea de apariencia y falta de seriedad, a la idea de algo que se marginaba para no comprometerse demasiado. La combinación de aires de grandeza y de fenómeno estético en todos sus matices —surgida inmediatamente antes de que la humanidad entrara en uno de los períodos más tenebrosos de su historia, que se abatió sobre ella sin darle tiempo a advertir su inminencia—, no parecía la más apropiada para infundir respeto; su falsa confianza y su ignorancia de la realidad, a la que sólo intentaba acercarse a través del desprecio; su negativa a entablar cualquier relación con ella, su lejanía interior de todo lo fáctico —pues el lenguaje que utilizaba no permitía reconocerlo—, todo esto contribuyó, y es perfectamente comprensible, a que ciertos ojos acostumbrados a ver el mundo con mayor dureza y precisión se apartasen, aterrados, de tanta ceguera.

A ello se puede objetar que también existen frases como la que dio origen a la presente meditación. Mientras haya gente —y hay, desde luego, más de uno— que asuma esa responsabilidad por las palabras y la sienta con la máxima intensidad al reconocer un fracaso total, tendremos derecho a conservar una palabra que ha designado siempre a los autores de las obras esenciales de la humanidad, obras sin las cuales no tendríamos conciencia de lo que realmente constituye dicha humanidad. Confrontados con tales obras —que nos hacen tanta falta como nuestro pan cotidiano, aunque de otra manera—, alimentados y conducidos por ellas (aunque no nos hubiera quedado nada más, aunque ni siquiera supiéramos en qué medida nos conducen), pero buscando al mismo tiempo y en vano algo que, en nuestra época, pudiera equipararse a ellas, sólo nos queda una actitud posible: podemos, siendo muy severos con la época y con nosotros mismos, llegar a la conclusión de que hoy en día no hay escritores, pero debemos desear apasionadamente que haya unos cuantos.

Esto suena demasiado a resumen y tendrá poco valor si no intentamos elucidar primero lo que un escritor debe poseer hoy en día para tener derecho a serlo.

Lo primero y más importante, diría yo, es su condición de custodio de las metamorfosis, custodio en un doble sentido. Por un lado habrá de familiarizarse con la herencia literaria de la humanidad, que abunda en metamorfosis. Hasta qué punto abunda, lo sabernos sólo actualmente, cuando ya se han descifrado los textos de casi todas las culturas antiguas. Hasta el siglo pasado, todo el que se interesara por este aspecto del ser humano, uno de los más específicos y misteriosos —el don de la metamorfosis—, tenía que atenerse a dos obras fundamentales de la Antigüedad; una tardía: las Metamorfosis de Ovidio, recopilación casi sistemática de todas las metamorfosis conocidas por entonces, míticas y "sublimes", y otra temprana: la Odisea, centrada sobre todo en las metamorfosis y aventuras de un hombre llamado precisamente Odiseo. Éstas culminan en su retorno al hogar disfrazado de mendigo, el estrato más ínfimo que cabía imaginar, y la perfección en la simulación lograda aquí no ha sido igualada ni, menos aún, superada por ningún escritor posterior. Sería ridículo explayarse sobre la influencia de estos dos libros en las culturas europeas modernas, ya antes del Renacimiento Y sobre todo a partir de éste. En Ariosto y en Shakespeare, así como en muchos otros escritores, reaparecen las Metamorfosis de Ovidio; y sería totalmente falso creer que su influjo en los autores modernos se ha agotado. Odiseo, sin embargo, es una figura que encontrarnos hasta el día de hoy: el primer personaje de la literatura universal ha pasado a formar parte de sus reservas fundamentales, Y resultaría difícil nombrar a más de cinco o seis personajes de similar repercusión.

Sin duda es el primero que ha estado siempre a nuestro alcance, pero no el más antiguo, pues se ha descubierto otro anterior. Apenas han transcurrido cien años desde que el Gilgamés mesopotámico fue identificado y apreciado en toda su importancia. Esta epopeya se inicia con la transformación de Enkidu, hombre primitivo que vivía entre los animales del bosque, en un ser humano civilizado y urbano, tema este de particular interés para nosotros ahora que tenernos datos concretos y precisos sobre niños que han vivido entre lobos. Al perder Gilgamés a su amigo Enkidu se produce una terrible confrontación con la muerte, la única que no deja en el hombre moderno el amargo resabio del autoengaño. Y a este respecto quisiera presentarme como testigo de un hecho casi inverosímil: ninguna obra literaria, literalmente ninguna, ha incidido tan decisivamente en mi vida como esta epopeya, que tiene cuatro mil años y cuya existencia nadie conocía hasta hace un siglo. Yo la conocí a los diecisiete años, y desde entonces no me ha abandonado; siempre he vuelto a ella como a una Biblia y, aparte de su influencia específica, me ha dado grandes esperanzas de hallar aún cosas desconocidas. Me resulta imposible considerar el corpus de la tradición que nos sirve de alimento como algo concluido; y aunque pudiera demostrarse que ya no surgirán obras escritas de la misma trascendencia, siempre quedaría la gigantesca reserva de los pueblos primitivos y su tradición oral.

