2 mar. 2012

Silvina Ocampo - En el bosque de los helechos




En el bosque infinito de los helechos, donde acampaban los gladiadores, sin aclaración de tiempo ni de lugar, me perdí un día, hace tantos siglos que no puedo rememorar ni la hora, ni el color del cielo, ni la temperatura del aire. Yo tendría once años, no puedo imaginar otra edad. ¿Cómo llegué a esos sitios del mundo?. Nunca lo sabré. Tengo recuerdos de una madre que me quería mucho y que no me descuidaba; de un padre que me miraba apenas. ¿Cómo llegué a ese bosque extraño, tan lejos del lugar de mi nacimiento?. Tal vez me enamoré de un gladiador, que después de violarme bruscamente, me regaló un caramelo. No había caramelos en esas épocas pero, por costumbre, llamo caramelos a todo lo dulce y pegajoso que hay en la naturaleza: un higo bien maduro, rojo como el corazón abierto de una niña. El gladiador no me amaba ni traté de seducirlo, pero no me separé más de su lado y durante unos momentos, con dificultad, lo tomaba de la mano izquierda, tan áspera, que yo gritaba de dolor.

—¿Por qué gritas? –preguntó—.

—Porque me duele.

—La próxima vez te dolerá mucho más.

—No quiero —protestó la niña—.

—Ya verás —le dijo el gladiador—, te haré doler más. No tendrás ganas de reír ni de llorar ni de dormir, me pedirás que me quede contigo.

Y con estas palabras se dormía, hasta que un día tuvo miedo y se fue corriendo al bosque de los helechos para rezar y comer raíces, que eran su único alimento.

Esta niña se llamaba Agnus; nunca se sabrá por qué. Sólo lo supe después, no por el lecho que siempre buscaba para dormir, sino por los helechos del bosque que siempre la seducían con sus blandas plumas verdes, tan altas que nunca las alcanzaba y que brillaban en el cielo.

Un día, entrada la noche, Agnus se acostó en unas preciosas rocas que mantenían intactas las voces de las personas que por ahí habían pasado. Algunas voces cantaban, otras susurraban, otras utilizaban los plumeritos de los helechos para hablar con una voz tan clara que Agnus se quedaba las horas y las horas escuchándolas con amor. Para oírlas bien tenía que pegar su oreja a la tierra. Fue entonces cuando la revelación se produjo: alguien la llamaba con la voz del gladiador. Era una voz perfecta, repleta de dulzura, que nunca tuvo para ella. Se incorporó para oírla mejor.

—Estoy acá, en el bosque de los helechos Estos helechos son más altos que los árboles más altos de toda la creación. Te busco, mi amada, han pasado dos mil años de mi muerte. Yo había nacido para morir en este bosque; donde te encontré por fin. Dos mil años no arrugaron mi cara. Once años de mi vida son los tuyos. Escúchame. Nadie me escucha, salvo el viento atroz del invierno y la blancura de la nieve, para recordar la piel de tu mejilla divina donde apenas una rosa dejó un día su color. Soy el alma del silencio. De todos los países me quisieron echar. No quieren a gladiadores y yo te pregunto a ti que me has abandonado ¿qué hago...?. Si has desaparecido, ayúdame; contéstame, voz adorable del helecho: moriré contigo si lo aceptas. Ahora, tan envejecido estoy que no me reconocerás. Sólo si me arrodillo a tus pies, como antaño. Porque te amo ni mi cuerpo ni mi alma ni mis movimientos envejecieron. Vivo con la eternidad porque nunca he existido ni existiré. Sólo el sentimiento que me obligó a violarte una noche de abril quedó entre los helechos que aspiro, y yo, débil como un niño, ando vagando por los bosques donde nadie me ve ni me adivina, ni contesta mi silencio.



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