24 mar. 2012

Manuel Mujica Láinez: Zoológico






Las señoras más importantes y también pesadas del prado, componen la Comisión de Damas Benéficas del Museo. Por ende, no sorprenderá encontrar en el grupo a la Hija del Faraón de Tintoretto; a la Artemisa de Rembrandt; a la María de Médicis de Rubens; y a la María de Inglaterra, «María la Sangrienta», de Antonio Moro. Llevan a cabo una obra generosa y una fiscalización estricta; están al tanto de cuanto sucede, lo lamentan y desmenuzan; salen, de repente, formando un dramático cuarteto, extremadamente lujoso, y los pradenses reconocen sus bondades, pero prefieren no verlas. Infatigables, viven imaginando tómbolas, soñando colectas y planeando rifas. Esta vez se les ha ocurrido organizar, para diversión de los niños, un Jardín Zoológico. La idea ha sido bien acogida, y todos los que pueden han ofrecido contribuir, como cuando se hizo el Concurso de Elegancias.

Lo que más hay en el Prado, perteneciente al reino animal, son caballos y perros. Unos y Otros han sido facilitados por sus propietarios, en gran número. Así, en la exposición podrán admirarse los canes de distintas razas que provienen de pinturas de Fernando Gallego, Botticelli, Velázquez, Alonso Cano, Murillo, Tiziano, Tintoretto, Veronés, Goya, Snyders y Van Loo. Esta variada perrera, que incluye al dogo, al perdiguero, al faldero y al lebrel, ha sido distribuida coordinadamente en la galería principal del Museo. Entre los caballos, los hay magníficos, y además de algunos nombrados, presentan los suyos Carreño de Miranda, Rubens, Berruguete, Luca Giordano y Poussin. La búsqueda de otras especies fue más complicada, pero las señoras la desarrollaron con un empeño que hubiese merecido el aplauso mejor, si no la hubieran realizado ellas. Gracias a afanosas indagaciones, que contaron con la colaboración eficaz de Leandro da Ponte Bassano, autor del «Arca de Noé», ha sido posible presentar un conjunto suficientemente digno, al cual Velázquez envió un toro y un cuervo; asnos, Murillo, Goya, Memling, Patinir y Maino; tigres, Cornelis de Vos; un búho, Hans Baldung Grien; ciervos, el Viejo Cranach y Paul de Vos; el Bosco, una nutrida delegación de camellos, cerdos, jirafas y unicornios; corderos, Rubens, Claudio Coello, Murillo, Rafael, Rubens y Vouet; Patinir, un mono; Durero, una serpiente; Snyders, un jabalí; palomas, Anibal Carracci y Horacio Gentilleschi; otras aves, Breughel de Velours, el Bosco, Snyders y Jan Fyt; el propio Bassano, de su Arca, leones, conejos, pavos, gallinas y liebres; y Rubens, un dragón. Se vaciló en admitir al macho cabrío goyesco que, al fin de cuentas, es el Demonio, pero se lo terminó aceptando, siempre que se limitase a su condición caprina, y se lo ubicó junto al cabrito del Fauno romano.

Ese muestrario complejo se repartió más bien con intención estética que con rigor científico, en la galería. Abundaron, durante la noche inaugural, los visitantes, no sólo infantiles sino individuos mayores y provectos. El novelista anduvo por ahí. A dicha abundancia se sumó la de ladridos, relinchos, bramidos, balidos, rebuznos, gruñidos, cacareos y gorjeos, que pese a su emisión sotto voce, estremecieron la casa. Las señoras benéficas se hicieron presentes, sin ocultar su satisfacción, y María de Médicis, que es sumamente supersticiosa, le comunicó a quien quiso prestarle oídos, que el pavo real falta, no obstante que los hay soberbios en el Prado, porque trae mala suerte.

Puede el lector imaginar con facilidad el espectáculo: el incesante ir y venir de curiosos con atavíos de diversas épocas, por el centro de la galería de la segunda planta; el corretear y extasiarse juvenil, en particular de los pequeños de Bartolomé Esteban Murillo; y a ambos lados, contra los cuadros, sin necesidad de jaulas o vallas, el amistoso sucederse de los irracionales, quienes toleraban que los toqueteasen, acariciasen y aun, en el caso de los caballos, la jirafa, los unicornios y los camellos, que los montasen y condujesen a pasear, con tímidos niños afirmados en las grupas. El Zoológico era un éxito, y las damas más sensibles, la Sangrienta y la heredera de los banqueros Médicis, con mucho titilar de joyas y aletear de encajes, arrullando como palomas pero calculando como economistas, propusieron que la noche siguiente se cobrase la entrada.

Mucho faltaba todavía, sin embargo, para que la noche aquella concluyese, y si bien los pictóricos amos de los animales, en reiteradas ocasiones señalaron la conveniencia de que la fauna regresase a sus marcos con orden y tiempo, se fue postergando la exhibición, el manso cabalgar y el juguetear con conejos, liebres y corderos, para alegría de todos.