Pues en ella son infinitas las metamorfosis, que es lo que aquí nos interesa. Podría emplearse una vida entera en interpretarlas y comprenderlas, y no sería una vida mal empleada. Tribus que a veces constan de unos cuantos centenares de hombres nos han dejado un tesoro que, a decir verdad, no merecernos, pues por nuestra culpa se han ido extinguiendo o se extinguen aún ante nuestros ojos, apenas capaces de ver algo. Es gente que ha conservado hasta el final sus experiencias míticas, y lo asombroso es que apenas hay algo que nos venga más a propósito y nos dé tantas esperanzas como esta poesía temprana e incomparable de hombres que, cazados, explotados y desposeídos por nosotros, han perecido en medio de la miseria y la amargura. Ellos, despreciados por nosotros debido a su modesta cultura material, aniquilados a ciegas y sin misericordia, nos han legado una herencia espiritual inagotable. Nunca podremos agradecer suficientemente a la ciencia por haberla salvado; su auténtica conservación, su resurrección en nuestras vidas, es tarea de los escritores.

Los he denominado custodios de las metamorfosis, y también lo son en un sentido diferente. En un mundo consagrado al rendimiento y a la especialización, que no ve sino cimas a las cuales aspira en una especie de limitación lineal, que, a su vez, dirige todas sus fuerzas a la fría soledad de aquellas cumbres, pero que descuida y confunde lo que tiene al lado, lo múltiple y lo auténtico, que no se presta a servir de puente hacia ninguna cima; en un mundo que cada vez prohíbe más la metamorfosis por considerarla contraria al objetivo único y universal de la producción; que multiplica irreflexivamente sus medios de autodestrucción a la vez que intenta sofocar el remanente de cualidades adquiridas tempranamente por el hombre y que pudiera estorbarlo; en un mundo semejante, que desearíamos calificar del más obcecado de todos los mundos, parece justamente un hecho de capital importancia el que haya gente dispuesta a seguir practicando, a pesar de él, este preciado don de la metamorfosis. Ésta, en mi opinión, sería la auténtica tarea de los escritores. Gracias a un don que antes era universal y ahora está condenado a atrofiarse, pero que ellos debieran conservar con todos sus recursos, los escritores deberían mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres. Deberían poder metamorfosearse en cualquier ser, incluso el más ínfimo, el más ingenuo o impotente. Su deseo de vivir experiencias ajenas desde dentro no debería ser determinado nunca por los objetivos que integran nuestra vida normal u oficial, por decirlo así; debería estar libre de cualquier aspiración a obtener éxito o importancia, ser una pasión para sí, precisamente la pasión de la metamorfosis. Para ello haría falta un oído siempre alerta; aunque esto tampoco bastaría', pues hay una gran mayoría que apenas conoce su idioma: se expresan en las frases acuñadas por los periódicos y demás medios de información y dicen, sin ser realmente lo mismo, cada vez más las mismas cosas. Sólo a través de la metamorfosis, entendida en el sentido extremo en que empleamos aquí el término, sería posible percibir lo que un ser humano es detrás de sus palabras; de ninguna otra forma podría captarse lo que de reserva vital hay en él. Es un proceso misterioso, casi inexplorado aún en su naturaleza, y que, no obstante, constituye el único acceso real al otro ser humano. Se ha intentado denominar este proceso desde perspectivas diferentes, barajando términos como compenetración y empatía. Por razones que no puedo enumerar ahora he preferido la palabra "metamorfosis", mucho más presuntuosa. Pero al margen del nombre que le demos, difícilmente alguien osará poner en duda que se trata de algo real y muy valioso. La verdadera profesión de escritor consistiría, para mí, en una práctica permanente, en una experiencia forzosa con todo tipo de seres humanos, con todos, pero en particular con los que menos atención reciben, y en la continua inquietud con que se lleva a cabo esta práctica, no mermada ni paralizada por ningún sistema. Es concebible, e incluso probable, que en su obra sólo se filtre una parte de esta experiencia. Los juicios sobre ella pertenecen, una vez más, al mundo del rendimiento y de las cumbres, que no nos interesa por ahora; nuestra tarea consiste de momento en definir lo que sería un escritor, si lo hubiera, y no en estudiar su legado.

