15 mar. 2012

Salman Rushdie: Junto al mar Caspio, las viejas brujas (La encantadora de Florencia)





Junto al mar Caspio, las viejas brujas de la patata se sentaron a llorar. Sonoros fueron sus sollozos y desesperados sus lamentos. Toda Transoxiana estaba de duelo por el gran Shaibani Kan, el poderoso señor de Ajenjo, soberano del ancho Jorasán, potentado de Samarcanda, Herat y Bujara, descendiente de la auténtica línea de sangre de Gengis Kan, en otro tiempo vencedor de Babur, el mogol arribista...

—Probablemente no es buena idea —dijo el emperador con delicadeza— repetir en nuestra presencia las baladronadas de ese granuja sobre nuestro abuelo.

…Shaibani, ese bribón abominable y salvaje, que cayó en la batalla de Marv y perdió la vida a manos del sha Ismail de Persia, quien engarzó su cráneo en una copa de vino roja y dorada con incrustaciones de piedras preciosas, y repartió trozos de su cuerpo por todo el mundo para demostrar que había muerto. Así pereció ese guerrero de sesenta años, fogueado aunque también brutal, inculto y bárbaro: decapitado y desmembrado, una muerte merecida y humillante, por un joven bisoño de solo veinticuatro años.

—Eso ya nos gusta más —dijo el emperador, contemplando su propia copa de vino con satisfacción—. Pues no puede considerarse destreza matar a los conciudadanos de uno, traicionar a los amigos, vivir sin fe, sin misericordia, sin religión: por tales medios uno puede adquirir poder, pero no gloria.

—Niccola Machiavelli de Florencia no lo habría expresado mejor —convino el narrador.

(...)

El cuadragesimoquinto aniversario de Argalia llegó y pasó. Era un hombre alto y pálido, y pese a los años de guerra, tenía la tez tan blanca como una mujer; hombres y mujeres se maravillaban por igual de la suavidad de su piel. Adoraba los tulipanes, y se los hacía bordar en sus túnicas y capas, creyéndolos portadores de buena suerte, y de las mil quinientas variedades de tulipán de Estambul, seis en concreto abundaban en sus aposentos del palacio. La Luz del Paraíso, la Perla Incomparable, el Aumentador del Placer, el Instilador de Pasión, la Envidia del Diamante y la Rosa del Alba: estos eran sus preferidos, y mediante ellos se revelaba como un sensualista tras su apariencia de guerrero, una criatura del placer oculta bajo la piel de un matador de hombres, un ser femenino dentro de otro masculino. Poseía asimismo el gusto de una mujer por las galas: cuando no vestía de campaña, se recreaba en las alhajas y las sedas y sentía gran debilidad por las pieles exóticas, el zorro negro y el lince de Moscovia que llegaban a Estambul a través de Feodosia, en Crimea. Tenía el pelo largo y negro como el mal y los labios carnosos y rojos como la sangre.

La sangre, y su derramamiento, habían sido el centro de su vida. Bajo el reinado del sultán Mehmed II, había librado una docena de campañas y vencido todas las batallas en las que colocó el arcabuz en posición de disparo o desenvainó la espada. Se había rodeado de un escuadrón de jenízaros leales, corno un escudo, con los gigantes suizos Otho, Botho, Clotho y D'Artagnan corno lugartenientes, y aunque la corte otomana estaba plagada de intrigas, había frustrado siete atentados contra su vida. Después de la muerte de Mehmed, el imperio estuvo a punto de sumirse en la guerra civil entre sus dos hijos, Bayezid y Cem. Cuando Argalia descubrió que el Gran Visir, a despecho de la tradición musulmana, se había negado a sepultar el cuerpo del difunto sultán durante tres días a fin de dar tiempo a Cem para llegar a Estambul y apoderarse del trono, llevó a los gigantes suizos a los aposentos del visir y lo mató. Encabezando el ejército de Bayezid, se enfrentó al pretendido usurpador y lo mandó al exilio. Hecho esto, pasó a ser comandante en jefe del nuevo sultán. Combatió contra los mamelucos de Egipto por tierra y por mar, y cuando derrotó a la alianza entre Venecia, Hungría y el papado, su prestigio corno almirante igualó a su fama como guerrero en tierra firme.

