18 mar. 2012

Ryszard Kapuscinski - Un concierto de Louis Armstrong





Jartum, Aba, 1960

Al salir del aeropuerto de Jartum dije al taxista: «Victoria Hotel», pero éste, sin decir palabra, sin una explicación o justificación, me llevó a un hotel que se llamaba Grand.

—Siempre es así —me explicó un libanés que conocí allí—, cuando viene a Sudán un blanco piensan que es inglés, y un inglés, por supuesto, no se aloja sino en el Grand. Pero no es un mal lugar de encuentro: todo el mundo va allí.

El taxista, mientras sacaba del portaequipajes mi maleta, dibujó con el brazo libre un semicírculo para enseñarme la vista de la que disfrutaría y dijo con orgullo: «Blue Nile!» Miré hacia abajo, hacia el río: tenía un color gris esmeralda y la corriente impetuosa, y era muy ancho. La terraza del hotel, larga y sombreada, daba precisamente al Nilo, del que la separaba un amplio bulevar a lo largo del cual crecían viejas y frondosas higueras.

En la habitación en la que me introdujo el portero susurraba un ventilador fijado al techo cuyas aspas, sin embargo, en vez de refrescar sólo removían un aire que quemaba como agua hirviendo. Hace mucho calor aquí, pensé, y decidí salir a la calle. No sabía lo que hacía, pues apenas hube recorrido varios cientos de metros, me di cuenta de que me había metido en una trampa. Del cielo caía plomo incandescente que me clavó en el asfalto. La cabeza me estallaba y se me cortaba el aliento. Sentí que no podía seguir, pero al mismo tiempo era consciente de que no tendría fuerza suficiente para regresar al hotel. Presa del pánico, pensé que si no me ocultaba enseguida bajo una sombra el sol me mataría. Empecé a mirar febrilmente a mi alrededor y constaté que lo único que se movía por aquel barrio era yo mismo, que todo a la redonda aparecía muerto, clausurado, exánime. No había ni un alma, ni hombre ni animal.

¡Dios mío!, ¿qué hacer?

El sol me golpeaba la cabeza como un martillo de herrero, y yo, acusando todos y cada uno de sus martillazos. El hotel estaba demasiado lejos y a mi alrededor no se veía ningún edificio, zaguán o techo, cualquier cosa que me brindase salvación. Lo más cercano resultó un mango. En cuanto lo vi me dirigí, casi a rastras, hacia él.

Alcancé el tronco y me dejé caer en el suelo, en la sombra. En momentos como aquél, la sombra se convierte en algo material, el cuerpo la recibe de la misma manera que los labios sedientos reciben un trago de agua. Proporciona alivio, calma la sed.


Por la tarde las sombras se alargan, crecen, empiezan a solaparse y luego oscurecen para, finalmente, vestirse de negro: cae la noche. La gente se anima, vuelve a sentir el deseo de vivir, se saluda, habla, da claras muestras de satisfacción por haber sobrevivido al cataclismo, es decir, a uno más de esos días concebidos por el infierno. La ciudad se vuelve bulliciosa, en las calles aparecen los coches, se llenan las tiendas y los bares.

Espero en Jartum a dos periodistas checos. Está previsto que los tres viajemos al Congo, que está inmerso en el fragor de una guerra civil. Estoy nervioso porque los checos, que ya deberían haber llegado en avión desde El Cairo, siguen sin aparecer. Durante el día no hay manera de caminar por la ciudad. Tampoco resulta fácil aguantar en la habitación: hace demasiado calor. Y en la terraza no puedo permanecer durante mucho rato porque a cada momento se me acerca alguien para preguntar: ¿quién soy? ¿De dónde soy? ¿Cómo me llamo? ¿Para qué he venido? ¿Quiero montar un negocio? ¿Comprar una plantación? Si no, ¿adónde viajaré después? ¿Estoy solo? ¿Tengo familia? ¿Cuántos hijos? ¿A qué se dedican? ¿Había visitado Sudán antes? ¿Qué tal Jartum? ¿Me gusta? ¿Y el Nilo? ¿Y el hotel? ¿Y mi habitación?