Si prescindo aquí totalmente de lo que se llama éxito, si desconfío incluso de él, ello guarda relación con un peligro que todos conocernos por experiencia propia. El éxito como objetivo y el éxito en sí mismo tienen un efecto restrictivo. Quien se ha trazado una meta en su camino siente como un lastre inútil casi todo cuanto no lo ayude a conseguirla. Lo arroja lejos de sí para sentirse más ligero, sin preocuparse de que acaso esté tirando lo mejor de sí mismo; sólo le importa el puntaje que obtenga, y empieza a subir de punto en punto hasta que acaba calculando en metros. La posición lo es todo y viene determinada desde fuera; él no la crea ni toma parte alguna en su formación. Simplemente la ve y aspira a ella, y por útil y necesario que pueda resultar ese esfuerzo en muchos campos de la vida, para el escritor, tal como aquí lo imaginamos, sería aniquilador. Pues una de sus tareas primordiales es crear cada vez más espacio en sí mismo. Espacio para los conocimientos que no adquiera con algún fin identificable, Y espacio para los seres humanos a quienes dé cabida y cuyas experiencias comparta al metamorfosearse. En cuanto a los conocimientos, sólo podrá adquirirlos mediante esos procedimientos limpios y honestos que determinan la estructura interna de toda disciplina científica. Pero en la elección de estas disciplinas, que pueden estar a gran distancia unas de otras, no se dejará llevar por ninguna norma consciente, sino por un hambre inexplicable. Y como a la vez se mantiene abierto de cara a los hombres más diversos y los comprende según un procedimiento antiquísimo y precientífico como es la metamorfosis; como debido a ello se halla sometido a un movimiento interior perpetuo que no puede aminorar ni detener jamás —pues no colecciona hombres, no los separa ni los clasifica de acuerdo a un orden, sino que los encuentra simplemente y los absorbe vivos—; como además recibe violentos golpes de ellos, es perfectamente posible que su viraje repentino hacia una nueva disciplina científica también esté determinado por tales encuentros.

Estoy consciente del carácter paradójico de esta exigencia: no puede provocar otra cosa que oposición. Suena como si nuestro escritor aspirase a convocar un caos de elementos contrapuestos y en litigio dentro de sí mismo. A una objeción de este tipo, por lo demás sumamente importante, poco tendría que oponer por ahora. El escritor está más próximo al mundo si lleva en su interior un caos; pero a la vez se siente, y éste ha sido nuestro punto de partida, responsable de dicho caos; no lo aprueba, no se encuentra a gusto en él ni se considera un genio por haber dado cabida a tantos elementos contrapuestos y sin ilación entre sí; aborrece el caos y no pierde la esperanza de superarlo tanto por él como por los demás.

Para poder decir algo mínimamente valioso sobre este mundo, no podrá alejarlo de su persona ni evitarlo. Tendrá que llevarlo en su interior como ese caos absoluto en el que finalmente se ha convertido, pese a todos los objetivos y proyectos propuestos —pues se encamina hacia su autodestrucción a una velocidad cada vez mayor—, así y no ad usum Delphini, es decir del lector, como si fuera algo pulido y brillante. Pero no deberá sucumbir a dicho caos, sino hacerle frente y oponerle, a partir justamente de sus experiencias con él, el ímpetu avasallador de su esperanza.

¿En qué puede consistir esta esperanza? ¿Por qué sólo adquiere valor cuando se nutre de las metamorfosis —anteriores— suscitadas por la emoción de sus lecturas, y de las —actuales— provenientes de su apertura al mundo que lo rodea?