Después, los mayores problemas procedieron de los pueblos qizilbash de Anatolia. Se tocaban con gorros rojos de doce pliegues para demostrar su adhesión al chiísmo duodecimano y, a resultas de ello, se sentían atraídos por el sha Ismail de Persia, el sedicente Verdadero Dios. El tercer hijo de Bayezid, Selim el Severo, quiso aplastarlos completamente, pero su padre fue más comedido. A causa de ello, Selim el Severo empezó a ver a su padre como un pacificador y un blando. Cuando la copa del sha Ismail llegó a Estambul, Selim se lo tomó como un insulto mortal. «Habría que enseñar modales a ese hereje que se hace llamar Dios», declaró. Cogió la copa como un duelista recoge el guante arrojado a la cara. «Beberé sangre safávida en esta copa», prometió a su padre. Argalia el Turco dio un paso al frente. «Y yo serviré ese vino», afirmó.

Cuando Bayezid se negó a autorizar la guerra, las cosas cambiaron para Argalia. Pocos días después, sus jenízaros y él se habían unido a las fuerzas de Selim el Severo, y Bayezid abandonó el poder por la fuerza. El viejo sultán fue obligado al retiro forzoso y desterrado a su Didimoteicho natal, en Tracia, y murió de pena por el camino, y casi mejor así. En el mundo no había lugar para hombres que perdían el temple. Selim, con Argalia a su lado, dio caza y estranguló a sus hermanos Ahmed, Korkud y Shahinshah, y mató también a los hijos de estos. Así, se restauró el orden y se eliminó el riesgo de revuelta. (Muchos años después, cuando Argalia contó a Il Machia estas hazañas, las justificó diciendo: «Cuando un príncipe toma el poder, debe hacer lo peor de inmediato, porque luego sus súbditos verán todas sus hazañas como una mejora respecto a los comienzos», y al oír esto Il Machia se quedó callado y pensativo y, pasado un rato, movió la cabeza en un lento gesto de asentimiento. «Terrible —dijo—, pero cierto.») Llegó entonces la hora de hacer frente al sha Ismail. Argalia y sus jenízaros fueron enviados a Rum, en el norte de la franja central de Anatolia, arrestó a miles de residentes qizilbash y masacró a otros miles. Así hizo callar a esos canallas mientras el ejército cruzaba su reino para entregar la carta de Selim el Severo al sha. En este mensaje Selim decía: «Ya no respetáis los mandamientos y las prohibiciones de la ley divina. Habéis incitado a vuestra abominable facción chií a una unión sexual no sancionada. Y habéis derramado sangre inocente». Cien mil soldados otomanos acamparon a orillas del lago Van, en la Anatolia oriental, dispuestos a hacer tragar estas palabras al blasfemo sha Ismail. En sus filas había doce mil mosqueteros jenízaros bajo el mando de Argalia. Contaban también con quinientos cañones, encadenados entre sí para formar una barrera infranqueable.

El campo de batalla de Chaldirán estaba al noreste del lago Van, y allí tomaron posiciones las fuerzas persas. El ejército del sha Ismail contaba con unos efectivos de solo cuarenta mil hombres, casi todos ellos de caballería, pero al examinar su disposición de combate, Argalia supo que la superioridad numérica no siempre decidía una batalla. Al igual que Vlad Drácula en Valaquia, Ismail había usado una estrategia de tierra quemada. Anatolia había quedado calcinada y yerma, y los otomanes que marchaban desde Sivas hasta Arzinján apenas encontraron bebida y comida en su avance. El ejército de Selim estaba cansado y famélico cuando acampó a orillas del lago después de la larga marcha, y un ejército en tales condiciones siempre es eluctable. Después, cuando Argalia estaba con la princesa oculta, ella le explicó por qué su antiguo amante había sido derrotado.

«La caballerosidad. La absurda caballerosidad, y por escuchar a un estúpido sobrino suyo, y no a mí.»

Lo extraordinario es que la hechicera de Persia, junto con su esclava Espejo, se hallaba presente en el puesto de mando, en lo alto de un otero por encima del campo de batalla, agitándose el fino velo contra su rostro y sus pechos de una manera tan sugerente que cuando se plantó ante la tienda del rey, la belleza de su cuerpo apartó la guerra por completo del pensamiento de los soldados safávidas.

—Debe de estar loco para traeros aquí —le dijo Argalia cuando, sucio de sangre y ahíto de matar, la encontró abandonada al final de aquel día colmado de muerte.

—Sí —contestó ella con naturalidad—. Lo volví loco de amor.

Sin embargo, en lo que se refiere a estrategia militar, ni siquiera con sus hechizos consiguió que él la escuchara.