Las preguntas no tienen fin. Durante los primeros días cortésmente las contesto. A lo mejor me las hacen por cortesía. ¿Quién sabe si esa amable curiosidad no está inscrita en la tradición local? Aunque también puede ser que sean hombres de la policía: más vale no irritarlos. Los interrogadores en cuestión no suelen aparecer más que una vez, al día siguiente aparecen otros, los primeros me pasan a los segundos, como el testigo en la carrera de relevos.

Aunque dos de ellos —van siempre juntos— son más asiduos. Muy simpáticos. Son estudiantes, así que tienen ahora mucho tiempo libre porque el jefe de la junta militar gobernante, el general Abboud, ha cerrado la universidad, nido de todo descontento y de toda rebeldía.


Un buen día, mientras miran a su alrededor con suma cautela, me dicen que les dé unas libras, que comprarán hachís y que iremos a fumárnoslo fuera de la ciudad, en el desierto.

¿Cómo actuar ante un ofrecimiento así?

Nunca he fumado hachís, siento curiosidad por saber qué efectos produce. Por otro lado, ¿y si estos dos son agentes de la policía que quieren encerrarme para luego exigir un rescate o deportarme? Y, además, en el comienzo de un viaje que se presenta tan fascinante. No las tengo todas conmigo pero escojo hachís y les doy el dinero.

A primera hora de la tarde vienen en un Land Rover descubierto, lleno de abolladuras. Tiene un solo faro, pero tan potente como un proyector antiaéreo. Este único faro disipa la oscuridad del trópico, impenetrable como una pared negra que se abre por unos instantes para dejar entrar el coche pero que enseguida, en cuanto éste pasa, se cierra a cal y canto; si no nos zarandease en los baches, se podría pensar que el vehículo está inmóvil, metido en un lugar cerrado.

Viajamos así durante más o menos una hora, el asfalto, malejo y roído todo él, se había acabado hacía tiempo y ahora el camino de tierra atravesaba el desierto, de vez en cuando aparecían junto a él unas rocas gigantes que parecían vaciadas en bronce. Junto a una de ellas giramos bruscamente a un lado y el conductor, después de recorrer aún unos metros, de repente detuvo el coche. Habíamos llegado a un talud en cuyo fondo brillaba en plata el Nilo, iluminado por la luna. El paisaje, pues, estaba reducido a su mínima expresión: el desierto, el río y la luna, que en aquel momento sustituían el mundo entero.

Uno de los sudaneses sacó de su bolsa una de esas botellas pequeñas y planas de White Horse, empezada ya, que dio de sí un par de tragos por barba. Después lió con mucho cuidado dos gruesos canutos y pasó uno a su compañero y otro a mí. A la luz de la cerilla vi su rostro oscuro, surgido de repente de la noche, sus blancos dientes y sus ojos brillantes con los que me miraba de una manera especial, como si se plantease algún dilema. Tal vez me ha dado un veneno, pensé, aunque no sé si lo pensé, vaya, no sé si tan siquiera era capaz de pensar en nada porque ya me encontraba en un mundo distinto, uno en que mi cuerpo había perdido todo su peso, en realidad nada tenía peso y todo estaba en movimiento. Era un movimiento suave, blando, ondulante. Un balanceo acariciador. Nada se precipitaba ni estallaba con violencia. Todo era paz y silencio. Un toque agradable. Un sueño.

Lo más extraordinario fue el estado de ingravidez. Pero no era esa ingravidez torpe y patosa que vemos en los astronautas, sino una ágil, desenvuelta y alada ingravidez.

No recuerdo cómo levanté el vuelo pero recuerdo perfectamente cómo floté por una bóveda celeste que era oscura, pero la suya era una oscuridad clara, incluso luminosa; cómo fluí entre esferas de muchos colores que se separaban, giraban, llenaban todo el espacio y se asemejaban a esos aros livianos que accionaban los niños para que diesen vueltas: los hula-hoop.