Por un lado tenernos la fuerza de los personajes que lo ocupan y no renuncian al espacio que ya han invadido en su interior. Reaccionan a partir de él, como si de verdad lo integraran. Constituyen su mayoría articulada y consciente, son, por el hecho de vivir en él, su oposición contra la muerte. Entre los atributos de los mitos transmitidos oralmente figura el de su repetición forzosa. Su vitalidad es comparable a su precisión, es propio de ellos no modificarse. Sólo en cada caso aislado es posible descubrir qué constituye su vitalidad, y tal vez se haya atendido demasiado poco al porqué tienen que seguir siendo relatados. Podríamos describir perfectamente lo que nos ocurre al topamos por primera vez con uno de ellos. No esperen que hoy les haga una descripción semejante con todos sus detalles, pues de lo contrario no tendría valor. No quisiera mencionar más que un aspecto: la sensación de seguridad e irrevocabilidad; sólo así fue, sólo así pudo haber sido. Cualquiera que sea la experiencia que nos proporcione el mito, por inverosímil que deba parecernos en otro contexto, en éste queda libre de dudas y adquiere un perfil único e inconfundible.

Con esta reserva de certezas, de la que tanto ha llegado hasta nosotros, se han cometido los abusos más peregrinos. Demasiado bien conocernos el abuso del que ha sido objeto en el plano político; desfigurados, diluidos, deformados, aquellos préstamos —en sí poco valiosos— duran algunos años hasta que estallan. De tipo muy diferente son los préstamos de la ciencia; por citar sólo un ejemplo evidente: al margen de lo que se piense sobre la veracidad del psicoanálisis, debemos reconocer que ha extraído buena parte de su fuerza de la palabra "Edipo", y la crítica seria a que lo vienen sometiendo hace un tiempo intenta atacarlo justamente desde esta palabra.

Los abusos de todo tipo cometidos con los mitos explican el abandono al que los ha relegado nuestra época. Se los toma por mentiras porque sólo se conocen los préstamos a que han dado origen, y se los deja a un lado junto con dichos préstamos. La gama de metamorfosis que ofrecen ya sólo parece inverosímil. De sus portentos no aceptamos sino los que han sido verificados por inventos ulteriores, olvidando que debemos cada uno de éstos a su arquetipo mítico.

Pero junto a todos sus contenidos aislados, lo realmente auténtico del mito es la metamorfosis que en él se practica y gracias a la cual el ser humano se ha ido formando. A través de ella se apropia del mundo y participa de él; no es difícil darse cuenta de que también debe a la metamorfosis su poder, así como lo mejor que tiene: su misericordia.

No vacilo en emplear aquí una palabra que los "pragmáticos" del espíritu encuentran inoperante y que ha sido desterrada —lo cual también forma parte de la especialización— al ámbito de las religiones, donde sí es lícito citarla y explotarla. En cambio es mantenida lejos de las decisiones objetivas de nuestra vida cotidiana, cada vez más determinadas por la técnica.

He dicho que sólo puede ser escritor quien sienta responsabilidad, aunque tal vez no haga mucho más que otros por acreditarla a través de la acción individual. Es una responsabilidad ante esa vida que se destruye, y no debiéramos avergonzarnos de afirmar que dicha responsabilidad se alimenta de misericordia. Carece de valor si es proclamada como un sentimiento universal e indefinido. Exige la metamorfosis concreta en cada individuo que viva y esté allí. Y el escritor aprende y practica la metamorfosis en el mito y en las tradiciones literarias. No es nadie si no la aplica constantemente a su propio medio. Las mil formas de vida que penetran en él y quedan sensiblemente aisladas en todas sus manifestaciones, no se unen luego para formar un simple concepto en su interior, pero le dan la fuerza necesaria para enfrentarse a la muerte y se convierten así en algo universal.

No puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte. Consternado, experimentará en mucha gente el creciente poderío de ésta: él, que no se cierra a nadie. Aunque esta empresa parezca inútil a todos, él permanecerá siempre activo y jamás capitulará, bajo ninguna circunstancia. Su orgullo consistirá en enfrentarse a los emisarios de la nada —cada vez más numerosos en literatura—, y combatirlos con medios distintos de los suyos. Vivirá de acuerdo a una ley que es suya propia, aunque no haya sido hecha especialmente a su medida, y que dice:

No arrojarás a la nada a nadie que se complazca en ella. Sólo buscarás la nada para encontrar el camino que te permita eludirla, y mostrarás ese camino a todo el mundo. Perseverarás en la tristeza, no menos que en la desesperación, para aprender cómo sacar de ahí a otras personas, pero no por desprecio a la felicidad, bien sumo que todas las criaturas merecen, aunque se desfiguren y destrocen unas a otras.



En La conciencia de las palabras (1962-1974)
Primera edición en español, de la segunda en alemán, 1981
Título original: Das Gewissen der Worte
Traducción de Juan José del Solar