«Fijaos —exclamó ella—, aún están construyendo sus fortificaciones defensivas. Atacad ahora, que no están preparados.» Y exclamó también: «Fijaos, tienen quinientos cañones encadenados en fila y doce mil fusileros detrás. No galopéis derechos hacia ellos u os abatirán como a tontos». Y: «¿No tenéis armas de fuego? Conocéis las armas de fuego. Por amor de Dios, ¿por qué no traéis armas de fuego?». A lo que el sobrino del sha, Durmish Kan, contestó, el muy cretino: «Sería poco deportivo atacarlos cuando aún no están preparados para el combate». Y: «No sería noble enviar a nuestros hombres a atacarlos por la retaguardia». Y: «El arma de fuego no es propia de hombres. El arma de fuego es para cobardes que no se atreven a luchar de cerca. Aun así, por más armas de fuego que tengan, llevaremos el combate hasta ellos, cuerpo a cuerpo. Al final del día habrá ganado el valor, y no, ¡ja!, esos "arcabuces" y "mosquetes"». Ella se volvió hacia el sha Ismail con una especie de desesperación al borde de la risa. «Decid a este hombre que es idiota», ordenó la princesa. Pero el sha Ismail respondió: «No soy un jefe de caravana para andar acechando en las sombras. Será lo que Dios quiera».

Negándose a ver la batalla, la princesa se sentó en la tienda real, sin mirar hacia la puerta. Espejo tomó asiento a su lado y le cogió la mano. El sha Ismail encabezó una carga por la derecha que aplastó el flanco izquierdo otomano, pero la hechicera había vuelto la cara. Los dos ejércitos sufrieron grandes pérdidas. La caballería persa abatió a lo más florido de los jinetes otomanos, los ilirios, los macedonios, los serbios, los epirotes, los tesalios y los tracios. En el bando safávida, los comandantes cayeron uno tras otro y, mientras morían, la hechicera, en la tienda, musitaba sus nombres. «Muhammad Kan Ustajlu, Husain Beg Lala Ustalju, Saru Pira Ustajlu», y así sucesivamente. Como si pudiera verlo todo sin mirar. Y Espejo reflejaba sus palabras, de modo que los nombres de los muertos parecían un eco en la tienda real. «Amir Nizam al—Din Abd alBaqi... alBaqi...», pero el nombre del sha que se creía Dios no fue pronunciado. El centro de las fuerzas otomanas resistió, pero el ánimo de la caballería turca rayaba en el pánico cuando Argalia ordenó intervenir a la artillería. «Canallas —gritó a sus propios jenízaros—, si alguno intenta huir, volveré los putos cañones contra vosotros.» Los gigantes suizos, armados hasta los dientes, recorrieron a paso veloz la línea de combate otomana para recalcar las amenazas de Argalia. Entonces las armas empezaron a atronar. «Ha comenzado la tormenta», dijo la hechicera, sentada en su tienda. «La tormenta», repitió Espejo. No hacía falta mirar mientras moría el ejército persa. Era el momento de entonar una triste canción. El sha Ismail estaba vivo, pero la derrota era un hecho.

Había abandonado del campo de batalla, herido, sin ir a buscarla. Ella lo sabía.

—Se ha ido —dijo a Espejo.

—Sí, se ha ido —asintió la otra.

—Estamos a merced del enemigo —afirmó la hechicera.

—A merced —contestó Espejo.

Los hombres apostados frente a la tienda para protegerlas habían huido también. Eran dos mujeres solas por encima de un horrendo campo de sangre. Fue así como las encontró Argalia, allí sentadas, sin velo, erguidas y solas, mirando en dirección contraria a la puerta de la tienda real y entonando una triste canción, concluida ya la batalla de Chaldirán. La princesa Qara Kóz se volvió hacia él, sin intentar siquiera ocultar la desnudez de sus facciones, y a partir de ese momento solo se vieron el uno al otro, ajenos al resto del mundo.

Él parecía una mujer, pensó ella, una mujer alta y pálida de cabello negro que se había saciado de muerte. Qué blanco era, blanco como una máscara. En la que destacaban, como una mancha de sangre, aquellos labios rojos, muy rojos. Una espada en la mano derecha y un arma de fuego en la izquierda. Era tanto lo uno como lo otro, espadachín y tirador, hombre y mujer, él mismo y también su sombra. La princesa abandonó al sha Ismail como él la había abandonado a ella y eligió de nuevo. Aquel hombre—mujer de rostro pálido. Más tarde, él las reclamaría a ella y a su Espejo como botín de guerra y Selim el Severo se las concedería, pero ella lo había escogido ya mucho antes, y fue su voluntad la causa de todo lo que ocurrió después.

—No temáis —dijo él en persa.

—Nadie en este lugar conoce el significado del miedo —repondió ella, primero en persa y luego otra vez en chagatai, su lengua materna túrquica.

Y por debajo de estas palabras, las verdaderas palabras «Seréis mio. Sí. Soy vuestra»




La encantadora de Florencia, Parte II, Cap. 15 (fragmentos)
Trad. Miguel Sáenz
Buenos Aires, Mondadori, 2009
Foto: Daniel Mordzinski