Cuando floto de esa manera, lo que mayor alegría me produce es el sentimiento de liberación del peso de mi propio cuerpo, de la resistencia que éste opone a cada momento, de su tozuda e implacable oposición con la que nos topamos a cada paso. Resulta que tu cuerpo no necesariamente tiene que ser tu adversario, sino que también puede ser tu amigo, aunque sólo sea por unos instantes y en circunstancias tan extraordinarias.


Veo ante mí el capó del Land Rover y, con el rabillo del ojo, el espejo retrovisor hecho añicos. El horizonte es de color rosa intenso y la arena del desierto, gris grafito. A esta hora de la madrugada el Nilo es azul claroscuro. Sentado en un coche descubierto, tirito de frío. Tengo escalofríos. A esta hora del día, el desierto es tan gélido como Siberia, el frío penetra hasta la médula de los huesos.

Pero cuando entramos de vuelta en la ciudad, sale el sol y enseguida hace calor. Un dolor de cabeza insoportable. Lo único que se desea es dormir. Dormir. Sólo dormir. No moverse. No estar. No ser. No vivir.


Dos días después vinieron al hotel los dos sudaneses para preguntarme cómo me encontraba. ¿Que cómo me encuentro? Ay, queridos amigos, conque cómo me encuentro. Pues eso, ¿cómo te encuentras?, porque viene Armstrong y mañana en el estadio da un concierto.

Sané inmediatamente.


El estadio estaba fuera de la ciudad, lejos, pequeño, plano, con una capacidad para cinco mil personas a lo sumo. Y, sin embargo, sólo la mitad de los asientos estaba ocupada. En medio del césped había una tarima, bastante mal iluminada, pero como nos sentábamos cerca de ella, veíamos bien a Armstrong y su pequeña orquesta. Hacía una tarde bochornosa y asfixiante, y cuando Armstrong subió al estrado ya estaba empapado de sudor porque, además, llevaba puesta una americana y, en el cuello, una pajarita. Saludó a todos levantando un brazo en el que exhibía su dorada trompeta y, dirigiéndose a un micrófono malejo y chasqueante, dijo que se alegraba de poder tocar en Jartum, que no sólo se alegraba sino que se sentía feliz, tras lo cual soltó una de sus carcajadas, sonora, desenfadada y contagiosa. Era una risa que invitaba a otras risas, pero el estadio guardaba un circunspecto silencio, no muy seguro de cómo debía comportarse. Sonaron la percusión y el contrabajo y Armstrong empezó por una canción muy adecuada al lugar y el momento: Sleepy Time Down South. En realidad resulta difícil decir cuándo oyó uno por primera vez la voz de Armstrong, pero hay en ella algo que hace pensar que se la conoce desde siempre, y cuando empieza a cantar todo el mundo dice, sinceramente convencido de su condición de experto: ¡Sí, señor, es él, Satchmo!

Sí, señor, era él, Satchmo. Cantó Hello Dolly, this is Louis, Dolly, cantó What a Wonderful World y Moon River, cantó I touch your lips and all at once the sparks go flying, those devil lips, pero el público siguió guardando silencio, no hubo aplausos. ¿No habrían entendido las letras? ¿Demasiado erotismo expresado sin subterfugios para el gusto musulmán?

Después de cada canción, e incluso durante la interpretación de las piezas, Armstrong se secaba la cara con un gran pañuelo blanco. Aquellos pañuelos se los pasaba un hombre que parecía viajar con él por África tan sólo con este propósito. Más tarde vi que tenía una bolsa llena de ellos, casi un centenar.


Una vez acabado el concierto, la gente enseguida se dispersó, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Yo estaba pasmado. Había oído que los conciertos de Armstrong causaban sensación, furor, éxtasis. Ninguno de esos arrebatos se produjo en el estadio de Jartum, a pesar de que Armstrong había interpretado muchas canciones de los esclavos africanos del sur estadounidense, de Alabama y Luisiana, de la que provenía él mismo. Sin embargo, aquella África americana del pasado y la africana del presente pertenecían ya a mundos diferentes que no tenían una lengua en común, que no podían comprenderse ni crear una comunidad emocional.