Observó el novelista que, avanzada ya la claridad diurna, el macho cabrío se metió en cabildeos con los leones, los tigres y el dragón, prevaleciéndose de que la atención de los concurrentes estuviera fija en los párvulos cabalgantes. Al principio, las fieras menearon las testas escépticamente, pero fue obvio que el cabrón acentuaba su prédica —asombra que los demás, en el contorno, no lo advirtiesen— y ganaba las voluntades de las bestias colmilludas. Volvióse el chivo al lugar asignado, junto al cabrito, y pronto se evidenciaron los frutos de la semilla demoníaca, ya que los animales feroces dieron muestras de inquietud, acentuando la potencia de los rugidos, enseñando los dientes y aprontando las garras. Instantes después, el dragón azotó el aire con sus alas membranosas, y los tigres y leones se alzaron en actitud rampante, como aparecen en el campo de los escudos. Tan peligroso proceder comunicó una desazón, en seguida transformada en pavor, al resto de los brutos más notorios. Espantáronse los caballos, cocearon y se encabritaron con metálico estrépito de los arreos, arrojando a los niños, que rompieron a llorar. Gritaron los parientes de las víctimas; se dispersaron en loca confusión los gallináceos, los ovinos, las piaras y las pajareras; y saltaron los grandes carniceros sobre los indefensos bichos. El macho cabrío huyó a la sala negra de Goya, distinguiéndose por terribles risotadas. Sacudió al palacio el atropellamiento; las voces se multiplicaron en ecos insólitos, y encima del clamoreo fugitivo, se oyó a los que reclamaban la vuelta a la cordura y a los respectivos cuadros, pues era hora de recobrar la serenidad y de aguardar estáticamente al público. Apenas alcanzaron los últimos segundos de plazo, para que cada uno, debatiéndose la lengua afuera o erizado el plumaje, recuperase su sitio. Abriéronse por fin las puertas, y el Museo quedó como tembloroso, después de la demente aventura.

Los turistas suelen estar distraídos; el tremendo cansancio los vence, y apenas escuchan el ronroneo en inglés, francés, japonés, italiano o alemán (a ratos en español), que los apresura de sala en sala. ¡Han visto tanto y les falta tanto por ver, ese mismo día y los siguientes; ¡les duelen tantísimo los pies y las piernas! Dóciles, mudos, fotografiantes, dejan vagar en torno los ojos fatigados. Saben que no bien dejen atrás al Museo recorrido velozmente (un museo más) y que hayan comprado media docena de tarjetas postales, treparán en los ómnibus inexorables, y rodarán a Segovia, a Toledo y a Ávila. Miran, miran, pero en la mayoría de las etapas, casi no ven. Por eso, esta vez han pasado por las salas con respetuosa indiferencia, incapaces de atestiguar el desbarajuste que en ellas se ha producido. Es cierto que en cada cuadro y en cada estatua, para el desatento, aparentemente no se introdujo nada que modifique su inicial y normal composición. Pero si las fuerzas le diesen para aguzar el interés y los ojos, tendría que percatarse el turista de que, sobre determinadas obras, se ha superpuesto una sutil, imprecisable veladura, que perturba vagamente las imágenes. Ello se debe (¿cómo se lo figuraría el viajero?) al hecho de que, en el apuro y los tropezones del pánico, muchos animales equivocaron su emplazamiento. Así, por ejemplo, aunque en la tela de Albrecht Dürer la serpiente, fiel al texto bíblico, persiste seduciendo a la primera mujer con la manzana, es posible discernir la silueta de un mono (el mono de Patinir), el cual, según se coloque quien examina el cuadro, resultará el verdadero tentador. En cuanto a la serpiente, se insinúa, enroscada entre los trofeos, al pie del retrato ecuestre de Carlos II, por Luca Giordano. Además de su caballo negro de Mühlberg, Carlos V espoleó un translúcido unicornio; y además del caballo blanco de largas crines, la Reina Isabel, esposa de Felipe IV, monta un vaporoso y extraviado jabalí. El marmóreo cabrito del Fauno brincó a los hombros de la escultura de Diadumeno, y ahí se lo adivina, como una ilusión. La sombra de la jirafa del Bosco se anexiona al ciervo de Snyders; el perrazo de las Meninas cohabita con el faldero de la familia de Felipe V; el dragón de Rubens se suma al cortejo del Arca de Noé; y así sucesivamente... ¡Qué desconcierto! Y ¡qué miedo de que los descubran, de que se quejen a los calmos guardianes, y de que se desate en el Museo del Prado un inexplicable barullo! Felizmente, nadie cayó en la cuenta de esas mudanzas.

Los guías avanzan de un cuadro al otro, azuzando a los remolones; repiten las anécdotas, las bromas, con un tono hastiado que pretende ser entusiasta; y ninguno repara en irregularidades.

A la una de la tarde, disminuye significativamente la afluencia de público, en el Museo. Es hora de almorzar; de proceder a la revisación de las postales y los folletos acumulados durante la mañana; de lanzar un hondo suspiro de alivio, al sentarse; de encarar el menú políglota y concluir pidiendo una comida ignota; de proyectar la tarde y vislumbrar el ajetreo de nuevas traslaciones. El novelista se retrasó, porque esperaba detenerse frente a los Velázquez, en un ámbito semivacío; y, en efecto, se desvanecieron los caminadores y se acallaron los murmullos.

Entonces quien esto escribe, avezado por su privilegiada y mágica situación, capta algo como un palpitar que conmueve la serenidad majestuosa de las obras de arte. Y comprueba que de algunas de ellas se desprende una levísima tela de araña, que al flotar en el aire asume la forma ingrávida y diáfana de un corcel, de unas liebres, de un perro, de un ondulante dragón. Todo ese inmaterial entrelazarse de diseños, gira, vacila y termina por posarse donde exactamente le corresponde. Ya puede, sin riesgos, tornar a colmarse de huéspedes el Museo del Prado. La curiosidad hace que, de salida, el novelista se asome a la sala de las pinturas negras de la Quinta del Sordo. Nota allí que las brujas que rodean al diabólico macho cabrío parecen haber intensificado su fervor; que se dijera que lo están aplaudiendo, sin moverse; y que el Diablo levanta la cabezota cornuda y probablemente, en la oscuridad, tuerce el hocico en un arduo intento de sonrisa.


Un novelista en el Museo del Prado
Primera edición en Biblioteca de Bolsillo: noviembre 1997
Editorial Seix Barral
Fotografía (1970's) reproducida en Cruz (1996: 17)