Los sudaneses me llevaron al hotel. Nos sentamos en la terraza para tomar una limonada. Al cabo de un rato un coche trajo a Armstrong. Se sentó con visible alivio en una silla, en realidad se desplomó sobre ella. Era un hombre fornido, de hombros anchos, algo caídos. Un camarero le sirvió un zumo de naranja. Él se lo bebió de un trago, y después otro vaso y uno más. Sentado en silencio y con la cabeza agachada, se le veía cansado. Tenía por aquel entonces sesenta años y estaba enfermo —cosa que yo ignoraba— del corazón. El Armstrong del concierto y el de después eran dos hombres completamente diferentes: el primero, alegre, animado, vital, tenía una voz poderosísima y sacaba de su trompeta una escala de sonidos increíble; el segundo, lento y torpe, agotado y sin fuerzas, exhibía un rostro apagado y surcado por profundas arrugas.


Quien abandona las seguras murallas de Jartum para internarse en el desierto debe recordar que allí lo amenazan trampas peligrosas. Las tormentas de arena no paran de cambiar la configuración del terreno, desplazando a cada momento los puntos de referencia, y si el viajero pierde el rumbo a consecuencia de esos caprichos arbitrarios de la naturaleza, morirá. El desierto es misterioso y puede inspirar miedo. Nadie se aventura allí en solitario, aunque sólo sea, aparte de todo lo demás, porque nadie es capaz de acarrear suficiente agua para poder recorrer la distancia entre un pozo y el siguiente.

En su viaje a través de Egipto, Heródoto, sabedor de que alrededor no hay más que Sáhara, precavidamente no se aleja del río, siempre está cerca del Nilo. Desierto significa fuego del sol, y el fuego es un animal salvaje que puede devorarlo todo: Los egipcios tienen creído que el fuego es un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y sofocado de tanto comer muere de hartura juntamente con lo que acaba de devorar. Y, como ejemplo, aduce el relato de una expedición. Cuando el rey de los persas Cambises, una vez conquistado Egipto, marcha hacia el sur para ocupar Etiopía, manda parte de su tropa a guerrear contra los amonios, un pueblo que habita en los oasis del Sáhara. El ejército en cuestión, después de partir de Tebas, al cabo de siete días de marcha llega a la ciudad de Oasis. A partir de allí su rastro se pierde: pero lo que después sucedió ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios ni dio vuelta atrás desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales; llegando ya a la mitad del camino entre su ciudad y la referida Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego un viento Noto tan vehemente e impetuoso que, levantando la arena y arremolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella tempestad, con que el ejército desapareció.


Llegaron los checos —Dusan y Jarda— y enseguida tomamos rumbo al Congo. La primera población en el lado congoleño era Aba, una aldea junto al camino. Aparecía a la sombra de una gran pared verde, y la pared no era sino el comienzo de una selva que surgía allí tan repentinamente como una montaña abrupta en medio de una llanura.

Había en Aba una gasolinera y algunas tiendas. Proyectaban sobre ellas su sombra unos soportales de madera podrida bajo los cuales había varios hombres sentados, inactivos, inmóviles. Resucitaron sólo cuando nos detuvimos para preguntarles qué nos esperaba en el interior del país y dónde podíamos cambiar libras por francos, la moneda local.

Eran griegos, formaban una de esas colonias, parecidas a cientos de otras, que desde los tiempos de Heródoto estaban diseminadas por todo el planeta. Por lo visto, ese tipo de asentamientos había sobrevivido hasta la época actual.

Como llevaba en la bolsa de mano mi ejemplar de Heródoto, cuando partíamos se lo enseñé a uno de los griegos que nos decían adiós. Vio el nombre en la portada y esbozó una sonrisa, pero sonreía de una manera tal que no supe si mostraba su orgullo o más bien impotencia porque no sabía en absoluto de quién se trataba.


En Viajes Con Herodoto
Traducción: Agata Orzeszek